II



¿Puede el té verde —o cualquier otra clase de té— prevenir o curar enfermedades?

En todo el mundo, desde Asia hasta América, durante varios siglos el té ha desempeñado un importante papel cultural en la sociedad. Por ejemplo, en algunos países, al llegar a casa de alguien nos ofrecen una taza de té para demostrarnos que somos bienvenidos. Y, si les gustamos, nos ofrecerán una segunda. Nos hemos convertido en un amigo. Y si nos ofrecen una tercera taza, entonces es que nos consideran de la familia.

El té es la segunda bebida más popular del mundo, precedida sólo del agua. Desde antiguo se cree que posee poderes curativos, casi místicos; del té se ha dicho que reconforta el alma, serena la mente y asienta el estómago. De hecho, los chinos tienen una antigua creencia: «Un té diario mantiene alejado al boticario», y toda madre inglesa y estadounidense sabe que el té con miel es un buen remedio para el resfriado[8]. En distintos momentos de la historia la gente ha creído que el té depuraba el hígado, prevenía el tifus y limpiaba el organismo. En la medicina de las antiguas China e India el té se empleaba como estimulante, para controlar las hemorragias y favorecer la curación de enfermedades, incluso para tratar dolencias cardiacas. Entre las muchas aplicaciones que se han sugerido del té están las de controlar la flatulencia, mejorar la digestión, combatir la fiebre y estimular diversos procesos mentales.

Pero recientemente los beneficios tradicionales asociados al té han sido reemplazados por anuncios mucho más radicales, del tipo: «El té verde puede curar el cáncer de pulmón», «El té verde puede prevenir la inflamación de la próstata», «Un estudio demuestra que el té puede ayudar a reducir el colesterol y proporcionar protección frente a enfermedades cardiacas», o simplemente: «Un estudio realizado en Japón concluye que el té verde reduce sensiblemente el riesgo de muerte por varias enfermedades». De hecho, después de miles de años de popularidad, el té —en especial el verde— se ha vuelto realmente famoso.

Aunque evidentemente nadie sabe cuándo empezó a consumir té la humanidad, los arqueólogos sugieren que hace quinientos mil años nuestros antepasados ya hervían en agua las hojas de Camellia sinensis, el origen de todas las distintas clases de té. El té llegó por primera vez a la colonia americana de Nueva Ámsterdam hacia 1650, llevado por Peter Stuyvesant y enseguida se convirtió en la bebida más popular del recién descubierto continente. Dice la leyenda que el té helado es una bebida relativamente moderna, creación de un vendedor desesperado en un día muy caluroso en la Feria Internacional de San Louis en 1904. Hay cuatro clases de té: negro, oolong, verde y blanco, pero todos se extraen de esta planta, cuyas hojas están repletas de los llamados flavonoides y otros polifenoles —sustancias químicas que funcionan como antioxidantes— que en un principio llevaron a la gente a preguntarse sobre los posibles efectos del té en relación a un número de enfermedades. Los científicos se han interesado desde hace tiempo en el papel de los antioxidantes en la prevención de enfermedades. Además de en el té, los antioxidantes se encuentran en muchas frutas, hortalizas, frutos secos y carnes. Como un ejército conquistador, los antioxidantes neutralizan los radicales libres —en esencia, electrones solitarios que recorren nuestras células en busca de pareja— que desde hace tiempo se sospecha causan un daño considerable al material genético que favorece el cáncer y otras enfermedades.

La diferencia entre el té negro —el más popular en Europa y Estados Unidos— y el verde es que, una vez recolectadas, las hojas se secan parcialmente, se machacan y después se dejan fermentar al calor durante un breve periodo de tiempo, para después secarse por completo, mientras que las hojas de té verde no se machacan ni se dejan fermentar y por tanto no se oxidan. De manera que el té negro y el té verde poseen propiedades químicas diferentes, así como sabores distintos.

Puesto que el arbusto de la Camellia sinensis se encuentra en Asia, el té verde forma parte de la dieta habitual desde antiguo en países como China, India, Japón y Pakistán. En cambio el té negro, que tiene un sabor ligeramente más dulce y fuerte, cuenta con mayor tradición en el mundo occidental. Sólo que en época reciente, con el creciente interés en la alimentación y la medicina holísticas, el té verde ha ido ganando popularidad en estas latitudes. La pregunta es ¿tiene realmente algún valor terapéutico?

En los experimentos de laboratorio el té ha demostrado tener sustanciosos beneficios para la salud, de ahí el entusiasmo que ha desatado, en particular el verde. Así, por ejemplo, investigadores de la Universidad de Mississippi realizaron un experimento en el que añadieron un antioxidante que se encuentra casi exclusivamente en el té verde, el EGCG, al agua de diez ratonas, mientras que otras diez bebían agua sola. A todas las ratonas se les inyectaron células mamarias cancerosas. Los tumores en las ratonas que habían bebido EGCG resultaron dos tercios más pequeños que los de las del grupo de control, y también parecían recibir un riego sanguíneo menor. Éste es el tipo de experimento que no produce pruebas causales, pero sí plantea una serie de preguntas interesantes. Por desgracia también puede generar titulares confusos que sugieren que «los antioxidantes reducen la incidencia de cáncer de mama». Lo cierto es que una persona tendría que beber entre quince y treinta tazas de té al día durante cinco semanas para igualar la cantidad de EGCG que se administró a las ratonas del experimento.

Con todo, los indicios son asombrosos. Por ejemplo, el flavonoide kaempferol se encuentra en el té y también en el brócoli y la col rizada. Un estudio prospectivo de los resultados de los datos del Nurses’ Health Study, de sesenta y seis mil trescientos ochenta y cuatro participantes, realizado en el Brigham and Women’s Hospital en Harvard y publicado en 2007 en el International Journal of Cancer parecía demostrar una relación inversa entre la ingesta de kaempferol y el riesgo de cáncer de ovarios. Cuatro tazas de té negro o verde parecían ofrecer cierta protección frente a este tipo de cáncer. Aunque los resultados son ciertamente intrigantes y parecen corroborar algunos de los obtenidos en laboratorios, de hecho, son muy pocas las mujeres que han tomado suficiente kaempferol como para que los investigadores puedan establecer una asociación firme entre éste y el cáncer ovárico.

El problema es que los estudios realizados con seres humanos no han sido concluyentes. Pero los ensayos más prometedores son los conducidos en Asia. Un estudio chino con dieciocho mil varones, incluyendo fumadores habituales, demostraba que los bebedores de té eran diagnosticados de cáncer de estómago o de esófago con aproximadamente la mitad de frecuencia que los que no bebían té de forma habitual. Otro estudio de la Universidad de Tohoku en Japón llevó a cabo el seguimiento de cuarenta mil adultos sanos durante once años. Durante ese periodo las personas que bebían cinco o más tazas de té verde al día demostraron tener un 16 por ciento menos de riesgo de morir de cualquier enfermedad que las que tomaban una taza o menos. Durante un periodo de siete años esas mismas personas presentaban un 26 por ciento menos de riesgo de morir de una enfermedad cardiovascular; una reducción aún más llamativa en las mujeres: las que bebían té en cantidad tenían un riesgo de muerte un 31 por ciento menor.

Aunque esto es desde luego interesante, es también el ejemplo perfecto de las limitaciones de esta clase de estudios. Un estudio de la dieta del mismo grupo de población realizado por varios de los investigadores del estudio anterior examinó los efectos de la dieta japonesa en su totalidad —en la que el té es sólo un componente más— en el riesgo cardiovascular. Las conclusiones fueron que la dieta japonesa tradicional se correspondía con un riesgo menor de ataques al corazón, pero que no era posible aislar el papel desempeñado en esto por el té verde. Científicos ingleses apuntaron que Japón ya tenía una de las tasas más bajas del mundo de enfermedades coronarias y que la dieta tradicional británica —y también la estadounidense— incluía bastantes más grasas saturadas, así que es cuestionable que si los occidentales bebieran la misma cantidad de té verde que los japoneses obtuvieran los mismos resultados[9].

Merece la pena mencionar que investigadores en Atenas han comparado los efectos de tomar té verde, cafeína diluida o agua caliente sola en el corazón de catorce individuos. Por medio de ecografías descubrieron que el té verde dilataba más las arterias que cualquiera de las otras bebidas. Uno de los autores del estudio, el cardiólogo Charalambos Vlachopoulos, explicaba: «Al poco tiempo de haberlo ingerido, ejercía un efecto protector en el endotelio». Tras dos semanas de tomar té verde de forma regular, las arterias estaba aún más dilatadas que al comienzo del experimento.

Por extraño que parezca, los investigadores no han sido capaces de demostrar de forma definitiva que consumir té verde ayude a prevenir las enfermedades cardiacas. En 2005 y de nuevo en 2006 la FDA rechazó la solicitud de una compañía de incluir en la etiqueta de sus productos que el té verde «puede reducir una serie de factores de riesgo asociados con enfermedades cardiovasculares». La FDA ha determinado que los indicios son sugerentes, pero no concluyentes. Es más, ha decidido que a día de hoy no existen indicios suficientes que permitan afirmar los beneficios del té verde en relación con las enfermedades del corazón[10].

Así que aunque está claro que el té verde tiene un efecto en nuestro organismo, sus «beneficios» son mucho más difíciles de probar. Por ejemplo, un estudio realizado en Holanda, que incluía ciento veinte mil setecientas cincuenta y dos mujeres y hombres, investigaba la hipótesis de que el té negro podía prevenir varias clases de cáncer, incluidos los de pulmón y los de mama. Este estudio no encontró asociación alguna entre beber té y cáncer. Un estudio de pequeñas dimensiones conducido en el National Cancer Institute investigaba los posibles beneficios del té verde en los pacientes con cáncer de próstata. Un total de cuarenta y dos de estos pacientes consumieron cuatro tazas de té verde cada día durante cuatro meses. No sólo el 70 por ciento de ellos tuvo efectos secundarios desagradables, tampoco se observó que la bebida tuviera ningún efecto beneficioso prolongado desde el punto de vista de la salud en ninguno de ellos.

La FDA examinó varios estudios que investigaban un posible vínculo entre té verde y cáncer de mama e informó de lo siguiente: «Dos de los estudios no muestran que beber té verde reduzca el riesgo de contraer cáncer de mama en mujeres, pero otro estudio más limitado y menos concluyente sugiere que consumirlo puede reducir dicho riesgo. Basándose en estos estudios, la FDA concluye que es altamente improbable que el té verde reduzca el riesgo de cáncer de mama». De hecho, la FDA fue más allá al afirmar que no existen pruebas que confirmen las afirmaciones de que beber té verde reduzca el riesgo de ningún tipo de cáncer. Y ésa continúa siendo su recomendación.

Estudios de observación a gran escala realizados en Asia oriental no han podido probar asociación alguna entre ingerir té y un descenso en la incidencia de las formas más comunes de cáncer. De hecho, un estudio japonés de 2006 demostraba que los individuos con cáncer de esófago tienden a consumir más té que los que no sufren esa enfermedad.

Algunos han comparado los efectos del té con los del café, citando beneficios probados de la cafeína a la hora de combatir o reducir los efectos de varias enfermedades, pero lo cierto es que el té sólo contiene una tercera parte de la cafeína que se encuentra en el café —de hecho, contiene la misma cafeína que un refresco de cola— y puesto que la mayoría de las infusiones no se fabrican con la Camellia, no contienen nada de cafeína.

En general, las palabras que más se asocian a los supuestos beneficios del té para la salud son «puede», «podría», «es posible», «en el laboratorio», «no está claro» y, sobre todo, «son necesarios más estudios». Nadie —ningún fabricante al menos— que proclame las bondades medicinales del té ha examinado todas las pruebas científicas. De hecho, dada la escasa regulación a que están sometidos los llamados suplementos alimenticios, no existen pruebas de que las llamadas «cápsulas de extracto de té verde» proporcionen los beneficios mínimos equiparables a consumir el té bebido. Así que si quiere usted beneficiarse de cualesquiera que sean las propiedades del té, tómelo en infusión.

Pero no olvide que no todos los tés son buenos. De hecho, algunos pueden ser peligrosos. El té de Jamaica puede causar una enfermedad llamada venooclusiva, por la que las venas hepáticas se obstruyen y el paciente puede llegar a necesitar un trasplante. Así que las personas aficionadas a las infusiones deben estar seguras de lo que consumen. Y si está de visita en Jamaica y alguien le ofrece un té... diga que prefiere un café.

 

 

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El consejo del doctor Chopra

 

Se han establecido sugerentes asociaciones entre el consumo de té y varios beneficios para la salud, pero no existen estudios clínicos relevantes que prueben dicha asociación. La mayoría de los estudios realizados con grupos de pacientes que defienden las bondades del té no han sido capaces de demostrar que éste sea la única causa de mejoría. E incluso aquellos estudios que parecen demostrar los beneficios de este producto se han realizado en regiones del mundo donde la dieta es muy diferente a la occidental. No hay razón por la que no debamos consumir los tés normales que nos gustan, y es posible que obtengamos algún beneficio de ello, pero desde luego esos efectos milagrosos de que hablan los fabricantes están muy lejos de haber sido probados.

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