Pues claro, siempre que mañana haga bueno —dijo la señora Ramsay—. Pero tendréis que levantaros al despuntar el día —añadió.
A su hijo esas palabras le causaron una extraordinaria alegría, como si hubiese quedado decidido que la excursión se llevaría a cabo, y que la maravilla que tanto tiempo llevaba esperando —años y años, le parecía a él— estuviera al alcance de la mano, tras la oscuridad de solo una noche y un día de navegación a vela. Puesto que, a sus seis años, pertenecía ya a la gran familia de quienes son incapaces de separar sus sentimientos, y permiten que las penas y alegrías del futuro proyecten su sombra en el presente, y dado que para esas personas, incluso en la más tierna infancia, cualquier giro en la rueda de las sensaciones tiene el poder de cristalizar y transfigurar el momento sobre el que descansa su oscuridad o su brillo, James Ramsay, sentado en el suelo mientras recortaba las ilustraciones del catálogo de los almacenes del Ejército y la Marina, dotó de un halo de felicidad celestial al dibujo de una nevera, mientras hablaba su madre. Le parecía ribeteado de alegría. La carretilla, el cortacésped, el rumor de los chopos, las hojas que blanqueaban anticipando la lluvia, el graznido de los grajos, el roce de las escobas, el frufrú de los vestidos, se pintaban con colores tan vivos y claros en su imaginación, que poseía ya un código particular, un lenguaje secreto, aunque él mismo pareciese la encarnación de la severidad más íntegra y rigurosa, con su frente despejada y sus despiadados ojos azules, impecablemente francos y puros, y el ceño levemente fruncido ante el espectáculo de la debilidad humana, hasta el punto de que su madre, al verlo manipular las tijeras con destreza en torno a la nevera, lo imaginó vestido de rojo y armiño en el estrado o al frente de una solemne y trascendental empresa en un momento crucial para los asuntos públicos.
—Pero no hará bueno —dijo su padre deteniéndose frente a la ventana del salón.
Si hubiese tenido cerca un hacha, un atizador, o cualquier otra arma que clavarle a su padre en el pecho para matarlo, James la habría empuñado sin dudarlo. Tales eran las extremadas emociones que la mera presencia del señor Ramsay despertaba en sus hijos, cuando se plantaba como ahora, fino y delgado como la hoja de un cuchillo, esbozando una sonrisa sarcástica, no solo por el placer de desilusionar a su hijo y ridiculizar a su mujer —que, según James, era mil veces mejor que él en todo—, sino imbuido también de cierta vanidad secreta por la exactitud de sus juicios. Lo que decía era verdad. Siempre lo era. Era incapaz de faltar a la verdad, jamás tergiversaba los hechos, ni suavizaba una palabra desagradable por la conveniencia o el gusto de ningún mortal, y menos aún por sus hijos, que, siendo como eran carne de su carne, debían aprender desde la infancia que la vida es difícil, que los hechos son inexorables y que el paso a esa tierra de leyenda donde se desvanecen nuestras esperanzas más luminosas y nuestras frágiles barcas se hunden en la oscuridad (y aquí el señor Ramsay erguía la espalda y entornaba los pequeños ojos azules mirando al horizonte) requiere, por encima de todo, valor, sinceridad y capacidad de aguante.
—Pero igual hace bueno…, yo creo que sí —dijo con impaciencia la señora Ramsay mientras retorcía un poco el calcetín rojizo que estaba tejiendo. Si lo acababa esa noche, y si finalmente iban al faro, se lo llevaría al farero para su hijo pequeño —que padecía de tuberculosis en la cadera— junto con una pila de revistas atrasadas, un poco de tabaco, y todo lo que encontrara tirado por ahí y que no sirviera más que de estorbo, para que esa pobre gente que debía de estar muerta de aburrimiento, sin otra cosa que hacer que sacarle brillo a la lámpara, despabilar la mecha y pasar el rastrillo por aquel raquítico jardín, tuviera algo con lo que entretenerse. Pues ¿quién querría estar encerrado un mes, y posiblemente más cuando hiciera mal tiempo, en un peñasco del tamaño de una pista de tenis?, se preguntaba la señora Ramsay; y sin recibir cartas ni periódicos, ni ver a nadie; y, si estabas casado, sin ver a tu mujer, ni saber cómo estaban tus hijos —si estaban enfermos o si se habían caído y se habían roto un brazo o una pierna—; ver cómo rompen, semana tras semana, las mismas olas monótonas de siempre, y luego ver avecinarse un día una espantosa tormenta y las ventanas cubiertas de espuma y los pájaros estrellándose contra la lámpara, y todo el lugar zarandeado, y no poder asomar la nariz por miedo a que te barran las olas. «¿Qué os parecería a vosotras? —preguntaba dirigiéndose especialmente a sus hijas—. Por eso mismo —añadía en tono distinto— debemos proporcionarles todo el consuelo que podamos.»
—Sopla del oeste —dijo Tansley el ateo extendiendo los dedos huesudos para que el viento circulara entre ellos mientras acompañaba al señor Ramsay en su paseo vespertino arriba y abajo por la terraza.
Es decir, que el viento no podía soplar en peor dirección si querían desembarcar en el faro. Desde luego la señora Ramsay no podía sino admitir que era cierto que decía cosas desagradables; era odioso por su parte insistir de ese modo y decepcionar aún más a James; sin embargo, no toleraba que sus hijos se metieran con él. Lo llamaban el ateo, el pequeño ateo. Rose se burlaba de él; Prue se burlaba de él; Andrew, Jasper y Roger se burlaban de él; incluso el viejo Badger, al que no le quedaba ya un solo diente, le había mordido, por ser (como dijo Nancy) el enésimo joven que las había perseguido hasta las Hébridas cuando ellas preferían estar solas.
«Tonterías», les había respondido la señora Ramsay con severidad. Aparte de la costumbre de exagerar, que habían heredado de ella, y de la insinuación (totalmente cierta) de que invitaba a demasiada gente y luego tenía que alojarlos en el pueblo, no soportaba que trataran con descortesía a sus invitados, y menos cuando eran jóvenes más pobres que las ratas, «extraordinariamente capaces», como decía su marido —a quien admiraban mucho—, y que iban de vacaciones. De hecho tenía a todo el sexo masculino bajo su protección, por razones que no sabía explicar, por su caballerosidad y su valor, y porque negociaban tratados, gobernaban la India y controlaban las finanzas, y también porque la trataban de un modo que le habría parecido agradable a cualquier mujer, con una mezcla de confianza, ingenuidad y respeto que una mujer mayor podía aceptar de un joven sin el menor menoscabo de su dignidad, y pobre de la chica (¡y ojalá no fuese ninguna de sus hijas!) que no supiera apreciar todo lo que eso implica.
Había respondido a Nancy con severidad. No las había perseguido, dijo. Lo habían invitado.
Tenían que salir de aquel atolladero. Tenía que haber un modo más sencillo y menos laborioso, suspiró. Cuando se miraba en el espejo y se veía con cincuenta años cumplidos, con el cabello gris y las mejillas hundidas, pensaba que tal vez podría haber administrado mejor las cosas: el dinero, los libros de su marido e incluso a él mismo. Aunque por su parte jamás lamentaría ni por un segundo sus decisiones, ni escurriría el bulto ante las dificultades, ni dejaría de cumplir con sus obligaciones. Su apariencia ahora era imponente, y solo en silencio, alzando apenas la vista del plato, después de que les hablase con tanta severidad de Charles Tansley, pudieron sus hijas —Prue, Nancy y Rose— seguir fantaseando con la idea iconoclasta que se habían hecho de vivir una vida distinta de la suya; en París, tal vez, una vida más alocada en la que no tuviesen que estar siempre pendientes de sus maridos, pues en el fondo cuestionaban calladamente la deferencia y la caballerosidad, el Banco de Inglaterra y el Imperio de la India, los dedos ensortijados y los encajes, aunque percibieran en todo aquello parte de la esencia de la belleza que despertaba en sus corazones femeninos la virilidad y, allí sentadas bajo la mirada de su madre, les impulsara a respetar su extraña severidad y su exagerada cortesía, parecidas a la de una reina que se digna agacharse a limpiar el pie sucio de barro de un mendigo, mientras las regañaba de forma tan severa a propósito de aquel desdichado ateo que las había perseguido hasta la isla de Skye, o al que, por hablar con más propiedad, habían invitado a alojarse en su casa.
—Mañana no habrá quien desembarque en el faro —dijo Charles Tansley frotándose las manos cerca de la ventana al lado del señor Ramsay. Desde luego, empezaba a resultar cargante. La señora Ramsay deseó que se marchasen y los dejasen solos a ella y a James con su conversación. Lo miró. Los niños decían que era un individuo desastroso, lleno de huecos y jorobas. No sabía jugar al críquet, era fisgón y arrastraba los pies. Andrew afirmaba que era grosero y sarcástico. Todos sabían lo que le gustaba: pasarse el día yendo de aquí para allá con el señor Ramsay y contarle quién había ganado esto y lo otro y quién era un «versificador de primera», quién era «brillante, pero en mi opinión poco fiable», quién era sin duda el «profesor más capaz de Balliol», que se había retirado temporalmente del mundo en Bristol o Bedford, pero daría que hablar más tarde o más temprano, cuando se publicasen sus Prolegómenos a cierta rama de las matemáticas o la filosofía, y de los cuales el señor Tansley tenía las primeras páginas por si al señor Ramsay le apetecía hojearlas. De eso era de lo que hablaban.
A veces a la señora Ramsay le costaba contener la risa. El día anterior ella le había hablado de unas «olas tan altas como montañas» y Charles Tansley le había respondido: «Sí, el mar estaba un poco encrespado». «¿Y no se ha calado usted hasta los huesos?», había insistido ella. «Estoy un poco mojado, pero no calado», había replicado el señor Tansley mientras se retorcía la manga y se palpaba los calcetines.
Pero los niños aseguraban que no era eso lo que les molestaba. Ni tampoco su cara, ni sus modales. Era él…, y sus puntos de vista. Cada vez que hablaban de algo interesante, de gente, de música, de historia o de cualquier otra cosa, incluso cuando decían que hacía muy buena tarde y que por qué no salían a sentarse fuera, lo que les irritaba de Charles Tansley era que hasta que no conseguía darle la vuelta a la tortilla para brillar él y desprestigiar a los demás no se quedaba satisfecho. Además, su sarcástica manera de sacarle punta a todo les sacaba de quicio. Decían que cuando iba a exposiciones de pintura siempre les preguntaba si les gustaba su corbata. Y Dios era testigo de que no les gustaba, añadía Rose.
Nada más acabar la cena, los ocho hijos e hijas del señor y la señora Ramsay desaparecieron de la mesa tan sigilosos como ciervos y corrieron a refugiarse en sus respectivos dormitorios, su única fortaleza en una casa donde carecían de intimidad para hablar de nada: de la corbata de Tansley, de la aprobación de la ley de sufragio femenino, de las aves marinas y las mariposas, o de la gente, mientras el sol entraba en aquellas habitaciones del altillo separadas unas de otras por una plancha de madera, de modo que se oían todos los pasos y los sollozos de la doncella suiza que lloraba porque su padre estaba muriendo de cáncer en un valle de los Grisones, e iluminaba bates, pantalones de franela, sombreros de paja, tinteros, botes de pintura, escarabajos y cráneos de aves, a la vez que extraía de las tiras de algas fruncidas que colgaban de la pared un olor a sal y a hierba, que impregnaba también las toallas ásperas por la arena de cuando iban a tomar el baño.
Riñas, discusiones, diferencias de opinión, prejuicios que anidaban en lo más profundo de su ser. ¡Pues sí que empezaban pronto!, se lamentaba la señora Ramsay. Sus hijos tenían un gran sentido crítico. Menudas bobadas decían. Entró en el comedor llevando a James de la mano, que no había querido ir con los demás. Le parecía una tontería que se dedicasen a inventar diferencias, cuando Dios sabe que ya somos bastante distintos sin necesidad de eso. Las verdaderas diferencias, se dijo junto a la ventana del salón, eran más que suficientes, incluso demasiadas. En ese momento pensaba en los ricos y los pobres, en las clases altas y en las bajas; los de noble cuna le merecían, aunque a regañadientes, cierto respeto, por algo corría por sus venas la sangre de aquella noble, aunque levemente legendaria, familia italiana, cuyas hijas, desperdigadas por los salones ingleses en el siglo XIX, habían ceceado con tanto encanto y habían sido tan apasionadas; todo su ingenio, su porte y su temperamento los había heredado de ellas, y no de los perezosos ingleses, ni de los fríos escoceses; sin embargo dedicaba mayor atención al otro problema, el de los ricos y los pobres, y las cosas que veía con sus propios ojos a diario, cada semana, aquí o en Londres, cuando iba a visitar a una viuda, o a una esforzada esposa, bolso en ristre y con un cuaderno y un lápiz con el que anotaba en pulcras columnas gastos e ingresos, y quién tenía trabajo y quién estaba en paro, con la esperanza de dejar de ser una mujer para quien la caridad era en parte un consuelo y en parte un alivio a su propia curiosidad, y convertirse en lo que tanto admiraba debido a su escasa formación: una investigadora tratando de dilucidar los problemas sociales.
Allí de pie, con James de la mano, le parecía una cuestión insoluble. El joven de quien todos se burlaban la había seguido hasta el salón, no necesitó volverse para imaginarlo al lado de la mesa, jugueteando torpemente con algo y sintiéndose fuera de lugar. Se habían ido todos: los niños, Minta Doyle y Paul Rayley, Augustus Carmichael, su marido…, todos. Se volvió con un suspiro y dijo:
—¿Le aburriría a usted acompañarme, señor Tansley?
Tenía que escribir un par de cartas e ir al pueblo para hacer un recado, tardaría unos diez minutos, se pondría el sombrero y reaparecería, diez minutos tarde, con la cesta y la sombrilla como si estuviera lista o al menos equipada para una excursión que, no obstante, tuvo que interrumpir un momento, al pasar junto a la pista de tenis, para preguntarle si quería alguna cosa al señor Carmichael, que estaba tomando el sol con los ojos amarillos de felino entreabiertos, tan parecidos a los de un gato que parecían reflejar el movimiento de las ramas o el paso de las nubes, pero no revelaban nunca el menor indicio de lo que pensaba o sentía.
Estaban a punto de emprender la gran expedición, dijo riendo. Iban al pueblo. ¿Le hacían falta sellos, papel de carta, tabaco?, sugirió deteniéndose a su lado. Pero no, no quería nada. Con las manos cruzadas sobre su oronda barriga, sus ojos pestañearon como si quisiera responder amablemente a tan halagadores ofrecimientos (estaba seductora, aunque un poco nerviosa), pero no pudiera hacerlo por hallarse sumido en una somnolencia gris verdosa que los englobaba a todos, sin necesidad de palabras, en un vasto, benévolo y bienintencionado letargo que abarcaba la casa, el mundo y a la gente que vivía en él, pues había echado unas gotas de no sé qué en su copa a la hora del almuerzo, lo que explicaba, según los chicos, la viva raya de color amarillo canario en una barba y un bigote que normalmente eran blancos como la leche. No quería nada, murmuró.
Podría haber sido un gran filósofo, dijo la señora Ramsay mientras recorrían el camino que conducía al pueblo de pescadores, de no ser por aquella boda tan infortunada. Sujetando la sombrilla negra muy tiesa y andando con un indescriptible aire de expectación, como si fuese a encontrarse con alguien a la vuelta de la esquina, le contó su historia: una aventura amorosa en Oxford, una boda prematura, la pobreza, el viaje a la India, unas cuantas traducciones de poesía «muy hermosas, según tengo entendido», su intención de enseñar persa o hindi, pero ¿con qué objeto?, y ahora estaba ahí tumbado en el césped.
Después de tantos desdenes, le halagaba y consolaba que la señora Ramsay le contara todo aquello. Charles Tansley se sintió revivir. Y más aún tratándose de la grandeza del intelecto masculino, incluso en su decadencia, y del sometimiento de las mujeres —no es que ella culpara a la joven, pues por lo que sabía el matrimonio había sido bastante feliz— al trabajo de sus maridos, la señora Ramsay le hacía sentir mejor que nunca, y si, por ejemplo, hubiesen cogido un taxi, le habría encantado pagar él la carrera. ¿No podría llevarle el bolso? No, no, respondió ella, siempre lo llevaba ella misma. Seguro que era cierto. Sí, eso se notaba. Notaba muchas cosas, sobre todo algo que le emocionaba y turbaba al mismo tiempo por razones que no habría sabido explicar. Le habría gustado que ella lo viera, con toga y birrete, desfilando en un cortejo universitario. Un puesto de investigador, una cátedra, se sentía capaz de cualquier cosa y se veía a sí mismo…, ¿pero qué estaba mirando ella ahora? A un hombre que pegaba un cartel. La enorme hoja aleteante se iba extendiendo, y cada nuevo brochazo revelaba piernas, aros, caballos, brillantes colores rojos y azules, perfectamente alisados, hasta que media tapia quedó cubierta con el anuncio de un circo: cien jinetes, veinte focas amaestradas, leones, tigres… Inclinándose hacia delante, pues era corta de vista, leyó: «visitará esta ciudad». Era un trabajo muy peligroso para un manco, exclamó la señora Ramsay, subir a lo alto de una escalera como esa: una cosechadora le había cortado el brazo izquierdo dos años antes.
—¿Por qué no vamos todos? —gritó echando otra vez a andar, como si todos aquellos jinetes y caballos la hubieran llenado de exultación infantil y le hubieran hecho olvidar su compasión.
—Sí, ¿por qué no vamos? —respondió él repitiendo sus palabras, aunque en un tono tan cohibido que su anfitriona torció el gesto. «Vayamos todos al circo.» No. No sabía decirlo bien. Le faltaba convencimiento. Pero ¿por qué no?, le preguntó ella. ¿Acaso no le apetecía? En ese momento le parecía muy simpático. ¿Es que nunca lo habían llevado al circo de niño? «Nunca», respondió él, como si le hubiese preguntado justo lo que más ansiaba responderle, como si todos esos días hubiera estado deseando contarle que nunca habían ido al circo. Eran una familia numerosa, nueve hermanos y hermanas, y su padre un simple trabajador. «Es boticario, señora Ramsay, regenta una farmacia.» Él se había pagado los estudios desde los trece años. Y muchas veces había tenido que pasar el invierno sin abrigo. Nunca podía «corresponder a las invitaciones» (esa fue la seca y envarada expresión que utilizó) en la universidad. Tenía que hacer que todo le durase el doble que a los demás, compraba el tabaco más barato, de picadura, el mismo que fumaban los viejos en los muelles. Trabajaba mucho: siete horas diarias; su tema de investigación ahora era la influencia de algo en no sé quién… Seguían andando y a la señora Ramsay se le escapaba el significado de lo que le decía, solo comprendía alguna que otra palabra suelta: tesis…, investigador…, lector…, conferencia. Le costaba seguir la horrible jerga académica, que sonaba tan hueca y rimbombante, pero se dijo que ahora entendía por qué le había descolocado tanto lo de ir al circo, pobre hombre, y por qué le había salido de pronto con lo de su padre, su madre, sus hermanos y sus hermanas, y que hablaría con Prue para asegurarse de que no volvieran a burlarse de él. Supuso que lo que le habría gustado habría sido decir que había ido a ver una obra de Ibsen con los Ramsay. Era un pedante de mucho cuidado, ¡oh!, sí, un auténtico pesado. Habían llegado ya al pueblo y estaban en la calle principal, donde las ruedas de los carros rechinaban contra los adoquines, y él seguía hablando de acuerdos, de la enseñanza, de los obreros, de ayudar a los de su clase y de conferencias, hasta que la señora Ramsay comprendió que había recobrado la confianza en sí mismo, se había recuperado de lo del circo (volvió a mirarlo con buenos ojos) y estaba a punto de contarle lo de…, pero las casas desaparecieron, llegaron al muelle y toda la bahía se extendió ante sus ojos, la señora Ramsay no pudo contenerse y exclamó:
—¡Qué hermosura!
El agua azul se extendía ante ella como un enorme plato, con el viejo faro distante y austero en el centro y, a la derecha, hasta donde alcanzaba la vista, desmoronándose y desdibujándose en blandos pliegues, las verdes dunas cubiertas de hierbas silvestres, que siempre daban la impresión de internarse en algún paraje lunar deshabitado.
Aquella era la vista que tanto le gustaba a su marido, dijo parándose mientras sus ojos adquirían un matiz más grisáceo.
Se detuvo un instante. Pero ahora —suspiró— todo se había llenado de artistas. Cierto, apenas a unos pasos de donde se encontraban, había uno con su panamá y unas botas amarillas. Muy serio y ensimismado, a pesar de que había diez chiquillos observándolo, miraba a lo lejos con un gesto de profunda satisfacción pintado en el rostro redondo y rubicundo y luego mojaba el pincel en un blando montículo de verde o rosa. Desde que el señor Paunceforte pasó por allí tres años antes, todos los cuadros eran iguales —le explicó—, verdes y grises, con barcos de vela de color amarillo limón y mujeres sonrosadas en la playa.
En cambio, los amigos de su abuela —prosiguió, echándoles una mirada discreta al pasar— se esforzaban muchísimo; en primer lugar, preparaban ellos mismos sus propios colores, luego los trituraban y les ponían telas mojadas encima para que no se secaran.
El señor Tansley dedujo que ella quería que reparase en las carencias del cuadro de aquel hombre, ¿se diría así? ¿En que los colores no eran sólidos?, ¿se diría así? Embargado por la extraordinaria emoción que lo había ido dominando mientras paseaban, que había empezado en el jardín, cuando se había ofrecido a llevarle el bolso, y había aumentado en el pueblo, cuando había querido contarle toda su vida, empezaba a tener la sensación de que él mismo y todo lo que había conocido se había torcido un poco. Era muy raro.
Se quedó en el salón de la desvencijada casita adonde lo había llevado, esperándola, mientras ella subía a visitar a una mujer. Oyó sus rápidos pasos en el piso de arriba, oyó su voz alegre y luego más grave, contempló los manteles, los botes de té, las tulipas, esperó impaciente, estaba deseando volver a casa, decidió que le llevaría el bolso, luego la oyó salir, cerrar una puerta, aconsejarles que cerraran puertas y ventanas y que fuesen a la casa a pedirle cualquier cosa que necesitaran (debía de estar hablando con una niña), y de pronto entró, guardó silencio un instante (como si hubiese estado actuando y ahora volviese a ser ella misma), se quedó inmóvil delante de un retrato de la reina Victoria que lucía la cinta azul de la Orden de la Jarretera, y él comprendió lo que ocurría: era la persona más bella que había visto en toda su vida.
Con los ojos chispeantes, el velo en la cabeza y los ciclámenes y las violetas silvestres…, ¿qué tonterías estaba pensando? Por lo menos tenía cincuenta años; había tenido ocho hijos. Atravesando campos en flor y llevándose al pecho capullos tronchados y corderos extraviados… Le cogió el bolso.
—Adiós, Elsie —dijo, y se encaminaron calle arriba, ella con la sombrilla muy recta y andando como si esperase encontrarse con alguien a la vuelta de la esquina, mientras, por primera vez en su vida, Charles Tansley sentía un orgullo extraordinario. Un hombre que estaba cavando una zanja, dejó de cavar y la miró; se quedó de brazos caídos y la miró. Charles Tansley sintió un orgullo extraordinario; notó el viento y los ciclámenes y las violetas, pues por primera vez en su vida estaba paseando con una mujer hermosa. Y le estaba llevando el bolso.
—Ya te puedes ir olvidando de ir al faro mañana, James —dijo.
Estaba de pie al lado de la ventana y hablaba en tono forzado, aunque por deferencia con la señora Ramsay tratara de impostar la voz para que sonara un poco más simpática.
¡Y dale…!, pensó la señora Ramsay. ¡Qué hombre tan plomo!
—A lo mejor cuando despiertes descubres que brilla el sol y cantan los pájaros —dijo acariciando compadecida el cabello del niño, pues había notado que el cáustico comentario del señor Ramsay sobre el tiempo lo había dejado abatido. Le hacía muchísima ilusión ir al faro, y por si el comentario de su marido no fuera suficiente, aquel hombre tan odioso se lo restregaba por las narices—. A lo mejor hace buen tiempo —repitió acariciándole el pelo.
Lo único que podía hacer por él era admirar lo bien que había recortado la nevera, y seguir pasando las páginas del catálogo con la esperanza de encontrar un rastrillo, o un cortacésped con muchas púas y asas que requiriesen gran habilidad para recortarlos. Todos aquellos jóvenes parodiaban a su marido, pensó: si él decía que llovería, ellos afirmaban que sería un auténtico diluvio.
Pero, al ir a pasar la página, su búsqueda del dibujo de un rastrillo o un cortacésped se vio interrumpida. El ronco murmullo, que solo se quebraba cuando alguien se sacaba o llevaba la pipa a la boca, y que (aunque desde la ventana donde estaba sentada no oyera lo que decían) le había indicado que los hombres estaban hablando tranquilamente, aquel rumor que duraba ya media hora y que había ocupado un lugar entre los demás ruidos que la rodeaban, como el golpear de las pelotas contra los bates y los gritos repentinos —«¿Qué me dices de esa? ¿Qué te ha parecido?»— que soltaban sus hijos cuando jugaban al críquet, había cesado, de modo que el monótono romper de las olas en la playa, que casi siempre imprimía un sosegado y relajante ritmo a sus pensamientos y que, cuando estaba allí con los niños, parecía repetir una y otra vez las palabras de una antigua canción de cuna murmurada por la naturaleza: «Yo te protejo y te cuido», aunque en otras ocasiones, sobre todo cuando pensaba de pronto en algo distinto de lo que estuviera haciendo, cobraban un significado menos amable, como el fantasmal redoble de un tambor que midiera implacable el ritmo de la vida, y le hacía pensar en la destrucción de la isla, que acabaría siendo engullida por el mar, y la advertía de que había consumido sus días con un quehacer tras otro y que todo era tan efímero como un arco iris, aquel sonido que habían tapado y amortiguado los demás ruidos resonó huecamente en sus oídos y le hizo alzar la mirada con una repentina sensación de terror.
Habían dejado de hablar; he ahí la explicación. Pasando en un segundo de la tensión que la había embargado al otro extremo que, como para compensarla por aquel innecesario gasto de energía, fue un estado de ánimo relajado, divertido e incluso levemente perverso, concluyó que había ofendido al pobre Charles Tansley. No le importó demasiado. Si su marido necesitaba sacrificios (y de hecho así era) ella le ofrecía gustosa a Charles Tansley, que había disgustado a su hijo.
Minutos después, escuchó con la cabeza erguida, como si esperase algún sonido habitual, mecánico y regular, y luego, al oír una rítmica cantinela, mitad dicha, mitad cantada, procedente del jardín, donde su marido iba y venía por la terraza, una mezcla de canción y graznido, volvió a tranquilizarse, se dijo que todo iba bien, y, bajando la vista en dirección al libro que tenía en las rodillas, encontró el dibujo de una navaja de bolsillo con seis hojas que James solo podría recortar bien si tenía mucho cuidado.
De pronto, un grito como el de un sonámbulo que despertara repentinamente, algo así como:
Azotados por las balas y la metralla,*
resonó con fuerza en sus oídos e hizo que se volviera con aprensión para ver si alguien más lo había oído. Solo Lily Briscoe, comprobó con satisfacción, y eso carecía de importancia. Pero al ver a la chica pintando al borde del césped recordó que debía tener la cabeza en la misma postura para el cuadro de Lily. ¡El cuadro de Lily! La señora Ramsay sonrió. Con aquellos ojillos achinados y las facciones tan fruncidas no se casaría nunca, y tampoco podía tomarse muy en serio su pintura, pero era una joven muy independiente y por eso mismo le caía simpática a la señora Ramsay, que, recordando su promesa, inclinó la cabeza.
Poco faltó para que le derribara el caballete al pasar corriendo a su lado agitando los brazos y gritando «audaces y decididos cabalgamos», aunque por suerte se desvió bruscamente y se alejó al galope para morir gloriosamente, supuso ella, en las cumbres de Balaclava. Nunca hubo nadie tan ridículo y tan peligroso al mismo tiempo. Pero mientras se dedicara a correr y a gritar, ella estaría a salvo, porque no se detendría a contemplar su cuadro. Es lo único que Lily Briscoe no habría podido soportar. Incluso mientras consideraba los volúmenes, las líneas y el color y observaba a la señora Ramsay, que estaba con James junto a la ventana, seguía con la antena puesta por miedo a que alguien pudiera acercarse a hurtadillas y ver su cuadro. Ahora, aguzados los sentidos, observaba con tanta atención que el color del muro y las clemátides que había detrás le quemaban los ojos y reparó en que alguien salía de la casa y se dirigía hacia donde ella estaba; no obstante, por los pasos, adivinó que era William Bankes, y, aunque el pincel le tembló, no le dio la vuelta al lienzo dejándolo sobre la hierba como habría hecho si se hubiera tratado del señor Tansley, de Paul Rayley, de Minta Doyle o de cualquier otro, sino que lo dejó donde estaba. William Bankes se detuvo a su lado.
Los dos tenían habitaciones alquiladas en el pueblo y al entrar, al salir y al despedirse ya tarde en el umbral, habían intercambiado lugares comunes sobre la sopa, los niños, y sobre esto y aquello, y eso los había convertido en aliados, por lo que cuando se plantó a su lado con aire crítico (por si fuera poco podría haber sido su padre, era botánico, viudo, muy limpio y pulcro y siempre olía a jabón) ella no se movió. Tampoco él lo hizo. Reparó en que los zapatos de la joven eran excelentes. Dejaban que los dedos tuvieran su expansión natural. Al alojarse en la misma casa había reparado también en lo ordenada que era: se levantaba antes de desayunar y se iba a pintar, o eso creía él; probablemente fuese pobre y, desde luego, carecía del cutis o el atractivo de la señorita Doyle, aunque poseía cierto sentido común que, en su opinión, la ponía por encima de dicha señorita. Ahora, por ejemplo, que el señor Ramsay cargaba contra ellos gritando y gesticulando, estaba seguro de que la señorita Briscoe lo comprendía.
Alguien había cometido un error.
El señor Ramsay los miró furioso, como si no los viera, e hizo que se sintieran vagamente incómodos. Ambos habían presenciado algo que no debían ver. Habían invadido la intimidad ajena. Por eso, pensó Lily, el señor Bankes dijo que empezaba a refrescar y le propuso dar un paseo, para tener la excusa de ir a donde no les oyesen. Sí, claro que iría. Aunque le costó mucho apartar la vista del cuadro.
Las clemátides eran de un brillante color violeta y la tapia de un blanco cegador. No le habría parecido honrado falsear aquel violeta brillante y aquel blanco tan cegador, así era como los veía, por muy de moda que estuviese desde la visita del señor Paunceforte pintarlo todo de color pálido, elegante y casi transparente. Además, por debajo del color estaba la forma. Lo veía con suma claridad y nitidez al mirarlo. Sin embargo, todo cambiaba al coger el pincel. En el salto que va de la imagen al lienzo la dominaban aquellos demonios que a menudo la empujaban al borde de las lágrimas y hacían que el paso de la idea a la pincelada fuese tan aterrador como un pasillo oscuro para un niño. Por eso, cuando la embargaba la sensación de estar luchando contra lo imposible, se decía para infundirse ánimos: «Pero así es como lo veo; así es como lo veo», como si quisiera abrazar contra su pecho un ínfimo resto de algo que mil fuerzas se esforzaban por arrebatarle. Y también era entonces cuando, al ponerse a pintar, se le imponían de manera fría y tempestuosa su propia ineptitud, su insignificancia y el tener que administrar la casa de su padre en Brompton Road, y tenía que hacer esfuerzos para resistir el impulso (gracias a Dios hasta ahora siempre se había resistido) de echarse a los pies de la señora Ramsay y decirle…, pero ¿qué iba a decirle? «¿Estoy enamorada de usted?» No, porque no era cierto. «¿Estoy enamorada de todo esto?», ¿y señalar con la mano el seto, la casa y a los niños? Era absurdo, imposible. No se debe decir lo que se siente. Así que dejó los pinceles cuidadosamente en su caja, uno al lado del otro, y le dijo a William Bankes:
—Ha refrescado de pronto. Parece que el sol ya no calienta.
Miró a su alrededor porque aún había bastante luz, el césped seguía siendo de color verde oscuro y la casa destacaba entre aquel verdor y las purpúreas pasionarias y los grajos lanzaban sus fríos graznidos desde el cielo azul. Sin embargo, algo se movía, resplandecía y le daba al aire un tono plateado. Al fin y al cabo estaban en septiembre y eran más de las seis. Así que cruzaron el jardín en la dirección acostumbrada, pasaron junto a la pista de tenis, junto a la hierba pampera, y hacia el hueco en el seto custodiado por rojas tritomas como carbones encendidos a través del cual las azules aguas de la bahía parecían más azules que nunca.
Iban allí cada tarde empujados por una especie de necesidad. Era como si el agua sacara a flote y echara a navegar unos pensamientos que estuviesen varados en tierra firme y sus cuerpos experimentaran así una especie de alivio. Primero, un latido de color inundaba la bahía de azul y el corazón se expandía con él y el cuerpo nadaba hasta que lo frenaba y congelaba la punzante negrura de las olas alborotadas. Luego, casi cada tarde, brotaba irregularmente de detrás de la gran roca negra un surtidor de agua blanca, que siempre se hacía esperar y era digno de ver; y, mientras esperaban, veían cómo las olas arrojaban una y otra vez sobre la pálida playa semicircular una fina capa de madreperla.
Ambos sonrieron. A los dos les embargaba la misma hilaridad producida por el ir y venir de las olas y por la veloz y cortante carrera de un velero, que, después de sajar en curva la bahía, se detenía estremecido y arriaba velas; y por fin, llevados por el instinto natural de completar el cuadro tras aquel rápido movimiento, ambos contemplaban las dunas a lo lejos, y en lugar de alegría sentían una especie de tristeza, en parte porque todo había terminado y en parte porque los paisajes contemplados desde la lejanía parecen sobrevivir un millón de años (pensaba Lily) a quienes los observan y comulgar ya con un cielo que contempla la tierra en completo reposo.
Al observar las dunas lejanas, William Bankes pensó en Ramsay, pensó en un camino de Westmorland y le pareció ver a Ramsay recorriéndolo a grandes zancadas envuelto en aquel aire de soledad que parecía serle consustancial. Pero de pronto se detuvo, recordó William Bankes, por un particular incidente: una gallina que extendió las alas para proteger a sus polluelos e hizo que Ramsay se detuviera, la señalara con el bastón y dijera: «Preciosa…, preciosa», un vislumbre del interior de su corazón, había pensado Bankes, que ponía de relieve su sencillez y su compasión por las cosas humildes, aunque también le pareciera que su amistad hubiese terminado allí, en aquella revuelta del camino. Luego, Ramsay se había casado, y, entre unas cosas y otras, su amistad se había ido desustanciando. No habría sabido decir de quién había sido la culpa, solo que, al cabo de un tiempo, la rutina había ocupado el lugar de la novedad. Se veían para repetir siempre lo mismo. Sin embargo, en su mudo coloquio con las dunas se dijo que su afecto por Ramsay no había disminuido lo más mínimo, y que su amistad seguía allí, extendiéndose por toda la bahía y los montículos de arena, como el cuerpo de un joven que llevara un siglo enterrado en una turbera y siguiese teniendo los labios rojos y lozanos.
Le inquietaba aquella amistad y tal vez también defenderse de la acusación de haber permitido que se marchitara y languideciera —pues mientras Ramsay vivía rodeado de hijos él era viudo y no tenía ninguno—; le inquietaba que Lily Briscoe pudiese menospreciar a Ramsay (un gran hombre a su modo) y al mismo tiempo deseaba que comprendiera cómo estaban las cosas entre ellos. Iniciada hacía tantos años, su amistad se había desinflado en un camino de Westmorland, donde una gallina extendió las alas para proteger a sus polluelos; tras lo cual Ramsay se había casado y sus vidas habían seguido rumbos divergentes, por lo que, sin que pudiera culparse verdaderamente a nadie por ello, lo cierto era que cuando se veían tenían cierta tendencia a la repetición.
Sí. Eso era. Dio la cuestión por zanjada. Apartó la mirada del paisaje. Y, al volver por el camino, el señor Bankes se fijó en cosas que no habrían llamado su atención si las dunas no le hubieran revelado el cadáver de su amistad yaciendo con los labios rojos entre la turba, por ejemplo en Cam, la hija menor de los Ramsay, que estaba cogiendo flores en un ribazo. Era desobediente y revoltosa, no quiso «darle una flor al caballero» como le pidió su niñera. ¡No, no y no! ¡No se la daría! Apretó los puños. Pataleó. Y el señor Bankes se sintió viejo y triste, como si, en cierto sentido, le reprochara lo de su amistad con su padre. Como si hubiera sido él quien la hubiese dejado marchitarse y languidecer.
Los Ramsay no eran ricos, y era increíble lo bien que se apañaban. ¡Ocho hijos! ¡Mantener a ocho hijos con la filosofía! Ahí estaba otro, esta vez Jasper, que salía a ver si cazaba algún pájaro, según dijo despreocupadamente al estrecharle la mano a Lily como si fuera la palanca de la bomba del pozo, lo que hizo que el señor Bankes observara con amargura que estaba claro quién era su preferida. Y luego estaba lo de la educación de los chicos (aunque tal vez la señora Ramsay fuese una persona educada), y no digamos el gasto diario en zapatos y calcetines que debían ocasionar aquellos «mozalbetes» angulosos y descuidados, ya crecidos. En cuanto a distinguirlos y saber en qué orden iban, eso lo superaba por completo. En secreto les había puesto apodos como si fuesen reyes y reinas de Inglaterra: Cam la Malvada, James el Indómito, Andrew el Justo, Prue la Hermosa, pues Prue tenía que ser hermosa —¿cómo iba a evitarlo?—, igual que Andrew era inteligente. Mientras iba por el camino y Lily Briscoe decía sí y no para rematar sus comentarios (pues estaba enamorada de todos ellos, enamorada de aquel mundo), consideró el caso de Ramsay, lo compadeció y envidió como si lo hubiera visto despojarse de aquella gloriosa aureola de aislamiento y austeridad que lo rodeaba en su juventud para echarse definitivamente sobre la espalda la carga del aleteo y los cacareos domésticos. Cierto que algo debían de aportarle —admitía William Bankes—, habría sido agradable que Cam le hubiese puesto una flor en el ojal, o se apoyara en su hombro, como hacía con su padre, para ver una estampa del Vesubio en erupción, pero todos sus amigos habían notado que también habían destruido algo. ¿Qué opinaría ahora de él un desconocido? ¿Qué opinaría la propia Lily Briscoe? ¿Repararían en las manías, en las excentricidades e incluso debilidades que había ido adquiriendo? Era sorprendente que un hombre de su inteligencia pudiera haber caído tan bajo, aunque la frase sonara exagerada, y dependiera ahora tanto de los elogios de la gente.
—¡Sí! —exclamó Lily—, ¡pero piense en su obra!
Siempre que Lily pensaba «en su obra» veía claramente ante sí una enorme mesa de cocina. La culpa era de Andrew. Una vez le preguntó de qué trataban los libros de su padre. «Del sujeto, el objeto y la naturaleza de la realidad», respondió Andrew. Y, cuando ella dijo que, ¡cielos!, no tenía ni idea de lo que era eso, él respondió: «Pues piensa en una mesa de cocina cuando no estás allí».
Así que, siempre que pensaba en la obra del señor Ramsay, Lily veía una mesa de cocina bien fregada. Ahora le parecía verla entre las ramas de un peral, pues habían llegado al huerto. Hizo un ímprobo esfuerzo por concentrarse, no en la corteza plateada del árbol, ni en sus hojas en forma de pez, sino en una fantasmal mesa de cocina —una de esas mesas de madera bien fregadas, ásperas y nudosas, cuyas virtudes parecen haber puesto al descubierto años de resistente integridad— que flotaba allí con las cuatro patas suspendidas en el aire. Era lógico que no pudiera juzgarse como a las demás personas a alguien que se pasaba el día contemplando la esencia de las cosas y reduciendo (tal como solo pueden hacer las inteligencias más preclaras) esos crepúsculos tan adorables, con sus nubes azules, plateadas y rosadas como flamencos, a algo tan sencillo como una simple mesa de cuatro patas.
Al señor Bankes le gustó que le pidiera que «pensara en su obra». Lo había apuntado muchas veces. Había dicho en innumerables ocasiones que Ramsay era «uno de esos hombres que dan lo mejor de sí antes de cumplir los cuarenta». Había hecho una aportación crucial a la filosofía con un librito publicado cuando tenía solo veinticinco años; lo que vino después no dejaba de ser una amplificación o repetición de lo mismo. Claro que el número de personas que hacen una aportación crucial a alguna cosa es muy pequeño, dijo, deteniéndose junto al peral, muy repeinado, pulcro y exquisitamente imparcial. De pronto, como liberado por un gesto de su mano, el peso de las impresiones que se había formado del señor Bankes, se venció hacia un lado y todo lo que sentía por él cayó a su alrededor como una poderosa avalancha. Ahí iba una sensación. Luego se alzó vaporosa la esencia de su ser. Ahí iba otra. Se sintió transfigurada por la intensidad de aquella percepción, ¡era tan serio y bondadoso…! Le respeto a usted (dijo sin palabras) hasta el último átomo de su ser: no es vanidoso, es totalmente impersonal, es mejor que el señor Ramsay, no he conocido a nadie mejor, no tiene mujer ni hijos (la falta de deseo sexual le hacía apreciar aquella soledad), vive solo para la ciencia (involuntariamente, unas mondas de patata aparecieron ante sus ojos), halagarle sería un insulto, ¡es usted generoso, puro de corazón, heroico! Sin embargo, al mismo tiempo, recordó que había llevado su propio ayuda de cámara, que le incomodaba que los perros se subieran a los sillones y que se pasaba horas discurseando (hasta que el señor Ramsay salía del comedor dando un portazo) sobre la sal de las verduras y lo horribles que son las cocineras inglesas.
¿Cómo conciliar entonces todo aquello? ¿Cómo juzgaba una a las personas y se formaba una opinión de ellas? ¿Cómo sumaba una esto y lo otro hasta concluir que alguien le era simpático o antipático? ¿Y qué significado tenía eso, después de todo? Allí, junto al peral, aparentemente transfigurada, le acometieron sus impresiones sobre aquellos dos hombres, y seguir su pensamiento fue como seguir una voz que hablara demasiado deprisa para tomar notas a lápiz, esa voz era la suya y decía, sin que nadie le apuntara, cosas innegables, eternas, contradictorias, de manera que incluso las fisuras y rugosidades de la corteza del peral quedaban irrevocablemente grabadas para la eternidad. Tiene usted grandeza, prosiguió, y en cambio el señor Ramsay carece totalmente de ella. Es mezquino, egoísta, vanidoso, egocéntrico, malcriado y un tirano que mata a trabajar a su mujer; y sin embargo posee algo de lo que usted (se dirigía al señor Bankes) carece: un orgulloso desprecio por todo lo mundano, le traen sin cuidado las nimiedades, le gustan los perros y ama a sus hijos. Tiene ocho. Usted no tiene ninguno. ¿No bajó la otra noche envuelto en dos abrigos y le pidió a la señora Ramsay que le cortara el pelo a lo casco? Todo aquello danzaba arriba y abajo en la imaginación de Lily, como una nube de mosquitos, todos distintos, pero maravillosamente controlados en el interior de una red elástica invisible y en torno a las ramas de peral, de las que pendía todavía en efigie la mesa de cocina bien fregada, símbolo de su profundo respeto por la inteligencia del señor Ramsay, hasta que sus pensamientos, que habían ido girando cada vez más deprisa, estallaron por su propia intensidad; se sintió liberada; cerca de allí sonó un disparo y, huyendo de los perdigones, una bandada de estorninos asustados, efusivos y tumultuosos levantó el vuelo.
—¡Jasper! —dijo el señor Bankes.
Se volvieron hacia donde revoloteaban los estorninos sobre la terraza. Siguiendo la desbandada de los pájaros por el cielo, pasaron por el hueco en el seto y se toparon de bruces con el señor Ramsay que bramó: ¡Alguien había cometido un error!
Sus ojos, vidriosos por la emoción, intensa y trágicamente desafiantes, se cruzaron con los de ellos por un instante y temblaron como si estuviera a punto de reconocerlos. Sin embargo, luego, llevándose la mano a la cara como para evitar y apartar con vergüenza de ellos su mirada normal, como si les rogara que detuvieran por un momento lo que sabía inevitable y quisiera subrayar así su propia rabia pueril por verse interrumpido, e indicarles que no estaba dispuesto a darse por vencido, sino que pensaba aferrarse a aquella emoción deliciosa, aquella rapsodia impura que lo avergonzaba y embelesaba al mismo tiempo, dio media vuelta y les dio, por así decirlo, con la puerta en las narices; y Lily Briscoe y el señor Bankes, alzando incómodos la vista al cielo, comprobaron que la bandada de estorninos que Jasper había puesto en fuga con su escopeta se había posado en la copa de los olmos.
—Y, si mañana no hace bueno —dijo la señora Ramsay, alzando la vista al ver pasar a William Bankes y a Lily Briscoe—, otro día será. Y ahora —añadió pensando que el encanto de Lily residía en aquellos ojos achinados y oblicuos sobre su carita pálida y fruncida, pero que haría falta un hombre muy listo para saberlo apreciar—, ponte de pie y deja que te tome la medida de la pierna.
Porque podía ser que fuesen al faro, después de todo, y tenía que asegurarse de que al largo del calcetín no le faltasen unos centímetros.
Sonriendo, pues en ese preciso instante cruzó por su imaginación la brillante idea de que William y Lily deberían casarse, cogió el calcetín de color brezo con las agujas de acero entrecruzadas en la parte de arriba y lo midió contra la pierna de James.
—Cariño, estate quieto —dijo, pues, celoso y disgustado por tener que servir de maniquí para el hijo del farero, James no paraba de moverse y, si no se estaba quieto, ¿cómo iba a ver ella si era demasiado largo o demasiado corto?, le preguntó.
Alzó la vista —¿qué demonio se le habría metido en el cuerpo a su niñito adorado?—, observó la habitación y vio las sillas que le parecieron muy gastadas. Sus entrañas, como había dicho Andrew el otro día, yacían esparcidas por el suelo; pero ¿qué sentido tenía comprar unas nuevas —se preguntó— y dejar que se estropearan en invierno, cuando la casa quedaba al cuidado de una criada vieja y chorreaba literalmente de humedad? Qué más daba: el alquiler era bajísimo, a los niños les encantaba y a su marido le venía de perlas estar a cuatro mil kilómetros (bueno a cuatrocientos cincuenta, para ser más exactos) de su biblioteca, sus clases y sus alumnos, y además tenían donde alojar a los invitados. Las alfombras, los catres y los absurdos remedos de sillas y mesas que jubilaban en la casa de Londres todavía podían utilizarse aquí; y un par de fotografías y los libros. Los libros, pensó, se multiplicaban solos. Nunca tenía tiempo de leerlos. Ni siquiera, ¡ay!, los que le había regalado, dedicados de su puño y letra, el propio poeta: «Para aquella cuyos deseos son órdenes». «A la más venturosa Helena de nuestro tiempo», era vergonzoso tener que reconocer que no los había leído. Igual que el libro sobre el cerebro de Croom, o el de Bates sobre las costumbres de los indígenas de la Polinesia. («Cariño, estate quieto», dijo), y tampoco eran libros como para mandarlos al faro. En algún momento, supuso, la casa llegaría a estar tan destartalada que algo tendrían que hacer. Si aprendieran a sacudirse los pies y a no llenarlo todo de arena…, ya sería un avance. Porque lo de los cangrejos, si de verdad Andrew quería diseccionarlos, no tenía remedio, igual que tampoco lo tenía que Jasper estuviera convencido de que se podía hacer sopa de algas, o que a Rose le gustase recoger cosas en la playa: conchas, cañas y piedras, porque, cada cual a su manera, sus hijos tenían mucho talento. Y el resultado era, suspiró, mientras contemplaba la habitación desde el suelo hasta el techo y apretaba el calcetín contra la pierna de James, que, a medida que pasaban los veranos, todo iba estando cada vez más destartalado. La alfombra parecía descolorida, el empapelado se estaba despegando. Ya casi ni se reconocían las rosas del estampado. Claro que, si uno siempre deja las puertas abiertas y no hay un cerrajero en toda Escocia capaz de arreglar una cerradura, es lógico que todo se estropee. ¿Para qué tomarse la molestia de adornar el marco de un cuadro con un chal de cachemira verde? Al cabo de dos semanas tendría el color de una sopa de guisantes. Pero lo que más le irritaba era lo de las puertas: siempre estaban todas abiertas. Escuchó. La del salón y la del vestíbulo lo estaban, y daba la impresión de que las de los dormitorios también; y, desde luego, la ventana del rellano, porque esa la había abierto ella misma. ¿Es que nadie podía recordar —con lo fácil que era— que las puertas se dejan cerradas y las ventanas abiertas? Si iba de noche a los dormitorios de las criadas siempre encontraba las ventanas herméticamente cerradas, excepto la de Marie, la muchacha suiza, que prefería prescindir del baño antes que del aire fresco, pero es que, según le había dicho, en su pueblo las montañas eran preciosas. Lo había repetido la noche anterior asomada a la ventana con lágrimas en los ojos. «Las montañas son preciosas.» Su padre se estaba muriendo, la señora Ramsay lo sabía. Iba a dejarlos huérfanos. Estaba riñéndola y explicándole su trabajo (cómo hacer una cama, cómo abrir una ventana, abriendo y cerrando las manos como una francesa) y cuando habló la muchacha todo se plegó silenciosamente en torno a ella, igual que, al concluir un vuelo al sol, las alas de un pájaro se pliegan calladamente y el azul de su plumaje deja de ser acerado y se vuelve purpúreo. Se quedó en silencio, pues no había nada que decir. Tenía cáncer de garganta. Al recordarlo —cómo se había quedado allí de pie mientras la joven decía sin la menor esperanza: «En mi pueblo las montañas son preciosas»— sintió un calambre de irritación y le dijo en tono seco a James:
—Estate quieto. No seas pesado. —Él notó en el acto que su enfado era real y alargó la pierna para que ella le tomara la medida.
Al calcetín le faltaban al menos dos centímetros, y eso contando con que el hijo pequeño de Sorley no estuviese tan alto como James.
—Es demasiado corto —dijo—, cortísimo.
Nunca nadie pareció tan triste. Amarga y negra, a mitad de camino en la oscuridad, como la flecha que cae de la luz del sol a las profundidades, tal vez se formase una lágrima, se vertiera, se agitasen las aguas al recibirla y se volviesen a calmar. Nunca nadie pareció tan triste.
Pero ¿era solo apariencia?, decía la gente. ¿Qué se ocultaba detrás de aquello…, de su belleza, de su esplendor? ¿De verdad aquel otro novio suyo del que a veces uno oía hablar se habría volado la tapa de los sesos?, se preguntaban. ¿Sería cierto que había muerto una semana antes de su boda? ¿O no había nada?, ¿nada excepto una belleza incomparable tras la que ella se refugiaba sin que nada pudiera perturbarla? Pues, aunque habría sido fácil que, en algún momento de intimidad, cuando se contaban en su presencia historias de grandes pasiones, de amores y ambiciones frustradas, hubiera explicado cómo se había sentido y cómo lo había vivido, la señora Ramsay nunca decía nada. Siempre callaba. Y lo sabía…, lo sabía sin haberlo aprendido. Su sencillez desentrañaba lo que falseaba la gente inteligente. Su carácter decidido le permitía caer a plomo como una piedra, y aterrizar con la precisión de un pájaro y le concedía, de forma natural, esa aprehensión de la verdad por el espíritu que tanto deleita, alivia y sostiene, aunque tal vez equivocadamente.
(«La naturaleza tiene muy poca arcilla —dijo en una ocasión el señor Bankes muy conmovido al oír su voz por teléfono, y eso que ella le hablaba solo de horarios de trenes— como la que empleó para modelarla a usted.» La imaginó al otro extremo de la línea, con sus ojos azules y su nariz griega. Qué incongruente era telefonear a una mujer así, cuyo rostro parecían haber modelado las Gracias en prados cubiertos de asfódelos. Sí, tomaría el tren de las diez treinta en Euston.
«Y, sin embargo, es tan poco consciente de su belleza como pueda serlo un niño», dijo el señor Bankes colgando el auricular y atravesando la habitación para comprobar los progresos que hacían los obreros del hotel que estaban construyendo detrás de su casa.
Estuvo pensando en la señora Ramsay mientras veía pulular a los albañiles entre las paredes a medio construir. Pues siempre había algún elemento incongruente en la armonía de su rostro. Lo mismo se ponía un gorro de cazador, que corría por el césped con chanclos para evitar que algún niño se hiciera daño. De manera que si uno pensaba meramente en su belleza, había que tener presente aquel estremecimiento vital —estaban subiendo ladrillos a un pequeño andamio mientras los observaba— y añadirlo también al cuadro; o si se pensaba en ella solo como mujer, había que dotarla de cierta idiosincrasia particular, o suponer algún deseo latente de despojarse de su majestuosidad como si la hastiara su belleza, y lo que dicen los hombres de la belleza, y quisiera ser tan insignificante como las demás. No lo sabía, no lo sabía. Tenía que volver al trabajo.)
Mientras tejía el áspero calcetín marrón rojizo con la cabeza absurdamente rodeada por el marco dorado, el chal verde que había colocado al borde del marco y de la obra maestra auténtica de Miguel Ángel, la señora Ramsay suavizó la brusquedad que la había dominado un momento antes, alzó la cabeza y besó a su niñito en la frente.
—Vamos a buscar otro dibujo para recortar —dijo.
Pero ¿qué había pasado?
Alguien había cometido un error.
Saliendo de su ensimismamiento, la señora Ramsay le encontró de pronto sentido a aquellas palabras que llevaban un rato rondándole por la cabeza. «Alguien había cometido un error.» Clavó los ojos miopes en su marido que iba ahora hacia ella y lo miró fijamente hasta que su cercanía le reveló (el estribillo empezaba a cobrar significado en su imaginación) que había ocurrido algo, que alguien había cometido un error. Aunque ni por asomo se le ocurría qué podía ser.
Estaba tembloroso y estremecido. Toda su vanidad, toda la satisfacción ante su propio esplendor cuando cabalgaba terrible como el rayo y feroz como un halcón al frente de sus hombres por el valle de la muerte, se habían hecho pedazos. Azotados por las balas y la metralla, audaces y decididos, cabalgaban por el valle de la muerte, entre el fragor de las descargas, hasta darse de bruces con Lily Briscoe y William Bankes. Estaba tembloroso y estremecido.
La señora Ramsay no le habría hablado por nada en el mundo, reparó por ciertos síntomas familiares, por el modo en que apartaba la mirada y se encerraba en sí mismo, como si requiriese de un poco de intimidad para recobrar el equilibrio, en que estaba furioso y angustiado. Le acarició la cabeza a James, desahogando en él lo que sentía por su marido, y mientras lo observaba pintar de amarillo con tiza la camisa blanca de un caballero del catálogo de los almacenes del Ejército y la Marina, pensó en la alegría que le daría si se convirtiese en un gran artista, y ¿por qué no iba a hacerlo? Tenía una frente espléndida. Luego, alzando la vista al ver pasar otra vez a su marido, le alivió comprobar que la derrota estaba ya velada, que se había impuesto la cotidianidad y que la costumbre canturreaba su ritmo tranquilizador, así que cuando volvió a pasar por allí y se asomó a la ventana caprichoso y burlón para hacerle cosquillas en la pierna a James con una ramita, ella le regañó por haber echado de la habitación a «aquel pobre muchacho», Charles Tansley. Tansley había tenido que marcharse para seguir trabajando en su tesis, respondió él.
—James también tendrá que escribir la suya uno de estos días —añadió moviendo irónico la ramita.
Mirando con odio a su padre, James apartó aquella rama con la que de una forma muy característica, mezcla de humor y severidad, el señor Ramsay hacía cosquillas en la pierna desnuda a su hijo pequeño.
La señora Ramsay explicó que estaba intentando terminar los dichosos calcetines para llevárselos al día siguiente al hijo de Sorley.
No había la menor posibilidad de que pudieran ir al faro al día siguiente, le espetó irascible su marido.
¿Cómo lo sabía?, le preguntó ella. El viento cambiaba a menudo.
La absurda falta de lógica de aquel comentario y los desatinos de la imaginación femenina terminaron de sacarle de sus casillas. Había cabalgado por el valle de la muerte, había estado tembloroso y estremecido, y ahora ella se negaba a aceptar la evidencia de los hechos, hacía que sus hijos concibieran esperanzas sobre algo que era completamente imposible y, en una palabra, les mentía. Dio una patada en el escalón de piedra y dijo: «¡Dichosa mujer!». Pero ¿qué había dicho ella? Solo que quizá hiciese bueno mañana. Y tal vez lo hiciera.
No con el barómetro bajando y el viento rolando a oeste.
A la señora Ramsay perseguir la verdad con tan sorprendente falta de consideración por los sentimientos ajenos, desgarrar el delgado velo de la civilización de manera tan gratuita y brutal, le parecía un atentado contra el decoro tan enorme que bajó la cabeza sin responder nada, ofuscada y aturdida, como para permitir que aquella lluvia de granizo y agua sucia la salpicara sin quejarse. No había nada que decir.
Él se quedó a su lado en silencio. Por fin, humildemente, dijo que, si quería, podía acercarse a preguntarle al guardacostas.
No había nadie a quien la señora Ramsay respetara más que a su marido.
Le bastaba con que lo dijera él, afirmó. Solo que en ese caso no habría que preparar los bocadillos…, y ya está. Como es lógico, todos acudían a ella por ser mujer, todo el día que si esto o lo otro, uno que quería una cosa y el otro que quería la otra; los niños se estaban haciendo mayores, a menudo se sentía como una esponja empapada de emociones. Luego él decía: «¡Dichosa mujer!», y también: «Lloverá». Si decía: «No lloverá», inmediatamente se abría ante ella un paraíso de seguridades. No había nadie a quien respetase más. No se creía digna ni de atarle los cordones de los zapatos.
Avergonzado ya de aquella petulancia y de tanto gesticular cuando cargaba al frente de sus tropas, el señor Ramsay volvió a hacerle cosquillas a su hijo en la pierna desnuda, aunque tímidamente esta vez, como si su mujer le hubiera dado permiso para hacerlo, con un movimiento que a ella le recordó al gran león marino del zoo cuando se zambullía de espaldas en el agua tras engullir los peces y salpicaba las paredes del tanque, se sumergió en el aire nocturno que se había vuelto más tenue y empezaba a robarle su sustancia a las hojas y los setos y a cambio devolvía a las rosas y los claveles un brillo del que habían carecido durante el día.
—Alguien había cometido un error —repitió mientras iba y venía dando grandes zancadas por la terraza.
¡Pero menudo cambio había sufrido su voz! Igual que la del cuco, que «cuando junio se arrima ya no es tan cantarina», como si estuviese probando, buscando una frase que reflejara su nuevo estado de ánimo, y solo se le hubiese ocurrido esa y la hubiese utilizado pese a lo manida que estaba. El caso era que sonaba ridícula: «Alguien había cometido un error», dicho así, como si fuera una pregunta, sin convencimiento, melodiosamente. La señora Ramsay no pudo sino sonreír, y poco después, aunque su marido siguió tarareándola un rato mientras iba y venía, acabó callándose.
Estaba a salvo, había recobrado su intimidad. Se detuvo para encender la pipa, miró a su mujer y a su hijo por la ventana, como quien levanta la vista de una página en un tren expreso y ve una granja, un árbol o un grupo de casas como si fuesen una ilustración, una confirmación de algo que había en la página impresa a la que regresa fortalecido y satisfecho, así, aunque apenas los distinguiera, ver a su mujer y a su hijo le fortaleció y satisfizo y pudo consagrarse al esfuerzo de llegar al claro y total discernimiento del problema que ahora ocupaba su privilegiada inteligencia.
Era una inteligencia privilegiada. Pues, si el pensamiento es como el teclado de un piano y está dividido en otras tantas notas, o está ordenado como el alfabeto en veintiocho letras una detrás de la otra, su inteligencia privilegiada no tenía dificultad en recorrer aquellas letras una por una con exactitud y precisión hasta llegar, digamos, a la letra Q. Había llegado a la Q. Muy pocas personas en Inglaterra llegan alguna vez a la Q. Una vez allí, al detenerse un instante junto a la maceta de los geranios, veía, no muy lejos, como si fuesen niños recogiendo conchas, concentrados con divina inocencia en esas menudencias que había a sus pies y totalmente indefensos frente a un funesto destino que él sí percibía, a su mujer y a su hijo, juntos al otro lado de la ventana. Necesitaban su protección y él se la brindaba. Pero ¿y después de la Q? ¿Qué viene después? Después de la Q hay una serie de letras y la última de ellas apenas es visible para los ojos de los mortales, sino que brilla rojiza en la distancia. Solo un hombre de cada generación llegaba a la Z. Aun así, si pudiera llegar a la R, ya habría conseguido algo. Al menos había llegado a la Q. Se afianzó en la Q. La Q ya la tenía. Podía demostrar la Q. Y, si la Q es la Q, entonces la R… Vació la pipa con dos o tres sonoros golpes propinados contra el asa en forma de cuerno de carnero de la maceta y prosiguió. «Entonces la R…» Hizo acopio de ánimos y apretó los puños.
En su ayuda acudieron una serie de cualidades, como la perseverancia, la justicia, la prudencia, el entusiasmo y la habilidad, que habrían salvado a la tripulación de un navío en medio de un mar embravecido y sin más recursos que seis galletas de barco y una botella de agua. Entonces la R…, ¿qué es la R?
Una persiana, como el párpado coriáceo de un lagarto, se interpuso ante la intensidad de su mirada y oscureció la letra R. En ese instante de ofuscación oyó a la gente decir que había fracasado, que la R estaba fuera de sus posibilidades. Nunca llegaría a la letra R. A por la R otra vez. La R…
Una vez más, acudieron en su ayuda cualidades que, en una expedición desesperada a través de las gélidas soledades de las regiones polares, le habrían convertido en el líder, el guía, el consejero, cuyo temperamento, ni optimista ni taciturno, le permite considerar ecuánime los acontecimientos y enfrentarse a ellos. La R…
El ojo del lagarto volvió a parpadear. Se le hincharon las venas de la frente. Los geranios de la maceta se hicieron sorprendentemente visibles y, oculta entre sus hojas, acertó a ver, sin proponérselo, la vieja y evidente distinción entre dos clases de personas: por un lado aquellos dotados de fuerza sobrehumana que a un ritmo lento, pero constante, perseveran y repiten por orden las veintiocho letras del alfabeto desde el principio hasta el final, y por el otro los dotados, los iluminados que, milagrosamente, captan todas las letras de una sola vez, como hacen los genios. Él no era ningún genio, no pretendía serlo, pero tenía, o podría haber tenido, la capacidad de repetir con precisión y por orden las letras del alfabeto de la A a la Z. De momento, se había atascado en la Q. Sigamos pues hasta la R.
Le dominaron sentimientos que no habrían deshonrado a un líder que, ahora que empieza a caer la nieve y la cima de la montaña se va cubriendo de niebla, comprende que más le vale tumbarse en el suelo y morir antes de que amanezca, sus ojos empalidecieron y le dotaron, en los dos minutos que tardó en recorrer la terraza, de esa apariencia blanquecina propia de la vejez marchita. Sin embargo, no moriría tumbado: buscaría un peñasco y allí, plantándole cara a la tormenta, tratando hasta el último momento de atravesar la oscuridad con la mirada, moriría de pie. Nunca llegaría a la R.
Se quedó inmóvil junto a la maceta rebosante de geranios. Al fin y al cabo, se preguntó, ¿cuántos hombres de los miles de millones que hay en el mundo llegan a la Z? Sin duda, un líder podría preguntárselo al comprender que no quedan esperanzas y responder sin traicionar al resto de los expedicionarios: «Uno, tal vez». Uno en toda una generación. ¿Acaso puede culpársele de no ser ese uno, siempre que se haya esforzado honradamente y haya dado lo mejor de sí hasta que no tuviese nada que ofrecer? ¿Y cuánto durará su fama? Incluso a un héroe moribundo puede permitírsele que se pregunte antes de morir qué dirá de él la posteridad. Su fama durará tal vez dos mil años. Y ¿qué son dos mil años?, se preguntó irónicamente el señor Ramsay con la mirada fija en el seto. ¿Qué son, en realidad, si se contemplan desde la desolada cima de los siglos? Cualquier piedra que golpeemos con la bota durará más que Shakespeare. Su propia luz brillaría tenuemente uno o dos años y luego sería absorbida por otra luz mayor, y esa por otra aún mayor. (Miró hacia la oscuridad, hacia la maraña de ramas.) ¿Quién podría culpar al líder de esa expedición sin esperanza, que después de todo ha llegado lo bastante lejos como para contemplar la desolación de los siglos y ha asistido a la extinción de las estrellas, si, antes de que la muerte entumezca sus miembros hasta privarlos de movimiento, se lleva los dedos adormecidos a la frente y saca pecho para que cuando llegue la expedición de rescate lo encuentren muerto en su puesto como un buen soldado? El señor Ramsay sacó pecho y se puso firmes junto a la maceta.
¿Quién le culpará por quedarse allí un instante, pensando en la fama, en expediciones de rescate y en túmulos alzados sobre sus huesos por sus agradecidos seguidores? Y, finalmente, ¿quién culpará al líder de esa funesta expedición si, después de haber corrido tantos riesgos, apurado sus fuerzas al máximo y haberse dormido sin importarle si iba a despertar o no, reparase de pronto por un cosquilleo de los dedos en que sigue con vida y a que no solo no quiere morir, sino que necesita compasión, y un poco de whisky, y alguien a quien contarle lo mucho que ha sufrido? ¿Quién podrá culparle? ¿Quién no se alegrará secretamente cuando el héroe se quite la armadura y se detenga junto a la ventana para mirar a su mujer y a su hijo, distantes al principio, pero cada vez más cercanos, hasta que labios, libros y cabeza aparezcan con claridad ante sus ojos, todavía encantadores y desconocidos a causa de su enorme aislamiento y a la desolación de los siglos y a la extinción de las estrellas, y por fin se guarde la pipa en el bolsillo e incline ante ella su poderosa cabeza…? ¿Quién le culpará de honrar la belleza del mundo?
Sin embargo, su hijo le odiaba. Le odiaba por haberse acercado a verles, por asomarse y mirarlos; le odiaba por interrumpirlos; le odiaba por lo exaltado y lo sublime de sus gestos; por lo poderoso de su cabeza; por su severidad y su egolatría (pues ahí estaba reclamando su atención); aunque lo que más detestaba era el tañido y el gorjeo de la emoción de su padre que, al vibrar en torno a ellos, perturbaba la absoluta sencillez y el sentido común de sus relaciones con su madre. Tenía la esperanza de que, si seguía mirando fijamente la página, su padre se marcharía y de que, si señalaba una palabra con el dedo, recuperaría la atención de su madre, que como bien sabía, y por mucho que eso le enfadase, se distraía en cuanto él se asomaba a la ventana. Pero no. No había manera de que el señor Ramsay se fuera. Ahí seguía exigiendo compasión.
La señora Ramsay, que estaba sentada tan cómodamente con su hijo en brazos, se tensó, y, dando media vuelta, dio la impresión de incorporarse con esfuerzo y verter al mismo tiempo una lluvia de energía en el aire, una columna de espuma, y pareció tan viva y animada como si todas sus energías se fundieran en una única fuerza ardiente e iluminadora (pese a que siguió sentada y volvió a coger el calcetín) y la funesta esterilidad del macho se hundió como un espolón de latón, desnudo y yermo, en esa deliciosa fecundidad, en esa fuente y espuma de vida. Necesitaba su compasión. Era un fracasado, dijo. Las agujas de hacer punto de la señora Ramsay centellearon. Sin quitarle la vista de encima, el señor Ramsay repitió que era un fracasado. Ella respondió con un soplo. «Charles Tansley…», dijo. Pero él quería más. Necesitaba su compasión, en primer lugar que le tranquilizara respecto a su genialidad, y luego que lo incluyera en aquel círculo de vida, que lo consolara y confortara, que le restituyera el uso de sus sentidos, que volviese fértil su esterilidad, y que hiciese que todas las habitaciones de la casa estuvieran llenas de vida: el salón, la cocina, los dormitorios y las habitaciones de los niños debían llenarse de vida.
Charles Tansley lo consideraba el mejor metafísico de su época, dijo ella. Pero el señor Ramsay quería más. Necesitaba su compasión. Debía convencerse de que él también vivía en el corazón de la vida, de que lo necesitaban no solo aquí, sino en el mundo entero. Haciendo centellear sus agujas, llena de confianza en sí misma, creó el salón y la cocina, los llenó de luz; le invitó a ponerse cómodo, a entrar y salir y pasarlo lo mejor posible. Se rió y siguió haciendo punto. De pie muy rígido entre sus rodillas, James sintió cómo se inflamaban las fuerzas de su madre para que las bebiera y apagara el espolón de latón, la árida cimitarra del macho, que la golpeaba sin piedad una y otra vez exigiendo su compasión.
Él insistió en que era un fracasado. Bueno, tú fíjate y siéntelo. Mientras hacía centellear sus agujas, miraba en torno a ella, la ventana, la habitación y al propio James, y le confirmó sin dejar lugar a dudas con su risa, su aplomo y su eficacia (igual que una enfermera tranquiliza a un niño asustado llevándole una luz a través de una habitación oscura) que era real, que la casa estaba llena y que en el jardín soplaba el viento. Si confiaba en ella plenamente, nada podría hacerle daño: por muy hondo que se enterrara o muy alto que trepara, siempre la tendría a su lado. En aquel alarde de su capacidad para arroparle y protegerle no reservaba ni un átomo para sí misma, sino que todo lo gastaba y prodigaba; y James, mientras esperaba rígido entre sus rodillas, notó cómo su madre se alzaba convertida en un árbol frutal cubierto de flores rosadas y hojas y ramas danzarinas que el espolón de latón, la árida cimitarra de su egocéntrico padre, hendía y hería mientras exigía su compasión.
Saciado con las palabras de su mujer, igual que un niño que se duerme complacido, el señor Ramsay dijo por fin, mirándola con humilde gratitud, recobrado y renovado, que iría a dar una vuelta: iría a ver a los niños jugar al críquet. Se marchó.
Enseguida la señora Ramsay pareció replegarse, un pétalo tras otro, y todo aquel entramado se vino abajo de puro agotamiento, y solo le quedaron fuerzas para mover exhausta y con exquisito abandono un dedo por la página del cuento de los hermanos Grimm, mientras el rapto del triunfo creativo latía en ella como el pulso de un muelle que, después de desplegarse al máximo, deja de moverse lentamente.
A medida que él se alejaba, cada latido de ese pulso daba la impresión de englobarlos a ambos y proporcionarles el solaz que dos notas diferentes, una más alta y otra más grave, parecen procurarse cuando se combinan y se tocan al mismo tiempo. Sin embargo, a medida que se apagaba la resonancia y fue volviendo al cuento de hadas, la señora Ramsay se sintió no solo exhausta físicamente (siempre le ocurría lo mismo después, no en el momento), sino que su fatiga se coloreó vagamente de una desagradable sensación de otra índole. No es que, mientras leía en voz alta el cuento de «La mujer del pescador», supiera de dónde procedía; y tampoco se permitió formular con palabras su insatisfacción cuando, al pasar la página, se detuvo y oyó romper sorda y ominosa una ola, y reparó en que todo se reducía a que no quería, ni siquiera por un segundo, sentirse mejor que su marido, y, lo que es más, no soportaba no estar totalmente segura de que lo que le decía fuese verdad. Que la gente y las universidades lo reclamaran, que sus conferencias y sus libros fuesen de enorme importancia…, no lo dudaba ni por un instante; lo que la turbaba era su relación con su marido y que acudiera a ella de forma tan abierta, de modo que cualquiera pudiera verlo, pues luego la gente decía que dependía de ella, cuando deberían saber que, de los dos, él era con mucho el más importante, y que lo que ella aportaba al mundo, comparado con lo que aportaba su marido, era insignificante. Pero había algo más: no poder decirle la verdad, que le diese miedo, por ejemplo, contarle lo del tejado del invernadero y que costaría al menos cincuenta libras arreglarlo; y luego estaba lo de sus libros, su temor de que él llegara a adivinar que ella abrigaba la sospecha de que su último libro no era el mejor que había escrito (o eso había deducido de lo que le había dicho William Bankes); y lo de tener que ocultarle tantas minucias diarias, y que los niños lo vieran, y todo el peso cayera sobre ellos…, todo aquello disminuía la alegría pura y total de las dos notas al sonar juntas y hacía que el sonido se apagara en sus oídos con una insipidez deprimente.
Una sombra se cernió sobre la página, ella alzó la vista. Era Augustus Carmichael que pasaba arrastrando los pies, justo ahora, en el momento en que le era más doloroso que le recordasen lo deficiente de las relaciones humanas, y que hasta las más perfectas tenían fallos y no resistían un examen como aquel al que, impulsada por el amor a la verdad, sometía la suya a pesar de lo mucho que quería a su marido; cuando le resultaba más doloroso sentirse culpable de indignidad y entorpecida en el desempeño de sus funciones por aquellas mentiras y exageraciones…, justo en el momento en que se preocupaba tan innoblemente después de su anterior exaltación, el señor Carmichael pasó arrastrando los pies embutidos en sus pantuflas amarillas y algún demonio interior la obligó a decirle:
—¿Va usted a entrar, señor Carmichael?
No respondió. Tomaba opio. Los niños decían que eso era lo que le había teñido la barba de amarillo. Lo que era evidente para ella es que aquel pobre hombre era desdichado, iba a visitarlos cada año como si quisiera escapar de algo; pero, por muchos años que pasaran, la señora Ramsay seguía teniendo la impresión de que no se fiaba de ella. Le dijo: «Voy al pueblo. ¿Quiere que le traiga sellos, papel, tabaco?», y notó que hacía una mueca. No se fiaba de ella. La culpa la tenía su mujer. Recordaba que su iniquidad la había dejado de piedra en aquella horrible habitación de Saint John’s Wood, cuando vio con sus propios ojos cómo aquella odiosa mujer lo echaba de la casa. Iba desaliñado, con el abrigo cubierto de manchas, tenía la apariencia fatigada de un anciano que no tiene nada que hacer en la vida y su mujer lo había echado del salón. Le había dicho con voz odiosa: «La señora Ramsay y yo queremos charlar un rato», y la señora Ramsay vio con tanta claridad como si la tuviera delante de los ojos la infinita miseria de su vida. ¿Tendría suficiente dinero para comprar tabaco? ¿O tendría que pedírselo a ella? ¿Media corona? ¿Dieciocho peniques? ¡Ay!, no soportaba imaginar las pequeñas indignidades a las que lo sometía. Y ahora él siempre la esquivaba (no acertaba a imaginar por qué, aunque intuía que, probablemente, fuera a causa de aquella mujer). Nunca le contaba nada. Pero ¿qué más podía hacer ella? Le había asignado una habitación soleada. Los niños lo trataban bien. Jamás le había dado a entender que fuese mal recibido. Incluso se esforzaba por caerle simpática. ¿Necesita sellos o tabaco? Tengo aquí un libro que podría interesarle, y así todo el día. Al fin y al cabo (y aquí se enorgulleció, cosa que no le ocurría a menudo, al pensar casi sin darse cuenta en su propia belleza), por lo general no le costaba ningún esfuerzo caerle bien a la gente; George Manning, por ejemplo, o el señor Wallace, a pesar de ser tan famosos, iban a verla discretamente por las tardes y charlaban con ella junto al fuego. Portaba consigo, era inútil tratar de negarlo, la antorcha de su belleza, la llevaba muy erguida a cualquier salón en el que entrase, y al fin y al cabo, por mucho que tratara de ocultárselo e intentase escapar al monótono comportamiento que eso le imponía, su belleza era evidente. La habían admirado. La habían amado. Había entrado en cuartos donde se lloraba a un muerto. Habían vertido lágrimas en su presencia. Hombres, y también mujeres, dejando de lado la complejidad de la vida, se habían permitido con ella el alivio de la sencillez. Le dolía que él la evitara. Le hacía daño. Y de una manera que no era ni justa ni franca. Eso era lo que le preocupaba, y más aún si lo añadía a su descontento con su marido, la sensación que tenía al ver pasar al señor Carmichael, moviendo la cabeza como toda respuesta a su pregunta, con un libro debajo del brazo y calzado con sus pantuflas amarillas, de que no se fiaba de ella y de que sus deseos de ayudarle y complacerle le parecían pura vanidad. ¿Sería por su propia satisfacción por lo que deseaba ayudar y complacer a los demás? ¿Para que la gente dijera de ella: «¡Oh, la señora Ramsay, la encantadora señora Ramsay…, pues claro!», y la necesitaran y la mandasen llamar y la admiraran? ¿No sería eso lo que deseaba secretamente, y por eso cuando el señor Carmichael la esquivaba, como hacía ahora, y se refugiaba en un rincón donde se pasaba el día haciendo acrósticos, no solo se sentía instintivamente despreciada, sino que reparaba en algunas pequeñas mezquindades de su carácter y en lo deficientes, lo despreciables y lo egoístas que son, en el mejor de los casos, las relaciones humanas. Desaliñada y cansada como estaba, imaginaba (tenía las mejillas hundidas y el cabello cano) que ya no le alegraba la vista a nadie, y tal vez fuese mejor que se concentrara en la lectura de «La mujer del pescador» y tranquilizase a aquel manojo de nervios que era su hijo James (ninguno de sus hijos era tan sensible como él).
—«El corazón del hombre se entristeció» —leyó en voz alta—, «y se le quitaron las ganas de ir. Se dijo: “No está bien”, pero aun así fue. Y, cuando llegó al mar, el agua ya no estaba verde y amarilla, sino purpúrea, azul, gris y oscura, aunque seguía tranquila y silenciosa. Se quedó allí y dijo…»
La señora Ramsay habría preferido que su marido no hubiese escogido aquel momento para detenerse. ¿Por qué no habría ido, como le había dicho, a ver a los niños jugar al críquet? Pero no dijo nada, los miró, asintió, dio su aprobación y siguió andando. Pasó por delante del seto ante el que tantas veces se había detenido y llegado a alguna conclusión, mientras miraba a su mujer y a su hijo y volvía a fijarse en las macetas rebosantes de geranios rojos que en tantas ocasiones habían servido de adorno a sus pensamientos y llevaban inscritas todas sus hojas, como si fuesen hojas de papel en las que uno toma notas velozmente mientras lee; pasó mirando todo aquello mientras se sumergía en una serie de especulaciones inspiradas por un artículo de The Times sobre el número de americanos que visita la casa de Shakespeare cada año. Si Shakespeare no hubiese existido, se preguntaba, ¿sería muy distinto el mundo? ¿Depende el progreso de la civilización de los grandes hombres? ¿Es mejor el destino de un hombre normal hoy que en la época de los faraones? ¿Es el destino de las personas normales un buen criterio para juzgar a las civilizaciones? Posiblemente no. Posiblemente el bien supremo requiera la existencia de una casta de esclavos. El ascensorista del metro es una necesidad eterna. Le disgustó aquella idea y movió la cabeza. Para descartarla necesitaba encontrar el medio de menospreciar el predominio de las artes. Argüiría que el mundo existe gracias a las personas normales, que las artes no son más que un adorno añadido a la vida y no un modo de expresarla. Tampoco Shakespeare era necesario. Sin saber muy bien por qué quería despreciar a Shakespeare y acudir al rescate del hombre que espera eternamente a la puerta del ascensor, arrancó con brusquedad una hoja del seto. Tendría que hablarles de eso a los jóvenes de Cardiff al mes siguiente, pensó; aquí, en esta terraza, solo estaba descansando y aprovisionándose (arrojó la hoja que había arrancado con tanta irritación) igual que un hombre que alarga la mano desde el caballo para coger un ramo de rosas, o se llena los bolsillos de nueces mientras pasea sin rumbo por los campos y senderos de una región que conoce desde su infancia. Todo le era familiar, aquella vuelta del camino, las escaleras para saltar la cerca, aquel atajo a través de los campos. Pasaba horas así, con su pipa, al caer la tarde, pensando en esto y en aquello mientras iba y venía por los caminos conocidos y los prados, entreverados de historias de campañas militares, vidas de hombres de estado, poemas y anécdotas, y también de algunas figuras —pensadores, soldados— claras y precisas; pero al final tanto el camino, como el campo, el prado, el nogal cargado de frutos y el seto florido acababan conduciéndole a aquella última vuelta del sendero donde desmontaba, ataba el caballo a un árbol y seguía su paseo a pie. Llegaba al borde del césped y contemplaba la bahía que había abajo.
Quisiéralo o no, era su peculiar destino llegar a una lengua de tierra que el mar estaba devorando lentamente y quedarse allí como una solitaria ave marina. Tenía el don y la capacidad de renunciar a todo lo superfluo, de encogerse y reducirse hasta parecer más desnudo y sentirse más libre, incluso físicamente, aunque sin perder ni un átomo de su aguda inteligencia, y seguir en aquel saliente enfrentándose a la oscuridad de la ignorancia humana, a todo lo que no sabemos y al mar que devora el terreno que pisamos…, ese era su don y su destino. Pero tras haber renunciado, al desmontar, a formalidades y prosopopeyas, y a sus trofeos de rosas y nueces, y haberse encogido hasta olvidar no solo la fama, sino incluso su propio nombre, mantenía, incluso en aquella desolación, una vigilancia que no pasaba por alto ningún fantasma y no se regodeaba en ninguna visión, y era así como inspiraba intermitentemente en William Bankes, de manera más sumisa en Charles Tansley y ahora en su mujer, cuando alzaba la mirada y lo veía plantado allí, al borde del césped, una profunda reverencia, amén de lástima e incluso gratitud, igual que una estaca clavada en el lecho de un canal, sobre la que se posan las gaviotas y contra la que rompen las olas, causa el agradecimiento de los alegres tripulantes de un bote por haberse impuesto el deber de indicarles, solitaria, el paso en las mareas.
—Pero cuando uno es padre de ocho hijos no tiene elección… —murmuró entre dientes, luego suspiró, dio media vuelta para buscar con la mirada a su mujer que le leía cuentos al niño y llenó la pipa. Le dio la espalda al espectáculo de la ignorancia y el destino humanos y al mar que devora el terreno que pisamos; si hubiera podido contemplarlos fijamente tal vez habría llegado a alguna parte, en lugar de eso buscó consuelo en insignificancias que parecían tan nimias en comparación con el sublime asunto que acababa de tener ante sus ojos que se sintió dispuesto a despreciar aquel consuelo, a desaprobarlo como si que le sorprendieran siendo feliz en un mundo tan desdichado fuese el peor de los crímenes para un hombre honrado. Y era cierto que, en términos generales, era feliz: tenía a su mujer y a sus hijos, había prometido decir no sé qué bobadas a aquellos jóvenes de Cardiff sobre Locke, Hume y las causas de la Revolución francesa. Pero eso, la satisfacción que obtenía de ello, y de las frases que hacía, del ardor de la juventud, de la belleza de su mujer, de los homenajes que le hacían en Swansea, Cardiff, Exeter, Southampton, Kidderminster, Oxford y Cambridge, tenía que desaprobarlo y ocultarlo bajo la frase «decir no sé qué bobadas», porque, en efecto, no había hecho lo que podía haber hecho. Era un disfraz, el refugio de un hombre asustado de admitir sus propios sentimientos, que no se atrevía a decir: «Esto es lo que me gusta…, esto es lo que soy», y que no inspiraba sino lástima y desagrado a William Bankes y a Lily Briscoe, que se preguntaban a qué tantos ocultamientos, por qué necesitaba siempre que lo alabaran, por qué un hombre de ideas tan valientes era luego tan timorato y cómo era posible que fuese tan venerable y ridículo al mismo tiempo.
Mientras recogía sus cosas, Lily sospechó que enseñar y predicar quedaban fuera del alcance de los hombres. Cuanto más alto sube uno, más dura es luego la caída. La señora Ramsay le daba con demasiada facilidad lo que le pedía. Además el cambio debe de ser un fastidio, se dijo Lily. Sale de sus libros y nos encuentra jugando y diciendo tonterías. Menudo contraste con las cosas en las que él piensa.
Iba a donde estaban ellos. Después se detuvo y se quedó mirando el mar en silencio. Luego volvió a darse la vuelta.
Sí, dijo el señor Bankes viéndolo marchar. Era una auténtica lástima. (Lily acababa de decir que la asustaban aquellos cambios de humor tan repentinos.) Sí, era una auténtica lástima que Ramsay no pudiera comportarse como los demás. (Le gustaba Lily Briscoe y podía hablar de Ramsay con bastante franqueza delante de ella.) Por ese motivo, dijo, los jóvenes no leen a Carlyle. Un viejo malhumorado y gruñón que perdía la paciencia si las gachas estaban frías, ¿a santo de qué tendría que sermonearnos?, eso era lo que pensaban los jóvenes hoy en día, según el señor Bankes. Y era una auténtica lástima, si se pensaba, como hacía él, que Carlyle era uno de los grandes maestros de la humanidad. A Lily le dio vergüenza decir que no había leído a Carlyle desde el instituto. Pero, en su opinión, el señor Ramsay aún era más simpático por pensar que cuando le dolía el meñique era el fin del mundo. No era eso lo que le molestaba. ¿Quién se dejaría engañar? No podía pedir de forma más clara que lo adularas y lo admirases a él y sus pequeños trucos que no engañaban a nadie. Lo que le disgustaba era su cerrazón, su ceguera, dijo, viéndolo alejarse.
—¿Un poco hipócrita? —insinuó el señor Bankes, mirando también la espalda de Ramsay, pues ¿acaso no estaba pensando en su amistad, en Cam, que se había negado a darle una flor; y en todos esos niños y niñas; y en su propia casa, tan confortable pero también tan silenciosa desde la muerte de su mujer? Claro que tenía su trabajo… En cualquier caso, deseaba que Lily estuviera de acuerdo en que Ramsay era, como acababa de decir, «un poco hipócrita».
Lily Briscoe siguió recogiendo sus pinceles, bajando y alzando la cabeza. Al levantar la vista, vio al señor Ramsay que iba hacia ellos, garboso, despreocupado, inconsciente, distante. ¿Un poco hipócrita?, repitió. ¡Oh, no!, era el más franco y sincero de los hombres (ahí lo tenían ya), el mejor; pero, al bajar la mirada, pensó: es egocéntrico, tiránico, injusto, y siguió mirando al suelo, pues solo así podía conservar la calma en presencia de los Ramsay. En cuanto alzaba los ojos, los veía inundados de lo que ella llamaba «enamoramiento». Pasaban a formar parte de ese universo irreal, pero penetrante y emocionante, que es el mundo cuando se contempla a través de los ojos del amor. El cielo los rodeaba, los pájaros cantaban a través de ellos. Y, lo que era aún más emocionante, al ver ir y venir al señor Ramsay y a la señora Ramsay sentada con James en la ventana, y las nubes pasar y el árbol inclinándose, también sentía que la vida pasaba de estar hecha de pequeños incidentes separados, que vivimos uno a uno, a curvarse y convertirse en un todo, como una ola que la arrastrara a una y la arrojara con fuerza a la playa.
El señor Bankes estaba esperando su respuesta. Y ella estaba a punto de criticar a la señora Ramsay y decir que ella también era inquietante y mandona a su manera o algo parecido, cuando al verlo tan extasiado comprendió que era totalmente innecesario. Teniendo en cuenta que pasaba de los sesenta, su pulcritud, su falta de personalidad y ese manto blanco científico que parecía revestirlo, no podía expresarse de otro modo. Que mirase a la señora Ramsay como Lily vio que la estaba mirando no era sino una especie de éxtasis, similar, le pareció a Lily, a los amores de docenas de jóvenes (y tal vez la señora Ramsay nunca hubiera inspirado esos amores a docenas de jóvenes). Era amor, pensó, fingiendo cambiar el lienzo de sitio, destilado y filtrado; un amor que no trataba de aferrarse a su objeto; pero que, como el amor de los matemáticos por sus símbolos o el de los poetas por sus versos, estaba concebido para extenderse por el mundo y convertirse en patrimonio del género humano. Y así era. El mundo lo habría compartido si el señor Bankes hubiese podido decir por qué le gustaba tanto esa mujer, por qué verla leyéndole un cuento de hadas a su hijo producía en él exactamente el mismo efecto que la resolución de un problema científico y hacía que se quedara absorto contemplándola y sintiera lo mismo que cuando había demostrado algo definitivo sobre el sistema digestivo de las plantas: que había domesticado la barbarie y sometido el reino del caos.
Aquel éxtasis —¿cómo llamarlo de otro modo?— hizo que Lily Briscoe olvidara por completo lo que había estado a punto de decir. No era nada importante, algo sobre la señora Ramsay. Pero había palidecido al lado de aquel «éxtasis», aquella mirada silenciosa, por la que sentía una intensa gratitud, pues nada la deleitaba tanto, la consolaba de las perplejidades de la vida y aliviaba milagrosamente su carga, como ese poder sublime, ese regalo celestial que uno no osaría perturbar mientras durase, igual que no osaría interrumpir aquel rayo de sol que iluminaba el suelo.
Que la gente pudiera amar así, que el señor Bankes sintiera aquello por la señora Ramsay (ella lo miró pensativa) era un alivio y un estímulo. Secó uno tras otro los pinceles en un trozo de trapo viejo, y lo hizo a propósito con gestos serviles, a fin de protegerse de esa veneración que se brinda a todas las mujeres; se sintió digna de elogio. Que mirase; mientras tanto ella le echaría un vistazo a su cuadro.
Le entraron ganas de echarse a llorar. Era malo, muy malo, malísimo. Por supuesto, podría haberlo pintado de forma diferente: podría haber diluido y apagado los colores, y pintado las formas más etéreas, al estilo de Paunceforte. Pero ella no lo veía así. Veía el color ardiendo en un marco de acero, la luz del ala de una mariposa sobre los arcos de una catedral. De todo eso, solo quedaban unas cuantas pinceladas dadas al tuntún sobre el lienzo. Y nadie lo vería, ni siquiera llegarían a colgarlo, y creyó oír al señor Tansley susurrándole al oído: «Las mujeres no saben ni pintar ni escribir…».
Entonces recordó lo que había estado a punto de decir sobre la señora Ramsay. No estaba muy segura de cómo lo habría formulado, pero habría sido una crítica. La noche pasada le había irritado alguna de sus arbitrariedades. Al seguir la mirada del señor Bankes pensó que ninguna mujer podría idolatrar a otra del modo en que lo hacía él; tan solo podían refugiarse bajo la sombra que el señor Bankes arrojaba sobre ambas. Observó aquel rayo de luz y le añadió el suyo propio, pensando que la señora Ramsay era sin duda una persona encantadora (inclinada como estaba sobre su libro), de lo mejorcito, aunque también distinta de la forma perfecta que tenía delante. Pero ¿por qué?, y ¿en qué sentido?, se preguntó mientras rascaba de la paleta todos aquellos montoncitos de azul y verde, que ahora le parecían terrones inertes, aunque se prometiese a sí misma que al día siguiente les insuflaría vida y les obligaría a moverse, a fluir y a obedecer sus órdenes. ¿En qué era distinta? ¿En que consistía ese ánimo esencial gracias al cual si uno encontraba un guante olvidado en el sofá sabía, sin la menor duda, que era suyo por el modo en que estaba retorcido el dedo? Era rápida como un pájaro, directa como una flecha. Era testaruda y mandona. (Claro, se dijo Lily, que estoy pensando en sus relaciones con las mujeres, y yo soy mucho más joven, una persona insignificante que vive en Brompton Road.) Abría las ventanas de los dormitorios. Cerraba las puertas. (Estaba tratando de capturar la esencia de la señora Ramsay.) Como cuando llegaba tarde por la noche, llamaba levemente con los nudillos a la puerta del dormitorio, envuelta en un viejo abrigo de piel (pues así era siempre el engaste de su belleza: apresurado y apropiado al mismo tiempo) e imitaba a quienquiera que fuese: a Charles Tansley que había extraviado su paraguas, al señor Carmichael resoplando y arrastrando los pies, al señor Bankes diciendo: «Las verduras están sosas». Todo lo representaba con suma habilidad e incluso lo alteraba con picardía, y luego se acercaba a la ventana —estaba amaneciendo, se veía el sol naciente—, daba media vuelta y en un tono más íntimo, pero sin dejar de reír, le insistía en que se casara, en que Minta también debía casarse, en que todos debían hacerlo pues, por muchos laureles que le deparase la suerte (aunque a la señora Ramsay le traía sin cuidado su pintura) y por muchos triunfos que pudiera cosechar (probablemente la señora Ramsay hubiese tenido los suyos), nadie en el mundo le discutiría —y al llegar aquí se entristecía, una nube cruzaba su semblante y volvía a tomar asiento— que una mujer soltera (al decirlo la cogía un momento de la mano) se ha perdido lo mejor de la vida. La señora Ramsay escuchaba y la casa parecía llena de niños durmiendo, de luces veladas y de respiraciones reposadas.
Sí, respondía Lily, pero también estaba su padre, su casa, e incluso, si se hubiera atrevido a decirlo, su pintura. Pero aquello parecía tan poca cosa, tan virginal, comparado con lo demás. Sin embargo, a medida que se hacía de noche y la luz se colaba por las cortinas, e incluso de vez en cuando algún pájaro gorjeaba en el jardín, hacía desesperadamente acopio de valor e insistía en que ella era una excepción a esa ley universal y defendía su causa: le gustaba estar sola, le gustaba ser ella misma, no estaba hecha para aquello, y por eso tenía que enfrentarse a la mirada de unos ojos tan serios y de una hondura tan incomparable y a la sencilla convicción de la señora Ramsay (que ahora parecía otra vez una niña) de que su querida Lily, su pequeña Brisk, era una tonta. Recordaba que luego había apoyado la cabeza en el regazo de la señora Ramsay y se había echado a reír sin parar de una manera casi histérica al pensar en la señora Ramsay presidiendo con calma inmutable unos destinos que no comprendía lo más mínimo. Ahí estaba seria y sencilla. Ahora sí que había captado su esencia, ese era el dedo retorcido del guante. Pero ¿en qué santuario había penetrado? Lily Briscoe había alzado la cabeza por fin, y ahí seguía ella totalmente ignorante del motivo que había causado su risa, aún presidiéndolo todo, pero ya sin la menor huella de testarudez, y en su lugar algo tan claro como el espacio que por fin dejan al descubierto las nubes: ese pedacito de cielo que descansa junto a la luna.
¿Sería sabiduría? ¿Conocimiento? ¿O se trataría, una vez más, de la engañosa apariencia de la belleza, que hacía que las propias percepciones se enredaran en una maraña de oro en su búsqueda de la verdad? ¿No encerraría en su interior algún secreto de esos que Lily estaba convencida de que la gente tenía que tener para que el mundo siguiera girando? No todo el mundo podía ser tan aturullado ni vivir tan al día como ella. Pero si lo sabían, ¿podían contarlo? Sentada en el suelo, con los brazos en torno a las rodillas de la señora Ramsay, se apretó contra ella cuanto pudo y sonrió al pensar que ella nunca sabría la razón de la fuerza de su abrazo, imaginó que en las estancias del cerebro y el corazón de la mujer a la que estaba abrazando físicamente había, igual que en la cámara del tesoro en las tumbas de los reyes, tablas con inscripciones sagradas que le enseñarían a una todo si pudiera leerlas, pero que nunca se expondrían abiertamente ni se harían públicas. ¿Con qué mañas, accesibles solo al amor o a la astucia, podría una abrirse paso hasta esas cámaras secretas? ¿Mediante qué estratagema podía convertirse, como las aguas que se vierten en una jarra, inextricablemente en uno y lo mismo con el objeto de la propia adoración? ¿Podría lograrlo el cuerpo, o la imaginación colándose subrepticiamente por los intrincados pasadizos del cerebro? ¿O el corazón? ¿Podría el amor, como lo llamaba la gente, hacer que ella y la señora Ramsay fuesen un único ser?, ella no aspiraba al conocimiento, sino a la unidad, no quería descifrar las inscripciones de las tablas, ni nada que pudiera escribirse en un lenguaje humano, sino alcanzar la intimidad en sí misma, que es una forma de conocimiento, había pensado mientras apoyaba la cabeza en la rodilla de la señora Ramsay.
No pasó nada. ¡Nada! ¡Nada!, mientras apoyaba la cabeza en la rodilla de la señora Ramsay. Y sin embargo, Lily sabía que su corazón atesoraba conocimiento y sabiduría. ¿Entonces cómo va a saber una esto o aquello de los demás, se había preguntado, si la gente se aísla de un modo tan hermético? Igual que una abeja, que atraída por cierta dulzura o acidez del aire, intangibles al tacto o al gusto, ronda la colmena en forma de cúpula, una recorría sola los aéreos desiertos que hay por encima de todos los países del mundo y frecuentaba el bullicio de esas susurrantes colmenas que eran las personas. La señora Ramsay se levantó. Lily se levantó. La señora Ramsay se fue. Durante varios días la envolvió —igual que después de un sueño se percibe un sutil cambio en la persona con quien uno ha soñado—, de manera más vívida que cualquier cosa que dijera, el sonido de los susurros y, sentada en el sillón de mimbre junto a la ventana del salón, adoptó para Lily una forma majestuosa: la forma de una cúpula.
Aquel rayo pasó junto al del señor Bankes y fue directo a la señora Ramsay que estaba leyendo con James sentado en sus rodillas. Pero mientras ella seguía mirando, el señor Bankes había terminado. Se había puesto las gafas. Había retrocedido un paso. Se había hecho sombra con la mano. Y estaba entornando ligeramente los ojos cuando, al incorporarse, Lily vio lo que estaba haciendo y se encogió como un perro que ve alzarse la mano que va a golpearle. Le habría arrancado el cuadro del caballete, pero se dijo: gajes del oficio. Se preparó para soportar la terrible prueba de permitir que alguien observara su cuadro. Gajes del oficio, se repitió, gajes del oficio. Y, si alguien tenía que verlo, mejor el señor Bankes que algún otro. Pero que otros ojos contemplaran el residuo de sus treinta y tres años, el poso de cada uno de los días de su vida, mezclado con algo más secreto de lo que jamás había hablado o mostrado en el curso de todos esos días era una especie de agonía. Y al mismo tiempo no podía ser más emocionante.
Nadie habría podido ser más frío y sosegado. El señor Bankes sacó un cortaplumas y golpeó el lienzo con el mango de hueso. ¿Qué quería representar con esa forma purpúrea triangular de ahí?, preguntó.
Era la señora Ramsay leyéndole a James, respondió. Sabía que él le pondría la pega de que nadie reconocería en eso una forma humana. Pero es que no había tratado de conseguir un parecido, dijo. Entonces, ¿por qué razón lo había introducido en el cuadro?, preguntó él. ¿Por qué, ciertamente?, pues porque le había parecido que, ya que aquel rincón era tan luminoso, este otro tenía que estar en sombra. Por simples, obvios y ramplones que fuesen sus motivos, el señor Bankes parecía interesado. Así que una madre y su hijo, objetos ambos de una veneración universal, y más en este caso en que la madre era famosa por su belleza, podían reducirse a una sombra purpúrea sin incurrir en una falta de respeto, meditó él.
Pero el cuadro no los representaba, objetó ella. O al menos no en ese sentido. Había otros modos de expresar esa veneración. Colocando una sombra aquí y una luz allí, por ejemplo. Su homenaje adoptaba esa forma, si es que, como ella sospechaba vagamente, un cuadro debe ser un homenaje. Una madre y un hijo podían reducirse a una sombra sin que eso indicara una falta de respeto. Una luz aquí requería una sombra allí. Él se quedó pensativo. Estaba interesado. Lo estaba considerando científicamente con total buena fe. Lo cierto era que todos sus prejuicios estaban en el polo opuesto, le explicó. El cuadro mayor de su salón, que habían alabado varios pintores, y estaba valorado en un precio mucho mayor que el que él pagó, representaba unos cerezos en flor a la orilla del Kennet. Había pasado su luna de miel a orillas del Kennet, afirmó. Lily debía ir a verlo un día, insistió. Pero ahora…, se volvió quitándose las gafas para proseguir con el examen científico de su tela. Si todo radicaba en la relación entre las masas, las luces y las sombras, cosa que, para ser sincero, no se había parado a considerar nunca, querría que le explicara… ¿qué efecto pretendía conseguir? Y señaló la escena que tenían delante. Ella lo miró. Sin un pincel en la mano no podía mostrarle lo que pretendía conseguir, pues ni siquiera acertaba a verlo ella misma. Adoptó de nuevo la postura que utilizaba siempre cuando pintaba, con la mirada perdida y el aire ausente, supeditando todas sus impresiones femeninas a algo mucho más general y sometiéndose una vez más al poder de aquella visión que había tenido antes con tanta claridad y que ahora debía buscar a tientas entre setos, casas, madres e hijos: su cuadro. Todo era cuestión, recordó, de conectar aquella masa de la derecha con la de la izquierda. Podría hacerlo alargando la línea de la rama de este modo, o llenando el hueco de delante con un objeto (tal vez James) de este otro. Pero el peligro era que al hacerlo se perdiera la unidad del conjunto. Se interrumpió, no quería aburrirle, apartó lentamente el lienzo del caballete.
Pero lo habían visto, se lo habían arrebatado. Aquel hombre había compartido con ella algo profundamente íntimo. Y, dando gracias por ello al señor y a la señora Ramsay, así como a la hora y al lugar, concediendo al mundo un poder que no había sospechado que poseyera: que ya no tuviese que recorrer sola la larga terraza, sino del brazo del alguien —era la sensación más extraña y más estimulante del mundo—, apretó el cierre de la caja de pinturas con más fuerza de la necesaria y el chasquido pareció encerrar para siempre en un círculo la caja de pinturas, el césped, al señor Bankes y a aquella tunanta medio salvaje de Cam, que pasó corriendo a toda prisa.
Porque Cam no rozó el caballete por escasos centímetros; no se detuvo al ver al señor Bankes, ni a Lily Briscoe, y eso que el señor Bankes, a quien tanto le habría gustado tener una hija propia, extendió la mano para pararla; tampoco se detuvo al ver a su padre a quien también esquivó por unos centímetros, ni a su madre, quien, al verla pasar disparada, la llamó: «¡Cam, ven aquí un momento!». Se alejó veloz como un pájaro, una bala o una flecha impulsada a saber por qué deseo, disparada por quién, o dirigida hacia qué destino. Lo mismo podría haber sido la visión de un obús, una carretilla, o un reino de las hadas al otro lado del seto, o tal vez fuese el esplendor de la velocidad, nadie lo supo. Pero cuando la señora Ramsay gritó: «¡Cam!» por segunda vez, el proyectil cayó a mitad de camino, y Cam volvió remoloneando con su madre no sin antes arrancar una hoja al pasar junto al seto.
¿En qué estará soñando?, se preguntó la señora Ramsay al verla tan abstraída y ensimismada en sus cosas, que tuvo que repetirle el recado dos veces: «Ve a preguntarle a Mildred si Andrew, la señorita Doyle y el señor Rayley han vuelto». Fue como si sus palabras cayeran a un pozo, cuyas aguas, aunque cristalinas, fuesen tan extraordinariamente deformantes que al descender uno las viera retorcerse hasta crear Dios sabe qué extraños dibujos en el fondo de la imaginación de la niña. ¿Qué recado le daría Cam a la cocinera?, se preguntó la señora Ramsay. Y de hecho solo tras escuchar pacientemente e informarse de que en la cocina había una anciana con las mejillas muy coloradas que se estaba tomando un tazón de sopa, la señora Ramsay logró estimular aquel instinto de papagayo que le había permitido a su hija captar con bastante exactitud las palabras de Mildred y reproducirlas ahora en un monótono sonsonete para quien tuviera la paciencia de escucharlas. Cambiando el peso de un pie al otro, Cam repitió las palabras: «No, todavía no han vuelto, y le he dicho a Ellen que recoja el servicio del té».
Así que Minta Doyle y Paul Rayley no habían regresado. Y eso equivalía a decir, pensó la señora Ramsay, que tendría que aceptarlo o darle calabazas. ¿Qué otra cosa podía significar que hubiesen salido a dar un paseo después de comer, aunque se hubiesen llevado a Andrew con ellos? Pues ni más ni menos que había decidido —y con muy buen criterio, pensó la señora Ramsay (que quería mucho a Minta)— dar el sí a aquel buen hombre, que tal vez no fuese muy brillante, aunque lo cierto era, recapacitó la señora Ramsay, al tiempo que reparaba en que James le estaba tirando de la manga para pedirle que siguiera leyéndole «La mujer del pescador», que, en el fondo de su corazón, prefería mil veces a un bobo que a uno de esos hombres inteligentes que redactan tesis doctorales, como Charles Tansley, por ejemplo. En todo caso, seguro que, a esas horas, ya habría sucedido. Pero leyó:
—«A la mañana siguiente, la mujer se despertó primero, justo al despuntar el día, y contempló desde la cama el precioso paisaje que se extendía ante sus ojos. Su marido todavía estaba desperezándose…».
Pero ¿cómo iba a rechazarlo Minta ahora? Sobre todo después de haber pasado tardes enteras deambulando con él a solas por el campo —pues Andrew estaría ocupado cazando cangrejos—, aunque tal vez Nancy también hubiese ido con ellos. Trató de recordar la imagen de ambos en el vestíbulo después de comer. Estaban mirando al cielo indecisos con respecto al tiempo, y ella había dicho, en parte por compensar su timidez y en parte para animarlos a salir (pues todas sus simpatías estaban con Paul):
—No hay una nube en varios kilómetros a la redonda.
Había oído soltar una risita disimulada al insignificante Charles Tansley, que los había seguido. Pero ella lo había dicho con toda intención. Lo que no consiguió recordar con certeza al pasar del uno al otro en su memoria fue si Nancy los había acompañado o no. Siguió leyendo:
—«“Ay, mujer”, dijo el hombre, “¿por qué tendríamos que ser reyes? Yo no quiero serlo.” “Muy bien”, respondió la mujer, “si tú no quieres, yo sí; ve a ver al Lenguado, porque quiero ser rey”.»
»Entra o sal de una vez, Cam —dijo, sabedora de que lo único que había llamado la atención de Cam era la palabra «Lenguado» y que, al cabo de un momento, empezaría a enredar y a pelearse con su hermano, como de costumbre. Cam salió disparada. La señora Ramsay siguió leyendo aliviada, pues ella y James tenían gustos parecidos y lo pasaban muy bien juntos.
»“Y cuando llegó al mar vio que tenía un color gris muy oscuro y que las olas se alzaban desde el fondo y olían a podrido. Se acercó a la orilla y dijo:
Lenguado, lenguado del mar,
te lo ruego venme a escuchar
que mi buena mujer
su voluntad quiere imponer.
»“‘Bueno, ¿y qué es lo que quiere?’, respondió el Lenguado.” ¿Dónde se habrán metido?, se preguntó la señora Ramsay, leyendo y pensando al mismo tiempo, pues el cuento de “La mujer del pescador” era como el bajo que acompaña suavemente una canción y de vez en cuando irrumpe inesperadamente en la melodía. ¿Cuándo se lo dirían? Si no ocurría nada, tendría que hablar muy en serio con Minta. No podía pasarse el día deambulando así por el campo, aunque Nancy hubiera ido con ellos (volvió a tratar, sin éxito, de recordarlos de espaldas mientras se alejaban por el camino, y de contarlos). Era responsable ante los padres de Minta: la Lechuza y el Atizador. Recordó los motes que les había puesto, mientras leía. La Lechuza y el Atizador…, sí, seguro que se enfadarían si llegasen a enterarse (y tarde o temprano terminaría llegando a sus oídos) de que, durante su estancia con los Ramsay, habían visto a su hija etcétera, etcétera. “Llevaba una peluca en la Cámara de los Comunes, y ella le esperaba solícita en lo alto de las escaleras”, repitió repescándolos en la memoria gracias a una frase que había inventado, al volver de una fiesta, para divertir a su marido. ¡Ay, Señor!, se dijo la señora Ramsay, ¿cómo se las habrían arreglado para tener una hija tan extraña como aquel marimacho de Minta que se paseaba por ahí con las medias rotas? ¿Cómo se las arreglaría para sobrevivir en aquel ambiente tan pomposo donde la doncella se pasaba el día quitando con un recogedor la arena que había esparcido el loro, y donde la conversación se reducía casi exclusivamente a las hazañas (interesantes tal vez, pero después de todo muy limitadas) de aquel pájaro? Como es lógico, la habían invitado a comer, a tomar el té, a cenar, y por fin a quedarse con ellos en Finlay, lo que había dado pie a más roces con la Lechuza, más llamadas y más conversaciones, más arena, hasta que acabó contándole suficientes mentiras sobre loros como para llenar una vida (eso le había dicho a su marido aquella noche en que volvían de la fiesta). El caso es que Minta vino… Sí, vino con nosotros, pensó la señora Ramsay, sospechando la presencia de alguna espina en la maraña de sus pensamientos, y al desenredarla descubrió que era esta: una mujer la había acusado una vez de “robarle el afecto de su hija” y algo que le había dicho la señora Doyle le había hecho volver a recordar aquel reproche. Le habían reprochado (a su entender de manera muy injusta) sus ganas de mandar, de interferir e imponer su voluntad a los demás. ¿Qué culpa tenía ella de dar esa impresión? Nadie podía acusarla de esforzarse por causar buena impresión. A menudo la avergonzaba su propio desaliño. Y no era cierto que fuese dominante ni tiránica. Aunque, si se referían a lo de los hospitales, el alcantarillado y la leche, no les habría faltado razón. Eran cosas que ella se tomaba muy en serio, y sobre las que le habría gustado, de haber tenido ocasión, coger a unos cuantos por el pescuezo y explicarles cuatro cosas. No había un solo hospital en toda la isla. Era una vergüenza. La leche que en Londres te dejaban en la puerta de casa, aquí estaba marrón de la porquería. Debería ser ilegal. Le habría encantado fundar una lechería modélica y un hospital. Pero ¿cómo iba a hacerlo con tantos hijos? Cuando fuesen mayores tal vez dispusiera de más tiempo, cuando estuviesen en el colegio.
¡Oh!, pero en realidad no quería que James se hiciese mayor, ni Cam tampoco. Le gustaría que los dos siguieran siendo lo que eran ahora, perversos diablillos y angelitos encantadores, y no tener que verlos convertidos en monstruos zanquilargos. Nada compensaba aquella pérdida. Mientras le leía a James «y había cientos de soldados con timbales y trompetas» y veía cómo se le ensombrecía la mirada, pensó: ¿por qué tendrán que crecer y perder todo esto? Era el más inteligente y sensible de sus hijos. Aunque todos eran muy prometedores. Prue era un auténtico ángel con los demás, y a veces, sobre todo de noche, era tan guapa que cortaba la respiración. Andrew…, incluso su marido admitía que tenía un don extraordinario para las matemáticas. Nancy y Roger eran como animalillos salvajes, todo el día corriendo por el campo. En cuanto a Rose, tenía la boca demasiado grande, pero se le daban de maravilla los trabajos manuales. Siempre que interpretaban alguna farsa, Rose se encargaba de fabricar los trajes, se ocupaba de todo, le gustaba arreglar la mesa, las flores o cualquier otra cosa. No le gustaba que Jasper cazara pájaros, pero no era más que una etapa; todos atravesaban distintas etapas. ¿Por qué, se preguntó apoyando la barbilla contra la cabeza de James, crecerían tan deprisa? ¿Por qué tendrían que ir a la escuela? Le habría gustado tener siempre un bebé. Era tan feliz cuando tenía uno en brazos. Y, si la gente decía que era tiránica, mandona y dominante, tanto peor para ellos, a ella le traía sin cuidado. Rozó el cabello del niño con los labios y pensó que James no volvería a ser tan feliz, pero se interrumpió al recordar lo mucho que se enfadaba su marido al oírselo decir. Aun así era cierto. Sus hijos eran ahora más felices que nunca. Un servicio de té de diez peniques bastaba para alegrar a Cam varios días. Oía sus pasos y sus gritos en el piso de arriba desde el mismo momento en que se despertaban. Luego llegaban corriendo por el pasillo. La puerta se abría de golpe y entraban más frescos que una lechuga, con los ojos muy abiertos y totalmente despiertos, como si para ellos entrar en el comedor después del desayuno fuese todo un acontecimiento a pesar de que hicieran lo mismo a diario. Y así, entre unas cosas y otras, se les pasaba el día entero, hasta que ella subía a darles las buenas noches y los encontraba metidos en sus camas como pajaritos entre las cerezas y las frambuesas, todavía inventándose historias sobre cualquier tontería: algo que habían oído o que habían encontrado en el jardín. Todos tenían sus pequeños tesoros… Y ella bajaba y le decía a su marido lo de que por qué tendrían que crecer y perder todo aquello y lo de que no volverían a ser tan felices. Y él se enfadaba. ¿Por qué ver la vida de un modo tan lúgubre?, preguntaba. Era ilógico, pero estaba convencida de que, pese a toda su tristeza y desesperación, él era, en el fondo, más feliz y optimista que ella. Tal vez fuese que estaba menos expuesto a las preocupaciones cotidianas, y que siempre pudiera refugiarse en su trabajo. No es que la señora Ramsay fuese «pesimista», como él decía, sino que la vida…, y pensaba en un pequeño espacio de tiempo: sus cincuenta años. Ahí la tenía…, la vida. Pensó en su vida, pero no llegó a ninguna conclusión. La consideró, pues tenía la sensación de tenerla delante, de que era algo real e íntimo que no compartía con sus hijos ni con su marido. Ambas habían establecido una especie de acuerdo, en el que ella estaba en un lado y la vida en el otro, y la una trataba de sacar de la otra todo lo que podía, y en ocasiones parlamentaban (cuando estaba a solas); había, recordaba, grandes escenas de reconciliación; pero extrañamente tenía que reconocer que la mayoría de las veces la vida le parecía terrible, hostil y dispuesta a abalanzarse sobre una a la menor ocasión. Estaban los males de siempre: el sufrimiento, la muerte, la pobreza. Incluso en la isla había siempre una mujer muriendo de cáncer. Y aun así les había dicho a todos sus hijos: «Lo superaréis». Le había repetido una y otra vez lo mismo a ocho personas (y la factura por arreglar el invernadero ascendería a cincuenta libras). Por eso mismo, porque sabía lo que les esperaba —el amor, la ambición y el sentirse desdichados en algún lugar horrible—, se preguntaba a menudo por qué tendrían que crecer y perder todo aquello. Y luego, enfrentándose a la vida, se decía: tonterías, serán tan felices como pueda serlo cualquiera. Y ahí estaba, reflexionó, otra vez con esa sensación de que la vida era un tanto siniestra y tratando de casar a Minta con Paul Rayley, porque, independientemente de lo que pensara de su acuerdo y de haber pasado por vivencias que no le deseaba a nadie (y que ella misma no se atrevía a nombrar), se sentía impelida a decir, tal vez de forma demasiado impulsiva, como si fuese una especie de escapatoria, que la gente debía casarse y tener hijos.
¿Estaría equivocada?, se preguntó, mientras repasaba su conducta de las dos semanas pasadas y preguntándose si no habría presionado a Minta, que solo tenía veinticuatro años, para que tomara una decisión. Estaba incómoda. ¿No se lo habría tomado a risa? ¿No estaría olvidando otra vez la influencia que ejercía en los demás? El matrimonio requería…, ¡oh!, toda clase de cualidades (la factura por arreglar el invernadero ascendería a cincuenta libras); una, la más esencial —no hacía falta formularla con palabras—, lo que ella compartía con su marido, ¿la tendrían ellos?
—«Luego se puso los pantalones y echó a correr como un poseso» —leyó—. «Pero fuera rugía la tormenta y el viento era tan fuerte que apenas podía tenerse en pie: había árboles tronchados y casas derrumbadas por todas partes, las montañas temblaban, las rocas rodaban hasta el mar, el cielo estaba negro como el carbón, y tronaba y relampagueaba, y en el mar había unas olas muy negras y tan altas como campanarios o montañas coronadas de espuma.»
Pasó la página, quedaban solo unas pocas líneas, así que terminarían el cuento, aunque fuese ya hora de irse a dormir. Se estaba haciendo tarde. Se lo indicó la luz del jardín, y el blanco de las flores y un matiz grisáceo en las hojas que contribuyeron a inspirarle una sensación de desasosiego. Al principio no supo decir por qué. Luego recordó que Paul, Minta y Andrew no habían vuelto todavía. Volvió a recordar al grupo en la terraza, mirando al cielo delante de la puerta principal. Andrew llevaba su red y su cesta. Eso significaba que iba a pescar cangrejos u otros bichos parecidos. Y también que treparía a alguna roca y se quedaría atrás. O que, al volver en fila india por los estrechos senderos del acantilado, cualquiera de ellos podía resbalar, rodar por la pendiente y matarse. Cada vez estaba más oscuro.
Sin embargo, no alteró lo más mínimo su tono de voz al terminar el cuento y añadió, cerrando el libro y pronunciando las últimas como si las hubiera escrito ella, mientras miraba a James a los ojos:
—«Y aún hoy siguen viviendo allí.»
»Se terminó —dijo y vio cómo, a medida que se apagaba en los ojos de su hijo el interés por el cuento, ocupaba su lugar algo diferente, indefinido y maravilloso, que le hizo mirar extasiado. Volviéndose, la señora Ramsay miró hacia la bahía, y allí, llegando regularmente a través de las olas primero en dos rápidos destellos y luego en uno más largo y prolongado, estaba la luz del faro. Acababan de encenderlo.
De un momento a otro le preguntaría: «¿Iremos al faro?». Y ella tendría que decirle: «No, mañana no, tu padre dice que no». Por suerte, Mildred entró a buscarlos y se distrajeron con el ajetreo. Pero él siguió mirando por encima del hombro mientras Mildred se lo llevaba, y ella supo lo que estaba pensando: mañana no iremos al faro, y comprendió que su hijo lo recordaría toda su vida.
No, pensó mientras amontonaba alguna de las ilustraciones que había recortado James —un refrigerador, un cortacésped, un caballero de etiqueta—, los niños nunca olvidan. Por eso tenía tanta importancia lo que una hacía y les decía, y por eso se sentía tan aliviada cuando se iban a la cama. Porque así ya no tenía que pensar en nadie. Cuando estaba sola podía ser ella misma. Y últimamente sentía a menudo la necesidad de… pensar, aunque ni siquiera se trataba de eso, lo único que necesitaba era estar sola y en silencio. La existencia y sus ruidosos, expansivos y rutilantes quehaceres se evaporaban y todo se reducía, con una especie de solemnidad, a ser ella misma: un núcleo de oscuridad con forma de cuña e invisible para los demás. Aunque siguiera tejiendo sentada muy erguida era así como se sentía; y aquel ser, una vez desprovisto de todo lo superfluo, era libre de vivir las más extrañas aventuras. Cuando la vida se subsume por un instante, la experiencia parece carecer por completo de límites. Y ella suponía que todo el mundo tenía aquella sensación de disponer de recursos ilimitados: uno tras otro, ella, Lily, Augustus Carmichael debían darse cuenta de que nuestra apariencia, las cosas por las que se nos conoce, es meramente pueril. Por debajo todo es oscuro, vasto y de una profundidad insondable; solo de vez en cuando salimos a la superficie y eso es lo que ven los demás. Su horizonte le parecía ilimitado. Tenía ante ella todos los lugares que no había visto nunca: las llanuras de la India, tuvo la sensación de estar apartando la pesada cortina de una iglesia en Roma. Aquel núcleo de oscuridad podía ir a cualquier parte, pues nadie lo veía. No podían detenerlo, pensó exultante. Disponía de libertad, paz, y, sobre todo, y eso era lo que más agradecía, de la ocasión de recogerse y descansar sobre una base sólida. Por experiencia sabía que es imposible descansar siendo uno mismo (hizo un hábil movimiento con las agujas), y que es preciso convertirse antes en una cuña de oscuridad. Al despojarse de la personalidad, desaparecen las prisas, los agobios, las preocupaciones —a sus labios acudió una exclamación de triunfo sobre la vida, como le ocurría siempre que lograba aquella paz, aquel reposo y aquella eternidad—. Interrumpió la labor y alzó la vista para contemplar el destello del faro, el destello más largo y prolongado, el último de los tres, que era su favorito; porque, siempre que contemplaba las cosas a esas horas y con aquel estado de ánimo, terminaba prefiriendo una de ellas sobre todas las demás; y aquel destello largo y prolongado era su favorito. A menudo se quedaba mirando algo, con la labor entre las manos, hasta hacerse uno con el objeto que estuviera contemplando, como por ejemplo aquella luz. Y entonces acudía a su recuerdo alguna frase que yacía en lo más hondo de su imaginación como aquello de «Los niños nunca olvidan», que se repetía una y otra vez, hasta que empezaba a añadir: «Ya se pasará, ya se pasará», decía. «Todo llegará, todo llegará», y de pronto añadió: «Estamos en manos del Señor».
Pero enseguida se enfadó consigo misma por decir aquello. ¿Quién lo había dicho?, ella no; le habían tendido una trampa para que dijese algo que no quería decir. Miró por encima de la labor, se encontró con el tercer destello y tuvo la impresión de que sus ojos se reflejaran en sí mismos y rebuscaran en el fondo de su imaginación y su corazón purificándolos y librándolos de esa y de cualquier otra mentira. Al alabar aquella luz era como si se alabase a sí misma, pero sin rastro de vanidad, pues era tan seria, perspicaz y hermosa como aquella luz. Era raro, pensó, que cuando una estaba sola se apoyase así en las cosas inanimadas: en los árboles, los torrentes, las flores; que sintiera que la expresaban a una; que se identificara con ellas y creyera que la conocían; que, en cierto sentido, llegasen a ser una sola cosa; que sintiese por ellas la misma ternura irracional (contempló el largo y prolongado destello) que por sí misma. Y, mientras miraba aquella luz con las agujas detenidas un instante, se alzó formando volutas desde lo más profundo de su imaginación, desde el lago más íntimo de su ser, una niebla, como una novia al encuentro de su amado.
¿Qué la habría impulsado a decir eso de «Estamos en manos del Señor»?, se preguntó. La falta de sinceridad que se cuela entre las verdades la irritaba. Volvió a su labor. ¿Cómo podría haber creado el mundo el Señor?, se preguntó. Su inteligencia le había hecho comprender desde siempre que no existen la razón, el orden y la justicia, sino el sufrimiento, la muerte y la pobreza. Sabía que no hay traición tan rastrera que no encuentre un lugar en este mundo. Y también que la felicidad nunca es duradera. Siguió tejiendo con compostura, frunciendo levemente los labios y, sin darse cuenta, endureció los rasgos de su semblante con tanta seriedad que su marido, aunque iba riéndose de pensar que Hume, el filósofo, estaba tan gordo que se había quedado atascado en una ciénaga, no pudo sino reparar en que esa misma severidad era el fundamento de su belleza. Eso le entristeció, su aire ausente le dolió y al pasar sintió que no podía protegerla y cuando llegó al seto se sintió muy triste. No podía hacer nada por ayudarla. Solo quedarse allí observándola. La horrible verdad era que era un lastre para ella. Era irritable y quisquilloso. Había perdido la paciencia con lo del faro. Contempló las intrincadas y oscuras ramas del seto.
La señora Ramsay pensaba que siempre que se renuncia a la soledad se hace a regañadientes, aprovechando como excusa alguna pequeñez, algún ruido, una imagen. Escuchó, pero todo estaba en silencio: se habían callado los grillos, los niños estaban en el baño, tan solo se oía el mar. Dejó de tejer, sostuvo el calcetín marrón rojizo colgando entre sus manos un instante. Volvió a ver la luz del faro. Con cierta ironía en su mirada interrogante, pues cuando uno despierta, cambian las relaciones con las cosas, contempló aquel largo destello, despiadado e implacable, que tanto y tan poco se parecía a ella, a cuyas órdenes estaba (se despertaba por la noche y lo veía plegarse sobre su cama y acariciar el suelo), y, pese a todo lo que pudiera pensar, lo observó fascinada, hipnotizada, como si estuviese acariciando con sus dedos plateados algún vaso sellado en su cerebro que al estallar la inundaría de gozo, había conocido la felicidad, una felicidad exquisita e intensa, y las olas encrespadas se fueron tornando plateadas y brillantes a medida que el día se extinguía, y el mar dejaba de ser azul y se deshacía en olas de intenso color limón que se curvaban e hinchaban y rompían contra la playa y aquel éxtasis estalló ante sus ojos y olas de puro deleite recorrieron el fondo de su imaginación hasta que pensó: ¡basta!, ¡basta!
Él dio media vuelta y la vio. ¡Ah! Estaba encantadora, más adorable que nunca. Pero no fue capaz de hablarle. No osó interrumpirla. Se moría de ganas de hablar con ella ahora que James se había ido y por fin estaba sola. Pero decidió no hacerlo y no interrumpirla. Su belleza y su abatimiento la apartaban de él. Resolvió dejarla en paz, y pasó a su lado sin decir palabra, aunque le doliera verla tan distante y no poder alcanzarla, ni ayudarla. Y habría pasado de largo sin hablarle, si en ese momento ella no le hubiese dado por voluntad propia lo que sabía que él no se atrevería a pedirle, y no lo hubiera llamado, no hubiese cogido el chal verde del marco del cuadro y no hubiese acudido a su encuentro. Pues sabía que él deseaba protegerla.
Se echó el chal verde por encima de los hombros. Lo cogió del brazo. Era tan guapo, dijo enseguida refiriéndose a Kennedy, el jardinero, tan apuesto, que no se veía con ánimos de despedirlo. Había una escalera apoyada contra el invernadero, y pequeños montoncitos de masilla pegados aquí y allá, pues estaban empezando a arreglar el tejado. Sí, pero mientras paseaba con su marido, tuvo la sensación de haber identificado el motivo de su preocupación. A punto estuvo de decirle: «Costará cincuenta libras», pero en lugar de eso, pues siempre le costaba mucho hablar de dinero, le dijo que Jasper andaba por ahí disparándole a los pájaros, y él la tranquilizó sin dudarlo diciendo que era algo natural en los niños y que confiaba en que pronto encontrase un modo mejor de divertirse. Su marido era tan sensato, tan ecuánime. La señora Ramsay dijo: «Sí, todos los niños pasan por etapas», luego llamó su atención sobre las dalias del macizo más grande, mientras se planteaba qué hacer con las flores al año siguiente y le preguntó si había oído el mote que le habían puesto los niños a Charles Tansley. El ateo, le llamaban, el pequeño ateo.
—No puede decirse que sea un tipo muy refinado —dijo el señor Ramsay.
—No, desde luego —respondió ella.
La señora Ramsay añadió que suponía que podían dejar que se las compusiese como mejor pudiera, mientras se preguntaba si valdría la pena enviar unos bulbos, ¿los plantarían?
—¡Oh! Tiene su tesis —contestó el señor Ramsay.
Ella respondió que ya lo sabía. No hablaba de otra cosa. Trataba de la influencia de alguien sobre no sé qué.
—Tampoco tiene mucho más que hacer —observó el señor Ramsay.
—Dios quiera que no le dé por enamorarse de Prue —suspiró la señora Ramsay.
Su marido respondió que, si se casaba con él, la desheredaría. No estaba mirando las flores de las que le hablaba su mujer, sino un punto situado unos veinte centímetros más arriba. Era inofensivo, observó, y a punto estuvo de añadir que era el único joven de Inglaterra que admiraba su…, pero se tragó las palabras. No volvería a aburrirla con sus libros. Las flores tenían una pinta espléndida, dijo el señor Ramsay, bajando la vista y topándose con algo entre marrón y rojo. Sí, pero aquellas las había plantado ella con sus propias manos, respondió su mujer. La cuestión era qué ocurriría si enviaba los bulbos. ¿Los plantaría Kennedy? La suya era una pereza incurable, añadió volviendo a emprender la marcha. Solo estándole encima todo el día pala en mano, conseguía a veces hacerle trabajar un poco. Siguieron andando hacia las tritomas.
—A este paso, conseguirás que tus hijas sean exageradas como tú —la regañó él.
La señora Ramsay respondió que la tía Camilla era mil veces más exagerada que ella.
—Que yo sepa nadie ha escogido a tu tía Camilla como un dechado de virtudes —replicó el señor Ramsay.
—Pues era la mujer más hermosa que he conocido —dijo la señora Ramsay.
—Yo sé de otra de quien se podría decir lo mismo —respondió su marido.
Prue iba a ser muchísimo más guapa, observó ella, y el señor Ramsay contestó que no se había dado cuenta.
—Pues fíjate bien en ella esta noche —respondió su mujer.
Se detuvieron. Él dijo que ojalá pudiera convencer a Andrew para que estudiara más. De lo contrario tal vez no consiguiera la beca.
—¡Y dale con las becas! —exclamó ella.
El señor Ramsay pensó que era una tontería hablar así de una cosa tan seria como una beca. Y afirmó que se sentiría muy orgulloso de Andrew si le concedieran la beca. Ella respondió que estaría igual de orgullosa aunque no se la dieran. Nunca se ponían de acuerdo en aquello, pero no importaba. A ella le gustaba que él creyera en las becas, y a él que su mujer se sintiera orgullosa de Andrew hiciera lo que hiciera. De pronto, la señora Ramsay recordó los senderos al borde de los acantilados.
¿No era ya un poco tarde? Todavía no habían vuelto. Él consultó distraído el reloj. No eran más que las siete. Se quedó con el reloj en la mano un momento y decidió contarle lo que había sentido en la terraza. Para empezar, no era razonable ser tan nervioso. Andrew sabía cuidar de sí mismo. Además, quería contarle que, hacía un rato, cuando estaba en la terraza…, empezó a sentirse incómodo, como si estuviese irrumpiendo en aquella soledad, aquella lejanía y aquella ausencia suyas… Pero ella le insistió. ¿Qué quería decirle?, preguntó, pensando que tal vez tuviese que ver con la excursión al faro y con que lamentara haberle dicho «¡Dichosa mujer!». Pero no. No le gustaba verla tan triste, respondió él. No tenía importancia, solo era que se le había ido el santo al cielo, dijo ella ruborizándose ligeramente. Ambos se sintieron incómodos, como si no supieran si seguir andando o volver. Le contó que había estado leyéndole cuentos de hadas a James. No, no podían compartir aquello, no podían decirlo.
Habían llegado al hueco entre los dos macizos de rojas tritomas, y ahí tenían otra vez el faro, pero la señora Ramsay no osó mirarlo. Pensó que, de haber sabido que él estaba mirándola, no se habría quedado allí sentada pensando. Le disgustaba cualquier cosa que le recordara que había estado allí pensando. Así que miró por encima del hombro en dirección al pueblo. Las luces temblaban y se perseguían unas a otras como gotas de agua plateada arrastradas por el viento. A eso se había reducido tanta pobreza y sufrimiento, pensó la señora Ramsay. Las luces del pueblo, del puerto y de los barcos eran como una red fantasmal que flotara indicando el lugar donde había un pecio sumergido. Bueno, ya que no podía compartir sus pensamientos, se dijo el señor Ramsay, seguiría con los suyos. Quería seguir pensando y dándole vueltas a la historia de cómo Hume se había quedado atascado en una ciénaga, quería reír. Pero, en primer lugar, era absurdo preocuparse por Andrew. Cuando él tenía su edad, se pasaba el día andando por el campo, con solo unas galletas en el bolsillo, y nadie se preocupaba por él, ni pensaba que se hubiese despeñado por un acantilado. Anunció en voz alta que, si no cambiaba el tiempo, a la mañana siguiente iría a dar una caminata y pasaría el día fuera. Estaba harto de Bankes y Carmichael. Le vendría bien un poco de soledad. Ella respondió que de acuerdo. A él le molestó que no protestara, pero su mujer sabía bien que no iría a ninguna parte: era demasiado viejo para pasarse el día andando por ahí con unas galletas en el bolsillo. Se preocupaba por los chicos, pero por él ya no. Años atrás, antes de casarse, pensó el señor Ramsay mientras contemplaba la bahía junto al macizo de tritomas rojas, podía estar un día entero andando y le bastaba con comer un poco de pan con queso en alguna taberna. Trabajaba diez horas de una sentada, con una vieja que asomaba la cabeza de vez en cuando para ocuparse del fuego. Aquel de allá lejos era su sitio favorito, aquellas dunas que tan minúsculas se veían en la oscuridad. Se podía andar por ellas un día entero sin encontrar a un alma. Apenas había una casa y ni un solo pueblo en muchos kilómetros. Se podía pensar en total soledad. Había playitas de arena donde nadie había puesto el pie desde el principio de los tiempos. Las focas asomaban la cabeza para mirarte. En ocasiones pensaba que allí, solo, en una casita…, se interrumpió con un suspiro. No tenía derecho. Cuando uno es padre de ocho hijos…, recordó. Sería un animal y un canalla si pretendiera cambiar algo. Andrew sería mejor persona que él. Prue sería toda una belleza, o eso decía su madre. Contendrían un poco la marea. En conjunto, no era tarea pequeña haber tenido ocho hijos. Demostraba que no repudiaba del todo aquel mísero y pequeño universo, aunque, en una tarde como aquella, pensó mientras contemplaba la costa que se desdibujaba a lo lejos, la islita pareciera patéticamente pequeña y medio engullida por el mar.
—¡Qué sitio más deprimente! —murmuró con un suspiro.
Su mujer lo oyó. Decía cosas muy tristes, pero la señora Ramsay había reparado en que, nada más decirlas, parecía más alegre de lo habitual. Todas aquellas frases no eran más que un juego, pensó, pues si ella creyera la mitad de lo que él decía, ya haría tiempo que se habría volado la tapa de los sesos.
Le incomodaba esa manía suya de hacer frases, y respondió en tono prosaico que era una tarde preciosa. Luego le preguntó, medio en broma medio en serio, de qué se quejaba, pues sospechaba que estaba pensando que, de no haberse casado, habría escrito libros mejores.
No se quejaba, respondió él. La señora Ramsay sabía que era cierto. Sabía que no tenía motivos para hacerlo. Y él le cogió la mano, se la llevó a los labios y la besó con una intensidad que hizo que a su mujer se le saltaran las lágrimas, enseguida se la volvió a soltar.
Dejaron atrás la vista de la bahía y echaron a andar cogidos del brazo por el sendero donde crecían unas plantas como lanzas de color verde plateado. Su brazo, delgado y fibroso, era casi como el de un joven, pensó complacida la señora Ramsay al reparar en lo fuerte, indomable y optimista que seguía siendo, a pesar de haber cumplido ya los sesenta años, y en lo extraño que era que, a pesar de estar convencido de toda clase de horrores, la idea no pareciera deprimirlo, sino más bien alegrarle. ¿No era raro?, reflexionó, en ocasiones le parecía que estaba hecho de una pasta distinta a la de los demás mortales, como si fuese ciego, sordo y mudo de nacimiento para las cosas normales y en cambio tuviese vista de águila para todo lo que se salía de lo normal. En ocasiones la asombraba su inteligencia. Pero ¿veía las flores? No. ¿Reparaba en el paisaje? No. ¿Se percataba al menos de la belleza de su propia hija, o de si lo que tenía en el plato era un trozo de pudin o rosbif? Se sentaba a la mesa con ellos como un sonámbulo. Y mucho se temía que su costumbre de hablar o recitar poesía en voz alta, pudiese estar yendo en aumento, pues a veces resultaba un poco violento, la pobre señorita Giddings se llevó un susto de muerte cuando le gritó:
¡Acompáñame, eres la mejor y la más radiante!*
Sin embargo, la señora Ramsay tomó partido enseguida por su marido frente a todas las remilgadas señoritas Giddings del mundo y le dio a entender con una ligera presión en el brazo que iba demasiado deprisa para ella y que debía pararse un momento para ver si aquellas toperas de la ladera eran recientes, luego se agachó para mirar y pensó que una inteligencia superior como la suya debía de ser distinta en todo a las de los demás. Todos los grandes hombres que había conocido, pensó, decidiendo que debía de haberse colado algún conejo, eran iguales, y a los jóvenes les venía bien verlo y oírlo (aunque a ella el ambiente cargado y deprimente de las aulas se le hiciera casi insoportable). ¿Pero cómo echar de allí a los conejos si no los cazaban?, se preguntó. Podía ser un conejo o un topo. Lo que estaba claro era que algún animal le estaba estropeando las onagras. Y, al alzar la mirada, vio por encima de los finos árboles el primer latido de la estrella más brillante del firmamento, y quiso mostrársela a su marido, pues verla le causaba un profundo placer. Pero se contuvo. Él no veía las cosas. Si lo hiciera, se limitaría a decir: «¡Qué mundo más deprimente!», con uno de sus suspiros.
Entonces, él observó: «Son muy bonitas», para complacerla y fingió admirar las flores. Pero ella sabía muy bien que no las admiraba, y que ni siquiera se daba cuenta de que estuviesen allí. Lo hacía solo por complacerla. ¡Ah!, pero ¿no era Lily Briscoe quien estaba paseando con William Bankes? Dirigió la mirada miope hacia las espaldas de aquella pareja que se alejaba. Sí que lo era. ¿Y no sería eso señal de que podían acabar casándose? ¡Pues claro que sí! ¡Qué idea tan magnífica! ¡Tenían que casarse!
Había estado en Ámsterdam, iba diciendo el señor Bankes mientras paseaba por el césped con Lily Briscoe. Había visto los cuadros de Rembrandt. Había estado en Madrid, aunque por desgracia era Viernes Santo y El Prado estaba cerrado. Había estado en Roma. ¿La señorita Briscoe nunca había estado en Roma? ¡Oh!, debería ir. Para ella sería una vivencia maravillosa: la capilla Sixtina, Miguel Ángel; y Padua, con sus Giottos. Su mujer había tenido mala salud los últimos años y no habían podido viajar mucho.
Ella había estado en Bruselas y en París, pero solo en una visita relámpago para ver a una tía enferma. Había estado en Dresde, donde se encontró con montones de pinturas que no había visto; en todo caso, reflexionó Lily Briscoe, tal vez fuese mejor no ver tantos cuadros: solo servía para que se sintiera irremediablemente insatisfecha con su propia obra. El señor Bankes opinaba que tampoco había que exagerar. No todos podemos ser Ticianos, igual que no todos podemos ser Darwins, dijo al tiempo que dudaba si podría haber habido un Darwin y un Ticiano de no ser por la gente corriente como ellos. A Lily le habría gustado hacerle un cumplido, querría haberle dicho: usted no es una persona corriente, señor Bankes. Pero él no necesitaba cumplidos (la mayoría de los hombres sí, pensó Lily), y se avergonzó un poco de su impulso y no dijo nada, mientras él apuntaba que tal vez lo que decía no pudiera aplicarse a la pintura. En todo caso, afirmó Lily, descartando aquella pequeña falta de sinceridad, ella continuaría pintando siempre porque era lo que más le gustaba. Sí, respondió el señor Bankes, estaba seguro de que lo haría. Cuando llegaron al borde del césped de la pista de tenis le preguntó si no tenía dificultades para encontrar motivos de inspiración en Londres, y en ese momento se volvieron y vieron a los Ramsay. ¡Conque eso es el matrimonio…!, pensó Lily: un hombre y una mujer contemplando a una niña pequeña que juega a la pelota. Eso es lo que la señora Ramsay trató de decirme la otra noche, pensó. La anfitriona llevaba un chal de color verde, y ella y su marido miraban muy juntos cómo Prue y Jasper se lanzaban la pelota. Y de pronto ese significado que, sin razón alguna, desciende sobre las personas, tal vez cuando están bajando del metro o llamando al timbre, y los convierte en simbólicos y representativos, descendió sobre ellos y los convirtió, mientras estaban allí de pie a la luz del crepúsculo, en los símbolos del matrimonio, marido y mujer. Luego, al cabo de un instante, aquel perfil simbólico que trascendía a las figuras reales desapareció y volvieron a ser, como cuando se los encontraron, el señor y la señora Ramsay viendo a sus hijos jugar a la pelota. Y aun así, por un instante, aunque la señora Ramsay los saludó con su acostumbrada sonrisa —¡oh!, está pensando que seguro que acabaremos casándonos, se dijo Lily— y dijo: «Esta noche me he salido con la mía», refiriéndose a que, por una vez, el señor Bankes había aceptado cenar con ellos y no iba a salir corriendo a su apartamento, donde su criado cocinaba las verduras como es debido, aun así, por un instante, perduró aquella sensación de que todo se había hecho pedazos, aquella sensación de espacio e irresponsabilidad, mientras la pelota se elevaba en el aire, y ellos la seguían y la perdían de vista y contemplaban la estrella solitaria en el cielo y las ramas cubiertas de hojas. Bajo aquella luz tan tenue todos parecían nítidamente recortados, etéreos y separados por grandes distancias. Luego, retrocediendo por aquel vastísimo espacio (pues era como si cualquier tangibilidad hubiese desaparecido por completo), Prue salió disparada hacia donde estaban ellos, cogió la pelota limpiamente en el aire con la mano izquierda y su madre dijo: «¿Todavía no han vuelto?», y rompió así el hechizo. El señor Ramsay se sintió libre de reírse a carcajadas de Hume, que se había quedado atascado en una ciénaga, y a quien había rescatado una vieja a condición de que rezara un padrenuestro, y, riendo para sus adentros, volvió a su despacho. La señora Ramsay devolvió a Prue al ámbito de la vida familiar del que había escapado mientras jugaba a la pelota y le preguntó:
—¿Iba Nancy con ellos?
(Pues claro que había ido con ellos, Minta Doyle se lo había pedido con su mirada muda, tendiéndole la mano cuando Nancy corría después de comer a su buhardilla, para escapar al horror de la vida familiar. Y, aunque no le apetecía, se sintió obligada a ir. No quería verse mezclada en aquello. Mientras iban por el camino hacia los acantilados, Minta no paraba de cogerla de la mano. Luego se la soltaba y al cabo de un rato se la volvía a coger. ¿Qué sería lo que quería?, se preguntaba Nancy. La gente siempre quería alguna cosa, por eso cuando Minta la cogió de la mano y no la soltó, Nancy vio, a regañadientes, desplegarse el mundo ante sus ojos, como quien vislumbra Constantinopla a través de la niebla, y, por muy adormilado que esté, no tiene más remedio que preguntar: «¿Eso es Santa Sofía?»; «¿Aquello de allá es el Cuerno de Oro?». Así, cuando Minta la cogió de la mano, Nancy se preguntó: «¿Qué es lo que quiere? ¿Será eso?». Y ¿qué era eso? Aquí y allá surgían entre la niebla (mientras Nancy contemplaba la vida desplegada ante sus ojos) un pináculo, una cúpula, lugares sin nombre que sobresalían. En cambio, cuando Minta le soltó la mano, como hizo cuando corrieron ladera abajo, todo, la cúpula, el pináculo y los lugares que asomaban entre la niebla, volvió a hundirse en ella y desapareció.
Minta, observó Andrew, estaba hecha toda una excursionista. Vestía una ropa mucho más adecuada que la mayoría de las mujeres, faldas muy cortas y pantalones de golf negros. Era capaz de meterse en un arroyo para atravesarlo chapoteando. A él le gustaba su temeridad, aunque comprendía que no era nada sensata: acabaría rompiéndose la crisma del modo más absurdo. Era como si no le temiera a nada, excepto a los toros. Le bastaba con ver a un toro en el campo para salir huyendo, chillando y agitando los brazos, que es, claro, la mejor manera posible de enfurecer a un toro. Aunque había que admitir que no le importaba lo más mínimo reconocerlo. Si de toros se trataba, era una cobarde redomada, decía. Suponía que debían de haberla zarandeado mucho en el cochecito cuando era un bebé. No parecía darle la menor importancia a nada de lo que hacía o decía. Sin venir a cuento, le daba por asomarse al borde del acantilado y cantar una canción que decía:
Malditos sean, malditos sean tus ojos.*
Y no les quedaba más remedio que unirse a ella y gritar a coro el estribillo:
Malditos sean, malditos sean tus ojos,
pero sería desastroso que subiera la marea e inundara los mejores terrenos de caza antes de que llegasen a la playa.
—Desastroso —asintió Paul dando un salto, y, mientras se deslizaban ladera abajo, siguió citando su guía y diciendo que «estas islas son justamente famosas por sus hermosos paisajes y la variedad y abundancia de sus especies marinas». Lo cierto era que a él tanto dar voces y tanto maldecir tus ojos, no le hacía ninguna gracia, pensó Andrew mientras se abría paso por el acantilado, ni tampoco que le dieran palmaditas en la espalda, le llamaran «muchacho» y demás…, no, no le hacía ninguna gracia. Era lo malo de salir de excursión con mujeres. Una vez en la playa, se separaron y él se marchó a la Nariz del Papa, después de quitarse los zapatos y meter en ellos los calcetines enrollados, y dejó a la pareja a su aire. Nancy se alejó con el agua por los tobillos en dirección a las rocas en busca de sus charcas favoritas y dejó también a su aire a la pareja. Se agachó para tocar las suaves anémonas marinas, que eran como de goma y estaban pegadas, igual que trozos de gelatina, a la pared rocosa. Ensimismada, convirtió la charca en el mar y los pececillos en ballenas y tiburones, después cubrió de nubes enormes aquel mundo minúsculo tapando el sol con la mano y, como Dios mismo, llevó la oscuridad y la desolación a millones de criaturas inocentes e ignorantes, por fin apartó la mano de pronto y permitió que el sol volviera a inundarlo todo. Por la pálida arena surcada por las líneas que dejaban las olas, avanzó a grandes pasos un fantástico leviatán majestuoso, orlado y desafiante (ella siguió agrandando la charca) y se deslizó entre las enormes grietas de la ladera de la montaña. Luego, Nancy desvió imperceptiblemente la mirada por encima de la charca y la posó sobre la línea borrosa donde se unían el mar y el cielo, y en los troncos de árbol que el humo de los barcos de vapor desdibujaba en el horizonte, aquella fuerza que barría brutalmente la orilla y luego se retiraba inevitablemente la dejó hipnotizada, y tanta vastedad e insignificancia (la charca había vuelto a empequeñecerse) hicieron que se sintiera atada de pies y manos y se creyera incapaz de moverse a causa de la intensidad de aquellos sentimientos que reducían eternamente su cuerpo, su vida y las vidas de la humanidad entera a la nada. Acuclillada junto a la charca, escuchó absorta las olas.
Andrew gritó que estaba subiendo la marea y ella volvió chapoteando entre las olas poco profundas hasta llegar a la orilla y echó a correr por la playa, donde, arrastrada por su propia impetuosidad y su deseo de moverse deprisa, llegó detrás de una roca y allí, ¡oh, cielos!, estaban Paul y Minta, el uno en brazos del otro y probablemente besándose. Le ofendió e indignó mucho. Ella y Andrew se pusieron los zapatos y los calcetines en silencio, sin decir ni una palabra de aquello. Incluso se trataron con cierta brusquedad. Podía haberle avisado cuando vio el cangrejo o lo que quiera que fuese, refunfuñó Andrew. No obstante, los dos pensaron: no es culpa nuestra. Ellos no habían querido que ocurriera aquel incidente tan latoso. Aun así a Andrew le irritaba que Nancy fuese una chica, y a Nancy que Andrew fuera un chico y se ataron los zapatos con destreza y apretando mucho el nudo.
Cuando llegaron a lo alto del acantilado, Minta exclamó que había perdido el broche de su abuela —el broche de su abuela, la única joya que tenía—, era un sauce llorón (tenían que haberlo visto) con perlas engastadas. Tenían que haberlo visto, dijo, con las lágrimas corriéndole por las mejillas, el broche con el que su abuela se había sujetado la cofia hasta el último día de su vida. Y ahora lo había perdido. ¡Preferiría haber perdido cualquier otra cosa! Quiso volver a buscarlo. Volvieron todos. Hurgaron, escudriñaron y miraron por todas partes. Agacharon la cabeza y se hablaron en tono seco y brusco. Paul Rayley buscó como un loco entre las rocas donde habían estado sentados. Tanto lío por un broche no le hacía ninguna gracia, pensó Andrew, mientras Paul le pedía que «buscara a fondo entre ese punto y aquel». La marea estaba subiendo muy deprisa. En un minuto el mar cubriría el lugar donde habían estado sentados. Ahora sí que no había ninguna posibilidad de encontrarlo.
—¡Nos quedaremos aislados! —chilló Minta aterrorizada.
¡Como si eso fuese posible! La misma historia que con los toros…, no sabía controlar sus emociones, pensó Andrew. Ninguna mujer sabe. El desventurado Paul tuvo que tranquilizarla. Los hombres (tanto Andrew como Paul adoptaron una actitud viril y distinta de la acostumbrada) deliberaron un momento y decidieron dejar el bastón de Rayley clavado en el lugar donde habían estado y regresar cuando bajara la marea. Ahora no podían hacer nada. Si el broche estaba allí, allí seguiría por la mañana, le aseguraron, pero Minta siguió sollozando mientras subían a lo alto del acantilado. Era el broche de su abuela, preferiría haber perdido cualquier otra cosa, y, sin embargo, Nancy notó que, aunque tal vez fuese cierto que le apenara haber perdido el broche, no lloraba solo por eso, sino por algo más. Le pareció que lo mismo podían sentarse todos a llorar con ella, pero no supo por qué.
Paul y Minta iban delante y él la consolaba diciéndole que era famoso por lo bien que se le daba encontrar cosas. De niño incluso había encontrado un reloj de oro. Se levantaría con el alba y no le cabía la menor duda de que lo encontraría. Para sus adentros pensó que todavía estaría muy oscuro, y que estaría solo en la playa y sería un poco peligroso. No obstante, siguió asegurándole que lo encontraría, y ella le respondió que de ninguna manera permitiría que se levantase al amanecer: sabía que lo había perdido, había tenido un presentimiento al ponérselo aquella tarde. Y él decidió en secreto no decírselo y salir a hurtadillas de la casa al despuntar el día y que, si no lo encontraba, iría a Edimburgo a comprarle otro igual o incluso más bonito. Así ella vería de lo que era capaz. Y cuando llegaron a lo alto de la colina y vieron las luces del pueblo a sus pies, aquellas luces que fueron asomando una tras otra le parecieron cosas que iban a ocurrirle a él: su boda, sus hijos, su casa, y, una vez llegaron al camino, que estaba ya en sombra por los arbustos, volvió a pensar que vivirían en un lugar apartado y darían largos paseos y que él la guiaría y ella iría a su lado (igual que ahora). Al llegar al cruce, pensó en la terrible vivencia por la que había pasado y en que tendría que contárselo a alguien, a la señora Ramsay, claro, pues cada vez que recordaba lo que había sido y hecho le faltaba el aire. En toda su vida no había pasado un trago peor que pedirle a Minta que se casara con él. Iría directo a ver a la señora Ramsay, porque en cierto modo tenía la sensación de que había sido ella quién le había empujado a hacerlo. Le había convencido de que era capaz de hacer cualquier cosa. Nadie lo tomaba nunca en serio. Pero ella le había convencido de que podía hacer cualquier cosa que se propusiera. Todo el día se había sentido como si lo hubiese estado observando y le hubiera seguido a todas partes (aunque sin decir palabra) como diciéndole: «Sí, puede hacerlo. Confío en usted. No espero otra cosa de usted». Le había hecho sentir eso, y en cuanto llegaran (buscó las luces de la casa al otro lado de la bahía), iría a verla y le diría: «Lo he hecho, señora Ramsay, y todo gracias a usted». Y, al subir por el camino que conducía a la casa, vio las luces en las ventanas de arriba. Debía de ser tardísimo. Se estaban vistiendo para cenar. Toda la casa estaba iluminada y tanta luz después de la oscuridad le deslumbraba. Mientras subía por el camino se dijo en tono pueril: Luces, luces, luces y, al llegar a la casa, repitió un poco aturdido: ¡Luces, luces, luces! y miró en torno a él con gesto serio. Por el amor de Dios, se dijo llevándose la mano a la corbata, no debo ponerme en ridículo.
—Sí —dijo Prue, parándose a pensar un momento, en respuesta a la pregunta de su madre—, creo que Nancy iba con ellos.
De modo que Nancy los había acompañado, mientras dejaba el cepillo, cogía el peine y decía «Adelante», al oír un golpecito en la puerta (entraron Jasper y Rose), la señora Ramsay se preguntó si el hecho de que Nancy estuviera con ellos hacía más o menos probable que les ocurriera algo; menos probable, decidió de manera bastante irracional aunque en realidad era improbable que ocurriera un accidente tan grave. No se iban a haber ahogado todos. Y volvió a sentirse sola en presencia de su vieja antagonista, la vida.
Jasper y Rose le dijeron que Mildred quería saber si debía retrasar la cena.
—Ni por la reina de Inglaterra —exclamó con afectación la señora Ramsay—. Ni por la emperatriz de México —añadió riéndose de Jasper, que compartía el gusto de su madre por la exageración.
Y si Rose quería, dijo mientras Jasper iba a transmitir el recado, la dejaría escoger las joyas que iba a ponerse. Cuando una tiene quince comensales a cenar, no se puede esperar eternamente. Empezaba a irritarle que llegaran tan tarde; era una falta de consideración, y, dejando aparte su inquietud, le molestaba que hubiesen escogido precisamente aquella noche para llegar tarde, pues quería que la cena fuese particularmente agradable ya que William Bankes había accedido por fin a cenar con ellos, e iban a comer la especialidad de Mildred: boeuf en daube. Todo dependía de que cada cosa se sirviera recién hecha. La carne, el laurel, y el vino tenían que estar en su punto. No se podía esperar. Y justo esa noche se les había ocurrido salir y volver tarde, y ahora habría que devolver los platos a la cocina y recalentarlos y el boeuf en daube se echaría a perder.
Jasper escogió un collar de ópalo, Rose uno de oro. ¿Cuál combinaba mejor con su vestido negro? Eso, ¿cuál combinaba mejor?, preguntó con aire ausente la señora Ramsay, mirándose el cuello y los hombros (pero evitando ver su rostro) en el espejo. Y luego, mientras los niños curioseaban entre sus cosas, se asomó por la ventana para contemplar una escena que siempre la divertía: los grajos tratando de decidir en qué árbol posarse. Una y otra vez parecían cambiar de idea y volvían a alzar el vuelo, porque, según creía ella, el grajo más viejo, el padre de todos ellos, el viejo Joseph, como lo llamaba la señora Ramsay, era un pájaro quisquilloso y de muy mal carácter. Era un individuo poco recomendable al que le faltaban la mitad de las plumas del ala. Le recordaba a un desastrado anciano con sombrero de copa a quien había visto tocando la trompa a la puerta de una taberna.
—¡Mira! —exclamó riéndose.
Se estaban peleando en serio. Joseph y Mary se estaban peleando. El caso es que todos volvieron a levantar el vuelo y el aire se agitó con sus alas negras y quedó recortado en exquisitas formas de cimitarra. El movimiento de las alas al batir una y otra vez —nunca lograba describirlo con la precisión necesaria para que fuese convincente— era una de las cosas que más le gustaban. «Mira», le había dicho a Rose, con la esperanza de que ella pudiera verlo con más claridad. Pues los hijos de uno a veces ven más allá que uno mismo. Pero ¿cuál sería por fin? Tenían abiertas todas las bandejas del joyero. ¿El collar de oro, que era italiano, o el de ópalo que le había traído el tío James de la India, o sería mejor ponerse el de amatistas?
—Escoged, hijos, escoged —dijo con la esperanza de que se dieran prisa.
No obstante, dejó que se tomaran su tiempo para elegirlo: sobre todo dejó que Rose cogiera este y luego aquel y los fuera colocando sobre el vestido negro, pues sabía que aquella pequeña ceremonia de escoger las joyas, que llevaban a cabo cada noche, era una de las favoritas de su hija. Por algún motivo que solo ella conocía, concedía gran importancia a aquella elección de lo que iba a llevar su madre. La señora Ramsay se preguntaba qué motivo sería ese, mientras esperaba muy quieta a que le abrochara el collar que había elegido e intuía, por experiencia propia, que debía de tratarse de alguno de esos sentimientos profundos, ocultos e inexpresables que uno siente por su madre a la edad de Rose. Como todos los sentimientos que uno inspira a los demás, la entristeció. Era tan insuficiente lo que se puede dar a cambio, y lo que pudiera sentir Rose nada tenía que ver con lo que ella era en realidad. Supuso además que, cuando su hija creciese, aquella sensibilidad tan a flor de piel le depararía muchos sufrimientos. Afirmó que ya estaba lista y que podían bajar y que Jasper, como buen caballero, podía ofrecerle su brazo, y Rose, como buena señorita, le llevaría el pañuelo (se lo entregó), ¿qué más?, ¡ah, sí!, tal vez refrescara: un chal.
—Elígeme un chal —dijo, pensando que eso alegraría a Rose, que tanto iba a sufrir en la vida—. Mirad —exclamó deteniéndose junto a la ventana del rellano—, ya están aquí otra vez. —Joseph se había posado en la copa de otro árbol—. ¿Te parece a ti —le preguntó a Jasper— que les gusta que les rompan las alas?
¿Por qué se empeñaba entonces en dispararle a Mary y al viejo Joseph? Él arrastró los pies por las escaleras y comprendió que le estaba regañando, pero no mucho, pues ella no sabía lo divertido que es dispararle a los pájaros, ni tampoco que no sienten nada, y además, por el simple hecho de ser su madre, vivía en otra región del mundo, aunque la verdad era que le divertían mucho sus historias sobre Mary y Joseph. Le hacían reír. Pero ¿cómo sabría ella que aquellos eran Mary y Joseph? ¿Acaso creía que los mismos pájaros acudían cada noche a los mismos árboles?, preguntó. Pero en ese momento su madre dejó de prestarle atención, como hacen siempre los adultos. Estaba escuchando un revuelo que se oía en el vestíbulo.
—¡Han vuelto! —exclamó, y de pronto se sintió mucho más enfadada que aliviada. Luego se preguntó, ¿habría ocurrido? Bajaría y se lo contarían…, pero no. No podían contárselo con toda aquella gente delante. Tendría que bajar, empezar a cenar y esperar. Y, como una reina que encuentra a sus súbditos reunidos en el vestíbulo, los mira desde lo alto y desciende para mezclarse con ellos, agradece en silencio su tributo y acepta su devoción y sus reverencias (Paul no movió un músculo, sino que miró al frente cuando pasó ella), bajó, atravesó el vestíbulo e inclinó levísimamente la cabeza, como si aceptara aquello que no acertaban a formular en palabras: el tributo que rendían a su belleza.
Pero se detuvo. Olía a quemado. ¿Habrían dejado el boeuf en daube demasiado tiempo en el fuego?, se preguntó. ¡Dios quisiera que no!, en ese momento el gran estruendo del gong anunció, solemne y autoritario, que todos los que estaban desperdigados por las buhardillas, los dormitorios y demás escondrijos, leyendo, escribiendo, retocándose el pelo, o abrochándose el vestido, debían interrumpir aquellas actividades, dejar cualquier utensilio en los tocadores y vestidores, las novelas y los diarios privados en las mesillas de noche y reunirse en el comedor para cenar.
¿Qué es lo que he hecho con mi vida?, se dijo la señora Ramsay al ocupar su lugar a la cabecera de la mesa y contemplar los platos que formaban círculos blancos sobre ella.
—William, usted siéntese a mi lado. Y tú aquí, Lily —dijo con voz fatigada. Paul Rayley y Minta Doyle tenían lo que sentían el uno por el otro; ella, en cambio, solo esto: una mesa enormemente larga cubierta de platos y cuchillos. Al otro extremo estaba su marido, hecho un ovillo y con el ceño fruncido. ¿Por qué? La señora Ramsay lo ignoraba, aunque le era indiferente. No lograba entender cómo había podido sentir alguna vez la menor emoción o afecto por él. Al ir a servir la sopa, tuvo la sensación de haber pasado ya por todo, de haberlo dejado todo atrás y de estar al margen, como si hubiese un remolino allí mismo y uno pudiera estar en él o fuera de él y ella estuviese fuera. Todo llega a su fin, pensó mientras uno tras otro — Charles Tansley («Siéntese allí, por favor», le dijo), Augustus Carmichael y los demás— fueron entrando en el comedor y sentándose. Y, entretanto, esperó pasivamente que alguien le respondiera, que sucediera alguna cosa. Pero estas cosas no se dicen, pensó al tiempo que servía la sopa con el cucharón.
Arqueó las cejas al pensar en la discrepancia que había entre lo que estaba pensando y lo que estaba haciendo —sirviendo sopa— y se sintió cada vez más apartada de aquel remolino, como si hubiesen bajado una persiana y, al desaparecer el color, viese las cosas tal como eran. El comedor (miró en torno a ella) estaba muy deteriorado. No había ni rastro de belleza por ninguna parte. Se contuvo para no mirar al señor Tansley. No habían intimado lo más mínimo. Cada cual seguía sentado a su aire. Y todo el esfuerzo de reunirlos, de lograr que fluyera la conversación, de que hubiera cierta creatividad, dependía de ella. Una vez más reparó, sin hostilidad, como si fuese otro hecho cualquiera, en la esterilidad de los hombres, pues si ella no lo hacía, nadie lo haría; así que dándose a sí misma esa pequeña sacudida que se da a los relojes cuando se paran, el viejo pulso de siempre empezó a latir, igual que empieza a funcionar un reloj: uno, dos tres, uno dos tres. Y así una y otra vez, repitió, escuchando, protegiendo y amparando aquel pulso todavía débil, como quien aviva una llama ayudándose de un periódico. Siempre igual, concluyó para sus adentros mientras inclinaba silenciosamente la cabeza hacia William Bankes…, ¡pobre hombre!, que no tenía mujer ni hijos y que, a excepción de esa noche, cenaba siempre solo en sus habitaciones; compadecida, aprovechó que la vida volvía a tener otra vez fuerzas para cargar con ella, y reemprendió sus ocupaciones como un marinero que, cansado, ve cómo el viento hincha las velas pero no tiene ganas de partir y piensa que, si el barco se hubiera hundido, habría dado vueltas y más vueltas hasta encontrar sosiego en el fondo del mar.
—¿Ha encontrado usted sus cartas? Pedí que se las dejaran en el vestíbulo —le dijo a William Bankes.
Lily Briscoe la observó adentrarse en esa extraña tierra de nadie donde no podemos seguir a los demás y adonde, no obstante, nos produce tales escalofríos ver partir a alguien, que siempre tratamos de seguirlos con la mirada, como cuando contemplamos un barco en la lejanía hasta que sus velas han desaparecido en el horizonte.
¡Qué mayor y qué estropeada está!, pensó Lily, y qué distante parece. Luego, cuando se volvió sonriente hacia William Bankes, fue como si el barco hubiese virado en redondo y el sol volviera a iluminar sus velas, y Lily, levemente divertida por sentir aquel alivio, pensó: ¿por qué lo compadece? Eso había creído notar cuando le dijo que sus cartas estaban en el vestíbulo. «Pobre William Bankes», parecía decir, como si su propia fatiga se debiera en parte a tener que compadecer a los demás, y esa compasión hubiese inspirado su resolución de volver a vivir. Y no era cierto, pensó Lily; era uno de esos errores de juicio típicos de ella que parecían ser instintivos y surgir de alguna necesidad propia más que de los demás. No inspira ninguna lástima. Tiene su trabajo, se dijo Lily. De pronto recordó, como si hubiese encontrado un tesoro, que ella también tenía su trabajo. Le pareció ver su cuadro como en un abrir y cerrar de ojos y pensó: Sí, pondré el cuadro en el centro, así evitaré ese hueco tan raro. Pues claro que sí. Eso es lo que tanto me desconcertaba. Cogió el salero y volvió a dejarlo sobre una de las flores del mantel, como para acordarse de que tenía que cambiar el árbol de sitio.
—Es curioso que, aunque casi nunca se reciba nada que valga la pena por correo, sigamos queriendo ver nuestras cartas —observó el señor Bankes.
Menuda sarta de tonterías, pensó Charles Tansley mientras dejaba la cuchara justo en el centro del plato, que había rebañado a la perfección como si estuviera decidido a aprovechar al máximo todas las comidas, o eso pensó Lily (se había sentado delante de ella, de espaldas a la ventana y tapándole la vista). Todo lo que le rodeaba tenía la misma fijeza austera y la misma lacónica falta de atractivo. Pero, no obstante, lo cierto era que no se podía sentir antipatía por nadie si se le miraba bien. Le gustaban sus ojos, azules, hundidos, aterradores.
—¿Escribe usted muchas cartas, señor Tansley? —preguntó la señora Ramsay, compadeciéndolo también a él, supuso Lily, pues lo cierto era que la señora Ramsay compadecía siempre a los hombres como si les faltara alguna cosa, y nunca a las mujeres, como si tuviesen algo. Escribía a su madre, por lo demás no creía que enviase más de una carta al mes, contestó secamente el señor Tansley.
No estaba dispuesto a hablar de las tonterías de las que aquella gente quería hacerle hablar. Ni a permitir que lo trataran con condescendencia unas mujeres estúpidas. Había estado leyendo en su habitación, y ahora había bajado y todo le parecía tonto, frívolo e insustancial. ¿Por qué se habían vestido para cenar? Él había bajado con la misma ropa de siempre. No tenía ropa de vestir. «Casi nunca se recibe nada que valga la pena por correo», se pasaban el día diciendo cosas así. Y hacían que los hombres también las dijeran. Y, no obstante, no les faltaba razón: en todo el año, no hacían ni una sola cosa que valiera la pena, solo hablar, hablar, y hablar, y comer, comer y comer. La culpa era de las mujeres. Las mujeres hacen que la civilización sea imposible con todo su «encanto» y demás tonterías.
—Ya se puede ir olvidando de ir al faro mañana, señora Ramsay —dijo en tono convencido. Le era simpática, la admiraba, aún recordaba cómo la había mirado el hombre de la zanja, pero creyó necesario reafirmarse.
Realmente, pensó Lily Briscoe, y a pesar de sus ojos —aunque había que ver aquella nariz y aquellas manos—, era el hombre más desagradable que había conocido. Pero ¿por qué concedía tanta importancia a lo que decía? Que las mujeres no saben escribir, que las mujeres no saben pintar, ¿qué importaba todo eso viniendo de él, y más cuando era tan evidente que ni él mismo se lo creía y que lo decía solo porque, por alguna extraña razón, así se sentía mejor? ¿Por qué se plegaba todo su ser como el trigo bajo el viento y volvía a alzarse luego con un esfuerzo tan doloroso? Tenía que volver a pintarlo. Ahí, donde la ramita del mantel, ahí está mi cuadro: tengo que desplazar el árbol al centro, eso sí que importa…, lo demás da igual. ¿No podría aferrarse a eso, se preguntó, para no perder la paciencia y discutir con él, y, si quería una pequeña venganza, tomarla burlándose de él?
—¡Oh!, señor Tansley —dijo—, lléveme con usted al faro. Me encantaría.
Estaba mintiendo adrede para que él lo notara. Por algún motivo, estaba diciendo cosas que no sentía solo por fastidiarle. Se estaba burlando de él. Llevaba puestos sus viejos pantalones de franela. No tenía otros. Se sintió muy tosco, solo y fuera de lugar. Sabía que, por algún motivo, estaba tratando burlarse de él; no quería acompañarle al faro; le despreciaba, igual que Prue Ramsay y todos los demás. En cualquier caso no estaba dispuesto a tolerar que unas mujeres se burlaran de él, así que se volvió a propósito en la silla, miró por la ventana y le espetó con brusquedad, que al día siguiente el mar estaría demasiado encrespado. Seguro que se marearía.
Le irritó que le hubiera obligado a hablar así delante de la señora Ramsay. Ojalá, pensó, estuviese ahora trabajando en su habitación acompañado de sus libros. Era el único sitio donde se sentía a sus anchas. Nunca le había debido ni un penique a nadie; desde que cumplió los quince años no le había costado a su padre ni un penique; había ayudado en casa con sus ahorros; estaba pagando la educación de su hermana. Aun así, le habría gustado saber responder correctamente a la señorita Briscoe, habría preferido no haberle espetado lo de «seguro que se marearía». También le habría gustado que se le hubiese ocurrido algo que decirle a la señora Ramsay, para demostrarle que no era un pedante de cuidado. Eso era lo que todos pensaban de él. Se volvió hacia su anfitriona. Pero la señora Ramsay estaba hablando con William Bankes de alguien a quien él no conocía.
—Sí, puede retirarlo —dijo interrumpiendo brevemente su conversación con el señor Bankes para dirigirse a la doncella—. Debe de hacer quince…, no, veinte años que no la veo —prosiguió volviéndose de nuevo hacia él como si no quisiera perderse ni un segundo de su charla, pues parecía absorbida por lo que decían. ¡De modo que había tenido noticias suyas aquella misma tarde! ¿Y no sabía si Carrie vivía aún en Marlow y todo continuaba igual que siempre? ¡Oh!, lo recordaba como si fuese ayer…, aquella excursión al río, pese al frío que hacía. Pero si los Manning planeaban alguna cosa lo hacían aunque fuese contra viento y marea. ¡Nunca olvidaría cuando Herbert mató una avispa en la orilla con una cuchara! Todavía seguía allí, pensó la señora Ramsay, mientras se deslizaba como un fantasma entre las sillas y las mesas de aquel salón a orillas del Támesis donde había pasado tanto frío hacía veinte años, pero ahora pasaba entre ellas como un fantasma; y le fascinaba que, aunque ella hubiera cambiado, aquel día concreto, ahora muy hermoso y callado, hubiese seguido allí todos esos años. ¿Le había escrito la propia Carrie?, preguntó.
—Sí. Dice que van a construir una nueva sala de billar —respondió él.
¡No! ¡No! ¡No podía ser! ¡Una sala de billar! Le parecía imposible.
Al señor Bankes no le parecía tan raro. Ahora estaban muy bien de dinero. ¿Quería que le diese recuerdos a Carrie de su parte?
—¡Oh! —respondió la señora Ramsay con un leve sobresalto—. No —respondió, pensando que no conocía a aquella Carrie que iba a construir una sala de billar nueva. Pero qué raro, repitió, con gran sorpresa por parte del señor Bankes, que siguieran allí como siempre. Le parecía extraordinario pensar que hubiesen podido seguir viviendo todos esos años en los que ella no había vuelto a pensar en ellos más que una vez. ¡Qué azarosa había sido su propia vida en ese tiempo! Aunque tal vez Carrie Manning tampoco hubiera pensado en ella. Era una idea extraña y desagradable.
—La gente se distancia con facilidad —dijo el señor Bankes, sintiendo, no obstante, cierta satisfacción al pensar que, al fin y al cabo, conocía tanto a los Manning como a los Ramsay. No se había distanciado, pensó dejando la cuchara en el plato y secándose puntilloso con la servilleta los labios bien afeitados. Aunque tal vez él fuese poco corriente, pensó. Nunca se dejaba arrastrar por la rutina. Tenía amigos en todos los círculos…
La señora Ramsay tuvo que interrumpirle para pedirle a la criada que se asegurase de que no se enfriara la comida. Por eso prefería cenar solo. Todas aquellas interrupciones le irritaban. En fin, pensó William Bankes, observando una exquisita cortesía y limitándose a extender los dedos de la mano izquierda sobre el mantel igual que un mecánico que, en un momento de ocio, observa una herramienta bien bruñida y lista para ser usada. Esos son los sacrificios que exigen de uno los amigos. La señora Ramsay se habría ofendido si hubiese rechazado su invitación. Pero no estaba a su altura. Mientras contemplaba su mano, pensó que de haber estado solo casi habría terminado la cena y ahora tendría tiempo de trabajar. Sí, pensó, es una terrible pérdida de tiempo. Los niños todavía seguían entrando.
—Agradecería que uno de vosotros subiese a buscar a Roger a su habitación —estaba diciendo la señora Ramsay.
Qué trivial es todo, qué aburrido, pensó, comparado con lo otro…, con el trabajo. Ahí estaba, tamborileando con los dedos sobre el mantel, cuando podía haber estado…, le pareció ver su trabajo como a vista de pájaro. ¡Menuda pérdida de tiempo! Pero es una de mis más viejas amigas. Mi afecto por ella roza la devoción. Y, sin embargo, en aquel momento, su presencia no significaba para él nada en absoluto: su belleza no significaba nada, ni haberla visto antes con su hijo…, nada de nada. Únicamente quería estar solo y seguir leyendo su libro. Se encontraba incómodo y tenía la sensación de estar traicionándola al hallarse a su lado y no sentir nada por ella. Lo cierto es que no le gustaba la vida familiar. Pasaba por esa situación en la que uno se pregunta: ¿Para qué vivimos? ¿A qué tantas molestias por hacer perdurar la raza humana? ¿Tan deseable es? ¿Acaso somos una especie tan interesante? No tanto, pensó al ver a aquellos niños tan desaseados. Supuso que Cam, su preferida, ya debía de estar acostada. Eran preguntas vanas y absurdas que uno no se planteaba cuando estaba ocupado. Que si la vida era esto o aquello. Normalmente no tenía tiempo de pararse a pensarlo. Pero ahí estaba preguntándoselo, y todo porque la señora Ramsay estaba dando instrucciones a los criados, y también porque a él le había impresionado pensar en lo sorprendida que parecía la señora Ramsay de que Carrie Manning siguiera existiendo y en lo frágiles que son incluso las mejores amistades. La gente se distancia. Volvió a reprochárselo. Estaba sentado al lado de la señora Ramsay y no tenía nada que decirle.
—Siento la interrupción —dijo la señora Ramsay volviéndose por fin hacia él.
Se sentía envarado y estéril, como un par de botas empapadas que, después de secarse, se hubiesen quedado tan tiesas que apenas pudiera uno ponérselas. Sin embargo, tenía que hacerlo. Debía obligarse a decir alguna cosa. Si no andaba con cuidado, ella descubriría su traición, notaría que no le importaba lo más mínimo, y sería muy molesto, pensó. Así que inclinó cortésmente la cabeza hacia donde ella estaba.
—Debe de resultarle a usted muy desagradable cenar en esta leonera —dijo la anfitriona recurriendo, como hacía siempre que estaba distraída, a sus modales mundanos.
Era igual que cuando en una reunión se plantea una discusión y el moderador, en pro de la unidad, propone que todo el mundo hable en francés. Puede que sea un francés malo y que la lengua francesa no incluya las palabras que expresan las ideas del ponente, pero la necesidad de hablarla impone cierto orden, cierta uniformidad. Respondiéndole con el mismo lenguaje, el señor Bankes dijo:
—No, no, ni mucho menos.
Y el señor Tansley, que desconocía totalmente aquel idioma aun cuando lo hablasen solo con monosílabos, sospechó en el acto de su sinceridad. Vaya si decían tonterías los Ramsay, pensó celebrando esa nueva prueba de ello y redactando mentalmente la nota que leería uno de esos días en voz alta a alguno de sus amigos. Allí, en compañía de gente a quien se podía decir lo que uno quisiera, describiría sarcásticamente su «estancia con los Ramsay» y las tonterías que decían. Por una vez valía la pena, diría, pero no es como para repetir. Y las mujeres lo aburrían muchísimo, añadiría. Claro que Ramsay se lo tenía bien merecido por haberse casado con una mujer hermosa y haber tenido ocho hijos. Algo así sería, pero en aquel momento, sentado allí con un asiento vacío al lado, todavía no lo había pensado lo más mínimo. Se sentía enormemente incómodo, incluso físicamente. Necesitaba que alguien le proporcionase la oportunidad de hacerse valer. Lo necesitaba tanto, que era incapaz de estarse quieto, miraba a uno y a otro lado, trataba de participar en la conversación, abría la boca y volvía a cerrarla. Estaban hablando de la industria pesquera. ¿Por qué nadie le preguntaba su opinión? ¿Qué sabían ellos de la industria pesquera?
Lily Briscoe lo notó. Sentada frente a él, ¿cómo no ver, igual que en una radiografía, las costillas y los fémures de la necesidad que tenía aquel joven de causar buena impresión recortados como una forma oscura en mitad de su carne, esa tenue niebla con que las convenciones sociales habían recubierto su ardiente deseo de participar en la conversación? Pero ¿por qué iba a ayudarle a desahogarse?, pensó entornando los ojos achinados al recordar cómo despreciaba a las mujeres («no saben pintar ni escribir»).
Sabía que hay un código de comportamiento, cuyo séptimo artículo (ese debe de ser) dice que, en ocasiones parecidas, corresponde a la mujer, cualquiera que sea su ocupación, correr en auxilio del joven que tiene enfrente para que pueda lucirse y aliviar los fémures y las costillas de su vanidad, y su acuciante deseo de hacerse valer; igual que ellos tienen la obligación, reflexionó, con ecuanimidad de solterona, de ayudarnos, por ejemplo, si hubiese un incendio en el metro. No me cabe la menor duda de que el señor Tansley me ayudaría a salir. Pero ¿qué ocurriría, pensó, si ninguno de los dos cumpliese con su deber? Y se quedó sonriendo en silencio.
—No estarás pensando en ir al faro, ¿verdad, Lily? —preguntó la señora Ramsay—. Recuerda al pobre señor Langley: había dado la vuelta al mundo al menos una docena de veces, pero me confesó que nunca lo había pasado tan mal como cuando mi marido lo llevó al faro. ¿Es usted buen marinero, señor Tansley? —preguntó.
El señor Tansley blandió un martillo en el aire pero cuando estaba a punto de asestar el golpe comprendió que no podía aplastar a una mariposa con semejante instrumento y se limitó a responder que no se había mareado en toda su vida. Pero en esa frase estaba implícito, como si fuese una carga de pólvora, que su abuelo había sido pescador y su padre boticario, y que él había tenido que abrirse paso en la vida, que estaba orgulloso de ello, que era Charles Tansley, un hecho en el que nadie parecía reparar, pero que uno de esos días tendrían ocasión de comprobarlo. Frunció el ceño pensando en ese momento. Casi sentía lástima por aquella gente tan amable y cultivada que saltaría por los aires, como balas de lana y barriles de manzanas, uno de esos días, cuando estallara la pólvora que llevaba en su interior.
—¿Me llevará con usted, señor Tansley? —preguntó enseguida Lily, pues, por supuesto, si la señora Ramsay le decía, como en efecto había hecho: «Me ahogo, querida, en mares de fuego. A menos que apliques un bálsamo en este momento tan angustioso y le digas algo agradable a ese joven, la vida se estrellará contra las rocas, ya me parece oírla crujir y rechinar. Mis nervios están tensos como las cuerdas de un violín. Un toque más y saltarán con un chasquido», si la señora Ramsay le decía todo aquello con una mirada, Lily Briscoe por supuesto tenía que renunciar por enésima vez a su experimento —¿qué pasaría si una no era amable con el joven que tenía delante?— y ser simpática con él.
Tansley interpretó correctamente aquel cambio de humor —ahora estaba siendo amistosa— y, aliviado del peso de su egotismo, le contó que de pequeño lo tiraban por la borda de un bote y su padre lo pescaba con el bichero: así era como había aprendido a nadar. Uno de sus tíos cuidaba de un faro en no sé qué islote en la costa escocesa, explicó. Había estado con él en una tormenta. Lo dijo en voz alta aprovechando una pausa. Tuvieron que escucharle cuando contó que había estado con su tío en un faro durante una tormenta. ¡Ah!, pensó Lily Briscoe al ver que la conversación daba aquel giro tan propicio, y notar la gratitud de la señora Ramsay (que ahora era libre para hablar un momento), ¡ah!, pensó, ¿qué precio he pagado por satisfacerla? No había sido sincera.
Había hecho lo de siempre: ser amable. Nunca llegaría a conocer al señor Tansley. Y él nunca llegaría a conocerla a ella. Las relaciones humanas eran siempre así, pensó, y las peores (si no fuese por el señor Bankes) eran las relaciones entre hombres y mujeres, que eran, inevitablemente, muy poco sinceras. Luego su mirada se posó en el salero que había colocado allí a modo de recordatorio, y recordó que, a la mañana siguiente, iba a desplazar el árbol hacia el centro, y se animó tanto al pensar en que al día siguiente volvería a pintar, que se rió en voz alta de lo que decía el señor Tansley. Que hablase toda la noche si le apetecía.
—Pero ¿cuánto tiempo dejan a los fareros en los faros? —preguntó.
Él se lo dijo. Estaba asombrosamente bien informado. Y ya que empezaba a divertirse y a sentirse agradecido y que Lily le gustaba, pensó la señora Ramsay, ella podría regresar a aquel lugar de ensueño, aquel sitio irreal pero fascinante que era el salón de los Manning en Marlow veinte años atrás y donde una se movía sin precipitación ni inquietud, pues no tenía que preocuparse por el futuro. Era como releer un buen libro, pues conocía el final de la historia, que había ocurrido veinte años antes, y la vida, que se desplomaba en cascada incluso desde la mesa de ese comedor hasta quién sabe dónde, allí estaba contenida y se extendía plácidamente, igual que un lago entre sus orillas. William Bankes decía que habían construido una sala de billar, ¿sería posible? ¿Querría William seguir hablando de los Manning? Deseó que lo hiciera. Pero no…, por alguna razón no estaba de humor. Lo intentó. Él no respondió. No podía obligarle. Se sintió decepcionada.
—Estos chicos son un desastre —dijo con un suspiro. Él observó que la puntualidad era una de esas virtudes menores que no adquirimos hasta que somos mayores—. Y eso si se adquiere —respondió la señora Ramsay, por decir algo, mientras pensaba que William se estaba convirtiendo en un solterón de tomo y lomo. Consciente de su traición y de que ella quería que le hablase de algo más íntimo, pero también de que ahora no se encontraba de humor para hacerlo, le invadió, mientras esperaba, la sensación de lo desagradable que es la vida. Tal vez los demás hablasen de algo interesante. ¿De qué estaban hablando?
De que la temporada de pesca había sido mala, y de que la gente estaba emigrando. Hablaban de salarios y de desempleo. Aquel joven estaba atacando al gobierno. William Bankes, pensando en el alivio que era encontrarse con aquello en un momento en que la vida privada era tan desagradable, le oyó decir algo sobre «uno de los actos más escandalosos de este gobierno». Lily le estaba escuchando, la señora Ramsay también, todos lo hacían. Pero se notaba que les aburría. Lily tuvo la sensación de que faltaba algo; el señor Bankes también; y lo mismo la señora Ramsay mientras se echaba el chal por encima. Todos se inclinaban para escuchar y se decían: Quiera Dios que no se me note lo que estoy pensando, pues lo que pensaban en realidad era: Los demás están ofendidos e indignados por cómo trata el gobierno a los pescadores, mientras que a mí me es indiferente. Pero tal vez, se dijo el señor Bankes al mirar al señor Tansley, este sea el hombre indicado. Uno siempre estaba esperando que apareciera el hombre indicado. Siempre había una posibilidad. En cualquier momento podía surgir el líder, el hombre de genio, en la política igual que en todo lo demás. Probablemente no será muy agradable con unos vejestorios como nosotros, pensó el señor Bankes haciendo un esfuerzo por ser más indulgente, pues cierta extraña sensación física, como el que se le erizaran los nervios de la espina dorsal, le advertía que estaba celoso, en parte de él y en parte de su trabajo, así como de su punto de vista y de su saber, por lo que no estaba siendo justo ni se hallaba enteramente libre de prejuicios, y es que el señor Tansley parecía estar diciéndoles: «Habéis malgastado vuestras vidas. No podríais estar más equivocados. Pobres vejestorios, os habéis quedado atrás en todo». Aquel joven le parecía un poco engreído y sus modales eran pésimos. Pero el señor Bankes se esforzó en apreciar su valentía y su habilidad, además estaba muy bien informado. Probablemente, pensó el señor Bankes mientras Tansley vilipendiaba al gobierno, haya mucha razón en lo que dice.
—Y dígame… —dijo.
Y se pusieron a hablar de política, y Lily contempló la ramita del mantel, y la señora Ramsay, dejando la discusión en manos de los dos hombres, se preguntó por qué le aburriría tanto aquella conversación y deseó que su marido, que estaba al otro extremo de la mesa, dijera alguna cosa. Aunque sea una palabra, pensó. Si decía algo, todo sería muy distinto. Él iba siempre al meollo de las cosas. Le preocupaban los pescadores y sus salarios. No podía conciliar el sueño pensando en ellos. Cuando hablaba, uno no pensaba: Quiera Dios que no se me note que me trae sin cuidado, porque no le traía sin cuidado. Luego, al reparar en que si quería que hablara era por lo mucho que le admiraba, se sintió como si alguien hubiese alabado a su marido y su matrimonio y se volvió radiante de felicidad, sin darse cuenta de que había sido ella misma quien lo había alabado. Lo miró pensando que todo aquello se reflejaría en su rostro y que tendría un aspecto magnífico… ¡Pero ni muchísimo menos! Tenía el gesto torcido, no hacía más que fruncir el ceño y estaba rojo de ira. ¿Por qué diablos?, se preguntó. ¿Qué ocurriría? Lo único que había pasado es que el pobre Augustus había pedido otro plato de sopa…, nada más. Era inconcebible y execrable (y así se lo indicó él con un gesto desde el otro extremo de la mesa) que Augustus pretendiera repetir sopa. Le indignaba que la gente siguiese comiendo cuando él había terminado. Su mujer vio la rabia acudir a sus ojos y a su entrecejo como una jauría de sabuesos, y supo que en cualquier momento algo violento haría explosión, y luego, ¡gracias a Dios!, notó que echaba el freno y se contenía; todo su cuerpo pareció echar chispas, pero no palabras. Lo vio allí frunciendo el ceño. No había dicho nada y quería que ella se percatara. ¡Que se lo agradeciera! Pero, al fin y al cabo, ¿por qué no iba a poder pedir el pobre Augustus otro plato de sopa? Se había limitado a coger a Ellen del brazo y decirle:
—Ellen, por favor, tenga la bondad de servirme otro plato de sopa.
Y el señor Ramsay se había puesto hecho una furia.
Y todo ¿por qué?, se preguntó la señora Ramsay. Que se sirviera otro plato si tanto le apetecía. Con aquel ceño fruncido su marido le estaba dando a entender que odiaba ver a la gente refocilándose en la comida y que detestaba tener que eternizarse así en la mesa. Sin embargo, quería que se percatara de que se había controlado a pesar de lo mucho que le desagradaba aquel espectáculo. Pero ¿por qué demostrarlo de un modo tan evidente?, se preguntó la señora Ramsay (ambos se miraron desde el otro lado de la mesa, intercambiando aquellas preguntas y respuestas y sabiendo exactamente lo que sentía el otro). Todos se habían dado cuenta, pensó la señora Ramsay. Rose, sin ir más lejos, tenía los ojos fijos en su padre, y Roger también, comprendió que estaban a punto de estallar en carcajadas, así que dijo (además, ya iba siendo hora):
—Encended las velas. —Y los dos se levantaron de un salto y se pusieron a hurgar en el aparador.
¿Por qué nunca sabía ocultar sus sentimientos?, se preguntó la señora Ramsay, y se preguntó también si Augustus Carmichael se habría dado cuenta. Tal vez sí, tal vez no. No pudo sino admirar la compostura con que estaba allí sentado, tomándose la sopa. Si quería sopa, la pedía. Le daba igual si la gente se burlaba o si se enfadaban con él. Sabía que no le era simpática, pero en parte por eso mismo lo respetaba, y, al verle tomarse la sopa tan tranquilo en la penumbra, con aquella actitud estatuaria y contemplativa, se preguntó lo que sentiría y por qué siempre parecía tan digno y satisfecho, y pensó en lo mucho que quería a Andrew y en cómo lo llamaba a su habitación y le «enseñaba cosas», tal como decía siempre el propio Andrew. Se pasaba el día tumbado en el césped, meditando, era de suponer, sobre sus poemas, igual que un gato acechando a los pájaros y de pronto, cuando daba con alguna palabra, juntaba las zarpas y su marido decía: «Pobre Augustus…, es un auténtico poeta», lo que era todo un elogio viniendo de él.
Pusieron ocho velas sobre la mesa y, después de los primeros temblores, las llamas quedaron erguidas e hicieron visible todo el largo de la mesa y en el centro un plato de fruta amarillo y purpúreo. ¿Cómo lo habrá hecho?, se preguntó la señora Ramsay, pues la manera en que Rose había colocado las uvas y las peras, los plátanos y la espinosa y sonrosada caracola le recordó un trofeo sacado del fondo del océano, procedente del banquete de Neptuno, o del racimo que pende entre las hojas de parra sobre el hombro de Baco (en algunos cuadros), entre las pieles de leopardo y las antorchas que todo lo tiñen de rojo y oro… Iluminado así de pronto, el plato parecía enorme y profundo, como un mundo que uno pudiera recorrer apoyado en su cayado, escalando valles y montañas, y con gran placer (pues eso les hizo comulgar aunque fuese solo por un instante) comprobó que Augustus también contemplaba deleitado el mismo plato de fruta, se zambullía en él, libaba aquí un capullo, allí una flor, y volvía, después de darse aquel banquete, a su colmena. Era un modo de verlo distinto al de ella. Pero el mero hecho de contemplarlo juntos los había unido.
Ahora todas las velas estaban encendidas y a su luz los rostros que había a ambos lados de la mesa parecían más cercanos, y formaban —a diferencia de cuando estaban sumidos en la penumbra— un grupo reunido en torno a una mesa, pues estaban separados de la noche por paneles de cristal, que, en lugar de ofrecer una vista precisa del exterior, lo ondulaban todo de un modo tan extraño que, dentro de la habitación, parecía imperar el orden y la tierra firme, mientras que lo de fuera no era más que un reflejo en el que las cosas temblaban y desaparecían diluidas en un medio acuoso.
De pronto todos experimentaron un cambio, como si aquello hubiera ocurrido de verdad, y fueran conscientes de ser un grupo en un agujero perdido en una isla y tuviesen que enfrentarse a la fluidez del exterior. La señora Ramsay, que había estado tan intranquila esperando el regreso de Minta y Paul, y que tan incapaz se había sentido de concentrarse en nada, notó cómo su inquietud se transformaba en expectación. Pues ahora estaban al llegar, y Lily Briscoe, al tratar de analizar la causa de aquella repentina alegría, la comparó con aquel momento en la pista de tenis, cuando desapareció de pronto toda tangibilidad y tendió tan vastos espacios entre ellos; ahora las velas causaron el mismo efecto en aquel comedor escasamente amueblado, en las ventanas sin cortinas y en el brillo parecido al de una máscara de los rostros iluminados por aquella luz. Fue como si les hubiesen quitado un peso de encima y ahora pudiese ocurrir cualquier cosa. Estaban al llegar, pensó la señora Ramsay mirando la puerta y, en ese preciso instante, entraron Minta Doyle, Paul Rayley y una criada con una enorme fuente en las manos. Era tarde, tardísimo, se excusó Minta, mientras ambos ocupaban su sitio en extremos opuestos de la mesa.
—Es que he perdido mi broche…, el broche de mi abuela —dijo Minta con un tono quejoso en la voz y los grandes ojos marrones inundados en lágrimas, alzó y bajó la mirada al sentarse junto al señor Ramsay, quien, sintiéndose caballeroso, bromeó con ella y le preguntó cómo podía ser tan desastre de ir saltando por las rocas cargada de joyas.
El señor Ramsay era tan inteligente que al principio casi la había intimidado…, y la primera noche que se había sentado a su lado, se había asustado de verdad, porque le había hablado de George Eliot y ella se había dejado olvidado el tercer volumen de Middlemarch en el tren y no sabía cómo terminaba; pero después se habían llevado muy bien y ella se hacía la ignorante porque al señor Ramsay le gustaba decirle que era una tonta. Así que, esta noche no se asustó cuando se burló de ella. Por si fuera poco, supo, nada más entrar en la habitación, que se había producido el milagro y que llevaba consigo su halo dorado. A veces lo tenía y a veces no. Nunca había sabido por qué razón aparecía o desaparecía, ni si lo tenía o no, hasta el momento en que entraba en una sala y lo notaba en el acto por el modo en que la miraban los hombres. Sí, esta noche lo llevaba, y además era enorme, lo supo por el modo en que el señor Ramsay le dijo que era un desastre. Se sentó a su lado sonriendo.
Así que ha ocurrido, pensó la señora Ramsay, se han prometido. Y, por un momento, sintió algo que no había creído volver a sentir jamás: celos. Y es que su marido también había reparado en el resplandor que emitía Minta; le gustaban aquellas chicas de cabello dorado y pelirrojo, con un no sé qué volátil, un tanto alocado y atolondrado, que no se recogían tanto el pelo ni eran, como decía de la pobre Lily Briscoe, «mojigatas». Había cierta cualidad, que ella misma no poseía, cierto brillo, cierta intensidad, que le atraía, le divertía y hacía que las chicas como Minta le cayeran simpáticas. Les permitía que le cortaran el pelo, que le trenzaran cadenas para el reloj, o que le interrumpieran cuando estaba trabajando, llamándolo a gritos (ella las oía): «Vamos, señor Ramsay, ahora nos toca a nosotros ganarles», y él bajaba a jugar al tenis.
Pero no era que fuese celosa, solo que de vez cuando, cuando se obligaba a mirarse en el espejo, sentía cierto resentimiento por haber envejecido, y pensaba que tal vez fuese culpa suya. (Tanto preocuparse por la factura del invernadero y demás.) En realidad, agradecía que se burlaran de él. («¿Cuántas pipas se ha fumado usted hoy, señor Ramsay?») y que hicieran que volviese a sentirse joven y atractivo para las mujeres, como si no le agobiaran y aplastaran la magnitud de su trabajo, las penalidades de este mundo, su fama o sus fracasos, y volviese a ser como cuando ella lo conoció: delgado y apuesto, como cuando la ayudó a desembarcar de un bote con los mismos modales encantadores de los que hacía gala ahora (lo miró y le pareció sorprendentemente joven mientras se burlaba de Minta.) Por su parte —«Ponla ahí», dijo, ayudando a la criada suiza a colocar a un lado la enorme cazuela de barro que contenía el boeuf en daube—, ella tenía debilidad por los simples. Por eso le había guardado el sitio a Paul. La verdad, era que a veces pensaba que prefería a los simples. No la importunaban a una con sus tesis doctorales. ¡Cuántas cosas se perdían, después de todo, esos hombres tan inteligentes…! ¡Qué estériles se volvían! Paul era muy seductor, pensó mientras se sentaba. Tenía unos modales encantadores, la nariz aguileña y unos brillantes ojos azules. Era tan considerado. ¿Le diría —ahora que otra vez estaban todos hablando—, lo que había ocurrido?
—Volvimos a buscar el broche de Minta —dijo sentándose a su lado.
«Volvimos…», con eso era suficiente. La señora Ramsay supo por el esfuerzo, y por el tono de su voz que era la primera vez que empleaba la primera persona del plural. Hicimos esto y lo otro. Lo dirían el resto de su vida, pensó, y un delicioso aroma a aceitunas, aceite y salsa salió de la enorme cazuela de barro cuando Marthe, con un pequeño gesto, levantó la tapadera. La cocinera se había pasado tres días preparando aquel plato, y ella debía poner especial cuidado, pensó la señora Ramsay mientras revolvía aquel blando amasijo, en escoger una tajada especialmente tierna para William Bankes. Escudriñó en el interior de la cazuela, con sus paredes brillantes y su sabrosa mezcla de carnes doradas, vino y hojas de laurel, y se dijo: Esto nos servirá para celebrar la ocasión. Y tuvo la curiosa sensación, tierna y caprichosa al mismo tiempo, de estar celebrando una fiesta, como si la dominaran dos emociones, una de ellas muy profunda, pues ¿qué hay más serio que el amor de un hombre por una mujer?, ¿acaso hay algo más imperativo y más impresionante y que lleve en su seno las semillas de la muerte?, y al mismo tiempo aquellos enamorados, aquellas dos personas que entraban con los ojos brillantes en un mundo de ilusiones merecían que los adornasen con guirnaldas y que todos bailasen en torno a ellos.
—Es todo un éxito —dijo el señor Bankes, dejando un momento el cuchillo.
Lo había saboreado con atención. Era tierno y sabroso. Estaba en su punto. ¿Cómo había conseguido aquellos ingredientes estando en el campo?, le preguntó. Era una mujer maravillosa. Todo su amor y su admiración habían regresado; y ella lo notó.
—Es una receta francesa de mi abuela —explicó la señora Ramsay con un deje de profunda satisfacción.
Pues claro que era francés. Lo que pasa por cocina en Inglaterra no es sino una aberración (todos estuvieron de acuerdo). Consiste en hervir coles. En asar carne hasta que está como una suela de zapato. En pelar las deliciosas mondas de las verduras.
—Que además es donde están todas las vitaminas —añadió el señor Bankes.
Era un auténtico desperdicio, coincidió la señora Ramsay. Con lo que tira un cocinero inglés podría vivir una familia francesa. Animada por la sensación de haber recobrado el afecto de William, de que todo volviese a estar otra vez en su sitio, de que sus inquietudes hubiesen llegado a su fin y de poder burlarse y disfrutar de su triunfo, se rió y gesticuló, hasta que Lily pensó en lo infantil y absurda que era, sentada allí desplegando otra vez toda su belleza, hablando de las mondas de las verduras. Había algo en ella que la asustaba. Era irresistible. Al final, siempre se salía con la suya, pensó Lily. Ahora había conseguido —o eso parecía— que Minta y Paul se prometieran en matrimonio. Y el señor Bankes se había quedado a cenar. Los engatusaba a todos, solo con proponérselo, del modo más sencillo y directo; y Lily contrastó esa abundancia con su propia pobreza de espíritu, y supuso que era en parte esa convicción de que poseía algo extraño y terrible (su rostro se había iluminado y, sin haber rejuvenecido, estaba radiante) lo que hacía que Paul Rayley estuviese tembloroso, abstraído y silencioso. La señora Ramsay, creyó notar Lily mientras hablaba de las mondas de las verduras, exaltaba y sacralizaba aquello, lo protegía entre sus manos para darle calor, protegerlo y conducir así entre risas al altar a sus víctimas. También notó la emoción y la vibración del amor. ¡Qué insignificante se sentía al lado de Paul…! Él estaba radiante y ardoroso, ella, distanciada y cínica; él, a punto de partir a la aventura; ella, amarrada a la orilla; él audaz y a punto de surcar las olas; ella, solitaria, abandonada…, y dispuesta a implorar asilo, si es que había de producirse el desastre, en el desastre ajeno, preguntó tímidamente:
—¿Cuándo perdió Minta el broche?
Paul esbozó la más exquisita de las sonrisas, velada por los recuerdos y teñida de sueños. Movió la cabeza y dijo:
—En la playa. Pero lo encontraré —añadió—. Mañana me levantaré temprano.
Como quería darle una sorpresa a Minta, bajó la voz y volvió la mirada hacia donde ella estaba riéndose al lado del señor Ramsay.
Lily deseó expresar violenta y escandalosamente su deseo de ayudarle, y se imaginó encontrando el broche semienterrado entre las piedras en la playa al amanecer, para formar así parte del grupo de los marinos y aventureros. Pero ¿qué le contestó él? Le había dicho con una emoción que muy pocas veces se permitía exteriorizar: «Deje que le acompañe», y él se había echado a reír. Lo cual podía significar tanto que sí como que no…, cualquiera de las dos cosas. Pero lo de menos era eso…, lo importante era la extraña risita que soltó, como si dijera: «Por mí como si se arroja usted por el acantilado, a mí tanto me da». Le había golpeado en la otra mejilla con el calor del amor, con su horror, su crueldad y su falta de escrúpulos. La había quemado, y Lily, al ver a Minta que coqueteaba con el señor Ramsay al otro extremo de la mesa, se estremeció al pensar que estaría expuesta a aquellos colmillos, y se sintió agradecida. Pues en todo caso, se dijo al ver el salero sobre el mantel, no tenía por qué casarse, gracias a Dios no tenía que someterse a aquella degradación. Estaba a salvo de aquella disolución. Desplazaría el árbol más hacia el centro.
Era una situación muy compleja. Pues lo que le ocurría, sobre todo cuando estaba con los Ramsay, era que sentía con enorme violencia dos cosas opuestas al mismo tiempo: una lo que sentían los demás, y otra lo que ella misma sentía, y ambas lidiaban en su imaginación, igual que hacían ahora. Este amor es tan hermoso y tan emocionante que tiemblo en su presencia y me ofrezco, en contra de todas mis costumbres, a ir a buscar un broche en la playa; y al mismo tiempo es la más estúpida, la más bárbara de las pasiones humanas, y convierte a un joven agradable con un perfil digno de un camafeo (el perfil de Paul era exquisito) en un matón con una palanca de hierro (era insolente y bravucón) como esos que rondan por Mile End Road. Sin embargo, se dijo, desde el principio de los tiempos se han cantado odas al amor y se le han ofrendado rosas y guirnaldas; y, si se preguntase a la gente, seguro que nueve de cada diez personas dirían que no aspiraban a otra cosa; sin embargo, las mujeres, si juzgasen por su propia experiencia, no podrían sino sentir: Esto no es lo que queremos, no hay nada más tedioso, pueril e inhumano que el amor, aunque al mismo tiempo sea hermoso y necesario. Entonces, ¿en qué quedamos?, se preguntó como esperando que los demás prosiguieran con la discusión, como si en una disputa como aquella, cada cual arrojase sus rayos y se quedara siempre corto y otros tuviesen que continuarla. Escuchó lo que decían, por si arrojaban alguna luz sobre la cuestión del amor.
—Y no olvide —dijo el señor Bankes— ese aguachirle que los ingleses llaman café.
—¡Ah!, el café —respondió la señora Ramsay.
Pero la clave era (Lily notó que estaba muy exaltada y que hablaba con mucho énfasis) conseguir mantequilla auténtica y leche limpia. Hablando con acaloramiento y elocuencia, describió la iniquidad del sistema de las lecherías inglesas, y el estado en que llegaba la leche a la puerta de los consumidores, y estaba a punto de demostrar sus acusaciones cuando en torno a la mesa, empezando por Andrew en el centro, igual que un fuego que salta de una mata de aulaga a otra, sus hijos rompieron a reír, igual que su marido, y, rodeada por el fuego de sus burlas, se vio obligada a arriar su estandarte, desmontar sus baterías y mostrarle como única respuesta al señor Bankes aquel escarnio y ridículo como ejemplo de lo que se exponía a sufrir cualquiera que atacase los prejuicios del pueblo británico.
No obstante, recordó que Lily le había echado una mano con el señor Tansley y tuvo la sensación de que ahora se había quedado al margen, por lo que no la incluyó con los demás; «de todos modos, Lily está de acuerdo conmigo», dijo arrastrándola, un tanto sorprendida y agitada (pues estaba pensando en el amor), a su causa. Tanto Lily como Charles Tansley parecían descolocados, pensó la señora Ramsay. A los dos los deslumbraba el brillo de la otra pareja. Era evidente que él se sentía totalmente desplazado, nadie lo miraría mientras Paul Rayley siguiese en la sala. ¡Pobre hombre! Aun así, tenía su tesis —la influencia de alguien sobre no sé qué—, seguro que se las apañaría. Lo de Lily era diferente. Se la veía descolorida bajo el resplandor de Minta y más insignificante que nunca con su vestidito gris, su carita fruncida y sus ojitos achinados. Era tan poquita cosa. Sin embargo, pensó la señora Ramsay comparándola con Minta, mientras solicitaba su ayuda (pues Lily confirmaría que ella no hablaba de las lecherías más de lo que su marido hablaba de sus botas…, se pasaba horas hablando de sus botas), seguro que al cumplir los cuarenta Lily será la mejor de las dos. Lily tenía una fibra especial, una especie de brillo propio que a la señora Ramsay le gustaba mucho, aunque se temía que ningún hombre estuviera de acuerdo. A menos, obviamente, que fuese un hombre mucho mayor, como William Bankes. Pero él…, en fin, la señora Ramsay a veces pensaba que, desde que murió su mujer, tal vez estuviera interesado por ella. No es que estuviese «enamorado», claro, era más bien uno de tantos afectos inclasificables. ¡Oh, pero eso son tonterías…!, pensó, William debe casarse con Lily. Tienen tantas cosas en común. A Lily le encantan las flores. Los dos son fríos, distantes y autosuficientes. Tendría que arreglarlo todo para que diesen un largo paseo juntos.
Cómo habría sido tan tonta de sentarlos uno enfrente del otro. Al día siguiente pondría remedio a eso. Si hacía buen tiempo, irían de excursión. Todo parecía posible. Todo iba a las mil maravillas. Justo ahora —pero no puede durar, pensó, aislándose de aquel instante en que todos discutían sobre botas—, justo ahora había logrado una seguridad que se cernía como un halcón y flotaba como una bandera en una brisa jubilosa que colmaba, plena y dulcemente, hasta el último nervio de su cuerpo, sin ruido, casi con solemnidad, pues emanaba, pensó al verlos a todos allí comiendo, de su marido, sus hijos y sus amigos; todo lo cual se alzaba en aquel profundo silencio (estaba escudriñando las profundidades de la cazuela de barro para servirle otra tajadita a William Bankes) y daba la impresión de quedarse en torno a ellos como un vaho, una neblina, que se alzaba y les protegía a todos. No hacía falta decir nada, no se podía decir nada. Estaba ahí rodeándolos. Participaba, le pareció sentir mientras servía al señor Bankes una tajada especialmente tierna, de la eternidad, lo mismo le había ocurrido esa tarde con algo totalmente diferente: había una coherencia en las cosas, una estabilidad, algo, quería decir, que era inmune a los cambios y resplandecía (miró hacia la ventana donde se reflejaban ondulantes las luces) frente a todo lo que fluye, a lo efímero, lo espectral, como un rubí; de modo que otra vez aquella noche había vuelto a tener esa sensación, que ya había tenido antes ese mismo día, de paz y de sosiego. De momentos así está hecho todo lo que es eterno. Aquello perduraría.
—No se preocupe —tranquilizó a William Bankes—, hay de sobra para todos. Andrew —añadió—, baja un poco más el plato o se me caerá todo. —(El boeuf en daube había sido todo un éxito.) Dejó el cucharón y tuvo la sensación de encontrarse en esa región inmóvil que se extiende en torno al corazón de las cosas y donde uno es libre de moverse o de quedarse quieto, donde podía esperar (todos estaban servidos) y escuchar, y luego, igual que el halcón que se precipita de pronto desde lo alto, pavonearse y dejarse llevar por las risas, descansar su peso sobre lo que estaba diciendo su marido al otro extremo de la mesa acerca de la raíz cuadrada de mil doscientos cincuenta y tres, que daba la casualidad de que era el número estampado en su billete de tren.
¿Qué significaba aquello? ¿No tenía ni la menor idea? ¿Raíz cuadrada? ¿Qué era eso? Sus hijos lo sabían. Se apoyó en ellos y en sus raíces cúbicas y cuadradas, de eso estaban hablando ahora; y de Voltaire y madame de Stäel; de la personalidad de Napoleón; del sistema de aparcerías francés; de lord Rosebery y de las Memorias de Creevey, dejó que la apuntalase y sostuviera aquel admirable tejido de la inteligencia masculina, que iba arriba y abajo, y se entrecruzaba de aquí para allá, como vigas de hierro que afianzaran un oscilante entramado y sostuvieran el mundo, de manera que ella pudiera confiar en él incluso con los ojos cerrados, o entreabrirlos un momento, igual que el niño que ve desde su ventana con ojos pestañeantes los cientos de capas de las hojas de un árbol. Luego despertó. Todavía seguían tejiendo aquella urdimbre. William Bankes estaba alabando el ciclo de novelas de Waverley.
Leía una cada seis meses, afirmó. ¿Y por qué iba a molestarse Charles Tansley por eso? Lo interrumpió (y todo, pensó la señora Ramsay, porque Prue no era amable con él) y arremetió contra las novelas de Waverley cuando no tenía ni idea de lo que hablaba, pensó la señora Ramsay, observándolo, pero sin escuchar lo que decía. Comprendió por sus gestos que trataba de hacerse valer y que seguiría haciéndolo hasta que consiguiese una plaza de profesor, o se casara y no necesitase estar siempre diciendo: «Yo, yo y yo». Pues en eso se resumían sus críticas al pobre sir Walter, o tal vez fuese a Jane Austen: «Yo, yo y yo». Se notaba por el tono de su voz, por su engolamiento y por su agitación que estaba pensando en sí mismo y en la impresión que estaba causando. El éxito le sentaría bien. En todo caso, ya volvían a empezar. Esta vez no necesitó escucharlos. Sabía que no duraría mucho, pero en ese momento su mirada era tan penetrante que parecía recorrer la mesa arrancándole el velo a todas aquellas personas y leyendo sus pensamientos y sensaciones sin esfuerzo, como una luz que se cuela bajo el agua de manera que las ondas, los juncos y los pececillos aparecen iluminados y temblorosos. Los veía y oía, pero todo lo que decían tenía también aquella cualidad, como si lo que dijeran fuese igual que el movimiento de una trucha, cuando se ven al mismo tiempo la ondulación y los guijarros, un poco a la derecha y otro poco a la izquierda, y se perciben como un todo, mientras que en el ajetreo de la vida estaría separando una cosa de la otra: estaría diciendo que le gustaban las novelas de Waverley o que no las había leído, estaría apresurándose hacia delante; ahora no dijo nada. De momento, se quedó allí flotando.
—¡Ah!, pero ¿cuánto cree usted que perdurará? —preguntó alguien.
Era como si la señora Ramsay poseyera unas antenas temblorosas que interceptaran ciertas frases que la obligasen a prestar atención. Y esta era una de ellas. Intuyó un peligro para su marido. Una pregunta así conduciría casi con total seguridad a que se dijese algo que le recordara su propio fracaso. Cuánto tiempo lo leerían, se preguntaría nada más oírlo. William Bankes (que carecía por completo de esa vanidad) se rió y afirmó que él no concedía ninguna importancia a los cambios en las modas. ¿Quién podía saber qué perduraría…, en literatura o en cualquier otra cosa?
—Disfrutemos de lo que tenemos —dijo.
Su integridad le parecía admirable a la señora Ramsay. Nunca parecía pensar: Pero ¿cómo me afecta eso a mí? Aunque si se tenía otro temperamento y uno necesitaba que lo alabaran y animaran era normal que empezase (y ella sabía que eso era lo que estaba ocurriéndole al señor Ramsay) a sentirse incómodo, y a querer que alguien dijera: «¡Oh!, pero su obra perdurará, señor Ramsay», o algo por el estilo. Ahora estaba expresando claramente su inquietud al decir, con cierta irritación, que en cualquier caso Scott (¿o era Shakespeare?) perduraría toda su vida. Lo dijo irritado. Y todo el mundo, pensó su mujer, se sintió un poco incómodo sin saber por qué. Luego Minta Doyle, que tenía un instinto muy fino, dijo llana y absurdamente que no creía que nadie disfrutase de verdad leyendo a Shakespeare. El señor Ramsay respondió en tono lúgubre (aunque su imaginación ya estaba ocupada con otra cosa) que muy pocos disfrutaban leyéndolo tanto como decían. Aunque, añadió, algunas de sus obras tenían méritos indudables, y la señora Ramsay comprendió que, de momento, todo iba bien: su marido se burlaría un poco de Minta y ella, al reparar en su desasosiego, se las arreglaría a su manera para distraerle y halagarle de un modo u otro. No obstante, deseó que aquello no fuese necesario: tal vez ella tuviese la culpa de que lo fuera. En cualquier caso, ahora era libre de escuchar lo que Paul Rayley estaba tratando de decir de los libros que uno leía de niño. Esos sí que perduraban, afirmó. Había leído algunos de Tolstói en el colegio. Había uno que recordaría siempre, aunque había olvidado su título. Los nombres rusos eran imposibles, respondió la señora Ramsay.
—¡Vronsky! —dijo Paul.
Lo recordaba porque siempre le había parecido un nombre estupendo para el malo de una novela.
—¿Vronsky? —repitió la señora Ramsay—. ¡Ah!, el de Anna Karénina.
Pero no llegaron mucho más allá, los libros no eran lo suyo. No, Charles Tansley habría podido aclarar sus dudas en materia de libros en un santiamén, pero todo lo que decía estaba tan mezclado con ¿estoy diciendo lo debido?, y ¿estaré causando buena impresión?, que, al final, uno acababa sabiendo más de él que de Tolstói. En cambio, Paul hablaba siempre de las cosas y no de sí mismo. Como todos los simples, poseía también una especie de modestia, una consideración por lo que pudieras pensar, que, al menos de vez en cuando, a ella le parecía atractiva. Ahora estaba pensando, no en sí mismo ni en Tolstói, sino en si la señora Ramsay tenía frío, en si le molestaba la corriente de aire y en si le apetecía una pera.
Ella respondió que no, que no le apetecía una pera. De hecho, (sin darse cuenta) había estado montando guardia celosamente junto al plato de fruta, con la esperanza de que nadie lo tocara. Sus ojos habían estado yendo y viniendo entre las curvas y sombras de la fruta, entre el intenso púrpura de las uvas del llano y la escarpada cordillera de la caracola, contrastando un amarillo con un púrpura, una forma curva con otra redondeada, sin saber por qué lo hacía, ni por qué, cada vez que lo hacía, se sentía más y más tranquila; hasta que, ¡qué lástima que lo hicieran!, alguien alargó la mano, cogió una pera y lo echó todo a perder. Conmovida, miró a Rose, que estaba sentada entre Jasper y Prue. ¡Qué raro que hubiese sido su propia hija!
Qué raro ver a sus hijos allí sentados uno junto al otro, Jasper, Rose, Prue y Andrew, tan calladitos, pero, a juzgar por el temblor de sus labios, participando de algún chiste privado. No tenía que ver con nada de aquello, sino que era algo que se estaban reservando para cuando estuviesen a solas en su habitación. Deseó que no estuviesen burlándose de su marido. No, no creía que fuera eso. ¿De qué se trataría?, se preguntó con cierta tristeza al pensar en que solo se reirían cuando ella no estuviese presente. Fuese lo que fuese, lo ocultaban tras sus rostros circunspectos y serios como máscaras, pues, lejos de participar de la conversación, se quedaban al margen de los adultos como observadores o inspectores. Sin embargo, al ver a Prue esa noche, comprendió que en su caso no era del todo cierto. Había cierta luminosidad en su rostro, como si el resplandor de Minta, que estaba sentada enfrente, se reflejara en ella igual que un emocionante presagio de felicidad, como si el sol del amor entre los hombres y las mujeres se alzara sobre el borde del mantel y ella se inclinara a saludarlo sin saber muy bien lo que era. Prue no dejaba de mirar a Minta tímidamente, pero con curiosidad y la señora Ramsay al verlas le dijo mentalmente a su hija: Algún día tú serás tan feliz como ella. Y más aún, porque eres mi hija, añadió convencida de que su hija debía ser más feliz que las demás. Pero la cena había terminado. Era hora de levantarse de la mesa. Estaban jugueteando con lo que les quedaba en el plato. Esperaría a que terminaran de reírse de una historia que estaba contando su marido. Estaba bromeando con Minta a propósito de una apuesta. Luego se levantaría.
La señora Ramsay cayó de pronto en que Charles Tansley le era simpático, le gustaba su risa. Le hacía gracia que se enfadara tanto con Paul y con Minta. Le gustaba su torpeza. Después de todo, aquel joven tenía sus virtudes. Y Lily, pensó, dejando la servilleta junto al plato, siempre se divierte por su cuenta. No había que preocuparse por Lily. Esperó. Metió la servilleta por debajo del borde del plato. Bueno, ¿habían acabado ya? No. Aquella historia había llevado a otra. Su marido parecía muy animado esa noche, y debía de querer congraciarse con el bueno de Augustus después de la escena de la sopa, porque lo había incluido en la conversación…, estaban hablando de alguien a quien habían conocido en la facultad. Miró hacia la ventana, donde la llama de las velas se reflejaba con más brillantez ahora que estaban negros los cristales, y al mirar hacia fuera las voces le parecieron extrañas, como las de un servicio religioso en una catedral, pues no entendía lo que decían. Las repentinas carcajadas y una voz (la de Minta) le recordaron a esos hombres y niños que entonan las frases en latín durante la misa en una catedral católica. Esperó. Su marido habló. Estaba recitando alguna cosa, y su mujer supo que era una poesía por el ritmo y el tono triste y exaltado de su voz:
Ven a recorrer el sendero,
Luriana Lurilee.
Las rosas chinas florecen y zumban las melíferas abejas.*
Las palabras (estaba mirando por la ventana) sonaban como si flotasen, igual que flores en el agua, separadas de todo, como si nadie las hubiera pronunciado y hubieran cobrado vida por sí solas.
Y todas las vidas vividas y aún por vivir
están repletas de árboles y hojas caídas.
No sabía lo que significaban, pero igual que ocurre con la música, las palabras parecían pronunciadas desde fuera de ella con su propia voz interior, y expresar con la mayor sencillez y naturalidad algo que llevaba rondando toda la tarde por su imaginación mientras hablaba de otras cosas. Supo, sin mirar a su alrededor, que todos los comensales estaban oyendo la voz que decía:
Quisiera saber si a ti te lo parece,
Luriana, Lurilee,
con tanto alivio y placer como ella, como si aquello fuese lo que había que decir, y la que hablaba fuese su propia voz.
Sin embargo la voz se detuvo. Ella se volvió. Hizo un esfuerzo por ponerse en pie. Augustus Carmichael se había levantado y, sosteniendo la servilleta como si fuese una larga túnica de color blanco, declamó:
Para ver a los reyes cabalgando
por prados cuajados de margaritas
con hojas de palma y de cedro,
Luriana, Lurilee,
y, al pasar a su lado, se volvió ligeramente hacia ella repitiendo las palabras
Luriana, Lurilee,
e hizo una reverencia como rindiéndole homenaje. Sin saber por qué, la señora Ramsay sintió que en ese momento la apreciaba más que nunca, y con una sensación de alivio y gratitud le devolvió la reverencia y cruzó la puerta que él le había abierto.
Ahora tenía que dar un paso más. Con un pie en el umbral, se demoró por un instante en aquella escena que se iba desvaneciendo mientras ella la contemplaba, y que, cuando cogió a Minta del brazo y salió de la sala, se transformó y adoptó una apariencia distinta: se había convertido, y así lo supo la señora Ramsay al echar aquel último vistazo por encima del hombro, en el pasado.
Como de costumbre, pensó Lily. Siempre le surgía algo que tenía que hacer en aquel preciso momento, algo que, por motivos personales, la señora Ramsay decidía que no podía esperar más, daba igual que estuviesen todos de pie y bromeando, como ahora, incapaces de decidir si pasar al salón de fumar o a la sala de estar, o subir a sus habitaciones en las buhardillas. De pronto, uno la veía pensar para sus adentros en mitad de aquel revuelo mientras cogía a Minta del brazo: Sí, ahora es un buen momento, y desaparecer con aire misterioso para ir a hacer algo a solas. Apenas se fue, se produjo una especie de desintegración: vacilaron, cada cual se fue por su lado, el señor Bankes cogió a Charles Tansley del brazo y salieron a la terraza a seguir con la discusión sobre política que habían iniciado en la cena, inclinando así la balanza de la velada en una dirección diferente, como si aquel cambio de la poesía a la política, pensó Lily al verlos partir y oírles decir no sé qué sobre la estrategia del partido laborista, les hubiese impulsado a subir al puente del barco para calcular su posición. Mientras el señor Bankes y Charles Tansley se alejaban, los demás se quedaron observando cómo la señora Ramsay subía sola las escaleras a la luz de la lámpara. ¿Adónde iría con tanta prisa?, se preguntó Lily.
Y no es que corriera ni se apresurase, de hecho se marchó bastante despacio. Necesitaba un momento de sosiego después de tanta cháchara, y concentrarse en una sola cosa, en algo verdaderamente importante, aislarlo, separarlo, despojarlo de cualquier emoción y aderezo, sostenerlo ante sus ojos y llevarlo ante el tribunal donde, reunidos en cónclave, se sentaban los jueces a quienes había designado para decidir aquellos asuntos. ¿Es bueno o malo, está bien o mal? ¿Adónde vamos a parar?, y demás. Así se afianzó tras la conmoción que le había producido aquel acontecimiento y, de forma un tanto inconsciente e incongruente, utilizó las ramas de los árboles de fuera para ayudarse a recuperar el equilibrio. Su mundo estaba cambiando y ellas seguían muy quietas. El acontecimiento en cuestión le había dejado una impresión de movimiento. Todo debía estar en orden. Debía arreglar esto y aquello, pensó mientras consideraba con aprobación la dignidad de los árboles inmóviles, y el modo tan soberbio en que se alzaban (igual que la proa de un barco al cortar las olas) las ramas del olmo cuando las agitaba el viento. Soplaba viento (se quedó allí un momento para asomarse). Soplaba viento y de vez en cuando las hojas se apartaban para dejar ver una estrella, y los propios astros parecían temblar y arrojar rayos de luz para asomarse entre los bordes de las hojas. Sí, eso estaba resuelto, asunto concluido; y, como todas las cosas concluidas, daba la impresión de estar revestido de solemnidad. Ahora que lo pensaba, una vez desprovisto de cháchara y emoción, le pareció que siempre lo había estado, y que solo ahora se daba cuenta y por eso todo le parecía más estable. Siempre, por muchos años que vivan, pensó, siguiendo otra vez con lo mismo, recordarán esta noche, esta luna, este viento, esta casa. Y también la recordarían a ella. Le halagaba pensar, allí donde era más susceptible al halago, que estaría ligada a sus corazones por muchos años que vivieran; y también esto, y esto y aquello, pensó mientras subía las escaleras burlándose con afecto del sofá del rellano (que había sido de su madre), de la mecedora (de su padre) y del mapa de las Hébridas. Todo aquello quedaría entretejido en las vidas de Paul y Minta, de los Rayley, pensó probando cómo sonaba su nuevo apellido, y, al ir a poner la mano en la puerta del cuarto de los niños, experimentó esa comunión con los sentimientos ajenos que producen a veces algunas emociones, merced a las cuales los muros que nos separan parecen tan finos que, en la práctica (era una sensación de alivio y felicidad), todo da la impresión de participar de una misma corriente y carece de importancia si las sillas, las mesas, los mapas eran suyos, o de ellos, pues Paul y Minta seguirían recordándolos cuando ella hubiese muerto.
Giró el picaporte con firmeza para que no chirriara y entró frunciendo levemente los labios, como para recordarse a sí misma que no debía hablar en voz alta. Pero nada más entrar reparó con enfado en que no eran necesarias tantas precauciones. Los niños no estaban dormidos. ¡Menudo fastidio! Mildred debería ser más cuidadosa. James estaba despierto, Cam sentada en la cama y Mildred levantada y descalza: eran casi las once y los tres estaban hablando. ¿Qué es lo que pasaba? Otra vez aquella horrible cabeza de jabalí. Le había dicho a Mildred que se la llevara de allí, pero, para variar, a Mildred se le había olvidado y ahora Cam y James estaban peleándose cuando deberían llevar horas dormidos. ¿Cómo se le habría ocurrido a Edward enviarles una cabeza de jabalí tan horrorosa? Y ella había sido tan tonta que les había permitido clavarla en la pared. Estaba muy bien clavada, según Mildred, Cam no podía dormir con ella en la habitación, y James empezaba a dar gritos cada vez que intentaban quitarla.
Pero ahora, dijo la señora Ramsay sentándose a su lado en la cama, Cam tenía que dormirse y soñar con hermosos palacios (la niña objetó que tenía cuernos muy grandes). Luego Cam añadió que veía los cuernos por toda la habitación. Era cierto. Dondequiera que pusieran la luz (y James no podía dormir con la luz apagada) siempre se veía alguna sombra por alguna parte.
—Pero, Cam, si no es más que un cerdito —dijo la señora Ramsay—, un cerdito negro y bueno como los de la granja. —Pero Cam siguió opinando que era un bicho horrible que la acechaba por toda la habitación—. De acuerdo —dijo la señora Ramsay—, en ese caso, lo taparemos.
La vieron ir a la cómoda, abrir uno tras otro todos los cajones y, tras comprobar que no había nada que le sirviera, quitarse rápidamente el chal de los hombros y cubrir con él la cabeza de jabalí dando vueltas y más vueltas. Luego volvió con Cam y apoyó la cabeza en la almohada junto a la de la niña y le hizo notar lo bonita que estaba ahora, que a las hadas les encantaría, que era como un nido de pájaros, como una preciosa montaña que había visto en el extranjero, con valles, flores, el sonido de las esquilas, el canto de los pájaros y antílopes y cabritillas… A la señora Ramsay le pareció notar cómo sus palabras resonaban en la imaginación de Cam, que iba repitiendo tras ella que parecía una montaña, un nido de pájaros, un jardín, y que había pequeños antílopes, mientras abría y cerraba los ojos, y su madre siguió diciéndole monótona, rítmica y absurdamente que debía cerrar los ojos y dormirse y soñar con montañas, valles, estrellas fugaces, papagayos, antílopes y jardines, y cosas bonitas, luego alzó despacio la cabeza y continuó hablando de manera cada vez más maquinal, hasta que se incorporó y vio que Cam estaba dormida.
Ahora, susurró mientras pasaba a la cama de su hijo pequeño, James debía dormirse también, pues la cabeza de jabalí seguía allí, no la habían tocado; habían hecho lo que él quería, seguía intacta. Él se aseguró de que siguiera debajo del chal. Pero quería preguntarle otra cosa. ¿Irían por fin al faro al día siguiente?
No, mañana no, respondió su madre. Pero le prometió que irían pronto; en cuanto hiciese buen tiempo. Era un niño muy bueno. Se tumbó. Su madre lo arropó. No obstante, sabía que su hijo no lo olvidaría jamás y se sintió indignada con Charles Tansley, con su marido y con ella misma por haberle dado falsas esperanzas. Luego buscó a tientas su chal y al recordar que lo había utilizado para envolver la cabeza del jabalí, se levantó y cerró la ventana otros cuatro o cinco centímetros y oyó el viento, aspiró una bocanada del aire fresco e indiferente de la noche y, tras desearle buenas noches a Mildred, salió de la habitación, dejó que el resbalón de la puerta se deslizara lentamente en el hueco y se marchó.
Ojalá no se le cayeran los libros al suelo al huésped de la habitación de arriba, pensó todavía dándole vueltas a lo irritante que podía llegar a ser Charles Tansley. Eran niños nerviosos y tenían el sueño muy ligero, e igual que decía aquellas cosas sobre el faro, lo imaginaba capaz de tirar al suelo una pila de libros justo ahora que acababan de dormirse, de golpearlos con el codo sin querer y derribarlos de la mesa. Supuso que debía de haber subido a trabajar. Sin embargo, parecía tan desamparado; aunque sería un alivio cuando se fuese; pero procuraría que al día siguiente lo trataran mejor; además, era amabilísimo con su marido, pese a que sus modales dejaran mucho que desear, y sin embargo a ella le gustaba su risa…, en eso iba pensando cuando bajaba por las escaleras y reparó en que ya no se veía la luna desde la ventana —aquella luna amarilla de la época de la cosecha— y se volvió, y la vieron allí de pie en las escaleras.
Esa es mi madre, pensó Prue. Sí, Minta y Paul Rayley deberían pararse a mirarla. Le pareció que no podía ser más genuina, y que en el mundo entero no había otra persona como su madre. Y, después de haberse comportado casi como una adulta cuando hablaba con los demás, ahora volvió a ser una niña y tuvo la sensación de que todo había sido un juego, y se preguntó si su madre lo aprobaría o lo rechazaría. Y, al pensar en la suerte que tenían Minta, Paul y Lily de conocerla, y en la inmensa fortuna que era para ella misma tenerla por madre, y en que nunca crecería ni se iría de casa, dijo como una niña:
—Hemos pensado en bajar a la playa a ver las olas.
De pronto, sin razón alguna, la señora Ramsay se convirtió en una alegre joven de veinte años. La dominó una especie de alegría. Pues claro, pues claro que tenían que ir, exclamó riendo mientras bajaba a toda prisa los últimos tres o cuatro escalones; luego empezó a mirar a uno y a otro, envolvió a Minta en su chal y dijo que ojalá pudiera ir con ellos, preguntó si volverían muy tarde y si alguno llevaba reloj.
—Sí, Paul tiene uno —respondió Minta.
Paul sacó un bonito reloj de oro de una funda de gamuza y se lo enseñó. Y, mientras lo sostenía en la palma de la mano, el joven pensó: Lo sabe. No hace falta que se lo diga. Era como si al enseñarle el reloj le estuviera diciendo: «Lo he hecho, señora Ramsay. Y todo se lo debo a usted». Y, al ver el reloj en su mano, la señora Ramsay se dijo: ¡Qué suerte tiene Minta! ¡Se va a casar con un hombre que tiene un reloj de oro en una funda de gamuza!
—¡Cuánto me gustaría poder ir con vosotros! —exclamó.
Pero se lo impedía algo tan fuerte que ni siquiera se le pasó por la cabeza preguntarse lo que era. Por supuesto, le era imposible acompañarlos. Pero le habría gustado ir, de no haber sido por lo otro, y, divertida por lo absurdo de aquella idea (qué suerte casarse con un hombre que llevaba el reloj en una funda de gamuza), entró con la sonrisa en los labios en el cuarto de al lado, donde su marido estaba leyendo un libro.
Pues claro, se dijo al entrar en la habitación, había ido allí en busca de algo que necesitaba. En primer lugar, quería sentarse en una silla en particular a la luz de una lámpara determinada. Pero también quería algo más, aunque no sabía qué y no lograba recordarlo. Miró a su marido (a la vez que cogía el calcetín y empezaba a tejer) y comprendió que no quería que le molestaran…, eso estaba claro. Estaba leyendo algo que le conmovía mucho. Esbozaba una media sonrisa y ella supo que trataba de controlar así sus emociones. Pasaba las páginas deprisa. Lo vivía, tal vez se creyera el protagonista del libro. Se preguntó qué libro sería. ¡Oh!, era uno del viejo sir Walter, lo vio al ajustar la pantalla de la lámpara para que la luz cayera sobre su labor. Charles Tansley había dicho (alzó la vista, como si esperase oír el ruido de los libros al caer al suelo en el piso de arriba) que ya nadie lee a Scott. Y su marido había pensado: Lo mismo dirán de mí, y había corrido a buscar uno de sus libros. Y si llegaba a la conclusión de que lo que decía Charles Tansley «era verdad», aceptaría su opinión sobre Scott. (Su mujer notó que estaba sopesando, considerando y meditando aquello mientras leía.) Pero no pensaba en sí mismo. Siempre se sentía inseguro respecto a sí mismo. Eso preocupaba a la señora Ramsay. Siempre se preocupaba por sus libros: ¿se leerán?, ¿son buenos?, ¿por qué no son mejores?, ¿qué opina la gente de mí? No le gustaba pensar así de él, y preguntándose si los demás habrían adivinado en la cena por qué se había puesto tan irascible cuando hablaron de la fama y de lo que perdurarían los libros, y si sería de eso de lo que se estaban riendo los niños, retorció el calcetín y en torno a sus labios y a su frente aparecieron como grabadas con instrumentos de acero unas finas arrugas, y se quedó inmóvil como un árbol que ha estado temblando y estremeciéndose y, cuando amaina la brisa, vuelve a sumirse, hoja por hoja, en la quietud.
Todo eso carecía de importancia, pensó la señora Ramsay. Un gran hombre, un gran libro, la fama…, ¿quién podría decirlo? Ella no entendía de esas cosas. Pero así era su marido, tan sincero que por ejemplo en la cena ella había estado pensando instintivamente: ¡Ojalá diga alguna cosa! Tenía plena confianza en él. Y desestimando aquella idea, como cuando al bucear pasamos de largo junto a un alga, una rama o una burbuja, volvió a sentirse, hundiéndose aún más, igual que se había sentido en el vestíbulo mientras los demás hablaban. Hay algo, algo que he venido a buscar, y se sumergió más y más sin saber lo que era, con los ojos cerrados. Esperó un poco, retomó su labor y siguió preguntándoselo, hasta que las palabras que habían recitado en la cena: «Las rosas chinas florecen y zumban las melíferas abejas», empezaron a oscilar rítmicamente en su imaginación y, mientras lo hacían, las palabras se iluminaron como diminutas lucecillas, rojas, azules y amarillas, en un oscuro rincón de su cerebro, y parecieron dejar sus ramas y alzar el vuelo dando gritos que repetía el eco, así que se volvió y buscó a tientas un libro en la mesa que tenía al lado.
Y todas las vidas vividas y aún por vivir
están repletas de árboles y hojas caídas
murmuró, mientras clavaba las agujas en el calcetín. Abrió el libro y empezó a leer al azar aquí y allá, y al hacerlo sintió que estaba trepando hacia atrás, hacia lo alto, abriéndose paso entre pétalos que se curvaban en torno a ella, de manera que solo sabía que esto era blanco y aquello rojo. Pero no entendía lo que significaban las palabras.
Gobernad, gobernad hacia aquí vuestros pinos alados, curtidos marineros*
leyó y pasó la página, balanceándose, zigzagueando de aquí para allá, pasando de un verso a otro y de una rama a otra, de una flor roja y blanca a otra, hasta que la sobresaltó el ruido hecho por su marido al darse una palmada en los muslos. Sus ojos se encontraron por un segundo, pero no llegaron a hablarse. No tenían nada que decirse, aunque algo pareció ir de él a ella. Ella supo que era la vida, su fuerza y su humor portentoso lo que le había hecho darse una palmada en los muslos. No me interrumpas, parecía estar diciéndole, no digas nada, solo quédate ahí. Y siguió leyendo. Los labios le temblaban. Lo que estaba leyendo le colmaba, le fortalecía. Había olvidado los roces y las fricciones de la velada y lo mucho que le aburría quedarse sentado sin hacer nada mientras los demás comían y bebían interminablemente, y que había estado tan irascible con su mujer y tan susceptible porque hubieran pasado de largo junto a sus libros como si ni siquiera existieran. Ahora le importaba un bledo quién llegara a la Z (en caso de que el pensamiento fuese, como un alfabeto, de la A a la Z). Alguien lo haría, si no él, otro cualquiera. La fuerza y la cordura de aquel hombre, su pasión por las cosas sencillas, aquellos pescadores y la pobre anciana enloquecida de la cabaña de Mucklebackit le hacían sentir tan fuerte y aliviado, tan dominado por una mezcla de estímulo y triunfo, que no pudo contener las lágrimas. Alzó un poco el libro para taparse la cara y las dejó correr, movió la cabeza a uno y otro lado y se olvidó por completo de sí mismo (aunque no de hacer una o dos reflexiones sobre la moralidad de las novelas francesas e inglesas y sobre que Scott podía tener las manos atadas pero sus opiniones eran tan válidas como las de los demás), olvidó sus propios fracasos y preocupaciones gracias al relato de cómo se ahogaba el pobre Steenie y lo triste que se quedaba Mucklebackit (aquello era el mejor Scott) y al increíble placer y la sensación vigorizante que le proporcionó.
¡Si alguien sabe hacerlo mejor que lo haga…!, pensó al terminar el capítulo. Tenía la sensación de haber estado discutiendo con alguien y haber salido victorioso. Por mucho que dijesen, nadie podría mejorar eso, y su propia situación se volvió más firme. La historia de amor era un poco tonta, pensó haciendo memoria. Esto resulta más tonto, esto otro es de primera calidad, se dijo al comparar unas cosas con otras. Pero tendría que releerlo. No recordaba bien el conjunto de la obra. Tendría que posponer su juicio. Y así volvió a darle vueltas a su otra idea: si a los jóvenes no les interesaba aquello, tampoco les interesaría él. No debía lamentarse, pensó el señor Ramsay tratando de contener su deseo de quejarse a su mujer porque los jóvenes no le admiraban. Pero estaba decidido, no volvería a molestarla. La observó mientras leía. Parecía muy tranquila. Le gustaba pensar que todos se habían ido y estaban los dos solos. La vida no consiste solo en acostarse con una mujer, pensó volviendo a Scott y Balzac y a la novela inglesa y francesa.
La señora Ramsay alzó la cabeza como si se hubiera quedado adormilada y pareció decirle que, si quería que se despertase lo haría, desde luego, pero que, si no era así, ¿podía seguir durmiendo un poquito más, solo un poquito más? Estaba trepando por aquellas ramas, aquí y allá, tocando primero una flor y luego otra.
Ni alabé el bermellón oscuro de la rosa*
leyó, y al hacerlo le pareció estar ascendiendo a la cima, a lo más alto. ¡Qué placer! ¡Qué sosiego! Todas las minucias del día se adherían a aquel imán: sintió que su imaginación quedaba limpia y como recién barrida. Y que de pronto cobraba forma entre sus manos, hermosa y razonable, clara y completa, la esencia de la vida resumida en un soneto.
Pero reparó en que su marido la estaba mirando. Le sonreía intrigado, como si se burlase cariñosamente de ella por haberse quedado dormida a plena luz del día y, al mismo tiempo, pensara: Sigue leyendo, ya no pareces tan triste. El señor Ramsay se preguntó qué estaría leyendo y exageró su ignorancia y su sencillez, porque le gustaba pensar que no era muy lista y que no era nada cultivada. Se preguntó si su mujer estaría entendiendo lo que leía. Probablemente no, pensó. Era muy hermosa. Tuvo la sensación de que, si es que ello era posible, su belleza aumentaba con cada día que pasaba.
Mas contigo ausente, el invierno perduraba,
e, igual que con tu sombra, jugué con ellos
concluyó ella.
—¿Sí? —dijo, recordando soñolienta la sonrisa de su marido al levantar la vista del libro.
E, igual que con tu sombra, jugué con ellos
murmuró dejando el libro sobre la mesa.
Al ir a retomar su labor, se preguntó qué había ocurrido desde la última vez que habían estado solos. Recordaba que se habían vestido para cenar y que había estado contemplando la luna; a Andrew que sostenía el plato demasiado alto; que le había deprimido algo que había dicho William; los pájaros en los árboles; el sofá del rellano; que los niños estaban despiertos; que Charles Tansley los había despertado al tirar los libros al suelo —¡oh, no!, eso se lo había inventado— y que Paul tenía una funda de gamuza para el reloj. ¿De qué debería hablarle?
—Paul y Minta se han prometido —dijo reanudando su labor.
—Ya me lo imaginaba —respondió él.
No había mucho más que añadir. La imaginación de la señora Ramsay seguía dándole vueltas a la poesía y su marido todavía se sentía muy fuerte y franco, después de leer la escena del funeral de Steenie. Ambos guardaron silencio. Luego ella reparó en que quería que él dijera algo.
Cualquier cosa, cualquier cosa, pensó mientras seguía tejiendo. Cualquier cosa bastará.
—Qué agradable casarse con un hombre que tiene una funda de gamuza para el reloj —dijo, pues era la típica cosa que les hacía gracia a los dos.
Su marido resopló. Aquel compromiso le merecía la misma opinión que cualquier otro: la chica era demasiado buena para aquel joven. Poco a poco, a ella se le ocurrió pensar en por qué siempre nos empeñamos en que los demás se casen. ¿Qué sentido y qué valor tenían esas cosas? (Todo lo que dijesen ahora sería verdad.) Di algo, pensó deseando oír su voz. Pues sentía cómo la sombra que los rodeaba empezaba a envolverla de nuevo. Di algo, rogó mirándolo como si le pidiera ayuda.
Él continuó en silencio, balanceando la brújula a un lado y al otro en la cadena del reloj y pensando en las novelas de Scott y Balzac. Sin embargo, a través de los muros crepusculares de su intimidad, pues era evidente que se estaban acercando involuntariamente y que cada vez estaban más cerca, la señora Ramsay notó que la imaginación de su marido se extendía como una mano para protegerla. Y, al reparar en que los pensamientos de su mujer habían dado un giro que le disgustaba, hacia aquel «pesimismo», como él decía, el señor Ramsay, aunque no dijo nada, empezó a moverse inquieto en la silla y a llevarse la mano a la frente, retorcerse un mechón de pelo y luego dejarlo.
—No acabarás el calcetín esta noche —dijo señalando la labor con el dedo.
Eso era lo que ella quería…, el reproche y la aspereza de la voz. Si él dice que está mal ser pesimista, probablemente tenga razón, pensó. Seguro que el matrimonio iría bien.
—No —respondió, estirando el calcetín sobre la rodilla—. No me dará tiempo.
¿Y ahora qué? Ella notó que seguía observándola, aunque su mirada había cambiado. Quería algo, quería eso que a ella siempre le resultaba tan difícil: quería que le dijese que lo amaba. Y eso, no, no lo podía hacer. A él se le daba mejor hablar. Podía decir cosas que a ella le parecían imposibles de expresar con palabras. Por eso era siempre él quien las decía, y luego, vete a saber por qué, se disgustaba y se lo reprochaba. La acusaba de ser una insensible porque nunca le decía que lo amaba. Pero no era eso, no. Lo que ocurría es que a ella le costaba mucho exteriorizar sus sentimientos. ¿No tenía una migaja en el abrigo? ¿No había nada que pudiera hacer por él? Se puso en pie y se acercó a la ventana con el calcetín rojizo entre las manos, en parte para alejarse de él, en parte porque ahora no le importaba que la viese contemplando el faro. Sabía que su marido había girado la cabeza y la estaba observando. Sabía que estaba pensando: Estás más guapa que nunca —y ciertamente se sentía muy hermosa—. ¿No me dirás, por una vez, que me quieres? Estaba pensando eso porque estaba alterado por lo de Minta y por el libro que había leído, y porque un día más estuviese llegando a su fin, y porque hubiesen discutido por lo de ir o no al faro. Pero ella era incapaz, no podía decirlo. Luego, sabiendo que la estaba mirando, en lugar de decir nada, se volvió con el calcetín en la mano y lo miró. Y, al mirarlo, esbozó una sonrisa, pues, aunque no había dicho una sola palabra, él supo con total certeza que le quería. No podía negarlo. Y, sin dejar de sonreír, la señora Ramsay miró por la ventana y dijo (pensando para sus adentros. Nada en el mundo podría igualar esta felicidad):
—Sí, tenías razón. Mañana lloverá.
No se lo había dicho, pero él lo sabía. Y ella lo miró sonriendo porque había vuelto a salir triunfante.