XIII



Suplementos dietéticos. ¿Esperanza millonaria o negocio millonario?

Un hombre entra en un bar. Va muy bien vestido, lleva el cabello cuidadosamente peinado y proyecta una imagen saludable. Se sienta al lado de otro hombre y mientras se toman una cerveza ambos entablan conversación. En algún momento ésta deriva en temas de salud.

—Tengo mucha suerte —explica el primer hombre—. Siempre me encuentro bien. Tengo mucha energía y las mujeres me encuentran atractivo.

—Vaya —dice el segundo hombre—. Ojalá yo pudiera decir lo mismo. ¿Cuál es su secreto?

—No es un secreto —dice el primer hombre—. Todo se lo debo a los suplementos dietéticos.

El segundo hombre se endereza en su asiento.

—He oído hablar de ellos. ¿Cuáles toma usted?

El primer hombre sonríe:

—Tomar no tomo ninguno. Pero ¡los vendo todos!

Según la Natural Products Association, más de la mitad de todos los estadounidenses adultos, es decir, más de ciento cincuenta millones de personas, han tomado en algún momento o toman en la actualidad algún suplemento dietético. Se calcula que hay en el mercado unos cuarenta mil productos diferentes, que incluyen vitaminas, minerales y hierbas que supuestamente tienen amplia variedad de propiedades, desde mejorar la salud cardiaca a fortalecer las uñas. Se calcula que las ventas anuales de estos productos sólo en Estados Unidos ascienden a cincuenta mil millones de dólares y es una industria en crecimiento —más de mil nuevos productos se comercializan cada año— aunque las pruebas de que sean realmente beneficiosos para la salud siguen siendo escasas.

Como bien se encarga de proclamar la industria de los suplementos alimenticios, el uso de hierbas y productos a base de plantas para satisfacer necesidades nutricionales y de salud ha sido una constante en la historia. Fósiles del Paleozoico indican que el árbol ginkgo biloba puede ser la hierba más antigua de la tierra, entendiendo por hierba una planta que puede usarse con fines medicinales, culinarios y en ocasiones también espirituales. El saber acumulado por las distintas civilizaciones sobre plantas y hierbas comestibles se ha transmitido de generación en generación. Estos productos formaban el botiquín médico del curandero de la tribu, los primeros sanadores y también los médicos del siglo XVIII.

Es imposible determinar quién empezó a vender o comerciar con estos productos, pero para principios de la década de 1800 la compañía American Shakers vendía más de doscientas hierbas medicinales con fines terapéuticos y pronto se formó una reputación en todo el mundo.

Conforme los investigadores empezaron a descubrir que sustancias naturales como la corteza de sauce blanco podían aliviar dolores —y transformadas químicamente paliar de algún modo las molestias gástricas ocasionadas por la aspirina— o que la corteza del quino era efectiva contra la malaria, el valor de los productos naturales se convirtió en algo comúnmente aceptado. La existencia de una sustancia insípida y desconocida en los alimentos capaz de prevenir ciertas enfermedades se demostró en 1885, cuando un médico británico que trabajaba en la armada japonesa reparó en que los marineros de este país que sólo comían arroz a menudo contraían beriberi, pero los marinos occidentales que tomaban una dieta más equilibrada rara vez sufrían esta enfermedad. Para probar su hipótesis hizo un experimento: la tripulación de un destructor japonés comió una dieta a base de arroz solo y la otra comió carne, pescado, cebada, arroz y alubias. De la primera tripulación, ciento sesenta y un miembros enfermaron de beriberi y veinticinco hombres murieron mientras que del segundo destructor sólo catorce enfermaron y ninguno murió. Obviamente había algo en la dieta occidental que prevenía el beriberi.

En 1905 un médico inglés comprobó que comer arroz integral prevenía esta enfermedad, pero que una vez se le retiraba la cáscara, el efecto desaparecía. Ello le llevó a suponer que tal vez al procesar, pulir el arroz se le despojaba de las propiedades almacenadas en la cáscara. En 1912 el científico polaco Cashmir Funk llamó «vitaminas» a estas sustancias, vita por vida o por vital, en alusión al carácter vital que desempeñan a la hora de mantener la salud, y -amina por las sustancias que encontró en los compuestos aislados a partir de la cáscara del arroz.

Aunque las investigaciones sobre los poderes de estos misteriosos nutrientes se prolongaron durante décadas, la fiebre de los suplementos dietéticos llegó a Estados Unidos cuando el Congreso aprobó en 1994 la Ley de Salud y Educación sobre Suplementos Dietéticos. Por primera vez se establecía una distinción entre medicamentos y suplementos alimenticios. Los segundos, en lugar de estar sometidos a las mismas estrictas regulaciones que los fármacos, seguían la normativa aplicable para los alimentos, lo que quería decir que mientras que los fabricantes no afirmaran que sus productos curan, previenen o sirven para tratar una enfermedad no hacía falta demostrar sus propiedades médicas. En lugar de ello se les autorizaba a hacer afirmaciones muy generales sobres sus funciones de apoyo: La equinácea «refuerza el sistema inmunológico», el ginkgo biloba «favorece muchas funciones, entre ellas la memoria»; la glucosamina y la condoitrina «ayudan a la regeneración de los cartílagos y a la salud de las articulaciones». Todas estas afirmaciones deben ir precedidas de la frase: «Esta afirmación no ha sido aprobada por la Food and Drug Administration. Este producto no está destinado a diagnosticar, tratar, curar o prevenir ninguna enfermedad». Cualesquiera que sean las afirmaciones sobre el producto, deben estar apoyadas en algún tipo de investigación; ésta es la base legal de los interminables anuncios que nos prometen productos que nos harán sentir mejor, dormir mejor, rendir más, perder peso, fortalecer nuestra musculatura, combatir el envejecimiento y en general mejorar nuestra calidad de vida, aunque se guardan mucho de decir que su producto cura alguna enfermedad.

Al restringir la autoridad de la FDA, esta ley ha permitido a los fabricantes de complementos alimenticios vender productos que no han sido testados rigurosamente o que no han demostrado tener beneficios reales, siempre que en la etiqueta no se hagan promesas. Lo increíble es que los fabricantes ni siquiera tienen la obligación de demostrar que el producto es seguro antes de comercializarlo, y la FDA en cambio debe probar si un suplemento dietético es peligroso antes de retirarlo del mercado. Que sea peligroso físicamente, o que comprarlo sea tirar el dinero, no cuenta.

No es de sorprender que esta ley haya favorecido el abuso extendido por parte de muchos fabricantes. La puridad y la potencia de un producto no están reguladas, y los testeos de laboratorio que hace la reputada publicación Consumer Reports han demostrado que muchos de estos productos ni siquiera contienen la sustancia que se anuncia en la etiqueta.

Uno de los verdaderos problemas con el que se enfrentan los consumidores es simplemente que bajo las regulaciones actuales es imposible saber lo que contiene el frasco que se está comprando. De hecho, incluso puede contener restos de sustancias peligrosas como plomo o arsénico. Dos marcas de un mismo producto pueden variar por completo en cuanto a contenido y dosis recomendadas —una puede tener la flor de una planta y la otra puede estar hecha con sus semillas— lo que hace todavía más difícil testarlos clínicamente. La revista estadounidense Consumer Reports testó catorce suplementos a base de ginseng diferentes, por ejemplo, y encontró que seis de ellos no contenían las cantidades anunciadas en la etiqueta y que otros tres sobrepasaban los niveles de pesticida autorizados. Otros exámenes independientes han descubierto suplementos que contenían sustancias potencialmente peligrosas, incluidos pesticidas, bacterias e incluso medicamentos para los que es necesaria una receta. La FDA señala que un análisis de suplementos alimenticios llevado a cabo por un laboratorio privado encontró «que un número significativo de los productos analizados no contenía las cantidades de ingredientes dietéticos que cabría esperar leyendo su etiqueta». De manera que es muy difícil para el consumidor saber con precisión qué es lo que está tomando. Según el investigador de la Universidad de Illinois, Norman Farnsworth, existen cerca de ciento cincuenta marcas diferentes de Cimifuga racemosa en el mercado y «probablemente no hay dos iguales, y probablemente también hay gente rellenando cápsulas de serrín y vendiéndolas con ese nombre»[32].

Uno de los errores más graves que cometen los consumidores es dar por hecho que estos productos son beneficiosos y que no entrañan peligro alguno porque son naturales. «Son parte del plan de la naturaleza», me dicen. Créanme, los fabricantes son conscientes de esto y se aprovechan de ello, a menudo incluyendo la palabra «naturaleza» en el nombre de sus productos o de su compañía. Cuando escucho eso siempre les recuerdo a mis pacientes que la naturaleza no siempre es benévola. Las inundaciones y los terremotos también son fenómenos naturales. Las serpientes y las setas venenosas también forman parte del plan de la naturaleza. Sólo porque algo sea natural, no significa que sea beneficioso o ni siquiera seguro. Únicamente lo parece. A nadie se le ocurre que la Madre Naturaleza pueda ser una farsante tratando de vendernos productos sin valor y potencialmente peligrosos.

En algunos casos hay intentos sutiles por parte de los fabricantes de equiparar lo «natural» con lo «orgánico». La afirmación de que un producto es orgánico quiere decir, entre otras cosas, que ha sido cultivado o producido sin ninguna clase de aditivos, incluidos pesticidas, herbicidas, antibióticos u hormonas, que no se han empleado semillas genéticamente modificadas ni irradiadas y que los animales han vivido al aire libre y se han alimentado de pastos naturales. Hay regulaciones adicionales específicas que deben seguirse para que un alimento o producto lleve la certificación de orgánico. La FDA no impone restricciones sobre el uso de la palabra «natural» en alimentos, leche o productos cosméticos, y «carne natural» significa que no lleva colorantes ni se le han añadido ingredientes artificiales. De modo que cualquier alimento orgánico puede figurar como «natural» en la etiqueta, mientras que en realidad muy pocos productos «naturales» pueden considerarse orgánicos.

De hecho, hasta el valor de los llamados productos orgánicos es cuestionable. En julio de 2009 la Food Standards Agency británica dijo de los alimentos orgánicos que: «Hay poca diferencia en cuanto a nivel nutricional y sus supuestos beneficios añadidos para la salud no están demostrados». Citando un análisis de ciento sesenta y dos estudios realizados a lo largo de medio siglo por investigadores de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, el doctor Alan Dangour, director del proyecto, declaró: «En la actualidad no tenemos pruebas de que consumir alimentos orgánicos suponga ventaja alguna para salud desde el punto de vista nutricional sobre los alimentos procesados de la manera convencional».

La Ley estadounidense de los suplementos dietéticos de 1994 incluía vitaminas, minerales, hierbas y otros productos bioquimicos, sustancias que aumentan la ingesta alimenticia total, aminoácidos y determinados concentrados y metabolitos. Estos productos básicamente «naturales» se producen en fábricas de todo el mundo que no están sujetas a regulación alguna. Se venden sin receta en variedad de formas: pastillas, cápsulas, polvos e incluso barritas energéticas y bebidas. Es un campo amplísimo, que abarca hasta cuarenta mil productos, y la falta de regulación y testeos legítimos no quiere decir necesariamente que carezcan de valor alguno.

Aunque la mayoría sí.

 

 

VITAMINAS

 

Los suplementos vitamínicos en Estados Unidos comprenden una parte importante de un mercado valorado en cincuenta mil millones de dólares y, salvo unas pocas excepciones, no hay pruebas de que aporten ningún beneficio y, en determinados casos, pueden ser hasta perjudiciales. De hecho, en julio de 2009 la Asociación de la Prensa informó de que en la década anterior el gobierno federal había gastado cerca de veintincinco millones de dólares en testar toda la gama de productos a base de hierbas y remedios alternativos para determinar si alguno de ellos tenía valor médico real. Su conclusión fue que «la respuesta decepcionante es que casi ninguno de ellos lo tiene».

El doctor Joel Curtis, profesor adjunto del New York Presbyterian Hospital, se enfrenta a este problema en su consulta prácticamente a diario. «Es como si todo el mundo tomara suplementos vitamínicos, toda una serie de cosas que, de ser algo, son perjudiciales. Se gastan un montón de dinero en ellos. A veces vienen a mi consulta con frascos de vitaminas y me preguntan cuál es la mejor. Les explico que ninguna. Si siguen una dieta equilibrada ya toman todas las vitaminas que necesitan. Nuestro organismo sólo requiere cantidades mínimas de vitaminas, así que a no ser que una persona esté anémica —ocasionalmente también he visto a algún alcohólico con deficiencia de ácido fólico— no debería tomar ninguna vitamina con excepción de la D3».

El hecho de que casi todo el mundo obtiene los micronutrientes —vitaminas— de su dieta diaria no ha impedido a los fabricantes crear un vasto mercado para los suplementos vitamínicos. El supuesto valor de éstos se basa en la noción de que las frutas y las verduras, que contienen vitaminas y minerales esenciales en abundancia, parecen prevenir la aparición de ciertas enfermedades y favorecer un buen estado de salud general. El Harvard Nurses’ Health Study and Health Professional Follow-Up Study, que hizo un seguimiento de ciento diez mil hombres y mujeres durante catorce años demostró de manera concluyente que cuantas más frutas y verduras consuma una persona, menor riesgo tiene de padecer ataque al corazón, ictus, ciertas clases de cáncer, enfermedades causadas por el colesterol alto y otras patologías graves. La teoría detrás del éxito comercial de los suplementos es que además de brindar protección contra una serie de enfermedades, si se toman varias distintas y en dosis elevadas se pueden prevenir numerosas dolencias crónicas. Se trata de un argumento razonable, que parece tener sentido, sólo que no existen pruebas de que sea cierto. La hipótesis más extendida en la actualidad es que los beneficios nutricionales probados que tienen las frutas y las verduras proceden de un número de factores combinados que se obtienen al ingerir los alimentos enteros, mientras que las vitaminas solas únicamente proporcionan beneficios limitados.

 

 

MULTIVITAMINAS

 

Las multivitaminas —definidas como un suplemento que contiene tres o más vitaminas y minerales pero ninguna hierba— llevan comercializándose desde 1934 y son el complemento nutricional más vendido en Estados Unidos. Durante más de dos décadas antes de 2002 la American Medical Association afirmaba que comprar multivitaminas es malgastar el dinero, pero en junio de ese año revisó sus declaraciones y señaló que con excepción de la vitamina D3, los seres humanos deben obtener todas las vitaminas que necesitan de los alimentos —nuestro organismo no produce vitaminas— y que muchas personas tal vez no estén tomando la dosis diaria recomendada necesaria para prevenir deficiencia vitamínica. Tal y como anunciaron: «Algunos grupos de pacientes tienen mayor riesgo de avitaminosis o estados vitamínicos subóptimos. Muchos médicos pueden no ser conscientes de cuáles son las fuentes de vitaminas en la alimentación o no estar seguros de qué vitaminas deberían recomendar a sus pacientes». Como resultado de ello, el JAMA sugirió que todos los adultos deberían tomar al menos una multivitamina al día, más a modo de póliza de seguros preventiva que porque constituya una protección garantizada frente a problemas médicos concretos. En resumen, que la política adoptada es ¿por qué no?

Pues tal vez por esto: uno de los estudios más amplios realizados sobre el tema incluyó a ciento sesenta mil participantes de la Women’s Health Initiative, de las cuales aproximadamente un 40 por ciento tomaba multivitaminas de forma regular. Después de seguirlas durante ocho años, los investigadores concluyeron: «El estudio Women’s Health Initiative proporciona pruebas convincentes de que el consumo de multivitaminas tiene escasa o ninguna incidencia en el riesgo de las clases más comunes de cáncer, enfermedad cardiovascular o tasa de mortalidad total en mujeres posmenopáusicas». De hecho, los investigadores encontraron que las multivitaminas no proporcionaban beneficio alguno en diez categorías diferentes, incluidas las tasas de cáncer de mama o de colon, ataque al corazón o derrame, trombosis o mortalidad en general.

Más recientemente, el task force o grupo de trabajo United States Preventive Services declinó pronunciarse sobre el valor de tomar una multivitamina diaria para prevenir el cáncer o las enfermedades del corazón, admitiendo que existen pocas pruebas de sus ventajas pero tampoco de que sea peligroso. Citando otros estudios, el grupo de trabajo concluía que un estudio de calidad informaba de una reducción significativa de problemas coronarios entre personas que tomaban multivitaminas como protección frente a enfermedades cardiovasculares, otros dos estudios también de calidad afirmaban que las multivitaminas «no tenían efecto alguno en la mortalidad general» y otro informaba de un aumento general de la mortalidad por diversas causas en varones.

El National Institutes of Health también se muestra neutral sobre los posibles beneficios, admitiendo que no hay pruebas suficientes para determinar si las multivitaminas pueden prevenir enfermedades o siquiera proporcionar energía extra a quienes las toman. Pero la mayoría de las organizaciones responsables sí sugieren que si alguien come de forma equilibrada, no hay razón de que tome también suplementos vitamínicos. De hecho, uno de los principales peligros de tomar multivitaminas es que en conjunción con la comida pueden resultar en dosis demasiado altas y, en algunas situaciones excepcionales, megadosis de vitaminas han resultado ser perjudiciales.

Hay varias multivitaminas dedicadas especialmente a la tercera edad, basadas en la suposición de que conforme cumplimos años nuestras necesidades nutricionales cambian. Eso es cierto, pero los nutrientes que necesitamos no los vamos a obtener de las multivitaminas, ni siquiera de aquellas diseñadas específicamente para personas mayores. A cualquier edad, la clave de un buen estado de salud es seguir una dieta equilibrada que nos proporcione las vitaminas y los nutrientes que necesitamos. Varios estudios recientes han confirmado que las multivitaminas tienen pocos o ningún beneficio inmediato para la salud. En un estudio de 2009 publicado en Archives of Internal Medicine, investigadores del Fred Hutchinson Cancer Research Center realizaron un seguimiento a ciento sesenta y una mil ochocientas ocho mujeres posmenopáusicas de edades comprendidas entre los 50 y 79 años y concluyó que no había prácticamente diferencia en la incidencia de las clases más comunes de cáncer, ataques al corazón u otros problemas cardiovasculares entre las que tomaban vitaminas y las que no. «Los nutrientes hay que obtenerlos de la comida», es lo que dijo la doctora JoAnn Manson, coautora del estudio y jefe del Servicio de Medicina Preventiva del Brigham and Women’s Hospital. «Los alimentos completos son mejor fuente de vitaminas que cualquier suplemento dietético». También añadió que es imposible determinar a partir de este estudio si las vitaminas proporcionan protección frente a aquellas formas de cáncer que tardan muchos años en desarrollarse.

Por su parte el British Medical Journal comparó el consumo de multivitaminas con tasas de infección por virus y visitas al médico en personas de edad avanzada y no encontró prueba alguna de que quienes tomaran vitaminas sufrieran menos resfriados o pasaran menos tiempo en la consulta del médico.

 

 

VITAMINA A

 

Aunque al menos hay algún indicio de que las multivitaminas puedan tener beneficios limitados, no se puede decir lo mismo de otros suplementos vitamínicos. La vitamina A fue descubierta en 1917 por científicos que trataban de identificar una sustancia distinta de las grasas, los carbohidratos o las proteínas que mantenía sano al ganado, aunque hasta 1947 no se logró sintetizar. La vitamina A, que por lo general se encuentra en alimentos ricos en grasas saturadas y colesterol, sirve para mantener sanos los dientes, el esqueleto y los tejidos blandos, las membranas mucosas y la piel. El betacaroteno es lo que se conoce como precursor de la vitamina A, lo que quiere decir que, una vez ingerido, el organismo lo transforma en vitamina A. Pero al igual que la mayoría de las vitaminas, sencillamente no hay pruebas de que los suplementos a base de vitamina A tengan ningún valor.

Aunque hay datos basados en la observación que sugieren que la vitamina A puede reducir el riesgo de cáncer de colon y de mama en mujeres, no se ha realizado aún un ensayo clínico de calidad que demuestre beneficio real alguno de los suplementos de vitamina A. Sí hay pruebas en cambio que sugieren que la vitamina A tomada en dosis altas puede ser perjudicial, causar náuseas, ictericia, vómitos, dolor abdominal y de cabeza. La enfermedad se llama hipervitaminosis A y alude a una ingesta excesiva de dicha vitamina. Puesto que la vitamina A se almacena en el organismo sus dosis pueden aumentar con el tiempo. La dosis diaria recomendada por la FDA es de dos mil trescientas treinta y tres unidades internacionales para mujeres y tres mil para hombres. El Institute of Medicine, que publica unas directrices básicas, considera que diez mil unidades de vitamina A es la dosis máxima recomendable. De ahí que es difícil que las multivitaminas causen toxicidad por exceso de vitamina A si se toman en las dosis recomendadas. Muchos años atrás tuve un paciente que murió de esta enfermedad.

De hecho, es peligroso comer el hígado de ciertos animales, incluidos el oso polar, el perro husky y la foca por su alto contenido en vitamina A. Si se come entero y de una sola vez, el hígado de un oso polar puede ser mortal.

Es más, el betacaroteno, precursor de la vitamina A —lo que quiere decir que una vez se ingiere nuestro cuerpo lo transforma en vitamina A— ha sido asociado en dos estudios de calidad con un aumento de casi el 25 por ciento de la incidencia de cáncer de pulmón y muerte por cualquier causa cuando personas que fuman mucho lo toman en dosis altas. Un estudio de 2002 de la Universidad de Harvard hecho con setenta y dos mil enfermeras concluyó que las mujeres que tomaban vitamina A de forma regular procedente de alimentos, multivitaminas y suplementos tenían casi un 50 por ciento más de riesgo de fracturarse la cadera que aquellas que tomaban poca vitamina A.

Estos resultados han llevado al grupo de trabajo de Servicios Preventivos a recomendar que no se tomen suplementos de betacaroteno solos o en combinación alguna para prevenir cáncer o enfermedades cardiovasculares. Es importante señalar que no hay pruebas de que el betacaroteno presente en los alimentos sea peligroso para fumadores, ni para no fumadores. Pero también hay pruebas fiables de que dosis moderadas de vitamina A pueden reducir la densidad ósea, causando fragilidad en los huesos.

 

 

ÁCIDO FÓLICO

 

Se le llama vitamina B, ácido fólico, folato, folacina y también ácido pteroil-L-glutámico; probablemente por eso es tan difícil determinar su verdadero valor. Básicamente nuestro organismo lo utiliza para crear nuevas células, pero se le ha atribuido la capacidad de prevenir defectos de nacimiento, reducir el riesgo de enfermedad cardiaca, cáncer de colon, de próstata, incluso de mitigar el avance del alzhéimer. Y existen pruebas bastante fiables de que puede resultar de gran valor en la prevención de todas estas enfermedades.

El ácido fólico se descubrió en India en 1931, cuando la doctora Lucy Wills comprobó que la levadura de cerveza podía revertir la anemia durante el embarazo, aunque no sabía por qué. Casi una década después la sustancia se aisló en hojas de espinaca y se llamó folato, del latín folium, que significa «hoja». Fue sintetizado en 1945 y se encuentra en una gran variedad de alimentos, incluidas verduras, alubias, frutas y cereales, aunque, a diferencia de otras vitaminas, los suplementos de ácido fólico son absorbidos fácilmente por el organismo.

Se ha demostrado que el ácido fólico evita malformaciones en el cerebro y la médula espinal de los bebés, en especial espina bífida y anencefalia. Por esa razón Estados Unidos requiere que los alimentos a base de cereales lleven un suplemento de ácido fólico. El Centro de Control de Enfermedades sugiere que las mujeres empiecen a tomar cuatrocientos microgramos de ácido fólico al día tres meses antes de quedarse embarazadas y que continúen tomándolo durante la gestación[33].

Las mujeres pueden obtener esta dosis de un suplemento, tomando un bol de cereales enriquecidos equivalente al 100 por cien de la dosis recomendada u otros alimentos enriquecidos, como verduras o frutas.

Pero los beneficios del ácido fólico en la prevención de otras enfermedades es objeto de intensos debates, y por una buena razón. Las pruebas son contradictorias. Puesto que el ácido fólico parece regular el nivel de un aminoácido llamado homocisteína, que se cree es un factor de riesgo de enfermedad cardiovascular, los investigadores empezaron a preguntarse si serviría también para prevenir otras enfermedades del corazón. Un estudio británico de 2006 pareció confirmar esta teoría, según uno de sus autores. «Hay pruebas convincentes de que puede reducir el riesgo de ataque al corazón e infarto cerebral entre un 10 y un 20 por ciento». Pero otros dos estudios publicados ese mismo año en el New England Journal of Medicine llegaban exactamente a la conclusión contraria. El Norwegian Vitamin Trial incluía a trescientos setenta pacientes que habían sufrido recientemente un ataque al corazón. La combinación de ácido fólico y vitamina B6 lograba rebajar los niveles de homocisteína, pero no reducía el riesgo de un segundo ataque al corazón o infarto cerebral. De hecho, los pacientes que habían tomado esta combinación presentaban un riesgo mayor de sufrir una de estas dos cosas que los del grupo de control. Un estudio canadiense, así como el ensayo llamado Vitamin Intervention for Stroke Prevention Trial, conducido en 2004, demostraron que las vitaminas B reducían los niveles de homocisteína pero no de enfermedades cardiacas.

Los resultados relativos al cáncer eran igualmente contradictorios. Investigadores de la Universidad de California informaron que el Aspirin/Folate Polyp Prevention Study, que siguió a seiscientos cuarenta y tres pacientes que tomaron un miligramo de aspirina al día encontraron que ésta reducía el riesgo de poliposis en el colon, mientras que el ácido fólico lo aumentaba.

Este estudio también demostraba que los hombres que tomaban el suplemento tenían tres veces más riesgo de sufrir cáncer de próstata comparados con el grupo que tomó placebo durante diez años, mientras que aquellos que obtenían el ácido fólico de su dieta tenían una incidencia ligeramente menor de cáncer de próstata. Investigadores de Estocolmo, que hicieron un seguimiento de cerca de ochenta y una mil personas durante seis años, descubrieron que las personas que tomaban un mínimo de trescientos cincuenta microgramos de folatos en su dieta reducían su riesgo de cáncer de páncreas en un 70 por ciento, frente a los individuos que consumían menos de doscientos microgramos. Pero aquellos que tomaban suplementos de ácido fólico tenían exactamente el mismo riesgo de tener cáncer de páncreas que los que no los tomaban.

Tampoco se ha demostrado aún que el ácido fólico tenga propiedades de prevención frente al alzhéimer. Según un estudio de la Universidad de California en San Diego, doscientas dos personas diagnosticadas con alzhéimer leve o moderado tomaron bien altas dosis de un suplemento de vitamina B, bien placebo, y los investigadores no observaron diferencia alguna en los resultados.

Aunque las dosis altas de ácido fólico en los alimentos no están asociados a ningún riesgo para la salud, dosis elevadas de suplementos que contengan el mismo —más de mil microgramos al día— pueden provocar una deficiencia grave de vitamina B12 que puede conducir a daños irreparables en el sistema nervioso.

 

 

VITAMINA C

 

En 1747 se sabía ya que un nutriente presente en los cítricos podía prevenir el escorbuto, una enfermedad potencialmente letal, pero hasta la década de 1930 no se consiguió aislar el ácido ascórbico o vitamina C. En 1934 se convirtió en la primera vitamina en ser sintetizada en un laboratorio, y desde entonces es también la más vendida, y la más controvertida. En 1970 el científico y Premio Nobel Linus Pauling afirmó en un libro que pronto fue superventas titulado La vitamina C y el catarro común, que tomar vitamina C cada día reducía en casi un 50 por ciento los riesgos de resfriarse. La segunda edición del libro, publicada unos años después, afirmaba que dosis altas de vitamina C ¡podían incluso prevenir la gripe! Pauling aseguraba tomar doce mil microgramos al día y hasta cuarenta mil cuando notaba que se estaba resfriando. Más de veinticinco años después sigue habiendo millones de personas que creen en la afirmación de Pauling, a pesar de que prácticamente todos los intentos por demostrarla en un ensayo clínico han fracasado.

Desde la década de 1930, cuando se comercializó la vitamina C artificial, se ha convertido en el suplemento más testado, puesto que los investigadores trataban de demostrar que podía prevenir el catarro y la gripe. Se han conducido numerosos experimentos distintos: en 1967 y 1972, por ejemplo, dos investigadores independientes dieron a la mitad de los voluntarios participantes en el estudio dosis altas de vitamina C y placebo a la otra mitad; a continuación les insertaron el virus del resfriado común en la nariz. En ambos experimentos todos los voluntarios tuvieron catarros, que no se diferenciaron en cuanto a intensidad en uno y otro grupo.

Otros científicos se preguntaron si la vitamina C podría prevenir ciertos tipos de resfriado o reducir la duración o la intensidad de los mismos. En 1974 alrededor de trescientos niños navajos recibieron una dosis diaria de vitamina C, mientras que otros tantos recibían placebo. Los investigadores del estudio informaron de que el grupo de la vitamina C había tenido resfriados menos fuertes, pero cuando otros científicos pusieron en cuestión la escala de medición empleada, repitieron el experimento y encontraron que no había una diferencia perceptible en el número de resfriados o en la intensidad de los mismos entre uno y otro grupo.

Pauling reaccionó ante estos experimentos criticando a los investigadores por no emplear megadosis de vitamina C, de manera que en 1974 un equipo de la Universidad de Toronto dividió a tres mil quinientos voluntarios en ocho grupos, seis de los cuales recibieron dosis variadas de vitamina C, mientras que los otros dos recibían placebo. Después de tres meses no se detectó diferencia alguna entre aquellos grupos que tomaron doscientos cincuenta microgramos de vitamina C al día después de atrapar el resfriado y los que tomaron hasta ocho mil microgramos al día, aunque quedaba la posibilidad de que aquellos que tomaron los suplementos vitamínicos tuvieran resfriados ligeramente menos fuertes.

Numerosos ensayos clínicos han llegado más o menos a la misma conclusión: la vitamina C no tiene utilidad alguna a la hora de prevenir la duración o la intensidad de los catarros. En un resumen publicado en 1986 de veintidós estudios de doble ciego y controlados por placebo realizados en los últimos quince años y en los cuales los voluntarios habían tomado vitamina C o placebo antes y durante un resfriado, ni uno solo de ellos demostró que la primera tuviera efectos preventivos. Cinco de ellos mostraba una ligera reducción, insignificante desde el punto de vista estadístico, de la intensidad del catarro y otros cinco una reducción pequeña pero significativa en la duración, haciendo evidente una vez más que no disponemos de pruebas que confirmen que la vitamina C prevenga los resfriados.

En cuanto a los otros beneficios potenciales, un estudio de cohortes conducido en 2001 que incluía a casi mil mujeres, de las cuales una tercera parte llevaba doce años tomando suplementos de vitamina C de forma regular, encontró que la densidad mineral ósea de éstas era hasta un 3 por ciento más alta en la diafisis del radio, el cuello y la cadera. Un estudio de 2009 indicó que también podía reducir la incidencia de gota, un tipo de artritis que se da en los hombres. En un estudio pequeño aleatorio de doble ciego y controlado por placebo en el que veintiún pacientes con enfermedad coronaria tomaron un suplemento de vitamina C durante un mes y a continuación se les administró una única dosis de dos mil microgramos, dos horas después de ingerir ésta mostraron un aumento significativo de la dilatación de la arteria braquial, la vena principal de la parte superior del brazo, lo que parecía sugerir que el suplemento vitamínico parecía aumentar el flujo sanguíneo en la arteria, aunque otros cuatro estudios parecieron demostrar que la vitamina C (administrada en combinación con vitamina E) tenía escasos o ningún beneficio cardiovascular. Tal vez el estudio más extenso del valor potencial de la vitamina C frente al riesgo de ataques al corazón fue el Physicians’ Health Study II, que realizó un seguimiento de casi quince mil médicos varones mayores de 50 años que llevaban una década tomando vitamina C, E o una combinación de ambas. Los resultados, publicados en JAMA en 2008, revelaron que ni la vitamina C ni la E brindaban protección frente a ataques al corazón, ictus o cáncer en individuos de bajo riesgo. De hecho, los médicos que habían tomado suplementos de vitamina E mostraban un ligero aumento «marginalmente significativo» en la incidencia de hemorragia cerebral.

Se ha sugerido también que la vitamina C puede brindar protección frente al cáncer, pero varios estudios realizados en el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York concluían: «Los suplementos de vitaminas C, E y betacaroteno no han resultado ser beneficiosos en la prevención del cáncer ni afectan la mortalidad por dicha enfermedad. Los suplementos con vitamina C así como las vitaminas A, E y betacaroteno no previenen el cáncer gastrointestinal, no reducen el riesgo de cáncer de próstata y de hecho, pueden aumentar la mortalidad total».

La parte del Physicians’ Health Study II dedicada al cáncer llegó a idénticas conclusiones. En opinión del epidemiólogo doctor Howard Sesso del Brigham and Womens’ Hospital, «la ausencia de efectos de las vitaminas C o E en la incidencia de cáncer que hemos observado nos convence de que, al menos en las dosis testadas, no hay razón para recomendarla en la prevención del cáncer».

Otros estudios de laboratorio han demostrado que aunque la vitamina C protege las células sanas, también puede proteger las cancerosas. De hecho, se han encontrado niveles más altos de vitamina C en células tumorales que las que hay normalmente en tejido sano.

Las pruebas indican por tanto que los suplementos de vitamina C tomados solos o en combinación con otros no tienen efecto preventivo alguno frente al cáncer, las enfermedades cardiacas o ninguna otra dolencia grave.

 

 

VITAMINA E

 

La muy popular vitamina E se descubrió en 1922 cuando ratas de laboratorio sometidas a una dieta restringida se volvieron estériles, pero recuperaron rápidamente su fertilidad cuando fueron alimentadas con germen de trigo. Con el tiempo la sustancia del germen de trigo responsable de aquella respuesta fue aislada y llamada tocoferol, una combinación de vocablos griegos que significa «tener descendencia». La vitamina E pronto pasó a conocerse como la vitamina contra la infertilidad. Desde entonces se han hecho numerosas afirmaciones sobre sus beneficios, pero ensayos recientes han demostrado que los suplementos a base de vitamina E no sólo tienen pocas propiedades beneficiosas, también que pueden llegar a ser peligrosos.

En las décadas transcurridas desde 1922 se han realizado ensayos clínicos que parecían demostrar que la vitamina E podía ser beneficiosa en el tratamiento de una variedad de problemas médicos, desde la congelación a enfermedades cardiacas. A principios de la década de 1990 el Nurses’ Health Study, que incluía a noventa mil participantes, sugirió que las mujeres que tomaban dosis altas de vitamina E —sobre todo en forma de suplementos— reducían sus probabilidades de enfermar del corazón hasta en un 40 por ciento. Un estudio finlandés de más de cinco mil varones realizado más o menos en la misma época arrojó resultados similares. La teoría era que la capacidad de la vitamina E de evitar que residuos grasos se acumularan en el interior de las arterias reducía las probabilidades de que dichas arterias se bloquearan. Otros investigadores informaron de que la vitamina E parecía ralentizar el daño celular asociado al envejecimiento, lo que la convirtió en un ingrediente muy popular en productos para la piel. Estudios adicionales indicaron que megadosis de vitamina E podían mantener alejados ciertos tipos de cáncer, alzhéimer, degeneración macular, algunas infecciones del tracto respiratorio y otros problemas graves de salud.

Apoyándose en lo que parecían pruebas científicas concluyentes y en la recomendación de revistas de salud respetadas como la Berkeley Wellness Letter, millones de estadounidenses empezaron a tomar grandes dosis de vitamina E, convirtiéndola en uno de los suplementos más populares. El problema es que los estudios realizados con posterioridad no han logrado confirmar los resultados iniciales y, de hecho, parecen indicar que los suplementos con dosis elevadas de vitamina E —es decir, de dosis diarias superiores a los cuatrocientos microgramos tomados regularmente en periodos prolongados— pueden ser muy peligrosos.

Estas consideraciones empezaron a hacerse en 2001, cuando un estudio pequeño realizado en la Universidad de Pensilvania demostró que la vitamina E consumida en dosis altas y bajas no detenía la oxidación de la grasa que puede dañar las arterias, tal y como se había afirmado. Pero la esperanza de que sí pudiera prevenir enfermedades cardiovasculares se desmoronó cuatro años después cuando los ensayos clínicos aleatorios y controlados por placebo llamados Heart Outcomes Prevention Evaluation, en los que casi diez mil pacientes mayores de 55 años y ya diagnosticados de enfermedad cardiaca o diabetes tomaron vitamina E durante más de cuatro años, concluyeron que el suplemento no tenía beneficio alguno. Peor aún, aquellos pacientes que tomaron la vitamina tenían más probabilidades de fallo cardiaco que los que tomaron placebo. Estos resultados fueron en su mayor parte confirmados en 2005 cuando el Women’s Health Study, en el cual se siguió a cuarenta mil mujeres sanas mayores de 45 años durante al menos una década, encontró que no se habían observado beneficios cardiovasculares, es decir, no se había reducido el número de muertes por enfermedades del corazón.

Pero la mayor sorpresa —y decepción— de todas se produjo en 2004 cuando investigadores de la Facultad de Medicina del Johns Hopkins hicieron públicos los resultados de un metaanálisis que mostraba que tomar dosis mayores de vitamina E —superiores a las cuatrocientas unidades— aumentaba el riesgo de mortalidad en cerca de un 4 por ciento. Aquellas personas que habían tomado vitamina E y otro suplemento tenían un riesgo de mortalidad un 6 por ciento más alto. El autor principal del estudio, el doctor Edgar R. Miller III afirmó: «Mucha gente toma vitaminas porque creen que beneficiarán su estado de salud a largo plazo y les harán vivir más años. Pero nuestro estudio demuestra que ingerir suplementos con dosis altas de vitamina E no sólo no prolonga la vida, sino que está asociado a un riesgo de mortalidad mayor». Los investigadores examinaron diecinueve estudios controlados por placebo que sumaban un total de más de ciento treinta y seis mil participantes. Nueve de los once ensayos con dosis altas de vitamina E revelaban un aumento de la mortalidad; los otros ensayos fueron realizados con dosis bajas y sus resultados no eran concluyentes.

Aunque estudios realizados con posterioridad no han revelado el mismo impacto de la vitamina E en la tasa de mortalidad, ninguno de los importantes ha demostrado tampoco que ésta favoreciera la salud cardiovascular. Otros estudios sobre los posibles beneficios de tomar suplementos de vitamina E han tenido resultados similares. En 2007 el programa Cochrane Collaboration actualizó un estudio muy pequeño de 2000 según el cual «no existen pruebas de la eficacia de la vitamina E en la prevención o el tratamiento de personas con alzhéimer o con deficiencias cognitivas».

Los defensores de los suplementos de vitamina E —y son muchos— han criticado este tipo de ensayos, empleando las mismas explicaciones que los defensores de otros suplementos vitamínicos: los suplementos varían en cuanto a contenido y en casi todos los casos no hay una dosis o una marca recomendada. De manera que, argumenta, los investigadores han trabajado con dosis insuficientes o incluso han utilizado en sus experimentos suplementos con una composición equivocada. Los estudios de Johns Hopkins en particular fueron muy criticados porque los pacientes eran mayores y ya tenían problemas médicos graves. Sin embargo, tal y como lo expresó de forma contundente el doctor Miller: «Los suplementos son ineficaces y, tomados en dosis altas, pueden hacer daño. Las personas no están satisfechas con sus dietas, o sufren estrés y piensan que las vitaminas les ayudaran. Pero eso no son más que ilusiones».

Para complicar aún más las cosas, está el hecho de que los suplementos por lo general no se absorben tan bien como las vitaminas contenidas en los alimentos. Por ejemplo, un estudio de la Universidad Estatal de Oregón publicado en 2004 demostró que la vitamina E presente en los cereales enriquecidos tenía una tasa de absorción superior a la de los suplementos de vitamina E; de hecho, los suplementos tenían un efecto muy menor en los niveles de vitamina E del organismo. Tal y como han concluido muchos estudios, una dieta equilibrada nos proporciona casi todos los nutrientes que necesitamos.

En respuesta a los ataques, los defensores de los suplementos de vitamina E se remiten a estudios recientes que muestran beneficios de la vitamina D3, incluida la posibilidad de que prevenga ciertas clases de cáncer. Tal y como decíamos en el apartado anterior dedicado a la vitamina D3, existen pruebas que parecen indicar que la deficiencia de vitamina D3 pueda ser responsable de numerosos problemas médicos. Lo malo de este argumento es que la vitamina D3 no es realmente una vitamina, sino una hormona esteroide. A diferencia de las vitaminas, que nuestro organismo no fabrica y por tanto hemos de obtenerlas de la comida, nuestro cuerpo produce vitamina D3 cuando estamos al sol. La vitamina D3 es el único suplemento que yo tomo. Hay pruebas suficientes de que las personas no obtienen por lo general vitamina D3 suficiente durante el invierno, e incluso la que obtienen en verano puede no ser bastante si utilizan protección solar, y que esa deficiencia de vitamina D3 puede conducir a una serie de problemas graves de salud. Mi sugerencia es que, si está usted pensando en tomar vitaminas, empiece por la D3.

 

 

ANTIOXIDANTES

 

Tal vez el beneficio mejor publicitado de los suplementos —en especial de las vitaminas A, E y las multivitaminas— es que son supuestamente antioxidantes, lo que quiere decir que reaccionan con otras moléculas del cuerpo para prevenir el daño celular, reduciendo de esta manera el riesgo de determinadas enfermedades cardiovasculares, algunas clases de cáncer y otras dolencias crónicas. Existen muchos otros antioxidantes, la mayoría de los cuales se encuentran en alimentos. Aunque estudios basados en la información han señalado que las dietas ricas en frutas y verduras —que contienen antioxidantes— pueden evitar estas terribles enfermedades, la mayoría de los ensayos clínicos no han podido confirmarlo. En 2003 el grupo de trabajo U.S. Preventive Services Task Force (USPSTF) declaró que «en su mayor parte los ensayos clínicos no han logrado demostrar efecto beneficioso alguno de los suplementos a base de antioxidantes en la tasa de enfermedades cardiovasculares o mortalidad por las mismas. [...] Esta ausencia de eficacia ha sido demostrada de forma consistente probando distintas dosis de antioxidantes en grupos de población diversos. Hay una pregunta importante y es la siguiente: ¿qué debemos hacer los médicos en la práctica? Por el momento existen pocas razones para recomendar a la gente que tome suplementos antioxidantes para reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares».

Sin embargo, la USPSTF sí señala que algunos de los datos obtenidos son llamativos, lo que les ha llevado a preguntarse si no existirá un mecanismo que ha sido pasado por alto en los ensayos —si tomaron en cuenta el espacio de tiempo durante el cual los sujetos tomaron antioxidantes, la edad en que empezaron a hacerlo, el antioxidante específico e incluso la raza de la población de muestra— y sugieren que los estudios deben continuar.

Los resultados de los estudios sobre cáncer son similares. Aunque varios estudios realizados en la década de 1990 parecían demostrar ciertos beneficios preventivos, pocos de los realizados después confirmaron o repitieron estos resultados. Por esa razón la American Cancer Society no recomienda que la gente tome suplementos a base de vitaminas o minerales para prevenir o tratar el cáncer. Entre los estudios más serios, uno aleatorio, de doble ciego y controlado por placebo realizado en la Facultad de Medicina de Harvard y el Brigham and women’s Hospital hizo un seguimiento de casi ocho mil mujeres que tomaban o bien vitamina C, una fuente natural de vitamina E, betacarotenos o bien una combinación de estas tres cosas o un placebo durante alrededor de una década. Concluyó que no hay un vínculo estadísticamente significativo entre antioxidantes y cáncer, y que incluso el consumo combinado de tres antioxidantes no mostraba capacidad significativa de prevenir que la gente tuviera cáncer o muriera de cáncer. Sin embargo, según el doctor Albanes del National Cancer Institute, aquellas mujeres que tomaron vitamina E mostraron al menos «una tendencia a tener una incidencia menor de cáncer de colon», algo que también se había observado en otros estudios.

Pero la pequeña esperanza que parecen encerrar estos datos se ve contrarrestada por los resultados de un estudio de la Universidad de Washington realizado en 2008 sobre la capacidad de los suplementos vitamínicos de prevenir el cáncer de pulmón. Este estudio de cohortes incluyó setenta y siete mil participantes y llevó a los investigadores a concluir que los suplementos no previenen el cáncer pero, de acuerdo con el autor del estudio, el doctor Christopher Slatore, «un aumento en la ingesta de suplementos de vitamina E se asoció a un riesgo ligeramente mayor de cáncer de pulmón».

El ensayo clínico de mayor magnitud sobre la capacidad de la vitamina E de prevenir el cáncer fue el llamado Selenium and Vitamin E Cancer Prevention Trial (SELECT), que comenzó en 2003 e hizo un seguimiento de treinta y cinco mil varones mayores de 50 años para comprobar si los suplementos a base de selenio y vitamina E podían prevenir o reducir el riesgo de cáncer de próstata. El estudio se interrumpió antes de tiempo, en 2008, cuando se hizo evidente que ni la vitamina E ni el selenio, tomados solos o en combinación, prevenían el cáncer de próstata. De hecho, según la página web del estudio «los datos de que disponemos a día de hoy sugieren, aunque no prueban, que la vitamina E puede aumentar ligeramente las probabilidades de padecer cáncer de próstata, y que el selenio puede aumentar el riesgo de contraer diabetes melitus. Queremos resaltar el hecho de que estos resultados no han sido testados científicamente».

Los investigadores detuvieron el ensayo después de que un número estadísticamente significativo de hombres que tomaban sólo vitamina E fueran diagnosticados con cáncer de próstata y que cerca del mismo porcentaje que tomaba selenio le ocurriera lo mismo con diabetes. Aunque los investigadores del National Institute of Cancer hicieron hincapié en que las cifras eran bajas como para ser consideradas algo más que una anomalía estadística, no tenía sentido arriesgarse.

Éste no fue el único estudio que encontró indicios de que los antioxidantes podrían de hecho, aumentar el riesgo de cáncer. El doctor Peter Gann, director de investigación del Departamento de Patología de la Universidad de Illinois en Chicago, señala: «La mayoría de los antioxidantes son también pro oxidantes, en el contexto adecuado y con las dosis correctas, pueden causar problemas en lugar de prevenirlos».

Aunque no hay pruebas concluyentes más allá de unos cuantos estudios de resultados desconcertantes que sugieren que los antioxidantes pueden reducir las probabilidades de enfermar de cáncer, un área en la que altos niveles de estos suplementos, además del zinc, parecen ser beneficiosos es en el riesgo de la degeneración macular por envejecimiento, una enfermedad que puede llevar a la ceguera. Un estudio de 2001 patrocinado por el National Eye Institute encontró que una combinación de vitaminas C, E, betacaroteno (A) y zinc reducía la incidencia de degeneración macular en un grupo de alto riesgo en un 25 por ciento. El director del National Eye Institute Paul Sieving señaló: «Los nutrientes no son la cura de la enfermedad [...] pero tendrán un papel esencial en ayudar a las personas de alto riesgo de degeneración macular a conservar la vista».

Estudios posteriores han confirmado estos resultados. El Women’s Antioxidant and Folic Acid Cardiovascular Study realizó un seguimiento de más de cinco mil trabajadoras sanitarias que o bien sufrían una dolencia cardiovascular o tenían alto riesgo de sufrirla. En este estudio aleatorio de doble ciego y controlado por placebo se dio a las mujeres o bien suplementos de vitamina B —que también eran antioxidantes— o placebo. Después de alrededor de siete años las mujeres que habían tomado antioxidantes habían reducido su riesgo de degeneración macular en más de un 30 por ciento. El director del estudio, el doctor William Christen, del Brigham and Women’s Hospital y la Facultad de Medicina de Harvard, señaló: «Además de no fumar, ésta es la primera vez que un estudio propone una medida para reducir el riesgo de degeneración macular aguda».

 

 

FIBRA

 

La fibra alimentaria son carbohidratos que el cuerpo no digiere de forma natural. Hay dos clases: la fibra soluble, es decir, que se puede disolver en agua y que se obtiene de determinados frutos secos, semillas, frutas y frutos rojos, y la fibra no soluble, que se encuentra en cereales integrales, hortalizas como la zanahoria, el pepino, el apio y los tomates. Es algo comúnmente aceptado que una dieta alta en fibra brinda cierta protección frente a una variedad de enfermedades, en especial el cáncer de colon. Esta teoría se remonta a finales de la década de 1960, cuando el doctor Denis Burkitt, que vivía en Uganda, reparó en que muchas enfermedades comunes en Europa y Estados Unidos eran raras en África y atribuyó este hecho a las diferencias de dieta y estilo de vida, en especial a que las dietas principalmente vegetarianas africanas eran ricas en fibra. Estudios epidemiológicos posteriores confirmaron que los habitantes de regiones donde se consumían dietas ricas en fibra tenían las tasas más bajas de cáncer colorrectal, y que quienes emigraban a Occidente y provenían de grupos étnicos con riesgo reducido de cáncer de colon con el tiempo perdían esta protección y pasaban a tener el mismo índice de riesgo que todo el mundo.

La lógica era convincente: la fibra hace que las heces se desplacen con rapidez por el colon, limitando la exposición a sustancias potencialmente cancerígenas. Durante décadas se creyó que una dieta con alto contenido en fibra protegía frente al cáncer de colon. Pero a partir de finales de la década de 1990 los estudios empezaron a demostrar que esto no es cierto. Tres estudios publicados en el New England Journal of Medicine en 1999 y 2000 —incluyendo uno prospectivo realizado por la Facultad de Medicina de Harvard y que siguió a ochenta y ocho mil mujeres durante dieciséis años— encontró que la fibra alimentaria no ofrecía protección alguna frente al cáncer de colon.

Un metaanálisis de cinco ensayos aleatorios y controlados clínicamente que estudió la capacidad de la fibra alimentaria de reducir la aparición de pólipos en el colon, que son potencialmente cancerígenos, realizado en la Universidad Estatal de Michigan en 2003, no encontró «pruebas del efecto directo de una dieta alta en fibra en la incidencia de cáncer de colon».

Un metaanálisis mucho más amplio conducido por la Harvard School of Public Health y publicado en 2005 analizaba trece estudios con setecientos veinticinco mil participantes adultos y encontró que no había diferencia alguna en el riesgo de cáncer entre los individuos que hacían una dieta rica en fibra, es decir, que tomaban treinta o más gramos de fibra al día, y los que consumían menos de la mitad de dicha cantidad.

Los investigadores sugirieron que los datos epidemiológicos podían deberse al hecho de que los occidentales consumen más carne roja que los inmigrantes, que suelen hacer una dieta más vegetariana.

Pero dos estudios publicados en The Lancet en 2007 vinieron a aumentar la confusión. Un estudio retrospectivo del National Cancer Institute preguntó a treinta y cuatro mil personas sobre sus hábitos alimentarios y a continuación las examinó en busca de pólipos, encontrando que las personas que consumían treinta y seis gramos de fibra al día reducían sus probabilidades de contraer cáncer de colon, comparados con aquellos que tomaban sólo doce gramos al día en al menos un 27 por ciento. Un estudio europeo similar conducido por el British Medical Research Council estudió a más de medio millón de participantes de diez países diferentes y llegó a prácticamente la misma conclusión.

Hay quienes afirman, basándose en estos y otros estudios, que el cáncer colorrectal puede ser una enfermedad causada por deficiencia de fibra. Los investigadores del estudio europeo también señalaron que no controlaron otros factores de riesgo que el estudio estadounidense sí había tenido en cuenta, incluyendo el consumo de tabaco y alcohol, la obesidad, y falta de ejercicio físico.

Y algo importante: esos mismos investigadores advertían de que estos estudios no pueden aplicarse a suplementos de fibra, sólo a fibra procedente de alimentos.

Aunque las pruebas de que la fibra pueda prevenir el cáncer colorrectal no son sólidas, hay poca duda de que la fibra es esencial en una dieta equilibrada. La American Cancer Society informa de que «los vínculos entre fibra y riesgo de cáncer son débiles, pero comer alimentos ricos en fibra sigue siendo recomendable. Estos alimentos contienen otros nutrientes que pueden ayudar a reducir el riesgo de cáncer y tienen otros beneficios para la salud». Parece ser que la fibra alimentaria desempeña un papel importante en la reducción del colesterol, baja los niveles de azúcar en sangre de los diabéticos, puede reducir ligeramente el riesgo de enfermedades cardiovasculares y el estreñimiento. Y aunque la American Gastroenterological Association sugiere «que las pruebas de que se disponen en la actualidad procedentes de investigaciones de intervención, epidemiológicas y con animales no confirman de forma inequívoca el papel protector de la fibra frente al cáncer colorrectal», a continuación recomienda a la gente consumir entre treinta y treinta y cinco gramos de fibra al día procedente de una variedad de fuentes. Por su parte, la American Dietetic Association recomienda seguir una dieta sana que incluya entre veinte y treinta y cinco gramos de fibra al día[34].

Así pues, ¿es necesario tomar suplementos de fibra? Podemos obtener toda la que necesitamos comiendo cinco porciones al día de verduras y frutas y siete de cereales integrales. Un cuenco grande de salvado y varias piezas de fruta equivalen a la ingesta diaria necesaria. Alan Lotvin es un entusiasta defensor de esta práctica. Por desgracia la ingesta media diaria de fibra de los estadounidenses oscila entre los doce y los dieciocho gramos.

Claramente la mejor manera de mantener una ingesta saludable de fibra es a través de nuestra dieta, pero si eso no es posible, tal vez sea buena idea recurrir a los suplementos. Casi todos los estudios que concluyen que la fibra reporta beneficios para la salud se hicieron con fibra alimentaria en lugar de con suplementos, pero éstos en general se consideran seguros si se toman con moderación y bebiendo mucha agua, al menos un vaso con cada dosis. Pero para algunas personas los suplementos de fibra pueden resultar problemáticos. Un estudio de la clínica Mayo demostró que los suplementos de fibra pueden interferir con la capacidad de absorción de medicamentos como la aspirina, la digoxina, el litio y ciertos antibióticos. La capacidad de los suplementos de fibra de reducir los niveles de azúcar en sangre puede también suponer un problema para los diabéticos que toman insulina. Además, un exceso de fibra puede causar problemas de colon. Bajo ninguna circunstancia debe darse suplementos de fibra a un niño sin haber consultado antes con un médico.

 

 

EQUINÁCEA

 

Además de los suplementos vitamínicos, los estantes de los supermercados y los herbolarios están bien equipados de gran variedad de suplementos nutricionales, casi todos ellos de dudoso valor. De la equinácea por ejemplo, una hierba muy popular, se dice desde hace tiempo que previene el resfriado común o al menos alivia sus síntomas. La equinácea es una flor muy bella que queda muy bien en los jardines, pero no existen demasiadas pruebas científicas que recomienden su inclusión en el botiquín doméstico.

Se supone que los indios americanos empleaban la equinácea para tratar los resfriados y los dolores de garganta, de cabeza e incluso para el dolor intenso. Los primeros médicos la llevaban siempre en el botiquín y para la década de 1930 se había hecho muy popular en Estados Unidos y Europa. Existen cantidad de pruebas anecdóticas de que la equinácea puede ser beneficiosa en el tratamiento de infecciones; muchas personas afirman haberla tomado al notar los primeros síntomas de resfriado y que éstos han desaparecido. Un metaanálisis de 2007 de catorce ensayos clínicos realizado en la Facultad de Farmacia de la Universidad de Connecticut concluyó que la equinácea reducía de forma drástica el riesgo de pillar un catarro y la duración de éste en más de un día. Sin embargo, estos resultados fueron objeto de las críticas del profesor emérito de la Universidad de Stanford Wallace Sampson, editor de la Scientific Review of Alternate Medicine, quien señaló que estos estudios examinaban resultados diferentes, lo que dificultaba llegar a un única conclusión: «Si hay una serie de estudios que miden cosas diferentes no hay manera de corregirlo. Estos investigadores lo intentaron, pero es imposible».

La dificultad de conducir ensayos válidos —no hay una dosis recomendada ni tampoco consenso sobre qué parte de la planta ha de usarse— han causado no poca confusión. El National Institutes of Health informa: «Los estudios indican que la equinácea no parece prevenir los resfriados ni otras infecciones. [...] Hasta la fecha no se ha demostrado que la equinácea reduzca la duración de los resfriados. Dos estudios patrocinados por el National Center for Complementary and Alternative Medicine no encontraron propiedades algunas a la equinácea, pero otros han demostrado que puede ser beneficiosa en el tratamiento de infecciones del tracto respiratorio superior». Pero el NCCAM informa de que «no hay coincidencia en los estudios sobre si la equinácea es eficaz en el tratamiento del resfriado o la fiebre (pero) la mayoría de los estudios parecen concluir que no previene los resfriados ni otros procesos infecciosos».

Pero puesto que tampoco tenemos datos que indiquen que tomar equinácea pueda ser perjudicial, no hay razón —salvo la económica— para no hacerlo cuando notamos los primeros síntomas de un resfriado.

 

 

GLUCOSAMINA Y CONDROITINA

 

La glucosamina con condroitina es un suplemento dietético muy popular, famoso por su empleo en el tratamiento de la osteoartritis. Famoso sí, pero su eficacia es más bien dudosa. La glucosamina y la condroitina se venden por separado o en combinación. La glucosamina se obtiene a partir del exoesqueleto de crustáceos y la condroitina se fabrica a partir de cartílago de la tráquea de vacas. La osteoartritis es una enfermedad dolorosa causada por la degeneración del cartílago, el tejido que impide que los huesos rocen unos con otros. Puesto que la composición química de estos suplementos es de algún modo similar al cartílago humano, los fabricantes los anuncian como un tratamiento para aliviar el dolor artrítico. Se ha realizado un número considerable de estudios serios sobre el tema y los resultados obtenidos son contradictorios.

Por ejemplo, un ensayo realizado con doscientos doce enfermos de osteoartritis en la rodilla publicado en The Lancet en 2001 informaba de que aquellos pacientes que habían tomado glucosamina habían experimentado menor deterioro del cartílago y algo menos de dolor que los otros. Otro estudio publicado dos años más tarde en Archives of Internal Medicine también informaba de que, tomados juntos, estos dos suplementos mejoraban de forma significativa los síntomas de osteoartritis y la movilidad articular en el 20 por ciento de los pacientes. Un estudio español aleatorio, de doble ciego y controlado por placebo que incluía algo más de trescientos participantes publicado en 2007 y que comparaba la glucosamina con el ibuprofeno concluyó que el suplemento era algo más efectivo que el ibuprofeno o el placebo. Y en cuanto a muchos de los suplementos, la casuística individual suele superar a las pruebas clínicas. Muchas personas aseguran que sufren menos dolor y que sus síntomas han disminuido al tomarlos.

Una vez más, como estos suplementos no están regulados y no hay uniformidad en cuanto a sus contenidos o a las dosis en que deben administrarse, es muy difícil llegar a una conclusión sobre su eficacia. Por desgracia tal y como advertía en 2002 el Journal of the American Medical Association, casi todos los estudios según los cuales la glucosamina y la condroitina «demostraban tener efectos amplios o moderados» han sido patrocinados por fabricantes de suplementos. Es común comprobar que los estudios sobre suplementos dietéticos mal diseñados o sufragados por un fabricante de los mismos arrojen resultados positivos. Tal y como concluyó JAMA tras realizar un análisis de quince estudios con glucosamina y condroitina, «ninguno estaba financiado por una organización gubernamental o sin ánimo de lucro. Seis de los artículos estudiados contenían información suficiente para saber que contaban con el apoyo del fabricante. El contacto con los autores de los restantes confirmó que, excepto dos de ellos, todos contaban con ayuda económica de un fabricante. En siete de los artículos un investigador de la compañía figuraba como autor. En al menos cuatro de ellos el fabricante era responsable de algunos de los aspectos claves del estudio, tal y como la aleatoriedad, la recopilación de datos o el análisis estadístico».

Los estudios recientes más fiables coinciden en que la glucosamina combinada con condroitina tiene escaso valor. Un metaanálisis de veinte estudios con un total de cuatro mil participantes realizado en la Universidad de Berna, Suiza, concluyó que «ensayos clínicos a gran escala y metodológicamente fiables indican que los beneficios sintomáticos de la condroitrina son mínimos o inexistentes». Para evitar muchos de los problemas enumerados por JAMA, los investigadores de este metaanálisis dejaron fuera varios estudios de la clase de los que patrocinan los fabricantes, con el argumento de que «los ensayos de pequeño formato, sin criterios claros de enmascaramiento o asignación y estudios que no han sido analizados de acuerdo con el principio de “intención de tratar” tenían resultados más favorables a la condroitina».

El trabajo más extenso y fiable realizado hasta la fecha fue el Glucosamine/Chondoitrin Arthritis Intervention Trial, patrocinado por el gobierno estadounidense. El GAIT fue un estudio multicentro de doble ciego y seis meses de duración destinado a testar la efectividad de estos suplementos, tomados individualmente y en combinación, en el alivio del dolor causado por la osteoartritis en la rodilla comparada con la del fármaco Celecoxib y con placebo. Entre los mil seiscientos participantes, aquellos pacientes que tomaron Celecoxib informaron de una reducción estadísticamente significativa del dolor comparados con los que tomaron placebo. Pero no había diferencia entre los suplementos tomados individualmente o en combinación y el placebo. Sin embargo, y aquí es cuando la cosa empieza a complicarse, los investigadores informaron de que aquellos participantes con dolor de moderado a severo sí experimentaron algún alivio del mismo con la combinación glucosamina/condroitina, pero advertían de que este grupo era tan reducido que «las conclusiones deben considerarse preliminares y tienen que ser confirmadas» en un estudio más amplio.

Básicamente, los veinte millones de estadounidenses que padecen osteoartritis deberían basar su tratamiento en fármacos recetados por su médico para tratar el dolor, pero si están dispuestos a gastarse el dinero y tal vez, sólo tal vez, encontrar un alivio adicional, pueden al menos probar estos suplementos. En ocasiones es complicado para un médico decir a sus pacientes que no tomen algo que están deseando probar. Cuando mis pacientes me dicen: «Oiga doctor, he oído que la glucosamina con condroitina es buena para la artritis», les explico: «Los estudios no lo han demostrado. El estudio más amplio que muestra que puede ser beneficiosa para la osteoartritis de rodilla estaba mal hecho». Casi siempre me responden: «Sí, pero tengo dos amigos que la están tomando y me dicen que juegan mejor al golf y que les tiemblan menos las articulaciones». Pues bien, en este caso sé que el suplemento no puede hacerles daño, y nunca me ha gustado menospreciar el poder de la mente sobre el cuerpo. Así que si insisten les digo: «En ese caso, adelante, probémoslo durante un mes y veamos qué pasa».

 

 

SELENIO

 

La decisión de tomar o no un suplemento se vuelve más complicada con productos tan populares como el selenio. En la década de 1960 los investigadores observaron que en personas con altos niveles de selenio la incidencia de ciertas clases de cáncer parecía ser menor, incluidos los de pulmón, colorrectal y de próstata. También parecía que la tasa de mortalidad era inferior en individuos con niveles altos de selenio. Un descubrimiento inesperado en el curso de otros ensayos clínicos apuntaba a que estos suplementos podían reducir el riesgo de cáncer de próstata. Las pruebas parecían tan reveladoras que en 2001 el National Cancer Institute puso en marcha unos ensayos clínicos a largo plazo llamados SELECT para testar el valor de la vitamina E y el selenio. También había indicios de que el selenio podía curar el alzhéimer y otras dolencias propias del envejecimiento, la artritis reumatoide e incluso mejorar el asma. Los datos eran tan emocionantes que mucha gente decidió no esperar a que hubiera confirmación científica y empezó a tomar suplementos de selenio.

Aunque los SELECT se interrumpieron cuando se hizo evidente que ni el selenio ni la vitamina E prevenían ningún tipo de cáncer, un estudio realizado en la misma época en la Facultad de Medicina de Warwick en Inglaterra sugería que las personas que tomaban suplementos de selenio aumentaban de forma sustancial sus probabilidades de ser diabéticos. Este estudio, con mil participantes, empezó como una investigación de las propiedades del selenio frente al cáncer de piel, pero cuando las pruebas indicaron que este mineral podía ayudar a reducir el riesgo de contraer diabetes, el experimento se modificó. Los resultados, publicados en Annals of Internal Medicine en 2007, mostraban que tomar pastillas de selenio aumentaba el riesgo de contraer diabetes en cerca de un 50 por ciento. Cuanto más altos eran los niveles normales de selenio en el sujeto, mayor era el riesgo de diabetes. El director del estudio, el doctor Saverio Stranges, aclaró que la mayoría de las personas obtiene suficiente selenio de su dieta normal, pero advertía: «Los pacientes no deberían tomar suplementos de selenio en cantidades superiores a las contenidas en las multivitaminas».

En otro estudio, llamado Nutritional Prevention of Cancer, se encontraron pruebas de que el selenio aumentaba el riesgo de carcinoma de piel escamocelular. Y para terminar de confundir las cosas, un estudio realizado en la Facultad de Medicina de Dartmouth publicado en la edición de diciembre de 2008 de Cancer Prevention Research concluía que el selenio podía prevenir la aparición de cáncer de vejiga en pacientes de alto riesgo, incluidas mujeres, fumadores moderados, y también una clase del mismo que progresa por un determinado camino genético.

 

 

HIPÉRICO O HIERBA DE SAN JUAN

 

Las pruebas clínicas parecen apuntar a las propiedades beneficiosas de la hierba de San Juan. Desde 1984, cuando una comisión del gobierno alemán aprobó el uso de esta hierba para el tratamiento de la depresión leve, su popularidad ha crecido en todo el mundo y se ha convertido en uno de los suplementos dietéticos más vendidos tanto en Europa como en Estados Unidos. Se llama hierba de San Juan porque suele empezar a florecer hacia el 24 de junio, festividad de San Juan. A lo largo de los siglos ha tenido múltiples usos: los griegos la recetaban como astringente, en la Edad Media al parecer era eficaz para exorcizar demonios y con el tiempo se convirtió en un tónico para los nervios. Hoy se usa sobre todo para tratar estados depresivos leves, así como trastornos de ansiedad y de estados de ánimo, aunque se han testado otras posibles aplicaciones.

Varios estudios serios, realizados tanto en Europa como en Estados Unidos, han llegado a conclusiones positivas. De hecho, las investigaciones de laboratorio han mostrado que el Hypericum perforatum inhibe la producción de ciertas sustancias químicas del organismo asociadas a la depresión. En 1998 el programa Cochrane Collaboration publicó el primer metaanálisis de veintinueve estudios realizados en distintos países y con diversas variedades de extractos de la hierba. En total incluía a más de cinco mil participantes y sus conclusiones fueron que: «En general los extractos de hierba de San Juan testados en los ensayos clínicos obtuvieron mejores resultados que el placebo, eran igual de efectivos que los antidepresivos estándar y tenían menos efectos secundarios. Sin embargo, las conclusiones fueron más favorables en ensayos conducidos en países de habla alemana, donde estos productos tienen una mayor tradición y es común que los médicos los receten, mientras que en estudios realizados en otros países el hipérico parece ser menos efectivo. Estas diferencias podrían deberse a la inclusión en los estudios de pacientes con distintas clases de depresión, pero no se puede descartar que algunos estudios de pequeño formato en países de habla alemana fueran inconsistentes y el informe de sus resultados, excesivamente optimista». Una actualización del metaanálisis hecha en 2008 llegó a prácticamente las mismas conclusiones.

Un metaanálisis publicado en 2003 por la Academia de Medicina Psicosomática estadounidense afirmaba de manera rotunda que «el hipérico ha resultado ser más eficaz que el placebo y tan efectivo como los antidepresivos tricíclicos en el tratamiento a corto plazo de depresión leve o moderada. En su conjunto, las pruebas que apoyan la eficacia del hipérico en la depresión leve o moderada parecen consistentes».

Un estudio europeo aleatorio, de doble ciego y controlado por placebo conducido en Alemania y Austria en 2006 incluyó a más de trescientos participantes y concluía que este suplemento era seguro y más efectivo que el placebo en el tratamiento de depresión de leve a moderada-profunda. Una actualización de estos datos conducida en la Universidad de Viena en 2008 confirmó que la hierba de San Juan posee «propiedades significativamente beneficiosas en el tratamiento de pacientes con depresión leve y conduce a un aumento sustancial de las probabilidades de remisión».

Pero igual que hemos visto con otros suplementos, estas conclusiones positivas han llevado a estudios complementarios, cuyos resultados no han sido tan prometedores. De hecho, son muchos quienes apuntan que la depresión leve desaparece con el tiempo, incluso sin tratamiento. Un ensayo clínico del Nacional Center for Complementary and Alternative Medicine copatrocinado por el Nacional Institutes of Health comparó el hipérico con placebo y un fármaco aprobado por la FDA, la sertralina, comercializada con el nombre de Zoloft ©, para tratar la depresión moderada. Los resultados de este estudio aleatorio de doble ciego de trescientos cuarenta pacientes, publicado en JAMA, mostraban que «el extracto de hipérico era más efectivo en el tratamiento de depresión de severidad moderada que el placebo». Sorprendentemente, este estudio también concluía que «la respuesta total a la sertralina en las respuestas primarias no fue superior a la del placebo». Los críticos de este estudio aducen que el hipérico no debería emplearse para tratar la depresión profunda.

En suma, existen pruebas de que el hipérico puede ser beneficioso para pacientes con depresión leve. A partir de esta información, los investigadores han intentado determinar si este suplemento también puede resultar de utilidad en el tratamiento de trastornos psicológicos. Dos estudios muy pequeños hechos públicos en 2000 concluyeron que el hipérico mitigaba los síntomas de pacientes aquejados de trastorno obsesivo compulsivo (TOC). Desde entonces no se han hecho demasiadas investigaciones. Un estudio de doble ciego y controlado por placebo realizado en 2005 en la Dean Foundation de Middleton, Wisconsin, repartió de forma aleatoria a sesenta pacientes diagnosticados con TOC en dos grupos. Uno de ellos tomó un suplemento de hipérico y el otro, placebo. Al cabo de tres meses los investigadores concluyeron que «los resultados no confirman la eficacia de la hierba de San Juan en el tratamiento del TOC».

El hipérico es también el suplemento más utilizado en el tratamiento del trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH), pero hasta 2008 no se realizaron ensayos clínicos sobre el tema. En junio de dicho año JAMA publicó los resultados de un estudio pequeño pero serio realizado en la Universidad de Bastyr, en Kenmore Washington, donde se cursan estudios de grado de ciencia basada en la medicina natural. Este ensayo de doble ciego y controlado por placebo dividió a cincuenta y cuatro adolescentes en dos grupos. Durante ocho semanas un grupo tomó hipérico y el otro placebo. Los investigadores no encontraron diferencias de respuesta entre uno y otro; el hipérico no resultó ser más efectivo que el placebo, aunque la autora del estudio puntualizaba que el suplemento empleado en el estudio no contenía tanta hiperforina, una sustancia química que puede actuar como antidepresivo natural, como en otras composiciones en el mercado. Advertía por tanto que un producto con mayor contenido en esta sustancia podría tener más propiedades, aunque no había pruebas que lo confirmaran.

Aunque muchos suplementos dietéticos tomados en las dosis comercializadas son inofensivos, existen indicios de que el hipérico no debería tomarse en combinación con otros fármacos. Algunos estudios han demostrado que magnifica el poder de una enzima hepática capaz de reducir la eficacia de otros medicamentos. Esta enzima, estimulada por la hierba de San Juan, al parecer metaboliza muchos medicamentos de uso común antes de que surtan efecto, entre ellos la píldora anticonceptiva, algunos fármacos empleados en quimioterapia y somníferos.

 

 

EFEDRINA

 

Se da por hecho que los suplementos dietéticos que circulan en el mercado no hacen daño, aunque tampoco hagan ningún bien. Mucha gente cree que no tiene nada que perder tomándolos, excepto algo de dinero, incluso si no les hacen efecto. Con la excepción de la vitamina D3, estoy en desacuerdo. La mayor parte del tiempo ni siquiera sabemos lo que contienen los suplementos que tomamos. Y no todos son inofensivos. Se ha demostrado que dosis elevadas de betacarotenos y de vitamina A, pueden ser muy peligrosas para los fumadores. Dosis de vitamina A y D3 superiores a las recomendadas también pueden ser dañinas, de hecho, las dosis muy altas de betacaroteno pueden ser letales, y tomar sesenta veces la cantidad recomendada de vitamina D3 también puede resultar tóxico. Y otros suplementos pueden encerrar peligros que sus fabricantes ocultan a los medios de comunicación. La hierba efedrina, por ejemplo, lleva cinco siglos empleándose con éxito en China como tratamiento del asma, fiebre del heno y resfriado común. Pero se convirtió en extremadamente popular y lucrativa en Estados Unidos a finales de la década de 1990 porque aceleraba la pérdida de peso y tenía un efecto estimulante: proporcionaba energía rápidamente y muchos deportistas la consumían. Por desgracia tiene efectos secundarios graves que no se divulgaron. Puesto que actúa constriñendo los vasos sanguíneos, lo que aumenta la tensión arterial y hace que el corazón lata más deprisa, ha resultado ser extremadamente peligrosa para algunas personas. Aunque algunos de estos peligros se conocían, la industria presionó con éxito durante varios años para evitar que la FDA obligara a cambiar la etiqueta para incluir los efectos secundarios. Cuando la FDA por fin investigó esta hierba en 2002 encontró que el fabricante de la marca más vendida en Estados Unidos había recibido más de quince mil informes denunciando problemas de salud, desde insomnio a ataques al corazón mortales. La muerte del jugador profesional de fútbol americano Korey Stringer de un ataque al corazón en 2001 fue atribuida al menos en parte a la efedrina. Pero el gobierno estadounidense continuó permitiendo su venta sin receta. Y como resultaba muy eficaz en la pérdida de peso, la gente continuó comprándola.

Hasta que un jugador de béisbol murió durante un entrenamiento en 2003 la FDA no tomó medidas para retirar este peligroso producto del mercado. E incluso entonces los fabricantes demandaron al gobierno. El secretario de Sanidad Tommy Thompson advirtió: «Estos productos encierran riesgos para la salud inaceptables, y muchos consumidores que siguen tomándolos deberían dejar de hacerlo de inmediato». Con el tiempo se relacionaron más de mil muertes con este suplemento supuestamente inofensivo. Aunque terminó por retirarse del mercado, los fabricantes de efedrina continúan vendiendo productos con la llamada efedra, supuestamente «legal» y «sin contenido en efedrina», en los que esta sustancia se ha sustituido con otra hierba, en la mayoría de los casos naranja amarga, que al parecer es más segura que la efedrina, aunque su valor científico está por demostrar[35].

Además de los riesgos fisiológicos, los suplementos también dan a quienes los consumen la falsa sensación de que están tomando medidas activas para cuidar su salud. Y eso tampoco es cierto. He tenido pacientes que han decidido posponer un tratamiento y probar primero con suplementos nutricionales porque un amigo les ha dicho que funcionan o bien lo han visto por televisión. Los suplementos no son una alternativa al tratamiento médico ni un complemento del mismo.

Antes de empezar a tomar un suplemento es vital hablar con el médico de cabecera. Es muy importante también recordar que estos suplementos no han sido aún aprobados por el gobierno (de Estados Unidos) y que desde 1994 se obliga a los fabricantes que demuestren si sus productos son inofensivos y eficaces.

Así que tomar suplementos no está exento de riesgos. También es cierto que las afirmaciones de los fabricantes de que sus productos han sido clínicamente testados no deben confundirse con que se hayan realizado estudios independientes sobre su eficacia. En el caso de la efedra, un tribunal de California falló a favor del demandante y obligó al fabricante a pagar doce millones y medio de dólares y señaló que la compañía no sólo había exagerado las conclusiones de los ensayos clínicos que había patrocinado, sino que también había presionado a los investigadores para que cambiaran sus resultados antes de publicarlos. Otras pruebas presentadas en el juicio demostraron que los fabricantes habían manipulado los métodos estadísticos para mejorar los resultados, suprimido datos negativos y eliminado a participantes en el estudio que presentaban algún tipo de problema. En uno de los anuncios, por ejemplo, habían transformado una modesta pérdida de peso de un kilo y medio en la frase: «quienes tomaron el producto experimentaron una pérdida de peso 758 por ciento veces mayor que quienes no». Tal y como admitió un directivo de una asociación empresarial: «Si se persigue un resultado en particular es difícil que no haya sesgo».

 

 

lineapuntitos.jpg

El consejo del doctor Chopra

 

Una amiga de una amiga mía asegura que el sirope de cereza que compra en un herbolario le ha mejorado la artritis. Desde luego existen pocos estudios clínicos que apoyen esta afirmación, pero el caso es que a ella le funciona. Esto parece ser cierto en el mundo de las vitaminas y los suplementos alimentarios. Se trata de un negocio gigantesco, que en Estados Unidos mueve cincuenta mil millones de dólares al año, y los fabricantes hacen todo tipo de afirmaciones al publicitar sus productos. Algunas son ciertas, pero la mayoría no. Es importante comprender que no se trata de una industria regulada. No hay forma de saber qué contiene exactamente el frasco que compramos. La única pérdida garantizada es la de nuestro dinero.

Pero incluso cuando este mercado multimillonario continúa creciendo, siguen faltando pruebas que demuestren la eficacia de estos productos. Antes de comprar ninguno tal vez sea conveniente realizar una pequeña investigación, consultar con un especialista en salud que no sea parte interesada y no creerse sin más lo que dice la etiqueta. Aunque en teoría estos suplementos deberían ser beneficiosos para la salud, la realidad es que un comité de expertos convocado por el National Institutes of Health concluía en 2006 que «la mayoría de los estudios examinados no proporcionan pruebas convincentes de los supuestos beneficios para la salud de los suplementos tomados individualmente o en combinación con otros. [...] Las pruebas de las que se dispone en la actualidad no bastan para recomendar ni tampoco desaconsejar al público estadounidense el consumo de suplementos multivitamínicos y minerales».

Más específicamente, el cardiólogo de Nueva York, el doctor Alan Hecht, profesor adjunto de medicina en el hospital Mount Sinai afirma tajante: «No hay pruebas de que los suplementos nutricionales que se venden sin receta sean beneficiosos en la prevención de enfermedades cardiacas antes de que estas se manifiesten clínicamente. Hay algunos indicios, sin embargo —y esto sigue siendo objeto de controversia—, de que el aceite de pescado puede ser de ayuda una vez la enfermedad vascular ha sido diagnosticada. En términos de prevención primaria, mi opinión es que una pastilla no puede sustituir los buenos hábitos. Es decir que las dietas ricas en fibra, en vitamina E, en betacarotenos, en vitamina C, en todas las vitaminas que, cuando se obtienen de la alimentación parecen reportar beneficios a los grupos de población específicos que las consumen. Pero ¿coger todas esas sustancias y hacer con ellas una pastilla? Numerosos estudios demuestran que no hay una forma fácil de hacer esto y obtener los mismos beneficios para la salud».

El Departamento de Sanidad de Estados Unidos en sus recomendaciones señala que las multivitaminas pueden beneficiar a personas que siguen una dieta insuficiente y que en casos específicos los suplementos parecen tener un valor real, pero que la «suplementación de forma regular a base de un solo nutriente o de una combinación de varios no reporta beneficio alguno en la prevención primaria del cáncer, las enfermedades cardiovasculares, las cataratas, la degeneración macular por edad avanzada o el deterioro cognitivo».

Casi todos los informes concluyen diciendo que los suplementos vitamínicos y nutricionales no son una alternativa viable a una dieta saludable. Así que resulta que nuestras madres tenían razón: hay que tomar muchas frutas y verduras.

El único suplemento que yo tomo es la vitamina D3. La deficiencia de vitamina D3 se ha asociado a varias enfermedades graves, y al vivir en Nueva Inglaterra es probable que no obtenga la suficiente vitamina D3 del sol durante el invierno: por eso la tomo en forma de suplemento. Otros suplementos han demostrado ser efectivos en casos concretos; el ácido fólico en la prevención de defectos de nacimiento. Lo mejor que podemos hacer es investigar un poco antes de tomar nada, pero siendo conscientes de que los fabricantes se toman muchas libertades a la hora de publicitar sus productos.

Como he dicho, yo no tomo suplementos nutricionales. Sin embargo, hay muchas personas que sí lo hacen y aseguran extraer grandes beneficios de ello. Otras los han probado y afirman que no han notado ningún efecto. Así que no se pueden hacer afirmaciones generales sobre el tema. Probablemente lo mejor que puede decirse de estos productos es que algunos funcionan para algunas personas. Lo que sí parece seguro es que no existen productos milagrosos capaces de mejorar nuestro estado de salud de la noche a la mañana. Si están interesados en consumir alguno de ellos, infórmense primero. Lean los resultados de estudios clínicos realizados por universidades o agencias gubernamentales, ya que muchas de las compañías fabricantes llevan a cabo sus propios estudios, cuyos resultados por lo común, suelen favorecerlas.

lineapuntitos.jpg