OLALLA

 

 

—Bueno —dijo el médico—, yo ya he terminado, y puedo añadir con orgullo que no sin éxito. Ya solo falta sacarle a usted de esta ciudad fría y perjudicial, y proporcionarle un par de meses de aire puro y paz de espíritu. Lo último es cosa suya. En lo primero creo que puedo ayudarle. No imagina usted qué casualidad: precisamente el otro día vino el cura del pueblo, y como ambos somos viejos amigos, aunque profesemos una fe diferente, me consultó respecto a cierto asunto que preocupaba a algunos de sus feligreses. Se trata de la familia…, aunque usted no conoce España y no deben de sonarle ni siquiera los nombres de nuestros grandes, baste con decir que en otro tiempo fueron personas muy distinguidas y que hoy están al borde de la miseria. No les queda nada, salvo una casa solariega y algunas leguas de terreno desértico y montañoso donde no podría sobrevivir ni una cabra. Sin embargo, la casa es muy hermosa y antigua y está en lo alto de las montañas, por lo que resulta muy saludable. En cuanto mi amigo me contó el caso, me acordé de usted. Le expliqué que había atendido a un oficial herido, herido por la buena causa, que necesitaba un cambio de aires, y le propuse que sus amigos lo recibiesen a usted como huésped. En el acto, el cura se puso muy serio, tal como yo me había maliciado, y afirmó que esa posibilidad estaba descartada. «Pues por mí ya se pueden morir de hambre», respondí, «porque si hay algo que no soporto es el orgullo en los necesitados». El caso es que nos despedimos algo enfadados; no obstante, ayer, para mi sorpresa, el cura vino a verme y rectificó: las reticencias con que se había encontrado, me explicó, habían sido menores de las que se temía, o, en otras palabras, aquella gente tan altiva había preferido tragarse su orgullo. Así que cerré el trato y, si usted acepta, dispone de una habitación reservada en la casa. El aire de las montañas le renovará la sangre y el silencio del que disfrutará allí es mejor que todas las medicinas del mundo.

—Doctor —respondí—, ha sido usted mi ángel de la guarda, y sus consejos son órdenes para mí. Pero cuénteme, si no le importa, algo más de la familia con la que voy a vivir.

—A eso iba —replicó mi amigo—, porque lo cierto es que hay que tener en cuenta cierta complicación. Esos pordioseros son, como ya le he explicado, de muy noble alcurnia y están hinchados de una vanidad sin el menor fundamento: han vivido durante generaciones en una soledad creciente, lejos tanto de los ricos, que se habían vuelto demasiado inaccesibles para ellos, como de los pobres, a quienes siguen considerando con desprecio; e incluso hoy, que la pobreza les obliga a abrirle sus puertas a un huésped, son incapaces de hacerlo sin imponerle a usted una condición de lo más desagradable. Y es que no quieren conocerlo, están dispuestos a atenderle, pero se niegan en redondo a intimar con usted lo más mínimo.

No negaré que me sentí molesto, y es posible que esa sensación acicateara mis deseos de viajar a aquel sitio, pues estaba convencido de que, si me lo proponía, acabaría con aquellos recelos.

—No veo nada ofensivo en esa condición —dije—, e incluso comprendo el sentimiento que la inspira.

—Es cierto que no le han visto nunca —respondió el médico con educación—, y, si supiesen que es usted el hombre más apuesto y agradable que jamás ha venido de Inglaterra (donde, según me han dicho, abundan los hombres apuestos, pero no tanto los agradables), sin duda le habrían recibido con más tacto. Pero, ya que no parece molestarle, la cosa carece de importancia. A mí me sigue pareciendo una descortesía. Sin embargo, quien sale ganando es usted. La familia no le resultará muy seductora. Una madre, un hijo y una hija: una anciana de quien se dice que es medio idiota, un chico zafio y una muchacha de campo a quien alaba tanto su confesor que debe de ser muy fea —se burló con una risita el médico—, no es gran cosa para atraer a un oficial tan valiente.

—Pero dice usted que son de alta cuna —objeté.

—Bueno, respecto a eso hay que hacer algunas distinciones —respondió el médico—. La madre sí lo es, pero los hijos no tanto. La madre es la última representante de un linaje principesco, decadente tanto en sus costumbres como en su fortuna. Su padre no solo era pobre, sino que estaba loco, y la hija creció abandonada en la casa hasta la muerte de su progenitor. La mayor parte de su fortuna pereció con él, la familia casi había desaparecido y la chica, más asilvestrada que nunca, se casó por fin, Dios sabe cómo, unos dicen que con un arriero y otros que con un contrabandista, e incluso hay quien afirma que ni siquiera llegaron a casarse y que Felipe y Olalla son hijos ilegítimos. La unión, fuese la que fuese, concluyó trágicamente hace algunos años, pero viven tan aislados, y en aquel entonces reinaba tal confusión en el país, que solo el cura sabe el modo exacto en que murió el padre, y eso suponiendo que lo sepa.

—Empiezo a pensar que va a ser una vivencia fuera de lo común —respondí.

—Si fuese usted, yo no me haría tantas ilusiones —replicó el médico—, me temo que se encontrará con una realidad muy prosaica y rastrera. A Felipe, por ejemplo, lo conozco. ¿Y qué le voy a decir? Es muy rústico, muy taimado, muy zafio, y en el fondo diría que un inocente; los demás es probable que sean como él. No, no, señor comandante, tendrá que buscar la compañía que le conviene en la contemplación de nuestras montañas; y en esto, si sabe usted apreciar las obras de la naturaleza, le prometo que no quedará defraudado.

Al día siguiente, Felipe vino a buscarme en una tosca carreta tirada por una mula; y, poco antes de que dieran las doce, después de despedirme del médico, del posadero y de las demás personas que me habían atendido durante mi convalecencia, salimos de la ciudad por la puerta de Oriente y empezamos la ascensión a la sierra. Yo llevaba tanto tiempo encerrado, desde que me dejaran por muerto después de la pérdida del convoy, que el mero aroma de la tierra me hizo sonreír. La comarca que estábamos recorriendo era agreste y rocosa y estaba cubierta de espesos bosques de alcornoques o de los robustos castaños españoles y a menudo interrumpida por el lecho de los torrentes de montaña. Lucía el sol, el viento susurraba alegremente, habíamos recorrido ya varios kilómetros y la ciudad se había convertido en un minúsculo cerro en la llanura que teníamos a nuestra espalda, cuando empecé a prestar atención a mi compañero de viaje. A primera vista parecía un apuesto rústico, tal como lo había descrito el médico, muy activo y diligente, y desprovisto de cualquier cultura; y esa primera impresión era la que prevalecía en casi todos los que lo conocían. Pero lo que más me sorprendió fue el modo tan familiar y atropellado en que me hablaba, que tan mal parecía casar con las condiciones bajo las que habían aceptado alojarme, y que, en parte por su dicción imperfecta y en parte por la vivaz incoherencia de lo que decía, hacía que resultase muy difícil seguirle sin hacer un gran esfuerzo. Es cierto que yo ya había hablado antes con otras personas con una constitución mental semejante a la de aquel muchacho, personas que parecen vivir (como él hacía) solo a través de los sentidos, dominadas y poseídas por la impresión visual del momento e incapaces de librarse de ella. Su conversación, que escuché con cierta distancia, me pareció propia de esos carreteros que pasan mucho tiempo sin pensar en nada mientras recorren los paisajes de una comarca que les resulta muy familiar. Pero ese no debía de ser el caso de Felipe, puesto que él mismo me explicó que era el administrador de la finca.

—Ojalá estuviera allí ahora —dijo, y luego miró de reojo hacia un árbol que había al borde del camino y empezó a contarme que una vez había visto un cuervo entre sus ramas.

—¿Un cuervo? —repetí, sorprendido por la incoherencia de aquella observación y pensando que sin duda debía de haberle entendido mal.

Pero para entonces ya estaba dominado por otra idea, pues me empujó con rudeza para pedirme que guardara silencio y se puso a escuchar atentamente con la cabeza ladeada y el ceño fruncido. Luego sonrió y movió la cabeza.

—¿Qué es lo que ha oído? —pregunté.

—¡Oh, no es nada! —dijo, y empezó a azuzar a la mula con unos gritos que resonaron inhumanos entre las montañas.

Lo observé con más atención. Estaba extraordinariamente bien conformado, era ágil, flexible y fuerte, de facciones regulares, sus ojos amarillentos tal vez no fuesen muy expresivos, pero en conjunto era un muchacho muy guapo, sin más defectos que su tez morena y que era muy velludo, dos características que me disgustan. Aunque lo que más me sorprendía y a la vez me atraía era su espíritu. Me vino a la memoria la frase del médico: «un inocente», y me estaba preguntando si sería después de todo una descripción ajustada, cuando el camino empezó a descender por la estrecha y desnuda garganta de un torrente. El agua tronaba tumultuosa en el fondo, y daba la impresión de llenar el barranco con su fragor, el tenue vapor del agua y las corrientes de aire. La escena era ciertamente impresionante, pero en aquel tramo el camino estaba protegido por un muro y la mula descendía con paso firme, así que la palidez y el terror que embargaron a mi acompañante me cogieron de sorpresa. La violenta voz del torrente era muy inconstante: tan pronto parecía debilitada por la fatiga como redoblaba su ronco rumor; momentáneas crecidas parecían aumentar el estruendo mientras caían por la garganta, rugiendo y golpeando contra las paredes; y reparé en que era aquel clamor lo que hacía palidecer y hacer muecas a mi conductor. El recuerdo de algunas supersticiones escocesas ligadas al Kelpie[1] y los ríos cruzó por mi imaginación y me pregunté si sería posible que hubiese algo parecido en aquella región de España. Me volví hacia Felipe y traté de sonsacarle.

—¿Qué le ocurre? —pregunté.

—Pues que tengo miedo —replicó.

—¿De qué? —repuse—. Este parece uno de los tramos más seguros de este camino tan peligroso.

—Es por el ruido —dijo con una ingenuidad y un temor que aclararon todas mis dudas.

Aquel muchacho tenía el intelecto de un niño, su imaginación era como su cuerpo, activa y ágil, pero retrasada en su desarrollo, y a partir de ese momento lo miré con algo más de compasión y escuché con indulgencia al principio y luego casi con placer su cháchara inconexa.

Hacia las cuatro de la tarde habíamos dejado atrás las cumbres de la cordillera, nos habíamos despedido del sol poniente y habíamos empezado a descender por el otro lado, rodeando muchos barrancos a la sombra de bosques umbríos. Por todas partes se oía el rumor de las cascadas, no tan fuerte y formidable como en la garganta del torrente, sino disperso, alegre y musical entre los valles. Mi guía pareció cobrar ánimos y empezó a cantar en falsete con una peculiar carencia de dotes musicales, destrozando la melodía, desentonando e improvisando a su antojo. Sin embargo, el efecto resultaba natural y placentero, igual que el canto de los pájaros. A medida que fue oscureciendo me fui dejando cautivar por aquel desmañado gorjeo y le escuché tratando de reconocer la melodía, hasta que, por fin, le pregunté qué era lo que cantaba.

—¡Oh, solo estaba cantando un poco! —exclamó.

Lo que más me gustaba era el modo que tenía de repetir sin cesar la misma nota en intervalos cortos, pues no resultaba tan monótono como pudiera pensarse, o al menos no era desagradable, y parecía exhalar un maravilloso deleite por todas las cosas, como el que imaginamos apreciar en la actitud de los árboles o el sosiego de un estanque.

Era ya noche cerrada cuando fuimos a parar a una meseta y poco después llegamos cerca de un bulto más oscuro que supuse que debía de ser la casa. Mi guía, bajó de la carreta y estuvo gritando y silbando en vano un buen rato, hasta que por fin se nos acercó un viejo campesino, salido de la oscuridad que nos rodeaba, con una vela en la mano. A su luz pude discernir una gran puerta con arcos de estilo moruno, que parecía cerrada y tenía remaches de hierro. Felipe abrió una portezuela en uno de sus batientes. El campesino llevó la carreta a otro edificio cercano, y mi guía y yo pasamos por la portezuela, que cerramos a nuestras espaldas; iluminados por el resplandor de la vela, atravesamos un patio, subimos por una escalera de piedra, cruzamos una galería abierta y volvimos a subir otro tramo de escaleras hasta que llegamos a la puerta de un aposento grande y austero. Aquella habitación, que comprendí que iba a ser la mía, tenía tres ventanas, las paredes estaban forradas con paneles de madera y el suelo lo cubrían las pieles de numerosos animales salvajes. Un alegre fuego ardía en la chimenea e iluminaba la sala con su cambiante resplandor. Habían acercado a la lumbre una mesa con la cena servida y al otro extremo había una cama hecha. Aquellos preparativos me complacieron mucho y así se lo hice saber a Felipe, quien repitió calurosamente mis alabanzas con la misma ingenuidad que había notado antes en él.

—Es una habitación muy buena —dijo—, muy buena. Y el fuego también lo es, el fuego es bueno: calienta los huesos. Y la cama —prosiguió acercando la vela—, mire qué sábanas tan finas…, son suaves, suaves, suaves…

Y pasó la mano por encima una y otra vez, y luego se agachó y se frotó las mejillas dando muestras de una satisfacción tan grosera que casi me molestó. Le quité la vela de la mano (pues temí que incendiara la cama) y volví junto a la mesa, donde había una jarra de vino, luego me serví una copa y le invité a beber conmigo. Se puso en pie de un salto y corrió a mi encuentro con expresión esperanzada, pero en cuanto vio el vino se estremeció visiblemente.

—¡Oh no! —dijo—, eso es para usted, a mí no me gusta.

—Muy bien, señor —le respondí—, en ese caso brindo por usted y por la prosperidad de su casa y su familia. Y, a propósito —añadí después de apurar la copa—, ¿es que no voy a tener el placer de presentarle personalmente mis respetos a su madre, la señora?

Aquellas palabras hicieron que se borrase cualquier rasgo infantil de su semblante y dieron paso a una expresión de una astucia y un misterio indescriptibles. Al mismo tiempo se alejó de mí, como si yo fuera un animal a punto de saltar o un hombre armado y peligroso, y me miró desde la puerta con las pupilas contraídas.

—No —dijo por fin, y luego salió sin hacer ruido de la habitación y oí que sus pasos se alejaban escaleras abajo y reinó el silencio en la casa.

Después de cenar, acerqué la mesa a la cama y me dispuse a acostarme, pero al cambiar de sitio la luz reparé en un cuadro que había en la pared. Representaba a una mujer todavía joven. A juzgar por su vestido y cierta mórbida uniformidad que reinaba en la tela, debía de llevar mucho tiempo muerta; a juzgar por la vivacidad de la postura, la mirada y las facciones, podía haber estado contemplando en un espejo la imagen misma de la vida. Tenía una figura fuerte, delgada y bien proporcionada; unas trenzas rojas cruzaban su frente a modo de corona; sus ojos castaños y dorados parecían sostener mi mirada; y su rostro perfecto estaba desfigurado por una expresión cruel, hosca y sensual. Algo en su semblante y su figura, un no sé qué exquisitamente intangible, me recordó, como el eco de un eco, al porte y las facciones de mi guía, y me quedé un rato desagradablemente atraído y sorprendido por aquel extraño parecido. El linaje común y carnal de aquella raza, que había sido diseñado originalmente para producir damas tan nobles como la que me contemplaba desde aquel cuadro, se había rebajado a usos más bajos, vestía ropa de campesino, se sentaba en el pescante de una carreta y sujetaba las riendas de una mula para llevar a casa a un huésped. Tal vez quedara todavía algún vínculo, puede que algún escrúpulo de la carne delicada, que una vez se vistió con el satén y los brocados de la dama muerta, todavía se estremeciera al entrar en contacto con la frisa de Felipe.

La primera luz de la mañana iluminó aquel retrato, y cuando desperté, mis ojos siguieron contemplándolo cada vez con mayor deleite; su belleza se colaba insidiosa en mi pecho, y acallaba uno tras otro mis escrúpulos, y aunque sabía que amar a una mujer así sería como firmar y sellar la sentencia de mi propia degeneración, era consciente de que, si estuviese viva, acabaría enamorándome de ella. Día tras día, se fue haciendo más evidente aquella doble impresión de su maldad y mi debilidad. Llegó a ser la heroína de muchas de mis ensoñaciones, en las que sus ojos me arrastraban al crimen y lo compensaban con creces. Arrojaba una siniestra sombra sobre mi inteligencia y, cuando estaba al aire libre, haciendo algún ejercicio vigoroso para activar la circulación, me alegré más de una vez al pensar que quien así me hechizaba estaba en su tumba, roto el talismán de su belleza, mudos y sellados sus labios y sus filtros derramados. Y, no obstante, seguía albergando el vago temor de que no estuviera muerta, después de todo, sino que se hubiese reencarnado en el cuerpo de alguno de sus descendientes.

Felipe me servía las comidas en mi habitación, y su parecido con el retrato me obsesionaba cada vez más. Unas veces la semejanza no era tan evidente; otras, sobre todo cuando el chico estaba de mal humor, bastaba un leve cambio en la postura o la expresión para que reapareciese de pronto como un espectro. Resultaba obvio que yo le caía bien: le enorgullecía que me fijase en él y trataba de llamar mi atención mediante toda suerte de recursos ingenuos e infantiles. Le encantaba sentarse junto al fuego y hablarme con su cháchara inconexa o cantar sus extrañas e interminables canciones sin letra, y a veces acariciaba mi ropa de un modo tan afectuoso que me producía un sonrojo del que yo mismo me avergonzaba. Sin embargo, también era capaz de dejarse llevar por ataques de ira y de ponerse ceñudo o enfadarse sin el menor motivo. Al menor reproche o muestra de curiosidad por mi parte, le he visto estropear el plato que acababa de servirme y no precisamente con disimulo, sino con jactancia. Era lógico que yo sintiera curiosidad, estando como estaba en un lugar desconocido y rodeado de extraños, pero la más mínima insinuación bastaba para que se encerrase en sí mismo, hosco y peligroso. Era entonces cuando, por una fracción de segundo, aquel rudo muchacho podría haber sido el hermano de la dama del retrato. Pero aquellos ataques se le pasaban pronto y el parecido se desvanecía con ellos.

En esos primeros días no vi a nadie más que a Felipe, a menos que contemos también a la mujer del retrato; y como estaba claro que el chico era débil mental y estaba sujeto a ataques de ira, debe de parecer extraño que yo soportase su compañía con tanta ecuanimidad. De hecho, al principio me inquietaba bastante, pero lo cierto es que no tardé en ejercer sobre él una autoridad tan absoluta que pude sentirme mucho más tranquilo.

La cosa ocurrió así. Él era perezoso por naturaleza y tenía alma de vagabundo, sin embargo rondaba la mansión y no solo atendía a mis necesidades, sino que trabajaba a diario en el huerto o pequeña granja que había al sur de la casa. Contaba con la ayuda del campesino a quien yo había visto la noche de mi llegada, y que vivía al otro extremo del cercado, a más de un kilómetro de allí, en un tosco cobertizo, pero era evidente que, de los dos, el que más trabajaba era Felipe; y aunque a veces lo veía dejar la pala y echarse a dormir junto a las plantas entre las que había estado escarbando, su constancia y su energía eran admirables en sí mismas, y más aún si se tiene en cuenta que yo estaba convencido de que eran totalmente ajenas a su carácter y fruto de arduos esfuerzos. Pero, al tiempo que me admiraba, me preguntaba qué habría podido inspirar en un muchacho tan retrasado un sentimiento del deber tan duradero. ¿Qué lo sostenía? ¿Y hasta qué punto prevalecía sobre sus instintos? Probablemente se lo hubiera inspirado el cura, pero un día vino a la casa y los estuve observando ir y venir casi una hora desde un promontorio donde yo estaba haciendo unos esbozos, y todo ese rato Felipe siguió trabajando en el huerto.

Por fin, con un ánimo ciertamente reprobable, decidí apartar al muchacho de sus buenos propósitos, le esperé a la puerta y lo persuadí para que me acompañara a dar un paseo. Hacía un día magnífico y los bosques por donde le llevé eran verdes, amenos, aromáticos y bullían llenos de vida y del zumbido de los insectos. Aquí exteriorizó toda la lozanía de su carácter y alcanzó unas alturas de júbilo que me desconcertaron, e hizo gala de una energía y una gracia de movimientos que daba gusto verlos. Saltó y corrió en torno a mí lleno de alegría; se detenía de pronto a mirar y escuchar y daba la impresión de beberse el mundo como quien bebe un licor; luego se subía a un árbol de un salto, y se balanceaba y retozaba tan tranquilo. A pesar de que apenas me dijo nada, y sobre todo cosas sin importancia, pocas veces he disfrutado de una compañía más animada: solo el verlo tan feliz me llenaba de contento; la agilidad y precisión de sus movimientos me maravillaban, y bien podría haber cometido la irresponsabilidad de convertir aquellos paseos en una costumbre, si el azar no hubiese dispuesto un brusco final para mi deleite. Gracias a alguna maña o destreza el muchacho atrapó una ardilla en la copa de un árbol. En ese momento iba algo por delante de mí, pero lo vi saltar al suelo y acurrucarse, gritando de placer como un niño. Aquel sonido era tan fresco e inocente que despertó mis simpatías, pero cuando apreté el paso para acercarme, los chillidos de la ardilla me llegaron al corazón. He oído y he visto muchas muestras de la crueldad de los niños y sobre todo de los campesinos, pero lo que vi me produjo un ataque de ira. Aparté al chico a un lado de un empujón, le arranqué al pobre animal de las manos, y con rápida compasión lo maté. Luego me volví hacia el torturador, le reñí presa del acaloramiento de la indignación, le dije cosas que parecieron avergonzarlo y por fin le indiqué el camino de la casa y le pedí que se fuese y me dejase en paz, pues yo gustaba de pasear con personas y no con sabandijas. Él se hincó de rodillas y me soltó una retahíla de súplicas conmovedoras con voz más clara de lo normal, me rogó que le hiciera la merced de perdonarlo, de olvidar lo que había hecho y que confiara en él en el futuro.

—Me esfuerzo todo lo que puedo —dijo—. ¡Oh, comandante, perdone usted a Felipe por esta vez, y no volverá a ser tan malo!

Así que, mucho más afectado de lo que le di a entender, me dejé convencer, le di la mano e hicimos las paces. Pero, a modo de penitencia, le obligué a enterrar la ardilla, y le hablé de la belleza de aquel pobre animal, de lo mucho que había sufrido y de la bajeza que es abusar de la propia fuerza.

—Mira, Felipe —le dije—, tú eres fuerte, pero en mis manos estás tan indefenso como ese pobre habitante de los árboles. Dame la mano. No puedes soltarte. Imagina que yo fuese tan cruel como tú y me gustase infligirte dolor. No tendría más que apretar y ver cómo te retuerces.

Chilló, se puso pálido como la pared, y el sudor le cubrió la frente; y cuando lo solté, se tumbó en el suelo y se acarició la mano y gimoteó como un bebé. Pero aprendió la lección, y fuese por eso, o por lo que yo le había dicho, o porque había comprendido que era más fuerte que él, su afecto original se trocó en una adoración y una fidelidad perrunas.

Entretanto, yo iba recobrando rápidamente la salud. La casa estaba en lo alto de una meseta de piedra, rodeada de montañas por todas partes, de modo que solo desde el tejado, donde había una albarrana, se divisaba entre dos picos un pequeño fragmento de llanura azul en la distancia. A aquella altura el aire circulaba libremente, las nubes se congregaban y luego el viento las hacía jirones contra las cimas de las montañas, el rumor ronco y al mismo tiempo amortiguado de los torrentes se oía por doquier, y uno podía estudiar los rasgos más rudos y primitivos de la naturaleza en su forma más prístina. Desde el primer momento me gustaron tanto aquel paisaje tan vigoroso y lo variable del clima como la mansión antigua y decadente en que me alojaba. Era una casa grande de forma oblonga, flanqueada por los extremos por dos proyecciones en forma de bastión, una de las cuales dominaba la puerta; ambas tenían troneras para los mosquetes. Además, el piso de abajo carecía de ventanas, de modo que el edificio, en caso de sitio, no podría tomarse sin artillería. En el centro había un patio donde crecían unos granados. Desde allí una amplia escalera de mármol ascendía hasta una galería que rodeaba el patio apoyada en esbeltas columnas, y desde donde otras escaleras conducían a los pisos superiores de la casa, separados en distintas secciones. Las ventanas estaban fuertemente cerradas tanto por dentro como por fuera; algunas piedras de los dinteles se habían venido abajo; una de esas rachas de viento que son tan frecuentes en las montañas había arrancado en parte la techumbre, de modo que la casa entera en medio de aquel bosque de nudosos alcornoques, iluminada por el sol implacable y descolorida por el polvo parecía el palacio dormido de la leyenda. El patio, sobre todo, parecía la morada misma del sueño. El áspero arrullo de las palomas resonaba en sus aleros; estaba a resguardo de los vientos, pero cuando soplaban fuera, el polvo de la montaña caía como una copiosa lluvia y velaba el rojo de las granadas; lo rodeaban varias ventanas con los postigos echados, puertas atrancadas que conducían a numerosos sótanos y los arcos vacíos de la galería; y, a lo largo del día, el sol dibujaba complicadas siluetas en cada uno de sus cuatro lados, y hacía desfilar las sombras de las columnas por el suelo de la galería. No obstante, había un rinconcito en el piso de abajo que mostraba indicios de estar habitado. Daba al patio, pero tenía una chimenea donde siempre había un fuego encendido y las losas del suelo estaban alfombradas con pieles de animales.

Fue allí donde vi por primera vez a mi anfitriona. Había sacado una de las pieles al sol y estaba sentada en ella y apoyada en una pilastra. Lo primero que me llamó la atención fue su vestido alegre y suntuoso, que destacaba en aquel patio polvoriento igual que las flores en los granados. Al observarla con más atención lo que me impresionó fue su belleza. Me miraba, o eso me pareció, con ojos que no acerté a distinguir bien y una expresión feliz y jubilosa que rayaba en la estupidez; sus facciones perfectas y la nobleza de postura eran casi estatuarias. Al pasar la saludé quitándome el sombrero y ella frunció levemente el ceño con suspicacia, como el agua cuando la agita la brisa, pero no respondió a mi cortesía. Yo seguí con mi paseo cotidiano, un tanto cortado y turbado por su impasibilidad de ídolo, y a mi regreso, aunque seguía en la misma postura, me sorprendió ver que se había trasladado, siguiendo al sol, hasta la pilastra siguiente. Esta vez, no obstante, me dirigió un breve saludo, bastante cortés y pronunciado en el mismo tono profundo, ambiguo y ceceante que tanto me desconcertaba en su hijo. Le respondí sin saber qué decir, pues no solo no la había entendido bien, sino que me aturdió verle los ojos. Eran muy grandes, tenían el iris dorado como los de Felipe, y las pupilas tan dilatadas que parecían casi negros, pero lo que me llamó la atención no fue tanto su tamaño como (lo que tal vez fuese consecuencia de ello) la peculiar insignificancia de su mirada. Jamás he visto una mirada más estúpida. Bajé la vista y subí por las escaleras en dirección a mi cuarto, sorprendido y avergonzado. Sin embargo, cuando entré y vi la cara del retrato, recordé el milagro de la descendencia familiar. Mi anfitriona era, sin duda, mayor y más gruesa; sus ojos eran de un color distinto; además, su rostro no solo carecía de la perversidad que tanto me molestaba y me atraía en el retrato, sino que estaba desprovisto tanto de bondad como de maldad: traslucía un vacío moral que literalmente no expresaba nada. Y, no obstante, había un parecido, por así decirlo, inmanente, no basado en ningún rasgo en particular, sino en el conjunto. Era como si el pintor, al firmar aquel solemne retrato, no hubiera capturado solo la imagen de una mujer malvada y sonriente, sino también la cualidad esencial de su estirpe.

A partir de ese día, cada vez que entraba o salía me encontraba a la señora sentada al sol y apoyada en una columna o tendida en la alfombra delante de la chimenea; solo a veces cambiaba su sitio por el último descansillo de la escalera de piedra, donde yacía con el mismo abandono justo a mitad de mi camino. En todos esos días nunca la vi gastar la menor energía en nada que no fuera cepillar una y otra vez su poblado cabello cobrizo, o cecear en tono áspero y profundo su acostumbrado saludo. Aquellos, creo yo, eran sus mayores placeres, aparte de la mera quiescencia. Parecía enorgullecerse de todo lo que decía como si fuese de lo más ingenioso, y lo cierto es que, aunque a menudo se trataba de vacuidades, relativas, igual que la conversación de muchos curas respetables, a un margen de asuntos muy estrecho, nunca eran absurdas o incoherentes, sino que poseían una belleza propia que emanaba de su propia satisfacción. Lo mismo hablaba del buen tiempo que tanto le gustaba (igual que a su hijo), que de las flores de los granados o de las blancas palomas y las golondrinas de largas alas que agitaban el aire del patio. Los pájaros la excitaban. Cuando pasaban por debajo de los aleros en su rápido vuelo, o la rozaban levantando un poco de viento, ella se movía y se incorporaba, y parecía despertar de su placentero letargo. Pero el resto del día lo pasaba acurrucada y sumida en la pereza y la complacencia. Al principio me irritó aquella invencible satisfacción, pero poco a poco fui encontrando sosiego en aquel espectáculo, hasta me acostumbré a sentarme a su lado cuatro veces al día, a la ida y a la vuelta, y a charlar soñoliento con ella, sin apenas saber que lo hacía. Llegué a cogerle el gusto a su compañía aburrida y casi animal, su belleza y su estupidez me tranquilizaban y divertían. Empecé a encontrar una especie de sentido común en sus observaciones, y su inagotable buen humor despertaba mi admiración y mi envidia. Por si fuera poco, era correspondido y ella disfrutaba inconscientemente de mi presencia, igual que un hombre sumido en profundas meditaciones puede disfrutar del murmullo de un arroyo. No puedo decir que se alegrara al verme, pues la dicha estaba constantemente pintada en su semblante como en alguna estatua absurda, pero me indicaba su alegría de un modo más íntimo que con la mirada. Un día en que me senté cerca de ella en la escalera de mármol, alargó de pronto la mano y me dio unos golpecitos en la mía. Antes de que me diese cuenta de lo ocurrido, volvió a adoptar su actitud de siempre y, cuando levanté la vista, no vi en su rostro muestras del menor sentimiento. Estaba claro que no concedía a aquello ninguna importancia, y me reproché mis propios miramientos.

La contemplación y (si puede llamarse así) el trato con la madre confirmaron la impresión que me había formado del hijo. La sangre de aquella familia se había debilitado probablemente por los numerosos matrimonios entre parientes cercanos, un error habitual entre los orgullosos y los excluyentes. La decadencia, no obstante, no se había hecho extensiva al cuerpo, que se había transmitido de generación en generación con una fuerza y elegancia sin igual, ni a su semblante, que tenía hoy el cuño tan marcado como el de aquel rostro de hacía dos siglos que me sonreía en el retrato. Pero la inteligencia (que es la herencia más preciosa) había degenerado, el tesoro de la memoria ancestral se había agotado y había hecho falta el cruce plebeyo con un arriero o contrabandista de las montañas para elevar el aparente aturdimiento de la madre hasta la extraña actividad del hijo. Sin embargo, de los dos, yo prefería a la madre. A Felipe, vengativo un día y sumiso el otro, lleno de arrebatos y remordimientos, inconstante como una liebre, podía llegar a imaginármelo como un ser dañino. Por la madre no albergaba más que sentimientos amables. Y, de hecho, como los espectadores siempre terminan tomando partido sin saber muy bien por qué, no tardé en ponerme de su lado en la sorda enemistad que creí percibir entre los dos y que era mucho más obvia por parte de la madre. A veces se quedaba casi sin aliento al verlo llegar y el miedo o el horror contraían las pupilas de sus ojos vacuos. Sus escasas emociones estaban tan en la superficie que resultaban muy evidentes, y aquella repulsión latente acabó ocupando mi imaginación, sus causas me intrigaban y me preguntaba si el responsable sería realmente el muchacho.

Cuando llevaba unos diez días en aquella casa se levantó un fuerte viento muy desagradable, que arrastraba nubes de polvo y soplaba desde las mefíticas tierras bajas a través de las cumbres nevadas. Los nervios de quienes sufrían su azote acababan deshechos y alterados, los ojos se irritaban por el polvo, las piernas apenas soportaban el peso del cuerpo y el roce de una mano con la otra llegaba a hacerse odioso. El viento, por si fuera poco, bajaba por los barrancos de las montañas y asaltaba la casa con un zumbido sordo, profundo y sibilante, fatigoso para el oído y terriblemente deprimente para el espíritu. No soplaba a rachas, sino con el empuje y la constancia de una cascada, por lo que no concedía ni un solo momento de tregua. Aunque en lo alto de las montañas es probable que su fuerza fuese más variable, con accesos de furia, pues de vez en cuando se oía una especie de aullido infinitamente molesto al oído y en ocasiones se formaba de pronto una torre de polvo como el humo de una explosión en alguno de los bancales o terrazas más altas.

Nada más despertarme, reparé en la tensión nerviosa y la desazón que me producía aquel tiempo, y su efecto fue aumentando a medida que avanzaba el día. En vano traté de resistirme, en vano emprendí mi acostumbrado paseo matutino: la furia irracional y constante de la tormenta no tardó en agotar mis fuerzas y arruinar mis nervios. Volví a la casa acalorado y cubierto de polvo. El patio parecía abandonado, de vez en cuando lo iluminaba fugazmente un rayo de sol; otras veces el viento agitaba los granados, esparcía las flores y hacía que las persianas golpearan contra las paredes. La señora se paseaba en su rincón de aquí para allá con el rostro acalorado y los ojos encendidos; me pareció ver que musitaba algo para sí, como quien está muy enfadado. Pero cuando le dirigí mi saludo habitual, se limitó a responder con un gesto brusco y siguió paseando. El tiempo había desequilibrado incluso a aquella criatura tan impasible, y cuando subí por las escaleras me sentí menos avergonzado de mi propia irritación.

Todo el día siguió soplando el viento, así que me quedé en la habitación tratando de leer un poco, yendo de aquí para allá o escuchando el alboroto que se oía fuera. Cuando anocheció vi que no tenía ninguna vela. Me entraron ganas de estar con gente y bajé a hurtadillas al patio. Lo encontré sumido en una oscuridad azulada, aunque el rincón de la señora estaba iluminado en tonos rojizos por el fuego. La abundante leña ardía en la chimenea, coronada por un penacho de llamas que el aire agitaba de un lado a otro. A la luz de aquel resplandor tan fuerte y trémulo la señora seguía yendo y viniendo de una pared a otra mientras hacía gestos inconexos: se retorcía las manos, extendía los brazos, echaba atrás la cabeza como quien clama al cielo. Aquellos movimientos tan alterados resaltaban su gracia y su belleza, pero el brillo de sus ojos me desagradó; y, después de observarla un rato en silencio, me fui por donde había venido, sin dejar que ella reparase en mi presencia, y volví a tientas a mi habitación.

Cuando Felipe me llevó la cena y algo de luz, mis nervios estaban destrozados; y si el muchacho hubiese estado como siempre, le habría obligado a quedarse (incluso por la fuerza, de haber sido necesario) para aliviar mi soledad. Pero el viento también había ejercido su influencia en Felipe. Había estado febril todo el día y una vez que anocheció se sumió en un humor hosco y trémulo que chocaba con el mío. Su rostro asustado, sus palideces y sobresaltos y el modo en que se paraba a escuchar de pronto, me sacaron de quicio; y cuando se le cayó un plato y se rompió, di un respingo en mi asiento.

—Por lo visto hoy estamos todos un poco desquiciados —dije fingiendo reír.

—La culpa la tiene este viento negro —replicó pesaroso—. Tiene uno la sensación de que debería hacer algo y no sabe qué.

Me sorprendió la exactitud de aquella descripción, aunque Felipe a veces se las arreglaba para expresar con mucho acierto las sensaciones físicas.

—Y a tu madre le pasa lo mismo —dije—, parece afectarle mucho este tiempo. ¿No temes que pueda enfermar?

Se me quedó mirando un instante y después respondió en tono casi desafiante:

—No. —Luego se llevó la mano a la frente, se quejó amargamente de aquel viento y aquel ruido que hacían que la cabeza le diera vueltas como una rueda de molino y exclamó—: ¿Cómo va a estar bien nadie así?

Y lo cierto es que no pude sino hacerme eco de su pregunta, pues yo también estaba muy inquieto.

Me acosté pronto, fatigado por la inquietud de aquel día, pero la naturaleza ponzoñosa del viento, y su impío y constante rugido, no me dejaban dormir. Estuve dando vueltas en la cama, con los nervios y los sentidos en tensión. A veces dormitaba un poco, tenía alguna horrible pesadilla y volvía a despertarme, hasta que acabé por perder la noción del tiempo entre aquellos fragmentos de olvido.

Sin embargo, debía de ser tarde cuando me despertaron de pronto unos gritos horribles y lastimeros. Salté de la cama convencido de haberlo soñado, pero los gritos siguieron llenando la casa, parecían gritos de dolor, pero también de ira, y tan salvajes y discordantes que hacían que a uno se le estremeciera el corazón. No eran imaginaciones mías: estaban torturando terriblemente a algún ser vivo, algún loco o algún animal salvaje. El recuerdo de Felipe y la ardilla acudió al instante a mi memoria y corrí a la puerta, pero la habían cerrado desde fuera, y por mucho que la sacudí comprendí que estaba prisionero. Los gritos continuaban. A veces disminuían hasta convertirse en un gemido casi articulado, y en esas ocasiones me convencía de que debían de ser humanos, y luego volvían a llenar la casa con unos alaridos infernales. Me quedé junto a la puerta y estuve escuchándolos hasta que acabaron extinguiéndose, aunque mucho tiempo después, me pareció seguir oyéndolos mezclados en mi imaginación con el rugido del viento, y, cuando por fin me arrastré hasta mi cama me sentía mortalmente asqueado y una horrenda negrura embargaba mi corazón.

No es raro que no volviera a conciliar el sueño. ¿Por qué me habían encerrado? ¿Qué había ocurrido? ¿Quién era el autor de aquellos gritos terribles e indescriptibles? ¿Un ser humano? Me parecía inconcebible. ¿Una fiera? Los gritos no parecían los de una bestia, ¿y qué animal, aparte de un león o un tigre, podría hacer temblar así las sólidas paredes de la casa? Y, mientras le daba vueltas a las distintas facetas de aquel misterio, caí de pronto en que todavía no había visto a la hija de la casa. ¿Acaso no era más que probable que la hija de la señora, la hermana de Felipe, estuviera loca? ¿O que aquella gente estúpida e ignorante recurriera a la violencia para tratar de reducir a una pariente desquiciada? Era una explicación verosímil, aunque cuando recordaba los gritos (cosa que bastaba para producirme escalofríos), me parecía claramente insuficiente: ni la mayor crueldad podría arrancar aquellos gritos de la locura. Pero de una cosa estaba seguro: no podía vivir en una casa donde algo semejante fuese siquiera concebible, sin tratar de averiguar lo que ocurría e intervenir, en caso necesario.

Llegó el nuevo día, el viento cesó, y no quedó nada que me recordara lo sucedido por la noche. Felipe vino a verme a mi cama muy contento, al pasar por el patio me encontré a la señora tomando el sol con su inmovilidad acostumbrada, y cuando crucé la puerta me encontré la faz de la naturaleza austera y sonriente, los cielos de un frío azul, sembrado de grandes islotes de nubes y las faldas de las montañas cubiertas de zonas de luz y sombra. Un corto paseo me ayudó a recobrar el dominio de mí mismo y renovó en mi interior la resolución de investigar aquel misterio. Después de comprobar desde lo alto de mi promontorio que Felipe estaba ocupado en el huerto, volví directo a la casa y puse en práctica mi plan. La señora parecía dormida, estuve observándola un rato, pero ella no se movió; por muy indiscretos que fuesen mis designios, no tenía nada que temer de aquel guardián, así que me volví, subí a la galería y empecé a inspeccionar la casa.

Pase toda la mañana yendo de una habitación a otra y explorando salas espaciosas y destartaladas, algunas tenían los postigos cerrados y otras estaban a plena luz del sol, todas parecían vacías e inhóspitas. El tiempo había dejado su pátina en aquella suntuosa mansión y el polvo lo había cubierto todo de desesperanza. Había telarañas por todas partes, hinchadas tarántulas correteaban por las cornisas, las hormigas recorrían sus agitadas carreteras por el suelo de los salones, el sucio moscón que se alimenta de carroña y suele ser el mensajero de la muerte había instalado su nido en la madera podrida, y zumbaba pesadamente en las habitaciones. Aquí y allá habían dejado un par de taburetes, un sofá, una cama o un sillón labrado, a modo de islas en el suelo desnudo, para dar testimonio de que aquella casa había sido habitada por el hombre; todas las paredes estaban cubiertas con los retratos de los muertos. Y aquellas efigies casi borrosas me sirvieron para juzgar la hermosura y la grandeza de la raza en cuya casa solariega yo estaba husmeando ahora. Muchos hombres lucían en el pecho la insignia de alguna orden nobiliaria y tenían el noble porte de los altos dignatarios. Las mujeres iban todas muy bien vestidas. La mayoría de las telas eran obra de pintores famosos. Pero lo que más me impresionó no fueron aquellas muestras de grandeza ni su contraste con la actual decadencia y abandono de aquella casa, sino la parábola de la vida familiar que leí en la sucesión de rostros hermosos y cuerpos esbeltos. Nunca antes había reparado con tanta claridad en el milagro de la continuación de la raza, la creación y la recreación, el tejer y el destejer y la sucesión de los elementos carnales. Que un niño nazca de su madre, que crezca y se revista (no sabemos cómo) de humanidad, y que herede el aspecto, y vuelva la cabeza como lo hacía uno de sus antepasados, o dé la mano como lo hacía otro, son maravillas veladas por la repetición y la costumbre. Pero en la peculiar unidad del aspecto, en los rasgos compartidos y en el porte general de todas esas generaciones pintadas que colgaban de las paredes de la casa, el milagro llamaba la atención y te miraba directamente a la cara. Y pasé un buen rato contemplando mis propias facciones en un espejo antiguo que encontré por casualidad, buscando las líneas de mi descendencia y los vínculos que me ligaban a mi propia familia.

Por fin, en el curso de mis investigaciones, abrí la puerta de una habitación que tenía indicios de estar habitada. Era de grandes proporciones y daba al norte, donde las montañas tenían un perfil más agreste. Unas brasas ardían y humeaban en la chimenea, y alguien había acercado allí una silla. No obstante, el aspecto de la habitación era extremadamente ascético: la silla estaba sin tapizar, el suelo y las paredes estaban desnudos y, aparte de los libros que yacían aquí y allá en cierto desorden, no había ningún objeto de trabajo o recreo. Me sorprendió mucho ver libros en casa de una familia así, y empecé a hojearlos con gran precipitación, como si temiera que pudiesen interrumpirme, para tratar de dilucidar su naturaleza. Los había de todas clases: devotos, históricos y científicos, pero casi todos eran antiguos y la mayoría estaban escritos en latín. Algunos ostentaban las señales del estudio constante, otros los habían arrojado al suelo después de arrancar alguna página con petulancia o desaprobación. Por fin, mientras deambulaba por la habitación vacía, encontré unos papeles escritos a lápiz en una mesa junto a la ventana. Una curiosidad inconsciente me empujó a leer uno de ellos. Eran unos versos de métrica muy tosca y escritos en español, que decían más o menos así:

 

Llegó el placer junto al dolor y la vergüenza,

vino el pesar con su corona de lirios.

El placer mostraba la luz del sol;

¡oh, Jesús mío, qué luz tan dulce!

El pesar te señalaba con mano fatigada,

¡a ti, oh, Jesús mío!

 

La confusión y la vergüenza me embargaron casi en el acto, dejé el papel donde estaba y me batí en retirada de aquella habitación. Ni Felipe ni su madre podrían haber leído aquellos libros ni escrito aquellos versos burdos pero conmovedores. Era evidente que mis pasos sacrílegos me habían llevado a la habitación de la hija de la casa. Dios sabe que mi conciencia me recriminaba duramente por aquella indiscreción. La idea de haberme inmiscuido en la intimidad de una niña colocada en una situación tan extraña, y el temor a que ella pudiera llegar a enterarse, me oprimían como una gran culpa. Además me reprochaba mis sospechas de la noche anterior y me asombraba de haber podido atribuir unos gritos tan horripilantes a alguien a quien concebía ahora como una santa, de rostro espectral, devastado por el ayuno y entregada a las prácticas de una devoción mecánica, que convivía con sus absurdos parientes con una terrible soledad del alma, y cuando me asomé a la balaustrada de la galería y contemplé el huerto de granados y a la mujer somnolienta y tan bien vestida que, justo en ese momento, se desperezaba y relamía como saboreando la sensualidad de su pereza, mi imaginación comparó enseguida la escena con la fría habitación orientada al norte y a las montañas donde vivía la hija.

Esa misma tarde, desde lo alto de mi promontorio, vi al cura cruzando las puertas de la casa. El descubrimiento del carácter de la hija me había conmovido y casi había borrado los horrores de la noche anterior, pero al ver a aquel hombre virtuoso volví a recordarlos. Bajé del otero, di un rodeo por el bosque y me aposté junto al camino para salirle al paso. En cuanto apareció, me adelanté y me presenté como el huésped de la casa. Tenía un rostro serio e íntegro en el que era fácil leer la mezcla de emociones con que me consideraba como extranjero, hereje y sin embargo herido por la buena causa. Habló de la familia con reserva y al mismo tiempo con respeto. Le expliqué que todavía no había visto a la hija y él respondió que así era como debía ser y se quedó mirándome con aire inquisitivo. Por fin, reuní el valor necesario para hablarle de los gritos que me habían despertado aquella noche. Me escuchó en silencio y luego se inclinó e hizo un gesto como para darme a entender que debíamos despedirnos.

—¿Toma usted rapé? —preguntó ofreciéndome su petaca y, cuando rehusé, añadió—:Yo soy un viejo y, si me permite que se lo recuerde, usted no es más que un huésped.

—¿Significa eso —repliqué con firmeza, aunque aquel reproche implícito me hizo ruborizar— que me autoriza usted a dejar que las cosas sigan como están, sin intervenir?

—Sí —respondió.

Y, con un extraño saludo, se dio la vuelta y me dejó allí plantado. Pero había hecho dos cosas: había tranquilizado mi conciencia y despertado mi sentido de la discreción. Una vez más hice un gran esfuerzo por borrar de mi memoria el recuerdo de la noche, y volví a sumirme en mis ensoñaciones sobre la poetisa santa. Al mismo tiempo, no lograba olvidar que me habían encerrado y esa noche, cuando Felipe me trajo la cena, lo abordé con cuidado sobre ambos asuntos.

—Nunca veo a tu hermana —observé como por casualidad.

—¡Oh, no! —respondió—. Es muy buena, vaya si lo es.

Y enseguida se puso a hablar de otra cosa.

—Debe de ser muy devota, ¿no? —pregunté aprovechando la pausa siguiente.

—¡Oh! —exclamó juntando las manos con fervor—. Es una santa, ella es quien me da fuerzas.

—Tienes mucha suerte —repuse—, pues me temo que a la mayoría, y yo me incluyo entre ellos, se nos da mejor caer.

—Señor —replicó Felipe muy serio—, no se debe hablar así. No tiente a su ángel de la guarda. Si uno se deja caer, ¿qué puede detenerlo?

—Vaya, Felipe —dije—, no tenía ni idea de que fueses predicador, y además de los buenos, aunque supongo que debe ser cosa de tu hermana, ¿no es así?

Él asintió con los ojos muy abiertos.

—En ese caso —proseguí—, también te habrá recriminado tu crueldad.

—¡Doce veces! —exclamó, pues esa era la frase con que expresaba la frecuencia aquella extraña criatura—. Y le conté que usted también lo había hecho…, lo recuerdo muy bien —añadió orgulloso—, y ella estuvo de acuerdo.

—Entonces, Felipe, ¿qué eran esos gritos que oí anoche? Porque estoy seguro de que eran los gritos de sufrimiento de algún animal.

—El viento —replicó Felipe mirando fijamente el fuego.

Le cogí la mano y él, tomando aquel gesto por una caricia, me sonrió con una felicidad tan completa que casi me desarma. Pero hice acopio de fuerzas y proseguí:

—El viento —repetí—, pues yo creo que fue esta mano la que me encerró con llave. —El muchacho se conmovió visiblemente, pero no respondió nada—. En fin, soy forastero y un simple huésped, así que no me atañe a mí entrometerme o juzgar tus asuntos; para eso ya tienes los consejos de tu hermana, que sin duda deben de ser excelentes. Pero, en lo que a mí se refiere, me niego a ser el prisionero de nadie y exijo que me des la llave.

Media hora más tarde, la puerta se abrió de golpe y la llave cayó resonando al suelo.

Uno o dos días después, volví de mi paseo justo antes de las doce. La señora estaba tumbada medio adormilada en el umbral de su cuarto; las palomas dormitaban debajo del alero como copos de nieve; la casa entera se hallaba sumida en el profundo hechizo del silencio del mediodía y solo la suave brisa de las montañas se colaba en las galerías, susurraba entre los granados y agitaba agradablemente las sombras. Tanto sosiego acabó por contagiarme, así que atravesé el patio a toda prisa y subí por las escaleras de mármol. Acababa de poner el pie en el rellano cuando se abrió una puerta y me encontré cara a cara con Olalla. La sorpresa me dejó paralizado: su belleza me llegó a lo más hondo, destacaba entre las negras sombras de la galería como una gema de muchos colores; sus ojos se clavaron en los míos y nos unimos como si hubiésemos juntado las manos; aquel momento que pasamos frente a frente, bebiéndonos el uno al otro, fue sacramental y en él se dio la comunión de nuestras almas. Ignoro cuánto tiempo pasaría antes de que despertase de aquel profundo trance, hiciera una rápida reverencia y siguiera mi camino hacia el piso de arriba. Ella no se movió, pero me siguió con sus ojos grandes y anhelantes, y justo antes de desaparecer de su vista me pareció verla palidecer y desmayarse.

Una vez en mi habitación, me asomé a la ventana incapaz de comprender qué cambio había acontecido en aquella austera cadena de montañas que ahora parecían brillar y cantar bajo los airosos cielos. ¡Había visto a Olalla…! Y las peñas respondían «Olalla», y el cielo azul repetía mudo e insondable: «Olalla». La pálida santa de mis sueños había desaparecido para siempre y en su lugar contemplaba a esta doncella en quien Dios había derramado pródigamente los más vivos colores y las más exuberantes energías vitales, a quien había hecho ágil como una cierva, esbelta como un junco, y en cuyos grandes ojos había encendido las lámparas del alma. El estremecimiento de su juventud, tan tensa como la de un animal salvaje, se había colado en mis huesos, la fuerza del alma que emanaba por sus ojos había conquistado los míos, incendiado mi corazón y henchido mis labios de canciones. Ahora corría por mis venas y formaba parte de mi ser.

Aquel entusiasmo no decreció, mi alma se refugió en su éxtasis como en un sólido castillo, asediada por frías y tristes consideraciones. No me cabía la menor duda de que me había enamorado de ella desde el primer momento y con un ardor tembloroso que nunca había conocido antes. ¿Qué ocurriría ahora? Era la hija de una familia afligida: la hija de la señora, la hermana de Felipe, su misma belleza lo delataba. Tenía la ligereza y la vivacidad del uno, ágil como una flecha y leve como el rocío; y destacaba como la otra con la brillantez de las flores contra el pálido trasfondo del mundo. Yo nunca podría llamar hermano a aquel muchacho medio idiota, ni madre a aquel montón de carne tan encantador como impasible, cuya mirada estúpida y su perpetua sonrisa recordé ahora con desagrado. Y, si no podía casarme con ella, entonces, ¿qué…? Estaba terriblemente desamparada: sus ojos, en aquella larga y única mirada que habíamos intercambiado, habían confesado una debilidad igual a la mía, pero en el fondo de mi corazón sabía que era la misma joven que estudiaba en la fría habitación del norte y que había escrito aquellos versos tan tristes y eso bastaba para conmover a cualquiera. No me vi capaz de huir, pero me propuse observar una constante circunspección.

Al apartarme de la ventana posé la mirada en el retrato. Parecía haberse apagado como una vela al salir el sol: me seguía con sus ojos de pintura. Yo era consciente del parecido y me maravillaba la tenacidad de aquella estirpe decadente, pero ahora la diferencia había borrado cualquier semejanza. Recordé que lo había tenido por algo inalcanzable en esta vida, producto de la destreza del artista y no de la modestia de la naturaleza, y me maravillé de haber podido pensar tal cosa mientras recordaba regocijado la imagen de Olalla. Había contemplado antes la belleza sin dejar que me hechizara y me había sentido atraído por mujeres que solo a mí me parecían hermosas, pero Olalla reunía todo lo que yo deseaba y no me había atrevido a imaginar.

No la vi al día siguiente y el corazón se me encogió y mis ojos ansiaron verla igual que la gente ansía que llegue el día. Pero un día después, al regresar a la hora acostumbrada, volví a encontrármela en la galería y nuestras miradas volvieron a unirse y abrazarse. Sentí impulsos de hablarle y de acercarme, pero, a pesar de que me atraía como un imán, me contuvo algo todavía más imperioso y me limité a inclinar la cabeza y pasar de largo. Ella no respondió y me siguió con sus nobles ojos.

Tenía grabada su imagen en la memoria, y, cuando recordaba mentalmente sus rasgos, me daba la sensación de estar leyendo en su corazón. Vestía con la misma coquetería que su madre y compartía su afición por los colores alegres. Su vestido, que estaba seguro de que había hecho con sus propias manos, la envolvía con gracia y atractivo. Además, según la moda del país, el corpiño se abría por el centro y formaba un profundo escote en el que, a pesar de la pobreza de la familia, una moneda de oro colgada de una cinta descansaba sobre su pecho moreno. Aquellas eran pruebas, en caso de que siguieran haciendo falta, de su innato amor a la vida y de su propio encanto personal. Por otro lado, en aquellos ojos que se abismaban en los míos yo leía capas cada vez más profundas de pasión y de tristeza, destellos de poesía y esperanza, negruras de desesperación y pensamientos que se elevaban por encima del mundo. Su cuerpo era delicioso, pero su ocupante, el alma, merecía con creces una morada como aquella. ¿Acaso debía yo permitir que aquella flor incomparable se marchitase sola entre aquellas agrestes montañas? ¿Debía despreciar el regalo del elocuente silencio de sus ojos? La suya era un alma emparedada, ¿no debía yo derribar las puertas de su prisión? Dejé de lado todas las demás consideraciones y juré que sería mía aunque fuese hija del mismísimo Herodes; y esa misma tarde, con una sensación que era una mezcla de traición y deshonra, me dediqué a ganarme al hermano. Puede que lo mirase con mejores ojos o que el mero recuerdo de su hermana bastara para despertar las mejores cualidades de aquel alma imperfecta, el caso es que nunca antes me había caído tan simpático y su parecido con Olalla, aunque por un lado me irritaba, por otro me tranquilizaba.

Pasó en vano un tercer día: un desierto de horas vacías. No quise perder ni una sola ocasión y pasé la tarde haraganeando en el patio donde (a modo de excusa) estuve hablando con la señora más de lo acostumbrado. Dios sabe que ahora la estudiaba con el interés más tierno y sincero y que empezaba a albergar una cálida tolerancia, tanto por Felipe como por la señora. Y, no obstante, seguía sorprendiéndome. A veces se dormía incluso mientras hablaba conmigo y se despertaba de pronto sin avergonzarse lo más mínimo, y aquella compostura me dejaba perplejo. Además, cuando observaba cómo cambiaba inapreciablemente de postura y saboreaba y se deleitaba con el placer físico de aquellos movimientos, no podía sino maravillarme ante semejantes extremos de sensualidad pasiva. Vivía en su cuerpo y toda su conciencia estaba diseminada por sus miembros donde habitaba cómodamente. Por último, no lograba acostumbrarme a sus ojos. Cada vez que volvía hacia mí aquellas órbitas grandes, hermosas e indiferentes, abiertas a la luz del día, pero cerradas a la comprensión humana —cada vez que tenía ocasión de observar el fugaz cambio de sus pupilas, que se dilataban y contraían sin venir a cuento—, no sé lo que sentía, no sabría poner en palabras la confusa sensación de pesadumbre, irritación y desagrado que estremecía mis nervios. Traté de hablarle de muchos asuntos distintos, todos en vano, y por fin desvié la conversación hacia su hija. Pero incluso en eso se mostró indiferente: dijo que era muy guapa, que (como ocurre con los niños) era el mejor elogio que se le ocurría, pero fue incapaz de ir más allá; y cuando observé que Olalla parecía muy callada, se limitó a bostezarme en la cara y a replicar que de nada servía hablar cuando no se tenía nada que decir.

—La gente habla demasiado, demasiado —añadió, mirándome con las pupilas dilatadas; y luego volvió a bostezar y me mostró una boca tan exquisita como la de una muñeca.

Esta vez me di por enterado, la dejé descansar y subí a mi habitación donde me senté junto a la ventana abierta y me puse a contemplar las montañas sin verlas, sumido en brillantes y profundas ensoñaciones, y escuchando en la imaginación una voz que nunca había oído.

Al quinto día me desperté presa de una alegre expectación que parecía capaz de desafiar al mismo destino. Me sentía seguro de mí mismo, ágil de pies y manos, y resolví dar a conocer mi amor. Se acabó el estar atado por el silencio y el vivir solo por los ojos, como los animales; ahora participaría también el espíritu y disfrutaría de los goces de la intimidad humana. Estaba tan lleno de descabelladas esperanzas como un explorador camino de El Dorado, ya no me asustaba aventurarme en las regiones más recónditas y deliciosas de su alma. Sin embargo, cuando la vi, toda esa pasión me desbordó y ofuscó mi imaginación, me quedé sin palabras como un niño y me acerqué a ella como quien se aproxima vacilante al borde del abismo. Al verme avanzar, retrocedió un poco, aunque siguió clavando sus ojos en los míos como animándome a seguir. Por fin, cuando la tuve al alcance de la mano, me paré. No tenía palabras, si daba un paso más, lo único que podría hacer sería abrazarla calladamente contra mi pecho, y la poca cordura que me restaba se sublevó contra la idea de abordarla de ese modo. Nos quedamos allí por un segundo, con toda nuestra vida ante los ojos, intercambiando oleadas de atracción y resistiéndonos a pesar de todo; y luego, mediante un gran esfuerzo de la voluntad y consciente de la brusca amargura de aquel desengaño, me di la vuelta y me alejé en silencio.

¿Qué me había sucedido que me había quedado sin habla? Y ella, ¿por qué no había dicho nada? ¿Por qué se apartaba de mí muda y con ojos fascinados? ¿Era eso amor? ¿O solo una mera atracción animal, inconsciente e inevitable, como la del imán por el acero? No habíamos cruzado una sola palabra, éramos unos completos desconocidos, y sin embargo nos unía tácitamente una influencia tan fuerte como el abrazo de un gigante. A mí me consumía la impaciencia, pues la sabía digna de mi amor: había visto sus libros, leído sus versos y sondeado, en cierto modo, el alma de mi amada. En cambio ella parecía casi fría. No sabía nada de mí, salvo que yo la atraía como las piedras cuando caen al suelo, y que las leyes que gobiernan la tierra la empujaban a mis brazos sin su consentimiento; pero a mí me repelía aquella unión y empecé a sentir celos de mí mismo. No era así como quería que me amase. Luego me dominó la compasión que me inspiraba la chica. Pensé en la terrible vergüenza que ella, la estudiosa, la reclusa, la piadosa aya de Felipe, debía de sentir al haber confesado su invencible debilidad por un hombre con quien no había hablado jamás. Y aquella compasión acabó por prevalecer sobre todas las demás consideraciones y no deseé más que encontrarla, consolarla y tranquilizarla, explicarle que su amor era correspondido y que su elección, aunque la hubiese hecho a ciegas, no era del todo desacertada.

Al día siguiente hizo un tiempo espléndido: un dosel azul cubría las montañas, lucía el sol, el viento agitaba las copas de los árboles y los numerosos torrentes llenaban el aire de una música delicada y cautivadora. Sin embargo, a mí me embargaba la tristeza. Mi corazón lloraba por ver a Olalla igual que un niño por ver a su madre. Me senté en una roca al borde de los riscos que limitan la meseta por el norte. Desde allí se divisaban un arroyo y un valle boscoso donde no parecía haber nadie. En el estado en que me encontraba, casi resultaba conmovedor contemplar aquel paraje deshabitado. Solo me faltaba Olalla, y pensé, primero al borde mismo de las lágrimas y luego con una ardiente alegría que parecía crecer en fuerza y estatura como un Sansón, en la dicha y el placer que sería vivir con ella en aquel lugar agreste y delicioso con aquel aire tan puro.

De pronto vi acercarse a Olalla. Salió de un bosquecillo de alcornoques y fue directa hacia donde yo estaba. Yo me puse en pie para esperarla. A pesar de que se movía lenta y silenciosamente, su manera de andar traslucía tanta vida, fogosidad y ligereza que me maravilló. Sin embargo, su energía radicaba precisamente en aquella misma lentitud: comprendí que si no corría a mi encuentro era porque estaba haciendo un esfuerzo incomparable. En cambio se aproximó con la mirada baja, y cuando estuvo lo bastante cerca me habló sin mirarme. Nada más oír su voz sentí una especie de sobresalto. Era lo que tanto había estado esperando: la prueba definitiva de su amor. Y, ¡ay!, su pronunciación era clara y precisa, no ceceante ni entrecortada como la de los demás miembros de su familia; y su voz, aunque un poco más profunda que la de la mayoría de las mujeres, era juvenil y femenina. Hablaba en tono armonioso, doradas notas de contralto se mezclaban con otras más roncas, igual que los cabellos rojizos se mezclaban con los castaños en sus trenzas. No solo era una voz que hablaba directamente a mi corazón, sino que me hablaba de ella. Y no obstante sus palabras me sumieron de inmediato en la desesperación.

—Debe usted marcharse de aquí hoy mismo.

Su ejemplo sirvió para romper los lazos de mi mutismo, sentí como si me quitaran un peso de encima o se deshiciera un hechizo. No sé cómo le respondí, pero allí mismo, entre los riscos, volqué todo el ardor de mi pasión: le dije que vivía solo para pensar en ella, que dormía para soñar con su belleza y que renunciaría de buena gana a mi país, mi lengua y mis amigos para vivir siempre a su lado. Luego logré dominarme y cambié de tono: la tranquilicé, la consolé, le expliqué que había adivinado en ella un espíritu piadoso y heroico del que no me consideraba indigno y que ansiaba compartir y aliviar.

—La naturaleza —dije— es la voz de Dios, y no puede desobedecerse sin correr un gran peligro, y si nos hemos visto atraídos calladamente, como en un milagro de amor, debe de ser porque existe un engaste divino entre nuestras almas; debemos de estar hechos —continué— el uno para el otro. Y, si no obedeciéramos a este instinto, estaríamos rebelándonos locamente contra Dios.

Ella negó con la cabeza.

—Debe usted marcharse hoy mismo —repitió, y luego, con un gesto y un tono algo bruscos, exclamó—: No, hoy no, ¡mañana!

Aquella muestra de debilidad me insufló nuevas fuerzas. Extendí los brazos y grité su nombre. Ella saltó y se abrazó a mí. Las montañas giraron en torno nuestro, la tierra gimió. Me recorrió un estremecimiento que me dejó ciego y confuso. Un instante después me empujó, se apartó violentamente de mi abrazo y huyó entre los alcornocales con la ligereza de una cierva.

Yo me quedé allí clamando al cielo y luego volví a la casa como entre nubes. Ella me había echado, pero me había bastado con pronunciar su nombre para que viniera a mí. Era una de esas debilidades femeninas de las que ni siquiera ella estaba exenta. ¿Que me fuese? ¡Oh, no, yo no, Olalla!, ¡mi Olalla! Un pájaro cantaba por allí cerca y eso que en aquella estación los pájaros escaseaban. Me pareció de buen agüero. Y, una vez más, la faz de la naturaleza, desde las pesadas e inconmovibles montañas hasta la hoja más delgada y el insecto más minúsculo que volaba a la sombra de aquellos bosques, volvió a parecerme viva y alegre. El sol golpeaba las montañas como el herrero en el yunque y las hacía estremecer. Bajo aquel sol de justicia la tierra exhalaba aromas penetrantes y los bosques daban la impresión de estar en llamas. Sentí cómo la vibración del trabajo y la alegría recorrían la tierra. La fuerza elemental, primitiva, violenta y salvaje del amor que proclamaba mi corazón era como una clave que me permitía descifrar los misterios de la naturaleza, y las mismas piedras que crujían bajo mis pies me parecían vivas y amistosas. ¡Olalla! Su roce me había fortalecido y renovado, y me había hecho recobrar mi antigua armonía con la agreste naturaleza, había henchido mi alma de un modo que los hombres desconocen en sus tristes y civilizados salones. El amor ardía con furia en mi interior, la ternura crecía orgullosa; yo la odiaba, la adoraba, la compadecía y la reverenciaba extasiado. Era como un eslabón que me ligaba a la muerte por un lado y por el otro a un Dios puro y misericordioso: algo brutal y divino y emparentado al mismo tiempo con la inocencia y con las fuerzas indomeñables de la naturaleza.

La cabeza me daba vueltas cuando entré en el patio de la casa, y al ver a la madre sentí una especie de revelación. Estaba allí sentada, sumida en la dicha y en la indolencia, parpadeando bajo la fuerte luz del sol, dominada por un deleite pasivo, un ser aparte, ante el cual mi ardor se desvaneció como avergonzado. Me detuve un momento y, dominándome lo mejor que pude, le dije una palabra o dos. Ella me miró con una bondad infinita. Su voz, al responder, sonó como salida de aquel reino de paz en el que siempre estaba sumergida, y por primera vez sentí respeto por alguien tan invariablemente inocente y feliz, y seguí mi camino sorprendido de haberme dejado llevar por semejante arrebato.

En mi mesa había una hoja del mismo papel amarillento que había visto en la habitación del norte: estaba escrito a lápiz con la misma letra, la letra de Olalla, lo cogí con una súbita sensación de alarma y leí:

 

Si siente usted algún aprecio por Olalla, si alberga algún sentimiento de caballerosidad hacia una criatura tan llena de amargura, váyase de aquí hoy mismo; por compasión, por honor, en el nombre de quien murió por todos nosotros, le suplico que se vaya.

 

Miré estupefacto el papel y luego se despertó en mí un terrible cansancio y horror a la vida: el sol dejó de brillar en las montañas desnudas y empecé a temblar como aterrorizado. El vacío que acababa de abrirse en mi vida me acobardaba como un vacío físico. Ya no se trataba de mi corazón o mi felicidad, sino de la vida misma. No podía perderla, me dije una y otra vez. Y luego, como un sonámbulo, me acerqué a la ventana, alargué la mano para abrirla y rompí sin querer el cristal. La sangre brotó de mi muñeca, y con instantánea tranquilidad y dominio de mí mismo, apreté el pulgar contra la diminuta fuente que manaba sin cesar y pensé en lo que podía hacer. En aquella habitación no había nada que me sirviera y comprendí que necesitaba ayuda. Por mi imaginación pasó la esperanza de que fuese la propia Olalla quien me la prestara, así que me volví y bajé las escaleras, todavía con el pulgar apretado contra la herida.

No había ni rastro de Olalla o de Felipe, y me dirigí al rincón adonde se había retirado ahora la señora, que estaba adormilada junto al fuego, pues todo calor le parecía poco.

—Disculpe que la moleste, pero necesito su ayuda —dije.

Ella alzó la vista con aire somnoliento y me preguntó de qué se trataba, y al mismo tiempo me pareció notar que tomaba aliento y que las ventanas de la nariz se le dilataban llenas de vida.

—Me he cortado —respondí—, y es un corte bastante profundo. ¡Mire!

Y extendí las manos cubiertas de sangre.

Abrió mucho los ojos, sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en dos simples puntos y fue como si se apartara un velo de su cara, que se volvió mucho más expresiva aunque inescrutable. Y, mientras estaba allí plantado, sorprendido por aquella transformación, se acercó a mí y me cogió la mano. De pronto, se la llevó a la boca y me dio un mordisco que llegó hasta el hueso. El dolor del mordisco, la sangre que se puso a manar de pronto y la naturaleza monstruosa de aquel acto cruzaron por mi imaginación al mismo tiempo y la aparté de un empujón, pero ella siguió atacándome entre gritos bestiales, unos gritos que reconocí enseguida, pues eran los mismos que me habían despertado la noche del huracán. Le impulsaba la fuerza de la locura y yo estaba cada vez más débil por la pérdida de sangre y por el horror que me inspiraba aquel ataque abominable. Me tenía casi arrinconado contra la pared, cuando Olalla se interpuso entre nosotros, y Felipe, que la seguía de cerca, saltó sobre su madre y la sujetó contra el suelo.

La debilidad me hizo caer en una especie de trance: veía, oía y sentía, pero era incapaz de moverme. Oí el forcejeo que tenía lugar en el suelo, los alaridos de aquel gato montés que se alzaban hasta el cielo mientras trataba de alcanzarme. Sentí que Olalla me abrazaba, noté que su cabello me tapaba la cara, y que, con la fuerza de un hombre, me levantaba y me llevaba a rastras hasta mi habitación, donde me tumbó en la cama. Luego la vi cerrar la puerta con llave y pararse a escuchar los gritos que conmovían toda la casa. Y, por fin, rápida y ligera como el pensamiento, volvió junto a mí, me vendó la mano y la puso sobre su regazo, mientras gemía y se lamentaba con un sonido como el arrullo de una paloma. No eran palabras lo que pronunciaban sus labios, sino sonidos mucho más hermosos que el habla, infinitamente tiernos y conmovedores. Y, no obstante, mientras estaba allí postrado, una idea me hirió como una espada, una idea que, como el gusano en la flor, profanaba la santidad de mi amor. Sí, eran sonidos muy bellos, y estaban inspirados por la ternura, pero ¿era humana su belleza?

Pasé el resto del día acostado. Los gritos de aquella hembra innombrable que luchaba con su cachorro medio idiota siguieron retumbando en la casa durante mucho tiempo y me llenaron de repugnancia y pesar. Eran los gritos agónicos de mi amor, que había sido asesinado y hasta parecía escarnecerme. Y, sin embargo, por mucho que lo pensara y lo sintiese, seguía creciendo en mi interior como una tempestad de dulzura y mi corazón se fundía con sus miradas y sus caricias. Los temores que me habían invadido, las dudas que se cernían sobre Olalla y aquella vena salvaje y bestial, que no solo afectaba a la conducta de toda su familia, sino a los mismos cimientos de nuestro amor, me aterraban y asqueaban, pero no tenían la fuerza suficiente para romper el nudo de mi pasión.

Cuando cesaron los gritos, oí arañar la puerta y supe que Felipe estaba fuera. Olalla salió a hablar con él…, ignoro de qué. Pero, a excepción de ese momento, no se apartó de mi lado: bien arrodillada junto a mi cabecera y rezando fervientemente, o sentada en la cama con sus ojos clavados en los míos. Así que, a lo largo de esas seis horas, me empapé de su belleza y leí calladamente su vida en su semblante. Vi temblar la moneda dorada sobre su pecho cuando respiraba; vi cómo se iluminaban y oscurecían sus ojos mientras me hablaban con una insondable bondad; contemplé el óvalo perfecto de su rostro, y, a través del vestido, la silueta impecable de su cuerpo. Por fin anocheció, y en la creciente oscuridad de la habitación, su imagen se fue desdibujando lentamente, pero incluso entonces su mano siguió acariciando la mía y hablándome. Al yacer así, mortalmente debilitado, mientras contempla los rasgos de la amada, uno siente cómo su amor se reaviva a pesar de cualquier desengaño. Reflexioné y aparté de mí todos aquellos horrores, hasta que me sentí otra vez con fuerzas de aceptar lo peor. ¿Qué importaba todo, si aquel imperioso sentimiento sobrevivía, si sus ojos seguían llamándome y atrapándome, si hasta la última fibra de mi cuerpo dolorido suspiraba por ella? Muy entrada la noche, recobré algo las fuerzas y le dije:

—Olalla, no me importa lo ocurrido, y tampoco quiero saber nada; me basta con saber que te quiero.

Ella se arrodilló y estuvo un rato rezando y yo respeté su devoción. La luna había empezado a brillar a través de una de las tres ventanas y en la habitación reinaba una neblinosa claridad que me permitía verla vagamente. Cuando se puso en pie hizo la señal de la cruz.

—Ahora me toca a mí hablar —dijo—, y a ti escucharme. Lo que yo sé tú solo lo sospechas. He rezado mucho para que te fueses. Te lo he rogado, y sé que me habrías concedido incluso eso, pero si no es así… ¡deja que crea lo contrario!

—Te amo —respondí.

—Pero tú eres un hombre de mundo —replicó tras una pausa—, y también un hombre juicioso, y yo no soy más que una niña. Perdóname, si parece que intento darte lecciones, yo que soy tan ignorante como los árboles de las montañas; pero quienes aprenden mucho, no hacen sino rozar levemente el conocimiento: aprenden las leyes, conciben la dignidad del plan general de las cosas…, pero olvidan el horror de los hechos. Somos quienes nos quedamos en casa en presencia del mal, quienes lo recordamos con resignación. Vete, vete ahora y no me olvides. Así viviré en tus recuerdos una vida tan real como la que llevo en este cuerpo.

—Te quiero —repetí.

Luego alargué la mano, cogí la suya, me la llevé a los labios y la besé. Ella no se resistió, pero retrocedió un poco y noté que fruncía levemente el ceño, no con enfado, sino con tristeza y preocupación. Y luego pareció decidirse con un esfuerzo: tomó mi mano, se inclinó hacia delante y se la puso sobre el corazón.

—¿Lo ves? —exclamó—. Lo que notas es el eco de mi vida. Late solo por ti, es tuyo. ¿Puedo acaso llamarlo mío? Solo para ofrecértelo, igual que podría coger la medalla de mi cuello, o arrancar la rama de un árbol y entregártela. ¡Pero no serían mías! Vivo, o creo vivir (si es que existo) en otra parte, como una prisionera impotente, arrastrada y ensordecida por una chusma que repudio. Esta víscera, igual a la que late en los animales, te reconoce como dueño con solo rozarla; ¡sí, te ama! Pero ¿lo hace también mi alma? Creo que no. Lo ignoro y temo preguntarlo. Y, sin embargo, cuando me hablas, lo haces desde el fondo de tu alma, solo así has podido conquistarme.

—Olalla —respondí—, el cuerpo y el alma son una misma cosa, y más aún cuando se está enamorado. Lo que escoge el cuerpo, lo ama el alma; donde el cuerpo se aferra, se une el alma; y, cuerpo con cuerpo y alma con alma, acuden juntos a la llamada de Dios; y la parte más baja (si es que se puede llamar así) es solo el pedestal y el asiento de la más alta.

—¿Has visto los retratos de mis antepasados? —preguntó—. ¿Has mirado a mi madre o a Felipe? ¿Te has fijado en el retrato que cuelga junto a tu cama? La mujer que posó para él era una malvada que hace siglos que murió. Pero vuelve a mirarlo: ahí tienes mi mano reproducida hasta el más ínfimo detalle, ahí tienes mis ojos y mi cabello. ¿Qué es mío, entonces, y qué soy yo, si hasta la última curva de este cuerpo desdichado (que tú amas y por el que crees amarme), todos los gestos, las inflexiones de mi voz, las miradas de mis ojos, sí, incluso cuando hablo con mi amado, han pertenecido antes a otros? Mujeres, que llevan años muertas, enamoraron a otros hombres con mis ojos, y otros hombres oyeron suplicar a esta misma voz que ahora resuena en tus oídos. Las manos de los muertos hurgan en mis entrañas, me empujan, me impulsan, me arrastran: soy una marioneta bajo su mando, una mera reencarnación de facciones y atributos que llevan mucho tiempo separadas del mal por la quietud de la tumba. ¿Es a mí a quien amas o a la estirpe que me ha formado? ¿A la joven que no sabe ni puede responder de sí misma, o a la corriente en la que ella no es sino un remolino pasajero y al árbol de la que ella es un simple fruto efímero? La estirpe existe: es muy antigua, aunque se conserve siempre joven, y lleva en su seno su eterno destino. En ella un individuo sucede siempre a otro, como las olas en el mar, con un aparente dominio de sí mismo, pero en el fondo no son nada. Hablamos del alma, pero el alma radica en la estirpe.

—Te enfrentas a la ley natural —dije yo—. Y te rebelas contra la voz de Dios, que es tan persuasiva como imperiosa. ¡Óyela y escucha cómo habla entre nosotros! Tu mano se aferra a la mía, tu corazón se agita cuando te rozo, basta con una sola mirada para que los elementos desconocidos de los que estamos hechos despierten y se agiten al unísono; el barro de la tierra recuerda su vida independiente y anhela por unirse a nosotros. Nos atraemos el uno al otro igual que giran las estrellas en el firmamento, o que suben y bajan las mareas, impulsados por fuerzas mucho más antiguas y poderosas que nosotros mismos.

—¡Ay! —replicó ella—. ¿Qué puedo decirte? Hace ochocientos años, mis antepasados gobernaban toda esta provincia: eran sabios, nobles, astutos y crueles, una raza escogida entre los españoles, sus pendones conducían a la batalla, el rey los llamaba sus primos; la gente, cuando le ponían la soga al cuello o cuando volvía a sus chozas y las encontraba humeando, maldecía su nombre. Luego sobrevino un cambio. El hombre se ha elevado desde las bestias, pero, igual que procede de ellas, puede descender al mismo nivel. El aliento del cansancio sopló sobre aquella raza, los nervios se aflojaron y empezaron a decaer, su espíritu se adormeció, sus pasiones se agitaron como las imprevisibles rachas de viento que recorren los barrancos de las montañas, conservaron la belleza, pero no la inteligencia ni la bondad. Su simiente siguió propagándose envuelta en carne que cubría también los huesos, pero eran huesos y carne de bestias, y su inteligencia era inteligencia de mosquito. Es todo lo que me atrevo a decir, pero tú mismo has visto cómo ha girado hacia atrás la rueda en esta raza condenada a extinguirse. Yo estoy, por así decirlo, en un pequeño promontorio en la pendiente, y veo lo que hay delante y lo que hay detrás, lo que hemos perdido y hasta dónde estamos sentenciados a caer todavía. ¿Y voy a ser yo, que vivo apartada en la casa de mis antepasados y abomino de cada uno de sus actos, quien repita el hechizo? ¿Voy a encadenar a otro espíritu tan reacio como el mío a esta casa embrujada y destrozada por las tempestades en la que tanto he sufrido? ¿Voy a entregarles a mis descendientes este navío maldito, cargado de vida como de veneno, y a arrojarlo a la posteridad? He hecho un juramento: mi estirpe desaparecerá de la tierra. A estas horas mi hermano ya debe de estar preparándose, pronto oiremos sus pasos en la escalera y tú te irás con él y desaparecerás de mi vista para siempre. Recuérdame de vez en cuando como alguien a quien se le enseñó con mucha dureza la lección de la vida, pero que tuvo el valor de aprenderla; alguien que te amó, pero que se odiaba a sí misma tan profundamente que su amor le resultaba abominable; alguien que te apartó de su lado y que sin embargo ansiaba por retenerte para siempre; que no aspiraba más que a olvidarte y que nada temía más que la olvidaras.

Se había ido acercando a la puerta mientras hablaba y su voz profunda sonaba cada vez más suave y lejana, y al pronunciar la última palabra desapareció y me quedé solo en la habitación iluminada por la luna. No sé qué es lo que habría hecho de no haber estado tan postrado por mi extrema debilidad, pero lo cierto es que me embargaron un enorme vacío y desesperación. Poco después brilló junto a la puerta el resplandor rojizo de una linterna, Felipe entró, me cargó sobre sus hombros sin decir palabra, y me llevó hasta la puerta de la casa, donde esperaba la carreta. A la luz del claro de luna, el perfil de las montañas destacaba como si fuera de cartón; en la oscura meseta y entre los árboles que se mecían al unísono y centelleaban movidos por el viento, la enorme mole de la casa solariega resaltaba como un cubo negro, donde solo se veían tres ventanas tenuemente iluminadas en el lado norte, justo encima de la puerta. Eran las ventanas de la habitación de Olalla, y mientras la carreta avanzaba traqueteando, fijé mis ojos en ellas hasta que el camino se internó en el valle y dejé de verlas para siempre. Felipe caminaba en silencio junto a la lanza del carro, pero de vez en cuando frenaba a la mula y parecía mirarme, por fin se acercó y me puso la mano en la cabeza. Había tanta bondad y tanta ingenuidad animal en aquella caricia, que se me saltaron las lágrimas como la sangre de una arteria.

—Felipe —le dije—, llévame a donde no me hagan preguntas.

No me respondió, pero dio la vuelta a la mula y desandamos un rato el camino, luego tomó por otro sendero y me llevó a un pueblo de montaña que era, como decimos en Escocia, la cabeza de parroquia de aquella región casi deshabitada. Guardo algunos vagos recuerdos en mi memoria del amanecer en el llano, de la carreta deteniéndose, de unos brazos que me ayudaron a bajar, de la habitación donde me llevaron y de un desvanecimiento que fue como un sueño.

Al día siguiente y los que siguieron, el anciano sacerdote estuvo a menudo a mi cabecera con su breviario y su caja de rapé, y tiempo después, cuando empecé a recobrar las fuerzas, me dijo que me iba restableciendo y que debía acelerar lo más posible mi partida. Y, sin explicar sus motivos, tomó un poco de rapé y me miró de soslayo. Yo quise hacerme el desentendido, pues sabía que debía de haber visto a Olalla.

—Señor —dije—, ya sabe que no se lo pregunto por maldad. ¿Qué puede contarme de esa familia?

Me respondió que eran muy desdichados, que parecían una raza en decadencia, que eran muy pobres y habían vivido muy descuidados.

—Pero ella no —respondí—. Gracias, sin duda, a usted, es una mujer mucho más culta e instruida que la mayoría de las mujeres.

—Sí —dijo—, la señorita está bien educada. Pero la familia ha estado muy descuidada.

—¿La madre? —pregunté.

—Sí, la madre también —respondió el cura, tomando un pellizco de rapé—. Pero Felipe es un buen muchacho.

—La madre es muy excéntrica, ¿no le parece?

—Mucho —replicó el cura.

—Me parece, señor, que se está yendo por las ramas —dije—. Estoy convencido de que sabe usted más de mis asuntos de lo que aparenta. Sin duda sabe que mi curiosidad está justificada por muchos motivos. ¿Por qué no es más franco conmigo?

—Hijo mío —repuso el anciano caballero—. Seré muy franco con usted en todo lo que sea de mi competencia, pero en aquellas cuestiones que ignoro por completo no hace falta ser muy discreto para guardar silencio. No pienso andarme con evasivas, entiendo perfectamente lo que me dice, y lo único que puedo responderle es que estamos todos en manos de Dios y que sus caminos son inescrutables. Incluso he consultado a mis superiores en la Iglesia, pero ellos tampoco tienen respuesta. Es un gran misterio.

—¿Está loca? —pregunté.

—Le contestaré a usted lo que creo: a mi entender no lo está —respondió el cura—, o al menos no lo estaba. Cuando era joven (y que Dios me perdone si descuidé a ese cordero salvaje) sin duda estaba cuerda, y no obstante, aunque no la llevaba a tales extremos, ya se notaba esa vena que también había afligido a su padre y aun a otros de sus antepasados, tal vez eso me hizo quitarle importancia. Pero estas cosas van en aumento, no solo en los individuos, sino en la familia.

—Cuando era joven… —empecé, pero me falló la voz y tuve que hacer un gran esfuerzo para añadir—: ¿se parecía a Olalla?

—¡No lo quiera Dios! —exclamó el cura—. No permita Dios que nadie piense tal cosa de mi penitente favorita. No, no, la señorita (aparte de su belleza, que yo, honradamente, desearía que fuese menor) no se parece en nada a su madre cuando tenía su edad. No soporto que lo imagine siquiera, aunque el cielo sabe que tal vez le convendría hacerlo.

Al oírlo me incorporé en la cama y le abrí mi corazón a aquel anciano: le hablé de nuestro amor y de su decisión, admití mis propios miedos y mis fantasías y le expliqué que les había puesto fin, y con algo más que una sumisión puramente formal, apelé a su juicio.

Me escuchó con paciencia y sin sorprenderse lo más mínimo, y cuando terminé, guardó silencio un rato. Luego empezó:

—La Iglesia… —Y enseguida se interrumpió para disculparse—. Olvidaba, hijo mío, que no es usted católico —dijo—. Aunque lo cierto es que no puede decirse que la Iglesia se haya pronunciado en un caso tan poco corriente como este. Pero ¿quiere usted mi opinión? En un asunto así no se me ocurre mejor juez que la señorita; si yo estuviese en su lugar, aceptaría su decisión.

Dicho lo cual se marchó, y a partir de entonces sus visitas se volvieron menos frecuentes; de hecho, a medida que me fui restableciendo se fue haciendo evidente que temía y desaprobaba mi compañía, y no tanto por disgusto como por miedo al enigma de la esfinge. Los lugareños también me esquivaban y se negaban a servirme de guía en las montañas. Noté que me miraban con recelo y comprobé que los más supersticiosos incluso se persignaban al verme. Al principio lo atribuí a mis opiniones heréticas, pero por fin comprendí que si desconfiaban era porque me había alojado en aquella casa. Cualquiera habría pasado por alto las descabelladas supersticiones de esos campesinos, pero yo era consciente de una fría sombra que parecía abatirse sobre mi amor. No lo venció, aunque no negaré que apagó mis ardores.

A unos kilómetros al oeste del pueblo había una brecha en la sierra a través de la cual se divisaba la casa solariega, y adquirí la costumbre de ir allí a diario. Un bosque coronaba la cima y, justo donde el camino bordeaba el lindero, había una repisa de roca en la que se alzaba un crucifijo de tamaño natural y diseño más torturado de lo habitual. Aquel rincón se convirtió en mi atalaya: desde allí, día tras día, contemplaba la meseta y la gran casa solariega y veía a Felipe, más pequeño que una mosca, pululando por el huerto. A veces la niebla tapaba la vista hasta que el viento de la montaña volvía a dispersarla; en ocasiones la llanura dormitaba a mis pies a plena luz del sol o era borrada por la lluvia. Aquel lejano lugar, y aquellas vistas interrumpidas del sitio donde mi vida había cambiado de un modo tan extraño, casaban muy bien con la indecisión de mi estado de ánimo. Pasé allí días enteros, sopesando los distintos elementos de nuestra situación, inclinándome a las sugerencias del amor o prestando oído a la prudencia, para terminar siempre dudando entre ambas cosas.

Un día en que estaba yo sentado en mi roca pasó por allí un campesino muy delgado envuelto en una capa. Era forastero y no debía de conocerme ni siquiera de oídas, pues en lugar de dar un rodeo, se acercó, se sentó a mi lado y nos pusimos a hablar. Entre otras cosas, me contó que había sido arriero y que en otra época había frecuentado mucho aquellas montañas; luego se había enrolado en el ejército con sus mulas hasta que había ganado lo suficiente para vivir retirado con su familia.

—¿Conoce usted aquella casa? —pregunté por fin señalando hacia allí, pues me aburría cualquier conversación que me impidiera pensar en Olalla.

Me miró con aire sombrío y se santiguó.

—¡Más de lo que quisiera! —respondió—, ahí fue donde uno de mis compañeros vendió su alma al diablo; ¡la Virgen nos guarde de tales tentaciones! Pagó por ello y ahora arde en el pozo más negro del infierno. —El temor me embargó y no acerté a responderle. Luego el hombre siguió, como si hablara para sí mismo—: Sí, claro que la conozco. Una vez estuve en ella. Esa noche el desfiladero estaba cubierto de nieve empujada por el viento y no me cabe duda de que la muerte rondaba las montañas, pero había algo peor junto a la chimenea. Lo cogí del brazo, señor, y lo arrastré hasta la puerta, le pedí por lo que más quería y respetaba que me acompañase, me arrodillé ante él sobre la nieve y noté que mis súplicas lo conmovían. Y justo entonces ella salió a la galería y lo llamó por su nombre, y él se dio la vuelta y la vio con una lámpara en la mano pidiéndole que volviera con una sonrisa. Yo clamé al cielo y lo abracé, pero él me empujó y se fue. Había tomado una decisión, que Dios nos asista. Habría rezado por él, pero ¿para qué? Hay pecados que ni siquiera el Papa puede perdonar.

—¿Y qué fue de su amigo?

—Dios sabe —respondió el arriero—. De ser cierto lo que se dice, su fin, como sus pecados, fue para ponerle a uno los pelos de punta.

—¿Quiere decir que lo mataron? —pregunté.

—Pues claro que lo mataron —replicó el hombre—. Pero ¿cómo?, ¿eh, cómo? Solo hablar de esas cosas ya es un pecado.

—La gente de la casa… —empecé a decir.

Pero el hombre me interrumpió con un brusco arrebato.

—¿La gente? —exclamó—. ¿Qué gente? ¡En esa casa de Satanás no hay ni hombres ni mujeres! ¿Cómo puede haber vivido aquí tanto tiempo sin enterarse?

Luego se acercó y me susurró al oído como si temiera que las aves de la montaña pudieran oírlo y horrorizarse.

Lo que me contó no era cierto, ni siquiera original, sino tan solo una nueva versión, adornada por la ignorancia y superstición de los lugareños, de varias leyendas tan antiguas como la raza humana. Pero sus posibles consecuencias me horrorizaron. En los viejos tiempos, dijo, la Iglesia habría quemado aquel nido de basiliscos, pero el brazo de la Iglesia ya no era tan largo: su amigo Miguel había escapado al castigo de los hombres y había sido dejado al juicio mucho más terrible de un Dios ofendido. Semejante error no debería volver a ocurrir. El cura ya estaba viejo y probablemente embrujado, pero ahora su rebaño estaba al tanto del peligro y algún día —sí, y no muy lejano— el humo de aquella casa se alzaría hasta el cielo.

Me dejó espantado y horrorizado. No sabía qué decisión tomar, si avisar primero al cura o llevar las funestas noticias directamente a los amenazados habitantes de la casa. El destino decidió por mí, pues mientras estaba allí lleno de dudas, vi a una mujer cubierta con un velo que se aproximaba por el camino. Ningún velo habría podido ocultármela, en cada curva y cada movimiento de su cuerpo reconocí a Olalla, y, oculto tras un saliente en la roca, esperé a que llegase a la cima. Luego le salí al paso. Ella me reconoció y se detuvo, pero no habló; yo también guardé silencio, y los dos nos miramos con apasionada tristeza.

—Pensaba que te habías ido —dijo por fin—. Lo mejor que podrías hacer por mí es marcharte. Es lo único que te he pedido. Y tú te empeñas en quedarte. ¿Es que no sabes que, con cada día que pasa, aumenta el peligro no solo para ti, sino para todos nosotros? Por las montañas corre el rumor de que me amas, y la gente no está dispuesta a permitirlo.

Comprendí que estaba al tanto del peligro y me alegré.

—Olalla —dije—, estoy dispuesto a marcharme hoy, ahora mismo si quieres, pero no solo.

Se apartó y se arrodilló delante del crucifijo para rezar. Yo me quedé contemplándolos a ella y al objeto de su adoración: la conmovedora figura de la penitente y el rostro espantosamente lívido, las heridas pintadas y las costillas marcadas de la imagen. Solo el chillido de unas aves que, sorprendidas o asustadas, trazaban círculos alrededor de la cumbre de las montañas interrumpía el silencio. Luego Olalla se incorporó, se volvió hacia mí, se levantó el velo y, apoyándose todavía en el crucifijo, me miró con semblante pálido y triste.

—Tengo la mano en la cruz —dijo—. El cura dice que no eres católico, pero mira con mis ojos y contempla el rostro del Crucificado. Somos todos como Él: los herederos del pecado; debemos soportar y expiar un pecado que no es nuestro. Todos, incluso yo, tenemos una chispa divina en nuestro interior. Como Él debemos soportar nuestra propia cruz hasta que la mañana nos traiga un poco de paz. Deja que siga mi camino, pues así como estaré menos sola, teniendo por compañía a aquel que es amigo de todos los desdichados, así es como seré más feliz, tras renunciar a la felicidad terrenal y aceptar de buen grado mi parte de dolor.

Miré el rostro del Cristo, y, aunque no soy amigo de imágenes y desprecio ese arte imitativo y exagerado, del cual era un tosco ejemplo, comprendí en parte su sentido. Aquel rostro me miraba contraído de dolor y pesar, pero los rayos de gloria que lo rodeaban me recordaron que su sacrificio había sido voluntario. Estaba allí en lo alto de la roca igual que sigue estándolo en el cruce de muchos caminos, predicando en vano a los viajeros, como un símbolo de muchas verdades nobles y tristes: que el placer no es un fin, sino un accidente; que el dolor es la elección de los magnánimos, y que la virtud está en sufrir y hacer el bien. Me volví y descendí de la montaña en silencio, y cuando miré hacia atrás por última vez antes de que el bosque me tapara la vista, vi a Olalla apoyada todavía en el crucifijo.