La huraña vejez y la juventud

 

 

 

«Sabes, a veces mi madre argumenta con mucho atino; siempre, al menos, con mucha pasión. Ocurre con frecuencia que no estoy de acuerdo con ella y las dos tenemos tan buen concepto de nuestros argumentos que rara vez acertamos a convencer a la otra. Me parece que es un caso muy frecuente en las discusiones vehementes. Ella dice: soy muy ingeniosa; lo que significa muy atrevida; yo, que ella es muy prudente; es decir, que ya no es tan joven como antes».

Miss Howe a Miss Harlowe

Clarissa, vol. II, carta XIII

 

Los proverbios cobardes y prudentes cuentan con el favor general de la gente. Se supone que los sentimientos de un hombre lleno de ardor y esperanza deben ser recibidos con alguna reserva. Pero cuando esa misma persona ha fracasado ignominiosamente y empieza a comerse sus palabras, hay que escucharla como a un oráculo. Buena parte de nuestra sabiduría cotidiana está concebida para personas mediocres, con objeto de disuadirlas de emprender proyectos ambiciosos y, en general, consolarlas por su mediocridad. Y como los mediocres constituyen la mayoría de la humanidad, no cabe duda de que esto es acertado. Pero eso no significa que una clase de proposición sea menos cierta que la otra, o que Ícaro no deba ser más alabado, y quizá más envidiado, que el señor Samuel Budgett, el Próspero Comerciante. El primero está muerto, desde luego, mientras que el otro todavía está en su oficina contando dinero, y ciertamente esto debe tomarse en cuenta. Pero, por otra parte, tenemos algunos proverbios atrevidos y magnánimos, comunes a razas y naturalezas elevadas, que resaltan las ventajas del lado perdedor y proclaman que es mejor ser un león muerto que un perro vivo. Resulta difícil imaginar cómo pueden reconciliar los mediocres estos proverbios con los suyos. Según estos últimos, cada muchacho que decide embarcarse es un completo idiota; no haber olvidado nunca el paraguas en una larga vida parece una proeza más elevada y sabia que ir sonriendo a la hoguera, y si eres un tanto cobarde e inflexible en cuestiones de dinero, estarás cumpliendo a la perfección los deberes de un hombre.

Una consideración aún más difícil de entender para nuestros mediocres es que mientras que todos sus maestros, desde Salomón hasta Benjamin Franklin y el impío Binney, han inculcado los mismos ideales de buenas maneras, cautela y respetabilidad, los personajes que en la historia han repudiado más notoriamente tales preceptos reciben los mayores elogios y se les honra con monumentos en las calles de nuestros centros comerciales. Esto es muy desconcertante para el sentido moral. Ahí tenemos a Juana de Arco, que dejó una vida humilde pero honesta y respetable bajo la mirada de sus padres para combatir junto a soldados pendencieros contra los enemigos de Francia. ¡Buen ejemplo para nuestras hijas! Y ahí tenemos a Colón, que muy bien puede haber descubierto América, pero que, en último término, era un navegante extremadamente imprudente. Su vida no es de la clase que nos gustaría poner en manos de los jóvenes; más bien, haríamos todo lo posible para mantenerla fuera de su conocimiento, como una aventura temeraria y una influencia desintegradora en la vida. Me faltaría tiempo si tuviera que recordar todos los grandes nombres de la historia cuyas hazañas son perfectamente irracionales e incluso ofensivas para la mentalidad calculadora. La incongruencia es clamorosa, y me imagino que entre los mediocres debe de suscitar una actitud muy peculiar hacia los aspectos más nobles y ostentosos de la vida nacional. Leerán sobre la carga de la Brigada Ligera en la batalla de Balaclava con el mismo espíritu con el que asisten a una representación del Lyons Mail. Las personas de sustancia leen el Times y en el teatro se sientan con compostura en platea o en palco según su grado de prosperidad en los negocios. En cuanto a los generales que van galopando entre explosiones tocados con sus absurdos tricornios —y en cuanto a los actores que se pintan la cara de rojo y se degradan por un sueldo en el escenario—, deben de pertenecer, gracias a Dios, a un orden diferente de seres, a los que vemos como contemplamos las nubes desplazarse velozmente llevadas por el viento en el vacío infinito o sobre los que leemos como si fueran personajes de antiguos y fabulosos anales. Esperemos que a nuestros hijos no se les ocurra imitar su comportamiento, como tampoco quitarse la ropa y pintarse de azul a consecuencia de lo que hayan podido leer en el capítulo primero de su libro de historia de Inglaterra.

Por más desacreditados que están en la práctica, los proverbios cobardes se mantienen firmes en la teoría, y otro caso en el mismo espíritu es que las opiniones de los ancianos sobre la vida deban ser aceptadas como inapelables. Se pueden plantear todo tipo de reservas respecto a las ilusiones de la juventud, pero ninguna, o casi ninguna, hacia los desengaños de la vejez. Cuando un anciano menea la cabeza y dice: «Ah, yo también pensaba así cuando tenía tu edad», se tiene por una réplica oportuna con la que la cuestión queda zanjada lógicamente. Por contra, si el joven dice entonces: «Venerable señor, probablemente yo también pensaré así cuando tenga su edad», no se considera una respuesta adecuada. Sin embargo, la una es tan buena como la otra: ocurrencia por ocurrencia, toma y daca, golpe por golpe.

«En los hombres buenos la opinión no es otra cosa que conocimiento en formación», dice Milton. Propiamente hablando, todas las opiniones son etapas en el camino a la verdad. Eso no significa que un hombre haya de ir más lejos, sino que si realmente ha considerado el mundo y extraído una conclusión, ha llegado hasta ahí. Lo cual no es aplicable a las fórmulas aprendidas de memoria, que son etapas en un camino que no conduce más que a una segunda niñez y a la tumba. Tener siempre presta una frase hecha no es lo mismo que sostener una opinión y, menos aún, que haberla elaborado uno mismo. En el mundo hay demasiadas de esas frases hechas y la gente te las espeta como un juramento en lugar de emplear argumentos. Son moneda de cambio intelectual y muchas personas respetables sólo pagan con ella. Parece como si representaran unos imprecisos cuerpos teóricos que estarían en su origen. Se supone que incorporan la presunta virtud de folios llenos de argumentos irrebatibles, lo mismo que en la porra del agente de policía reside algo de la majestad del Imperio Británico. Se utilizan por pura superstición, lo mismo que ciertos viejos patanes destrozan el latín empleándolo a modo de exorcismo. Sin embargo, resultan extremadamente útiles para cortar discusiones ociosas y cerrar la boca a niños y bebés. Y cuando un joven alcanza un determinado grado de desarrollo intelectual, el examen de esas monedas de cambio constituye un ejercicio que entretiene y robustece la mente.

El hecho de haber llegado a París no significa que tenga que avergonzarme de haber pasado por Newhaven y Dieppe. Eran lugares muy buenos para pasar por ellos y en cualquier caso ya he llegado a mi destino. Todas mis opiniones pasadas sólo eran etapas en el camino hacia la que sostengo ahora, que a su vez no es más que una etapa en el camino hacia otra cosa. Haber sido un entusiasta socialista con mi propia panacea no me avergüenza más que haber sido un lactante. Es indudable que el mundo tiene razón en millones de cosas, pero nos tiene que vapulear un poco para convencernos de ello. Y mientras tanto, tenemos que hacer algo, ser algo, creer algo. No es posible mantener la mente en un equilibrio perfecto, en blanco, e incluso si fuera posible, en vez de llegar finalmente a la conclusión correcta, lo más probable es que nos quedáramos en ese estado de equilibrio y vacío para siempre. Aun en las etapas intermedias, no hay que avergonzarse retrospectivamente de haber sentido un arrebato de entusiasmo: si san Pablo no hubiera sido un ferviente fariseo, habría sido después un cristiano más tibio. Por mi parte, recuerdo la época en que era socialista con algo de pesar. Me he convencido (por el momento) de que deberíamos dejar esos grandes cambios a lo que denominamos grandes fuerzas ciegas: su ceguera es mucho más perspicaz que la corta, miope y parcial vista de los hombres. Ahora creo darme cuenta de que mi plan no funcionaría, y que todos los demás planes de los que tengo noticia debilitarían algunos elementos beneficiosos en la misma medida en que favorecerían otros. Ahora sé que al volverme conservador con los años estoy pasando el ciclo normal de cambio y recorriendo la órbita común de las opiniones humanas. Me someto a ello como me sometería a la gota o a las canas, como algo concomitante de una edad más avanzada o, en todo caso, de la mengua de pasión animal; pero no me parece que sea necesariamente un cambio a mejor: me inclino a creer que, lamentablemente, es a peor. No tengo posibilidad de elegir en este asunto y no puedo oponerme a esta tendencia de mi ánimo, como tampoco puedo impedir que mi cuerpo empiece a vacilar y deteriorarse. Si me libro (como se suele decir), ciertamente dejaré atrás algunos enojosos deseos; pero no tengo prisa respecto a esto, ni tampoco, llegado el momento, alardearé de haberme librado de ellos. De la misma forma, tampoco me enorgullezco demasiado de haber dejado atrás mi fe en los cuentos de hadas del socialismo. Las personas mayores tienen sus propios defectos: tienden a ser cobardes, mezquinas y recelosas. Ya sea por la mayor experiencia o por la falta de pasión animal, me doy cuenta de que la edad conduce a esos y a otros defectos, y por tanto mientras que en un sentido espero estar avanzando hacia la verdad, en otro es indudable que me estoy acercando a esas formas y fuentes de error.

Mientras intentamos atrapar una y otra vez este o aquel aspecto del conocimiento, bien previendo estimulantes posibilidades, bien frenados por un atisbo de prudencia, podemos comparar el precipitado curso de nuestros años con un rápido torrente en el que el hombre se viera transportado: ora es lanzado contra una roca, ora trata de asirse a un rastro de espuma para, al final, ser arrojado al oscuro e insondable océano. No tenemos más que vislumbres y tanteos; somos apartados violentamente de nuestras teorías; giramos y giramos en un remolino de modo que se nos va presentando esta o aquella visión de la vida, hasta que sólo los necios o los bribones pueden seguir aferrados a sus opiniones. Vemos fugazmente un aspecto de la vida y decimos que la hemos estudiado; nuestra opinión más elaborada no es más que una impresión. Si pudiéramos tomarnos un respiro, aprovecharíamos la ocasión para corregir y revisar, pero en esta precipitación no bien somos niños cuando ya nos hemos convertido en adultos, no bien nos hemos enamorado cuando estamos casados o hemos sido abandonados, no bien llegamos a una edad de la vida cuando ya nos encontramos en otra, y en cuanto alcanzamos la plenitud de la madurez ya comenzamos el declive hacia la tumba. Es inútil buscar constancia o esperar visiones claras y estables en un medio tan agitado y efímero. Esto no es una ciencia de laboratorio, en la que las cosas son sometidas a pruebas minuciosas; teorizamos con una pistola apuntándonos a la cabeza; nos vemos frente a condiciones nuevas sobre las que no sólo hemos de emitir un juicio, sino también actuar, y de forma inmediata. Y ni siquiera nosotros mismos podemos considerarnos constantes; en este fluir nuestra identidad misma parece sometida a cambios perpetuos, y no pocas veces encontramos nuestro propio disfraz el más extraño de la mascarada. Con el paso del tiempo, llegamos a amar cosas que antes aborrecíamos y a aborrecer cosas que antes amábamos. Milton ya no resulta tan aburrido como antes, ni, quizá, Ainsworth tan entretenido. Decididamente cuesta más trabajo subir a los árboles y desde luego ya no tanto permanecer sentados. De nada sirve fingir; incluso el antes favorito juego del escondite ha perdido parte de su encanto. Todos nuestros atributos se transforman o modifican; y no hablaría muy bien de nosotros si nuestras opiniones no se transformaran o modificaran en la misma medida. Sostener las mismas opiniones a los cuarenta años que a los veinte es haber permanecido en un estupor durante dos décadas, y no es algo propio de un profeta sino de un zoquete incapaz de aprender, al que los castigos recibidos no han servido de nada. Es como si el capitán de un barco fuera a navegar hasta la India desde el puerto de Londres y, habiendo cogido para consultarla una carta del Támesis al zarpar, se negara obstinadamente a utilizar otra durante el resto del viaje.

No sería menos absurdo empezar en Gravesend con una carta del mar Rojo. Si Jeunesse savait, si Vieillesse pouvait es un sentimiento muy bonito, pero no necesariamente correcto. En cinco de cada diez casos, no es que los jóvenes no sepan sino que no eligen. Hay algo de irreverente en esta especulación, pero quizá la falta de poder tenga más que ver con prudentes resoluciones de la edad de lo que normalmente estamos dispuestos a admitir. Sería un experimento instructivo devolver a la juventud a un anciano con todo su savoir. No creo que, después de todo, depositara su dinero en el Savings Bank; dudo que fuera un hijo tan admirable como cabría esperar; y en cuanto a su conducta en el amor, estoy convencido de que dejaría en mantillas a sus nuevos amigos y les haría sonrojar. La prudencia es un ídolo de madera ante el que Benjamin Franklin camina con el imponente aire de un sumo sacerdote y tras el que van danzando muchos prósperos comerciantes como otros tantos Atis. Pero no es una deidad a la que rendir culto en la juventud. Si un hombre vive hasta alcanzar una edad considerable, es innegable que lamenta sus pasadas imprudencias, pero con frecuencia veo que lamenta su juventud con mucha más amargura y con un tono más sincero.

Se suele decir que hay que tener presente la vejez porque llega al final. Me parece igual de pertinente decir que la juventud llega primero. Y el platillo se vence en la balanza si añadimos que, en la mayoría de los casos, la vejez no llega nunca. Accidentes y enfermedades acaban rápidamente con las personas más prósperas; la muerte no cuesta nada, y el desembolso en una lápida es una minucia para el feliz heredero. Que la existencia acabe súbitamente cuando se está llevando a cabo proyectos ambiciosos ya es bastante trágico; pero cuando un hombre se ha estado escatimando su propia vida, ahorrándolo todo para una fiesta que nunca había de celebrarse, es como esas tragedias que conmueven histéricamente y que se hallan en los límites de la farsa. La víctima ha muerto; se ha pasado de lista consigo misma: una combinación de calamidades, por lúgubres no menos absurdas. Atesorar unas botellas del burdeos favorito hasta que se agria no es una política inteligente, ¡y mucho menos hacerlo con una bodega entera: toda una existencia! Las personas pueden sacrificar sus vidas con alegría seguras de que les aguarda una inmortalidad dichosa; pero eso es muy diferente de renunciar a la juventud y a sus admirables placeres con la esperanza de que las gachas sean algo mejores en una más que problemática, mejor dicho, más que improbable, vejez. No deberíamos elogiar a un hambriento por renunciar a su cena y reservar todo su apetito para el postre, antes de saber con seguridad si va a haber postre o no. Si se puede decir que en el mundo existe la imprudencia, ahí está. Navegamos por peligrosos y vastos mares en embarcaciones que hacen aguas; y, como en la triste vieja balada, hemos oído el canto de las sirenas y sabemos que ya no volveremos a ver tierra firme. Viejos y jóvenes, todos estamos en nuestro último viaje. Si alguien de la tripulación tiene un poco de tabaco, ¡por Dios, que pase una ronda y fumemos una pipa antes de partir!

En realidad, por el testimonio de nuestros mayores, esta agitada preparación para la vejez no es más que trabajo inútil. Nos ponemos en guardia, y después de todo es un amigo quien viene a nuestro encuentro. Cuando cae el sol y poniente se apaga, el firmamento empieza a llenarse de relucientes estrellas. De la misma forma, cuando vamos envejeciendo, un serena regularidad en los sentimientos viene a ocupar el lugar de los violentos altibajos de la pasión y la aversión; la misma influencia que refrena nuestras esperanzas, aquieta nuestros temores; si los placeres son menos intensos, también las aflicciones son más suaves y llevaderas. En una palabra, este periodo para el que se nos dice que acumulemos todo como si se tratara de una hambruna es, por derecho propio, el más rico, el más fácil, el más feliz de la vida. Es más, dirigir su propia vida y seguir su feliz inspiración es lo mejor que puede hacer la juventud para asentar la tranquilidad de la vejez. Una juventud plena, ocupada, es su único preludio para una vejez autosuficiente e independiente, y el que la desperdicia inevitablemente se convierte en un aburrido. No hay muchas personas como el doctor Johnson, que hagan su primer viaje romántico a los sesenta y cuatro años. Si queremos escalar el Mont Blanc o conocer una guarida de ladrones en el East End, ponernos una escafandra y descender hasta el fondo del mar o subir en globo, hemos de hacerlo mientras todavía somos jóvenes. No tiene sentido posponerlo hasta que nos agarrote la prudencia y cojeemos por el reúma, y la gente empiece a preguntarnos: «¿Qué hace la Gravedad fuera de la cama?». La juventud es la época para recorrer el mundo de un extremo a otro tanto con la mente como con el cuerpo, para probar las costumbres de otras naciones, para oír las campanadas a medianoche, para contemplar el amanecer en la ciudad y en el campo, para convertirse con renovado fervor religioso, para circunnavegar la metafísica, escribir versos defectuosos, correr un kilómetro para ver un fuego y esperar todo el día en el teatro para aplaudir el Hernani. Hay algo de verdad en la vieja idea de las inevitables locuras de juventud, y un hombre que no ha pasado su «enfermedad verde» y no la ha superado para siempre es tan poco seguro como un niño sin vacunar. «Es extraordinario —afirma lord Beaconsfield, uno de los jóvenes más brillantes y mejor conservados hasta la fecha de su última novela—, es extraordinario con qué rapidez y con qué violencia cambian los sentimientos de un joven inexperto». Y esta movilidad es un talento especial que se le ha confiado, una suerte de virginidad indestructible, una armadura mágica con la que puede arrostrar indemne grandes peligros y atravesar los lugares más enfangados sin mancharse. Que viaje, que especule, que vea todo lo que pueda, que haga hasta donde le sea posible; su espíritu tiene tantas vidas como un gato; será capaz de vivir en todas las circunstancias, y todas las superará. Los que fracasan en la juventud, si tenían oportunidades razonables de salir adelante, es probable que no merecieran salvarse desde el principio; seguramente eran individuos débiles, criaturas hechas de masilla y cuerda, sin acero ni fuego, ni indignación o verdadera alegría en su interior. Podemos compadecer a sus padres, pero no hay razones para lamentarse por ellos; para ser honesto, el hermano débil es lo peor de la humanidad.

Cuando el anciano menea la cabeza y dice: «Ah, yo también pesaba así cuando tenía tu edad», ha demostrado el argumento del joven. Bien por la mayor experiencia, bien por la falta de energía animal, es indudable que ha cambiado de parecer, pero pensaba así cuando era joven, y todos los hombres han pensado así cuando eran jóvenes, desde que el rocío cae en la mañana o el espino florece en mayo; y aquí tenemos a otro joven sumando su voto a los de las generaciones anteriores y ensartando un nuevo eslabón a la cadena de testimonios. Es tan natural y tan apropiado que un joven sea imprudente y exagerado, que viva en círculos y caídas vertiginosas, y que se dé contra los barrotes de su jaula lo mismo que cualquier criatura salvaje recién capturada, como que los ancianos encanezcan o las madres amen a sus hijos o los héroes mueran por algo que tiene más valor que sus vidas.

Como apólogo para los mayores, permítaseme recomendarles esta pequeña historia cuando se sientan más tentados de lo habitual a ofrecer su consejo. Un niño que había sido muy aficionado a los juguetes (en particular a los soldaditos de plomo) descubrió al convertirse en un muchacho que este gusto infantil no había disminuido un ápice. Tenía trece años; ya se habían burlado de él por pasar demasiado tiempo cerca de la caja de los soldaditos, se sonrojaba si era sorprendido con ellos y las sombras de la casa-cárcel se cernían sobre él. Nada hay más difícil que expresar los pensamientos de los niños en el lenguaje de sus mayores, pero éstas venían a ser sus reflexiones en aquella situación: «Está claro que tengo que dejar los juguetes por algún tiempo, pues no estoy en condiciones de protegerme de las burlas tontas. Por otra parte, estoy seguro de que los juguetes son lo mejor de la vida; todo el mundo renuncia a ellos por el mismo respeto pusilánime hacia los que son un poco más mayores, y si no regresan a ellos en cuanto pueden sólo es porque se vuelven estúpidos y los olvidan. Yo seré más listo; me amoldaré durante un tiempo a las costumbres de su absurdo mundo, pero en cuanto haya ganado suficiente dinero me retiraré y me encerraré con mis juguetes hasta que me muera». Y cuando pasaba en tren por las montañas de Esterel, entre Cannes y Fréjus, se fijó en una casita preciosa con un jardín de naranjos situada en el recodo de una bahía y decidió que aquél había de ser su Valle Feliz. Astrea Redux; ¡la niñez volvería de nuevo! Me parece que la idea tiene algo de sencilla nobleza, no indigna de Cincinato. Sin embargo, como el lector ya habrá imaginado, lo más probable es que nunca se lleve a cabo. Había un gusano en el capullo, un error fatal en las premisas. La niñez debe pasar, y después la juventud, tan inexorablemente como se aproxima la vejez. La verdadera sabiduría consiste en estar acordes con la estación y cambiar de buen grado según cambian las circunstancias. Amar los juguetes de niño, tener una juventud aventurera y honorable, y asentarse, cuando llegue el momento, en una vejez joven y sonriente: en eso consiste ser un buen artista de la vida y merecedor del aprecio propio y de tu vecino.

No tenemos que arrepentirnos de las extravagancias juveniles. Es posible que fueran exageradas en una dirección, lo mismo que las de la vejez probablemente lo son en la otra. Pero tenían un sentido; no sólo convenían a nuestra edad y expresaban su actitud y sus pasiones, sino que guardaban relación con lo que nos rodeaba y llevaban implícitas críticas al estado de cosas del momento; y el hecho de que ahora veamos que eran parciales no significa que fueran inmerecidas. Todo error que no sea meramente verbal es una forma drástica de expresar que la verdad actual es incompleta. Las locuras de juventud se basan en una razón sólida, lo mismo que las embarazosas preguntas de los niños pequeños. Sus actos más antisociales indican los defectos de nuestra sociedad. Cuando el torrente lanza a un hombre contra una roca, es de esperar que grite, y no hay que sorprenderse si el grito a veces es una teoría. Shelley, irritado por la Iglesia de Inglaterra, descubrió la cura de todos los males en el ateísmo universal. Hay muchachos generosos que, indignados ante las injusticias de la sociedad, propugnan la abolición de todo y el establecimiento del Reino de la Anarquía. Shelley era un joven loco, lo mismo que estos pendencieros revolucionarios. Pero es mejor ser un loco que estar muerto. Es mejor emitir un grito en forma de una teoría que ser completamente insensible a las sacudidas e incongruencias de la vida y tomar todo como viene con una desesperanzada estupidez. Algunas personas se tragan el universo como una píldora; viajan por el mundo como sonrientes imágenes a las que empujan por detrás. ¡Por Dios, prefiero al joven que tiene la suficiente cabeza como para hacer el ridículo! En cuanto a los demás, la ironía de los hechos les arrebatará esa posibilidad y les pondrá en ridículo sin miramientos antes de que la farsa termine. El último día serán todo gestos y aspavientos, y sonrojo y confusión en el semblante de los que se han creído prudentes y no han aprendido las duras lecciones que la juventud lega a la vejez. Si es verdad que estamos aquí para perfeccionar y completar nuestra naturaleza, y hacernos más grandes, más fuertes y más comprensivos en espera de una vida más noble en el futuro, todos deberíamos esforzarnos al máximo mientras aún estamos a tiempo. Dotar de alas a una persona insulsa y respetable no sería más que hacer una parodia de ángel.

En suma, si la juventud no acierta completamente en sus opiniones, es muy probable que la vejez tampoco lo haga. El corazón humano está gobernado conjuntamente por una esperanza imperecedera y una credulidad infalible. Un hombre descubre que se ha equivocado en todas las etapas anteriores de su vida y extrae de ahí la asombrosa conclusión de que ahora, por fin, está en lo cierto. La humanidad, después de siglos de fracasos, está todavía en vísperas de un milenio completamente propicio. Como hemos explorado el laberinto durante tanto tiempo sin resultado, la pobre razón humana deduce de ello que seguramente no nos quedará mucho más por explorar, que debemos de estar cerca del centro, con su fuente ornamental y la mesa servida con champán. ¿Y si no hubiera centro alguno, sino sólo un callejón tras otro, y todo el mundo no fuera más que un laberinto sin final ni salida?

El otro día escuché un retazo de conversación que me voy a tomar la libertad de reproducir. «Lo que afirmo es cierto», decía uno. «Pero no es toda la verdad», respondió el otro. «Señor —repuso el primero (y me pareció que había un dejo al Dr. Johnson en lo que decía)—, señor, ¡la verdad completa no existe!». En efecto, nada hay tan evidente en la vida como que cada asunto tiene dos caras. La historia es una larga demostración de ello. Día a día las fuerzas de la naturaleza nos lo graban a golpes en nuestras atrasadas inteligencias. Nunca nos detenemos a meditarlo por un momento, pero lo aceptamos como un axioma. Un fanático logra dominar a la humanidad precisamente ignorando esta gran verdad e inculcándole a base de repetirlo sin cesar que este o aquel asunto sólo tiene una solución posible; y nuestro fanático es un individuo enérgico de verbo florido, que domina las cosas por un tiempo y saca al mundo de su sopor; pero en cuanto desaparece, un ejército de personas tranquilas y sin influencia se pone a trabajar para recordarnos la otra cara y echar abajo la generosa impostura. Mientras Calvino amonesta a todo el mundo en su Institutio, y el impetuoso Knox vocifera desde el púlpito, en su biblioteca de Périgord Montaigne ya está examinando el otro lado y prediciendo que en la Biblia van a encontrar tantos motivos sobre los que pelear como habían encontrado en la Iglesia. La vejez puede sustentar uno de estos puntos de vista, pero la juventud tiene el otro. Nada hay más seguro que ambas están en lo cierto, excepto, quizá, que ambas están equivocadas. Que las dos acuerden aceptar las diferencias, pues ¿quién sabe si ponerse de acuerdo en tolerar las diferencias no será más una forma de acuerdo que una forma de diferencia?

Supongo que está escrito que cualquiera que pretenda ser un poco filósofo debe contradecirse a sí mismo sin rebozo. Pues heme aquí que casi me he convencido de que por fin tenemos todo el panorama ante nosotros; que no hay respuesta al misterio, excepto que hay tantas como nos plazcan; que el laberinto no tiene centro, porque, como en la famosa esfera, su centro está en todas partes; y que acordar aceptar las diferencias, con toda la ceremonia de cortesía, es la «única canción apacible de pura armonía»[4] en la que podemos unir nuestras musicales voces.