XXXVII
¿Es dormir peligroso?
¿Pueden convertirse los Sueños de un seductor en El sueño eterno? ¿Es dormir, como escribe Shakespeare en Macbeth, «la muerte de cada día» o un peligro para nuestra salud? Obviamente para la mayoría de las personas dormir no supone un problema. Acostarse, dormirse. No hacen falta instrucciones. No existe el libro Dormir para dummies. Los bebés son expertos. Personas con un doctorado no son mejores durmiendo que alumnos con fracaso escolar. Así pues, ¿cómo se convierte el sueño en un problema médico?
La investigación clínica del sueño es un campo relativamente nuevo de la medicina. El primer libro serio sobre trastornos del sueño se publicó en Francia hace cosa de un siglo. En Estados Unidos el estudio de los patrones del sueño y los efectos de falta o exceso de sueño comenzó en la década de 1920. Hasta 1966 la American Medical Association no reconoció el estudio del sueño como especialidad médica. Desde entonces ha crecido con rapidez, conforme se sabe más acerca de los beneficios y los peligros de los distintos patrones de sueño.
Como bien han dicho algunos grandes escritores, el sueño sigue siendo uno de los grandes misterios de la vida. Para una actividad a la que dedicamos cerca de un tercio de nuestra vida y que se ha convertido en un negocio que mueve anualmente veinticinco mil millones de dólares, todavía es mucho lo que ignoramos o no comprendemos sobre el sueño. Desde luego hemos aprendido muy poco sobre cómo utilizar el sueño con fines terapéuticos más allá del «si no se encuentra bien, duerma un poco». Sí sabemos que, aunque el acto de dormir es sencillo, el sueño es un fenómeno extraordinariamente complejo. Todo ser vivo duerme, y aunque sabemos que durante el sueño nuestro cuerpo pasa a un modo distinto, ¡seguimos sin saber por qué los seres vivos necesitan dormir! Sabemos que las distintas especies tienen necesidades de sueño diferentes. Los roedores y los animales de pequeño tamaño con un alto metabolismo basal, por ejemplo, a menudo duermen doce horas al día, mientras que los animales más grandes como los elefantes, con un metabolismo basal bajo, parecen necesitar sólo tres o cuatro horas al día. Sabemos que los lactantes y las personas mayores necesitan dormir más que los adolescentes y los adultos. Algunas aves duermen erguidas, hay peces que duermen mientras nadan y los osos duermen, o hibernan, durante meses. Incluso la actividad química de las plantas cambia de noche. De manera que aunque podemos describir hábitos de sueño y cartografiar la actividad cerebral mientras se duerme, sólo acabamos de empezar a explorar la relación entre sueño y salud.
Sabemos que alterar nuestros patrones de sueño tiene efectos psicológicos predecibles. Por ejemplo, si no dormimos lo suficiente podemos sentirnos irritables e incapaces de realizar determinadas tareas. La falta de sueño se ha relacionado con numerosos problemas serios, incluidos accidentes de tráfico y errores médicos, hasta tal punto que en la actualidad hay leyes que prohíben a conductores de camión, pilotos comerciales y residentes de medicina trabajar durante periodos de tiempo prolongados sin dormir.
Y aunque los peligros de no dormir son de sobra conocidos —de hecho, muchas torturas comienzan obligando a las víctimas a permanecer despiertas— no disponemos apenas de pruebas de que dormir demasiado pueda ser también peligroso. Varios estudios realizados desde 1990 indican que la asociación entre la media de horas de sueño de una persona y la mortandad se expresa en forma de curva en «u», donde el riesgo de mortalidad más bajo (la parte inferior de la «u») está en aproximadamente siete horas. Un reseña finlandesa publicada en 2007 examinaba datos procedentes de un estudio en el que más de veintiún gemelos —los estudios con gemelos han demostrado ser la piedra fundacional de un gran número de ensayos clínicos comparativos— que respondían a preguntas sobre sus hábitos de sueño fueron seguidos durante dos décadas, y encontró que el aumento del riesgo de mortalidad era aproximadamente el mismo para las personas que dormían demasiado o demasiado poco. Un examen de la American Cancer Association de más de un millón de personas de edades comprendidas entre los 30 y los 102 años obtuvo resultados similares. La tasa de supervivencia más alta correspondía a personas que dormían siete horas cada noche, mientras que aquellos que dormían menos de seis o más de ocho y media tenían un riesgo más alto. Ninguno de los estudios ofrecía una explicación a estos datos y advertía de que los resultados se basaban en un estudio de datos y no ensayos clínicos.
Puesto que tanto la falta de sueño como el exceso del mismo se han asociado a factores de riesgo significativos de enfermedades coronarias, los investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pittsburg se preguntaron si habría una relación identificable entre las horas que dormimos y el síndrome metabólico, un término empleado para definir una serie de problemas médicos que aumentan el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares o diabetes. En dicho estudio mil doscientos voluntarios fueron divididos en cuatro grupos de aproximadamente el mismo tamaño basados en sus patrones de sueño individual. Después de los ajustes estadísticos necesarios, las personas que dormían menos de siete horas o más de ocho tenían un riesgo mayor —hasta un 45 por ciento— de desarrollar síndrome metabólico, aunque después de incluir factores médicos adicionales, el riesgo seguía siendo alto sólo en los individuos que no dormían lo suficiente. Lo que quedaba claro, sin embargo, es que existe una relación entre horas de sueño y síndrome metabólico. Pero aunque de momento pensamos que los patrones de sueño pueden influir en los problemas cardiovasculares, no conocemos todavía hasta qué punto o cómo emplear este conocimiento en nuestro beneficio. No se trata de algo que pueda arreglarse tomando una pastilla todas las noches.
La mayoría de las personas no necesitan una explicación científica para saber que si no duermen lo suficiente se vuelven irritables. Casi todos hemos experimentado alguna vez las consecuencias de tener que hacer vida normal sin haber dormido. En una encuesta realizada en 2000 por la Fundación Nacional del Sueño (National Sleep Foundation) —sí, existe tal organización— alrededor de uno de cada cinco estadounidenses informaba de que la falta de sueño interfería en sus actividades diarias, y la mayoría admitían haberse quedado dormidos al volante en el año anterior a la encuesta. La gente que no duerme todo lo que necesita piensa con mayor lentitud, es más propensa a cometer errores, tiene un rendimiento laboral menor, sufre pérdida de memoria y tiene más accidentes. Según algunos estudios, la falta de sueño también se ha relacionado con tendencia a aumentar de peso, hipertensión e incluso diabetes tipo II. Al parecer puede reducir la protección que proporciona el sistema inmune. Se trata de un problema serio, y la Sleep Foundation calcula que las empresas estadounidenses pierden hasta dieciocho mil millones de dólares cada año porque sus empleados sufren de falta de sueño.
Un experimento muy interesante realizado en Sydney, Australia, comparaba las consecuencias de la falta de sueño con el consumo excesivo de alcohol. Después de que treinta y nueve voluntarios pasaran entre diecisiete y diecinueve horas sin dormir, su rendimiento en varios tests destinados a medir su capacidad de reacción y de toma de decisiones resultó ser igual o peor que el de personas con un índice de alcohol en sangre de 0.05. Los investigadores concluían: «La velocidad de respuesta era un 50 por ciento menor en algunos tests, y las medidas de precisión eran significativamente peores que con este nivel de alcohol en sangre». En los cincuenta estados norteamericanos tener 0.08 g/l de alcohol en sangre se considera estado de embriaguez[75]. Aquellos voluntarios que permanecieron más tiempo despiertos respondieron a los tests con un rendimiento similar al de personas con un nivel de alcohol en sangre del 0.1 por ciento, lo que demostraba que la falta de sueño prolongada de hecho, puede ser más perjudicial que sobrepasar los límites de alcohol establecidos por la ley.
La mayoría de las personas están convencidas de que las siestas cortas son muy beneficiosas a la hora de contrarrestar los problemas ocasionados por la falta de sueño, y tienen razón, pero al parecer la siesta tiene más beneficios para la salud de los que generalmente se conocen. Un estudio epidemiológico de grandes dimensiones publicado por la Harvard School of Public Health y la Facultad de Medicina de la Universidad de Atenas en 2007 hizo un seguimiento de casi veinticuatro mil griegos sin antecedentes de cáncer, enfermedad coronaria o ictus durante cerca de seis años. Aquellos participantes que dormían una siesta de aproximadamente treinta minutos al menos tres veces por semana reducían su riesgo de tener un ataque al corazón en al menos un 30 por ciento. Su teoría era que la siesta permite liberar estrés, un factor de riesgo en enfermedades del corazón. El estudio también concluía —y esto resulta algo sorprendente— que los principales beneficiados de la siesta eran los hombres que ya estaban trabajando cuando comenzó el estudio, en oposición a aquellos que se habían jubilado o estaban sin empleo.
Al parecer todavía quedan por descubrir más beneficios de la siesta. Según un estudio realizado en 2008 en el Departamento de Psicología de la Universidad de Montreal, una siesta de noventa minutos por la tarde también mejora la memoria a largo plazo.
La excepción a la regla parecen ser las mujeres mayores, para quienes dormir demasiado puede ser peligroso. Un estudio publicado en Journal of the American Geriatrics Society en 2009 siguió a más de ocho mil mujeres de al menos 70 años durante varios años. Durante ese periodo las mujeres que dormían la siesta todos los días tenían algo menos del doble de probabilidades de morir de enfermedad cardiaca que de otra causa, exceptuando el cáncer. Este mismo estudio descubrió que las mujeres mayores que dormían más de nueve horas cada noche tenían un riesgo de mortalidad mayor que las que dormían sólo ocho horas. Los investigadores señalaron específicamente que aquellas mujeres con más horas de sueño tal vez las necesitaran porque ya sufrían algún otro trastorno del sueño o problema médico.
Aparentemente otra de las consecuencias de dormir poco es engordar. Hay bastantes datos que apuntan a una relación entre falta de sueño e índice de masa corporal (IMC), una medida de obesidad. Tres estudios diferentes que incluyeron a casi veinticinco mil sujetos realizados entre 1982 y 1992 mostraban que individuos que dormían menos de siete horas tenían «de media índices de grasa corporal más altos y mayores probabilidades de ser obesos que aquellos que dormían siete horas». Dormir más de siete horas no se asociaba con aumento de peso.
Un estudio similar conducido en la Facultad de Medicina de Virginia oriental comparó la media de horas de sueño con peso y encontró que en una muestra de mil pacientes, conforme declinaba el total de horas dormidas, aumentaba el índice de masa corporal, con la excepción de aquellas personas ya obesas. Sencillamente, los pacientes obesos y con sobrepeso dormían menos que aquellos con un IMC normal. Lo que resultaba de alguna manera sorprendente era que la diferencia era de tan sólo dieciséis minutos de sueño al día, menos de dos horas a la semana. Como ocurre con otros estudios, en éste los investigadores tampoco ofrecían hipótesis sobre las causas, se limitaba a exponer los datos.
Esta asociación se ha mantenido relativamente consistente en muchos otros estudios, aunque el National Institute of Mental Health y el National Institutes of Health hicieron un seguimiento de alrededor de quinientos adultos de 27 años y durante trece años y encontraron que la asociación entre falta de sueño y obesidad parecía disminuir a partir de los 34 años.
Desde luego uno de los problemas más graves relacionados con el sueño es el síndrome de apnea obstructiva del sueño (SAOS), una enfermedad que hace que la persona que la sufre deje de respirar mientras duerme, a menudo por espacio de más de diez segundos. Con el tiempo el cerebro procesa que no está recibiendo suficiente oxígeno y despierta a la persona, de manera que ésta vuelve a respirar de forma voluntaria. Quienes padecen este síndrome pueden tener varios episodios cada noche. La apnea del sueño fue descrita por vez primera por Charles Dickens en su novela de 1836 Los papeles del club Pickwick: «¡Dormido!, dijo el anciano caballero. Siempre está dormido. Hace los recados dormido y ronca mientras sirve la mesa».
Además de impedir que las personas que la sufren duerman lo suficiente, la apnea puede, en casos extremos, llevar a parada cardiaca, hipertensión e ictus, además de ocasionar una serie de problemas psicológicos. Pero sus consecuencias más extendidas son cansancio, fatiga y modorra, que pueden ser muy peligrosas en determinadas profesiones. Hay pruebas claras de que una de las causas de la apnea del sueño es la obesidad. Mientras que sólo un pequeño porcentaje de personas de mediana edad de peso normal o un poco por encima de lo normal sufre apnea del sueño, un estudio israelí señala: «La prevalencia de SAOS entre pacientes obesos supera el 30 por ciento, y llega hasta el 50 e incluso el 98 por ciento en el caso de la población con obesidad mórbida». Hay una serie de razones físicas algo complejas por las que la obesidad pueda afectar las vías respiratorias superiores y causar apnea del sueño, pero uno de los problemas a la hora de abordarla es que la obesidad y la SAOS forman un círculo vicioso: la apnea puede causar aumento de peso y el aumento de peso puede causar apnea.
Por desgracia este síndrome puede ser difícil de diagnosticar. Tal vez porque el síntoma más común, el ronquido, puede tener muchas otras causas. Otros síntomas son silencios frecuentes mientras se está dormido, despertarse súbitamente, atragantarse mientras se duerme y una sensación general de fatiga durante el día. Puede tratarse, y en la mayoría de los casos con facilidad. Los remedios caseros incluyen perder peso y no consumir nada que pueda relajar los músculos de la garganta, incluidos somníferos, alcohol o tabaco. Aquellas personas que tienen apnea del sueño sólo cuando duermen boca arriba deben tratar de hacerlo sobre un costado, elevar la cabeza unos quince centímetros y usar un espray o un dilatador nasal. Para los casos más severos, hay un aparato de Presión Positiva Continua en vía Aérea (llamado CPAP por sus siglas en inglés). Se usa con una mascarilla que proporciona oxígeno de manera continuada y evita que se obstruyan las vías respiratorias.
Los peligros de la apnea del sueño se vieron confirmados por un estudio realizado en 2009 con conductores de camión por la Cambridge Health Alliance y publicado en Journal of Occupational and Environmental Medicine. En ninguna otra industria es tan peligrosa la falta de sueño. En 2007 más de cuatrocientos mil camiones pesados participaron en accidentes de tráfico, que llevaron a más de cuatro mil muertos y cien mil heridos. El coste de estos accidentes ascendió a varios miles de millones de dólares y se ha determinado desde hace tiempo ya que la primera causa de éstos es que los conductores de camión a menudo trabajan estando exhaustos. En este estudio casi quinientos conductores de camiones comerciales fueron examinados para detectar posibles síntomas de SAOS y aproximadamente uno de cada cinco cumplía los criterios. Considerados en conjunto, estos conductores eran mayores, más obesos y tenían la tensión arterial más alta. El problema del seguimiento es que a muchos de los conductores les preocupaba que si eran diagnosticados de SAOS se quedarían sin trabajo, de manera que tan sólo veinte de ellos accedieron a ser examinados. Pero teniendo en cuenta el número de conductores que hay cada día en las carreteras, incluso un pequeño porcentaje es de temer. Se estima que la apnea del sueño aumenta el riesgo de accidentes entre dos y siete veces, y se estima que entre dos y medio y cuatro millones de conductores de camión pueden tener SAOS. El profesor adjunto de la Universidad de Harvard, Stefanos Kales, autor del estudio, concluía: «Los conductores de camión con apnea del sueño tienen más probabilidades de quedarse dormidos al volante, y el síndrome se está volviendo más común conforme crece la obesidad entre los estadounidenses».
Dado que el sueño por lo general no se estudia en términos médicos, los estadounidenses no han examinado o asimilado nunca los enormes beneficios de dormir bien por la noche. Pero las pruebas parecen confirmar que los patrones de sueño afectan a numerosos aspectos de nuestra vida, incluido el peso corporal, nuestra salud coronaria e incluso nuestra capacidad para conducir de forma segura. En la actualidad se está investigando activamente para intentar aprender más sobre los peligros y los beneficios del sueño. Incluso DARPA, la agencia del Pentágono dedicada a proyectos de investigación avanzada, responsable de adelantarse a las necesidades futuras de nuestro ejército, está investigando la posibilidad de controlar los patrones de sueño para crear el soldado perfecto.
El consejo del doctor Chopra
Existe una asociación directa entre el número de horas que dormimos y nuestro estado general de salud. Dormir demasiado poco puede ser muy peligroso. Además de ser la primera causa de accidentes, se ha asociado con la obesidad. También debilita nuestro sistema inmune y nos hace más vulnerables a las enfermedades. Por ejemplo, hay estudios que demuestran que la mejor defensa frente al resfriado común es dormir siete o más horas. Pero dormir demasiado, más de nueve horas al día, también está relacionado con problemas médicos. La industria del sueño en Estados Unidos mueve alrededor de quince mil millones de dólares anuales, pero en medicina se trata de un campo relativamente nuevo. Al parecer las siestas vespertinas no sólo son agradables, también resultan beneficiosas para nuestra salud. Ocho horas de sueño se considera lo adecuado para un adulto. Así que, mientras llegan más respuestas en los próximos años, manténganse despiertos.