XII



¿Son las estatinas la nueva medicina milagrosa?

¿Cuándo es un fármaco milagroso realmente milagroso? Cada cierto tiempo los medios de comunicación descubren un «remedio milagroso» que parece capaz de curar cualquier cosa, desde las enfermedades cardiacas hasta la alopecia. La mayoría de las veces el medicamento sirve para vender periódicos y enriquecer a los laboratorios que lo fabrican y no para curar nada. Pero en ocasiones sí se descubren fármacos milagrosos. Tanto para los pacientes como para las compañías farmacéuticas las estatinas —el nombre comercial con que se designa a los inhibidores de la HMG-CoA reductasa, un nuevo tipo de fármacos que reduce los niveles de colesterol de forma segura— han demostrado ser el caldero de oro al final del arcoiris médico. La única pregunta que queda por responder es ¿cómo de grande es el caldero? Desde la introducción de la lovastatina en 1987, las estatinas han salvado supuestamente innumerables vidas, al tiempo que se han convertido en uno de los medicamentos más vendidos que existen, arrojando unos beneficios anuales de más de veinte mil millones de dólares. Pero aunque la FDA sólo ha aprobado su uso para reducir el colesterol LDL, lo que a su vez reduce de forma sustancial la incidencia de ataques al corazón e infartos cerebrales, existen pruebas que sugieren que estos fármacos pueden tener muchas más aplicaciones[29]. Así que la pregunta es ¿quién debería tomarlos y para qué?

El colesterol es un esteroide lípido producido sobre todo por las células hepáticas y que cumple varias funciones vitales en nuestro organismo, pero cuando producimos más de lo que nuestro cuerpo es capaz de gestionar forma una placa arterioesclerótica en las paredes arteriales. Si se forma demasiada placa, ésta restringe el flujo sanguíneo al corazón, o si se rompe pueden formarse coágulos potencialmente destructivos que pueden desembocar en derrames o ataques al corazón. La búsqueda de una sustancia capaz de rebajar los niveles de colesterol de forma segura comenzó en la década de 1950 y condujo a la aprobación por parte de la FDA del triparanol en 1959. Por desgracia tres años más tarde se ordenó su retirada del mercado después de hacerse público que el fabricante había falsificado datos y que el fármaco podía causar cataratas.

Una década más tarde los científicos japoneses Akira Endo y Masao Kuroda empezaron a buscar un inhibidor natural que evitara la formación del llamado colesterol «malo» o LDL (una lipoproteína de baja densidad). En 1979 sus investigaciones permitieron a científicos como Merck a aislar el fármaco por primera vez: la lovastatina.

La hipótesis de que rebajar el colesterol LDL reduciría la incidencia de ataques al corazón demostró ser cierta gracias al ensayo clínico Lipid Research Clinic Coronary Primary Prevention Trial, que generó gran expectación cuando se publicó en el Journal of American Medicine en enero de 1984. Se trataba de un estudio multicéntrico (realizado con datos procedentes de varios centros médicos u hospitales), aleatorio y de doble ciego que testaba el valor médico de rebajar el colesterol a tres mil ochenta y seis varones sanos de mediana edad con el colesterol alto. En lugar de estatinas, el estudio empleaba otro fármaco en conjunción con cambios en la alimentación para reducir los niveles de colesterol. En aquel momento cada una de las tres sustancias que lograban inhibir el colesterol tenían efectos secundarios indeseables. Pero este estudio concluyó que rebajar los niveles de colesterol durante siete años resultaba en una reducción de 19,4 por ciento de la incidencia de enfermedades cardiacas, ataques al corazón y muertes. Aunque aún no se comprendía el mecanismo preciso, no había duda de que rebajar los niveles de colesterol reducía de forma sustancial el riesgo de ataques al corazón e infartos cerebrales.

Dos meses más tarde Merck presentó ante la FDA su petición para la aprobación de un nuevo fármaco. En ella demostraba que la lovastatina reducía los niveles de colesterol, y por ello también probablemente el riesgo de enfermedad cardiaca. La lovastatina se aprobó en sólo nueve meses y se convirtió en la primera estatina del mercado, en 1987.

A ella siguieron otras estatinas, con una competencia desesperada por parte de las compañías farmacéuticas por hacerse con una porción de este lucrativo mercado[30]. Las estatinas reducen el colesterol alterando su metabolismo básico. En general han demostrado ser muy seguras, pero pueden tener ligeros efectos secundarios que incluyen dolor muscular, erupción cutánea, problemas digestivos como náuseas y diarrea y un incremento en la producción de enzimas. Yo, por ejemplo, pertenezco a la pequeña porción de población que no puede tomar estatinas, porque unas pocas semanas después de empezar a hacerlo comencé a tener calambres musculares muy dolorosos por la noche, que desaparecieron en cuanto interrumpí la medicación. Pero la gran mayoría de personas pueden tomar estatinas sin problemas; de hecho, en algunos países se venden sin receta, como la aspirina[31]. Hay distintas clases de estatinas, y aunque cada una de ellas administrada por separado rebaja el LDL, parecen actuar de formas distintas contra otras enfermedades. La más eficaz ha sido Lipitor, de los laboratorios Pfizer, que se ha convertido en el medicamento más vendido en todo el mundo, con ventas que en 2008 ascendieron a ocho mil millones de dólares.

Desde 1987 más de cien mil personas han participado en estudios controlados de gran calidad con estatinas. Estos ensayos han demostrado que las estatinas reducen el riesgo de enfermedad coronaria, ataques al corazón y mortandad en varones con colesterol alto hasta en un 60 por ciento según algunos, y la de ictus en un 17 por ciento. Como el número de mujeres que ha participado en estos estudios ha sido considerablemente menor, los datos referidos a ellas son más limitados. La primera prueba concluyente de que las estatinas prevenían los ataques al corazón fue el Scandinavian Simvastatin Survival Study, un estudio multicéntrico y aleatorio que incluía cuatro mil cuatrocientos cuarenta y cuatro pacientes con enfermedades cardiacas y colesterol alto. Éstos fueron divididos en dos grupos, uno de los cuales tomó estatinas y el otro placebo. La simvastatina reducía el nivel total de colesterol en una media de 25 por ciento, y en especial reducía el colesterol «malo» o LDL en más de un tercio, aumentando el «bueno» o HDL en un 10 por ciento. Aunque la muerte por causas distintas a enfermedad cardiaca se reducía en todos los participantes en un 30 por ciento, el riesgo de que los miembros del grupo de muestreo sufrieran un ataque mortal al corazón se reducía en un 42. Además de ello, la estatina también reducía de forma significativa todos los posibles problemas coronarios no mortales. Estos espectaculares resultados han sido desde entonces confirmados por numerosos estudios posteriores.

Aunque son menos los estudios realizados con mujeres, investigadores de la Universidad de California en San Francisco y de la Universidad de Carolina del Norte analizaron datos procedentes de cinco estudios de calidad. Su informe, publicado en JAMA en 2004, concluía que las estatinas reducen efectivamente el riesgo de problemas coronarios no mortales en mujeres con enfermedad cardiaca en alrededor de un 20 por ciento, y el riesgo de ataque al corazón mortal en un 26 por ciento.

Que las estatinas reducen el riesgo de problemas coronarios en individuos con colesterol alto rebajando el colesterol LDL parece por tanto evidente. Pero el caso es que otros investigadores en otros estudios de calidad continúan obteniendo resultados inesperados. Un estudio europeo realizado con diez mil pacientes con niveles de colesterol normales o bajos pero con hipertensión u otros factores de riesgo de enfermedades cardiacas, encontró que las estatinas reducían el riesgo de problemas coronarios en más de un tercio. Los resultados eran tan marcados que el estudio se detuvo después de llevar sólo un año en marcha, menos de la mitad del tiempo normalmente requerido para un estudio serio. El hecho de que individuos con otros factores de riesgo que no fueran niveles altos de colesterol se beneficiaran casi tanto de las estatinas como los que tenían colesterol alto resultaba de lo más desconcertante. El investigador principal, el doctor Peter S. Sever declaró: «Que los beneficios sean evidentes tan pronto desafía la explicación científica sobre el funcionamiento de estos fármacos». A continuación sugería que tal vez lo que se considera un nivel alto de colesterol LDL pueda ser demasiado elevado.

Pero otros estudios han indicado que podría haber otra explicación. Un estudio cuya duración prevista era de cinco años realizado con dieciocho mil pacientes —siete mil de ellos mujeres— con niveles relativamente bajos de colesterol y patrocinado por AstraZeneca, la compañía fabricante de Crestor, se interrumpió a los dos años porque revelaba que el grupo que tomaba este medicamento reducía su riesgo de sufrir ataque al corazón, ictus y muerte en casi un 50 por ciento. El investigador principal, el doctor Paul Ridker, profesor de Medicina de Harvard, se preguntó si la inflamación podía ser de hecho, un factor causante de enfermedad cardiaca y si las estatinas eran efectivas porque reducían la inflamación además de los niveles de colesterol LDL. Pero aunque todos los participantes de este estudio tenían niveles bajos de colesterol, también tenían niveles altos de proteína C-reactiva, un marcador biológico que indica que hay inflamación. La pregunta que planteaba este estudio era importante: ¿es posible que las estatinas prevengan los ataques al corazón reduciendo la inflamación en lugar de los niveles de colesterol? ¿O tal vez los beneficios que producen son el resultado de la reducción de ambas cosas, el colesterol LDL y la inflamación?

El llamado ensayo Enhance, un estudio aleatorio de doble ciego realizado con setecientos veinte sujetos holandeses aquejados de una enfermedad que causaba niveles muy elevados de colesterol, aportó nuevas pruebas de que la inhibición del colesterol puede no estar directamente relacionada con la formación de placas en las arterias. Este ensayo de dos años de duración, patrocinado por los laboratorios Merck y Schering-Plough, estaba diseñado para probar que el Zetia (ezetimiba), un fármaco de uso extendido que no es una estatina pero que reduce los niveles de colesterol hasta un 20 por ciento en la mayoría de los pacientes que lo toman, también podía prevenir la formación de placa arterioesclerótica. En lugar de ello, los resultados publicados en 2008 revelaron que aunque el Zetia rebaja los niveles de colesterol LDL no afecta a la formación de placa y, según el New York Times, «no tiene beneficios médicos [...] ningún estudio ha demostrado nunca que pueda reducir la incidencia de ataques al corazón o derrames, ni siquiera que reduzca el grosor de las placas lípidas de las arterias causantes de los problemas cardiacos».

Así que si la inhibición del colesterol LDL no previene necesariamente la formación de placas, ¿por qué consiguen las estatinas reducir la incidencia de ataques al corazón, ictus y mortalidad? Es una pregunta para la que todavía no tenemos respuesta —aunque sospecho que los cardiólogos en su mayoría siguen convencidos de que su valor reside en la capacidad de rebajar el colesterol LDL—. De lo que no hay duda es de su capacidad de salvar vidas. De hecho, los investigadores están descubriendo que las estatinas parecen ser efectivas frente a enfermedades que no sean cardiacas, entre ellas una sorprendente variedad de problemas médicos, incluyendo algunas clases de cáncer, alzhéimer, osteoporosis, neumonía y trombos (coágulos sanguíneos).

In vitro, es decir, en el laboratorio, las estatinas han logrado limitar la supervivencia y el crecimiento de células cancerígenas, y hay cada vez más pruebas de que pueden proporcionar protección frente a varias clases de cáncer en humanos, entre ellas de colon, mama, páncreas, próstata e hígado. Por ejemplo, un estudio caso-control conducido en 2005 en la Universidad de Michigan que incluía casi cuatro mil pacientes que llevaban más de cinco años tomando estatinas demostró que éstas —tras ser ajustada su administración a la posible presencia de otros factores de riesgo— reducían las probabilidades de contraer cáncer colorrectal en casi un 50 por ciento. Un estudio más pequeño en la Health & Sciences University de Oregón concluyó que el consumo de estatinas estaba «asociado a una reducción significativa del riesgo de cáncer de próstata». Un estudio caso-control con cohortes realizado en el Health Sciences Center de la Universidad Estatal de Louisiana examinó las historias clínicas de casi medio millón de pacientes beneficiarios del sistema de cobertura sanitaria para veteranos de guerra Veterans Affair Health Care compiladas entre 1998 y 2004. Los investigadores informaron de que consumir estatinas durante más de seis meses reducía el riesgo en más de un 50 por ciento, y que «los efectos protectores de las estatinas eran manifiestos en distintos grupos de raza y edad e independientemente de la presencia de diabetes, tabaquismo o consumo de alcohol». El Women’s Health Initiative Study, por su parte, demostró que las mujeres que toman un tipo de estatinas llamadas hidrofóbicas, entre las que están la lovastatina, la simvastatina, atorvastatina, fluvastatina y cerivastatina, reducían el riesgo de cáncer de mama en un 18 por ciento. Este estudio de cohortes de grandes dimensiones, que estuvo coordinado desde el Fred Hutchinson Cancer Center en Seattle y fue publicado en la edición online de Cancer, incluía a más de ciento cincuenta mil mujeres. La conclusión principal fue que «en esta nutrida muestra de población de mujeres posmenopáusicas con factores de riesgo de cáncer de mama bien definidos, cuando se consideraba a las estatinas en su conjunto, no se encontraba una asociación estadística significativa con la incidencia de cáncer de mama. Sin embargo, el uso de estatinas hidrofóbicas se asociaba a una incidencia menor y estadísticamente significativa de cáncer de mama, un descubrimiento que garantiza la realización de estudios futuros».

Otro importante estudio con cohortes, conducido por investigadores del DeBakey Veterans Affairs Medical Center, del Baylor College of Medicine y de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Huston informó de que «el uso de estatinas está asociado a una reducción significativa del riesgo de carcinoma hepatocelular (es decir, cáncer de hígado) en pacientes diabéticos». Los diabéticos fueron incluidos en este estudio porque tienen un riesgo mayor de padecer cáncer de hígado.

Con resultados como éstos ¿cómo es que la gente no sale a la calle a pedir que las estatinas se añadan al suministro de agua corriente? De hecho, las propiedades del Crestor de reducir el riesgo de ataque al corazón, muerte y derrame en pacientes sin historial de problemas cardiacos demostrados en el llamado estudio JUPITER llevaron a la FDA en febrero de 2010 a aprobar su uso para la prevención primaria de enfermedades vasculares en pacientes de alto riesgo.

Pero como ocurre con la mayoría de las investigaciones de medicamentos a largo plazo, no todos los estudios han sido tan prometedores. Aunque hay motivos para la esperanza, hasta que no se hayan realizado ensayos clínicos de envergadura y a largo plazo no hay pruebas concluyentes de que las estatinas prevengan el cáncer. Tal y como advertían los investigadores del estudio hepático de Huston: «Este estudio caso-control con pacientes diabéticos es la primera indicación del posible efecto preventivo de las estatinas específicamente relacionado con el carcinoma hepatocelular. Habrá que confirmar este hallazgo con estudio futuros».

Y de hecho, se han realizado algunos que apuntan a un vínculo débil —en el mejor de los casos— entre las estatinas y un riesgo menor de cáncer. Entre ellos, un estudio epidemiológico sobre la capacidad de las estatinas de prevenir el cáncer colorrectal realizado por el Sloane Epidemiology Center de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston concluyó que «el uso de estatinas no parecía estar asociado con un riesgo menor de cáncer colorrectal». Un segundo estudio hecho también allí para evaluar la relación entre estatinas y diez clases diferentes de cáncer incluía aproximadamente a nueve mil pacientes, de los cuales cinco mil tenían cáncer, y concluyó que «los datos actuales no sugieren asociaciones ni negativas ni positivas entre las estatinas y la incidencia de diez clases de cáncer».

Un estudio muy diferente también de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston y publicado en The Lancet en 2000, apuntaba la posibilidad de que las estatinas pudieran ralentizar o reducir el riesgo de demencia senil. Se trataba de un estudio pequeño de caso-control que comparaba a trescientas personas mayores de 50 años aquejadas de demencia con mil ochenta individuos seleccionados al azar y encontró que aquellos que tomaban estatinas mostraban un «riesgo sustancialmente menor de desarrollar demencia».

Un estudio de mayor calidad, este de doble ciego, controlado por placebo y aleatorio conducido por el Sun Health Research Center en 2006, midió el efecto de las estatinas en individuos diagnosticados con alzhéimer de moderado a medio. Transcurridos seis meses, el grupo de control, que recibía diariamente atorvastatina, mostraba «un rendimiento significativamente mejor en cognición y memoria», así como una moderación en la progresión de la enfermedad. Y otro estudio de la Universidad de Alabama encontró que las personas que toman estatinas reducen su riesgo de enfermar de alzhéimer en casi un 40 por ciento.

Entre los muchos estudios que han informado de un vínculo entre estatinas y alzhéimer figura el Canadian Study of Health and Aging de Canadá realizado en 2002 y que incluía alrededor de dos mil quinientas personas. Este estudio concluyó que podía asociarse el uso de estatinas con una reducción del riesgo de demencia —y específicamente de alzhéimer— en personas menores de 80 años. En su explicación, los investigadores señalaban los puntos débiles de este tipo de estudios, a saber, que no se posee información suficiente acerca de los participantes. Por ejemplo, aquellos individuos que eligieron tomar estatinas pueden tener un mejor estado de salud general y seguir su tratamiento médico con más seriedad que las personas que no las tomaron, por lo que puede haber otras razones que expliquen por qué su riesgo es menor.

Pero fue un estudio llevado a cabo por la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington el que finalmente proporcionó pruebas sólidas de que las estatinas afectan al funcionamiento del cerebro. En él, ciento diez individuos mayores de 65 años accedieron a que sus cerebros fueran examinados después de muertos. Fue el primer estudio que comparó las diferencias físicas en los cerebros que individuos que tomaban estatinas con los que no. El alzhéimer se caracteriza por la existencia de placa arteriosclerótica y de ovillos neurofibrilares —depósitos de proteínas en las células nerviosas que impiden a dichas células realizar sus funciones con normalidad— y las autopsias revelaron que se formaban significativamente menos ovillos en los cerebros de los pacientes que habían tomado estatinas. Una vez más, las razones aún se desconocen.

También hay indicios de que las estatinas puedan evitar o incluso revertir ligeramente los efectos de la osteoporosis, una enfermedad en la que disminuye la masa ósea y los huesos se vuelven tan frágiles que pueden romperse con facilidad. Hay datos que apuntan a que las estatinas no sólo ralentizan la pérdida ósea, sino que ayudan a fortalecer los huesos. Se han realizado varios estudios sobre el tema, con resultados dispares. Por ejemplo, un estudio británico de más de veinticinco mil participantes mostraba que los consumidores de estatinas sufrían casi la mitad de fracturas óseas que aquellos que no las tomaban. Pero otro equipo de investigadores, empleando un muestreo mucho más amplio de la misma base de datos británica, no encontró prácticamente diferencias en el número de fracturas de cadera entre quienes tomaban estatinas o no. Un análisis de cuatro estudios de gran magnitud publicado en Archives of International Medicine en 2004 concluía que las personas que tomaban estatinas reducían de manera significativa su riesgo de fracturas no espinales. Los datos parecen indicar que las estatinas pueden aumentar la densidad ósea, aunque los estudios que lo demostraron eran pequeños, no hacían un seguimiento de los participantes muy largo y no tomaban en consideración otras posibles razones para este aumento de densidad ósea. Pero desde luego hay razones para pensar que las estatinas pueden mitigar los efectos de la osteoporosis, lo que a su vez ha conducido a nuevas investigaciones.

De hecho, parece que los investigadores están descubriendo nuevos beneficios potenciales de forma regular. Un estudio danés de gran magnitud demostró que pacientes de neumonía que habían estado tomando estatinas antes de ser hospitalizados reducían sus probabilidades de morir de dicha enfermedad en casi una tercera parte. Investigadores del Albert Einstein Medical Center en Filadelfia informaron de que la capacidad de las estatinas para reducir la inflamación puede reducir trombosis arteriales potencialmente letales, una enfermedad en la que se forman coágulos en las piernas o muslos. Un informe del Nurses’ Health Study hecho público en 2007 indicaba que las estatinas podían reducir la incidencia de cálculos biliares: en mujeres diabéticas que llevaban tomándolas más de dos años la incidencia de cálculos biliares se reducía en dos tercios. Los investigadores también encontraron que las estatinas reducían parcialmente la inflamación en pacientes de artritis reumatoide, «un punto de inflexión importante en nuestra forma de abordar el tratamiento de la artritis», según el doctor John Klippel, presidente y director general de la Arthritis Foundation.

Así que con todos estos resultados aparentemente prometedores, los médicos se preguntan quién debería tomar estatinas y para qué. Cuando un paciente que no presenta síntomas de enfermedad cardiaca pregunta si debería tomar estatinas a modo de prevención, ¿qué debe decirle su médico? ¿Quién quiere privar a nadie de la pastilla milagrosa que puede prevenir el cáncer y la demencia, aliviar el dolor causado por la artritis e incluso evitar la formación de cálculos biliares?

Bien, obviamente cualquiera con enfermedad cardiaca o con riesgo de padecerla o con una historia familiar de problemas coronarios debería consultar a su médico y considerar la posibilidad de tomar estatinas. La buena noticia para quienes las están tomando ya para el corazón es que probablemente se están beneficiando de sus otras propiedades, aunque no sepamos a ciencia cierta cuáles son.

¿Y qué hay de los demás? Por ejemplo, ¿deberían tomar estatinas las personas con antecedentes familiares de cáncer de colon? La respuesta en este momento es que probablemente no. Aunque las estadísticas son prometedoras, también pueden llevar a interpretaciones erróneas. Si, por ejemplo, hay diez casos de enfermedad por cada mil personas, y las estatinas reducirán esa cifra en un 10 por ciento, eso significa que sólo tres de cada mil personas se beneficiarán de tomarlas, mientras que el resto estará pagando entre cincuenta y doscientos dólares al mes por una estatina. En el estudio con Crestor, aunque las estadísticas son impresionantes, en la vida real significan que alrededor de ciento veinte pacientes tendrían que tomar estatinas durante casi dos años para que uno de ellos se librara de tener un ictus o un ataque al corazón. De hecho, los estadísticos han señalado que, basándose en los resultados de los estudios que se están realizando en la actualidad, cien personas tendrían que tomar estatina durante diez años para prevenir tres ataques al corazón. Las estadísticas pueden interpretarse de muchas maneras diferentes, esto no parece gran cosa, pero pensemos en lo que significaría si pudiéramos prevenir tres mil ataques al corazón por cada cien mil personas cada década. No cabe duda de que tres mil es un número significativo de ataques al corazón, sobre todo si tenemos en cuenta que cada uno de ellos equivale a una vida humana.

Como yo mismo he podido experimentar, existen efectos secundarios. Las estatinas no son una medicación del todo benigna. Sus efectos secundarios más graves son los calambres y el dolor muscular. El efecto secundario más serio, y que se da en casos excepcionales, es la rabdomiolisis, una enfermedad que causa la repentina descomposición de las fibras musculares y que puede ser mortal si no se detecta pronto. Los ensayos de una estatina realizados por Bayer se terminaron en 2001 después de que treinta y una personas murieran de esta enfermedad aparentemente causada por el nuevo fármaco. Y el National Institutes of Health ha advertido de que hay indicios de que mujeres embarazadas que toman estatinas en el primer trimestre de gestación pueden correr más riesgo de que sus bebés nazcan con problemas del sistema nervioso central o deformaciones en las articulaciones. Y en el estudio del Crestor los investigadores informaron de un ligero aumento de la incidencia de diabetes en los pacientes que habían tomado estatina.

Así pues ¿compensan los beneficios potenciales los riesgos? La respuesta a esa pregunta varía con cada persona. Si uno está perfectamente sano, pero tiene antecedentes familiares de problemas cardiacos o alzhéimer, desde luego es algo a discutir con el médico de cabecera. Pero tal vez la mejor respuesta a esta pregunta la proporcionaron los investigadores de los Maccabi Healthcare Services y la Facultad de Medicina Sackler en Tel Aviv, quienes analizaron datos de más de doscientos veinticinco mil pacientes de 50 o más años. Éstos incluían individuos ya diagnosticados de problemas de corazón y un grupo de control mayor que no tenía dichos problemas. En 2009 informaron de que los participantes de ambos grupos que habían tomado estatinas de forma regular, es decir, el 90 por ciento del tiempo, reducían su riesgo de morir en casi un 50 por ciento más que aquellos que las habían tomado de manera esporádica, o menos de un 10 por ciento del tiempo. El informe concluía: «El tratamiento continuado con estatinas causaba una reducción persistente de mortalidad por cualquier causa de hasta nueve años y medio entre pacientes con o sin historia clínica de enfermedades cardiacas. Los beneficios de las estatinas observados eran mayores que los obtenidos en ensayos clínicos aleatorios, lo que subraya la importancia de promover la terapia con estatinas y de incrementar su aplicación con el tiempo».

Esto suena muy prometedor, pero a no ser que tenga usted una necesidad imperiosa de beneficiarse de la reducción de los riesgos que ofrecen las estatinas, tal vez le convenga esperar hasta que tengamos toda la información. Pero manténgase a la escucha...

 

 

lineapuntitos.jpg

El consejo del doctor Chopra

 

Las estatinas han demostrado ser una herramienta efectiva frente a enfermedades coronarias, reduciendo de forma significativa los ataques al corazón y los ictus. Pero también parecen ofrecer protección frente a una amplia gama de problemas médicos potencialmente graves, desde cáncer hasta cálculos biliares. Hay algunos efectos secundarios, que en la mayoría de los pacientes son leves y pueden revertirse con facilidad. Aunque están en marcha estudios sobre el valor de las estatinas para prevenir esas otras enfermedades, a día de hoy no poseemos pruebas suficientes para recomendar su consumo a personas que no tengan problemas de corazón.

lineapuntitos.jpg