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EL REY DE LAS COLINAS OSAGE

 

 

Los asesinatos de Anna Brown y Charles Whitehorn causaron mucho revuelo. Un titular a toda plana en el Pawhuska Daily Capital rezaba así: DESCUBIERTOS DOS CASOS DE ASESINATO CASI AL MISMO TIEMPO.[42] Había innumerables hipótesis sobre quién podía ser el autor. Las dos balas que extrajeron del cráneo de Whitehorn parecían ser de una pistola del calibre 32, el mismo tipo de arma con la que supuestamente habían asesinado a Anna Brown. ¿Era simple coincidencia que ambas víctimas fueran acaudalados indios osage de treinta y tantos años? ¿O acaso había sido obra de un asesino en serie, alguien como el doctor H. H. Holmes, que había matado al menos a veintisiete personas, muchas de ellas durante la Exposición Universal de Chicago de 1893?

Lizzie dejó que fuera Mollie quien hablara con las autoridades. En vida de Lizzie, los osage habían ido apartándose irremediablemente de sus tradiciones. Louis F. Burns, un historiador osage, escribió que, a partir del descubrimiento del petróleo, la tribu había quedado «a la deriva en un mundo extraño», y añadía: «No había nada familiar a lo que agarrarse para mantenerse a flote en el universo de la riqueza blanca».[43] En los viejos tiempos un clan osage, dentro del cual había un grupo denominado los Viajeros en la Niebla, asumía el liderazgo siempre que la tribu experimentaba cambios repentinos o se lanzaba a territorios desconocidos. Mollie, pese al desconcierto que muchas veces le causaba tanta agitación a su alrededor, asumió el liderazgo familiar a modo de moderna viajera en la niebla. Hablaba inglés, estaba casada con un blanco, y no había sucumbido a las tentaciones que tanto daño habían hecho a muchos jóvenes de la tribu, como Anna. Para algunos osage, en especial ancianos como Lizzie, el petróleo era una bendición maldita. «Algún día este petróleo desaparecerá y el Gran Padre Blanco dejará de enviarnos suculentos cheques varias veces al año —dijo un jefe de los osage en 1928—.[44] No habrá más automóviles caros ni más ropa nueva. Sé que entonces mi pueblo será más feliz.»

Mollie presionó para que se investigara el asesinato de Anna, pero la mayoría de los funcionarios mostró poco interés por lo que para ellos no era nada más que una «india muerta». En vista de ello, Mollie decidió acudir a William Hale, el tío de Ernest.[45] Sus intereses empresariales dominaban ya el condado y él se había convertido en un ferviente defensor de la ley y el orden: había que proteger a los que llamaba «gente temerosa de Dios».

Hale, que tenía cara de búho, el pelo negro y tieso y unos ojillos siempre alerta emboscados bajo las cejas, se había instalado en la reserva hacía casi dos decenios. Como una versión en la vida real del Thomas Sutpen de Faulkner, parecía haber surgido de la nada: un hombre sin pasado. Había llegado al territorio con poco más que un hatillo de ropa y un gastado Antiguo Testamento, y enseguida se embarcó en lo que una persona que le conocía bien calificó de «lucha por la vida y por la riqueza» en un «primitivo estado de civilización».[46]

Hale encontró trabajo de vaquero en un rancho. Antes de que el ferrocarril extendiera sus brazos por todo el Oeste, los vaqueros llevaban ganado desde Texas hasta territorio osage para que los animales pacieran en la suculenta hierba de tallo azul, y de allí hasta Kansas, donde eran enviados a mataderos de Chicago y otras ciudades grandes. Estos viajes alimentaron la fascinación por el cowboy, pero el trabajo de vaquero no tenía nada de romántico. Hale cobraba una miseria por trabajar día y noche; montado a caballo aunque cayera granizo, o relámpagos, o en plena tormenta de arena, sobrevivió a estampidas haciendo girar a las reses en círculos cada vez más pequeños para que no lo pisotearan. Sus prendas apestaban a sudor y estiércol y tenía muchos huesos maltrechos, cuando no rotos. Al final compró unas cuantas reses en territorio osage con un dinero ahorrado y préstamos. «Es el tipo con más energía que he visto en mi vida —recordaba un hombre que invirtió en su negocio—. Hasta cuando cruzaba la calle parecía que estuviera haciendo algo importantísimo.» [47]

Hale quebró al poco tiempo, un amargo fracaso que no hizo sino cebar el horno de su ambición. Después de comenzar de nuevo en el negocio de la ganadería, muchas veces dormía en una tienda de campaña en la fría y ventosa llanura, a solas con su furia. Años más tarde, un periodista describía a Hale al lado de una fogata yendo de acá para allá «como un animal enjaulado. Se frotaba las manos, nervioso, junto al fuego. El frío y la excitación encendían su rubicundo rostro».[48] Hale trabajaba con el fervor de quien temía no solo al hambre sino también al Dios del Antiguo Testamento, que, en cualquier momento, podía castigarlo como hizo con Job.

Hale se convirtió en un experto en marcar, descuernar, castrar y vender ganado. Conforme aumentaban sus ingresos, compró más territorio a los osage y vecinos aledaños hasta reunir unas 18.000 hectáreas del mejor terreno de pastos del condado, y una pequeña fortuna por añadidura. Luego, de esa curiosa manera tan norteamericana, se aplicó a trabajar en sí mismo. Cambió su harapiento uniforme de cowboy (pantalón y sombrero) por un elegante traje a medida, con su corbata de lazo y su sombrero de fieltro, y se compró unas gafas de montura redonda que le conferían un aire distinguido. Le dio por recitar poemas. Pawnee Bill, el legendario showman del Far West y otrora socio de Buffalo Bill, dijo de Hale que era un «caballero de clase alta».[49] Fue nombrado ayudante suplente del sheriff de Fairfax, cargo que conservaría. Era un título honorífico y poco más, pero le permitía lucir una placa y comandar patrullas, y a veces llevaba una pistola en el bolsillo lateral y otra atada a la cadera. Esas pistolas, le gustaba afirmar, representaban su autoridad como agente de la ley.

 

Cortesía del Museo de Historia de Bartlesville Area

William Hale en un concurso de tumbar novillos durante su época de cowboy.

 

Cortesía del Oklahoma Historical Society

Un Hale transfigurado en compañía de su hija y su esposa

 

A medida que aumentaban su poder y su riqueza, varios políticos buscaron su apoyo, sabiendo que no podían ganar elecciones sin el visto bueno de Hale. Él era más listo y más trabajador que sus rivales, lo cual hizo que se ganara muchos enemigos mortales. «Algunos le odiaban de verdad», confesaba un amigo suyo.[50] Con todo, Mollie Burkhart y muchas otras personas le consideraban el mayor benefactor del condado de Osage. Hale ayudó a los osage antes de que estos nadaran en el dinero del petróleo, haciendo donativos para obras de beneficencia, escuelas y un hospital. Asumiendo la responsabilidad de un predicador, firmaba sus cartas como «Reverendo W. K. Hale». Un médico de la zona decía: «Ya ni recuerdo cuántos enfermos han recibido asistencia médica a costa de Hale, ni cuántas bocas hambrientas se han beneficiado de su munificencia».[51] Tiempo después, Hale le escribió una carta a un jefe menor de la tribu, diciendo, entre otras cosas: «Nunca en la vida he tenido mejores amigos que los osage […]. Yo siempre seré para ellos el Amigo fiel».[52] En aquel último vestigio de la frontera americana, a Hale se lo veneraba como el Rey de las Colinas Osage.

 

 

Hale pasaba a menudo por casa de Mollie para recoger a Ernest, y poco tiempo después del sepelio de Anna fue a presentar sus respetos a Mollie y Lizzie. Juró que se haría justicia.

Con su tremenda confianza en sí mismo y su dominio del mundo secreto de los blancos (solía lucir una insignia de diamantes de la logia masónica), no parecía importar que Hale no tuviera un papel oficial en la investigación del asesinato. Siempre había manifestado afecto por Anna —«Éramos muy buenos amigos», dijo—,[53] y durante otra de sus visitas Mollie le vio cuchichear con Ernest, aparentemente sobre un plan para cazar al asesino.

Los miembros del jurado, junto con el fiscal del condado, continuaban investigando la muerte de Anna, y poco tiempo después del sepelio Mollie fue a prestar declaración en una vista celebrada en Fairfax. La Oficina para Asuntos Indios del departamento de Interior —que supervisaba las relaciones del gobierno federal con las tribus y que más tarde se llamaría Buró de Asuntos Indios— tenía un agente asignado en territorio osage, y dicho agente conocía a Mollie. Dijo que ella estaba «dispuesta a hacer lo que sea a fin de […] llevar a los culpables ante la justicia».[54] Las autoridades habían aportado un traductor, pero Mollie dijo que no era necesario y habló en un sucinto inglés, el que las monjas le habían enseñado de niña.

Ante el jurado, Mollie hizo un relato de la última vez que Anna había ido a verla a su casa. Dijo que Anna se marchó al atardecer. En una actuación posterior, un funcionario del gobierno le preguntó:

—¿Cómo se marchó Anna?[55]

—En un coche.

—¿Quién iba con ella?

—Bryan Burkhart.

—¿Se fijó usted en qué dirección tomaban?

—Camino de Fairfax.

—¿Iba alguien más en el coche, aparte de Bryan y Anna?

—No, solo ellos dos…

—Después de eso, ¿volvió a verla con vida?

Mollie mantuvo la calma y respondió:

—No.

—¿Vio usted su cadáver después de que lo encontraran?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo pasó entre la vez que la vio marcharse de su casa con Bryan Burkhart y el día que vio su cadáver?

—Unos cinco o seis días.

—¿Dónde vio usted sus restos?

—En los pastos… allí mismo.

Durante la investigación, si bien Mollie parecía ansiosa por contestar a todas las preguntas, a fin de que no quedara ningún detalle en el aire, el juez de paz y los miembros del jurado apenas le preguntaron nada. Quizá tuvieran prejuicios debido al hecho de que Mollie fuera india y mujer. Interrogaron mucho más a fondo a Bryan Burkhart, del que numerosos lugareños habían empezado a sospechar; a fin de cuentas, era el último que había visto a Anna antes de que esta desapareciera.

Bryan no era apuesto como el marido de Mollie, Ernest, y su irritante forma de mirar fijamente confería a su apariencia cierta frialdad. En una ocasión Hale lo había pillado robándole reses y, para dar una lección a su sobrino, presentó cargos contra él.

El fiscal del condado preguntó a Bryan sobre el día en que, según él, había acompañado a Anna en coche hasta la casa de esta.

—Después de dejarla, ¿adónde fue usted?[56]

—Vine a la ciudad.

—¿Hacia qué hora?

—Las cinco, o las cuatro y media.

—¿No volvió a verla más?

—No, señor.

En un momento dado, el fiscal hizo una pausa y luego preguntó:

—¿Está seguro?

—Sí, señor.

Ernest fue interrogado en una vista posterior. Un agente de la ley le presionó al preguntarle sobre su hermano.

—¿Se da usted cuenta de que Bryan es la última persona que vio a esa mujer, a Anna Brown?[57]

—Sí —respondió Ernest, y añadió que Bryan le había dicho que la había dejado en su casa, que esa era su versión.

—¿Y usted le cree?

—Sí, señor.

Bryan fue detenido por las autoridades después de la primera vista. Para disgusto de Mollie, detuvieron también a Ernest, por si estaba encubriendo a su hermano menor. Pero ambos salieron en libertad al poco tiempo. No había ninguna prueba que implicara a Bryan aparte del hecho de que hubiera estado con la víctima antes de su desaparición. Cuando le preguntaron a Ernest si tenía alguna información sobre cómo había encontrado Anna la muerte, dijo que no y añadió: «No me consta que tuviera ningún enemigo ni que le cayese mal a nadie».

 

 

La hipótesis predominante era que el asesino procedía de fuera de la reserva. En otro tiempo, los enemigos de la tribu se enfrentaban a ellos en la llanura; ahora tomaban la forma de ladrones de trenes, atracadores y otros malhechores. La aprobación de la ley seca no había hecho más que acrecentar la sensación de anarquía en la región al fomentar el crimen organizado y originar así, en palabras de un historiador, «la mayor superabundancia criminal en la historia de Norteamérica».[58] Pocos lugares en Estados Unidos eran tan caóticos como el condado de Osage, donde los códigos no escritos del Oeste, las tradiciones que unían a comunidades entre sí, se habían desintegrado. Según un observador, el dinero que generaba el petróleo había sobrepasado el de todas las fiebres del oro del Viejo Oeste juntas, una fortuna que había atraído a maleantes y facinerosos de todo pelaje. Un funcionario del departamento de Justicia advertía de que en las Colinas Osage había más fugitivos escondidos que «probablemente en ningún otro condado del estado o ningún otro estado de la Unión».[59] Uno de ellos era el atracador Irvin Thompson, al que se conocía como Blackie quizá por su tez oscura (tenía un cuarto de sangre cherokee) o quizá por su oscuro corazón: un alguacil lo describió como «el hombre más malvado que he conocido en mi vida».[60] Pero más famoso aún era Al Spencer, el llamado Terror Fantasma, que había pasado de montar caballos al galope a conducir coches en fuga y había heredado indirectamente de Jesse James el título del forajido más tristemente célebre de la región. Según el Arizona Republican, Spencer, con su «mente enferma y un perverso amor por la aventura», resultaba atractivo a «la población del país que se alimenta de falsas idolatrías».[61] Algunos miembros de su banda, como Dick Gregg y Frank “Jelly” Nash, se contaban asimismo entre los más temibles bandidos de la época.

 

Cortesía del Museo de Historia de Bartlesville Area

Agentes de la ley junto a un alambique de alcohol ilegal en el condado de Osage (1923)

 

Una hipótesis más inquietante sobre la muerte de Anna apuntaba a que el asesino vivía entre ellos disfrazado de ovejita. Mollie y otras personas empezaban a albergar sospechas sobre el exmarido de Anna, Oda Brown, que se presentaba como hombre de negocios pero estaba casi todo el día de juerga. En retrospectiva, su actitud consternada resultaba quizá demasiado intensa y teatral. Uno de los investigadores escribió en sus notas: «Tal vez fuera dolor auténtico, o puede que lo hiciera de cara a la galería».[62] Al divorciarse de él, Anna le había negado hasta un simple penique de herencia, dejando casi toda su fortuna a Lizzie. Unos días después del entierro, Brown había contratado a un abogado e intentado sin éxito impugnar el testamento. La conclusión del investigador fue que Brown era «un cero a la izquierda y capaz de hacer casi cualquier cosa por dinero».[63]

 

Cortesía del Museo de Historia de Bartlesville Area

Miembros de la banda de Al Spencer fingiendo detener a otros de la cuadrilla

 

Unas semanas después del funeral, un hombre al que habían arrestado en Kansas por falsificar talones bancarios envió una carta al sheriff Freas diciendo que tenía información acerca del asesinato de Anna. «Honorable señor —escribía—, espero poder serle de ayuda.»[64] No daba información sobre lo que afirmaba saber; aun así, al recibir la misiva el sheriff partió en lo que la prensa local calificó de «veloz automóvil». Alertado sobre lo que prometía ser un importantísimo avance, Hale acudió también a la cárcel lo más rápido posible. Durante el interrogatorio, el falsificador, un nervioso joven de veintiocho años, afirmó que Brown le había pagado ocho mil dólares por asesinar a Anna. Explicó cómo le había disparado a la cabeza y que luego había llevado el cadáver en brazos hasta el arroyo.

Poco después de esta confesión, una cuadrilla de agentes de la ley fue a detener a Brown mientras este se hallaba en Pawhuska por un asunto de negocios. Así tituló la noticia el Pawhuska Daily Capital: EL ASESINO DE ANNA BROWN CONFIESA.[65] Y debajo: «Oda Brown, esposo de la víctima, detenido también». A Mollie y su familia les afectó mucho la idea de que el responsable de la muerte de Anna fuera Oda, su exmarido, pero se consolaron pensando en que se haría justicia y que lo condenarían a morir ahorcado o en la silla eléctrica. Pero al cabo de unos días las autoridades dijeron que no existían pruebas que confirmaran la confesión del falsificador: nadie podía probar que hubiera estado en el condado de Osage en el momento del crimen, ni que Brown se hubiera puesto en contacto con él alguna vez. Las autoridades se vieron obligadas a poner a Oda en libertad. Se dice que el sheriff comentó: «Se habla mucho, pero lo que se necesitan son pruebas, no palabras».[66]

 

 

Como muchos funcionarios, el fiscal del condado debía su elección, al menos en parte, a Hale. La primera vez que se presentó al cargo, sus asesores le dijeron que debía conseguir el apoyo de Hale, y el futuro fiscal hizo varios viajes a su rancho. Sin embargo, el gran hombre nunca estaba allí, y un día un inspector de ganado le dijo: «Si quiere ver a Bill Hale, tiene que llegar al rancho temprano; y cuando digo temprano quiero decir muy temprano».[67] El letrado se presentó en el rancho al volante de su Model T a las tres de una mañana y se echó a dormir en el automóvil. Al poco rato, un hombre de aspecto furibundo le despertó golpeando la ventanilla y exigiendo saber por qué había entrado en su propiedad. Era William Hale. El letrado le explicó qué hacía allí y Hale descubrió que conocía a sus padres, pues una vez le habían dado cobijo en plena ventisca. Hale le prometió que votaría por él. Uno de los asesores del letrado le aseguró que Hale «jamás le miente a nadie, y cuando dice que hará algo, quiere decir que lo hará».[68] Llegó el día de los comicios y el letrado ganó de calle en todos los distritos de aquella parte del país.

Hale había mantenido estrecho contacto con el fiscal del condado y habló con él y con otros funcionarios sobre el asesinato de Anna. Finalmente, el fiscal decidió buscar otra vez la bala que los investigadores no habían logrado localizar durante la autopsia del cadáver. Obtenida la orden judicial para exhumar los restos de Anna, se le pidió a Scott Mathis, el dueño de la Big Hill Trading Company, y amigo de Hale y de Mollie, que supervisara la desagradable tarea, de modo que se puso en camino con el jefe de su funeraria y un sepulturero. La hierba de la parcela del cementerio donde habían enterrado a Anna apenas había podido volver a crecer: los hombres tuvieron que clavar las palas en la dura tierra antes de sacar del hoyo el antaño blanco ataúd, ahora ennegrecido, y hacer palanca para abrirlo. Un vaho espantoso, la muerte misma, impregnó el aire.

Los hermanos Shoun, que habían llevado a cabo la primera autopsia, se presentaron en el cementerio para buscar una vez más la bala en cuestión. Esta vez se pusieron guantes y sacaron del maletín una cuchilla de carnicero, con la que procedieron a convertir la cabeza de Anna en «carne para salchichas», como lo expresó después el hombre de la funeraria.[69] Sin embargo, tampoco esta vez tuvieron éxito. La bala parecía haberse esfumado.

 

 

El juez de paz había dado por terminada su investigación en julio de 1921. La conclusión fue que Anna había muerto «a manos de desconocidos»,[70] la misma a la que llegó la investigación sobre el asesinato de Whitehorn. El juez guardó bajo llave las pocas pruebas que había logrado reunir, por si en algún momento surgía información nueva.

Entretanto, la salud de Lizzie —que en otro tiempo había tenido tanta energía y tan tenaz determinación como su hija Mollie— había empeorado. Cada día se la veía más enferma, más deteriorada, más insustancial, como si estuviera aquejada de la misma dolencia consuntiva que había acabado con Minnie.

Desesperada, Mollie recurrió a los curanderos de la tribu, que entonaron cánticos cuando el cielo de levante se ponía rojo como la sangre, y a la nueva especie de curanderos, los hermanos Shoun, que llevaron sus pócimas en bolsitas negras. Nada pareció funcionar. Mollie velaba noche y día a su madre, uno de los últimos vínculos con el antiguo modo de vida de la tribu. No podía curarla pero sí darle de comer, así como apartar de su rostro los largos y hermosos cabellos plateados, un rostro arrugado y expresivo que no había perdido en absoluto su aura.

Un día de aquel mes de julio, cuando aún no habían pasado ni dos meses del asesinato de Anna, Lizzie dejó de respirar. Mollie no consiguió reanimarla. El espíritu de su madre había sido reclamado: por Jesucristo, el Salvador, y por Wah’Kon-Tah, el Gran Misterio. Una pena enorme se apoderó de Mollie. Como decía una plegaria mortuoria de los osage:

 

¡Ten piedad de mí, oh Gran Espíritu!

Ves que no paro de llorar.

Seca mis ojos y dame consuelo.[71]

 

Bill Smith, el cuñado de Mollie, fue uno de los primeros en preguntarse si había algo raro en el hecho de que la muerte de Lizzie se produjera tan poco tiempo después de las de Anna y Whitehorn. Individuo agresivo con cara de bulldog, Bill había manifestado también su frustración por las conclusiones de la investigación oficial y había decidido tomar cartas en el asunto. Al igual que a Mollie, le chocaba la falta de especificidad de la enfermedad de Lizzie; ningún médico había conseguido esbozar siquiera un diagnóstico. De hecho, nadie había podido aportar una causa natural para su deceso. Cuanto más escarbaba Bill, charlando con médicos y con investigadores de la zona, más se convencía de que Lizzie había muerto a causa de algo terroríficamente no natural: la habían envenenado. Por lo demás, estaba convencido de que las tres muertes tenían que ver, de alguna manera, con el yacimiento subterráneo de oro negro.