XVI



¿Se puede prevenir o curar el alzhéimer?

Pocas enfermedades son tan devastadoras y misteriosas como el alzhéimer, la forma más común de demencia. Los enfermos de alzhéimer van perdiendo lentamente, y por etapas, sus recuerdos, su capacidad de funcionar normalmente, su contacto con la realidad y, con el tiempo, la conciencia de quiénes son. Pero más allá del hecho de que el alzhéimer es una enfermedad incurable, degenerativa y extremadamente costosa —se calcula que en Estados Unidos se gastan hasta cien mil millones de dólares al año en combatir la enfermedad y tratar a los pacientes que la sufren—[39] y, en última instancia, terminal, se sabe muy poco de ella. En la actualidad no hay un tratamiento que prevenga su aparición y tampoco una cura. Es cierto que se están haciendo algunos progresos y que la FDA ha aprobado fármacos que pueden detener temporalmente el avance de la enfermedad, pero la causa y la cura del alzhéimer continúan siendo uno de los grandes misterios de la medicina.

El alzhéimer lo identificó en 1901 el psiquiatra alemán Alois Alzheimer. Su primer paciente fue una mujer de 50 años que murió cinco años después. Conforme se hicieron públicos otros casos similares, el nombre del médico pasó a asociarse a la pérdida de contacto gradual con el mundo. Durante gran parte del siglo XX el alzhéimer era el diagnóstico que se daba a pacientes de entre 45 y 65 años con demencia senil, aunque en 1980 se expandió la definición para incluir a pacientes de todas las edades con síntomas característicos. Aunque hay distintas clases de demencia, de las cuales sólo una es alzhéimer, este nombre se ha convertido en sinónimo de pérdida de memoria y de autonomía. Hay un temor extendido de que la pérdida de memoria sea precursora del alzhéimer, y aunque mucha gente tiene la impresión de que dicha enfermedad está más extendida que nunca, tal vez ello se debe a que hoy conocemos mejor sus síntomas y por tanto es más fácil diagnosticarla. Su prevalencia puede deberse también al hecho de que hoy vivimos más tiempo.

Ésta es una de esas situaciones en las que los sectores público y privado trabajan por igual para tratar de averiguar más sobre la enfermedad. Con ello se salvarían millones de vidas y se ganarían miles de millones de dólares. En 2008 se realizaron más de quinientos ensayos clínicos sobre alzhéimer, pero la mayoría no estaban diseñados para probar curas potenciales o formas de prevenirlo, sino sólo para testar nuevas teorías, profundizar en los resultados de ensayos anteriores o simplemente añadir datos al corpus de información sobre la enfermedad de que ya disponemos.

Ésa es la buena y también la mala noticia. El problema es que muchos de estos estudios han resultado ser prometedores, pero ni uno de ellos ha logrado dar con la manera de prevenir el alzhéimer. Los investigadores por tanto no pueden centrar sus esfuerzos en buscar formas de prevenir la enfermedad, y se dedican a seguir trabajando en distintos frentes de investigación ya abiertos. Por ejemplo, análisis médicos han detectado niveles elevados del aminoácido homocisteína en pacientes con alzhéimer. Puesto que los ensayos de laboratorio han demostrado que estos niveles pueden reducirse tomando vitamina B —ácido fólico— y vitaminas B6 y B12, los científicos sugieren que altas dosis de estas vitaminas pueden ayudar a prevenir la enfermedad. El ácido fólico y otras clases de vitamina B se encuentran en verduras de hoja y en determinados cereales enriquecidos, de manera que el National Institutes of Health, de financiación federal, patrocinó un estudio en el que cuatrocientos nueve pacientes con alzhéimer en cuarenta emplazamientos geográficos distintos tomaron una dosis diaria de vitamina B o de placebo. Transcurridos dieciocho meses, sin embargo, los investigadores no encontraron diferencia alguna entre los dos grupos al realizar tests para evaluar destrezas cognitivas tales como la memoria y el lenguaje. El doctor Paul Aisen, que dirigió el estudio, fue contundente: «Estas vitaminas no deben emplearse en el tratamiento del alzhéimer; no son efectivas».

Esta falta de éxito no ha impedido a la multimillonaria industria de suplementos dietéticos comercializar una impresionante variedad de productos basados en investigaciones de este tipo, y son innumerables las páginas de Internet que prometen mejorar nuestra memoria y otras funciones cerebrales. Aunque algunos de estos productos no afirman ser capaces de curar nada, sí se supone que mejoran la «salud cerebral», lo que equivale a decir que combaten el alzhéimer y la demencia senil. El investigador de alzhéimer, el doctor Daniel Press, jefe de Neurología del Beth Israel Deaconess Medical Center, explica: «Yo no tomo ningún suplemento dietético. Muchos de mis pacientes están convencidos de que hay productos ahí fuera que les salvarán del alzhéimer. Por desgracia mi obligación es decirles: “Si existiera ese suplemento ¿no cree que yo lo estaría tomando?”. Hay que tener mucho cuidado, porque estos suplementos no están regulados. Dejando de lado el hecho de que sean o no efectivos, es que ni siquiera sabemos si son seguros. Todos los fármacos han de demostrar que son seguros y efectivos antes de ser comercializados, pero la gente no se da cuenta de que esta regla no sirve para los suplementos dietéticos. Y muchos pueden resultar tóxicos. Es algo que ya ha ocurrido en el pasado. Yo siempre les digo a mis pacientes que si quieren tomar un suplemento deben obtenerlo de una fuente fiable, de un laboratorio o una compañía farmacéutica que les merezca confianza, aunque no sé muy bien cómo puede juzgarse eso».

Y mientras la industria de los suplementos alimenticios continúa anunciando sus productos de forma irresponsable, los investigadores médicos legítimos prosiguen sus ensayos científicos explorando todas las vías posibles. Así, por ejemplo, cuando un número de estudios epidemiológicos sugirió que los estrógenos podrían prevenir la aparición de alzhéimer, muchas mujeres empezaron a seguir terapias hormonales sustitutorias. Pero tal y como señala el doctor Press: «Por fin se realizó un estudio aleatorio y controlado por placebo de una combinación de estrógeno y progestina llamado Women’s Health Initiative. Los investigadores concluyeron que los estrógenos no sólo no reducían el riesgo de demencia, sino que las mujeres que tomaban estrógeno y progestina tenían el doble de probabilidades de desarrollar demencia que las que tomaban placebo. Aquél fue uno de los estudios más influyentes que he conocido. De un día para otro se les dijo a las mujeres que tomaban estrógenos: Dejad de hacerlo. Está mal».

Las compañías farmacéuticas también están buscando el fármaco capaz de prevenir la enfermedad o al menos retrasar su aparición y su avance. Por ejemplo, cuando los médicos repararon en que dos fármacos patentados de uso extendido en el tratamiento de la diabetes porque rebajan los niveles de azúcar en sangre, la pioglitazona y el rosiglitazona, la combinación de los cuales recibe el nombre de TZD, parecía prevenir la aparición de la enfermedad o al menos frenar su avance, el fabricante de estos medicamentos, GlaxoSmithKline, financió un estudio prospectivo y multimillonario de cinco años de duración a partir de los historiales de ciento cuarenta y dos mil veteranos de guerra diabéticos. En 2006 se presentó un informe en el Congreso Internacional sobre alzhéimer en el que se mostraba que los pacientes que habían tomado TZD en lugar de insulina habían tenido una incidencia de alzhéimer un 20 por ciento menor.

La posibilidad de que exista un vínculo entre diabetes y alzhéimer se vio reforzada en un estudio sueco publicado en 2008 que hizo un seguimiento de dos mil doscientos varones durante treinta y cinco años y demostró que aquellos que respondían mal a la insulina tenían un 31 por ciento más de probabilidades de contraer alzhéimer a edad avanzada.

Los resultados de otros estudios a largo plazo también son interesantes. Algunos sugieren que existe una relación entre niveles altos de colesterol y riesgo mayor de alzhéimer, y estudios de seguimiento han indicado que las estatinas, que rebajan el colesterol, pueden también brindar cierta protección frente a la demencia senil. Pero los resultados de dos estudios serios han sido contradictorios. El Religious Orders Study siguió a casi mil sacerdotes y monjas de edad avanzada durante casi doce años. Se les examinó de forma anual para evaluar sus funciones cerebrales y los investigadores concluyeron que las estatinas no prevenían la aparición de alzhéimer ni retrasaban su avance.

En cambio, el Sacramento Area Latino Study on Aging siguió a cerca de mil setecientas personas, en su mayoría mexicano-estadounidenses durante cinco años, evaluando sus funciones cerebrales de forma regular. El estudio demostró que los participantes que tomaban estatinas reducían su riesgo de contraer alzhéimer en casi un 50 por ciento. Aunque estos resultados han sido cuestionados, sí ponen de manifiesto las dificultades que tienen los investigadores a la hora de hacer verdaderos progresos.

Científicos trabajando en el laboratorio encontraron que los fármacos antiinflamatorios podían disolver lesiones cerebrales existentes —uno de los síntomas del alzhéimer— y prevenir la formación de nuevas. A finales de la década de 1980 el neurocientífico Patrick McGeer y su equipo estudiaron historias médicas antiguas de doce mil pacientes que habían tomado altas dosis de antiinflamatorios —aspirina concretamente— para mitigar los dolores de artritis, y descubrieron que tenían siete veces menos probabilidades de ser diagnosticados con alzhéimer que los que no los habían tomado. Un estudio similar realizado en Holanda en 2001 siguió a siete mil personas que tomaban antiinflamatorios no esteroides como naproxeno o ibuprofeno para el dolor de artritis durante siete años y encontró que tenían significativamente menos probabilidades de contraer alzhéimer. Aquello condujo a nuevas investigaciones: un equipo dirigido por el doctor Steven Vlad de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston examinó las historias clínicas de casi cincuenta mil veteranos de guerra con alzhéimer y de otros veinte mil de aproximadamente la misma edad, 74, que no tenían alzhéimer. Desde el punto de vista estadístico, los participantes que habían tomado antiinflamatorios no esteroides durante más de cinco años ¡tenían un 24 por ciento menos de probabilidades de desarrollar síntomas de alzhéimer!

En principio suena bien. Por desgracia el consumo prolongado de antiinflamatorios tales como la aspirina puede causar úlceras o graves hemorragias internas, de forma que no hay pruebas de que los posibles beneficios compensen los peligros. Así que, después de todo, no suena tan bien.

Pero investigadores estadounidenses y alemanes trabajando en colaboración anunciaron en 2008 que un fármaco antiinflamatorio hasta el momento conocido sólo como CNI-1493 aumenta las funciones cognitivas y parece prevenir lesiones en ratones, de forma que el papel de los antiinflamatorios en la progresión del alzhéimer sigue mereciendo la atención de la comunidad científica. Suena bien.

Los análisis estadísticos han llevado a los investigadores a tomar caminos interesantes. Por ejemplo, cuando investigadores repararon en que India posee la tasa más baja del mundo de nuevos casos de alzhéimer —en algunas zonas rurales menos de un 1 por ciento de la población mayor de 65 años está diagnosticada con esta enfermedad— sintieron curiosidad. La relación entre dietas ricas en determinadas sustancias que favorecen ciertas enfermedades es conocida desde hace siglos. El curry es un elemento básico de la dieta india y, según se detalla en el capítulo 7, a lo largo de la historia los médicos han recetado cúrcuma —el pigmento que le da al curry su color amarillo y un compuesto presente en el tumérico, que de hecho se llama también «especia de la vida»— para una variedad de dolencias. Experimentos realizados en laboratorio en UCLA entre 2005 y 2007 indicaron que la cúrcuma ralentizaba o prevenía la formación de lesiones en ratones, y hay más investigaciones en curso.

Y aunque los resultados de pruebas de laboratorio no deben dar lugar a afirmaciones científicas —un error en el que caen a menudo los medios de comunicación— en un campo donde los avances científicos son aún muy lentos merece la pena señalar que en el laboratorio —y sólo ahí— se ha visto que compuestos que contienen cúrcuma y también vitamina D3 estimulan el sistema inmune a eliminar la placa amiloide, que está presente en el cerebro de pacientes de alzhéimer y que, se sospecha, es al menos una de sus causas.

Por último, se acepta de manera generalizada que una de las formas de retrasar o incluso prevenir la aparición de alzhéimer es mantenerse mentalmente ágil, realizando tareas como leer, resolver crucigramas, escribir cartas o mantener una vida social activa. Un estudio realizado en 2007 en el Rush Hospital Medical Center examinó a setecientas personas anualmente durante más de cinco años y comprobó que aquellas que permanecían mentalmente activas tenían la mitad de probabilidades de desarrollar alzhéimer que las que no lo hacían. El Rush Memory Project también demostró que las personas más activas físicamente obtenían mejores resultados en tests que medían sus funciones cognitivas. Un estudio de UCLA de 2008 indicaba que navegar por Internet estimula el cerebro lo suficiente como para minimizar el impacto de la demencia, pero sólo veinticuatro personas participaron en él, de manera que las conclusiones no tienen un valor real.

Hay algunas pruebas que indican que cuanto mayor es la educación que recibe un individuo, mayores son también sus probabilidades de combatir la enfermedad. Los investigadores han hecho ensayos con personas con discapacidades fisiológicas similares, en este caso placa detectada en escáneres cerebrales, y han encontrado que las que habían recibido más educación obtenían mejor rendimiento que las que habían estudiado menos.

El Bronx Aging Study, un análisis de casi quinientas personas de edad avanzada que no presentaban síntoma alguno de demencia al comenzar el estudio, se realizó en el Centro sobre Envejecimiento de UCLA. Los investigadores encontraron que por cada día adicional de actividad, entendida ésta como leer, escribir, resolver crucigramas, jugar a las cartas o a juegos de mesa, participar en discusiones de grupo o tocar música, el deterioro de la memoria se retrasaba en más de dos meses. El director del estudio, el doctor Gary Small, señaló que estos resultados eran «consistentes con estudios previos que apuntan a los posibles efectos protectores para el cerebro de actividades estimulantes desde el punto de vista cognitivo». Ahora bien, lo que se observó fue un retraso, y no una prevención y, de hecho, una vez el deterioro de la memoria comenzaba, progresaba en proporción directa al número de días dedicados a actividades. La hipótesis es que estas actividades que estimulan el cerebro crean una especie de reserva que permite al cerebro compensar cierto grado de daño, pero una vez se supera el límite ya no tienen efecto beneficioso alguno.

Otro estudio conducido también en UCLA encontró que estudiar durante más años retrasa igualmente los primeros síntomas de demencia, pero no los previene.

Por desgracia la mayoría de las pruebas clínicas de que los ejercicios mentales y físicos pueden ayudar a prevenir esta enfermedad o mitigar su progresión son todavía poco consistentes. La jefa de investigación de la Sociedad para el Alzhéimer en Estados Unidos, la doctora Susanne Sorensen, admitía: «La máxima de úsalas o las perderás (las neuronas) puede ser un buen mensaje para que la gente se mantenga activa, pero existen pocas pruebas reales de que mantener el cerebro activo mediante rompecabezas, juegos, etcétera, redunde a favor de la salud cognitiva y reduzca el riesgo de demencia senil». Aunque, de nuevo, sí parece retrasar la manifestación de la enfermedad.

¿Qué hace el doctor Press en previsión de que un día pueda tener que enfrentarse a esta terrible enfermedad? «Intento llevar una dieta sana. Y estoy convencido de que introducir los cambios sugeridos aquí en nuestro estilo de vida es más efectivo que cualquier fármaco».

 

 

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El consejo del doctor Chopra

 

Tras invertir miles de millones de dólares en investigación, los científicos pueden afirmar con cierta seguridad que ya tenemos una larga lista de cosas que no sirven para prevenir ni el alzhéimer ni la demencia. Lo que no sabemos es la causa de la pérdida de memoria ni cómo prevenirla. El mejor consejo que pueden dar los médicos a día de hoy es: mantenerse lo más mentalmente activos posible y hacer una dieta equilibrada. Hay al menos ciertas pruebas prometedoras de que la cúrcuma, la vitamina D3 y los antiinflamatorios no esteroides que previenen o reducen la inflamación puedan desempeñar un papel en el retraso de la aparición de los primeros síntomas de alzhéimer.

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