IV
¿Es el vino la mejor medicina?
Una de las escenas más memorables de la película de Woody Allen, El dormilón, se desarrolla en el futuro, dentro de doscientos años, cuando el protagonista, que lleva años durmiendo, se despierta y descubre, alborozado, que se encuentra en un mundo donde las patatas fritas se consideran un alimento saludable. Por razones obvias, a los medios de comunicación les encanta publicar historias en las que se desprende que hay un mínimo indicio de que aquello que nos gusta también es bueno para nosotros. Son la clase de historias que nos encantaría que fueran reales, aunque el hecho es que la mayoría entran en la categoría de «Adelgace mientras duerme» y «Las palomitas previenen el cáncer». Pero en muchos casos la prensa no parece necesitar pruebas concluyentes y disfruta publicando estas historias aunque sepa que no son ciertas.
Y sin embargo, resulta que en algunos casos lo son. Los investigadores están descubriendo que muchas de las cosas que hacemos de forma natural, o que algunos productos que disfrutamos consumiendo tienen de hecho, propiedades beneficiosas para la salud. No hay duda de que la posibilidad de que beber una copa o dos de vino tinto al día nos proteja frente a una serie de enfermedades resulta un titular atractivo... y da la casualidad de que también es cierto.
Pero no sólo está el vino. El Zutphen Study, realizado por investigadores holandeses que monitorizaron a alrededor de mil cuatrocientos hombres durante cuarenta años, un periodo de tiempo inusualmente largo, entre 1960 y 2000, concluyó que consumir regularmente una cantidad moderada de alcohol aumentaba la esperanza de vida entre dos y dos años y medio, y que beber vino en particular «disminuía de forma marcada el riesgo de morir de enfermedad cardiaca, ictus u otras causas».
Aparentemente esto es algo que nuestros ancestros ya sabían. El consumo del vino por sus propiedades medicinales se remonta a más de mil quinientos años, cuando Hipócrates recomendaba caldos específicos para tratar unas fiebres o curar heridas, e incluso como complemento a la dieta. El libro impreso sobre vino más antiguo que se conoce lo escribió un médico y se publicó alrededor de 1410. Desde entonces se ha venido citando como cura o tratamiento para numerosas dolencias, más recientemente en octubre de 2008, cuando un científico que analizaba datos procedentes del estudio Kaiser Permanente de ochenta y cuatro mil ciento setenta varones reparó en que los que bebían al menos un vaso de vino al día podían reducir su riesgo de contraer cáncer de pulmón, ¡incluso si eran fumadores! El Kaiser Permanente lleva más de tres décadas estudiando la relación entre alcohol y salud, en particular las enfermedades cardiacas, y ha reunido una extensa base de datos. Sus estadísticas demuestran que había un 2 por ciento menos de riesgo de cáncer de pulmón por cada vaso de vino tinto consumido al mes. De hecho, según el responsable de este estudio, la reducción de riesgo más marcada se dio en varones que fumaban y bebían dos vasos de vino tinto al día: sus probabilidades de sufrir cáncer pulmonar bajaban hasta un asombroso 60 por ciento. Entre los no fumadores la reducción era considerablemente menor, tal vez porque en ellos la incidencia de este tipo de cáncer es también menor, de manera que ni el vino, ni la cerveza ni los licores parecen tener efecto alguno en su salud.
Los resultados de este estudio fascinaron a los medios de comunicación, que se hicieron eco de él con grandes titulares del tipo: «¿Un vaso de vino al día mantiene al médico en la lejanía?». Existen pruebas posteriores que parecen indicar que es así. En 2004, por ejemplo, la revista Thorax informaba de que un pequeño estudio realizado en España encontró que el consumo de vino tinto se asocia a una reducción leve pero estadísticamente significativa en la incidencia de cáncer de pulmón.
Según el neumólogo Steve Weinberger, vicepresidente del departamento docente y de publicaciones del American College of Physicians y profesor adjunto de Medicina en la Universidad de Pensilvania, «Mi primera reacción al estudio sobre cáncer de pulmón fue “Vaya... es interesante”. Mi segunda reacción fue preguntarme sobre la validez de las conclusiones. Lo primero que buscaría al leer este estudio —cualquier estudio de hecho— es si puede haber otros factores que expliquen la reducción en la incidencia de cáncer de pulmón. A menudo ocurre que, aunque se puedan establecer asociaciones, no existe una relación directa causa y efecto. Por ejemplo, tal vez los sujetos que beben más vino tinto también consumen más fruta y verdura y, por tanto, es su dieta lo que influye en la reducción del riesgo de cáncer».
Puede ser. Pero éstos no son los primeros estudios que encuentran indicios de relación entre un consumo moderado de vino y mejor estado de salud. Puesto que el alcohol y los ácidos que se encuentran en el vino matan a muchos de los patógenos que son peligrosos para el ser humano, ya antes del siglo XVIII los franceses lo consideraban una bebida más saludable que el agua, y teniendo en cuenta las condiciones sanitarias en que vivían, lo más probable es que estuvieran en lo cierto. De lo que no cabe duda es de que el vino tiene propiedades calmantes. Sin embargo, en Estados Unidos durante mucho tiempo —los años de la Prohibición— no se podían realizar estudios sobre los posibles beneficios de ninguna bebida alcohólica. De hecho, ya entrada la década de 1970 el National Institutes of Health rehusó autorizar la publicación de un respetable estudio que demostraba que el consumo moderado de alcohol podía de hecho, reducir la tasa de mortalidad por ataques al corazón hasta un 50 por ciento. Hasta que en 1990, cuando el programa de televisión 60 Minutes informó de que el vino tinto reducía la tasa de enfermedades cardiacas hasta en un 40 por ciento en el sur de Francia, zona conocida por su dieta rica en colesterol, los científicos no empezaron de nuevo a estudiar las propiedades para la salud de esta bebida.
Y se encontraron con una auténtica mina. Cuando los investigadores del Toronto General Hospital combinaron cincuenta y un estudios epidemiológicos, descubrieron que ingerir hasta dos bebidas alcohólicas al día puede reducir el riesgo de enfermedades cardiacas hasta un 20 por ciento. El Health Professionals Follow-Up Study, que hizo un seguimiento de treinta y ocho mil setenta y siete varones sin enfermedades del corazón y profesionales de la medicina —un grupo de población considerable— durante doce años descubrió que beber una o dos copas de vino tres o cuatro días a la semana reduce las probabilidades de tener un ataque al corazón hasta casi un 32 por ciento.
Un estudio danés que realizó un seguimiento de trece mil ochocientos veinticinco hombres y mujeres durante doce años informó de que aquellos que bebían vino tenían aproximadamente la mitad de probabilidades de morir de enfermedades cardiacas que aquellos que no lo hacían. Otros trece estudios, que incluían un total de doscientos nueve mil cuatrocientos dieciocho sujetos, analizaron específicamente el efecto del vino tinto y concluyeron que había una reducción del 32 por ciento del riesgo de enfermedades del corazón, un 10 por ciento más del derivado de beber cerveza.
Uno de los estudios más prometedores fue el conducido en el Harvard School of Public Health en colaboración con el Beth Israel Deaconess Medican Center, cuyos resultados se publicaron en el número de junio de 2006 de Archives of Internal Medicine. Los investigadores concluyeron que los hombres que llevaban una vida sana podían reducir su riesgo de sufrir un ataque al corazón en un 50 por ciento consumiendo una o dos bebidas alcohólicas al día, comparado con hombres también sanos que no bebían nada de alcohol.
Uno de los investigadores a cargo de este estudio era el doctor Ken Mukamal, quien ha dedicado varias décadas a investigar el impacto de estilos de vida y conductas —en especial el consumo de alcohol— en el desarrollo de enfermedades crónicas. A finales de 2008 acudí a una conferencia que dio en Harvard. Tomé notas con gran cuidado y por tanto puedo informar de lo que dijo. Al igual que la mayoría de personas, suelo juzgar el valor de la información basándome en las fuentes. Si escucho algo por televisión, no suelo prestarle demasiada atención. Pero si lo leo en una publicación de prestigio entonces sé que ha sido confirmada por expertos bien informados. Cuando el doctor Mukamal hace una afirmación presto atención, porque es un hombre muy inteligente y sé que no hace aseveraciones que no estén apoyadas en pruebas científicas.
Según el doctor Mukamal, el consumo moderado de alcohol aumenta la densidad ósea, lo que parece ilógico, pero probablemente es cierto. Beber alcohol con moderación también aumenta el colesterol HDL, el llamado colesterol «bueno», y reduce la proteína C-reactiva. Altos niveles de proteína C-reactiva están relacionados con enfermedades cardiacas. El alcohol también reduce los niveles de insulina en ayunas. En pacientes que han sobrevivido a un ataque cardiaco, las fracciones de eyección del ventrículo izquierdo —indicador del flujo sanguíneo— parecen mejorar con un consumo moderado de alcohol, unos efectos que se prolongan hasta un año.
Aunque el grueso de la publicidad se ha centrado en el vino tinto, a juicio del doctor Mukamal estas mejorías se han observado también en otras bebidas alcohólicas, incluida la cerveza y, aleluya, también el whisky. En cuanto a las cantidades y la frecuencia, lo sorprendente es que incluso una bebida al día puede reducir nuestras probabilidades de sufrir un infarto y resulta que es mejor beber una copa al día, es decir, siete bebidas a la semana, que tres el viernes y cuatro el sábado, por ejemplo. De hecho, algunos de los beneficios parecen desaparecer cuando las personas beben más de dos copas al día.
Vaya, vaya. Así que el alcohol previene las enfermedades cardiacas, es bueno para el hígado, mejora nuestra densidad ósea, aumenta nuestros niveles de colesterol bueno y reduce nuestra proteína C-reactiva y nuestros niveles de insulina en ayunas. Si el alcohol fuera un medicamento la gente pagaría fortunas por él. ¿Merece la pena celebrar esta noticia descorchando una botella de vino tinto?
Pues no del todo. Al igual que todo lo demás en la medicina moderna, los beneficios del alcohol han de ser puestos en valor frente a los problemas que puede causar. Además de la cirrosis potencial, según el doctor Mukamal también puede aumentar nuestras probabilidades de contraer cáncer gastrointestinal, de colon y oral. Beber en exceso también causa pancreatitis y una disminución de facultades que puede ser causa directa de accidentes. Los peligros asociados a la bebida están sobradamente documentados. El alcohol consumido con moderación puede ser beneficioso, si se ingiere en grandes cantidades puede ser mortal. La conducción estando ebrio es un gran problema en muchas sociedades. En Estados Unidos mueren a causa de ello más de diecisiete mil personas cada año. Por no hablar de las vidas que cambian para siempre y de las pérdidas materiales multimillonarias[13].
La edad es también un factor determinante de los beneficios del alcohol en general y del vino en particular. Al menos algunas de las propiedades beneficiosas se limitan a personas de mayor edad, por lo general de más de 50 años. En el caso de las mujeres jóvenes en particular, el alcohol puede de hecho, hacer más mal que bien. Un análisis de más de setenta mil mujeres realizado por el doctor Arthur Klatsky del Kaiser Permanente Medical Care Program encontró que dos o más bebidas alcohólicas al día aumentaban el riesgo de padecer cáncer de mama en un 10 por ciento y que más de tres copas al día lo hacían hasta casi un 30 por ciento. Lo sorprendente es que daba igual si las mujeres bebían vino, cerveza o licores. Irónicamente, tal y como apunta el doctor Klatsky, aunque se ha investigado mucho para encontrar los mecanismos precisos que expliquen estos resultados y circulan varias teorías con fundamento, los científicos no han sido capaces de identificar de manera concluyente la razón de estos beneficios —o estos peligros— para la salud.
«Aunque pensamos que el vino tinto sí protege de las enfermedades del corazón», explicaba el doctor Klatsky, «es probable que esta protección se deba a que el alcohol aumenta los niveles de colesterol HDL —el colesterol bueno—, mejora la circulación sanguínea y reduce el riesgo de diabetes. Pero muy pocas mujeres jóvenes padecen problemas cardiacos, y ninguno de estos mecanismos tiene que ver con el cáncer de mama».
Otro estudio que incluyó a medio millón de mujeres encontró que más de tres bebidas al día aumentan el riesgo de cáncer de colon y rectal en alrededor de un 25 por ciento, así como un aumento algo menor de contraer cáncer de útero, oral, garganta y de hígado. Tal y como apuntaba el doctor Mukamal en su conferencia, los beneficios que la mujer pueda derivar del consumo de alcohol se manifiestan a edades más avanzadas —de hecho, esto es cierto también en el caso de los hombres— de manera que las ventajas de beber alcohol para mujeres jóvenes pueden quedar contrarrestadas por el riesgo de padecer otros problemas de salud.
Cuando un experto en enfermedades pulmonares como el doctor Steve Weinberger lee estos estudios, ¿cómo los aplica en la vida real? «Bien, basándome en la información disponible, yo diría que me siento más cómodo bebiendo un vaso de vino con la cena. No necesariamente vino tinto, aunque sí creo que hay una serie de áreas donde un vaso de vino puede ser especialmente beneficioso. Uno de los problemas es hacer comprender a la gente que más no equivale necesariamente a mejor, en especial cuando se trata de alcohol. Los estudios por lo general no explican que el problema del alcohol es que cuando se abusa de él, genera problemas mucho más graves que cualquiera de sus posibles bondades».
Y ése es de hecho, el problema. Para saber si una afirmación es válida hay que conocer también los estudios negativos, aquellos que no lograron obtener resultados similares a los que generaron los grandes titulares. Existen varios estudios que no han conseguido demostrar los beneficios de beber vino tinto, lo que quiere decir que los resultados de los estudios positivos podrían deberse —tal y como ha sugerido el doctor Weinberger— a otros factores, como la dieta o el ejercicio físico.
Lo sorprendente es que, a pesar de la disparidad de resultados, la American Heart Association (Asociación estadounidense de cardiología) ha concluido que: «No existen pruebas científicas de que consumir vino o cualquier otra bebida alcohólica sea un sustitutivo de medidas preventivas convencionales. No se han realizado ensayos de comparación directa para determinar los efectos específicos del vino u otra clase de alcohol en el riesgo de sufrir enfermedades cardiacas o infartos cerebrales»[14].
Así pues: ¿reduce el vino tinto las probabilidades de contraer cáncer de pulmón? ¿Previene las enfermedades cardiacas? ¿Deberíamos beber una copa o dos al día?
El doctor Klatsky lo resume así: «En términos de supervivencia, las personas que beben con moderación tienen mejores expectativas que las que no lo hacen», aunque sigue preguntándose si la razón de ello es el alcohol en sí o los estilos de vida relacionados con el consumo del mismo.
Aunque tal y como están las cosas, quizá sea mejor seguir el consejo personal del doctor Weinberger: tomar una copa de vino en la cena y disfrutar de ella. Tenga o no valor preventivo frente a posibles enfermedades, es indudable que hará nuestra comida más placentera.
El consejo del doctor Chopra
Hombres y mujeres mayores de 50 años pueden beneficiarse de disfrutar de una copa de vino u otro alcohol al día. Estos beneficios son particularmente pronunciados para la salud cardiovascular. Pero en mujeres más jóvenes el consumo de un vaso o más de vino al día está asociado a un riesgo mayor de contraer una serie de enfermedades graves. Y aunque las pruebas científicas que se disponen de los efectos terapéuticos del alcohol en hombres más jóvenes no son concluyentes en ninguno de los dos sentidos, no cabe duda de que el exceso de bebida puede ser la causa de numerosos problemas médicos y de conducta.