CAPÍTULO 10

5 de julio

Veintiséis meses después del descubrimiento del THON

Joseph Barrera

Asesor político

¿Que si me culpo? ¿Contribuí a desatar esta tormenta de mierda? Puede. ¿Quién sabe? Es posible que los historiadores mancillen mi nombre, pero yo no pienso hacerlo.

Así que volvamos atrás. A la época en que llevaba trabajando como estratega político o empleado por partidos o consultoras desde mi graduación en la Universidad de Pensilvania. Dirigí la campaña de mi compañero de cuarto a presidente de clase. Era un holgazán borracho que sólo quería ganar para ponerlo en su currículo. Diseñé pegatinas con su nombre y las coloqué por todo el recinto universitario, sobre todo en los servicios. Cuando llegaron las elecciones, todos los estudiantes reconocían su nombre, así que ganó por goleada. Fue el presidente del cuerpo estudiantil más vago de la historia y ahora es el presidente de la Cámara de Representantes de Pensilvania, donde pasa el rato hasta que consiga dedicarse al lobbying.

A lo largo de los años he trabajado con muchos candidatos que se presentaban a cargos locales, estatales y nacionales. No me importaba sacarme algo de la manga de vez en cuando; lo que alguno llamaría «juego sucio». Ya saben: reclutar y pagar los gastos administrativos para presentar a mendigos en las primarias, de modo que el voto se diluyera y se asegurara una segunda vuelta. O publicar rumores de que ciertos candidatos tenían una aventura amorosa. Cotilleos sobre hijos ilegítimos o problemas graves de salud mental. Cosas por el estilo.

Pero funcionaba. Tuve mucha suerte con candidatos desconocidos en las primarias demócratas y los ayudé a alcanzar la victoria, sobre todo en contra de los republicanos en el cargo, algunos con varias legislaturas y décadas de trabajo a sus espaldas. Creo que era porque me encantaban los retos. También es probable que tuviera más en común con los demócratas progresistas que con las demás afiliaciones políticas. Siempre quise saber cuánto se podía avanzar antes de que te pararan en seco: más impuestos, más regulación, más marihuana… ¿Hasta qué punto podía conseguir imponer mis valores sobre los acosados candidatos que me contrataban?

Unos cinco meses después de mi última victoria (Lisa Manning, en Salt Lake City) y tras cinco meses de aburrimiento profundo reu-niéndome con posibles clientes de empresas privadas en Chicago, recibí una llamada telefónica de una socia de uno de los bufetes más importantes de Illinois y California. Se llamaba Judy Green, y nos habíamos visto en varias fiestas de recaudación de fondos, puesto que su bufete era uno de los principales donantes tanto de republicanos como de demócratas. No quería hablar sobre su propuesta por teléfono; me pidió que me reuniera con ella en persona, y deprisa.

Quedamos para comer al día siguiente en un restaurante montado en una caravana, en Logan Square. Nos sentamos en una de esas mesas de pícnic restauradas que parecían atrezo de Juego de tronos, hechas de roble hueco y después adornadas de manera inexplicable con viejos carteles de conciertos de los setenta. Pedí un sándwich de carne asada con patatas fritas rizadas y July, la ensalada verde. Regamos la comida con sendas jarras de cerveza artesanal.

Tras unos minutos de charla insustancial sobre nuestros recientes viajes a Europa, Judy dejó el tenedor.

—Supongo que te mueres de curiosidad —me dijo, esbozando una media sonrisa.

Respondí con la boca llena de carne asada.

—Supones bien.

—No hace falta que te diga que has tenido una racha increíble de éxitos electorales —empezó, y me señaló con el tenedor—. Tanto yo como otra gente que sabe mucho más que yo diríamos que, en estos momentos, estás entre los cinco primeros estrategas políticos del país. Pero con una presidenta electa que se presenta a la reelección, vas a tardar un tiempo en conseguir una campaña presidencial que tenga alguna oportunidad.

—Cierto —contesté—. Pero me irá bien. Así me dejarán tranquilo una temporada.

—¿Un tío competitivo como tú? —preguntó ella, sonriente, mientras se inclinaba sobre la mesa—. Como sigas mintiendo tan mal, vas a dejar en mal lugar a todos los asesores políticos.

La mujer tenía razón, pero odiaba tener que enseñar mis cartas tan pronto. Me encogí de hombros.

—Sé que sólo has trabajado con candidatos demócratas —añadió mientras observaba a los pájaros que picoteaban las migajas del suelo.

—Porque soy demócrata —respondí, puede que algo más alto de lo que pretendía. Empezaba a preguntarme adónde quería llegar. ¿Acaso pretendía contratarme para el bolo de alguna empresa?—. Dime lo que estás buscando, Judy.

—Vale —respondió ella tras respirar hondo—. No me permiten darte muchos detalles, pero me gustaría sondear tu interés por dirigir una campaña política. Te pagarían más que nunca. Eso prefiero dejártelo claro de inmediato. Te puedo decir que el candidato es un empresario con mucha pasta. Un recién llegado a la política, así que tu influencia tanto en la estrategia como en su política será decisiva. Y contarás con todo el dinero que pidas para montar una campaña de lujo.

Le di otro trago a la IPA. Me especializo en campañas que suponen un desafío, pero nunca había probado con alguien que no hubiera desempañado antes ningún cargo público.

—No necesito el dinero. Vivo por encima de mis posibilidades, pero sólo en cuanto a bares, prostitutas, strippers y drogas recreativas. —Judy arrugó la cara al sonreír—. Imagino que tiene truco —añadí.

—Unos cuantos, en realidad —repuso ella, encogiéndose de hombros—. En primer lugar, es republicano.

—Venga ya, Judy —exclamé, tras dejar la cerveza sobre la mesa—. Soy un verdadero creyente, ya lo sabes.

—Lo sé, Joseph —contestó ella tras agarrarme del brazo—. Pero esta campaña va a ser histórica. El… Este candidato no es un republicano típico.

—Vas a tener que darme una razón mejor.

Judy se levantó y se dirigió a la caravana para elegir otra cerveza de importación. Miré a mi alrededor; cada vez había menos comensales. Las comidas largas se estaban convirtiendo en una costumbre, y eso no me sentaba bien. Necesitaba la adrenalina de la competición, el drama y el estrés… Y no hay nada que encaje mejor en ese esquema que una campaña política.

Judy regresó con otra botella.

—Piensa en la reacción si diriges la campaña ganadora de un republicano después de hacerlo para los demócratas. Serías una leyenda. Y si le consigues un alto porcentaje de votos demócratas, podrías argumentar que te has encargado de una campaña completamente bipartisana. Después te ofrecerán publicar un libro. Y podrás elegir a los candidatos y las campañas que tú quieras.

Judy hizo una pausa para comerse la ensalada en silencio. Contemplé a las palomas que movían la cabeza arriba y abajo para picotear las migajas perdidas de pan. Intenté repasar mentalmente una posible agenda de empresarios ricos hasta la náusea de los que se rumoreaba su intención de meterse en política, pero no se me ocurría nadie. La mitad de los estados de la unión iban a pasar por elecciones gubernamentales, lo que no ayudaba a reducir las posibilidades.

—Vale, estoy oficialmente interesado. Pero eso no es un sí. No sé quién es el candidato y no sé en que estado será, y eso tiene su importancia…

—Lo sabrás. Sólo necesito que me digas que podemos pasar a la siguiente fase.

—¿Que es…?

—Una reunión. —Judy sonrió de nuevo y se limpió la boca con una servilleta. Parecía más contenta de lo normal—. Nada más que una reunión.

Para el fin de semana, yo ya estaba muy inquieto. Judy por fin me llamó el viernes. Se deshizo en disculpas por toda la intriga y se justificó alegando seguir las instrucciones de su cliente. «Lo entenderás cuando lo conozcas, te lo prometo». Me iba a recoger un coche de alquiler para llevarme a O’Hare, donde un jet privado me esperaría a mi llegada. Me confiscarían el teléfono. No se me informaría sobre nuestro destino hasta después de despegar.

En el interior de un lujosísimo jet privado Bombardier DB-700 me esperaba la tripulación de cabina de pasajeros. El avión contaba con una Xbox One X y unos cuantos libros, pero me dediqué a hacer garabatos y tomar notas en mi carpeta. No había acceso a internet. Uno de los pilotos salió para decirme, sonriente:

—Aterrizaremos en Las Cruces, Nuevo México, dentro de una hora, aproximadamente.

Después volvió a su cabina y yo me quedé meditando sobre nuestro destino.

Reflexioné sobre los múltiples problemas a los que un empresario o una empresaria se enfrentaría al presentarse a gobernador, senador o congresista, porque la mayoría de los empresarios que conocía nunca iniciarían una carrera política que apuntara más bajo. A pesar de que el dinero no lo resuelve todo.

Era entrada la noche cuando el avión por fin tomó tierra. No vi más aviones en el cielo ni en el suelo; habíamos llegado a las inmediaciones del aeropuerto y después habíamos estado volando en círculos una hora más hasta que se puso el sol. ¿Acaso me iban a llevar a un hotel a pasar la noche para reunirnos a primera hora de la mañana? En la pista me subieron a una limusina en la que ya estaba Judy Green, con su elegante traje de chaqueta y un reluciente iPad.

Debió de percibir mi sorpresa.

—Sé lo que estás pensando —me dijo.

—No lo creo.

Ella se rio.

—Estás pensando: «¿Por qué no ha venido conmigo en el avión?».

—Ni siquiera está el top ten de mis dudas —contesté—. Pero sí, el viaje habría sido mucho menos aburrido contigo.

—Lo entiendo, de verdad, pero tenía que encargarme de los preparativos para tu visita. Vamos a un bar de Las Cruces que se llama el Lonely Armadillo. Es un bar de mala muerte, para que la entrevista sea lo más discreta posible.

Contemplé la carretera desierta y el cielo repleto de estrellas a través de la ventanilla del coche.

—Esto ya no puede ponerse más raro.

—No estés tan seguro —repuso ella, apartando la vista.

Cuando la limusina se metió en un aparcamiento de grava, vi que Judy no mentía: era un antro de mala muerte, como sacado de una peli mala en la que el personaje principal entra, la música se para y todos los presentes se vuelven para mirarlo.

Judy y yo entramos; olía a tabaco y la máquina de discos tocaba London Homesick Blues. Era una máquina Calloway antigua, como la que tenía mi padre. La había comprado en una desvencijada chatarrería de Chicago a un viejo mexicano con un ojo de cristal. Solía recorrer la manzana con un bastón ahuecado y lleno de Johnnie Red al que le había colocado un tapón de corcho. El tío estaba como una puta cabra.

Unos cuantos clientes bebían cerveza sin hablar. Judy me condujo a un despacho del fondo. Curiosamente, el típico hombre Marlboro de la barra ni siquiera levantó la vista.

Me percaté de que había multitud de cámaras en el techo, y más aún concentradas sobre la puerta que daba al despacho. Oí el susurro de un cierre electrónico por control remoto al abrirse la puerta cuando Judy se colocó frente a ella. Había visto aquellos cierres en edificios seguros del Capitolio cuando formaba parte del personal de los distintos comités de inteligencia. Sin duda, medidas de seguridad de vanguardia. ¿Dónde coño estaba?

Dentro, cuatro hombres gigantescos vestidos con trajes negros (guardaespaldas privados, a todas luces) se encontraban junto a la puerta de un ascensor del fondo del despacho.

—¿En serio? —pregunté, mirando a Judy.

—La cosa se pone mejor, ya verás —contestó ella mientras la puerta se abría sin pulsar ningún botón.

Entramos y, en un segundo, bajamos dos o tres pisos. La puerta se abrió y llegamos a un pasillo corto y bien iluminado. Más cámaras que observaban cada centímetro cuadrado. Judy se dirigió a la puerta del final del pasillo.

Nos quedamos un momento frente a ella, supongo que esperando a que nos escaneara alguna cámara, antes de que se abriera por medios electrónicos y nos permitiera entrar a un despacho opulento, de dimensiones increíbles, con estanterías repletas de libros. Todos los muebles eran de cuero envejecido y roble, aunque la habitación tenía tan poca luz que apenas veía lo que tenía ante los ojos. Notaba que me subía la adrenalina casi tanto como la tensión arterial. Al acercarnos al escritorio, el hombre que estaba tras él se levantó. Su rostro me resultaba vagamente familiar, pero contuve el aliento y di un paso atrás al comprender que aquella era la persona a la que había ido a conocer.

Era un crepuscular.

Antes de aquello sólo había interactuado de pasada con los crepusculares. Había conocido a algunos en funciones políticas, recaudaciones de fondos e inauguraciones, pero pocos y en contadas ocasiones. Su presencia o su aura (además de su aspecto físico) me inquietaban.

El hombre me ofreció la mano. Lo primero que pensé fue en el persistente rumor de que a los crepusculares no les gustaba estrechar manos con personas que no lo eran. Sin embargo, el desconocido me envolvió la mano en lo que parecía ser un bolsillo de cálido terciopelo. Era tan suave y tan… rara. Sin estrechar la mano de Judy, señaló una silla frente al escritorio.

—Por favor —me dijo. Después miró a Judy—. Gracias, Judy.

Ella me guiñó un ojo y se fue. Fue entonces cuando caí en que aquel era el candidato que se quería presentar a un cargo público. Al sentarme, caí en lo enorme de la noticia: la más importante del año, y eso que se trataba de un año lleno de historias asombrosas. Seguía procesando la información mientras él me observaba. Empujó un papel sobre el escritorio para acercármelo.

—Es un acuerdo de confidencialidad —dijo—. Estándar.

Firmé el formulario sin tan siquiera leerlo. Le devolví el papel y me acomodé en la silla.

—Soy Nick Bindon Claremont.

Conocía el nombre. Nick Bindon Claremont, cincuenta y pocos, empresario industrial que había amasado su fortuna en el sector de los combustibles: fracking, carbón, refinerías e incluso centrales nucleares. Era multimillonario. Recuerdo alguna controversia cuando desapareció y se rumoreó sobre su recreación, hasta que su oficina de prensa emitió un comunicado en el que confirmaba que se había recreado, pero que eso no afectaría a los negocios centrales de la Claremont Corporation. Desde ese momento había procurado no dejarse ver demasiado. Había rechazado todas las entrevistas. Yo no sabía que residiera en Nuevo México.

—Encantado de conocerlo —dije mientras él guardaba el acuerdo en un sobre de fuelle que tenía sobre la mesa.

—Me gustaría ser el siguiente gobernador de Nuevo México —dijo, y dejó que lo asimilara—. ¿Qué le parece, Joseph?

Dejé escapar un suspiro antes de hablar.

—Bueno, por lo que recuerdo, la actual gobernadora del estado no puede volver a presentarse porque ha agotado sus mandatos. Y es una demócrata, así que mucha gente querrá un cambio. Puede que el clima sea el adecuado para un candidato que no proceda de la política y se presente por otro partido. Pero…

—Hablemos de lo evidente —dijo con su vibrante voz de barítono—: pero soy un crepuscular.

—Pero es un crepuscular —repetí—. En fin, la gente está empezando a aceptar su presencia en la sociedad. Aunque, mire… —Notaba el subidón de adrenalina, la cabeza me zumbaba—. Parte con muchas más ventajas. La novedad y la publicidad de las elecciones. La cantidad de dinero que puede invertir en su campaña. Todo eso ayuda, evidentemente.

—¿Y las desventajas?

—Bueno… Tendrá que limitar su campaña a las horas nocturnas. Existe una desconfianza natural en muchos votantes contra los crepusculares y sus objetivos. Y lo que más daño le hará es que no podrá aparecer en anuncios ni fotografías, ni en ningún otro medio impreso. Vamos, que ni siquiera podremos grabar su verdadera voz en la publicidad.

—Entonces, ¿cómo resolvemos…?

—Bueno, lo primero que se me ocurre, porque la campaña es un proceso orgánico que hay que adaptar e intentar ajustar en beneficio propio a medida que cambian las circunstancias, como la caída en las encuestas y la mala publicidad, es que en situaciones como la suya, la campaña debe incluir una gran cantidad de apariciones personales. Reunirse con los votantes cara a cara. Estrechar muchas manos. Es el único modo de compensar la falta de presencia en los medios convencionales.

Claremont se acomodó en su silla para meditarlo. Miraba más allá de mí. Oí su aliento moverse como la brisa.

—Hace que suene sencillo. Como un buen comercial.

—No lo es… No será sencillo —protesté—. Pero cuenta con algunas ventajas de partida. El dinero. La edad. Parece usted un puñetero gobernador: rostro aristocrático y perfecto cabello gris. Está claro que no será fácil. Sin embargo, si está dispuesto a aceptar los golpes, creo que tiene las cartas a su favor para ganar. Y, en cualquier caso, hará historia.

Nick miró hacia su derecha, hacia una zona más oscura del despacho… Era la tercera vez que miraba en aquella dirección. Me pregunté si se trataría de un tic.

—Lo que quiero saber es por qué es usted el hombre adecuado para este trabajo —dijo.

—¿De qué trabajo se trata? ¿De conseguir que lo elijan? Puedo conseguir que lo elijan. Es lo que hago: ganar elecciones complicadas. No tiene más que echarle un vistazo a mi currículo.

En la hipercompetitiva arena de la política, había descubierto que la confianza extrema casi siempre funcionaba con los políticos a los que les gustaban los retos.

—Madre mía, menuda labia. —Una voz distinta habló de repente. Estuve a punto de dar un bote en el asiento—. Casi dan ganas de verlo caerse de bruces.

La mujer más bella del mundo se había materializado junto al escritorio. Más adelante, porque me costaría recordar los detalles sobre ella durante muchos años, oiría a la gente describirla como la clase de mujer por la que las naciones van a la guerra. Una Helena de Troya real.

—Espero que sea capaz de ejecutar su plan con la misma destreza con la que lo describe —añadió.

Me quedé sin habla unos instantes (no sé ni cuántos) y descubrí que me costaba hilvanar mis ideas en su presencia.

—Cre-creo que mi… historial de campañas ganadas se puede aplicar a cualquier elección política.

Me limpié la boca con el puño de la chaqueta y vi que me temblaba la mano.

La mujer me miró con sus limpios ojos grises. La piel le brillaba como la arena al sol de la mañana. Llevaba un traje de chaqueta negro con una camisa blanca que se le ajustaba al terso cuerpo como una segunda piel. Nick esbozó una rápida sonrisa de cocodrilo y, a pesar de mi distracción, tomé nota mental de arreglar aquel detalle. Necesitaba una sonrisa más amigable si quería ganarse al electorado.

—Soy Leslie Claremont —me dijo ella, con los brazos cruzados sobre el pecho—. La esposa.

Desde el primer momento decidí que teníamos que mantener la campaña en secreto hasta realizar un anuncio oficial sorpresa en un lugar al aire libre, público, con mucha pompa y circunstancia: la remodelación de la Ópera de Santa Fe, una preciosa joya de la cultura de la ciudad financiada por la Claremont Corporation. Iba a culminar en un largo fin de semana de celebraciones abiertas a todos, con un gran espectáculo de fuegos artificiales cuando se cortara la cinta. Algo perfecto para familias…, cuyos miembros adultos eran, en su mayoría, votantes habituales.

No obstante, todavía faltaban dos semanas para eso, así que tenía que organizar el acontecimiento yo solo: desde la construcción del escenario principal a la colocación de las banderas y las luces, pasando por las invitaciones a los medios, que debían resultar intrigantes pero poco precisas. Todo parecía progresar adecuadamente (ni siquiera había vuelto a fumar y a beber whisky todavía) cuando, una semana antes del anuncio, me cayó encima una tormenta de mierda.

Recibí una llamada (bueno, un mensaje) de Wade Ashley.

Wade era un hábil reportero del Washington Post que dividía su tiempo entre las noticias políticas y los temas de los crepusculares. Había dado muchas exclusivas, incluido el intento de suicidio del senador Barnes durante su candidatura a la nominación demócrata para la presidencia, que Barnes después había intentado ocultar para continuar con su campaña en las primarias. Wade también destapó la historia de la reciente recreación de varios multimillonarios de los fondos de inversión y lo que significaba para la industria de las finanzas. Wade era listo. Un mensaje de su parte no podía traer nada bueno. Debía de haber oído algún rumor o había visto una pieza fuera de lugar en su tablero de ajedrez político, y eso había despertado su sexto sentido; sabía que había algo debajo de todas las nubes y los rastros camuflados. No serviría de nada desentenderse de él o intentar pasarle información falsa: era demasiado inteligente para eso, y no haría más que aumentar su curiosidad. Eso me dejaba con la única estrategia cuando se trata con un periodista metomentodo: negociar.

Tras consultarlo con Nick y Leslie (que parecían dispuestos a dejarme decidir), llamé a Wade. Me respondió a la primera.

—¡Joseph, amigo mío! ¿Cómo te va? —me preguntó con su energía hiperactiva de siempre.

Era raro en él que no fuera al grano.

—¿Qué puedo hacer por ti, Wade?

—Bueno… He oído algunas cosas y he sumado dos más dos… Sólo quería comentártelo, a ver qué opinas. —Se me puso el vello de punta—. Bueno —siguió—, pues estaba investigando para un artículo sobre la nueva cosecha de estrategas políticos de élite… Entre los cuales te pensaba incluir, claro. Pero llevabas un tiempo desaparecido. Por fin te localicé en Nuevo México.

—No hay mucho que contar —contesté—. La verdad es que es bastante aburrido. Estoy haciendo trabajo de relaciones públicas para la Claremont Corporation.

—Cierto. Pero entonces intenté llamar a alguna gente para ver si sabían qué estabas haciendo en Nuevo México. Nada. Así que seguí escarbando. ¡Es a lo que me dedico! Y encontré tu nombre en la lista de la Comisión de Ética de Nuevo México para un comité recién creado de acción política.

Estuve a punto de lanzar el teléfono contra la pared. Mierda. Pero opté por aferrarme al brazo del asiento. Como exigen las leyes estatales, tenía que realizar el papeleo obligatorio para gastar legalmente fondos con los que organizar el acontecimiento del anuncio. Lo bueno era que no se me requería indicar de dónde salían dichos fondos hasta el mes siguiente, bastante después del anuncio, cuando el secreto ya no tenía importancia. Por desgracia, sí que tenía que poner mi nombre en el formulario, como tesorero provisional del comité de acción política. Esperaba ser capaz de mantener oculta aquella información durante al menos otra semana, dado que, en realidad, nadie lee esos archivos éticos. Supongo que aposté y perdí.

—Bueno —contesté—. Tengo muchas cosas en el aire.

—Ajá. Y la remodelación de la Ópera de Santa Fe, con la financiación de la Claremont Corporation, está a punto de inaugurarse, y están invitando a un montón de medios a nivel estatal. ¿Puede que a algunos nacionales? Y me dije: «¿Por qué iba el gran Joseph Barrera a perder el tiempo con un bolo empresarial sin importancia en Nuevo México?». Así que investigué a Nick Claremont y…

Ya había oído suficiente. Sabía lo que pretendíamos. Había llegado el momento del control de daños.

—Vale… Vale, Wade. Deberías venirte por aquí para ver si podemos llegar a un acuerdo. Algo exclusivo.

Wade quería la exclusiva, así que no me preocupaba demasiado que la noticia se filtrara antes del anuncio oficial, pero Nick y Leslie no opinaron lo mismo cuando les informé sobre el nuevo contratiempo. Estaban preocupados, por decirlo suavemente. De hecho, parecían furiosos, aunque yo estaba acostumbrado a los obsesos del control, ya fueran crepusculares o humanos, así que los convencí de que me dejaran encargarme.

Me reuní con Wade al día siguiente en un restaurante mexicano venido a menos cercano al aeropuerto. Me dediqué a mordisquear con aire distraído una chalupa correosa mientras Wade se abalanzaba sobre un plato de enchiladas rojas y dos cervezas. Quería acabar cuanto antes con aquello, pero él prefirió esperar a tener el estómago lleno y la cabeza algo embotada. Supongo que la vida de los periodistas no se diferenciaba mucho de la de los estrategas, salvo por más cervezas y drogas ilícitas.

—¿Sabes que me quemé y dejé el periodismo un tiempo? —me preguntó con la boca abierta y llena de alubias.

—¿En serio? ¿Y a qué te dedicaste?

—A lo que hacía antes de la universidad: camarero.

—No me jodas —dije con cara de sorpresa.

—Antes me encantaba, tío. El ambiente de la cocina y el comedor. El drama. Las demenciales vidas amorosas del personal y los camareros. La infinita ristra de cocineros y lavaplatos alcohólicos y taciturnos que pasaban por la cocina, los camareros enganchados a la coca que se tiraban a un cliente cada noche, las recepcionistas incompetentes, los conflictos triviales, las propinas robadas… Podría seguir. Si he vuelto a mi malgastada juventud, que así sea.

—¿Pero?

—Echaba de menos ser reportero —dijo Wade, que alzó las manos como si intentara atrapar el viento—. Esto significa algo, tío. Tú también querías hacer esta mierda cuando empezamos.

—Entonces, ¿preferirías volver a alternar con políticos? Te das cuenta de que son lo peor de vivir en D.C., ¿no? Y estoy incluyendo en la lista a la contaminación, los mendigos, el tráfico y los crímenes.

—Bueno —repuso él, esbozando una sonrisa irónica—, también incluiría a los abogados en esa lista, pero supongo que nos estamos limitando a los seres humanos.

Ahí estaba.

—Bueno, ¿vamos al grano? —le pregunté.

Wade sonrió y agitó la botella vacía en dirección a la camarera aburrida que se apoyaba en la caja registradora.

—De acuerdo.

—Antes de meternos en harina, vamos a dejar claras las bases. Te concederé acceso exclusivo pero limitado entre bambalinas en la inauguración a cambio de secreto total hasta ese día —le ofrecí mientras la camarera le dejaba de mala gana otra Miller Lite.

—Quiero una entrevista.

—Conseguirás algunos comentarios, nada más. Puedes escribir una gran historia con ese acceso. Pero nada de entrevistas. No. Sabes que eso tiene que ser con un medio de Nuevo México.

—Te entiendo.

—Y ni una palabra a tu editor, Wade. Nada de Ving Rhodes ni de Terry Phillips. Bezos no puede enterarse de esto antes de que lo anunciemos.

—Entonces, supongo que Claremont se va a presentar de verdad… a gobernador, ¿no? —preguntó, inclinándose sobre la mesa.

Aunque el comedor estaba casi vacío, di gracias a la máquina de discos que funcionaba a todo volumen. Asentí.

—Sí.

Wade descargó la mano sobre la mesa.

—¡Coño! ¡Un crepuscular! Sale de entre las sombras para presentarse al cargo. ¡Va a ser increíble! Un tío al que no se le pueden hacer fotos. Que no puede ni usar un micrófono.

—Sabemos que no será fácil —contesté; nunca nadie se había quedado tan corto—. Está preparado para confiar en el contacto cara a cara.

—Contacto humano, ¿eh? —dijo, sonriendo.

—Puede hacerse —le aseguré sin prestar atención a la broma—. Y él es el hombre perfecto para ello.

—Si consigues sacar esto adelante… —comentó Wade tras terminarse la cerveza; respiró hondo y me señaló—. Tengo que ir al baño.

Se levantó y se fue al servicio. Unos minutos después se acercó a la ventana cercana a la puerta principal antes de regresar a la mesa. Tenía el rostro arrugado por la preocupación.

—Vas a pensar que estoy loco…

—Tarde.

—En serio. Te juro que no es el alcohol, pero desde que salí de D.C. creo que me están siguiendo. Vi otro Escalade seguir a mi taxi. Y sigue ahí, en el aparcamiento.

Me pregunté si por fin le habían hecho efecto todas las drogas que se decía que consumía. Me encogí de hombros.

—Creo que te lo estás imaginando.

Wade se sentó y miró a su alrededor unas cuantas veces mientras tamborileaba en la mesa.

—Odio esta mierda. Estos crepusculares… Joder. Traen problemas. ¿Tienes mucho contacto con ellos?

—Algo. Bueno, sólo llevo en esto una semana y pico. El señor Claremont y su mujer prefieren correos electrónicos o mensajes de texto.

—Ya me imagino —repuso él mientras agitaba otra cerveza—. Así son, amigo. Escúchame: hacen todo lo posible por evitarnos, salvo para robarnos la sangre. Se quedan dentro de sus grupos y sus clubs, y se hinchan a DXM…

—Espera. ¿Qué? ¿DXM?

—Joder, ¿no sabes lo del DXM? Es una medicina para aliviar la tos, como el Romilar. La gente lo usa desde hace años para colocarse. Lo que se te sube es el dextrometorfano, y para los crepusculares es como el LSD. Llegas a distintos niveles según la cantidad que te metas. Ves dentro de tu mente, y viajas por tu subconsciente y por otras consciencias. Tienes visiones y recuerdos del pasado y del futuro. Altera los procesos mentales, induce alucinaciones, emociones, euforia… Te desconecta de la realidad.

—Diría que están por encima de eso.

—Están intentando encontrar sus orígenes. De dónde surgieron. Cómo proceder en el futuro. Creen que, si pueden introducirse en sus consciencias y desbloquear lo que haya dentro, conseguirán… No sé, multiplicar sus poderes. Control mental y esas mierdas. Ser como dioses. —Wade no dejaba de agitar las manos—. ¡La inmortalidad, hermano!

—Eso es una locura. ¿Estás seguro?

—Del todo. Tiene planes para el futuro de su especie. Intentan tomar el mando, y puede que todo esto sea el principio. Y tú… —Me dio con el dedo en el pecho—. Tú, amigo mío, los estás ayudando.

—Corta el rollo, Wade. —Le agarré el brazo para que dejara de beber. Parecía desquiciado—. Empiezo a replantearme mi decisión. Quiero un gran artículo a cambio del acceso que te voy a proporcionar, no esta mierda conspiranoica.

—No te preocupes. Sé cómo funciona el juego. Te prepararé un bonito reportaje con el que darle el pistoletazo de salida a la campaña. Pero no me vengas llorando cuando se apoderen de todo y te conviertan en su puto esclavo.

Esbocé una enorme sonrisa. La de un ganador.

—Bueno, no me culpes cuando esté bailando la noche de las elecciones. Voy a convertir a Nick Bindon Claremont en el próximo gobernador de Nuevo México.

El anuncio fue incluso mejor de lo esperado23. Las banderas ondeando a la suave brisa, la banda tocando a la perfección, unos fuegos artificiales espectaculares con aquel tiempo tan estupendo. La multitud estaba embelesada, quizá porque veían a un crepuscular en carne y hueso por primera vez. En cualquier caso, la ocasión dio para grandes historias y fotografías que revolucionaron internet. Incluso conseguimos una avanzada cápsula de micrófono con revestimiento biológico (algo en lo que los científicos habían estado trabajando con resultados irregulares) que funcionaba uniéndola a una voz humana de fondo para complementar el discurso de Nick, y sonaba mejor de lo esperado.

A los asistentes les encantó.

Observé los festejos entre bastidores, con el principal esbirro de Claremont, Toshi Machita, mi lado. Toshi (que, en teoría, era el ayudante personal de Nick) no era crepuscular, aunque no tardaría. Tras empezar como abogado para la Claremont Corporation, había acabado trabajando para la pareja a título personal, no se sabía bien cómo. El rumor era que procedía de una legendaria familia yakuza de Japón antes de que sus padres se mudaran a los Estados Unidos. La historia más infame que circulaba sobre él aseguraba que, antes de la recreación, Nick se había llevado a unos empleados junior a un bar para tomarse unas copas, y allí se habían cruzado con unos cuantos moteros con ganas de pelea. Nick intentó intervenir, los moteros decidieron arrancarle la cabeza y, en un abrir y cerrar de ojos, Toshi estaba dándoles una paliza a los cuatro, dos de los cuales acabaron en el hospital, hasta que llegó la policía para acabar con la fiesta. Incluso entonces, la labia de Toshi evitó que los polis los detuvieran.

En las semanas posteriores a nuestro anuncio, ningún otro republicano se enfrentó a Nick por la nominación. En retrospectiva, supongo que fui bastante ingenuo al respecto. Me dije que era porque se trataba de una campaña poco usual: nadie quería competir con un crepuscular multimillonario. Por desgracia, no supe hasta mucho más tarde que se debía a los sobornos, amenazas y chantajes de Toshi a las demás personas que estaban pensando presentarse a las primarias del partido. En ese sentido, no era que Nick Bindon Claremont fuese crepuscular, sino que ya era como los demás políticos o sus padrinos financieros: usaban su riqueza y su poder para eliminar los obstáculos.

Nuestro primer objetivo era consolidar el apoyo republicano, de modo que los votantes no se quedaran en casa el día de las elecciones por sentirse insatisfechos con el candidato. La campaña empezó con una iniciativa de registro de votantes que consistió en usar la analítica de datos para identificar a estudiantes universitarios y otros jóvenes que quizá fueran más amplios de miras y más receptivos a un candidato crepuscular con ideas liberales. Incluso entonces, ya teníamos la sensación de que la juventud era nuestro sector clave.

Siempre ayuda contar con alguien de tu propia comunidad para apoyar al candidato, en vez de alguien de fuera. Así que decidí reclutar «capitanes de campaña» para cada condado de Nuevo México, que, con los millones de Nick, organizaban fiestas, barbacoas y comidas al aire libre para informar a su comunidad. Aunque temía que celebrarlo todo por la noche exigiera cierto periodo de ajuste, lo cierto es que apenas recibimos críticas negativas.

Nuestro oponente demócrata en las elecciones sería Duncan Caplin, que en aquel momento era fiscal general de Nuevo México, un burócrata seco y sin carisma. De cabello gris y delgado, Caplin daba la imagen de ser un adusto contable o recaudador de impuestos. Lo habían elegido para distintos puestos estatales, desde auditor del estado hasta tesorero, y después, fiscal general. A pesar de tan impresionante trayectoria, su problema era que, tras medio siglo como funcionario del estado, el electorado seguía sin conocerlo. En otras palabras: para nosotros era el perfecto candidato de la oposición.

Reconozco que mi instinto no suele estar muy fino para reconocer a las personas tóxicas. Así que no debería haberme sorprendido que la gratitud de Wade Ashley no durara demasiado. Wade empezó a obsesionarse con la falta de contrincantes en las primarias para la nominación republicana. Los dos posibles candidatos que se habían estado preparando para presentarse antes del anuncio de Nick eran John Sawyer, un senador del estado, y Amanda Allen, una respetada abogada elegida tesorera del estado. Sawyer se retiró de la carrera sin darle importancia. Pero la situación de Amanda Allen fue un poco extraña, hasta yo debo reconocerlo. De aspecto y comportamiento juvenil, Amanda había convocado muchas ruedas de prensa a lo largo de los años para promocionar su programa como tesorera del estado. No ocultaba sus ambiciones ni le disgustaban las cámaras. Así que, dos semanas después de que Nick anunciara su campaña, cuando Amanda emitió un comunicado por escrito en el que anunciaba que no se presentaría a gobernadora (y en el que se negaba a conceder entrevistas), se especuló mucho sobre su decisión. La especulación duró una semana, hasta que los medios estatales perdieron interés y se dedicaron en exclusiva a todo lo que tuviera que ver con Nick Bindon Claremont. Tal y como yo esperaba.

Pero no Wade Ashley. Notaba que algo olía mal y se embarcó en una cruzada por descubrir la verdadera historia tras la renuncia de Amanda Allen a su candidatura.

Nunca le había importado usar métodos ilegales o poco escrupulosos para conseguir una historia, y esta vez no fue distinto. Contrató a un hacker para entrar en su ordenador, examinar sus extractos bancarios y correos electrónicos y averiguar dónde se encontraba. Concluyó que lo más probable era que se alojara en casa de una amistad rica de Albuquerque…, y allá que fue, sin importarle que le cerraran la puerta en las narices todos los días durante dos semanas seguidas. Al final se fue de allí con las manos vacías.

Después de una reunión en la casa de Nick y Leslie en Santa Fe, Leslie me pidió hablar conmigo a solas. La casa estaba a unos quince kilómetros del centro, cerca de una pequeña cordillera, y parecía un museo de arte modernista. El suelo estaba cubierto de granito, como si fuera una sábana blanca de fino papel de arroz que, al llegar a la mitad de la sala, se convertía en caliza gris. En el centro de la habitación había una mesa plateada hecha de una sola pieza, sin cortes. No se veía ni un poquito de cristal, ni una flor, ni una planta. Ni siquiera se molestaron en poner una cocina, por disimular; otros crepusculares lo hacían para mantener la ilusión de que eran similares a los humanos en sus hábitos alimenticios, aunque, si te fijabas, se veía un frigorífico modificado para almacenar sangre a la temperatura indicada y, puede, unas cuantas bolsas de plástico de poliolefina para almacenarla. Aluminio anodizado de color bronce claro cubría las paredes, en las que no había más decoración que un cuadro original de Judit decapitando a Holorfernes, de Caravaggio. Parecía competir con los crepusculares por el dominio del enorme salón.

Dos criados (un hombre y una mujer, ninguno crepuscular), esperaban órdenes, uno a cada lado de la habitación, atentos a cada gesto de Leslie. La anfitriona movió la mano y todo el mundo se fue, así que me quedé allí atrapado, con las tripas agitándoseme como un nido de serpientes.

—¿Pasa algo? —pregunté. Me senté en el sofá, que me tragó entero.

—Sí. Tenemos que hablar de Wade Ashley. Otra vez está dando problemas.

—¿Cómo?

Leslie se sentó en el asiento que tenía enfrente.

—Está intentando entrevistar a Amanda Allen.

Me quedé desconcertado un instante, ya que no sabía qué tenía aquello que ver con nada.

—¿La tesorera del estado? Ya no se presenta.

—Sí, lo sé. Pero, Joseph, Wade sigue intentando convertir su retirada en una historia.

—No hay nada —repliqué, negando con la cabeza—. Cero historias. Se rendirá y lo dejará.

Leslie me miró. La mirada de un crepuscular; a pesar de llevar meses trabajando con ellos, era una experiencia perturbadora. Querías que te miraran, pero, a la vez, lo odiabas. Ojalá pudiera explicar aquella sensación de expectación y curiosidad, como probar la coca por primera vez. Te sientes más ligero, y las palabras y la consciencia se vuelven repetitivas. Una extraña combinación de conmoción y claridad. Te sientes atrapado porque lo único que deseas es irte y quedarte a solas para reflexionar sobre todo eso.

—A no ser que… ¿Hay una historia? —pregunté.

—Sí.

En las campañas políticas surgían asuntos como aquel. Te pasas tanto tiempo con el candidato y su familia que averiguas cosas: el candidato tiene una aventura, al candidato lo han visto tomando drogas en una fiesta, el candidato ha tenido comportamientos poco éticos en su empresa. Ya se hacen una idea. Normalmente, mi filosofía como director de campaña consiste en no querer saber. A no ser que la información se haga pública, no estoy ahí para juzgar; mi trabajo era dirigir una campaña, no apagar fuegos privados. En mi especialidad, ojos que no ven, corazón que no siente.

Aquello parecía uno de esos dilemas. Quería pedirle que no me lo contara, que lo manejara ella sola.

—¿Tengo que saberlo? —fue lo único que me salió.

—Sí.

Tragué saliva y me quedé allí sentado, como un idiota.

—Quería despejarle el terreno a Nick, de modo que me libré de los candidatos. Pagamos al otro tipo, pero Amanda Allen no era tan fácil de comprar. Así que mi equipo la investigó y descubrió que la recién divorciada Amanda tenía una reputación considerable en la capital. Varias aventuras con distintos miembros de grupos de presión que trabajaban con el Gobierno estatal. Instalamos cámaras y tomamos fotos de dichos encuentros sexuales. Toshi se reunió con ella…

—Oh, no. Toshi no.

Leslie siguió como si no le hubiera dicho nada:

—Toshi le enseñó todas las pruebas y le ofreció un bonita suma por retirarse de la campaña. Se negó. De manera que tuvimos que ponernos duros. Amenazamos con matarla si seguía adelante. Así de simple. Y ahora… —Dejó la frase en el aire. Parecía incómoda, lo que era muy poco propio de ella.

—Y ahora Wade Ashley podría descubrirlo.

No contestó.

Me sujeté la cabeza con ambas manos. Aquello era un desastre que iba más allá de lo que había imaginado. Las típicas circunstancias que podían dar con tus huesos en la cárcel durante muchos años.

—Ojalá no me lo hubiera contado —le dije—. No puedo saber todo esto. —Leslie se sentó a mi lado—. ¿Qué van a hacer?

—Bueno, ya estoy vigilando los movimientos del señor Ashley.

—Quizá sea mejor que me dejen a mí manejar a Wade…

—Usted debe concentrarse en las elecciones —dijo Leslie—. Yo me encargaré de Wade Ashley a mi manera.

Después me dio una palmadita en la pierna.

Como si lo que acababa de contarme no me asustara ya lo suficiente, que usara el contacto físico para consolarme era incluso más aterrador.

—Joseph —me dijo—, no se nos ponga blando ahora. Creo que ya sabe que está metido en esto con nosotros hasta el fondo. Vamos a ganar.

En mi defensa diré que, a lo largo de las siguientes semanas, intenté advertir a Wade Ashley. Sabía que no podía llamarlo ni enviarle mensajes de texto que me comprometieran. Averigüé dónde se alojaba y, tras disfrazarme de conserje, me colé en el hotel y llamé a su puerta. Wade respondió con su estilo desastrado habitual; estaba borracho o drogado, sin duda. Ni siquiera me reconoció. Levanté las manos, como si me disculpara en silencio por molestarlo, y me marché. Tendría que dejarlo a su suerte; después de tantos años cubriendo a los crepusculares para el periódico, conocía los riesgos. Quizá los conociera mejor que yo.

Leslie tenía razón, por supuesto. Nick iba a ganar, y yo formaba parte de ello. Era como la mafia: una vez que estás dentro, no puedes salir hasta que te matan.

Sangre por sangre.