El único medio que tenía Mollie para impeler a las indiferentes autoridades blancas a perseguir a un asesino de indios era el dinero. Tras la muerte de Lizzie en julio de 1921, el cuñado de Mollie, Bill Smith, había comunicado a las autoridades sus sospechas de que Lizzie había sido envenenada lentamente, pero llegó el mes de agosto y aún no se habían puesto a investigar. Tampoco habían hecho el menor progreso en la investigación del asesinato de Anna, que ya duraba tres meses. Con el fin de salir del impasse, la familia de Mollie hizo público un comunicado diciendo que, debido a «lo inmundo del crimen» y a «los peligros que existen para otras personas»,[113] ofrecían una recompensa en metálico de dos mil dólares a cambio de información que condujera a la detención de los responsables. La familia Whitehorn ofrecía, por su parte, una recompensa de dos mil quinientos dólares por atrapar a los asesinos de Charles. Y William Hale, que estaba haciendo campaña para erradicar del condado de Osage a los delincuentes, prometió su propia recompensa a quien atrapara a los asesinos, vivos o muertos. «Hemos de acabar de una vez con esta maldita lacra», dijo.[114]
Pero la aplicación de la ley era un objetivo cada vez más utópico. El fiscal general de Oklahoma no tardó en presentar cargos contra el sheriff Freas por «no hacer cumplir la ley» de forma premeditada al permitir el juego y el contrabando de licor.[115] Freas negó las acusaciones y, hasta la fecha del juicio, los dos próceres no dejaron de medir fuerzas el uno con el otro. En vista de la confusión reinante, Hale decidió que era el momento de contratar a un detective privado.
Durante gran parte del siglo XIX y primeros años del XX, las agencias de detectives privados habían llenado el vacío que dejaban unas fuerzas policiales descentralizadas, incompetentes, corruptas y con bajo presupuesto. Tanto en la literatura como en el imaginario popular, el detective —el «ojo privado», el sabueso, el sacatrapos, el hurón— desplazó al denodado sheriff como arquetipo de la justicia de mano dura. Se movía en las peligrosas nuevas fronteras de los callejones siniestros y los turbios bajos fondos. Su rúbrica no era el humeante revólver de seis tiros, sino que, como Sherlock Holmes, echaba mano de los asombrosos poderes de la deducción, la capacidad de observar lo que los Watsons del mundo solo eran capaces de ver. En un revoltijo de pistas, el detective privado sabía encontrar un orden, y, como lo expresó un escritor, «convertía un crimen brutal, vestigio de la bestia que el hombre lleva dentro, en un rompecabezas intelectual».[116]
Sin embargo, la fascinación por los detectives privados estuvo teñida de aversión ya desde el principio. Eran autodidactas, no estaban reglamentados, y muchas veces ellos mismos tenían un historial delictivo. Dependientes del cliente de pago, se los consideraba personajes furtivos que robaban secretos ajenos. (El término «detectar» viene del latín y significa «quitar el techo», y puesto que el diablo, como cuenta la leyenda, permitía a sus esbirros husmear en las casas quitándoles el techo, los detectives eran conocidos como «discípulos del diablo».)[117] En 1850 Allan Pinkerton fundó la primera agencia de detectives privados de América; en la propaganda, el lema de la empresa, «Nunca dormimos», aparecía grabado debajo de un enorme ojo al estilo masónico, lo que dio lugar a la expresión «ojo privado». En un manual de normas y principios generales que actuaba como guía para el sector, Pinkerton reconocía que a veces el detective debe «apartarse de la estricta línea de la verdad» y «recurrir al engaño».[118] Con todo, mucha gente que desdeñaba esta profesión la consideraba un mal necesario. Como dijo un detective privado, él quizá fuera «una víbora miserable», pero también era «el silencioso, secreto y eficaz Vengador de la ultrajada Majestad de la Ley cuando falla todo lo demás».[119]
Hale contrató a un inquietante investigador privado de Kansas City que respondía al nombre de Pike. Para mantener su anonimato, Pike, que fumaba en pipa de maíz y lucía un escueto bigotito, se entrevistó con Hale en un lugar discreto cerca de Whizbang. (A Hale y otros prohombres de la comunidad el nombre de Whizbang les parecía indigno y llamaban a la ciudad Denoya por el apellido de una importante familia osage.) Mientras el humo de los campos petrolíferos se desvanecía en el cielo, Hale puso a Pike al corriente del caso. Después, el detective se marchó disimuladamente para empezar a investigar.
Por indicación de Mollie, los gestores del patrimonio de Anna contrataron también a detectives privados. La herencia la administraba Scott Mathis, el dueño de Big Hill Trading Company, que durante mucho tiempo había gestionado como tutor los asuntos financieros de Anna y de Lizzie. El gobierno, arguyendo que muchos osage no sabían cómo utilizar su dinero, había pedido a la oficina de Asuntos Indios que determinara qué miembros de la tribu parecían capaces de administrar por sí mismos sus fondos fiduciarios. Pese a las vehementes protestas de la tribu, a muchos osage, entre ellos Lizzie y Anna, se los consideró «incompetentes» y fueron obligados a tomar un tutor de raza blanca que supervisara y autorizara todos sus gastos, desde la mayor inversión hasta el cepillo de dientes comprado en la tienda de la esquina. Un osage que había combatido en la Primera Guerra Mundial se quejaba así: «Me jugué la vida en Francia por este país y no me dejan ni firmar mis propios talones bancarios».[120] Los elegidos para ejercer de tutor eran en su gran mayoría destacados ciudadanos blancos del condado.
Mathis formó un grupo de sabuesos, lo mismo que hicieron los administradores de Whitehorn. Los detectives que investigaban la muerte de los osage habían trabajado a menudo para la William J. Burns International Detective Agency antes de establecerse por su cuenta. Burns, exagente del Servicio Secreto, había sucedido a Pinkerton como el detective más famoso del mundo. Era un hombre robusto, bajo de estatura, con un bigote exuberante y cabellera pelirroja; de joven había aspirado a ser actor y cultivaba un aura de misterio, en parte por medio de las novelas policíacas baratas que escribía sobre sus casos. En una de ellas, proclamaba: «Me llamo William J. Burns y mi domicilio está en Nueva York, Londres, París, Montreal, Chicago, San Francisco, Los Ángeles, Seattle, Nueva Orleans, Boston, Filadelfia, Cleveland y dondequiera que un ciudadano respetuoso de la ley pueda necesitar a hombres que sepan cómo desbaratar discretamente la emboscada de un asesino oculto, o destapar al malhechor que acecha a quienes siguen el camino recto».[121] Aunque se había ganado el mote de «detective de portada» por su tendencia al autobombo, su historial era impresionante. (Entre otras cosas, había atrapado a los responsables de poner una bomba en la redacción del periódico Los Angeles Times en 1910, atentado que causó la muerte de veinte personas.) Según el New York Times, Burns era «tal vez el único detective realmente grande, el único detective genial, que haya existido en este país»,[122] y sir Arthur Conan Doyle le otorgó el apodo que Burns más ansiaba: el Sherlock Holmes americano.
Cortesía del Museo de la Nación Osage
La Big Hill Trading Company era propiedad de Scott Mathis, que fue tutor de Anna y Lizzie
Pero, a diferencia de Sherlock Holmes, Burns había amañado jurados y secuestrado (supuestamente) a un sospechoso, y era corriente que se valiera de las sórdidas técnicas del espionaje imperial. Tras ser descubierto cuando forzaba la entrada en un bufete de abogados de Nueva York al intentar robar unas pruebas, Burns dijo que a veces eran necesarios métodos así para demostrar una conspiración, y que los investigadores privados habían cruzado ese tipo de raya «un millar de veces».[123] Burns encarnaba perfectamente la nueva profesión.
Aquel verano, los agentes contratados por Mathis empezaron a infiltrarse en el condado de Osage.[124] En el informe que redactaba a diario cada agente se identificaba solo por medio de un código numérico. En el inicio de la investigación el agente n.º 10 le pidió a Mathis, que había sido jurado en la investigación forense, que le enseñara la escena del crimen. «Mathis y yo fuimos en coche hasta el lugar donde hallaron el cuerpo», escribió n.º 10.[125]
Cortesía de la Biblioteca del Congreso
El investigador privado William J. Burns
Uno de los investigadores habló con la criada de Anna, que reveló que, después del hallazgo del cadáver, ella había conseguido un juego de llaves y había ido a casa de Anna con la hermana de esta, Rita Smith. Por increíble que parezca, nadie de la oficina del sheriff había registrado todavía el inmueble. Las mujeres abrieron la puerta y penetraron en un reino de silencio. Vieron las joyas de Anna, sus mantas, sus fotografías, objetos atesorados a lo largo de una vida, que ahora parecían ruinas de una ciudad perdida. La sirvienta, que había ayudado a vestirse a Anna el día de su desaparición, recordaba: «Todo estaba tal como lo dejamos al marchar»… salvo una cosa.[126] El bolso de caimán con el que Anna había ido a la merienda en casa de Mollie descansaba ahora en el suelo, dijo la criada, con «todas las tripas fuera».
No parecía que hubieran robado nada más de la casa; la presencia del bolso daba a entender que Anna debía de haber vuelto en algún momento después de la merienda. Todo indicaba que Bryan, el cuñado de Mollie, no había mentido y la había llevado a su casa. Ahora bien: ¿habían salido juntos otra vez? ¿O acaso Anna se había marchado con otra persona?
N.º 10 dio con otro filón prometedor: el registro de las llamadas entrantes y salientes. En aquellos tiempos, una operadora pasaba manualmente las llamadas telefónicas desde una centralita, y en el caso de una llamada de larga distancia intervenían múltiples centralitas. Por regla general, las operadoras llevaban un registro de todas las llamadas. Según el registro de una operadora de Fairfax, la noche en que Anna desapareció, a eso de las ocho y media, alguien había telefoneado a su casa desde una empresa ubicada en Ralston, diez kilómetros escasos al sudoeste de Gray Horse. Según el registro, alguien, presumiblemente Anna, había descolgado. Eso quería decir que estaba todavía en su casa a las 8.30, lo que una vez más confirmaba que Bryan había dicho la verdad.
El detective, intuyendo que estaba a punto de descubrir algo importante, corrió hasta la empresa de Ralston desde donde habían hecho la llamada. El dueño del negocio insistió en que él no había telefoneado a casa de Anna y que a nadie se le había autorizado a poner una conferencia desde su teléfono. Como confirmación a sus palabras, ninguna operadora de Ralston tenía registrado que desde allí se hubiera pasado una llamada a la centralita de Fairfax. «Esta llamada es todo un misterio», escribió n.º 10.[127] Él sospechaba que el número de Ralston era en realidad una «pantalla»; es decir, que alguien había pagado a una operadora para que destruyera el registro de la llamada original, única vía para averiguar su verdadero origen. Por lo visto, alguien estaba borrando las pistas que había dejado.
El detective quiso investigar más a fondo a Oda Brown. «Las principales sospechas recaen en el marido divorciado», escribió.[128] Pero se estaba haciendo tarde, y su informe concluía diciendo: «Desistí a las once de la noche».
Una semana después, enviaron a otro agente del equipo —el n.º 46— a Ponca City para localizar a Brown. El pueblo estaba unos cuarenta kilómetros al noroeste de Gray Horse. Una violenta tormenta se abatió sobre la pradera y convirtió las calles en ríos de fango, y cuando el detective llegó finalmente a Ponca City de anochecida, descubrió que Brown no estaba en el pueblo. Le dijeron que había ido a Perry, en Oklahoma, para ver a su padre. Al día siguiente, n.º 46 tomó un tren hasta Perry, pero Brown tampoco estaba allí, al parecer se encontraba en el condado de Pawnee. «Así pues, salí de Perry en el primer tren», escribió n.º 46 en su informe.[129] Este era el tipo de cosas que las novelas de Sherlock Holmes omitían: el tedio del auténtico trabajo del detective, las pistas falsas, los callejones sin salida.
N.º 46 fue de acá para allá hasta que, por fin, en el condado de Pawnee, divisó a un individuo flaco, de aspecto nervioso, con el pelo color herrumbre y unos inexpresivos ojos grises, que fumaba un cigarrillo: Oda Brown. Estaba en compañía de una mujer pawnee con la que, al parecer, se había casado después de morir Anna. El detective se mantuvo a cierta distancia, y se dedicó a seguirlos con disimulo. Un día, n.º 46 se acercó a Brown con la intención de trabar amistad con él. El manual Pinkerton advertía: «El detective vigilante atrapará al delincuente en sus momentos de máxima debilidad y, mediante la simpatía y la confianza que el delincuente ha depositado en él, logrará sacarle el secreto que lo devora».[130] N.º 46 fue ganándose poco a poco la confianza de Brown y, cuando este mencionó que a su exesposa la habían asesinado, el detective intentó sonsacarle para saber dónde había estado Brown aquel día. Sospechando tal vez que su nuevo amigo era un fisgón profesional, Brown le dijo que ese día estaba fuera con otra mujer, pero no quiso revelar dónde exactamente. N.º 46 observó atentamente a Brown. Según el manual, el secreto que guarda todo criminal se convierte en un «enemigo» interior y «debilita la fortaleza en la que se ha encerrado».[131] Brown, sin embargo, no parecía inquieto en absoluto.
Mientras n.º 46 investigaba a Brown, otro agente, el n.º 28, se enteró de un secreto aparentemente crucial por boca de una joven india kaw que vivía cerca de la frontera occidental del condado de Osage. En una declaración firmada, la mujer aseguraba que Rose Osage, una india de Fairfax, le había confesado que ella había matado a Anna después de que esta intentara seducir a su novio, Joe Allen. Rose dijo que, mientras iban los tres en coche, le «metió un balazo en la cabeza» y que luego, con ayuda de Joe, tiraron el cuerpo a la orilla del Three Mile Creek.[132] Como las prendas de Rose habían quedado salpicadas de sangre, añadía la declaración, la mujer se las quitó y las dejó tiradas junto al arroyo.
La historia, aunque siniestra, dio ánimos al detective n.º 28. En su informe diario dijo que había pasado horas con Mathis y el sheriff Freas, cuyo juicio no había tenido lugar aún, hablando sobre este descubrimiento, que «podría ser una importante pista sobre el caso».[133]
De todas formas, los detectives privados trataron de corroborar la historia del informante, y resultó que nadie había visto a Anna en compañía de Rose o de Joe. Tampoco encontraron ninguna prenda en el lugar de los hechos junto al arroyo. Cabía la posibilidad de que la joven estuviera mintiendo para conseguir la recompensa.
El sheriff Freas, de cuyos cuello y tórax brotaba un mar de carne, instó a los detectives privados a olvidarse de Rose y su novio como sospechosos y luego les ofreció un contrarrumor: habían visto a dos tipos duros de los campos petroleros en compañía de Anna poco antes de su muerte, y después ambos se habían largado de la ciudad. Los detectives accedieron a investigar esa historia. Pero en cuanto a las acusaciones contra Rose, n.º 28 prometió: «Esta hipótesis no la vamos a descartar».[134]
Los detectives compartieron cuanto habían podido averiguar con Bill Smith, el cuñado de Mollie, el cual seguía adelante con su propia investigación. Smith, de veintinueve años, había sido ladrón de caballos antes de vincularse a una fortuna osage: primero casándose con Minnie, la hermana de Mollie, y después —solo meses después de que Minnie muriese de aquella misteriosa «enfermedad consuntiva» en 1918— casándose con otra de las hermanas, Rita. Más de una vez, cuando bebía, Bill le había levantado la mano a su actual mujer. Una sirvienta recordaba que después de una pelea entre Bill y Rita, «ella acabó con más de un cardenal».[135] Bill le dijo a la sirvienta: «Esa era la única forma de llevarse bien con esas squaws». Rita le amenazaba a menudo con abandonarle, pero luego no lo hacía.
Corbis
Rita, hermana de Mollie
Rita era una persona muy inteligente, pero los que la conocían pensaban que estaba un poco mal de la cabeza debido a lo que alguien describió como «un amor verdaderamente ciego».[136] Mollie tenía sus dudas con respecto a Bill. ¿Había tenido alguna responsabilidad en la muerte de Minnie? Hale dejó claro que él tampoco se fiaba de Bill, y al menos un abogado local aventuró que Bill Smith estaba «prostituyendo el sagrado vínculo matrimonial a cambio de infames beneficios».[137]
Pero desde el asesinato de Anna, Bill había hecho, a todas luces, denodados esfuerzos para descubrir al culpable. Cuando se enteró de que un sastre de la localidad podía tener información, fue a verle con un detective privado para hacerle preguntas. Resultó que solo estaba divulgando el rumor de que Rose Osage había matado a Anna en un ataque de celos.
Desesperados, los detectives decidieron instalar un aparato de escucha para espiar a Rose y su novio. En aquella época los estatutos sobre vigilancia electrónica eran, cuando menos, vagos, y Burns era un ferviente usuario del dictógrafo, un primitivo aparato de escucha que podía esconderse fácilmente en un reloj de pared o un candelabro. «Burns fue el primer norteamericano en ver las inmensas posibilidades de aquel instrumento en el trabajo de investigación», informaba el Literary Digest en 1912.[138] «Está tan fascinado con él, que siempre lleva uno en el bolsillo.» Así como en el siglo XIX Allan Pinkerton fue conocido como «el ojo», Burns, en el siglo XX, se había convertido en «la oreja».
Los detectives, escondidos en otra habitación, se pusieron a escuchar con auriculares las voces de Rose y su novio, salpicadas de interferencias. Pero, como ocurre tan a menudo en estos casos, el entusiasmo inicial dio paso al tedio de la vida privada ajena y finalmente los detectives optaron por no seguir anotando los inocuos detalles de lo que escuchaban a escondidas.
No obstante, y sirviéndose de medios más convencionales, hicieron un descubrimiento sorprendente. El taxista que había llevado a Anna a casa de Mollie el día de su desaparición les dijo que Anna le pidió que pararan antes un momento en el camposanto de Gray Horse. Se había apeado del coche y había ido dando tumbos entre las lápidas hasta la tumba de su padre. Estuvo un momento parada cerca del lugar donde también la enterrarían a ella pronto, como si ofreciera una plegaria fúnebre por ella misma. Después volvió al coche y le pidió al taxista que hiciera llevar unas flores a la tumba de su padre. Quería, que estuviera siempre bonita.
Mientras seguían hacia casa de Mollie, Anna se inclinó para hablar con el taxista y este le notó el aliento a alcohol cuando le reveló un secreto: iba a tener «un bebé».[139]
—¡No me diga! —exclamó él.
—Pues sí —dijo ella.
—¿En serio?
—Claro.
Más adelante varios detectives pudieron corroborar esa historia con dos personas próximas a la víctima. Anna les había confiado también la noticia de su embarazo. Ninguna de las dos personas, sin embargo, sabía quién era el padre.
Un día de aquel verano, un individuo con bigote chaplinesco apareció en Gray Horse para ofrecerse a ayudar a los detectives privados. Iba armado con un Bulldog inglés de cañón corto, calibre 44, se llamaba A. W. Comstock y era abogado y tutor de varios indios osage. La gente del lugar pensaba que Comstock, con su perfil aguileño y su tez morena, podía tener sangre india, impresión que él apenas si se molestó en rebatir cuando empezó a ejercer su profesión. «El hecho de que tuviera aspecto de piel roja le ayudaría a llevarse bien con los indios, ¿no es cierto?», comentó con escepticismo otro abogado.[140] En una ocasión, William Burns había investigado a Comstock por asesorar supuestamente a una empresa petrolífera que pretendía sobornar al Consejo Tribal osage con el fin de conseguir un arriendo favorable, pero no se pudo probar nada.
Dados los contactos que Comstock tenía entre los osage, los detectives decidieron aceptar su ofrecimiento. Mientras ellos intentaban establecer alguna conexión entre los asesinatos de Charles Whitehorn y Anna Brown, Comstock les fue pasando soplos de su red de informadores. Se rumoreaba que Hattie, la viuda de Whitehorn, codiciaba el dinero del marido, y que la relación de su marido con otra mujer la había puesto celosa. ¿Y si esa otra mujer era Anna Brown? En tal caso, la siguiente pregunta lógica solo podía ser esta: ¿Era Whitehorn el padre de la criatura?
Los detectives empezaron a seguir a Hattie Whitehorn las veinticuatro horas del día, disfrutando de poder ver sin ser vistos: «Agente siguió Sra. Whitehorn a Okla. City desde Pawhuska […] Dejó Okla. City con Sra. Whitehorn rumbo a Guthrie […] Siguió el rastro hasta Tulsa, de allí a Pawhuska».[141] Pero no ocurrió nada de interés.
Llegado el mes de febrero de 1922, nueve meses después de los asesinatos de Anna Brown y Whitehorn, las investigaciones sobre ambos casos parecían haber llegado a un callejón sin salida. Pike, el detective contratado por Hale, lo había dejado correr. Tampoco el sheriff Freas era quien dirigía ahora la investigación; ese mes de febrero, Freas fue relevado del cargo después de que un jurado lo encontrara culpable de negligencia en sus obligaciones.
Y luego, una gélida noche de aquel mes, William Stepson, un osage de veintinueve años, campeón de rodeo en la especialidad de tumbar novillos, recibió una llamada que le hizo salir de su casa en Fairfax. Cuando regresó, varias horas más tarde, en compañía de su esposa y sus dos hijos, estaba enfermo a ojos vistas. Stepson siempre había estado en muy buena forma, pero apenas unas horas después, falleció. Tras examinar el cuerpo, las autoridades llegaron a la conclusión de que alguien le había administrado una dosis de veneno durante la excursión, posiblemente estricnina, un alcaloide de sabor amargo que según un tratado de medicina del siglo XIX poseía «más energía destructiva» que prácticamente cualquier otro veneno.[142] El tratado explicaba que si se le inyectaba estricnina a un animal de laboratorio, era presa de «agitación y temblores, y a continuación experimenta rigidez, empezando por las extremidades»,[143] y más adelante añadía: «Los síntomas van en aumento hasta que finalmente sufre un ataque de violento espasmo general: la cabeza cae hacia atrás, el espinazo se agarrota, las extremidades quedan tiesas y rígidas y la opresión en el pecho dificulta la respiración». Las últimas horas de Stepson debieron de ser una horrenda tortura: convulsiones en la musculatura, como si le estuvieran dando descargas eléctricas; el cuello estirado y las mandíbulas apretadas; los pulmones agarrotados intentando respirar hasta que se asfixió.
Cortesía del Museo de la Nación Osage
William Stepson
En la época en que se produjo la muerte de Stepson, los científicos, disponían de numerosas herramientas para detectar la presencia de veneno. Se podía tomar una muestra de tejido del cadáver y analizarla en busca de todo un surtido de sustancias tóxicas, de la estricnina al arsénico. No obstante, en la mayor parte del país estos métodos forenses se aplicaban de manera menos sistemática aún que las técnicas de balística y de obtención de huellas dactilares. En 1928, un informe del National Research Council llegaba a la conclusión de que en la mayoría de condados del país el forense era «un individuo sin formación y sin cualificación» y contaba con «un equipo de mediocre solvencia y material inadecuado».[144] En lugares como el condado de Osage, donde no había ningún especialista en medicina forense y menos un laboratorio de criminalística, el envenenamiento era una manera perfecta de asesinar a alguien. En los estantes de las boticas y los colmados había venenos en abundancia, que, a diferencia del disparo de un arma de fuego, eran totalmente silenciosos. Por otro lado, los síntomas de muchas sustancias tóxicas eran idénticos a los de dolencias naturales, desde las náuseas y la diarrea propias del cólera hasta las convulsiones de un ataque cardíaco. Durante la ley seca, hubo tantas muertes accidentales por ingesta de alcohol de madera y otros intentos tóxicos de destilar whisky ilegal, que un asesino podía echar aguardiente en el vaso de alguien sin levantar la menor sospecha.
El 26 de marzo de 1922, cuando no hacía ni un mes de la muerte de Stepson, una mujer osage murió supuestamente envenenada. Tampoco esta vez se hizo un examen toxicológico a conciencia. Y el 28 de julio Joe Bates, un osage de treinta y tantos años, aceptó whisky de un desconocido y, después de tomar un trago, empezó a echar espuma por la boca y se desplomó. También él había muerto de lo que, según aseguraron las autoridades, era un extraño veneno. Dejaba esposa y seis hijos.
En agosto de aquel año, y ante el aumento imparable de muertes sospechosas, muchos osage lograron convencer a Barney McBride, acaudalado petrolero blanco de cincuenta y cinco años, para que fuera a Washington, D.C., y pidiera a las autoridades que emprendieran una investigación oficial. McBride había estado casado con una mujer creek, que había muerto, y ahora se ocupaba de su hijastra. Los asuntos de los indios en Oklahoma habían suscitado su interés y los osage confiaban en él; un periodista lo describió así: «Hombre de buen corazón y blancos cabellos».[145] Como además conocía a muchos funcionarios en la capital, los osage pensaron que sería el mensajero ideal.
Cuando McBride llegó a la pensión donde iba a alojarse, vio que tenía un telegrama de un colaborador. «Ten cuidado», decía la nota.[146] McBride llevaba encima una biblia y un revólver del calibre 45. Al caer la noche, entró en el Elks Club para jugar un rato al billar. Cuando salía del local, alguien le cubrió la cabeza con un saco de arpillera y se lo ató al cuello. El cuerpo de McBride fue hallado la mañana siguiente en una alcantarilla de Maryland. Había recibido más de veinte puñaladas, le habían hundido el cráneo a golpes y lo habían dejado desnudo a excepción de los calcetines y los zapatos, en uno de los cuales había una tarjeta con su nombre. Las pruebas forenses indicaban que había habido más de un agresor; las autoridades dieron por seguro que sus asesinos lo habían seguido desde Oklahoma.
La noticia llegó rápidamente a oídos de Mollie y de su familia. El asesinato —que el Washington Post calificó de «el más brutal en los anales delictivos del distrito—[147] parecía ser algo más que eso. Tenía todas las trazas de ser una clara advertencia. En un titular, el Post se hacía eco de lo que cada vez parecía más evidente: PROBABLE CONSPIRACIÓN PARA MATAR A INDIOS RICOS.[148]