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RESERVA SUBTERRÁNEA

 

 

El dinero había llegado súbita, rápida, alocadamente.[72] Mollie tenía diez años cuando se descubrió petróleo en la zona y había sido testigo presencial del delirio subsiguiente. Pero tal como los ancianos de la tribu le habían transmitido, la enmarañada historia de cómo su pueblo se había hecho con aquellas tierras ricas en petróleo se remontaba al siglo XVII, cuando los osage habían reclamado gran parte de la zona central del país, un territorio que se extendía de lo que ahora es Misuri y Kansas a Oklahoma y aún más al oeste, hasta las Montañas Rocosas.

En 1803 el presidente Thomas Jefferson compró a Francia el territorio de Louisiana, donde había tierras dominadas por los osage. Jefferson informó al secretario de la Armada que los osage eran una gran nación y que «debemos llevarnos bien, porque en su terreno somos patéticamente débiles».[73] En 1804 una delegación de jefes osage se entrevistó con Jefferson en la Casa Blanca. El presidente le dijo al secretario de la Armada que los osage, cuyos guerreros solían medir más de un metro ochenta de estatura, eran los «mejores hombres que hayamos visto nunca».[74]

En la reunión, Jefferson se dirigió a los jefes indios llamándolos «hijos míos» y comentó: «Ha pasado tanto tiempo desde que nuestros antepasados llegaron desde más allá de la gran agua, que ese recuerdo se ha ido borrando y se diría que nacieron en estas tierras, lo mismo que vosotros […]. Ahora todos formamos parte de una sola familia.[75] —Y prosiguió—: A vuestro regreso, decidle a vuestro pueblo que los tomo de la mano; que de ahora en adelante me convierto en padre de todos ellos, y que nuestra nación será su amiga y benefactora».

Pero antes de que pasaran cuatro años Jefferson obligaría a los osage a ceder su territorio entre los ríos Arkansas y Missouri. El jefe osage declaró que su pueblo «no tenía otra alternativa: o firmaba el tratado o se convertía en enemigo de Estados Unidos». A lo largo de las dos décadas siguientes, los osage hubieron de renunciar a unos cuarenta millones de hectáreas de sus tierras ancestrales para acabar en un área de 80 por 260 kilómetros situada en la región sudoriental de Kansas. Y era allí donde los padres de Mollie habían alcanzado la mayoría de edad.

El padre de Mollie, que había nacido en torno a 1844, se llamaba Ne-kah-e-se-y en lengua osage. En aquel entonces, un joven osage solía vestir pantalones de gamuza con flecos, mocasines blandos y un taparrabos; en el cinturón tejido a mano llevaba la petaca de tabaco y el tomahawk. El torso solía estar desnudo y la cabeza afeitada a excepción de una franja de pelo que iba de la coronilla a la nuca, el cabello tieso como en el penacho de un casco espartano.

Junto con otros guerreros, Ne-kah-e-se-y defendía a la tribu de ataques diversos, y antes de entrar en combate se pintaba la cara de negro con carbón y rezaba a Wah’Kon-Tah, confirmando que era la hora, como dicen los osage, «de hacer que el enemigo yazga enrojecido en la tierra».[76] Conforme pasaban los años, Ne-kah-e-se-y se convirtió en figura señera de la tribu. Hombre reflexivo y serio, sabía analizar cada situación antes de tomar las medidas necesarias. Con el tiempo, cuando la tribu creó su primer sistema judicial, que fallaba mayormente sobre delitos menores, fue elegido como uno de los tres jueces.

Lizzie también se había criado en la reserva de Kansas, donde ayudaba a mantener a la familia cosechando maíz y acarreando leña en largas distancias.[77] Vestía mocasines blandos, pantalón de gamuza, falda de paño y una manta sobre los hombros, y se pintaba la parte central del pelo de color rojo simbolizando el recorrido del sol. Un agente de Asuntos Indios la describiría más adelante como «laboriosa» y «persona de buen carácter».[78]

Dos veces al año, cuando Lizzie y Ne-kah-e-se-y eran jóvenes, sus familias y el resto de la tribu recogían sus escasas posesiones terrenales —ropa, colchones, mantas, utensilios diversos, cecina, armas—, las cargaban en sus caballos y partían para la sagrada cacería del bisonte, que duraba dos meses. Cuando los batidores divisaban una manada, Ne-kah-e-se-y y los demás cazadores osage lanzaban a sus caballos al galope, haciendo retumbar la tierra, los sudorosos rostros de los jinetes azotados por las crines de sus monturas. Un estudiante de medicina francés que acompañó a la tribu durante una cacería en 1840 dijo: «Es una carrera implacable […]. El bisonte, al verlos aproximarse, intenta huir en otra dirección, gira bruscamente para burlar a su enemigo; luego, al ver que lo alcanzan, monta en cólera y se encara al agresor».[79]

Sin prisa, Ne-ka-e-se-y preparaba su arco y su flecha, que los osage consideran más efectivos que las balas. Cuando un bisonte era herido mortalmente, recordaba el estudiante francés, «el animal vomita un torrente de sangre y cae de hinojos antes de derrumbarse del todo».[80] Una vez cortado el rabo —trofeo para el conquistador—, se aprovechaba todo lo demás: secaban la carne, ahumaban el corazón, hacían salchichas con los intestinos. Los aceites del seso del animal se utilizaban para frotar el pellejo, que luego era transformado en cuero para sogas y techumbres, y aún quedaban cosas: de los cuernos hacían cucharas, de los tendones cuerdas de arco, del sebo combustible para antorchas. Una vez, cuando a un jefe osage se le preguntó por qué no adoptaba las costumbres de los blancos, respondió: «Mi situación me resulta totalmente satisfactoria. Los bosques y los ríos cubren todas nuestras necesidades en abundancia».[81]

El gobierno de Estados Unidos había garantizado a los osage que el territorio que ocupaban en Kansas sería suyo para siempre, pero al poco tiempo empezaron a llegar pobladores. Entre ellos estaba la familia de Laura Ingalls Wilder, quien años después escribiría La casa de la pradera basándose en su experiencia personal.

—¿Por qué no te caen bien los indios, mamá? —le pregunta Laura a su madre en una escena.[82]

—Porque no y punto; y no te chupes los dedos, Laura.

—Esto es territorio indio, ¿no? —decía Laura—. ¿Por qué vinimos aquí, si no te caen bien?

Una noche, el padre le explica a Laura que el gobierno va a obligar a marcharse a los osage.

—Por eso vinimos aquí, Laura. Los blancos vamos a colonizar toda esta región, y como nosotros fuimos de los primeros en llegar, podremos elegir las mejores tierras.

Aunque, en el libro, los Ingalls abandonan la reserva bajo la amenaza de ser expulsados por los soldados, muchos colonos empezaron a apropiarse de las tierras por la fuerza. En 1870, los osage —a los que habían echado de sus cabañas y saqueado sus tumbas— accedieron a vender sus tierras a los colonos por un dólar veinticinco el acre. No obstante, unos colonos impacientes hicieron una matanza de osage y a continuación mutilaron sus cadáveres y les cortaron la cabellera. Un agente de Asuntos Indios comentó: «La pregunta es obvia: ¿quiénes son aquí los salvajes?».[83]

 

 

Los osage buscaron un nuevo lugar donde vivir. Se habló de comprar casi seiscientas mil hectáreas a los cherokee en lo que se conocía como Territorio Indio, una región al sur de Kansas que se había convertido un extremo del Sendero de Lágrimas para muchas tribus expulsadas de sus tierras. La zona desocupada que los osage estaban barajando era más grande que Delaware, pero muchos blancos la consideraban «accidentada, pedregosa, estéril y no apta para cultivar nada», según lo expresó un agente de Asuntos Indios.[84]

Esa fue la razón por la que un jefe osage, Wah-Ti-An-Kah, dijo lo siguiente ante un consejo: «Mi pueblo será feliz aquí. Hombre blanco no podrá meter cosa de hierro en la tierra. Hombre blanco no vendrá aquí. Hay muchas colinas […]. Al hombre blanco no le gusta que haya colinas y no vendrá».[85] Más adelante, dijo: «Si mi pueblo va al oeste, donde la tierra es como suelo de cabaña, el hombre blanco vendrá a nuestras cabañas y dirá “Queremos vuestras tierras” […]. Pronto nos quedaremos sin tierra y sin casa».

 

Cortesía de Western History Collections, Bibliotecas de la Universidad de Oklahoma, Finney, n.º 231

Campamento Osage en la nueva reserva

 

Así pues, los osage compraron la región a setenta centavos el acre y, a principios de la década de 1870, iniciaron su éxodo. «Solo se oía el llanto de los ancianos, sobre todo mujeres, lamentándose sobre las tumbas de sus hijos, a los que se disponían a abandonar para siempre», dijo un testigo presencial.[86] Tras completar su periplo hasta la nueva reserva, miembros de la tribu levantaron varios campamentos, el más importante de los cuales en Pawhuska, donde, encaramado a una loma, Asuntos Indios hizo construir un imponente edificio de piedra arenisca para instalar su oficina.[87] Gray Horse, en la parte occidental de la región, consistía en poco más que un puñado de cabañas de nueva construcción, y fue allí donde se instalaron Lizzie y Ne-kah-e-se-y, que se habían casado en 1874.

La sucesión de migraciones forzadas, junto con «enfermedades del hombre blanco» como la viruela, habían pasado una tremenda factura a la tribu. Se calcula que la población había menguado a unas tres mil almas, un tercio de lo que fuera setenta años atrás. El agente de Asuntos Indios informaba: «Este pequeño remanente es todo lo que queda de una raza heroica que en otro tiempo fue dueña indiscutible de todo este territorio».[88]

Aunque los osage seguían celebrando cacerías de bisontes, lo que perseguían no era solo alimento, sino también el pasado. «Era como la vida en los viejos tiempos —recordaba un tratante blanco que los acompañó—. Los más viejos del grupo tenían la costumbre de reunirse en torno al fuego y ponerse a recordar hazañas de guerra y de caza.» [89]

Hacia 1877, no quedaba apenas un solo bisonte que cazar, algo que empeoró con el hecho de que las autoridades animaran a los colonos a erradicar a los animales, conscientes de que, según lo expresó un oficial del ejército, «cada bisonte muerto es un indio más que se marcha».[90] La política de la Unión respecto a los indios pasó de la contención a una integración forzosa; los funcionarios intentaron cada vez con más ahínco conseguir que los osage fueran a la iglesia, hablaran inglés y se convirtieran en labradores vestidos de pies a cabeza. El gobierno le debía a la tribu anualidades por la venta de sus tierras en Kansas, pero se negó a repartirlas hasta que los hombres sanos como Ne-kah-e-se-y se pusieron a trabajar en el campo. Aun así, el gobierno insistió en hacer los pagos mediante prendas de ropa y raciones de comida. Un jefe osage se quejaba: «No somos perros a los que hay que alimentar como perros».[91]

No acostumbrados a los métodos agrícolas del hombre blanco y privados de bisonte, los osage empezaron a pasar hambre y pronto pareció que los huesos se les iban a quebrar en cualquier momento. Muchos miembros de la tribu fallecieron. Enviaron con urgencia una delegación osage, de la que formaba parte el jefe Wah-Ti-An-Kah, a Washington, D.C., para pedir al comisario de Asuntos Indios que aboliera el racionamiento. Según relata John Joseph Mathews, los miembros de dicha delegación vestían sus mejores mantas y pantalones de gamuza, mientras que el propio Wah-Ti-An-Kah iba envuelto totalmente en una manta roja, de forma que no se le veían más que los ojos, dos pozos oscuros que ardían con toda una historia detrás.

La delegación fue a la oficina del comisario y se dispuso a esperarle. Al llegar, el comisario le transmitió este mensaje al intérprete: «Dígales a estos caballeros que, sintiéndolo mucho, tengo otra cita a esta misma hora; siento no haberme acordado hasta hace un momento».[92]

 

Cortesía del Museo de la Nación Osage

El jefe osage Wah-ti-An-Kah

 

El comisario iba a marcharse cuando Wah-Ti-An-Kah le cortó el paso y se despojó de la manta. Para asombro incluso de los propios osage que lo acompañaban, el jefe no llevaba encima más que el taparrabos y los mocasines, y se había embadurnado la cara con pinturas como si comandara una partida de guerra. «Se quedó allí plantado como un dios primitivo de los bosques sombríos», escribió Mathews al respecto.

Wah-Ti-An-Kah le dijo al intérprete: «Dile a este hombre que se tome asiento». Cuando el comisario se sentó, Wah-Ti-An-Kah pronunció estas palabras: «Hemos hecho un largo camino para venir a hablar».

«Es evidente —dijo el comisario—, que este hombre que no sabe comportarse, que se presenta aquí casi desnudo, con pinturas de guerra en la cara, no es lo bastante civilizado para saber cómo utilizar el dinero.»

Wah-Ti-An-Kah dijo que no tenía vergüenza de su cuerpo, y ante su insistencia y la de la delegación, finalmente el comisario accedió a poner fin al racionamiento. Wah-Ti-An-Kah recogió su manta y dijo: «Está todo bien; dile a este hombre que puede irse».

 

 

Como muchos otros osage, los padres de Mollie intentaban aferrarse a sus costumbres. Uno de los rituales más importantes consistía en poner un nombre a alguien, pues solo entonces la tribu pasaba a considerarlo una persona. Mollie nació el 1 de diciembre de 1886 y recibió el nombre osage de Wah-kon-tah-he-um-pah. A sus hermanas también se las conocía por sus nombres tribales: Anna era Wah-hrah-lum-pah; Minnie, Wah-sha-she; y Rita, Me-se-moie.

Pero conforme empezaron a llegar colonos a la reserva, el proceso de aculturación se aceleró. Físicamente no parecían osage, o ni siquiera cheyenne o pawnee. Se los veía sucios y desesperados, como a William Hale, que un día apareció montado en su caballo, harapiento, salido de la nada. Incluso colonos como Hale, que establecieron vínculos con los osage, sostenían que la hoja de ruta de los blancos era ineludible y que para los indios el único modo de sobrevivir era seguirla. Hale estaba decidido no solo a transformarse a sí mismo, sino también el páramo del que procedía: aspiraba a cercar la pradera y crear toda una red de comercios y poblaciones.

En la década de 1880 John Florer, un hombre de la frontera nacido en Kansas que llamaba al territorio osage «el país de Dios», estableció el primer comercio en Gray Horse. Al padre de Mollie, Ne-kah-e-se-y, le gustaba ir allí a vender cueros y sentarse a la sombra frente a la tienda, y fue así como Mollie conoció al hijo de un comerciante, una de las primeras personas de raza blanca que veía en su vida, con la piel tan pálida como la panza de un pez.

El hijo del comerciante llevaba un diario y en él consignó el profundo cambio existencial que experimentaron Mollie y su familia, aunque lo señaló solo de pasada, como si se tratara de un apunte en un libro de contabilidad. El chico anotó que, un día, un comerciante empezó a darle a Ne-kah-e-se-y el nombre de Jimmy. Al poco tiempo otros comerciantes siguieron su ejemplo, y Jimmy acabó suplantando el nombre osage del padre de Mollie. «También sus hijas, que iban a menudo a la tienda, acabaron recibiendo otros nombres», escribía el hijo del comerciante.[93] Wah-kon-tah-he-um-pah se convirtió en Mollie.

Mollie —que, al igual que su madre, vestía pantalones de gamuza, mocasines, falda, blusa y una manta— dormía en el suelo en un rincón de la vivienda familiar y tenía asignados muchos y agotadores quehaceres. Pero en aquellos tiempos se disfrutaba de una paz y una dicha relativas: Mollie podía deleitarse con las danzas ceremoniales, jugar en el arroyo a una variante del corre que te pillo y observar cómo los hombres echaban carreras en sus ponis por los campos color esmeralda. El hijo del comerciante escribió: «Son recuerdos que perduran como un sueño olvidado a medias, el recuerdo de un mundo fascinante tal como se le mostraba a una niña en todo su portento y todo su misterio».[94]

 

Cortesía de Western History Collections, Bibliotecas de la Universidad de Oklahoma, Finney, n.º 215

La tienda de John Florer en Gray Horse

 

Cortesía de Western History Collections, Bibliotecas de la Universidad de Oklahoma, Finney, n.º 224

El padre de Mollie (derecha) frente a la tienda de Florer

 

En 1894, cuando Mollie tenía siete años, sus padres recibieron la noticia de que debían apuntarla a la St. Louis School, un internado católico para niñas recién inaugurado en Pawhuska, que estaba a dos días de camino en carro en dirección nordeste. Un comisario de Asuntos Indios había dicho: «Los indios deben adaptarse al modo de vida de los blancos, por las buenas o por las malas».[95]

A los padres de Mollie se les advirtió que si no obedecían el gobierno no les pasaría las anualidades y se morirían de hambre. Así pues, una mañana de marzo, Mollie fue separada de su familia y montó en una carreta. Mientras se alejaba con el cochero rumbo a Pawhuska, en el centro de la reserva, la niña pudo ver cómo Gray Horse, que hasta entonces le había parecido la frontera de su universo, iba perdiéndose de vista hasta reducirse al humo que salía de lo alto de las viviendas y se desvanecía en el cielo. Frente a ella, la pradera se extendía hasta el horizonte cual lecho de un mar prehistórico. No había poblados, no había ni un alma. Como si hubiera resbalado en el lugar donde terminaba el mundo para caer (tomo prestada la frase de Willa Cather) «fuera de la jurisdicción del hombre».

En un trayecto interminable, dando bandazos en el pescante de la carreta, Mollie atravesó aquel paisaje vacío que ni siquiera era todavía un país. Anochecía y tuvieron que detenerse y montar el campamento. Cuando el sol se ocultó detrás de la pradera, el cielo adquirió un color rojo sangre y luego se volvió negro, la densidad de las tinieblas apenas mitigada por la luna y las estrellas, de las que los osage creían que descendían muchos de sus clanes. Mollie se había convertido en una viajera en la niebla. La rodeaban las fuerzas de la noche, que no podía ver pero sí oír: el parloteo de los coyotes, los aullidos de los lobos, los chillidos de los búhos, de los que se decía que portaban un espíritu maligno.

Al día siguiente, la monocromática pradera dio paso a colinas arboladas, y Mollie y su cochero subieron y bajaron cuestas, dejando atrás robles frondosos y grutas donde no llegaba el sol, lugares perfectos —como dijo, preocupado, un agente de Asuntos Indios— «para una emboscada».[96] (Y añadió: «Deje que le diga que hay criminales… gente ignorante que es capaz de todo».) Siguieron adelante hasta encontrar un indicio de asentamiento humano: una sencilla construcción de madera pintada de rojo, de una sola planta y medio en ruinas. Era un puesto de venta osage, y cerca de allí había una sucia pensión y una herrería con un inmenso montón de herraduras. El embarrado camino se convirtió en otro más ancho y más embarrado aún, flanqueado por comercios que contaban con pasarelas de tablones combados para ayudar a la clientela a evitar el fango traicionero, así como con amarres para los caballos. Sus erosionadas fachadas parecían a punto de venirse abajo al menor soplo de brisa, y algunas tiendas estaban decoradas con una segunda planta en trampantojo para crear una ilusión de grandeza.

Habían llegado a Pawhuska. Aunque en aquel entonces la capital de la reserva parecía un lugar pequeño y miserable —«unas cuantas tienduchas llenas de barro», según lo expresó un visitante—, era probablemente la mayor población que Mollie había visto nunca. La llevaron a un imponente edificio de piedra de cuatro plantas, a un kilómetro y medio del pueblo, el colegio misionero católico de St. Louis, donde la dejaron al cuidado de unas mujeres de hábito blanco y negro. Después de cruzar la puerta principal —Mathews describía la entrada a otro internado osage comparándola con una «enorme boca negra, más grande y oscura que la de un lince»—,[97] penetró en un laberinto de pasillos en medio de corrientes de aire; en la oscuridad ardían lámparas de gas.

Mollie tuvo que quitarse la manta india de los hombros y ponerse un sencillo vestido. No se le permitió hablar osage —tuvo que espabilarse para entender la lengua de los blancos—, y le dieron una biblia que empezaba con una clara noción del universo: «Y Dios dijo: “Hágase la luz”, y la luz se hizo. Y viendo que la luz era buena, Dios separó luz de oscuridad».

Había un estricto reglamento para cada hora del día, y a los alumnos los obligaban a formar y a ir en fila de un lado a otro. Les enseñaban piano, caligrafía, geografía y aritmética: el mundo condensado en símbolos nuevos y extraños. El objetivo de todo ello era integrar a Mollie en la sociedad blanca y transformarla en lo que las autoridades consideraban la mujer ideal. Le enseñaron las «artes domésticas»: coser, hornear, lavar la ropa, llevar la casa. «De ninguna manera puede sobrestimarse la importancia de un cuidadoso adiestramiento de las muchachas indias —había declarado un funcionario del gobierno de la Unión. Y añadió—: ¿De qué sirve que el hombre sea diligente y trabajador, que aporte a la familia ropa y alimento gracias a su trabajo, si la esposa, torpe en la cocina, sin conocimientos de costura, sin el hábito del orden o de la limpieza, convierte lo que podría ser un hogar alegre y feliz en una deplorable morada de suciedad y miseria? […]. Son las mujeres las que con más ahínco se aferran a supersticiones y ritos paganos, y quienes los perpetúan a través de lo que enseñan a sus hijos.»[98]

Muchos alumnos osage del colegio de Mollie intentaron fugarse, pero los agentes de la ley los perseguían a caballo y los devolvían al centro atados con cuerdas. Mollie iba a clase ocho meses al año y cada vez que volvía a Gray Horse veía que eran más las chicas que habían abandonado la manta y los mocasines, mientras que los chicos llevaban pantalón largo en lugar de taparrabos y en vez de cresta lucían sombrero de ala ancha. Muchos alumnos empezaron a sentir vergüenza de sus padres, que no entendían el inglés y seguían viviendo conforme a la antigua usanza. Una madre osage llegó a decir de su hijo: «Sus oídos se han cerrado a nuestra lengua».[99]

 

Mollie fue obligada a ir a la St. Louis School

 

 

La familia de Mollie no solo estaba a caballo de dos siglos, sino también de dos civilizaciones. Su inquietud fue en aumento hacia finales de la década de 1890, cuando el gobierno intensificó la ofensiva para culminar la campaña de integración: las adjudicaciones. Según esta política, la reserva osage iba a ser dividida en parcelas de 65 hectáreas (es decir, en propiedad inmobiliaria), y cada miembro de la tribu recibiría una parcela, mientras que el resto del territorio quedaría abierto a los colonos. El sistema de adjudicaciones, impuesto ya en muchas tribus, estaba pensado para finiquitar el antiguo sistema comunal y convertir a los indios norteamericanos en dueños de una propiedad privada, situación que facilitaría, y no por casualidad, arrebatarles sus tierras.

Los osage habían visto lo ocurrido en el Cherokee Outlet, una pradera inmensa que formaba parte del territorio de los cherokee y que estaba próxima a la frontera occidental de la reserva osage. Después de que el gobierno de Estados Unidos les comprara las tierras a los cherokee, había anunciado que a mediodía del 16 de septiembre de 1893 cualquier colono podría reclamar una de las cuarenta y dos mil parcelas de terreno… ¡si llegaba primero al lugar! Antes de la fecha fijada, decenas de millares de hombres, mujeres y niños habían acudido allí desde sitios tan lejanos como California y Nueva York, y se habían reunido a lo largo de la frontera; la harapienta, sucia y desesperada masa de humanidad se extendía hasta el horizonte, como un ejército que se enfrentara a sí mismo.

Finalmente, no sin que antes resultaran heridos varios espabilados que intentaron colarse, se dio el disparo de salida; como tituló un periódico en su momento: CARRERA PARA CONSEGUIR TIERRAS COMO JAMÁS SE HA VISTO EN EL MUNDO.[100] Un periodista escribió: «Los hombres se daban de mamporros para llegar antes; las mujeres chillaban y caían, algunas se desmayaban, y todo para que las pisotearan o tal vez las matasen».[101] Y más adelante añadía: «La pradera se llenó de hombres, mujeres y caballos. Aquí y allá hombres se peleaban a muerte por hacerse con un pedazo de tierra al que ambos aseguraban haber llegado primero. Aparecieron cuchillos y pistolas; fue una escena a la vez tremenda y horrible que no puede describirse con palabras […]. Era una lucha en la que cada cual miraba por sí mismo, y el diablo que apague la luz». Al caer la noche, el Cherokee Outlet estaba literalmente hecho pedazos.

 

Cortesía de Western History Collections, Bibliotecas de la Universidad de Oklahoma, Finney, n.º 184

Carrera a por las tierras (1893)

 

Como los osage habían comprado sus tierras, al gobierno le fue más difícil imponer su política de adjudicaciones. La tribu, liderada por uno de sus jefes más notables, James Bigheart —que hablaba siete lenguas, entre ellas sioux, francés, inglés y latín, y que había empezado a usar traje—, pudo impedir el proceso. Sin embargo, la presión iba en aumento. Theodore Roosevelt ya había advertido de lo que le pasaría a todo indio que rechazara su parcela: «Dejen que desaparezca, como esos blancos que se niegan a trabajar, de la faz de la tierra a la que pone trabas».[102]

A principios del siglo XX, Bigheart y otros osage sabían que no podrían evitar lo que un funcionario del gobierno llamó «la gran tormenta» que se avecinaba.[103] El gobierno tenía pensado dividir el Territorio Indio y convertirlo en parte de lo que sería un nuevo estado: Oklahoma. (En la lengua choctaw, «Oklahoma» significa «gente roja».) Bigheart había logrado postergar el proceso varios años —los osage fueron la última tribu del Territorio Indio en pasar por el tubo—, lo cual había dado a los osage mayor influencia mientras los funcionarios del gobierno se exasperaban ante cualquier impedimento de transformar esas tierras en un estado. En 1904 Bigheart envió a la otra punta del país a un entusiasta y joven abogado de nombre John Palmer «para tomarle el pulso a Washington».[104] Huérfano de comerciante blanco e india sioux, Palmer había sido adoptado de niño por una familia osage y estaba casado con una mujer de la tribu. Según un senador por Oklahoma, Palmer era «el indio más elocuente que pueda encontrarse».[105]

Bigheart, Palmer y otros miembros de la tribu negociaron durante meses los términos de las adjudicaciones con funcionarios del gobierno. Los osage les convencieron de que las tierras se dividieran únicamente entre miembros de la tribu, por lo que cada parcela pasaba de 65 a 350 hectáreas. Con esta estrategia se pretendía evitar que los colonos entraran a saco en su territorio, aunque los blancos podrían intentar después comprar parcelas a los miembros de la tribu. Asimismo, los osage lograron colar en el tratado final lo que, en su momento, pareció una curiosa disposición: «El petróleo, el gas, el carbón y otros minerales que puedan contener las tierras […] quedan reservados por la presente a la tribu osage».[106]

Sabían que debajo de la reserva había depósitos de petróleo. Hacía más de diez años, un osage le había enseñado a John Florer, el propietario de la tienda de Gray Horse, una pátina multicolor que flotaba en la superficie de un arroyo, en la parte oriental de la reserva. El indio mojó la manta en aquel punto y la estrujó para verter el líquido en un recipiente. A Florer le pareció que olía como la grasa para ejes que él vendía en su tienda y volvió corriendo para enseñar a otros la muestra recogida. Sus sospechas fueron confirmadas: aquello era petróleo. Con la aprobación de la tribu, Florer y un socio rico metido en banca obtuvieron un contrato para empezar a perforar en la reserva. Muy pocos imaginaban que la tribu estaba literalmente asentada sobre una fortuna, pero cuando tuvieron lugar las negociaciones, ya había algunos pozos pequeños funcionando, y los osage fueron lo bastante astutos como para aferrarse a este último reducto de sus tierras… un reducto que ni siquiera podían ver. Una vez sellado el pacto de la ley de Adjudicaciones, en 1906, Palmer alardeó ante el Congreso de haber «escrito a mano ese tratado».[107]

Como todos los osage registrados en el censo tribal, Mollie y los miembros de su familia recibieron un headright (algo así como una acción en el patrimonio mineral de la tribu).[108] Cuando, al año siguiente, Oklahoma entró en la Unión como estado número 46, los miembros de la tribu osage ya podían vender su terreno de superficie en lo que se llamaba ahora condado de Osage. Pero, a fin de mantener bajo control de la tribu el patrimonio mineral, estaba prohibido comprar o vender headrights; estos se transmitían únicamente por vía hereditaria. Mollie y su familia habían pasado a formar parte de la primera reserva subterránea.

 

 

La tribu pronto empezó a arrendar cada vez más tierras a los prospectores blancos que buscaban petróleo. Mollie veía trabajar con furia a los obreros: mecánicos, perforadores, muleros, capataces. Hacían descender hasta las entrañas de la tierra un torpedo lleno de nitroglicerina y luego, enfangados como estaban, lo hacían detonar. (De vez en cuando, la explosión sacaba a la superficie un fragmento de alguna antiquísima lanza india o una punta de flecha.) Todos contemplaban desconcertados el espectáculo. Aquellos hombres construían estructuras de madera que llegaban al cielo, como si fueran templos, y se gritaban en su lenguaje particular. «Venga, tíos, dadle caña. Cargad los ganchos a tope, so tortugas. Bien alto. Adelante, golpead y ensamblad esos tubos. Ánimo, que ya estamos. Y nos vamos a echar un trago.»[109] Cuando encontraban un pozo improductivo, muchos prospectores se marchaban desesperados. Como observó un osage, esos hombres blancos se comportaban «como si mañana fuera el fin del mundo».[110]

A principios del siglo XX George Getty, un abogado de Minneapolis, empezó a buscar petróleo con su familia en la región oriental del territorio osage, en la parcela número 50, que había arrendado por quinientos dólares. Cuando su hijo, Jean Paul Getty, era un muchacho, le acompañó en una visita. «Era la época de los pioneros —recordaba Jean Paul, que fundaría la Getty Oil Company—. No había automóviles, muy pocos teléfonos; la luz eléctrica era escasa. Aunque estábamos en los albores del siglo XX, aún se notaba mucho la influencia del siglo anterior. —Y añadía—: Aquello parecía una gran aventura. Mis padres nunca lo vieron tan atractivo como yo. Íbamos a menudo a la parcela 50, que estaba a unos trece kilómetros en territorio osage, en carreta. Se tardaba un par de horas en llegar y había que cruzar un río.»[111]

 

Cortesía del Museo de Historia de Bartlesville Area

Trabajadores encuentran petróleo en el condado de Osage

 

Antes de toparse con los indios, Jean Paul le había preguntado a su padre:

—¿Son peligrosos? ¿Tendremos que luchar?

Su padre se rio y le dijo:

—No. Son bastante tranquilos y pacíficos.[112]

En 1917, un día húmedo de primavera, Frank Philips —un prospector que en el pasado había vendido tónicos para prevenir la calvicie— se encontraba con su cuadrilla en la parcela 185, a unos quinientos metros de la 50. Estaban perforando cuando la torre empezó a temblar como si pasara una locomotora cerca. Un estruendoso borboteo surgió del hoyo que habían abierto en el suelo, y todos echaron a correr, sus gritos se amortiguaban por lo que era ya un rugido. Un perforador agarró a Philips y lo sacó de la plataforma justo cuando la tierra reventaba para escupir una alta y negra columna de petróleo.

Cada nuevo hallazgo parecía más importante aún que el anterior. En 1920 E. W. Marland, en otro tiempo tan pobre que no podía ni comprar un billete de tren, descubrió Burbank, uno de los campos petrolíferos de mayor producción en Estados Unidos: durante las primeras veinticuatro horas, un pozo nuevo generó 680 barriles de crudo.

Cuando se producía una erupción, muchos osage corrían a ver el chorro, peleándose por tener la mejor perspectiva y cuidando de no provocar una chispa, mientras sus miradas seguían la trayectoria del petróleo conforme se elevaba quince, veinte y hasta treinta metros en el aire. Con las alas negras de la rociada arqueándose sobre la torre de perforación, parecía un ángel de la muerte. El petróleo cubría los campos y las flores y salpicaba las caras de obreros y mirones. Aun así, la gente se abrazaba para celebrarlo, lanzando al aire sus sombreros. Bigheart, que había muerto poco tiempo después de la imposición del sistema de adjudicaciones, fue aclamado como el «Moisés osage». Y todos pensaban que aquella oscura, viscosa y maloliente sustancia mineral era la cosa más bonita del mundo.