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¿Es peligroso beber de botellas de plástico?

Los titulares eran bien precisos: ESTUDIOS DEMUESTRAN QUE LAS BOTELLAS DE PLÁSTICO PUEDEN CAUSAR DEFECTOS DE NACIMIENTO.

Pero también lo eran aquellos titulares que los refutaban: ESTUDIOS REALIZADOS POR EL GOBIERNO DEMUESTRAN QUE NO HAY PELIGRO ALGUNO EN BEBER DE BOTELLAS DE PLÁSTICO.

Bienvenidos a una nueva entrega de ¡Cuando los expertos no se ponen de acuerdo!

La cuestión de si el bisfenol A o BPA se desprende de algunas botellas y recipientes de plástico causando una amplia gama de problemas de salud ha propiciado muchos titulares y también gran controversia. El profesor adjunto del Harvard Medical School, el doctor Harvey Katz, que lleva practicando la pediatría más de cuatro décadas, recuerda haber escuchado esta pregunta desde finales de 1990, pero desde entonces se ha convertido en una de las principales fuentes de preocupación de los padres. «Aunque a muchos de mis pacientes no les preocupa en absoluto, tengo algunos padres que están verdaderamente obsesionados. El problema es que muchas publicaciones, desde revistas médicas citadas en periódicos a revistas femeninas, dan información incompleta generando una gran preocupación. Las pruebas que se ofrecen son insuficientes o erróneas y como resultado la gente se asusta. Cada vez que se publica una historia de esta clase empiezo a recibir llamadas sin parar».

He aquí una de esas situaciones en la que no existen pruebas definitivas que apoyen ninguno de los argumentos. Al menos por ahora. También es el ejemplo perfecto de esas situaciones en las que es necesario conocer quién ha hecho los estudios antes de creernos lo que dicen.

El bisfenol A se emplea en la producción de botellas de plástico rígido y transparente —en especial biberones y botellas de agua— así como algunas latas de bebidas y alimentos, CD, juguetes, recibos de compra por tarjetas de crédito e incluso algunas clases de sellado dental. Es casi imposible evitarlo en la vida diaria, ya que cada año se emplean más de cinco millones de toneladas para fabricar plástico.

En la década de 1930 experimentos de laboratorio demostraron que el bisfenol A replicaba los efectos del estrógeno en el organismo, y que era potencialmente peligroso para los seres humanos. Pero hasta 1998, cuando la genetista Patricia Hunt encontró que ratones que vivían dentro de jaulas de plástico de policarbonato y que bebían agua de botellas de plástico previamente lavadas con un detergente fuerte presentaban más errores cromosómicos en sus células que aquellos que vivían en plásticos no policarbonatados, la gente empezó a preguntarse si el bisfenol A contenido en los plásticos podía ser peligroso. Y los periodistas empezaron a escribir sobre el tema.

Desde entonces numerosos experimentos de laboratorio han demostrado que los ratones expuestos a bisfenol A tienen mayor riesgo de contraer enfermedades, incluidos cáncer de próstata y mama, miomas uterinos, diabetes tipo II, dolencias coronarias, menor recuento de espermatozoides y daños cerebrales estructurales. En el laboratorio, el bisfenol A se ha relacionado incluso con la obesidad. Así que todo indica que ¡conviene alejar a los ratones de esta sustancia! Pero estamos hablando de ratones, no de seres humanos. Las pruebas de que el BPA sea potencialmente peligroso para los humanos son considerablemente menores. Las preocupaciones se han centrado por lo general en sus efectos en el desarrollo infantil, puesto que desde hace tiempo se emplea en la fabricación de biberones.

Como pueden imaginar, cuando los primeros experimentos indicaron que una sustancia química presente en productos de uso común podía ser peligrosa la noticia se extendió como la pólvora. Unos años antes probablemente no habría recibido tanta atención. Pero ahora, con Internet llena de historias que llegan de forma inmediata a millones de personas, con los medios de comunicación buscando casos que llamen la atención y con el auge de las demandas por negligencia, enseguida se ha extendido el rumor de que beber de botellas de plástico o comer de un recipiente de plástico previamente calentado en un microondas puede causar cáncer, defectos de nacimiento y otros problemas graves. De inmediato los consumidores empezaron a buscar alternativas al bisfenol A.

Lo cierto es que los resultados de los estudios no eran tan sorprendentes al fin y al cabo. Ni siquiera eran inusuales. De hecho, muchos productos que resultan ser muy peligrosos para animales de laboratorio son de todo inocuos para los seres humanos. En especial si consideramos que los animales de laboratorio a menudo reciben dosis mucho más altas de las que nosotros encontramos en la vida diaria. Los críticos apuntaron que en muchos de estos ensayos se inoculaba a los roedores bisfenol A, mientras que las personas por lo común lo ingieren y lo metabolizan, lo que hace más difícil aún evaluar sus peligros.

De hecho, el concepto mismo de emplear animales para testar productos destinados a seres humanos se ha vuelto cada vez más cuestionable. Es difícil extrapolar resultados obtenidos en el laboratorio con animales a personas. Muchos productos que han tenido efectos drásticos, tanto positivos como negativos, en animales, nunca han demostrado tener el mismo impacto en seres humanos. Por ejemplo, muchas personas han leído que el chocolate puede ser muy peligroso para los perros; en las personas en cambio el único riesgo que plantea es consumirlo en cantidades excesivas. Los animales y los seres humanos tienen sistemas biológicos similares; tenemos los mismos órganos que por lo general funcionan de la misma forma, de modo que es mucho lo que podemos aprender de los animales. Pero en niveles más avanzados de investigación, como los que se están poniendo en práctica actualmente, existen enormes diferencias entre especies. El ADN de los seres humanos y el de los ratones sólo se parecen en un 75 por ciento.

En el Congreso sobre Tecnología Farmacéutica de 2001 un laboratorio presentó un estudio en el que treinta y ocho fármacos en desarrollo se habían testado en ratones para comprobar los niveles de toxicidad hepática. En ratones, diecisiete de los fármacos resultaron ser inocuos, mientras que los once restantes eran peligrosos. De los veintidós medicamentos veinte fueron testados en seres humanos. Sólo dos de los once que habían resultado tóxicos en ratones demostraron ser peligrosos en seres humanos, otros seis eran perfectamente seguros, y de los diecisiete que habían sido inocuos en ratones seis eran peligrosos para seres humanos. El director general de la compañía farmacéutica, el doctor Mark Levin, concluyó que los ensayos con animales tenían la misma precisión que lanzar una moneda al aire.

El ejemplo perfecto es el analgésico Vioxx. En seis estudios diferentes realizados con animales, que incluían cuatro especies animales distintas, el Vioxx demostró no sólo ser inocuo, también proporcionaba protección frente a ataques al corazón y dolencias coronarias. Luego, antes de ser retirado del mercado en 2004, resultó que duplicaba el riesgo de ataques cardiacos e ictus en seres humanos. Por el contrario, medicamentos comunes como la aspirina, que es segura en seres humanos, pueden resultar tóxicos en animales hasta administrados en dosis mínimas.

Pero el hecho de que el bisfenol A resultara peligroso en tests de laboratorio generó toda suerte de titulares alarmantes. Para hacer frente a lo que se estaba convirtiendo en un grave problema económico, la industria del plástico comenzó a realizar sus propios experimentos. Esto no es algo inusual, las industrias a menudo financian estudios sobre sus productos y, mientras paguen las facturas, los resultados les suelen ser favorables. Hay muchas maneras en que investigadores y científicos pueden influir en los resultados de ensayos clínicos sin mentir, hacer trampas o siquiera interpretar los datos de manera sesgada, y además pueden hacerlo sin que resulte obvio. Por ejemplo, pueden manipular los procesos de selección de los participantes en el estudio. El ejemplo más absurdo sería incluir a varones en un estudio sobre un medicamento destinado a prevenir el cáncer de mama. Al incluir miembros de un grupo demográfico generalmente no susceptible al problema que se está estudiando, los resultados pueden sesgarse con facilidad. También es posible manipular el diseño del estudio; por lo general antes de que éste comience los investigadores trabajan con estadísticos para determinar cuántas personas deben incluirse para poder evaluar de forma correcta el impacto de la sustancia en cuestión. Si se incluye un número insuficiente de pacientes para probar una diferencia estadística, los patrocinadores del estudio pueden influir en los resultados. No existe un número específico que indique que un estudio es de fiar. Aunque novecientos noventa y nueve sujetos puede parecer un número sensato, algunos estudios necesitan hasta seis mil para que sus resultados sean concluyentes desde el punto de vista estadístico.

Algunos patrocinadores también pueden intentar oscurecer sus vínculos con los investigadores. La industria química, por ejemplo, puede financiar estudios mediante un grupo creado especialmente y llamado algo así como «Comité por la Acción de los Productos Naturales», que de hecho, sea exactamente lo contrario a lo que su nombre sugiere. En un intento por dotar de mayor visibilidad a estos procesos, en 2008 la Cleveland Clinic se convirtió en el primer centro académico en Estados Unidos que publicó en su página web las relaciones entre los miembros de su equipo y las compañías farmacéuticas y productoras de material clínico.

Para testar los peligros potenciales de bisfenol A, las compañías químicas financiaron once estudios diferentes, y ninguno de ellos encontró evidencia alguna de que el BPA en dosis pequeñas, tal y como lo encontramos en nuestro entorno habitual, tuviera efectos peligrosos. Muchos de estos estudios argumentaban que el organismo humano neutraliza y excreta el bisfenol A mucho más rápidamente que los animales de laboratorio. De hecho, un sitio web afirmaba que la cantidad de BPA que penetra en los alimentos y bebidas está sustancialmente por debajo del umbral de seguridad establecido por la Agencia de Protección Ambiental, y también que un individuo tendría que ingerir casi seiscientos kilos de comida o bebida conservada en plástico al día para que el bisfenol A constituyera un peligro.

En 2007 un panel de doce científicos empleados por el gobierno estadounidense y convocados por el Centro para la Evaluación de Riesgos para la Reproducción Humana revisó cientos de estudios sobre el tema y expresó «cierta preocupación» de que el BPA pudiera causar alteraciones neurológicas y de comportamiento en fetos y niños pequeños, pero que su vínculo con otros problemas médicos en adultos era «insignificante». El portavoz de la industria del bisfenol A explicó: «Creemos que esto confirma que el bisfenol A no constituye un riesgo para la salud de los seres humanos, en las dosis mínimas a que éstos se exponen».

A partir de esos informes, la agencia de la FDA relativa a la salud alimentaria siguió defendiendo que el empleo de bisfenol A en envases de comidas y bebidas seguía siendo seguro y que no recomendaba a la gente evitar su consumo.

Pero casi de forma simultánea un grupo de treinta y ocho científicos, después de revisar también cientos de artículos de investigación, llegó a conclusiones muy diferentes. Tal y como informaban en Reproductive Toxicology, el grupo concluyó que los problemas de salud que se dan en animales de laboratorio y en pequeñas dosis «son causa de preocupación y deben tenerse en cuenta los efectos secundarios similares potenciales en seres humanos». Un portavoz de este grupo criticó al panel de expertos del gobierno por no incluir más de una docena de estudios en su informe. También señaló que el panel estaba parcialmente financiado por alguien vinculado a la industria química.

Y en respuesta a la decisión de la FDA, el presidente del comité para Comercio y Energía, Bart Stupak, declaró: «Cabría esperar que la FDA tomara decisiones basadas en las mejores pruebas científicas disponibles. [...] Y sin embargo, se basó en dos estudios financiados por la industria, mientras que otras fuentes más rigurosas emplearon todos los datos disponibles para llegar a conclusiones del todo diferentes».

Este debate se ha extendido por todo el mundo. En 2006 agencias reguladoras alemanas decidieron que las investigaciones hechas sobre el BPA son «difíciles de interpretar y en ocasiones contradictorias» y concluyeron que los biberones de policarbonato no presentan riesgos para la salud. La Unión Europea estuvo de acuerdo, cuestionando la relevancia de los ensayos de laboratorio realizados con dosis tan bajas de la sustancia. El gobierno japonés, por su parte, también decidió que «los niveles actuales de BPA no suponen un riesgo para la salud de los seres humanos» y se negó a regular su uso. Por el contrario, en 2008 el gobierno canadiense anunció que el bisfenol A debía considerarse una sustancia peligrosa para la salud. Y aunque el gobierno de Estados Unidos continuó creyendo que el BPA era seguro, al menos veinticuatro estados, incluyendo California y Nueva York, empezaron a considerar la emisión de leyes que regularan su uso. En el verano de 2009, el estado de Minnesota, la ciudad de Chicago y el condado de Suffolk en el estado de Nueva York prohibieron la venta de biberones y vasos para bebés que contuvieran bisfenol A[67].

Lo único que faltaba en este debate eran las pruebas científicas. Aunque entre muchos consumidores cundió el miedo a enfermar de cáncer por beber de botellas de plástico o calentar en el microondas alimentos en recipientes de este material, los estudios realizados con seres humanos eran demasiado escasos como para permitir extraer conclusiones definitivas.

El primer gran estudio epidemiológico sobre los efectos del BPA en seres humanos se publicó en septiembre de 2008 en la reputada revista Journal of the American Medical Association. En él investigadores examinaron datos de mil cuatrocientos cuarenta y cinco pacientes sacados de una encuesta realizada entre 2003 y 2004 en la que los participantes contestaron a preguntas relativas a la salud y entregaban una muestra de orina. Aunque todos los niveles de BPA resultaron estar dentro de los límites establecidos como seguros por el gobierno, el 25 por ciento de los encuestados con concentraciones más altas de BPA en la orina fueron dos veces más diagnosticados de enfermedades coronarias, diabetes tipo II y anomalías hepáticas que el 25 por ciento con concentraciones más bajas. Esperen, no saquen conclusiones todavía. Tal y como señaló el investigador responsable del estudio, Iain Lang, del Britain’s Peninsula College of Medicine: «Se trata sólo de una asociación. No podemos afirmar que haya un mecanismo causal. Está claro que hay que hacer más investigaciones».

De manera que lo único probado es, precisamente, que no hay nada probado, tan sólo algunos resultados desconcertantes y que han llegado a los titulares de prensa. El National Toxicology Program (Programa nacional de toxicología) planea llevar a cabo investigaciones más amplias sobre el BPA. Pero, mientras tanto ¿deberíamos dejar de beber en botellas de plástico y de latas? Tal y como aconseja el doctor Katz a sus pacientes: «Les digo que el jurado aún está deliberando. Pero que tengo seis nietos, y me interesa como al que más saber qué posibles problemas se pueden plantear en el futuro. Les explico que la FDA continúa investigando este asunto, pero que si es algo que les preocupa, hay medidas preventivas que pueden tomar. En primer lugar, nunca calentar alimentos o líquidos en el microondas dentro de recipientes de plástico. Y en segundo, nunca verter líquidos calientes en un biberón o taza infantil. Es un mundo difícil para los padres. No estamos hablando de riesgos sin importancia, de manera que lo mejor es tomar precauciones sensatas».

Una de ellas es evitar el BPA siempre que sea posible en productos alimentarios y sustituirlo por otros materiales, sobre todo cuando se trata de productos de consumo infantil. Puesto que existe un riesgo potencial y hay alternativas viables, ¿para qué arriesgarse?

No es difícil evitar artículos que contengan BPA, ya que éste se encuentra convenientemente señalizado por medio de unos triángulos que encontramos en la parte inferior de los recipientes de plástico. Además hay biberones de cristal o de plástico sin bisfenol A. Y podemos calentar los alimentos en el microondas en un plato o vaso que no sea de plástico. Desechemos nuestros viejos platos y tuppers de plástico y no los lavemos con detergentes fuertes.

También conviene evitar los correos electrónicos de tono apocalíptico que a veces nos mandan amigos bienintencionados.

Los mensajes que afirman que beber agua refrigerada en contenedores de plástico, comer platos precocinados y calentados en el microondas o envolver alimentos en papel de plástico puede causar cáncer y otros problemas de salud llevan años circulando por el ciberespacio. Contienen un mínimo de verdad aderezada con conjeturas sin sentido y pseudociencia.

En 2007 circuló uno en particular que advertía de que beber agua de una botella de plástico que ha estado expuesta al sol dentro de un coche podía causar cáncer de mama. Incluso citaba a la superviviente de esta enfermedad, Sheryl Crow, quien escribía en su página web: «No bebáis agua de una botella que habéis dejado en el coche. El plástico recalentado desprende sustancias tóxicas que pueden ser cancerígenas».

No existen pruebas de que esto sea cierto.

Hay muchas cosas en este mundo que usamos cada día y que tal vez resulten ser peligrosas, y el BPA bien puede ser una de ellas. Se trata de una controversia fascinante, típica de la búsqueda de un equilibrio entre interés, beneficios económicos y salud. Aunque la publicidad generada ha disparado las alarmas y ha puesto nerviosa a mucha gente, también ha obligado a los investigadores a poner en marcha los ensayos clínicos necesarios para descubrir la verdad.

 

 

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El consejo del doctor Chopra

 

Aunque no existen pruebas concluyentes de que el bisfenol A suponga un riesgo para la salud de los seres humanos, hasta que esta controversia se resuelva científicamente, tal vez convenga tomar ciertas precauciones. Cuando compremos algo en un recipiente de plástico, asegurémonos de que en la parte inferior llevan un triángulo con las letras PET, HDPE o LDPE, lo que significa que no se ha empleado bisfenol A en su fabricación.

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