Avance de Un Okupa en mi Corazón
Capítulo 1
Un Nuevo Proyecto.
—Di que soy un hombre maravilloso...
Ante semejantes palabras, Sabrina no pudo evitar que una sonrisa traviesa asomara a sus labios, al otro lado del teléfono.
—Claro, eres maravilloso —contestó con ironía—. Pero, ¿puedo saber a qué se debe ese ataque de profunda modestia?
La voz de Marco sonó pagada de sí misma, sabedor de que cuando le contara a su amiga la noticia que le tenía preparada, se iba a poner a dar saltos de alegría.
—¿Qué harías si te dijera que estoy a punto de hacer realidad uno de tus más ansiados deseos?
—¿Acaso has conseguido que Hugh Jackman se separe de su mujer y haya aceptado una cita conmigo? —Sugirió a modo de posibilidad, improbable a todas luces.
—Vale... Tu segundo más ansiado deseo.
La curiosidad de Sabrina se iba incrementando por momentos.
—Marco, suéltalo de una vez. ¿Se puede saber qué te traes ahora entre manos?
El hombre sopesó si hacer sufrir más a su amiga tratando de forzar que ella acertara la sorpresa que le tenía reservada, o si decirle de una vez aquello que tantas ganas tenía. Finalmente, se decidió por esto último ya que, sin darle alguna pista más a la que poder agarrarse, iba a resultar muy difícil que pudiera adivinarlo.
—Bueno, está bien, te lo diré...
Sin embargo, se mantuvo en silencio unos segundos más tratando de crear expectación.
Sabrina empezaba a impacientarse.
—¿Y bien? ¿Piensas hacerlo hoy?
—Ay, tonta, claro que sí... —afirmó sin poder contenerse por más tiempo—. Ejem, a ver, ¿qué amigo, guapo y garboso, tiene entre su listado de propiedades en venta cierta mansión de aspecto tenebroso...?
La sonrisa se fue ensanchando aún más en el rostro de la joven.
—No es tenebrosa, sólo está algo descuidada...
—Eso no es lo que te he preguntado, querida mía...
Ella mantuvo la paciencia sin poder evitar que sus ojos se elevaran al cielo unos instantes.
—Pues supongo que el único amigo que es propietario de una de las mayores inmobiliarias de la ciudad.
—Y ese es...
—Tú, Marco, tú... contestó con condescendencia—. ¿Y qué es lo que le pasa ahora a mi casa para que me llames tan contento?
Sabrina siempre se refería a ese lugar en tales términos porque desde su infancia, aquella vivienda la había tenido cautivada por completo, a pesar de su estado ruinoso. En muchas ocasiones había dejado volar la imaginación y se había visto caminando entre los amplios pasillos de la vieja mansión, disponiendo de ella como si realmente fuera suya.
—Bueno, resulta que hoy he recibido una llamada del propietario y parece que por fin se ha decidido a hacer algo de provecho con ella. Está viendo que el tiempo pasa y que ningún inversor se interesa por la propiedad. Y ese evidente desinterés lo está poniendo ya un poco nervioso.
Sabrina resopló.
—Normal que no lo hagan, con el estado tan lamentable en el que se encuentra...
Marco continuó hablando.
—Efectivamente, así que por fin se ha decidido a hacer caso a este humilde servidor. Sabemos que, a pesar de tratarse de una mansión centenaria, sus cimientos están en perfecto estado, que no es poco. Pero huelga decir que el exterior deja muchísimo que desear. Ya habíamos hablado sobre el tema y teníamos claro que si buscaba darle una salida rápida al palacio, solo le quedaban dos opciones: según mi opinión, bajar el precio considerablemente, o según la tuya, invertir dinero en ella para tratar de adecentar su aspecto y lograr así que resulte atrayente a los posibles inversores.
—Si, lo sé. Como bien dices, esto ya lo hemos comentado muchas veces.
—Así es. Y ahora, a lo que voy. Como la opción que yo proponía no parecía ser del agrado del dueño, empecé a tomar más en serio la otra posibilidad que tú planteabas.  Llevo algunos meses proponiendo al propietario que quizás lo más conveniente a sus intereses, aunque en un principio pudiera parecerle contraproducente, era que invirtiera para vender mejor. Y parece que por fin se ha dado cuenta de que llevo razón. Y ahí es donde entras tú en juego.
—¿Yo? ¿Acaso ha decidido...? —Empezó a preguntar sintiéndose cada vez más emocionada.
—¡Efectivamente! Se va a reformar el palacio, y por supuesto, no me ha quedado más remedio que hablarle de la mejor arquitecta y diseñadora de interiores de toda la ciudad, que además, conoce de primera mano el lugar y sabe qué es lo mejor que se le podría hacer para adecentarlo.
Sabrina, que en aquel momento iba caminando por la calle, se detuvo en seco en medio de la acera.
—No puede ser...
—Sí puede ser, cariño. Mañana mismo tienes una cita a las diez en la inmobiliaria. El dueño viene expresamente desde Madrid para conocerte y para que le hables un poco de tu proyecto.
Los ojos de Sabrina se abrieron desmesuradamente.
—¿Proyecto? Pero si yo no tengo ningún proyecto...
—Sabri, has ido a ver la casa conmigo en dos ocasiones. Sé lo creativa que eres y la de veces que me has hablado de todas las cosas que te gustaría hacer si te dieran la oportunidad. Pues bien, tu momento ha llegado.
Por primera vez desde que comenzaron la conversación, Sabrina empezó a sentir pánico.
—¡Pero si apenas habré visto un par de salones! Las dos veces en que pude convencerte para que me llevaras allí, apenas duraste en la casa ni cinco minutos.
—Más que suficientes para mí, tenlo por seguro. Y si no fuera porque la comisión de su posible venta fuera más que jugosa, podrías jurar que le hubiera pasado el inmueble a alguno de mis agentes para que ellos se la llevasen. Al menos, no sé si decir que por suerte o por desgracia, ningún posible cliente se ha molestado en venir a verla cuando se han enterado del estado en que se encuentra. Sería un mal trago si tuviera que enseñarla con su aspecto actual. Pero quizás, si le dieras un lavadito de cara, consigo superar el miedo que siento cada vez que cruzo sus puertas y conseguimos quitárnosla de encima de una vez.
Sin embargo, Sabrina no estaba centrada en aquella última puntualización. Seguía dándole vueltas a la petición de su amigo.
—¿Cómo voy a presentar un proyecto habiendo visto sólo dos salones, Marco? ¡Estás loco! Es una mansión de 4.000 metros cuadrados. Y eso sin contar las ocho hectáreas de los jardines...
—Bueno, pues utiliza tu imaginación, chica. Visto un salón, vistos todos.
—A ver, Marco —trató de que su voz sonara razonable—, me estás pidiendo que te prepare un proyecto en menos de veinticuatro horas de una mansión que no conozco.
El chico hizo un mohín que ella no pudo ver.
—¿Me estás diciendo que vas a renunciar a uno de tus más ansiados sueños por un contratiempo tan insignificante?
—¡Insignificante dices!
—A ver, Sabri, había pensado en ti porque sé lo enamorada que estás de esa casa y porque pensaba que te haría ilusión. Pero si no te crees capacitada, puedo buscar a otra persona.
Sabrina apretó los dientes. Su amigo la estaba pinchando a sabiendas, seguro de cuál sería su respuesta.
—Marco, dame al menos algo de tiempo...
—No puedo, cielo. Este hombre viene mañana mismo.
—¿Y a qué viene tanta prisa? Hace tres años que tienes la casa en venta y ¿ahora va a querer buscar una solución a su falta de clientes de un día para otro?
—Precisamente por eso. Porque lleva demasiado tiempo inmovilizada sin que se haya recibido ni una sola oferta... ni siquiera una ridícula digna de ser rechazada. Nada. Cero. ¿Lo entiendes?
Sabrina pensó con rapidez.
—A ver, hagamos una cosa. Esta tarde iremos juntos a la casa, me la enseñarás como es debido y trataré de presentarle algo a tu cliente mañana... como adelanto de lo que se podría conseguir con tiempo y dinero. Puedo mostrarle su potencial, pero necesito algo con lo que trabajar.
—Venga Sabri, no me hagas esto. Sabes que no me gusta ir a la mansión. Me da pavor.
—Por favor, Marco, no empieces de nuevo con lo mismo que te veo venir...
—¿Y si se nos aparece al fantasma...? —aventuró el joven.
Sabrina volvió a mirar al cielo con resignación.
—¡Pero qué fantasma ni que ocho cuartos!
Marco se santiguó en la soledad de su despacho.
—Ya sabes lo que cuentan las leyendas.
—De verdad con lo inteligente y sensato que eres, no me puedo creer que te tragues esas pamplinas. A quien hay que temerles es a los vivos no a los muertos.
—Sabri, no quiero...
—Marco, no seas infantil. ¿Cómo pretendes vender la casa si su agente se niega a enseñarla?
—Supongo que cuando no tenga más remedio tendré que hacerlo; pero antes me tomaré un copazo para poder afrontarlo. Mientras tanto...
—Vamos, Marco… Necesito que me eches un cable. Me encantaría poder encargarme de la mansión, pero necesitaría ir allí para reconocerla como es debido.
—¿No te vale con las fotos que tenemos en la inmobiliaria?
—Si es que apenas tenéis alguna que merezca la pena... ¿Qué quieres que haga yo con media docena de imágenes?
—Eso no es del todo cierto. Lo que pasa es que no todas están colgadas en Internet, más teniendo en cuenta que no son demasiado bonitas para mostrarlas. Las teníamos guardadas por si alguien se interesaba en la casa y nos requerían algo más de información. Pero como no se ha dado el caso...
—¿Y por qué yo nunca he visto esas fotos?
—No sé, no pensé que te interesaran…
—Estás de guasa, ¿no? —Sabrina suspiró. Estaba claro que iba a tener que apañárselas con lo que fuera—. Está bien; mándame lo que tengas. Con eso y con lo poco que conozco, trataré de esbozar algo que mañana pueda presentar al propietario. Pero te advierto desde ya que vas a tener que tragarte tu miedo te guste o no. Porque si finalmente este señor decide seguir adelante con lo que le muestre, necesitaré elaborar un proyecto de verdad con un presupuesto detallado que resulte atractivo e interesante, y no el mamarracho que me vas a obligar a mostrarle ahora.
—Seguro que lo harás genial. No hay a nadie con más talento que tú.
—Anda, déjate de lisonjas y envíame las fotos en seguida. Voy de camino a casa y en cuanto llegue espero verlas en mi correo electrónico para poder empezar a trabajar de inmediato.
—Las tendrás allí en cinco minutos. Te lo prometo.
Al colgar, Sabrina no pudo reprimirse por más tiempo y se puso a dar saltos de alegría en medio de la calle, haciendo que la gente que pasaba por su lado la mirase tanto con extrañeza como con diversión. Miró el teléfono que aún tenía fuertemente agarrado con ambas manos y le dio un sonoro beso. Definitivamente, Marco tenía razón, era un hombre maravilloso. Él sabía mejor que nadie la relación de amor que Sabrina tenía con aquel palacete desde su más tierna infancia, y se dijo a sí misma que, aunque no tuviera los mejores medios ni la más detallada información, estaba dispuesta a quedarse toda la noche trabajando si era preciso para presentar un proyecto que enamorase al actual dueño. Como le había dicho Marco, imaginación no le faltaba, y mucho menos si se trataba de la "Mansión Tenebrosa", como a él le gustaba llamarla, aunque su nombre verdadero era "La Alborada".
Había soñado tantas veces con tener la posibilidad de rehabilitarla, de darle el esplendor que merecía, que no estaba dispuesta a dejar escapar aquella oportunidad de ninguna de las maneras. Era incluso capaz de hacerlo gratis con tal de conseguir el ansiado trabajo, pero claro, ese detalle no se lo iba a decir a nadie tan alegremente.
Sabía que si le encargaban el proyecto, iba a tener que dedicarle muchísimas horas, pero estaba dispuesta a hacerlo. Y si encima le pagaban por ello… Simplemente no se podía pedir más.
Afortunadamente no estaba lejos de su casa, así que en cuanto llegó, soltó su bolso en la primera silla que encontró y fue rauda a su despacho a encender el ordenador.
Llevaba su pequeño negocio desde casa gracias a Internet, desde donde le llegaba el 75% de su clientela. El 25% restante era local. Lo bueno que tenía vivir en un mundo tan globalizado era que todo cuanto necesitaba podía conseguirlo a golpe de clic.
De inmediato abrió su cuenta de correo y arriba del todo estaba el mensaje que esperaba.
Pinchó en los archivos adjuntos y una ristra de unas quince fotos fue abriéndose una tras otra. Alguna de ellas las descartó de inmediato, al tratarse de las mismas zonas comunes de salones y terrazas que ya conocía de primera mano. Había otras pocas más de lo que parecían ser habitaciones privadas, todas ellas aparentemente de amplias dimensiones: unas con paredes cubiertas de madera, otras con murales claramente desdibujados y desgastados, y otro par con la pintura descascarilladas. Casi todas tenían los techos de madera, aunque en las fotos no se podía apreciar con nitidez el estado de su conservación. Todas las imágenes de las habitaciones eran nuevas para ella, y Sabrina no pudo evitar que un gusanillo de expectación empezara a recorrerle las entrañas. Eran una auténtica belleza, y estaba segura de que una vez restauradas, serían aposentos dignos de un rey. Bueno, quizás no tanto, pero podían acercarse.
Al menos tenía ya material suficiente para trabajar. Y aunque la labor que se le avecinaba era ardua y el tiempo escaso, se sentía tan entusiasmada que ni siquiera se planteó el no poder llegar a tiempo para mostrar el encargo.
Así que, sin más dilación, sacó de la cajonera un bloc de dibujo con sus respectivos lápices, así como la tableta digital para pasar las imágenes al ordenador. Se remangó, puso algo de música suave, y con firme determinación, empezó a elaborar el que iba a ser el proyecto más importante de su carrera.
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[1] Persona muy pesada
[2] Parque Natural de Los Toruños, en El Puerto de Santa María.