V. UN PIE EN CADA BANDO

 

El punto en el que nos enteramos de que Josefo es el primer verdadero historiador de los judíos (y durante muchos siglos el único) es cuando, con cierto doloroso sentido de culpa, introduce en la acción a su madre. Se encuentra al lado del ejército romano, al que había derrotado cuando era gobernador militar de la Galilea judía. Como de costumbre, implora a los jerosolimitanos que «cambien de opinión antes de que ocurra algo irreparable» y acepten lo inevitable de la omnipotencia imperial de Roma, afirmando que Dios debe de haberle asignado el papel de verdugo de los judíos por sus repetidos desacatos. Todavía estaban a tiempo, les dice una y otra vez Josefo a los judíos que se encuentran tras las murallas, y a los que presenta como si fueran cautivos de las maquinaciones de los líderes zelotes, despiadados y egoístas, si quieren evitar lo peor: la destrucción del Templo, de la ciudad y del pueblo.

Mientras recorre las murallas de esta guisa, recibe de los sitiados una pedrada que lo deja inconsciente.39 Encantados de haber herido al judío que tanto deseaban matar, los defensores intentan efectuar una «salida» para llevarse al herido al interior de las murallas, pero un escuadrón de soldados romanos enviados por Tito lo impide. Corre el rumor de que ha muerto. Los zelotes y sus seguidores no caben en sí de gozo; la población civil judía que Josefo quiere creer que es su rehén se siente entristecida, pues sus posibilidades de salvarse desertando son nulas. Y en la cárcel la madre de Josefo se encoge de hombros. «Dijo a sus guardianes que ella sabía que iba a ocurrir esto desde los acontecimientos de Jotapata [la plaza defendida por la guarnición judía que mandaba Josefo, y escenario de su infame deserción para pasarse al bando del futuro emperador Vespasiano], y que, además, a ella durante su vida nunca le había dado ninguna alegría. Sin embargo, en secreto lloró con sus criadas y dijo que el fruto que había obtenido de su fecundidad era el de no enterrar a su hijo, por quien esperaba ser sepultada ella.»40

Al menos aquí suenan ciertos ecos de verdad; ecos a un tiempo de envanecimiento, sentimentalismo y una pizca de la torturada melancolía que se apoderó de Josefo en Roma después de la guerra, cuando escribió sus historias de los judíos, probablemente ni cinco años después de la destrucción del Templo.41 Nunca superaría el odio suscitado por su persona en Jotapata, pero ¿qué podía esperar? Se le había concedido el mando a la tierna edad de veintiséis años, presumiblemente por decir que pertenecía a la aristocracia asmonea por parte de madre y que era de estirpe sacerdotal por parte de padre. Naturalmente, todavía era conocido por su nombre hebreo, Yosef ben Matityahu. Nadie se tomó estas credenciales a la ligera. Durante su juventud, nos cuenta en su autobiografía, se había ido al desierto a vivir con un maestro de ascetismo llamado Banus y había seguido su mismo modo de vida, «usando como vestido lo que me proporcionaban los árboles» y bañándose varias veces, de día y de noche, para purificarse.42 Poco después, en 62 o 63 e. c., tras sobrevivir a un naufragio, llegó a Roma, con la intención de liberar de la cárcel a unos sacerdotes. Allí, por mediación de Alítiro, consiguió ser presentado a la esposa del emperador, Sabina Popea, mujer «temerosa de Dios».

Su primera experiencia en Roma debió de imprimir en el joven sacerdote asmoneo cierta sensación de compatibilidad de las culturas romana y judía; la suficiente en todo caso para que se preocupara por la creciente oleada de desafección y potencial insurrección que estaba recorriendo su tierra. En consonancia con el constante tono de exculpación que se percibe en su relato de la terrible guerra que se desencadenó a continuación, Josefo se presenta siempre con la actitud de quien pretende limitar los daños: intentando aplacar a los más exaltados, advirtiendo de que atacar al poder de Roma equivalía a encaminarse hacia un desastre seguro y aceptando solo el mando de Galilea pensando en todo momento en esa cruda realidad. En todo momento percibe los gritos de desesperación de la gente, atrapada entre las legiones de Roma y el terror de los zelotes, y simpatiza con las ciudades que, como Séforis, al final optan por una subordinación pacífica antes que por la resistencia patriótica. Hablando de sí mismo en tercera persona (como si eso diera más credibilidad a su relato), presenta a «Josefo» yendo de acá para allá para colocar debidamente sus tropas y haciendo cuanto está en su mano por organizar las caóticas fuerzas judías enviadas a Galilea. No todo es ficción interesada. En los vertiginosos precipicios del monte Arbel, frente al mar de Galilea, habían sido excavadas cuevas defensivas, al parecer por fugitivos del gobierno herodiano, o por partidas de bandoleros o por bandas armadas de judíos opuestos a Herodes, y de hecho probablemente por todos ellos a la vez. Esas cuevas fueron fortificadas mientras Josefo ostentaba el mando de Galilea —y casi con toda seguridad por orden suya— a modo de reductos de la guerrilla contra los romanos, como si ese fuera el último recurso del que disponía la resistencia judía.

El relato que ofrece Josefo de los cuarenta y siete días de asedio de Jotapata por Vespasiano es todo menos derrotista. Intenta todo cuanto está en su mano frente a la superioridad numérica y las 160 máquinas de asedio de los romanos. Para proteger a los que intentaban elevar la altura de los muros defensivos de las piedras y los proyectiles lanzados por los romanos, manda clavar estacas y extender encima de ellas pieles de bueyes recién desollados, para que aguanten las piedras en sus pliegues y para que su humedad apague el fuego. Intenta luego llevar a cabo estratagemas psicológicas. Como los romanos suponían (y no les faltaba razón) que había escasez de agua en la ciudad, Josefo ordenó a los defensores mojarse la ropa y colgarla de las almenas para que de repente toda la muralla se pusiera a chorrear agua y ello desanimara a los sitiadores. En otras ocasiones realiza salidas al frente de pequeños grupos de combatientes, como si fueran bandidos, con el propósito de quemar las tiendas de los romanos y sembrar la confusión entre ellos. Y el historiador no se abstiene de contar todo tipo de cuentos para subrayar el poder del adversario. El proyectil de una balista golpea a un defensor con tal fuerza que le arranca la cabeza y la envía a cientos de metros de distancia, y otro alcanza de lleno a una mujer embarazada, cuyo feto le sale del vientre y va a caer muy lejos de la madre.

El recurso ocasional a la hipérbole y a la fantasía no desacredita automáticamente a Josefo. Heródoto es famoso por mezclar libremente la fantasía y la realidad a un tiempo, e incluso el riguroso Tucídides no estaba por encima de los demás y llega a «imaginarse» lo que probablemente les dijera Pericles a los atenienses a partir de lo que otro afirmaba haberle oído decir. Josefo cuenta bolas para entretener a sus lectores, por lo cual, teniendo en cuenta los despiadados detalles y las numerosas repeticiones de su relato, debemos estarle agradecidos. Pero el punto culminante de la narración es tan poco halagador para su autor que parece inconcebible que Josefo hubiera podido inventarlo.

Al cuadragésimo séptimo día los romanos entran en la ciudad y matan a todos menos a las mujeres y los niños pequeños; cuarenta mil hombres, según dice el historiador. Vespasiano envía un oficial al que Josefo había conocido en Roma para que le convenza de que se rinda, y solo le impide hacerlo la cólera de sus camaradas. «¡Ay, Josefo! Amas la vida, pero ¿cómo vas a soportar ver la luz como un esclavo?»43 El general deviene filósofo y sostiene sofísticamente que, como la batalla ya ha terminado y los romanos ya no amenazan con la muerte, «es igualmente cobarde aquel que no quiere morir cuando debe como aquel que lo desea cuando no es necesario». Arrojar del cuerpo lo que Dios le ha dejado a uno en «depósito» es lo más innoble de todo. El verdadero valor, dice, es seguir viviendo, consideración que tal vez sea la forma que tiene de salvar la cara un gusano desde el punto de vista moral, pero que quizá también, según cierta tradición judía, sea verdad. Semejante argumento deja fríos a sus compañeros de armas, de modo que Josefo propone un sorteo en el que quien sea designado el primero por el azar muera a manos del segundo, y así sucesivamente hasta que no quede más que uno, que se quitará la vida por sí mismo. Solo que, en vez de arrojarse sobre su propia espada, Josefo se presenta inmediatamente ante Tito, el hijo de Vespasiano, que se hará amigo suyo y se convertirá en su protector y valedor imperial. Es Tito el que intercede ante su padre para salvar la vida del comandante enemigo y le presenta directamente a Josefo. En ese momento, el sacerdote judío adopta una postura de dignidad profética y anuncia al general romano que le lleva un mensaje de Dios; dicho mensaje es esencialmente que Nerón ha muerto y que Vespasiano está llamado a asumir la púrpura. «Si hubieras sabido todo esto de antemano, por cortesía del Altísimo —responde Vespasiano—, podrías haber participado tu secreto a los habitantes de Jotapata y ahorrarles muchos sufrimientos.» «Y por supuesto que lo hice —replica Josefo, añadiendo—: ¿Pero quién me iba a hacer caso?» Josefo es liberado, le regalan ropas nuevas y, lo que es más importante, le conceden permiso para casarse con una cautiva judía. Dos años después, cuando se cumple la profecía, Vespasiano se acuerda del joven desertor judío y hace de él uno de sus colaboradores de confianza y también de su hijo. No es el único judío que ocupa una puesto semejante. El segundo al mando de Tito durante todo el asedio de Jerusalén, Tiberio Julio Alejandro, no es otro que el sobrino de Filón, el filósofo judío de Alejandría. Si hay una demostración definitiva de apostasía, sería esa.

Desde la perspectiva de Josefo, por supuesto, ¿quién mejor que un chaquetero para convertirse en un historiador imparcial, capaz de ver las cosas desde los dos bandos? No es que esté ciego ante las extorsiones y la conducta brutal y corrupta de una larga serie de procuradores romanos, aunque poco puede hacer Vespasiano, en cuya vieja casa del Quirinal residirá Josefo cuando regrese con el ejército a Roma. Del mismo modo, Tito, el sucesor al trono imperial, solo hace, según Josefo, lo que hay que hacer, y a veces a regañadientes. Justo antes del ataque definitivo a las murallas de Jerusalén, Tito convoca a sus oficiales a un consejo para advertirles de que no destruyan el Templo, por respeto a su esplendor (algo bastante poco probable) y por motivos de respeto religioso (algo no mucho más probable). Historias de Roma posteriores, en particular la obra de Tácito y la de Dión Casio, afirman que Tito tomó la decisión de arrasarlo por precaución, postura que parece bastante más verosímil. Tácito llega incluso a indicar que los soldados romanos se abstuvieron de incendiar el Templo hasta que supieron que tenían órdenes explícitas al respecto de su general. La versión de Josefo es mucho más halagadora para su patrono. Se produce una catástrofe cuando el fuego se extiende desde las puertas exteriores (como se había ordenado) hasta el patio principal y queda fuera de control, lo mismo que las tropas romanas, a las que se había prohibido lanzarse al pillaje.

El disgusto de Tito —no confirmado por ninguna otra fuente posterior— es a todas luces un invento del desertor judío. Y resulta imposible obtener de la Guerra de los judíos una explicación matizada de las motivaciones de los zelotes rebeldes, y mucho menos de las de la base del movimiento. Josefo no tiene prácticamente nada que decir, por ejemplo, acerca de la «escuela» farisaica de Samay, cuyos jóvenes discípulos (a diferencia de los de Hilel, más pacíficos) fueron exhortados por su maestro, famoso por su apasionamiento e intransigencia, a participar en la resistencia contra los kittim (el término despectivo usado en hebreo para designar a los romanos). Josefo adopta la actitud altiva del sacerdote aristócrata judío convertido en patricio romano y paniaguado del emperador, y ofrece unas caricaturas de cartón piedra de los líderes de la revuelta, a los que reduce a meros bandidos sociópatas (leistaí); matones sedientos de sangre, enloquecidos por el poder, ávidos de adueñarse de los bienes ajenos, que conducen a la gente crédula a la perdición movidos por sus malvados intereses. El enemigo personal de Josefo en Galilea, Juan de Giscala, era «el más perverso y astuto de todos los que han destacado por su maldad … Dispuesto a mentir, hábil para hacer creer sus falsedades, consideraba el engaño como una virtud … Fingía ser amable y generoso, pero la esperanza de obtener ganancia le hacía ser muy sanguinario».44 Simón bar Giora es igualmente malvado, no tan astuto como Juan, pero un monstruo aún más perverso y cruel, un tirano mezquino que disfrutaba torturando a los ricos. Cuando estos dos y sus ejércitos de «bandidos» se apoderan de Jerusalén y empiezan a aterrorizar a la población cautiva —que, si la hubieran dejado, se habría rendido—, el destino de la ciudad queda sellado. Los zelotes nombran entonces a sus propios sacerdotes y contaminan el Templo con sus abominaciones y borracheras, algo que, según dice Anano, el afligido representante de la vieja clase sacerdotal, ni los romanos se habrían atrevido a cometer. Las cosas se precipitan rápidamente. Las bandas de zelotes se divierten saqueando las casas de los ricos y violando a las mujeres después de matar a sus maridos. Lo más curioso es que los matones de Juan se convierten en terroristas travestidos y homosexuales. «Adoptaban costumbres afeminadas, se peinaban el pelo, se ponían vestidos de mujer, se llenaban de perfumes y se pintaban los ojos para parecer más bellos. No solo imitaban el adorno de las mujeres, sino también sus pasiones, y por su desmedido libertinaje imaginaban amores antinaturales. Se revolcaban en la ciudad como si estuvieran en un prostíbulo y la manchaban toda ella con sus acciones impuras. A pesar de su aspecto femenino, tenían unas manos asesinas.»45

Por muy colorista y animado que sea el relato, dista mucho de ser una explicación adecuada de la sublevación social generalizada de las ciudades y aldeas de Palestina. Algo más que la intimidación de unos gángsteres tuvo que haber cuando, tras la conquista de Galilea por Vespasiano, decenas (y posiblemente centenares) de miles de personas se fortificaron frente a las legiones romanas. «Bandidos» o «salteadores» han sido a menudo los términos usados por las clases acaudaladas (de las que sin duda formaba parte Josefo) para hacer frente a una sublevación de las gentes desposeídas y asfixiadas por los impuestos excesivos.46 Es probable que la presión ejercida sobre los territorios del interior por la rápida expansión de una economía de mercado procedente de las zonas comerciales de la costa permitiera a la élite judía invertir sus ganancias en tierras, obligando a los pequeños propietarios a adoptar la condición de colonos en arriendo, que podían ser contratados o desahuciados a su antojo por los propietarios, y que Juan y Simón reclutaran sus ejércitos de zelotes entre esa clase de gente y entre la población desplazada de campesinos contratados para las obras de construcción que estaban llevándose a cabo en la Palestina romana.47 Un complemento más sorprendente, pero más activo y más crítico, vino a sumarse a los rebeldes, el de los soldados veteranos idumeos y sus familias que (si debemos creer a Josefo), aunque obstinadamente fieles al judaísmo, en vez de enriquecerse, se habían empobrecido durante la monarquía idumea de Herodes, y cuya actitud se había exacerbado en contra de los aristócratas y de los romanos que los protegían.48

Las puertas de la ciudad están cerradas ante ellos, pero cuando los zelotes y los idumeos logran penetrar, dice Josefo, es para aniquilar a los guardias, judíos y romanos, que han intentado cortarles el paso, 8.500 en una sola noche.49 Los insurrectos instauran entonces un reinado de terror para quitar de en medio a todo el que resulte sospechoso de moderación, encarcelando, matando y (en contra de lo que establecen los mandamientos judíos) dejando a los muertos insepultos «como una manada de animales impuros». Entre sus víctimas están los símbolos de la postura institucional partidaria de contemporizar, el antiguo sumo sacerdote Anano, hijo de Anano, que había insistido en intentar disuadir a los zelotes y a los idumeos de emprender una guerra total, y cuyo asesinato público, a juicio de Josefo, fue el momento en que quedó sellado el terrible destino de Jerusalén. Los idumeos, sin embargo, insistían en que ellos eran los únicos que honraban «la casa de Dios». La ciudad, dice Josefo, era como «un gran cuerpo descuartizado». La paranoia fue agravándose; todo aquel que se atrevía a sugerir que se buscara una solución de compromiso, no ya a proponer la rendición, era ejecutado sumariamente. Según afirma el historiador, murieron así doce mil jóvenes de la ciudad.50

En ese momento Josefo, recuperado de su herida en la cabeza y con lágrimas en los ojos, insiste en intentar que los defensores entren en razón y se ahorren más penalidades. Su postura de compasión desinteresada podría aumentar su credibilidad si no fuera por el hecho de que también hubo judíos profundamente devotos, especialmente entre los fariseos, que defendían la paz. Creían que Dios había elegido a los romanos como instrumento último de castigo por las transgresiones cometidas, que Roma estaba en la lista de los imperios nombrados en la visión de Daniel y que seguir luchando era, por tanto, un acto inútil en contra de la voluntad divina. Siglos más tarde, el Talmud describe a Hilel debatiendo con el belicoso Shemai exactamente con esos argumentos.

Según la tradición talmúdica, al discípulo más joven de Hilel, Yohanan ben Zakkai (Yojanán, hijo de Zakai) —que en cualquier caso era sospechoso de pertenecer a la minoría dirigente de los saduceos— le angustiaba sobremanera la perspectiva de que una resistencia a la desesperada de los zelotes supusiera la ruina del Templo. Tres tradiciones ligeramente distintas presentan a Yohanan y sus dos hijos, Josué y Eleazar, haciéndose cargo de la situación e improvisando una fuga, probablemente no después de la primavera de 68 e. c., durante una tregua solicitada por Vespasiano, antes de que su hijo Tito lance el ataque final. Otra versión presenta a los espías de Vespasiano dentro de la ciudad descubriendo que Yohanan podría ser un defensor de la rendición si Roma prometiera respetar las tradiciones, los textos y la observancia del judaísmo. Al parecer, se habían lanzado flechas por encima de las murallas con mensajes clavados en ellas informando a los romanos de las posibilidades de alcanzar un acuerdo. El rabino es conducido entonces ante Vespasiano, que agradecido accede a la petición de Yohanan de trasladarse al sur, a la ciudad de Yavne, con un grupo de seguidores, crear allí una academia dedicada al estudio de la Torá y guardar los mandamientos.

Las otras dos versiones son menos imaginativas. En ambas aparece el sabio saliendo clandestinamente de Jerusalén, controlada por los zelotes, como si fuera un cadáver, en una de ellas escondido dentro de un ataúd, junto con un objeto que despide un olor nauseabundo para que el engaño resulte más verosímil; en la otra, uno de sus hijos sujeta el cuerpo agarrotado de Yohanan y el otro le sostiene la cabeza. En estos dos relatos Vespasiano no tiene la menor idea de quién puede ser el solicitante que vuelve de pronto a la vida, pero queda impresionado por su valor, su piedad e, indudablemente, también por su profético saludo, «Vive, imperator». En un gesto de modestia muy poco convincente, Vespasiano protesta diciendo que semejante saludo es prematuro, si no presuntuoso, y que si informara de él podría incluso costarle la vida. Yohanan le asegura que no le quepa duda alguna, pues ¿acaso no había profetizado Isaías que solo un rey tomaría Jerusalén y su Templo? Impresionado por todo esto (y posiblemente recordando también que ya había oído algo parecido en Jotapata), Vespasiano le concede magnánimamente su autorización: «¡Ve en paz!».51

Al margen del carácter real o ficticio del relato, su esencia —esto es, que el judaísmo continuaría aunque llegara a ocurrir lo peor y aunque su envoltura material externa fuera destruida por completo, y que un maestro, Yohanan, no un sumo sacerdote, sería en adelante la fuente de la autoridad judaica— dejaría una huella muy profunda en la memoria de los judíos. Sería el momento fundacional de la letanía de la resistencia. Básicamente, en ese instante se detiene el tiempo judío; la realidad del culto del Templo, sus sacrificios y sus peregrinaciones, se convierten en algo virtual, las propias festividades quedan embalsamadas en un judaísmo de la pérdida. Se dice incluso que en Yavne, Yohanan instituyó un día de lamentaciones conmemorativas, probablemente la jornada de ayuno del día 9 del mes de ab. Donde mejor queda encarnada la adaptación del judaísmo a su desplazamiento material es en el precepto de Yohanan que permite que la bendición continúe allá donde unos cuantos judíos se reúnan a celebrar el culto. El motivo sacerdotal de las manos levantadas se traslada ahora a los amuletos y las vasijas funerarias, a los ossilegia y en último término a las lápidas sepulcrales, de modo que hasta para los judíos difuntos, por remoto que fuera el lugar donde estuvieran, los sacerdotes estaban entre ellos. El propio judaísmo había salido de la tumba de la historia. Sería un presente perpetuo, infinitamente reanimado en la memoria. Y esa trágica lección de humillación, encarnada en las historias de Yohanan —que enseñan que un comienzo presupone un final épicamente devastador—, arroja una larguísima sombra sobre la historia de los judíos. En efecto, como dice Yosef Hayim Yerushalmi en su bellísimo libro Zakhor, este es el momento en el que la historia es sustituida por la memoria intemporal.52

Y ese es el motivo de que el autor en el que se originó el relato, Josefo, sea el primero y, durante muchos siglos, el único historiador judío. Josefo no solo admite la condición en virtud de la cual el renacimiento del judaísmo, la nutritiva transfusión a la Biblia de la sangre de los comentarios, depende de la muerte y la destrucción, sino que además, en cierto sentido profundamente doloroso, es el causante de su desarrollo. Echando la vista atrás, creo que con melancolía, desde su exilio romano, Josefo insistía también en que no era un traidor a Dios, sino solo a Juan de Giscala y a los zelotes descarriados. Antes bien, cuando intentaba convencer a sus correligionarios judíos de que se rindieran, no hacía más que expresar la voluntad manifiesta de Dios, que había abandonado Jerusalén y combatía en el bando de sus enemigos. «¡Que nunca viva yo como prisionero de guerra en una situación tal que reniegue de mi origen o me olvide de mi patria!» Ser un verdadero judío, pues, requería resistir, si no traicionar a los zelotes.53

El golpe de gracia es asestado en realidad por el hambre, no por el fuego ni la espada, y Josefo nos ofrece un relato clásico de horror, a la manera (y quizá según el modelo literario) de Tucídides cuando detalla los efectos de la peste en Atenas. Incomunicada por el ejército sitiador de Tito, Jerusalén se ve reducida a la miseria más extrema. Enloquecidos por el hambre, los humanos se convierten en depredadores salvajes, que devoran no solo el cuero de sus sandalias, sus cinturones y sus escudos, dice Josefo, sino también cosas repugnantes que ni los perros osarían tocar. Los niños meten las manos en la boca y las entrañas de sus padres para sacar restos de comida a medio masticar que luego ellos devoran; hay quienes saquean las casas y atraviesan con sus picas a aquellos de los que sospechan que tienen escondida una mínima porción de alimentos. El punto más bajo al que se llega es el episodio de una mujer llamada María, procedente del otro lado del Jordán, que se ve atrapada en Jerusalén y reducida a tanta miseria que mata a su propio hijo, todavía un niño de pecho, lo asa, se come una mitad y guarda la otra para más tarde. El olor de la carne despierta las sospechas de los guardias rebeldes, que la amenazan con degollarla si no les entrega la comida que esconde. «Entonces ella dijo que les había guardado una parte y descubrió lo que quedaba de su hijo. Al punto se llenaron de espanto y estupor, y al verlo se quedaron atónitos. La mujer añadió: “Este es mi hijo y esta es mi obra; comedlo, pues yo también lo he comido. No seáis más blandos que una mujer ni más clementes que una madre. Si tenéis escrúpulos religiosos y no queréis la víctima que he sacrificado, dejad que yo, que ya he comido vuestra parte, acabe también con el resto”.»54 Los sediciosos se marchan aterrados; la noticia corre por la ciudad y «todos se estremecían al poner delante de sus ojos esta atrocidad, como si ellos mismos se hubieran atrevido a cometerla». Los hambrientos suplican que acabe todo de una vez y consideran felices a aquellos que ya han perecido por no haber tenido que ser testigos de desgracias tan grandes. El propio Tito, aunque las primeras columnas de humo empiezan ya a elevarse sobre las murallas, llega a pensar que, le ocurra lo que le ocurra a aquella gente, nada podrá ser peor que tan inhumanas monstruosidades.

Josefo despacha la catástrofe que se desencadena a continuación con instructivos tonos de macabra gravedad: miles de personas consumidas por las llamas; los enormes montones de riquezas acumuladas en los almacenes del Templo confiscados; hombres y mujeres que se arrojan desde lo alto de las murallas, y, por si faltaba algo, aparece un profeta enloquecido llamado Jesús. Este Jesús en concreto (había multitud de hombres que llevaban este nombre) era hijo de Anano, el sacerdote, y cuatro años antes de que empezara la guerra había causado no poca irritación entre la gente durante la celebración de las fiestas de peregrinación gritando en tono jeremíaco: «¡Ay de ti, Jerusalén!». Por su temeridad fue «despellejado a latigazos hasta los huesos», pero no dejó de repetir sus gritos durante siete años y cinco meses, hasta que la gran calamidad vino a confirmar sus presagios. Cuando se hallaba haciendo un recorrido por la muralla y lanzando los gritos de costumbre, fue alcanzado por una piedra lanzada por una balista.55

A Josefo no le queda ya más que hacer recuento, de modo que el historiador liquida su metodología y se abandona a la mera numerología bíblica. Se ha convertido en un simple aritmético de la historia de los judíos. «Desde la primera construcción, que llevó a cabo el rey Salomón, hasta la ruina de hoy, en el segundo año del reinado de Vespasiano, han pasado mil ciento treinta años, siete meses y quince días. Y desde su reconstrucción posterior, hecha por Ageo en el segundo año del reinado de Ciro, hasta la conquista de Vespasiano tenemos seiscientos treinta y nueve años y cuarenta y cinco días.»56

Al otro lado del Muro de las Lamentaciones o Muro Occidental, con su multitud de devotos que rezan moviéndose rítmicamente, hay un cúmulo enorme de grandes piedras de la época herodiana derribadas por algún proyectil o arrojadas por los romanos desde lo alto del muro meridional del Templo. En uno de esos sillares se conserva un nicho lo bastante grande como para dar cabida a un hombre de pie, y la inscripción que hay en el interior lo identifica como el lugar «[reservado] para el trompetista», el hombre encargado de tocar el shofar, no exactamente una trompeta, sino un cuerno, al empezar y al acabar el sabbat y los días de fiesta. Silenciado para siempre. Y está también la «Casa Quemada», una atracción turística en pleno Barrio Judío, en la que, en medio de una serie de vasijas de cerámica artísticamente rotas y junto a una punta de lanza, yace una viga del techo elocuentemente carbonizada, de un azul grisáceo, como el plumaje del ala rota de un ave marina. Los turistas son conducidos entonces a la pared del fondo, ante una fotografía rodeada de un marco polvoriento. A pesar de lo borroso de la imagen, pueden verse en ella los huesos del brazo de una niña cuyo esqueleto fue encontrado entre las ruinas del sótano. Los dedos extendidos parecen querer coger algo o agarrarse a alguien, pero, sin pretender exagerar la trágica leyenda judía, es de suponer que en vano.

 

 

VI. EL REGRESO DE YOSEF BEN MATITYAHU

 

¿Cómo se sentiría el que fue rebautizado con el nombre de «Flavio Josefo», paniaguado del emperador Vespasiano, al ver a setecientos cautivos judíos desfilar ante él encadenados en la procesión triunfal de su amigo Tito?57 ¿Era uno de los vencedores o de los vencidos? Su nuevo nombre era un homenaje a sus benefactores, pero los Flavios basaban su autoridad imperial sobre todo en la conquista de los judíos y la devastación total de Jerusalén. Obligado a narrar el desfile triunfal, Josefo lo hace con extraordinario detalle (se trata de la descripción más pormenorizada de un triunfo romano que tenemos en la literatura), pero sin recrearse demasiado en ello, a pesar de retratar a Vespasiano y a su hijo ataviados con los ropajes tradicionales de púrpura, a los soldados vestidos de gala, los vítores y las aclamaciones, o la procesión de tablados escénicos representando los combates y los incendios. Uno de esos escenarios móviles mostraba precisamente el incendio del Templo.

Al concluir el pasaje, Josefo alude a los «velos de púrpura» —la cortina que ocultaba el sanctasanctórum—, la mesa de oro de la proposición y, naturalmente, el candelabro de siete brazos que aparece representado en uno de los frisos que decoran el Arco de Tito. Aparte del botín más espectacular, «a continuación era transportado el último de los despojos, la Ley de los judíos», dice Josefo.58 Pero aunque en los relieves escultóricos del friso podemos ver la mesa de la proposición, en vano buscaremos en ellos los rollos de la Ley. ¿Resultaban quizá demasiado difíciles de representar como despojos? Enrollados o desenrollados, ¿cómo podían unos simples volúmenes, escritos en pergamino, causar sensación en los admiradores de la conquista romana? ¿Quién habría podido apreciar después la imposibilidad de conquistar las palabras de la Torá, a través de una imagen esculpida o por la fuerza del ejército? ¿Quizá se produjo un momento repentino, de turbación silenciosa, cuando resultó irremediablemente patente la impotencia de la exhibición del trofeo? A diferencia de Simón bar Giora —obligado a desfilar por las calles, con una soga al cuello, hasta el Foro, donde fue torturado y ejecutado, dándose así por concluidas las celebraciones—, los Sifrei Torá, la esencia de la identidad judía, por definición no podían ser eliminados. Las palabras derrotan a las espadas. Las palabras salen de su encarnación material y flotan libremente como el nefesh fuera del cuerpo. Mientras alguien las guardara en la memoria, mientras alguien las hubiera copiado en otro sitio, las palabras sobrevivirían a la destrucción de todo lo demás. Yohanan ben Zakkai tenía razón. Los trofeos sólidos fueron guardados en el «Templo de la Paz» de Vespasiano, al que no se le podría haber puesto un nombre más cómico, y del que se decía (al menos lo decían con satisfacción los vencedores, por supuesto) que los judíos visitarían con asombro y entre suspiros y el resto de Roma, con admiración (pues de hecho se convirtió en el primer museo público de la ciudad).59 No se sabe si la exposición incluía también los volúmenes de la Torá, pero ¿por qué habrían debido exponerlos? No eran más que unos pergaminos escritos; no tenían nada de interesante.

Quizá sí que lo entendiera Josefo, pues la obra más impactante (y relativamente breve) que escribió, Contra Apión, se convierte, cuando llega a su impresionante y conmovedor clímax, en una explicación y alabanza a un tiempo del carácter imperecedero y —paradójicamente— universal de la Torá. En el historiador de la familia y protegido de los Flavios quedaba todavía mucho de Yosef ben Matityahu, descendiente de sacerdotes y de la estirpe de los asmoneos. Incluso antes de que concluya el trágico relato de la guerra, su tono cambia, quizá porque aquel terrible acto final se desarrolló en 73 e. c., apenas dos años antes de que empezara a escribirlo.60

El escenario se traslada de Jerusalén a Masadá, previamente tomada por los zelotes, antes incluso de que estallaran las hostilidades propiamente dichas. Con su habitual determinación de megalómano, Herodes había construido aquel palacio-fortaleza con vistas al mar Muerto que dominaba los accesos por tierra desde el oeste, un bastión lo bastante poderoso como para resistir tanto frente a los judíos desafectos como frente a Cleopatra, la agresiva reina de Egipto, que le profesaba un odio implacable. Se hizo acopio de víveres y pertrechos, y se construyó un asombroso sistema de recogida y almacenamiento de agua. Fue en aquel baluarte de montaña donde se refugiaron los supervivientes de la revuelta que aún quedaban, apenas unos mil, al huir de Jerusalén tras el incendio. Josefo dice que la mayoría de ellos eran sicarios, el núcleo duro de navajeros que habían pasado de delincuentes que actuaban aprovechando las aglomeraciones durante las festividades de la Pascua a rebeldes desesperados, pero parece más probable que fueran una mezcla de bandas de zelotes y sus familias. Al mando de Eleazar, el tercer cabecilla de la sublevación, acamparon en medio de los mosaicos, las piscinas y los baños rituales, los almacenes y las terrazas excavadas en la roca.

Resisten durante tres años después de la caída de Jerusalén. Pero no hay escapatoria. El general encargado de su persecución, Flavio Silva, construye laboriosamente la rampa por la que subirán sus máquinas de asedio y sus soldados para sellar el destino de los rebeldes. Josefo nos presenta así a Eleazar reuniendo a los supervivientes y proponiéndoles llevar a cabo un suicidio colectivo. «Mis valientes, hace tiempo que tomamos la decisión de no ser esclavos ni de los romanos ni de ningún otro, sino de Dios, pues solo Él es el auténtico y justo señor de los hombres. Ahora llega el momento que nos reclama poner en práctica nuestro propósito … Pues nosotros hemos sido los primeros en sublevarnos [contra los romanos] y seremos los últimos en luchar contra ellos.»61 Dios ha tomado la decisión de hacer expugnable la fortaleza que era inexpugnable. Todo está en manos de los romanos, excepto la facultad de morir libremente. «Que nuestras mujeres mueran sin ser injuriadas y nuestros hijos sin conocer la esclavitud. Después de que estos últimos perezcan, concedámonos mutuamente un noble favor al conservar nuestra libertad y hacer de ella una hermosa tumba.»

Si estas palabras nos suenan familiares y sospechosas a un tiempo es porque Josefo ha montado la escena para que la de Eleazar suene como una actuación más virtuosa que la que él mismo protagonizó en Jotapata. Eso es lo que a él le habría gustado decir. Esa es la única voz que resonará a lo largo de toda la historia de los judíos, desde los suicidios de la Europa medieval hasta el levantamiento del gueto de Varsovia en abril de 1943. Ante el terror comprensible de todos aquellos a los que invita a morir, Eleazar intenta entonces tranquilizarlos pronunciando un segundo discurso en el que afirma la inmortalidad del alma, liberada de la simple cáscara que es el cuerpo. «Es justo considerar dichosos —dice Eleazar— a los que murieron en la lucha, pues cayeron en defensa de la libertad, sin traicionarla.» Aquellos a los que los romanos capturan vivos son torturados y azotados hasta la muerte. «¿Quién es tan enemigo de su patria o quién será tan cobarde o tan apegado a la vida, que no se arrepienta de seguir vivo?»

¿Quién si no el historiador de la desgracia? Se desarrolla entonces la sangrienta tragedia, pero el último ejecutor no se pasa al enemigo, como hiciera Josefo, sino que contempla los 960 cadáveres que yacen en el suelo, provoca un gran incendio en el palacio «y con toda la fuerza de su mano se clavó en su cuerpo su espada completa». De los judíos, solo una anciana y cinco niños, que se habían escondido sin que nadie los viera en una galería subterránea, quedan vivos para contar lo sucedido.

Quizá hubiera momentos en los que Josefo deseara haber corrido la suerte de Eleazar, pero decide aguantar de un modo completamente distinto y con unas consecuencias quizá más grandes. Las Antigüedades de los judíos y Contra Apión fueron escritos probablemente veinte años después que la Guerra de los judíos, época en la que Josefo, hombre ya de mediana edad, había tenido tiempo de ponderar qué pensaba Roma —y en particular sus escritores— de los judíos que vivían entre ellos. Había en la ciudad unos treinta mil, buena parte de ellos descendientes de los cautivos tomados durante la primera campaña de Pompeyo, aunque la orden de expulsión decretada en 139 a. e. c. pone de manifiesto que ya en aquella fecha tan temprana existía una nutrida comunidad de mercaderes judíos en Roma, una colonia más de las que ya existían como consecuencia de la gran diáspora de los judíos por el Mediterráneo.62 Numerosas insulae o bloques de pisos atestados de gente daban cobijo frente a la isla Tiberina a muchas de las familias más pobres, como sucedería a lo largo de otros dos mil años, hasta la redada de octubre de 1943. Aunque las sátiras de Juvenal y la obra de Petronio se burlan de los judíos circuncidados, dados a la mendicidad y enemigos de los cerdos, lo que al parecer era una sinagoga fue erigida por primera vez en la ciudad portuaria de Ostia durante el reinado de Claudio, de modo que una vez más había ya una comunidad de judíos orientada principalmente al comercio lejos de la presión de las populosas calles de Roma.

Josefo no formaba parte de ella, por supuesto; vivía suntuosamente, por cortesía de su patrono, Tito, el nuevo emperador a la muerte de su padre, Vespasiano, en 79 e. c. Pero debió de abandonar cualquier esperanza de convertirse en el tipo de judío que (como los príncipes herodianos) encajaba a la perfección sin plantear el menor problema en la sociedad y la cultura imperiales al ver el desagrado altivo que sin duda notaba entre al menos algunos de los que eran iguales que él por naturaleza y pertenecían a su misma clase, los escritores y retóricos de Roma. En algunos aspectos, el historiador de la estirpe de los Flavios debía de estar protegido de las burlas mal disimuladas, pues indudablemente la familia imperial sentía una especie de amor-odio por los judíos, empezando por el propio Tito, que, como es sabido, se enamoró perdidamente de una mujer judía mayor que él, pero muy atractiva y sofisticada, casada ya tres veces, Berenice, la hermana de Agripa II (de quien se decía que era también su amante), hasta el punto de que algunos patricios, horrorizados, temieron que llegara a casarse con ella.63

Desde Séneca hasta los poetas Marcial y Juvenal, el estribillo sería y seguiría siendo previsible. Aunque el judaísmo había sido declarado oficialmente religio licita, escritores como Tácito insistirían en que tenía más que ver con una superstitio vil y degradante.64 Se decía que los judíos eran misántropos, que se mantenían obstinadamente al margen del resto de la sociedad, negándose a comer con la gente o (al contrario que el estereotipo griego) a acostarse con mujeres de otras naciones, a pesar de su famosa adicción a la lujuria. Tácito llegaría incluso más lejos en su paranoia acerca de la autoexclusión de los judíos al afirmar que «existe entre ellos una lealtad inquebrantable … pero contra todos los demás sienten un odio propio de enemigos» («sed adversus omnis alios hostile odium»).65 Se circuncidaban para marcar la diferencia, pero también para facilitar su insaciable apetito sexual, propio de bestias. Evitaban comer carne de cerdo porque adoraban al cerdo por ser el primer animal que cavó surcos en el suelo con su hocico. Y adoraban también al burro —erigiendo la estatua de un asno de oro en su Templo— porque durante su peregrinación tras ser expulsados de Egipto, convertidos en parias y víctimas de la lepra y la sarna, un burro los condujo hasta un manantial cuando se morían de sed. Del mismo modo, el descanso del sábado, del que tanto se jactaban (un mero pretexto para la ociosidad, suponían muchos), procedía de las horribles úlceras en las ingles que habían padecido los israelitas tras las seis primeras jornadas de su peregrinación, y que los obligaron a descansar al séptimo día.

Muchas de estas odiosas absurdidades, dice Josefo, han sido perpetuadas por el bibliotecario y gramático alejandrino Apión. «Es una gran vergüenza para un gramático no escribir una historia verdadera.» Claro que, por desgracia, era natural que alguien perteneciente a una raza que adoraba a los cocodrilos y a las víboras pensara que los judíos veneran a los burros. «Entre nosotros, como entre otras gentes sensatas, los asnos transportan la carga que se les pone encima» y nada más.66 Apión dejó su impronta en la memoria de los romanos cuando se presentó ante Calígula en el siglo I e. c. para explicarle por qué los judíos de Alejandría habían atraído hacia sí el oprobio e incluso la violencia de los egipcios. Su adversario fue el filósofo judío Filón, hermano de un recaudador de impuestos y tesorero de los ptolomeos y tío de Tiberio Julio Alejandro, que más tarde sería el segundo al mando al lado de Tito durante la guerra de los judíos. Haciendo un esfuerzo ímprobo, Filón intentó hacerle ver a Calígula que su decisión de obligar a que erigieran una estatua suya, como el dios que decía ser, tanto en las sinagogas como en cualquier otro lugar de culto, estaba prohibida por la ley y las tradiciones judías, y que esa negativa había sido el pretexto para que una violencia horrorosa, instigada por el gobernador romano de Egipto, Flaco, se abatiera sobre una comunidad inocente. Los judíos de Egipto no solo se habían visto privados de repente de la autonomía de la que gozaban sus comunidades desde tiempo inmemorial y habían sido recalificados como extranjeros en su propio país de nacimiento, sino que además el populacho había expulsado a los judíos de cuatro de los cinco distritos de Alejandría que ocupaban y los había relegado a un solo barrio atestado de gente. Luego sus casas habían sido saqueadas e incendiadas, las familias habían sido objeto de ataques y las sinagogas habían sido arrasadas.

La respuesta de Apión había consistido en reciclar la versión mítica de la historia de los judíos injuriosamente inventada por el gramático y sacerdote del siglo III a. e. c. Manetón: su expulsión en el curso de un año de plaga por ser un pueblo impuro de mutilados, el episodio de la ayuda prestada por el asno, etcétera. A semejantes necedades, dice Josefo en Contra Apión, se les debe hacer frente no solo con la justa indignación, sino también con la demostración irrefutable de su imposibilidad, sobre todo porque, cuanto más espectacularmente violentas sean, más probable es que prendan en la imaginación popular. El mito del viajero griego apresado por los judíos y engordado para después ser sacrificado y devorado en un banquete caníbal (anécdota repetida, entre otros, por el severo historiador Tácito), era un caso habitual. Se decía que «el rey Antíoco» (no está muy claro cuál de los Antíocos, pero presumiblemente se trata del «civilizador» Antíoco IV) encontró a ese griego atado en el patio más recóndito del Templo gritando que lo liberaran; se hallaba acostado en un lecho ante el cual habían dispuesto gran cantidad de manjares, pescados y carnes de animales terrestres y volátiles. La leyenda contaba que, cuando el prisionero estaba bien gordo y lustroso, lo llevaban a un bosque y lo mataban. A continuación, todos los judíos celebraban una asamblea secreta y se comían sus vísceras. Para empezar, señala Josefo con siniestra mordacidad, y al mismo tiempo ateniéndose estúpidamente a la literalidad de lo que decía Apión, «¿cómo es posible que todos los judíos se reunieran junto a estas víctimas y que sus vísceras bastaran para que las probaran tantos miles de hombres?».67 Lleno de espanto y desconcierto, Josefo identifica los inicios de una demonología (cónclaves secretos y caníbales de judíos llegados de los rincones más apartados cebándose con los cadáveres de pobres gentiles desamparados) que después se propagaría indefinidamente.

Al parecer, Josefo pensaba que aquella fobia tan intensa de los romanos era una respuesta defensiva ante la fascinación de una divinidad única, invisible e incluso innombrable. A menudo se ha exagerado el atractivo del monoteísmo judío para los gentiles y los romanos de su época, pero evidentemente constituía un motivo de preocupación para los escritores y los rétores latinos. Incluso durante el reinado de Nerón, Séneca había escrito, a propósito de la presuntuosa superioridad del monoteísmo judío, que «los vencidos dieron las leyes a los vencedores». ¿Cómo no iba a resultar angustioso que el judaísmo ganara adeptos cuando la propia esposa del emperador, se decía, era una simpatizante «temerosa de Dios», y otras mujeres de la alta cultura imperial y cortesana tenían la misma tentación? La expulsión de los judíos en el año 19 e. c. la desencadenó la alarma que despertó la conversión de una noble dama romana, una tal Fulvia. Y quizá resultara también inquietante saber que la dinastía real de Adiabene, región del nordeste de Asiria, donde las legiones romanas se hallaban crónicamente acorraladas, se había convertido al judaísmo; se contaba que su reina, Helena, había visitado Jerusalén y había concedido su patrocino al Templo y al pueblo judío.

En el otro extremo de la sociedad, se decía que los esclavos recibían de sus amos judíos la oferta de la libertad a cambio de su conversión. En un caso de singular valentía, el erudito Marco Terencio Varrón intentó aproximar el judaísmo y el paganismo romano sugiriendo que el Dios único y sin forma de los judíos era en realidad idéntico a un proto-Júpiter, el mismo summum deum que en los tiempos más primitivos y también más puros, de Roma había sido igualmente anicónico y amorfo.

Algunos de los textos más fóbicos revelan un ligero reconocimiento de que la lealtad de los judíos a un Dios único, cuya naturaleza trascendía todo aquello que pudiera ser modelado a partir incluso de los materiales más preciosos, podía de hecho resultarles atractiva, por ejemplo, a los platónicos, para quienes la fuerza creativa esencial radicaba en el ámbito del espíritu puro. En una feroz digresión a lo largo del breve relato que hace de la guerra de los judíos, Tácito dice que «creen en un solo dios concebido solo con su pensamiento … Aquel ser supremo y eterno ni se puede imitar ni puede perecer. Así pues, no se erigen estatuas en sus ciudades y mucho menos en sus templos. No ofrecen semejante adulación a los reyes ni honor a los Césares».68 De ese modo, aunque Tácito califica sus ritos de «siniestros y repugnante» y sus costumbres de «absurdas y mezquinas», afirma que la «primera lección que reciben» es «despreciar a los dioses, renegar de su patria», e insiste en que «para los judíos es profano todo lo que es sagrado entre nosotros y, a su vez, entre ellos se permite lo que entre nosotros es un sacrilegio», transmite, aunque a regañadientes, cierta idea de que la peculiaridad de su culto no es del todo despreciable. La inquietud no desapareció. Se llevaron a cabo otras dos expulsiones durante el reinado de Claudio, en 41 y en 49 e. c., en nombre del «orden público», aunque parece que los judíos que eran ciudadanos y libertos quedaron protegidos frente al desahucio.

La especie de cumplido al revés que supone la posterior admisión por parte de Tácito del misterioso poder del monoteísmo invisible brindaría a Josefo una oportunidad para educar a los gentiles en la verdad acerca de los judíos y del judaísmo. Eran seres humanos, no monstruos (evidentemente, este era un principio que había que dejar bien sentado; ¡por Dios!, podía incluso haber algunos que vestían la toga, como él), y sus cultos y rituales eran humanos y nobles, no sórdidos ni siniestros. Dando por supuesto que la creencia de Tácito de que los padres judíos no eran honrados por sus hijos y viceversa era ya un tópico habitual entre la élite de los romanos, a Josefo le cuesta trabajo señalar que en realidad lo cierto es justamente lo contrario. «Nos dedicamos preferentemente a la educación de nuestros hijos, a la observación de las leyes y a las prácticas piadosas que conforme a esas leyes han sido transmitidas.»69 El latrocinio y la piratería, añade, refutando la vieja reputación difamatoria del poco escrúpulo de los judíos en materia económica, les son ajenos, pues «no nos atrae el comercio ni el trato con otros pueblos que de él se deriva. Nuestras ciudades han sido edificadas lejos del mar, vivimos en un país fértil que cultivamos con afán».

Moisés, aclaraba pacientemente, no fue el caudillo de una horda de réprobos y leprosos, sino «el más antiguo de los legisladores», movido por una concepción del Dios inmutable que habrían compartido Platón y los estoicos. Un Dios «de belleza superior a toda forma mortal, cognoscible para nosotros por su poder, pero incognoscible en su esencia». En las leyes que transmitió se unían la cultura del precepto (la palabra) y la cultura de la práctica, mientras que los atenienses tenían solo la primera y los espartanos, la segunda. El meollo del judaísmo era el conocimiento de esas leyes, inculcadas desde la más tierna infancia. «Cualquiera de nosotros al que le pregunten las leyes, las dirá todas con más facilidad que su propio nombre.» Esa es la consecuencia de haberlas aprendido casi tan pronto como se tiene conciencia de las cosas, de modo que «las tenemos grabadas en nuestras almas».

Sorprendentemente para un historiador que tanto había insistido en la discordia de los judíos durante la rebelión (y, por lo demás, de forma muy poco verosímil), Josefo sostiene que la permanencia de la Torá determinó «nuestra admirable concordia». Además, en esas leyes no había nada oscuro ni siniestro, y mucho menos ridículo o «supersticioso». Se prohibían los vicios de la ebriedad y la sodomía, la violación de las vírgenes y el adulterio; se ordenaba orar por el bien común de todos y se establecía la realización de entierros decentes, pero modestos, y no las extravagancias de los monumentos funerarios; se exigía honrar a los padres y se prohibía la usura y (so pena de muerte) que los jueces aceptaran sobornos.

Asimismo, aunque esos preceptos sociales y religiosos aparecieron primero entre los judíos y constituyen un tesoro particular e imperecedero, todos los pueblos civilizados, incluidos los griegos, han seguido sus principios rectores, que se han convertido así, hasta cierto punto, en un bien universal, empezando por el fin de semana. «No hay una sola ciudad griega, ni un solo pueblo bárbaro, donde no se haya extendido nuestra costumbre del descanso semanal.»70 Otros pueblos han seguido la obligación judía de la limosna, la «concordia mutua» y las limitaciones morales de la justicia en los tratos económicos. Y todo ello se ha impuesto «por sí mismo», sin recurrir a ninguna fuerza o poder convencional, rasgo que Josefo destaca como típicamente judío. Las leyes, dice, no necesitan más defensa ni elaboración. Ni siquiera cuando de lo que se trata es de poner de manifiesto las perversas difamaciones vertidas contra los judíos, pues esas leyes «han demostrado por sí mismas que no enseñan la impiedad, sino la piedad más verdadera». Y, como si quisiera responder a las reprobaciones de Tácito, añade que «no invitan al odio, sino a la participación de todos en los bienes; que son enemigas de la injusticia y que se preocupan de la justicia, rechazando la pereza y el lujo y enseñando la moderación y el trabajo; que condenan las guerras de conquista, pero preparan a los hombres para que las defiendan valientemente».71

Y, por fin, Flavio Josefo —que ha perdido a su propio pueblo y se ha visto distanciado de un modo tan innegable y doloroso de los que lo han adoptado— se dirige orgulloso y desafiante a los que, como Séneca, Marcial y Tácito, presumían que no tenían nada que aprender de las supersticiones bárbaras de esos judíos viles, rapaces, lúbricos, amigos del secretismo y las conspiraciones y misántropos, y pronuncia las únicas palabras de jactancia que un judío considera digno pronunciar: «Nosotros hemos iniciado a otros pueblos en muchas y hermosas ideas».

 

 

VII. ¿EL FIN DE LOS TIEMPOS?

 

¿Cómo puede permitir Dios que le ocurra a su pueblo una cosa así? Eso es lo que nos preguntamos siempre cuando la carbonilla escuece en los ojos y empezamos a escupir hollín. ¿Qué fue de la alianza, de las promesas de que prevaleceríamos sobre los que intentan aniquilarnos? Siempre vuelve la misma respuesta, una vez tras otra. ¡Lee la letra pequeña! ¿Ves lo que dice sobre el Justo? ¿Qué está pasando? ¡Infracciones! ¡Iniquidades! ¡Abominaciones, palabrería destructiva! ¡Eso es lo que está pasando! ¡Ya es hora de hacer una buena limpieza! ¿No escuchasteis a los profetas? No digáis que no estabais avisados. Pero protestamos. Somos humanos. ¿Ha habido alguna vez que no nos hayamos extraviado, con respecto a la dieta, con respecto al sabbat, y no nos hayamos apartado de la senda estrecha? Fijaos en David y su lujuria, en Salomón y su vanidosa poligamia. ¿Verdad que fueron pisoteados en el polvo? ¿O no? Así que dejadnos tranquilos, ¿vale? ¿Un poco de carne de animal de pezuña no hendida, un poco de comida no escupida, algún que otro esportillero trabajando el día de descanso, y Jerusalén es destruida, y multitudes de gentes son incineradas? ¿De verdad? ¿Otra vez?

La pregunta no cesa. Si YHWH es el dueño de todas las cosas y de la historia de los judíos en particular, ¿cómo se produce siempre semejante tsurus, semejante complicación?

Los judíos del Segundo Templo y de la época de su destrucción tenían la respuesta. No era ortodoxa, carecía de autoridad, no era estrictamente bíblica, pero también fue escrita y leída, y no solo por unos excéntricos marginales. Lo sabemos por los fragmentos de quince copias distintas del libro de los Jubileos, otros fragmentos de siete copias del libro de Enoc, un «Génesis Apócrifo» con una versión curiosamente distinta de cómo y cuándo recibieron los judíos su Ley (en el momento de la Creación), y muchos otros fragmentos de unas sagradas escrituras paralelas o más bien alternativas, aparecidos todos entre los ochocientos cincuenta y tantos manuscritos descubiertos entre 1947 y 1955 en las cuevas de Qumrán.72 Entre ellos están todos los libros de lo que constituiría el canon de la Biblia hebrea, excepto el de Ester y (algo que resulta más misterioso, dada la profunda importancia que tiene para la historia de la Torá) el de Nehemías. Uno de ellos, el de Isaías, está íntegro. Se encontraron también numerosas copias de Isaías, los Salmos y el Deuteronomio, rasgo que probablemente constituya una guía de lo que era lo más importante para la yachad. La mayoría de ellos están escritos en hebreo; uno, el libro de Job, tiene una traducción targum al arameo, y además hay comentarios (pesharim) a libros como el de Habacuc o el de Isaías. Algunos de estos textos hebreos contienen sugestivas diferencias respecto del texto griego de los Setenta y el masorético (con la pronunciación añadida), autorizado por los rabinos casi mil años después, hacia finales del siglo IX.

Pero resulta que ese no es el final del relato. Entre los manuscritos de Qumrán se incluyen asimismo los libros apócrifos: Tobías, la Sabiduría de Jesús, hijo de Sirac, Judit, las dos apasionantes obras históricas que constituyen los libros de los Macabeos, la Serekh (la regla de la comunidad ascética o yachad), una letanía completa de Himnos de Acción de Gracias y Salmos, y, lo que resulta más emocionante, una serie de textos de las Sagradas Escrituras, en su mayoría escritos en los siglos III y II a. e. c., que, hasta su descubrimiento en las cuevas del desierto, solo se conocían (y no demasiado bien) por manuscritos etíopes de los siglos XV y XVI e. c., escritos en ge’ez, la lengua judeo-etíope (asociación ya bastante curiosa de por sí). El descubrimiento de estos textos en hebreo, unos mil quinientos años más antiguos, cambió por completo la historia, pues no era posible encajar esta corriente religiosa en el relato de los monoteísmos del África oriental, sino que de hecho se remontaba al meollo de la formación del judaísmo. Y era en esos libros, al mismo tiempo abstrusos y fascinantes, donde se aventuraba una respuesta a la pregunta sobre la existencia de la maldad en el mundo.

A decir verdad, se trata de una respuesta fantástica, en sentido literal; una respuesta impregnada de un relato judío que parece muy próximo a otras religiones paganas, así como a las batallas duales entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, características del zoroastrismo persa, y que pervivirían en los textos gnósticos. Si esos textos sobrevivieron en cierto número (y no hay motivos para pensar que no sobrevivieran), no cuesta ningún trabajo comprender por qué los rabinos los eliminaron incluso de la memoria apócrifa, ya que a la vista de ellos parece imposible que los judíos leyeran las dos cosas, el relato autorizado de la Biblia, guiado por la alianza, y la versión que ofrecen el libro de los Jubileos, 1 Enoc (incluido el libro de los Vigilantes y el de los Gigantes) y el Génesis Apócrifo, y menos aún que creyeran en ellas.

En estas escrituras alternativas, el Dios Uno no está solo en el espacio celeste, sino rodeado de una hueste de ángeles sobre los que ejerce un control imperfecto. Hay ángeles buenos, al mando de Miguel, que sobrevive en ambos Testamentos, pero hay también ángeles malos e insubordinados, encabezados por Belial, cuyo nombre aparece por doquier en estos libros, incluido uno de los numerosos Himnos de Acción de Gracias pseudobíblicos, por lo demás muy hermosos, el XV: «Yo me quedé mudo … mi brazo está roto desde el codo, mis pies se hunden en el barro, mis ojos están ciegos por haber visto el mal, mis oídos por oír el derramamiento de sangre, mi corazón está horrorizado por proyectos inicuos, porque está Belial con la manifestación de la inclinación de su ser [al mal]».73 Por su desobediencia (especialmente por negarse a admitir la presencia de apariencias divinas en los hombres creados), son expulsados del cielo y enviados como «Hijos del cielo» —o, de forma más siniestra en 1 Enoc, como «Vigilantes»— a la Tierra. Allí mantienen relacionen sexuales con mujeres mortales que engendran gigantes monstruosos, los Nefilim. El mal anda suelto por el mundo y Dios, ofendido, se retira en todo su esplendor, rodeado de los ángeles, y deja que el destino siga su curso. Enoc, el primer hombre con lengua, anda errante de un confín a otro de la Tierra, testigo del horror y los estragos, y cuenta que la maldad llena el planeta. Se anuncia el diluvio para acabar con los gigantes, pero los espíritus demoníacos sobreviven. Ellos también están destinados a perecer, aunque su jefe, un personaje satánico llamado Mastema, una especie de anti-Creador, implora que solo nueve décimas partes de ellos sean confinados a los lugares profundos de la Tierra. Sin embargo, quedan sueltos suficientes para cometer más crímenes y causar más dolor.

A continuación tenemos una serie de curiosas alteraciones del relato bíblico, especialmente en el Génesis Apócrifo. No solo Israel sella la alianza en el momento de la Creación, sino que la esposa de Abraham, Sara —descrita con la apasionada sensualidad del Cantar de los Cantares—, excita tanto el apetito de un faraón que este la rapta y la toma por esposa durante dos años. Para evitar cualquier problema, Abraham la hace pasar por su hermana.

Surgen anécdotas extrañas, pero curiosamente fascinantes. Lamec, el hijo de Matusalén, duda de si su hijo es realmente hijo suyo. Lo curioso es que esas dudas no las suscita el hecho de haberlo engendrado a la edad de 182 años, sino el temor de que su esposa, Bitenós, haya sido inseminada por algún ángel-vigilante o por alguno de los malvados hijos del cielo. «Entonces Bitenós, mi esposa, me habló muy reciamente, lloró … y dijo: “¡Oh, mi hermano y señor! Recuerda mi placer … el tiempo del amor, el jadear de mi aliento en mi pecho”.» Y le asegura que, en efecto, el orgasmo mutuo garantiza que la semilla de la que nacerá Noé es suya. Lamec sigue sin estar convencido y acude a Matusalén, todavía más viejo que él, para que lo tranquilice.

Los Hijos del Cielo se cuelan en el relato bíblico con molesta regularidad. Su príncipe y cabecilla, Mastema, planea el sacrificio de Isaac, sugerencia que Dios acepta, y Moisés recibe la Ley (una vez más) de un grupo de ángeles además de Dios. La impresión acumulativa que resulta no es que Dios haya abandonado su creación, sino que, generación tras generación, su soberanía es puesta en entredicho entre el bien y el mal, con la certeza de que, en último término, en la batalla definitiva que anuncie el Fin de los Tiempos (contada con asombroso detalle, en un tono casi homérico, en el rollo más extenso, de casi nueve metros de largo), los Hijos de la Luz prevalecerán sobre la Hueste de las Tinieblas. «Y en el día en el que caigan los kittim habrá un combate y destrucción feroz ante el Dios de Israel, pues este será el día fijado por él desde antiguo para la guerra de exterminio contra los hijos de las tinieblas.»74 ¡Y se prolongará durante treinta y tres años!

¿Cuánto tenían de excéntricos los autores y los lectores de esta historia alternativa de los judíos y del mundo? Evidentemente, fue eliminada por completo de las Escrituras, y su recuperación es una especie de milagro accidental. Aún existe una enconada batalla entre especialistas como Geza Vermes, que siguen creyendo que la comunidad de Qumrán era completamente esenia, y la postura sostenida por Norman Golb, según el cual la simple diversidad y el tamaño de la colección de manuscritos indican la existencia de una biblioteca de Jerusalén más ecléctica, sacada precipitadamente de la ciudad sitiada para su conservación. Aunque sigue sin convencerme la tesis de Golb, su teoría en realidad no es tan descabellada. La distancia que separaba Jerusalén de Qumrán era de unos cincuenta kilómetros, en un territorio que, tras la conquista de Masadá al sur, estaba más o menos controlado por los zelotes. Debía de saberse que Qumrán estaba ocupada desde hacía muchas generaciones por la yachad de ascetas. Por tanto, cabe la posibilidad de que los Manuscritos del Mar Muerto sean una mezcla (escrita en definitiva por muchas manos e incluso en muchas lenguas) de reglas y disciplinas esenias con una serie de copias adicionales de lo que sería el canon bíblico, más textos apócrifos y míticos traídos de fuera.

El ajuste realmente llamativo de nuestros supuestos en torno a la piedad judía que exigen estos manuscritos no es si son obra de los esenios y constituyen una biblioteca de esta secta o si son una colección más ecléctica procedente de Jerusalén, sino el hecho de que los judíos leían a un tiempo versiones contradictorias de su narrativa ancestral, tanto las autorizadas como las no autorizadas, tanto las rígidamente monoteístas como las míticamente dualistas. Algunos volúmenes, como, por ejemplo, el Rollo del Templo, son una reelaboración de muchos mandamientos relativos al sacrificio y también normas de pureza detalladas ya en la Torá, pero con preceptos actualizados. Ni la salamanquesa de las paredes, ni la salamanquesa de la arena, ni la «gran lagartija» ni el camaleón, que se encuentran por Qumrán y sus alrededores, por ejemplo, son kosher. El manuscrito describe un Templo decorado todavía más espléndidamente. Estas formas híbridas, en parte tomadas de la Torá y en parte no, abren la posibilidad de una erudición y una piedad judías más ricas y variadas, organizadas de modo más vago, más ajustadas al mito, más inspiradas en el misticismo y más obsesionadas con el sol de lo que permiten el canon posterior de la Biblia hebrea y el Talmud. Pero recupera de los márgenes esotéricos el resto de la cultura judía —las facetas más salvajes de los relatos míticos, la existencia de la magia y los encantamientos de la Antigüedad tardía (conocidos por los miles de cuencos con encantamientos babilónicos)— y vuelve a situarla en el centro de la práctica religiosa y la composición narrativa de los judíos.

Algunos de estos textos resultan fascinantes y delirantes por su prolijidad. El Rollo de la Guerra, por ejemplo, no habría sido muy útil como manual de armamento contra los romanos, pues dedica una cantidad desproporcionada de tiempo a detallar exactamente qué inscripciones deben llevar las trompetas, los estandartes e incluso las armas de las formaciones de batalla de los Hijos de la Luz. «En la punta de la jabalina escribirán: “Brillo de la lanza por el poder de Dios” … En el segundo dardo escribirán: “Flecha de sangre para hacer caer muertos por la cólera de Dios”.» ¡Vamos a escribir hasta que el enemigo capitule! ¡Ríndete a nuestra verbosidad o de lo contrario…! Se especifican medidas precisas del tamaño de los escudos de bronce pulido, y la punta de la lanza «será de hierro blanco brillante, obra de artista orfebre, y habrá una espiga de oro puro en medio de la punta apuntando hacia arriba».75 Si el Último Combate solo podía decidirse a fuerza de excesos literarios y de bisutería suntuosa, sería una tarea fácil para los Hijos de la Luz.

Nunca lo fue. Aun así, si la conmovedora llamada a las armas recogida en el Rollo de la Guerra, con su fe inquebrantable en la victoria final, era compartida efectivamente por la cultura común y no solo por una comunidad separatista establecida a orillas del mar Muerto, incluso una aniquilación tan total como la de Tito podría ser vista como un prólogo del triunfo final del Señor de las Huestes y de su pueblo de la alianza. La esperanza no se extinguió. La libertad (y la palabra quedó grabada en las siguientes generaciones de rebeldes) subsistió y cobró forma en la llegada del Mesías. El Señor de las Huestes volvería a montar su caballo y a cabalgar al lado de su pueblo. La cosa no ha acabado hasta que no ha acabado. Continuará.

De ahí la repetición en cuestión de sesenta años no de una, sino de dos enormes insurrecciones judías contra Roma, para sofocar las cuales fueron precisas, para mayor asombro del imperio, numerosas legiones. Más llamativo resulta todavía que la primera tuviera lugar durante el reinado de Trajano, entre 115 y 117 e. c., a lo largo de una larga franja del terreno ocupado por la diáspora mediterránea, desde Cirenaica hasta las ciudades sirias de Antioquía y Damasco, que también se vieron afectadas, pasando por todo Egipto, donde alcanzó su mayor paroxismo en Alejandría, cuya gran colonia judía fue prácticamente eliminada. Para una narración de lo que fueron ambas rebeliones desde el punto de vista judío ni siquiera podemos contar con Josefo, pero parece harto probable que se basaran en gran medida en el fermento mesiánico generalizado que late en los manuscritos heterodoxos de Qumrán; en la creencia apasionada en que el Fin de los Tiempos ya está aquí; en que los Hijos de la Luz vencerán a los Hijos de las Tinieblas; en que en una batalla inmensa el Dios Redentor combatirá en defensa de sus Hijos. Desde luego, conocemos por algunas fuentes romanas, como Dión Casio y Diodoro Sículo, la magnitud de la revuelta, la violencia y la ferocidad de las matanzas, de los incendios y de los saqueos, que significaron para esas ciudades judías lo que Tito había hecho en Jerusalén.

Quizá resulte sorprendente o quizá no, pero, dado el trauma que supuso la experiencia de 70 e. c., los judíos de Palestina no se sublevaron mientras sus hermanos y hermanas de Libia, Egipto y Siria eran masacrados. Pero en torno a 132 e. c. estalló en Judea una rebelión cuyo sofocamiento, según fuentes como Dión Casio, requirió cincuenta mil hombres y tres años de campaña.76 Aun admitiendo lo que pueda tener de hiperbólico la noticia, no cabe duda de que la magnitud de la insurrección cogió a los romanos por sorpresa. En un momento dado el propio emperador Adriano tomó el mando de las operaciones cuando pareció que las cosas empezaban a ir mal, y el orador Frontón comparó esta segunda guerra de los judíos con los largos y trabajosos combates librados en las tierras húmedas y brumosas del norte de Britania.

No tenemos ningún Josefo que nos dé ni siquiera una idea de cómo empezó la rebelión ni de sus causas inmediatas, aunque la fundación por parte de Adriano de una ciudad que llamó Elia Capitolina en el emplazamiento de lo que había sido Jerusalén, para entonces destruida en su mayor parte, supuso casi con seguridad la mayor provocación. En otros tiempos se pensó que eso fue el resultado y no la causa de la sublevación, pero algunas monedas acuñadas en torno a 130-131 con ese nuevo nombre romano de la Jerusalén asolada ponen de manifiesto que esa fue de hecho una causa primordial. Independientemente de que el cabecilla de la sublevación, Simón bar Kosiba, se creyera que era el Mesías, el tipo de ardientes expectativas documentadas en los manuscritos de Qumrán (por no hablar de la existencia de una religión cristiana verdaderamente mesiánica) hizo que sus pretensiones resultaran verosímiles, incluso para un fariseo como Rabí Akiva, que participó en la revuelta y fue, después de Simón, su víctima más famosa.

Fue Rabí Akiva, al invocar la profecía conservada en Números 24, 17 —«Álzase de Jacob una estrella, surge de Israel un cetro»—, el que consagró la insurrección dando a su líder el nombre arameo, más acorde con sus pretensiones mesiánicas, de Simón bar Kochba, esto es, «hijo de la Estrella». Pero Bar Kochba se llamó también a sí mismo nasi, «príncipe», y —a diferencia de los asmoneos, por ejemplo— explotó la reiteración mesiánica en que el verdadero redentor de los judíos provendría de la estirpe de David (como de hecho se decía de Jesús de Nazaret). Bar Kochba era un defensor acérrimo de la observancia del sabbat, y se presentaba como una especie de líder neodavídico del pueblo santo. Se sabe mucho menos acerca del desarrollo de la rebelión que de la primera guerra contra los romanos, pero en la década de 1960 se encontró un escondite lleno de cartas, unas del líder y otras dirigidas a él, en una cueva del desierto de Judea.77 La imagen que ofrecen es la de un líder guerrillero brutal, con una cadena de mandos bien organizada, que dividía su territorio en siete comandancias y estas a su vez en varios distritos, todos sometidos presumiblemente al pago de impuestos para sufragar la revuelta. Más un revolucionario que un mero rebelde, Bar Kochba hace gala de la necesaria dureza punitiva, sin la cual no habría podido durar mucho. Firma sus propias cartas, tajantes, directas, inflexibles, e incluso de esa concisión emana una especie de fuerza intensamente carismática, palpable al cabo de miles años. Pero la inscripción que aparece en sus monedas —«Por la Libertad de Jerusalén»— era una mera ilusión, pues por la distribución de esas mismas monedas es evidente que la ciudad nunca llegó a ser tomada. Con todo, en mayor medida aún que la gran guerra librada dos generaciones antes, la rebelión demuestra que los insurrectos eran conscientes de que combatían por la «libertad de los judíos», que es otro de los lemas que aparecen en sus monedas. Evidentemente, se trataba de un desafío a la famosa leyenda «Judaea Capta», escrita en las monedas romanas acuñadas tras la conquista de Jerusalén por Tito junto a la efigie de una mujer llorando desconsolada al pie de una palmera.

Volverían a derramarse lágrimas. En sus momentos de mayor éxito, en torno al año 133, Bar Kochba tenía solo Judea y Samaria, y había establecido su capital en Betar. Parece que tanto Galilea como Jerusalén permanecieron bajo el más absoluto control de los romanos. Al final, y haciendo gala de una gran prudencia, los romanos optaron por llevar a cabo una guerra de desgaste, arrinconando a los rebeldes en las cuevas fortificadas del desierto con vistas al mar Muerto, en las que se encontraron las cartas, muchas de las cuales, pertenecientes a los últimos años de la sublevación, muestran una desesperación cada vez mayor por la comida y los pertrechos, antes de que llegara el final en el año 135. Con la supresión de la revuelta llegó el fin de la propia Judea, rebautizada como «provincia de Siria-Palestina» por Adriano poco antes de su muerte.

 

 

Pero ¿acaso era posible soslayar por completo la historia, aunque no fuera uno discípulo de Yohanan ben Zakkai? Junto a los restos mortuorios de un grupo de treinta judíos aparentemente acaudalados que huían de los romanos, hallados en una cueva del desierto de Judea, estaba la correspondencia de una mujer que intentaba justo eso, o quizá simplemente ocuparse de sus propios asuntos mientras las lanzas volaban sobre su cabeza. Se llamaba Babatha y era originaria de la aldea de Maorza, en Nabatea, al otro lado del Jordán, al sudeste del mar Muerto, no lejos de la capital de la región, Petra, y sus edificios de piedra rosa. Étnicamente Babatha era idumea, pero ese pueblo se había convertido hacía más de dos generaciones, y cuando dio a luz a un hijo de su primer marido, el niño fue identificado específicamente como judío en el registro civil romano.

Su mundo y su fortuna eran los dátiles, que, como les dirá cualquiera que los haya comido recién cogidos del árbol en esa parte del país, son absolutamente incomparables por la suculencia de su carnosidad y la intensidad de su dulzor. Disfruten todo el tiempo que quieran de un dátil del mar Muerto. Babatha heredó de su padre una plantación de palmeras datileras y, a raíz de su primer matrimonio con un hombre llamado Jesús, amplió su propiedad. En 124 ya se había quedado viuda, y en 125 había vuelto a casarse con el dueño de otra plantación llamado Judanes, que tenía ya otra esposa llamada Miriam y una hija que llevaba el hermoso nombre de Shelamzion. La Torá permitía la poligamia, pero como Judanes tenía un palmeral en Ein Gedi, en la margen occidental del mar Muerto, donde en un momento determinado se estableció Babatha, es perfectamente posible que Judanes tuviera esposas y palmerales en los dos sitios.

En cualquier caso Babatha tenía lo que hay que tener para cuidarse sola. En 128 prestó a su marido la bonita suma de 300 denarios, para que pudiera darle una buena dote a Shelamzion, y además bajo unas condiciones que le permitían reclamar su devolución cuando quisiera. Cuando murió Judanes, sospechando que pudiera tener problemas con el pago de la deuda, Babatha se incautó inmediatamente de los palmerales de Ein Gedi como garantía colateral. A Miriam, la primera esposa de Judanes, no debió de gustarle mucho semejante decisión. Le puso un pleito ante un tribunal romano reclamando una indemnización, pero además contaba con jugar una buena baza: su relación con el nuevo régimen de Bar Kochba a través de un pariente o amigo, Jonatán, que era el comandante del hijo de la Estrella en Ein Gedi.

La historia estaba a punto de llegar a su final para Babatha y su fortuna, reunida con tanta tenacidad y mantenida de forma tan precaria. Sin dejarse amedrentar, se retiró a Ein Gedi para defenderse en el juicio, pero el áspero viento de la calamidad la arrastró consigo. Huyendo de los romanos hasta las cuevas de Nahal Hever (con los soldados apostados justo encima de sus cabezas, en la cara externa del barranco), Babatha sabía lo suficiente de cómo funciona el mundo para aferrarse a toda costa a su pequeño archivo jurídico, si era preciso hasta el último momento. Si Dios tenía clemencia y sobrevivía, sabía que necesitaría el archivo para convertirse ella sola en dueña y señora de los ricos palmerales. Pero algún Hijo de los Cielos se entrometió y la mujer falleció en compañía de los judíos ricos de Ein Gedi, junto con sus espejos, sus peines y sus tarritos negros de ungüentos.

No queda mucho de la rebelión de Bar Kochba, el último espasmo del desafío judío, excepto las monedas que coleccionan los numismáticos (que, incluso valoran bastante algunas de ellas, aunque muchas sean solo minúsculas superposiciones). A menudo son dolorosamente hermosas, pues representan todo lo que se había perdido: la columnata del Templo en particular, y a menudo las cuatro especies de plantas llevadas a él durante la fiesta de los Tabernáculos. Una moneda de plata reúne a un tiempo iconografía, recuerdo del Templo, redención mesiánica y el primer eslogan de liberación revolucionaria conocido en el mundo, pues rodeando las trompetas que un día sonaran en lo alto de las murallas vemos una leyenda, escrita intencionadamente en caracteres hebreos arcaicos, que la relacionan con la escritura de la Biblia: «Por la Libertad de Jerusalén».

Otras monedas llevan en una de sus caras el tamar o palmera datilera, que recuerda al candelabro o menorá, uno de los emblemas más repetidos de la iconografía judía. Es un tópico decir que la palmera datilera era un símbolo de la fecundidad que Dios había prometido a su pueblo de la alianza.

La palmera datilera tenía, además, otra asociación. Los egipcios y todas las culturas posteriores la conocían ya como el árbol que no muere nunca, sino que se renueva constantemente, pues cría nuevas ramas que sustituyen a las que se marchitan y se secan, colgando lánguidamente del tronco hasta que se caen. Es algo que pueden ustedes ver por sí mismos, especialmente en Israel y en Egipto. En ese sentido al menos, la palmera es inmortal, y se convirtió en una imagen de la redención y la resurrección. Razón de más para que la eligiera como símbolo el piadoso pseudomesías Simón, guiado por los sacerdotes que sabemos que lo rodeaban.

Pero eso mismo hizo otro grupo de creyentes mesiánicos, muy preocupados por la resurrección, y esa es la razón de que, cuando aparece por primera vez la imagen de la cruz cristiana, lo haga en forma de palmera.78