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DEPARTAMENTO DE MORAL DUDOSA

 

 

Un día de verano de 1925, Tom White, agente especial a cargo de la sucursal del Bureau of Investigation en Houston, recibió una orden urgente del cuartel general en Washington, D.C. El nuevo gran jefe, J. Edgar Hoover, deseaba hablar con él enseguida, y cara a cara. White se apresuró a hacer el equipaje. Hoover exigía que el personal de su agencia llevara traje oscuro, una corbata poco llamativa y zapatos negros bien lustrados. Quería que sus hombres fueran de un tipo de norteamericano en concreto: raza blanca, profesional, pinta de abogado. Cada semana inventaba nuevas normas —cosas que añadir a su decálogo—, y White se puso su sombrero de cowboy con aire retador.

Se despidió de su mujer y de sus dos chicos y subió a un tren tal como había hecho años atrás, en su época de detective del ferrocarril, cuando iba de estación en estación a la caza de criminales. Esta vez no perseguía a nadie salvo a su propio destino. Cuando llegó a la capital de la nación, se dirigió al cuartel general entre el ruido y las luces urbanos. Le habían dicho que Hoover tenía que darle un «mensaje importante», pero White no se imaginaba qué podía ser.[235]

Él era un agente de la ley al viejo estilo. Había estado en los Rangers de Texas hacia el cambio de siglo y gran parte de su vida la había pasado rondando a caballo por la frontera sudoccidental, siempre con un Winchester o su revólver con cachas de nácar a mano, siguiendo la pista a fugitivos, asesinos y atracadores. Medía un metro noventa de estatura y tenía los miembros fibrosos y la inquietante impasibilidad de un pistolero. Incluso vestido con un traje almidonado como un vendedor a domicilio, parecía salido de una época legendaria. Años después, un agente que había trabajado para White escribiría que era «tan temeroso de Dios como los grandes defensores de El Álamo», y añadía: «Causaba impresión con su voluminoso sombrero Stetson de gamuza, y si hubieras dejado caer una plomada desde la cabeza hasta los talones esta le habría rozado toda la parte posterior del cuerpo. Tenía andares majestuosos, de felino, y era tan silencioso como un gato. Hablaba igual que miraba y disparaba: siempre directo al blanco. A los jóvenes del Este como yo nos imponía muchísimo respeto; le mirábamos con una mezcla de pánico y veneración, aunque, si uno se fijaba bien, podía adivinar en sus ojos gris acero un brillo de bondad y comprensión».[236]

White entró a formar parte del Bureau of Investigation en 1917. Su deseo era alistarse en el ejército y luchar en la Primera Guerra Mundial, pero fue rechazado a causa de una reciente operación quirúrgica. Convertirse en agente especial era un modo de servir a su país, dijo. Pero había más: él sabía que los antiguos agentes de la ley de los tiempos de la frontera estaban desapareciendo. Aunque aún no había cumplido cuarenta años, corría el peligro de convertirse en una reliquia en algún espectáculo itinerante del Viejo Oeste, un muerto viviente.

El presidente Theodore Roosevelt había creado el Bureau en 1908 con la esperanza de llenar el vacío en las fuerzas del orden federales. (Debido a la persistente oposición a un cuerpo de policía de ámbito nacional, el fiscal general de Roosevelt había actuado sin autorización legislativa, lo que llevó a un congresista a etiquetar la nueva organización de «bastardo burocrático».)[237] Cuando White se integró en el Bureau, este contaba solo con unos centenares de agentes y unas pocas sucursales en el país. Su jurisdicción era limitada y los agentes se las veían con un revoltijo de casos delictivos: investigaban violaciones de la ley antimonopolio; tránsito de coches robados entre estados, anticonceptivos, películas sobre combates de boxeo y libros obscenos; fugas de prisiones federales, y crímenes cometidos en reservas indias.

En principio la tarea de White, como la del resto de los agentes, consistía en compilar datos. «En aquellos tiempos no teníamos competencia para practicar arrestos», explicó más tarde White.[238] Los agentes tampoco estaban autorizados a portar armas de fuego. White había visto asesinar a muchos agentes de la ley en la frontera, y aunque él nunca hablaba demasiado de aquellas muertes, estuvo a punto de abandonar por ese motivo. No quería irse de este mundo por lograr cierta gloria póstuma. Un muerto era un muerto. De ahí que, cuando la misión era peligrosa, más de una vez White llevara consigo el revólver, escondido en el cinto. Y al cuerno con el quinto mandamiento.

Su hermano pequeño, J. C. «Doc» White, también había sido ranger antes de entrar en el Bureau. Hosco, bebedor compulsivo, solía llevar encima un revólver con cachas de hueso y, por si las moscas, un cuchillo escondido en la caña de la bota. Era más temerario que su hermano Tom; «primitivo pero eficaz», en palabras de un pariente de la familia.[239] Los hermanos White formaban parte de un pequeño contingente de agentes de la frontera que era conocido dentro del Bureau como los «cowboys».

Tom White no tenía formación académica como agente del orden y hubo de esforzarse para dominar nuevos métodos científicos, tales como descifrar los complejos surcos y líneas de las huellas dactilares. Sin embargo, ya desde joven había defendido la ley y el orden y perfeccionado sus habilidades de investigador (la capacidad para discernir pautas subyacentes y convertir un conjunto de hechos dispersos en una historia con pies y cabeza). Pese a su gran sensibilidad para detectar el peligro, había vivido tiroteos salvajes, pero, a diferencia de su hermano Doc —cuya carrera, como dijo otro agente, estaba «salpicada de balas»—,[240] Tom tenía el hábito casi perverso de no querer disparar y estaba orgulloso de no haber abatido a nadie. Se diría que le daban miedo sus propios oscuros instintos. Él pensaba que la línea que separa a un hombre bueno de uno malo era muy fina.

 

Cortesía de Western History Collections, Bibliotecas de la Universidad de Oklahoma, Finney y Rose n.º 1525

Tom White

 

Tom White había visto cruzar esa línea a muchos de sus colegas. Durante la administración Harding, en los primeros años de la década de 1920, el departamento de Justicia se había llenado de compinches políticos y funcionarios sin escrúpulos, entre ellos el propio jefe del Bureau, el tristemente célebre detective privado William Burns.[241] Tras ser nombrado director en 1921, Burns había incurrido en ilegalidades al contratar a agentes corruptos, entre ellos un hombre de confianza que vendía protección e indultos a miembros del hampa. Al departamento de Justicia se lo conocía ya como el departamento de Moral Dudosa.

En 1924, después que una comisión del Congreso revelara que el magnate del petróleo Harry Sinclair había sobornado al secretario de Interior Albert Fall para perforar en la reserva federal conocida como Teapot Dome —el nombre quedaría ligado para siempre al escándalo—, la investigación subsiguiente destapó hasta qué punto estaba podrida la justicia en Estados Unidos. Cuando el Congreso empezó a investigar al departamento de Justicia, Burns y el fiscal general emplearon todo su poder y todas las armas a su alcance para frenar la investigación y obstruir a la justicia. Ordenaron seguir a varios congresistas; forzaron la puerta de oficinas y pincharon teléfonos. Un senador denunció que se estaba recurriendo a «complots de toda clase, espionaje, señuelos, dictógrafos» no para «detectar y perseguir el crimen, sino […] para blindar a especuladores, corruptos y protegidos».[242]

Hacia el verano de 1924 el sucesor de Harding, Calvin Coolidge, se había deshecho de Burns y había nombrado a Harlan Fiske Stone nuevo fiscal general. El país crecía, así como el número de leyes federales, y Stone consideró indispensable crear un cuerpo de policía nacional. Pero si querían hacerlo bien, era preciso transformar el Bureau de arriba abajo.

Para sorpresa de muchos de los que criticaban el departamento, Stone eligió a J. Edgar Hoover, que con veintinueve años era subdirector de la organización, como director interino mientras buscaba un sustituto definitivo. Aunque logró evitar que la mancha de Teapot Dome le salpicara, Hoover había sido supervisor de la corrupta sección de inteligencia, que había espiado a personas sin otro motivo que sus ideas políticas. Además, Hoover no era detective. Jamás había estado en un tiroteo ni practicado un arresto. Tanto su abuelo como su padre, ambos fallecidos, habían trabajado para el gobierno federal, y Hoover, que vivía aún con su madre, era un hombre de la burocracia, con sus chismes, su jerga, sus tratos bajo mano, sus incruentas pero crueles guerras territoriales…

Aprovechando el cargo para montar su propio imperio burocrático, Hoover le ocultó a Stone el verdadero alcance de su papel en las operaciones de vigilancia y prometió disolver la sección de inteligencia. Puso en práctica con entusiasmo las reformas que Stone le pedía y que acrecentaban su propio deseo de transformar la organización en una fuerza policial moderna. En un memorándum, Hoover le informaba de que había empezado a revisar expedientes para confeccionar una lista de agentes a los que debían despedir por incompetentes o corruptos. Le decía también a Stone que, siguiendo sus instrucciones, había subido el listón de los requerimientos para agentes nuevos, exigiendo conocimientos de derecho y de contabilidad. «Los empleados del Bureau harán todo lo posible para aumentar la confianza —escribió Hoover—, y llevar a cabo sus políticas al pie de la letra.»[243]

En diciembre de 1924, Stone le dio a Hoover el cargo que este tanto anhelaba. En muy poco tiempo, Hoover convertiría el Bureau en una fuerza monolítica; durante sus casi cinco décadas de reinado como director, no solo desplegaría a sus hombres para combatir el crimen, sino también para cometer mayúsculos abusos de poder.

 

 

Hoover había encomendado ya a White la misión de investigar uno de los primeros casos de corrupción policial en la estela del escándalo Teapot Dome. White se hizo cargo de la dirección de la prisión federal de Atlanta, donde llevó a cabo una operación encubierta al objeto de atrapar a funcionarios que, a cambio de sobornos, garantizaban a presos mejores condiciones y una reducción del tiempo de condena. Un día, White se topó con unos guardias que estaban apaleando a dos presos y los amenazó con despedirlos si volvían a agredir a un recluso. Después de aquello, uno de los presos pidió ver a White en privado. Como para expresarle su gratitud, el preso le mostró una biblia y luego empezó a frotar la guarda del libro con una mezcla de yodo y agua. Momentos después, unas palabras aparecieron mágicamente en la página en blanco. Escritas con tinta invisible, revelaban la dirección donde se escondía un ladrón de bancos. (El ladrón se había fugado antes de la llegada de White.) Gracias, entre otras cosas, al mensaje secreto, el ladrón pudo ser capturado. Mientras tanto, otros presos empezaron a compartir información, lo que permitió a White destapar lo que alguien calificó de sistema de «favoritismo descarado e inmunidad millonaria».[244] White reunió pruebas suficientes para condenar al antiguo director del centro, que acabó convirtiéndose en el preso nº 24207 del mismo penal. Un funcionario del Bureau que visitó el centro penitenciario escribía en un informe: «Me ha chocado sobremanera la sensación que se respira entre los reclusos respecto de las medidas y la gerencia de Tom White. Parece haber un sentimiento general de satisfacción y confianza, de que ahora nadie los va a engañar».[245] Concluida la investigación, Hoover envió a White una carta de elogio que decía: «Ha conseguido reconocimiento no solo para usted sino para el servicio que más nos importa a todos».[246]

White llegó, pues, al cuartel general, que en aquel entonces estaba en dos plantas alquiladas de un edificio en la esquina de K Street con Vermont Avenue. Hoover había purgado de la organización a muchos de los veteranos de la frontera, y mientras iba hacia el despacho del jefe, White se fijó en el nuevo tipo de agentes, muchachos universitarios más rápidos escribiendo a máquina que disparando. Los más curtidos se mofaban de ellos diciendo que eran «boy scouts» y que tenían «estudios y los pies planos», lo cual se acercaba mucho a la verdad; como un agente reconoció después: «Éramos un puñado de principiantes sin la menor idea de lo que estábamos haciendo».[247]

Llevaron a White hasta el despacho de Hoover, donde había una imponente mesa de escritorio y en la pared colgaba un mapa con la ubicación de las sucursales del Bureau. Y allí delante tenía al gran jefe. En aquella época Hoover era un hombre flaco y de aspecto aniñado. Una fotografía tomada varios meses antes le muestra con un elegante traje oscuro, cabello abundante y ondulado, mandíbula y labios apretados en un rictus de seriedad; sus ojos castaños miran vigilantes, como si fuera él quien estuviera detrás de la cámara.

White y su sombrero de cowboy se cernieron sobre Hoover, que era tan susceptible en cuanto a su muy modesta estatura que raras veces destinaba agentes altos al cuartel general y más tarde haría instalar detrás de su mesa una pequeña tarima para cuando se pusiera de pie. Si le intimidó el gigantesco texano, Hoover supo disimularlo: le dijo a White que debía hablarle de un asunto de la máxima urgencia. Tenía que ver con los asesinatos de indios osage. White sabía que era una de las primeras investigaciones importantes que el Bureau estaba llevando a cabo, pero desconocía los detalles. Hoover le puso al corriente con sus frases cortas y rápidas, táctica que había desarrollado de joven para superar la tartamudez.

 

Cortesía de la Biblioteca del Congreso

Hoover en el Bureau of Investigation en diciembre de 1924

 

En la primavera de 1923, después de que el Consejo Tribal osage aprobara la resolución recabando la ayuda del departamento de Justicia, Burns, el entonces director del Bureau, había enviado a un agente para que investigara los asesinatos (a esas alturas, las víctimas osage ascendían al menos a veinticuatro). Tras unas semanas en el condado, el agente llegó a la conclusión de que era «inútil seguir investigando».[248] Posteriormente enviaron a otros agentes, pero tampoco lograron avanzar nada. Los osage se habían visto obligados a financiar parte de la investigación federal con su propio dinero, una cantidad que finalmente alcanzaría la cifra de veinte mil dólares, casi unos trescientos mil actuales. Pese a ello Hoover, una vez asumió la dirección de la organización, había decidido devolver la patata caliente del caso a las autoridades estatales y así evadir responsabilidades por el fracaso en la investigación. El agente del FBI a cargo de la sucursal de Oklahoma le había asegurado a Hoover que el caso podía traspasarse sin que la prensa publicara ningún «comentario desfavorable».[249] Pero eso fue antes de que el Bureau, el de Hoover, se manchara las manos de sangre. Unos meses antes, varios agentes habían convencido al gobernador de Oklahoma de que pusiera en libertad al forajido Blackie Thompson, que había sido declarado culpable de atracar bancos, a fin de que pudiera trabajar clandestinamente para el Bureau en la búsqueda de pruebas sobre las muertes de los osage. En informes de campo, los agentes anotaron con entusiasmo que su «hombre encubierto» había empezado a trabajar entre «los granujas de los campos petrolíferos y a conseguir las pruebas que nos prometió».[250] Y proclamaban más adelante: «Esperamos espléndidos resultados».[251]

Se suponía que los agentes debían tener a Blackie controlado en todo momento, pero le perdieron la pista en las Colinas Osage. Luego se supo que había atracado un banco, y que además había matado a un agente de policía. Las autoridades tardaron meses en capturarlo, y, tal como Hoover comentó, «para enmendar este error un número importante de agentes hubo de jugarse la vida».[252] Hasta entonces, Hoover había logrado mantener a la prensa en la inopia sobre el papel del Bureau en el espinoso asunto. Pero de puertas adentro había un creciente revuelo político: el fiscal general del estado había enviado un telegrama a Hoover diciendo que consideraba al Bureau «responsable del fracaso» de la investigación.[253] John Palmer, célebre defensor de la tribu osage, envió una airada carta a Charles Curtis, el senador por Kansas, insinuando que la investigación del Bureau había estado teñida de corrupción: «Me sumo a la opinión de que los asesinos han sido lo bastante astutos y lo bastante poderosos, política y económicamente, para conseguir que los funcionarios honestos fueran apartados de la investigación o trasladados a otros lugares, así como para acallar a funcionarios deshonestos cuyo deber era, y es, capturar a los culpables de estos espantosos crímenes».[254] Comstock, el abogado de Oklahoma que había ejercido de tutor de varios osage, había informado personalmente al senador Curtis de las catastróficas meteduras de pata del Bureau.

Cuando Hoover se entrevistó con White, su poder era todavía bastante modesto; de repente, se enfrentaba a lo que más se había esforzado por evitar desde su asunción del cargo de director: un escándalo. Hoover estaba convencido de que la situación en Oklahoma era «grave y delicada».[255] El menor atisbo de mala conducta profesional, siendo tan reciente el Teapot Dome, podía arruinar su carrera. Apenas unas semanas antes, Hoover había enviado una nota «confidencial» a White y otros agentes especiales diciendo: «Este Bureau no puede permitirse el lujo de que se le endose un escándalo público».[256]

Mientras escuchaba a Hoover, White vio con claridad por qué le había mandado llamar. Hoover le necesitaba (White era uno de los pocos agentes experimentados con los que contaba, uno de los cowboys) para resolver el caso de los asesinatos de los osage y, de paso, salvar su empleo. «Quiero que usted dirija la investigación», dijo Hoover.[257]

Ordenó a White partir hacia Oklahoma City y asumir el mando de la sucursal del Bureau en dicha ciudad. Luego Hoover observó que debido a la falta de ley y orden en la región, «esa sucursal probablemente está generando más trabajo que ninguna otra del país y, en consecuencia, debería tener al mando un investigador muy competente y experto, y alguien que sepa manejar hombres».[258] White era consciente de que mudarse a Oklahoma iba a ser duro para su familia, pero comprendió lo mucho que estaba en juego y le dijo al director: «Soy lo bastante humano y lo bastante ambicioso para aceptar la misión».[259]

A White no le cabía la menor duda sobre lo que pasaría si las cosas no iban bien: los agentes que se habían ocupado del caso anteriormente habían sido desterrados a destinos remotos, cuando no expulsados sin más de la organización. Hoover había dicho: «Y no quiero oír ninguna excusa si… fracasa».[260] A White tampoco se le escapaba que varios de los que habían intentado atrapar a los asesinos habían muerto en el intento. Desde el momento en que salió del despacho de Hoover, se supo un hombre marcado.