Prefacio
«Una manzana al día el médico te ahorraría».
Dicho popular
Una agradable noche, en el transcurso de un congreso sobre medicina, estaba cenando con varios colegas, hombres y mujeres a quienes considero los médicos mejores y más sabios del mundo. E igual que yo y que mi amigo y colaborador, el doctor Alan Lotvin, son personas que disfrutan practicando la medicina, que es su pasión tanto como su profesión. Y por fortuna hay muchos, muchos médicos como ellos. Así que no es de sorprender que aquella noche la conversación versara sobre el mundo de la medicina y que termináramos hablando sobre suplementos vitamínicos. Pregunté a cada uno qué vitaminas tomaba. Uno de ellos, un hombre respetado en su país y una autoridad en su especialidad, me contestó:
—Antes tomaba varias, pero empezaron a publicarse todos esos informes y ahora no tomo ninguna.
Me sorprendí.
—¿No tomas vitamina D3? —le pregunté.
Sus efectos beneficiosos están demostrados y me parecía que era algo que todo el mundo sabía a estas alturas.
Negó con la cabeza.
—No. ¿Debería tomarla?
—Sí —dije—. Deberías. Un gramo al día. Tal vez más si tienes deficiencia.
Y empecé a hablarle de todos los estudios que han demostrado la asociación entre deficiencia de vitamina D3 y varias enfermedades potencialmente mortales. Después le hice prometerme, literalmente, que empezaría a tomar la vitamina al día siguiente.
Después me di cuenta de que probablemente no debería haberme sorprendido tanto. Casi todos los días en mi consulta un paciente me cuenta que está hecho un lío con toda la información médica que se publica. Una avalancha constante: coma esto y le salvará la vida, no haga esto otro.
—Doctor Chopra —me preguntan a menudo mis pacientes—, todo esto es de lo más confuso. ¿Qué debo hacer?
Déjenme que les cuente un secreto: la mayoría de los médicos están tan confusos en esta cuestión como ustedes. El ritmo al que se realizan los descubrimientos, la infinita cantidad de estudios que se llevan a cabo y la extraordinaria complejidad de la investigación científica seria hace imposible mantenerse al día. Ni siquiera los médicos son capaces. Tal y como me recordaba mi amigo el doctor Howard Libman, profesor de la Facultad de Medicina de Harvard, «ni siquiera los médicos son inmunes a la avalancha de información. Casi todos tienen más probabilidades de enterarse de una noticia por televisión que leyendo el New England Journal of Medicine. Y esto, aunque no suele afectar directamente a su práctica de la medicina, les roba la oportunidad de acudir al artículo original. De manera que sólo recuerdan los titulares.
Todos los leemos: La pastilla que previene el cáncer. Coma todo lo que quiera y pierda diez kilos en diez días. La mejor prevención del alzhéimer. Con la acupuntura, embarazo asegurado. Los pistachos reducen el colesterol «malo». La lactancia materna previene las enfermedades cardiovasculares.
Y así hasta el infinito. ¿Cómo podemos saber entonces qué es bueno para nosotros? Hubo un tiempo en que esto era fácil. Cuidarnos equivalía a comer alimentos sanos, practicar ejercicio físico con regularidad, reducir el consumo de tabaco y alcohol y no faltar a nuestra revisión médica anual, en la que nuestro médico de familia nos auscultaba, comprobaba nuestros reflejos con un pequeño martillo y nos examinaba los ojos, los oídos, la nariz y la garganta.
Es evidente que esto ya no es así. Los pacientes se han convertido en «consumidores de salud», y vivimos sepultados por un incesante flujo de publicidad a menudo contradictoria, diseñada para captar nuestra atención y convencernos de que lo que quiera que anuncie es algo sin lo que literalmente no podemos vivir. Realmente confuso.
La publicidad que se hace —a menudo en grandes titulares— abarca un espectro interminable de nuevos tratamientos, curas, descubrimientos médicos y algún que otro milagro. Casi semanalmente estos titulares anuncian una nueva posible cura para el cáncer o una nueva loción que hace crecer el cabello, suplementos vitamínicos que previenen prácticamente cualquier enfermedad y toda una gama de productos que nos garantizan devolvernos nuestra vida sexual. O bien revelan que los científicos están creando órganos a la carta en tubos de ensayo, o que pacientes de alzhéimer han recuperado la memoria parcialmente gracias a una dieta concreta. Nos explican cómo debemos almacenar las células embrionarias de nuestros hijos para cuando, llegado un momento fatal en el futuro, puedan necesitarlas. Incluso anuncian el descubrimiento de una pastilla capaz de prevenir la obesidad. En muchos casos estas noticias se presentan como «secretos recién descubiertos» o, más a menudo, como curas milagrosas que tanto los médicos como las compañías farmacéuticas desconocen.
Por otra parte, los titulares que no pretenden convencernos de que compremos algo con promesas están pensados para asustarnos con advertencias no demasiado sutiles del tipo: «Compre esta revista y lea este artículo. Puede salvarle la vida». Se trata de historias sobre medicamentos capaces de prevenir el infarto cerebral, o de exámenes genéticos que predicen el cáncer de mama, historias que ponen al descubierto los terribles efectos secundarios de medicamentos de consumo extendido o sacan a la luz peligros ocultos derivados del abuso de ciertas sustancias de consumo habitual; que informan del descubrimiento de una nueva enfermedad similar al sida que amenaza a la civilización o de los peligros a largo plazo de usar teléfonos móviles o auriculares.
El hecho es que son muchas las personas dispuestas a quedarse con nuestro dinero a cambio de prometernos una salud mejor, una vida más larga, una vida sexual más satisfactoria, un cabello más abundante... la misma clase de promesas que se llevan haciendo desde hace siglos. El resultado es un flujo en apariencia infinito de consejos publicitarios que se disputan nuestra atención con la promesa de volvernos más delgados, más sanos o más atractivos, promesas que a menudo vienen acompañadas del inevitable guiño impreso: «Lo que su médico no le cuenta».
Esta información nos llega a través de múltiples vías: por correo, en la caja del supermercado, en forma de anuncio mientras estamos viendo nuestro programa de televisión favorito. Está en un artículo de periódico, en una revista sobre temas de salud a la que estamos suscritos y, sobre todo, en Internet. Y nos genera una terrible confusión. Pero lo peor es que muchos de mis pacientes se creen esta información y las promesas que contiene.
Todos recordamos la alarma que desató en 2009 la llamada epidemia de gripe porcina. La gripe porcina fue una enfermedad grave, pero no una epidemia. Y, sin embargo, la proliferación de noticias alarmantes hizo que mucha gente guardara colas durante horas para recibir una vacuna que ni siquiera necesitaba, mientras que la otra mitad de la población estaba convencida de que la vacuna los haría enfermar, e incluso podría matarlos.
Aunque hay mucha información de valor sobre salud a nuestro alcance, el hecho es que saber lo que en realidad nos conviene nunca ha resultado tan complicado y tan costoso. El doctor Robert Goode, médico de familia en Seattle, lo expresó muy bien cuando declaró ante un periodista: «Muchas veces lo que se publica en Internet o en papel está basado en un estudio aislado, cuyos resultados no son aplicables a la población en general. Para los pacientes que afrontan su salud de manera proactiva resulta frustrante, dada la abundancia de información». Como resultado, el número de personas que en realidad saben de lo que están hablando, o que al menos intentan saberlo, es muy pequeño.
Así pues, ¿cómo podemos distinguir la información de valor que puede cambiar nuestras vidas de la charlatanería que sólo busca nuestro dinero? El doctor Lotvin y yo decidimos que alguien tenía que encontrar la manera de proporcionar no sólo las respuestas correctas a estas cuestiones, también habría de ser una información que todo el mundo pudiera comprender. Queremos que el lector sepa distinguir entre lo que pueda ser importante para él y para su familia de aseveraciones que son falsas o bien no les conciernen.
En calidad de profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard y decano del programa Continuing Education de la misma institución, es mi trabajo proporcionar información precisa y actualizada sobre la ciencia médica a muchos profesionales estadounidenses. Cada año unos ochenta mil médicos de Estados Unidos y el extranjero acuden a los congresos que organizamos y que tienen una duración de entre dos días a una semana y abarcan gran cantidad de temas. Además de porque les proporcionan créditos, creemos que los médicos asisten a nuestros seminarios llevados por un auténtico deseo de aprender, de reciclarse y encontrar nueva inspiración para practicar su profesión. Confiamos que tras asistir a ellos regresen a sus consultas con un compromiso renovado, dispuestos a apreciar todo lo bueno de nuestra profesión —las razones que les llevaron a hacerse médicos— además de contar con información actualizada que les resultará útil a la hora de aconsejar a sus pacientes y resolver sus dudas.
Los cursos que ofrecemos hacen hincapié en la medicina basada en pruebas clínicas. Hubo un tiempo en que invitábamos a gran variedad de ponentes entre los que había médicos de fama mundial. Premios Nobel, conferenciantes profesionales y divulgadores científicos. Pero en los últimos años la orientación de nuestros cursos ha cambiado. Ya no tenemos ponentes que dan su opinión, ni siquiera figuras internacionales del mundo académico. Nuestros conferenciantes ahora deben hacer sus aportaciones rigurosamente basadas en las pruebas científicas. Aquí están los resultados. Éstas son las conclusiones tal y como se publicaron en tal revista científica. Y así es cómo lo he puesto en práctica con mis pacientes y éstos son los problemas que hay que evitar. De manera que nuestros ponentes presentan información nueva, pero también explican cómo la han incorporado a su práctica médica y cómo ha beneficiado a sus pacientes.
En este libro algunas de las personas que han participado en nuestros seminarios han cedido generosamente su tiempo y su experiencia para ayudarnos a contestar muchas de las cuestiones más complejas y controvertidas de la medicina. Lo que Alan y yo hemos hecho es eliminar toda información superflua y lo que son meras promesas para informar estrictamente de lo probado. No aquello que la gente quiere que sea o cree que es. Nos limitamos a presentar pruebas científicas extraídas de ensayos clínicos fiables para confirmar o desmentir algunas de las dudas más comunes sobre medicina. Dicho de otra manera: cuando usted termine de leer el libro, sabrá qué es lo que le conviene y lo que no.
Pero hemos hecho algo más. Al resolver las dudas nos hemos esforzado por enseñarles cómo diferenciar por ustedes mismos lo que es real de lo que no lo es. Por ejemplo, algunos de los ensayos clínicos sobre los que hemos escrito incluyen hasta cien mil sujetos de estudio y se han prolongado durante décadas, mientras que otros se hicieron con doce sujetos y se terminaron en seis semanas. Pero los medios de comunicación los citan simplemente como «ensayos clínicos». Después de leer este libro usted sabrá qué preguntas debe formular acerca de titulares como ésos y sabrá distinguir entre hechos, promesas y publicidad. Sabrá lo que esos titulares tienen de realidad práctica para usted.
Para investigar los temas tratados en este libro hemos recurrido a médicos que se ocupan de ellos todos los días, que están en primera línea, tratando a pacientes, para averiguar qué es lo que se encuentran en la práctica diaria de su profesión. Además, hemos consultado estudios clínicos para seleccionar aquellos que han sido realizados de acuerdo a estándares científicos aceptables de aquellos menos fiables. En los casos en que lo hemos considerado conveniente hemos tratado de informar sobre ambos lados del debate y nunca hemos sacado conclusiones a partir de un único estudio.
Ahora bien, hay afirmaciones que pueden descartarse nada más oír hablar de ellas. Por ejemplo, si alguien intenta convencerlo de que nos está dando una información que nuestro médico nos está negando deliberadamente, salga corriendo y vigile su cartera. He aquí una verdad incontestable. No hay nada sobre su salud que su médico no quiera que usted sepa. Su médico siempre querrá que usted sepa lo que le ocurre. Si dispone de información que es importante para su salud, esté seguro de que se la dará. Si no confirma la información que usted ha sacado de otra parte es porque no es cierta o no ha sido científicamente demostrada. También puede ser que no haya oído hablar de ello. Eso puede ocurrir. Pero, créame, no hay ninguna conspiración en el mundo de la medicina para hacer que la gente siga enferma y, por tanto, generando dinero. Quienquiera que le diga eso está intentando estafarlo. Hay seiscientos mil médicos en Estados Unidos, más de cinco mil hospitales donde trabajan millones de personas. Tal y como dijo Benjamin Franklin: «Tres personas pueden guardar un secreto... ¡si dos de ellas están muertas!»[1].
Además existen unos organismos oficiales que controlan la seguridad de los medicamentos. Son los encargados de dar la autorización para su venta y, después, hacen el seguimiento del producto una vez comercializado. De hecho, tal y como pronto tendrán ocasión de comprobar, la mayoría de los productos relacionados con la salud que se venden en este país no tienen la obligación legal de ser testados ni de demostrar sus propiedades terapéuticas antes de ponerse a la venta. Antes de 2007 las compañías farmacéuticas ¡ni siquiera estaban obligadas a probar que los medicamentos sin receta eran seguros![2]
En la actualidad hay más de treinta mil vitaminas, minerales, productos de herbolario, suplementos alimenticios, productos para el control de peso y una extraordinaria variedad de complementos especializados que se disputan la atención de los consumidores, y ninguno de ellos está sometido a pruebas que demuestren su eficacia. Muchos de ellos tienen pocas o alguna propiedad beneficiosa, pero eso es algo que no podemos saber a partir de la publicidad que hacen. Para atraer a los compradores tienen que hacer grandes promesas. Legalmente en Estados Unidos los fabricantes y los expertos en mercadotecnia pueden decir lo que les venga en gana, de ahí que sean comunes las afirmaciones del tipo: «Un estudio informal de catorce meses de duración de un suplemento dietético demostró que cincuenta y uno de sesenta y cinco pacientes con cáncer en estadio 4 se curaron al incorporarlo a su medicación»[3]. En Estados Unidos el único derecho legal que tiene el gobierno es determinar si son o no seguros, e incluso si se demuestra que son peligrosos, es difícil retirarlos del mercado. Ello no quiere decir que algunos de ellos no sean beneficiosos y contribuyan a nuestra salud en términos generales; tan sólo significa que el consumidor prácticamente no tiene manera de saber cuáles de las promesas publicitarias son ciertas y cuáles no.
Al mismo tiempo también hay gran cantidad de información valiosa de la que usted no tiene noticia porque, al no haberse testado de forma definitiva no se ha informado de ella al público general, aunque los casos de estudio y los datos estadísticos sean reveladores. Como en casi cualquier otro campo, la razón de que no haya pruebas clínicas definitivas es la falta de dinero. Las compañías no invierten si no esperan obtener beneficios. La aspirina, por ejemplo, es un medicamento verdaderamente milagroso. Ya conocemos muchas de sus propiedades: cura un dolor de cabeza leve y combate la fiebre, limita el riesgo de infarto y estudios recientes apuntan a que tomada en dosis relativamente elevadas reduce la incidencia de cáncer de colon. Pero hay otras posibles aplicaciones que nunca serán testadas, porque se trata de un medicamento de dominio público. Nadie tiene los derechos de patente, así que, lógicamente, ninguna compañía farmacéutica está dispuesta a gastar decenas de millones de dólares en realizar ensayos clínicos válidos. Incluso si descubrieran información relevante no obtendrían beneficio económico de ello. Así que el principal medio de conseguir que se realicen estos estudios sería con una subvención del National Institutes of Health, un proyecto universitario o un benefactor desinteresado. Esto ocurre y muchos de estos estudios están reflejados en este libro[4].
También hay gran cantidad de información interesante que puede afectar a nuestra salud y que aún no se ha testado clínicamente, y de hecho, puede que no lo sea nunca. Es duro ser un consumi... perdón, quiero decir, un paciente. Es casi imposible saber qué anuncios creer, qué productos usar, de qué medios de comunicación fiarnos. Los vendedores de pócimas milagrosas tienen una larga tradición, y muchos de ellos siguen por ahí.
Es posible que algunos de los temas tratados no le interesen. Sáltese esas partes, si así lo prefiere, pero vuelva después a ellas, porque la información incluida en cada sección le aportará conocimientos necesarios para comprender esos supuestos grandes avances en medicina de los que oímos hablar cada día. Una vez que haya leído este libro entero, estará preparado para determinar por sí mismo lo que es bueno para usted.
También hemos añadido un completo índice. Es bastante bueno. Lo hemos hecho porque muchos de los temas tratados se mencionan en entradas diferentes y queremos asegurarnos de que usted tiene acceso a toda la información que pueda necesitar siempre que la necesite. Si hay un tema en particular que le interese, el índice le permitirá localizar todas las entradas en las que se habla de él.
Estamos convencidos de que cuando termine de leer este libro tendrá una mejor comprensión del mundo de la medicina y será capaz de diferenciar entre fuentes fiables y gente que sólo trata de venderle algo y que poseerá los conocimientos necesarios para desenvolverse en el complejo mundo de la medicina moderna.