La antigua capital del Pacífico

 

 

Los bosques y el Pacífico

 

La bahía de Monterrey ha sido comparada nada menos que por el general Sherman con un anzuelo curvo; y la comparación, si bien es menos importante que su marcha a través de Georgia, delata la vista de un soldado para la topografía. Santa Cruz se encuentra, expuesta, en la caña; la desembocadura del río Salinas está en el centro de la curva; y la propia Monterrey se halla al resguardo junto a la lengüeta. De esta forma, la antigua capital de California se ve al otro lado de la bahía, donde el océano Pacífico, aunque oculto por colinas y bosques, bombardea su flanco izquierdo y parte trasera con un oleaje inagotable. Ante la ciudad, la larga línea de playas se extiende hacia el norte y noroeste, y después hacia el oeste, para circundar la bahía. Las olas que lamen tan pausadamente los espigones de Monterrey se vuelven más ruidosas y grandes a lo lejos; de día se las puede ver alzándose, coronadas de blanco; de noche, la luz de la luna y la espuma dibujan la silueta de la playa en plata transparente; y por todas partes, incluso cuando el tiempo está en calma, el inquietante estruendo del Pacífico en la distancia se cierne sobre la cosa y la región próxima a ésta como el humo sobre la batalla.

Esas largas playas resultan tentadoras para el hombre ocioso. Sería difícil encontrar un paseo más solitario y, al mismo tiempo, más estimulante para la mente. Bandadas de gaviotas y patos revolotean sobre el mar. Los playeros zancones se aventuran tras las olas cuando se retiran, gorjeando juntas en un coro de cantos infinitesimales. Aquí y allá, dispersas por la arena, se ven extrañas algas marinas, nuevas para el ojo europeo, huesos de ballenas o a veces una ballena muerta, que envenena el aire, cubierta de gaviotas carroñeras. Las olas se aproximan lentamente, enormes y verdes, doblan sus cuellos translúcidos y estallan con un estrépito sorprendente que se prolonga, creciendo y disminuyendo por todo el largo teclado de la playa. La espuma de esas grandes ruinas asciende en un instante hasta el borde del glacis de arena, retrocede rápidamente y es enterrada bajo la siguiente gran ola. El interés se renueva constantemente. No conozco ninguna otra costa en la que se disfrute de un tiempo tan apacible y soleado, un espectáculo comparable de la grandeza del Océano, una belleza semejante de colores cambiantes o un estruendo parecido. El aire mismo está más salado de lo habitual en esta profundidad homérica.

Cerca de la orilla, las dunas bordean la playa. Aquí y allá una laguna, más o menos salina, atrae a pájaros y cazadores. La áspera maleza oculta parcialmente la arena. Los achaparrados y resistentes robles vivos crecen aislados o formando espesuras —el tipo de bosque en el que se ocultan los predadores— y en algunos lugares las faldas del bosque se extienden hacia la base de las colinas con extensiones de hierba y largas quebradas de pinos de los que cuelga musgo español. Por este hermoso desierto los trenes se aproximaban a Monterrey desde la confluencia en la ciudad de Salinas —aunque ésa y tantas otras cosas ya han cambiado para siempre—, y era desde aquí desde donde se veía por primera vez la antigua ciudad sobre la arena, con sus blancos molinos de viento resplandeciendo en la fresca y perpetua brisa y las primeras brumas de la noche arrastrándose perezosamente desde el mar.

La única nota común de toda esta región es la insistente presencia del océano. El ruido sordo de las grandes olas te sigue a las gargantas de tierra adentro; el rugido del agua permanece en las limpias y vacías habitaciones de Monterrey como en una concha sobre la chimenea; vayas a donde vayas, sólo tienes que detenerte y escuchar para oír la voz del Pacífico. Sales de la ciudad por el suroeste y subes la colina entre los pinares. Te rodean claros, matorrales y arboledas. Sigues sendas serpenteantes de arena que no conducen a ninguna parte. Ves un ciervo, una multitud de codornices levantan el vuelo. Pero el sonido del mar te sigue mientras avanzas, como el del viento entre los árboles, sólo que resulta más duro y extraño al oído; y cuando, al cabo, llegas a la cima, surge de todas partes y con renovada fuerza el mismo rumor distante y continuo del océano; pues ahora estás en el punto más alto de la península de Monterrey y el ruido ya no asciende solamente por detrás de ti, a lo largo de la playa hacia Santa Cruz, sino también desde tu derecha, rodeando Chinatown y el faro de Pinos, y, ante ti, hasta la desembocadura del río Carmelo. Estruendosas olas ciñen el bosque. Ese lejano rumor circundante perturba el silencio que te rodea sin llegar a romperlo. Resulta irritante para los sentidos, tensa tu atención; de forma inusitada percibes claramente junto a ti débiles sonidos; caminas escuchando como un cazador indio, y esa voz del Pacífico es como una inquietante compañía en tu paseo.

Una vez estaba en esos bosques me resultaba difícil dar la vuelta para volver a casa. Todos los bosques incitan a seguir al caminante, pero en los de Monterrey era el oleaje lo que me animaba especialmente a prolongar mis paseos. Me dirigía derecho hacia donde creía que la playa estaría más próxima. En realidad se puede decir que tomara la dirección que tomara tarde o temprano acababa en el Pacífico. La soledad de los bosques me daba sensación de libertad y descubrimiento en aquellas excursiones. Sólo en una ocasión me encontré con un hombre. Era un mexicano grueso y sonriente, de piel muy oscura, que llevaba un hacha aunque su verdadera ocupación en aquel momento era buscar el ganado extraviado. Le pregunté qué hora era, pero daba la impresión de que ni lo sabía ni le interesaba, y cuando, a su vez, él me preguntó si había visto a su ganado, yo mostré una indiferencia similar. Permanecimos inmóviles sonriéndonos durante unos segundos, y entonces nos volvimos sin decir palabra y retomamos nuestros respectivos caminos en el bosque.

Un día —nunca lo olvidaré— había tomado un sendero que era nuevo para mí. Al cabo de un rato, el bosque empezó a clarear y el mar a sonar a más cerca. Llegué a una calzada y, para mi sorpresa, a un portillo. Unos pasos más allá y, todavía dentro del bosque, me encontré entre cuidadas casitas. Recorrí varias calles, situadas en paralelo y perpendicularmente, y aunque la hierba servía de pavimento y había árboles aquí y allá, eran innegablemente calles, y cada una tenía una placa con su nombre en las esquinas, lo mismo que en las ciudades auténticas. En la arteria principal —«Central Avenue», como ponía en su placa— vi un templo al aire libre, con bancos y tornavoz, como para una orquesta. Todas las casitas estaban cerradas a cal y canto; no había humo, no se oía más sonido que el de las olas, nada se movía. Nunca había estado en un lugar que me pareciera tan de ensueño. En Pompeya reina el ajetreo de los visitantes, y su antigüedad y singularidad engañan a la imaginación; pero era evidente que aquel pueblo no había sido construido hacía más de un año o dos, y quizá había sido abandonado de la noche a la mañana. De hecho, más que un pueblo abandonado parecía el decorado de un escenario desierto a la luz del día. Por fin, el ladrido de un perro me condujo a la única casa que todavía estaba ocupada, en la que un pastor escocés y su esposa pasaban el invierno solos en aquel teatro vacío. El lugar se llamaba «Parque del Pacífico, Colonia Marítima Cristiana». En la estación cálida llegaban allí numerosas personas para disfrutar de una vida de templanza, religión y coqueteo, que estoy dispuesto a imaginar intachable y agradable. Al menos, el entorno está bien elegido. Delante, retumba el Pacífico. Al oeste está Point Pinos, con el faro en un solitario arenal, donde puedes encontrar al farero tocando el piano, construyendo maquetas y arcos y flechas, estudiando el anochecer y el alba en óleos de aficionado, y dedicado a otra docena de intereses y actividades elegantes con las que sorprende a sus valerosos compatriotas rivales. Al este, todavía más cerca, encuentras una pradera, una pequeña aldea, una caleta entre las rocas, un mundo de oleaje y gritos de gaviotas. Tales escenas son muy parecidas en climas distintos; dan una impresión acogedora a los ojos de todos; a mí me recordaba a una docena de lugares en Escocia. Sin embargo, las embarcaciones que llegan al fondeadero tienen un diseño extraño, y, si entras en la aldea, verás rostros y trajes y escucharás una lengua que no encuentran eco en la memoria. Hay pebeteros perfumados encendidos, se fuma la pipa de opio, por el suelo ves diseminados papeles de colores —oraciones que, por alguna razón, se podría decir que no han llegado a su destino— y, escribiendo de izquierda a derecha con el pincel recto, un hombre envía las noticias de Monterrey al Imperio Celestial.

Los bosques y el Pacífico gobiernan juntos el clima de esta región costera. En las calles de Monterrey, cuando la brisa no huele a sal de uno, traerá el aroma resinoso de los otros. En ocasiones se cierne sobre la aldea durante días enteros un aire seco que parece llegar de un horno, aunque saludable y aromático. La causa no está lejos, pues hay un incendio en los bosques y el viento caliente sopla desde las colinas. Estos fuegos son uno de los grandes peligros de California. En Monterrey he llegado a ver tres al mismo tiempo: de día, una nube de humo; de noche, un carbón al rojo vivo en la distancia. Se desatan por una pequeñez y, si el viento es favorable, avanzan kilómetros y kilómetros más rápidos que caballos a galope. Los habitantes deben acudir y trabajar con todas sus fuerzas porque el fuego no sólo acaba con las agradables arboledas; también están en peligro el clima y el suelo, y estos incendios impiden las lluvias del invierno siguiente y secan manantiales perennes. California ha sido una tierra de promisión en su momento, como Palestina, pero si los bosques siguen destruyéndose tan rápidamente, se puede convertir, como Palestina, en una tierra de desolación.

Ver los bosques mientras arden lánguidamente es una extraña experiencia. El fuego arrasa el sotobosque con furia. Aquí y allá un árbol se inflama en un instante, de la raíz a la copa, despidiendo llamaradas, y se apaga con la misma aparente rapidez. Pero esto último sólo es en apariencia. Porque después de que el musgo y las ramitas secas ardan como la pólvora, en las entrañas mismas del árbol continúa un fuego profundo y devorador. La resina del pino tea se condensa principalmente en la base del tronco y en sus anchas raíces. Así que, una vez que las espectaculares y ligeras llamas, que acompañan momentáneamente a la explosión, se han alejado con el viento, el verdadero daño para este gigante del bosque no ha hecho más que empezar. Puede ocurrir que te acerques al árbol desde un lado y lo veas chamuscado de arriba abajo pero parezca que ha sobrevivido al peligro. Sin embargo, si das la vuelta, allí, al otro lado del tronco, hay una masa de carbón candente que se extiende como una úlcera, mientras que bajo el suelo el fuego está consumiendo las raíces hasta su última fibra y el humo sale a la superficie por las fisuras. Antes de que pase mucho tiempo, súbitamente, el enorme pino se chascará cerca del suelo y se desplomará con un gran crujido. Entre tanto, el fuego continúa su silenciosa tarea; las raíces quedan reducidas a finas cenizas, y mucho después, si pasas por allí, verás que la tierra está perforada por galerías radiales que mantienen la forma de sus proyecciones subterráneas, como si fuera el molde de un nuevo árbol en vez de la huella de uno antiguo. Los pinos tea de Monterrey son, con la única excepción del ciprés de Monterrey, los más extraordinarios árboles del bosque. Las palabras apenas pueden dar una idea de sus contorsiones; podrían figurar, tal y como son, en un círculo del infierno descrito por Dante; y si pensamos en la lentitud con la que crecen y en la frecuencia con la que se declaran los incendios que se desbocan por los montes de California, es posible que llegue un momento en que no quede ninguno en pie en su tierra de origen. Al menos, no es que tengan que temer del hacha, sino que perecen por lo que podríamos denominar una causa natural aunque violenta, mientras que el hombre, con su miope codicia, es el que roba al país las nobles secoyas. A este paso, dentro de poco todas las colinas de la costa de California quizá acaben tan calvas como Tamalpais.

Tengo un interés personal en esos incendios del bosque, pues en una ocasión estuve tan cerca de un linchamiento que a un hombre más valiente quizá le estremecería aún la experiencia. Yo quería cerciorarme de si era el musgo, ese hermoso y sepulcral ornamento de los bosques californianos, lo que ardía tan rápidamente cuando la llama tocaba el árbol. Supongo que debía de estar bajo la influencia de Satán porque, en vez de arrancar un trozo para mi experimento, me acerqué a un gran pino en una parte del bosque que ni siquiera estaba chamuscada, encendí una cerilla y acerqué cuidadosamente la llama a una de las borlas. La llama prendió instantáneamente en el árbol, que, en tres segundos, se había convertido en una crepitante columna de fuego. Cerca de allí oí los gritos de la gente que estaba trabajando para apagar el fuego original. Podía ver en el campo abierto la carreta que les había llevado sujeta a un roble vivo; incluso divisé el destello de un hacha al sol en el momento en que surgía de la maleza. Si alguien hubiera presenciado el resultado de mi experimento, no habría dado un centavo por mi cuello; después de unos minutos de apasionada protesta me habrían colgado de una rama resistente.

 

Morir por diferencias faccionales es un mal común;

pero ser colgado por una tontería es una desgracia impeorable[6].

 

He corrido muchas veces en mi vida, pero nunca como aquel día. Por la noche salí del pueblo, y allí estaba mi fuego personal, se podía distinguir del otro y ardía con lo que a mí se me antojaba aún más virulencia.

Pero es el Pacífico el que ejerce la influencia más directa y evidente sobre el clima. Durante meses y meses seguidos se levantan desde el océano melancólicas brumas, vastas y húmedas, que llegan hasta la orilla al anochecer. Desde la cumbre de la montaña que domina Monterrey la escena con frecuencia es majestuosa, pero siempre triste. Por encima, la luz del sol todavía resplandece en el aire, una suave incandescencia perdura sobre el pico Gabelano; pero las brumas se apoderan de los niveles inferiores; se arrastran en jirones entre las dunas; flotan, un poco más arriba, en nubes de tamaño gigantesco y a menudo formas extravagantes; hacia el sur, al chocar con el saliente de las montañas de Santa Lucía, retroceden y se elevan hacia el cielo como si fueran humo. Adonde llega su sombra, el color desaparece del mundo. A su paso, el aire se vuelve frío y malsano. El alisio se reaviva, los árboles empiezan a susurrar y todos los molinos de viento de Monterrey giran y crujen y llenan sus cisternas con el agua salobre de las arenas. En poco tiempo la invasión es completa. El mar ha sumergido la tierra en su orden más liviano. Por esa noche, Monterrey queda encerrada entre nubes espesas, salobres, húmedas, frías, y permanece así hasta que vuelve el día; ante los rayos del sol se dispersan lentamente y retroceden en escuadrones derrotados hasta el seno del mar. Y, sin embargo, muchas veces, cuando la bruma es más espesa y fría, basta alejarse unos pasos de la ciudad y subir la ladera para que la noche se vuelva seca y cálida y se llene del perfume de tierra adentro.

 

 

Mexicanos, americanos e indios

 

La historia de Monterrey todavía no se ha escrito. Su auge y decadencia son típicos de los de todas las instituciones, e incluso de las familias, mexicanas de California: fundada por misioneros católicos, misión de beneficencia ilustrada para los indios, plaza de armas, capital mexicana que constantemente trataron de arrebatarse unas a otras las distintas facciones y capital americana cuando se reunió la primera Cámara de Representantes, después empezó su declive y pasó de ser capital del Estado a capital de condado y, al cabo, tras la pérdida de su cédula de fundación y sus tierras, quedó reducida a una aldea arruinada.

Nada es más extraño en ese extraño Estado que la rapidez con la que el suelo ha cambiado de manos. Se podría decir que los mexicanos son todos pobres y carecen de tierras, como su antigua capital; sin embargo, tanto ella como ellos se mantienen aparte y conservan sus antiguas costumbres y algo de su antiguo porte.

Cuando la visité, la ciudad tenía dos o tres calles, un económico pavimento de arena de playa y dos o tres callejones que se convertían en riachuelos en la estación lluviosa y que, en todas las estaciones, tenían grietas de más de un metro de profundidad. No había farolas. Los pocos tramos en los que había aceras de madera no hacían más que añadir peligros a la noche, pues con frecuencia estaban muy por encima del nivel de la calzada y no había forma de saber cuándo empezaban o acababan. La mayoría de las casas estaban construidas de adobe y muchas de ellas ya eran antiguas en un país tan joven; las había de proporciones muy elegantes, con estancias bajas, espaciosas y agradables, y paredes tan gruesas que el calor del verano nunca las secaba por completo. Cuando se aproximaba la estación de las lluvias, empezaba a extenderse un frío letal y un olor a cementerio por las plantas más bajas; y entre los domésticos de uno u otro sexo las enfermedades del pecho eran frecuentes y fatales.

No había actividad más que en las tabernas y alrededor de ellas, donde la gente permanecía todo el día jugando a las cartas. La excursión más pequeña se hacía a caballo. Era difícil ver la calle principal sin un caballo o dos atados a postes, y componían una bella estampa con sus arreos mexicanos. Cuando en Cornhill encontré algunas de las ilustraciones para Erema, de Blackmore, me resultó extraño que todos los personajes cabalgaran con monturas inglesas. En realidad, la montura inglesa es una rareza incluso en San Francisco e incluso se podría decir que es desconocida en el resto de California. En un lugar tan exclusivamente mexicano como Monterrey no sólo veías monturas mexicanas sino también verdaderos vaqueros: hombres que siempre iban a caballo a todas partes, ya fuera subiendo montañas, descendiendo por gargantas o salvando las curvas más pronunciadas, que apremiaban a sus caballos con gritos y gesticulaciones y crueles espuelas giratorias, los paraban en seco con un toque o los obligaban a girarse en un metro cuadrado. Su rostro y comportamiento eran sorprendentemente poco americanos. En cuanto al primero, los había entre algo que cabría considerar españoles puros y algo que, por su triste imperturbabilidad, les asemejaba a los indios puros, aunque no creo que en todo el país hubiera alguien que no fuera mestizo de estas razas. En cuando al carácter, era una fuente inagotable de sorpresas hallar, en ese mundo de americanos absolutamente carentes de formas, un pueblo lleno de porte y cortesía solemne, que hacía todas las cosas con gracia y decoro. En la indumentaria, les gustaban los colores vivos y los fajines llamativos. Ni siquiera los más americanizados podían resistir siempre la tentación de ponerse una rosa roja en la cinta del sombrero. Ni siquiera los más americanizados se rebajaban a llevar el detestable sombrero de etiqueta de la civilización. El español era la lengua de las calles. Resultaba difícil arreglárselas sin conocer unas palabras en ese idioma en determinados momentos. Lo único para lo que se comunicaba toda la población era la diversión. Cada semana se organizaba un baile público muy formal, además de numerosos fandangos en casas particulares. Había una fanfarria de aficionados bastante buena. Noche tras noche se daban serenatas en la calle, unas veces en grupo, con varios instrumentos y voces, y otras por separado, cada guitarra ante una ventana particular. Era extraño permanecer en la cama despierto en la América del siglo XIX y oír las guitarras y una de esas viejas y desgarradoras canciones de amor españolas elevarse en el aire de la noche, bien en un grave barítono bien en ese patético y femenino contralto que es tan frecuente entre los hombres mexicanos y que al oído no acostumbrado le parece no del todo humano pero de una tristeza absoluta.

Así pues, la ciudad era esencial y completamente mexicana; sin embargo, en los alrededores la tierra era propiedad de americanos que pertenecían a la misma clase, numéricamente muy reducida, de la que procedían los principales cargos públicos. Algunos mexicanos te hablaban de sus antiguas haciendas, de las que no les quedaba nada. Cuando les preguntabas cómo había ocurrido algo así, te contaban desordenadamente una enrevesada historia de la que deducías que los americanos habían sido codiciosos como hombres arteros y los mexicanos codiciosos como niños, pero nada más quedaba en claro. Tanto sus méritos como sus faltas contribuyeron por igual a la ruina de los antiguos hacendados. Es cierto que eran imprevisores y que se impresionaban fácilmente ante la vista del dinero contante y sonante, pero también eran caballerosos, y de una manera que curiosamente les hacía incapaces de combatir la astucia yanqui. Si tienen que firmar un documento, consideran un agravio a la otra parte examinar con detenimiento las condiciones; más aún, si tienen que acatar alguna cláusula dudosa, hay diez probabilidades contra una de que no hagan objeciones por delicadeza. Me consta la veracidad de lo que digo porque he sido testigo de un caso así, y el mexicano, pese al consejo de su abogado, firmó como un cordero un documento viciado. Dijo que haber sacado ese asunto a colación y, sobre todo, haber dejado entrever a la otra parte que había consultado a un abogado, «habría sido como dudar de su palabra». Estos escrúpulos nos suenan extraños a los que hemos sido educados para considerar todo negocio como competencia en el fraude, y la honestidad misma como una virtud que atañe al cumplimiento de los contratos, pero no a su formulación. Este rasgo tan poco mundano explica buena parte de los cambios de los que estamos hablando. Los mexicanos tienen fama de ser grandes embaucadores, pero no cabe duda de que la acusación es cierta en las dos direcciones. En una competición de esta clase, difícilmente se habría llevado todo el botín la raza más escrupulosa.

Físicamente los americanos han triunfado, pero todavía está por ver hasta qué punto no han sido vencidos moralmente. Desde luego, esta cuestión no es sino parte de un gran problema que están resolviendo actualmente los distintos Estados de la Unión Americana. A propósito de esto recuerdo una anécdota. Hace algunos años, en una gran venta de vino todos los lotes sueltos fueron adquiridos por el propietario de una pequeña tienda de ultramarinos de la vieja ciudad de Edimburgo. Intrigado, al cabo de un tiempo el agente le visitó y le preguntó qué uso había dado a todo aquel género. A modo de respuesta el comerciante le mostró una enorme cuba en la que fermentaban todos los licores juntos, desde el humilde Gladstone hasta el imperial Tokay. «¿Y cómo piensa llamarlo?» «No estoy muy seguro —respondió el comerciante—, pero creo que el resultado va a ser oporto». En los más antiguos estados de la costa este, me parece que podemos decir que el resultado de esta mezcolanza de razas va a ser inglés, o algo parecido. Pero en otras zonas el problema presenta matices muy diversos. La amalgama de elementos es distinta en el sur, en lo que podemos denominar el cinturón Territorial, y en el grupo de estados de la costa oeste. En estos últimos sobre todo, puede surgir un monstruoso híbrido: es imposible prever si bueno o malo, pero, desde luego, original y completamente propio. Día tras día, nos hemos encontrado en mi pequeño restaurante de Monterrey un francés, dos portugueses, un italiano, un mexicano y un escocés, y nuestros visitantes comunes eran un americano de Illinois, una mujer india de raza pura y un chino naturalizado, y de vez en cuando bajaban de los ranchos a pasar la noche un suizo y un alemán. No es de extrañar que la costa del Pacífico sea un país extranjero para los visitantes de los estados del este, pues cada raza aporta algo propio. Incluso los despreciados chinos han enseñado a la juventud de California no alguna de sus cualidades sino el degradante consumo del opio. Y entre todas estas influencias la principal es la de los mexicanos.

Aunque vivan en él, los mexicanos no se integran en el Estado. Aún conservan una suerte de independencia internacional y resuelven sus asuntos entre ellos. Apenas hace cuatro o cinco años, cuando sus hombres fueron dispersados y era perseguido sin tregua en otras regiones de California, el bandido Vásquez regresó a su Monterrey natal, donde se sentía seguro, y fue visto públicamente en sus calles y tabernas. El año en que yo estuve allí se produjeron dos supuestos asesinatos. Como los habitantes de Monterrey son muy maledicentes, no puedo juzgar cuánto había de verdad en aquellas historias, pero aunque en un caso todos creían —y, en el otro, algunos sospechaban— que se había cometido un desafuero, a nadie se le ocurrió por un momento poner el asunto en manos de las autoridades. Desde luego, esto es característico de los mexicanos, pero hay que señalar que todos los americanos de Monterrey miraron para otro lado sin decir nada. Incluso cuando les hablé sobre ello, parecían no comprender mi sorpresa; habían olvidado las tradiciones de su propia raza y su educación y, en una palabra, estaban completamente mexicanizados.

Como prácticamente carecen de dinero, en la mayoría de los casos los mexicanos recurren para sus transacciones comerciales a documentos sin valor que se entregan unos a otros. Pedro, sin un centavo, te paga con un pagaré que ha recibido del igualmente pobre Miguel. Funcionaban como una moneda local basada en la cortesía. En estas regiones el crédito se ha convertido en una superstición. He visto a un hombre fuerte y violento luchar durante meses por cobrar una deuda y no conseguir nada más que un papel inservible. Ni siquiera los comerciantes piden que se les pague con dinero y parecen más sorprendidos que complacidos cuando se les ofrece. Temen alguna intención oculta y que vayas a dejar de comprar en su establecimiento. He visto al diligente farmacéutico y papelero rogarme con vehemencia que no retirara mi cuenta, aunque tenía en la mano la cartera abierta; y en parte por lo habitual del caso, en parte por un residuo de esa vieja y generosa tradición mexicana de la hospitalidad, aunque se sepa que una persona no sólo no puede sino que tampoco quiere pagar, sigue obteniendo a crédito los artículos de primera necesidad en las tiendas de Monterrey. Ahora bien, este infame hábito de vivir «a cuenta» se ha naturalizado en California. No quiero decir que los comerciantes americanos y europeos de Monterrey sean tan laxos como los mexicanos, sino que, en muchas partes del Estado, los granjeros americanos esperan crédito ilimitado y se benefician de él mientras pueden, sin pensar en las consecuencias. Los comerciantes judíos ya han se han percatado de las ventajas de esto: inducen al granjero a endeudarse de forma irreparable y a partir de entonces le tienen como su esclavo, trabajando para ellos sin remisión. De esta forma, las vicisitudes de la vida traen su venganza y, excepto por el hecho de que los judíos saben que es más rentable no embargar, quizá veamos a los americanos atados a las mismas cadenas a las que ellos ataron a los mexicanos con anterioridad. Parece como si ciertos desatinos, lo mismo que ciertos tipos de grano, proliferasen especialmente bien en una tierra determinada, en vez de en la raza que la posee y la cultiva en un momento determinado.

Entre tanto, los americanos gobiernan el condado de Monterrey. La nueva capital del condado, Salinas, situada en la llanura cerealista que domina el pico Gabelano, es una ciudad de carácter exclusivamente americano. Predominan las grandes haciendas que son otro legado de los tiempos mexicanos y que actualmente constituyen el principal peligro y desgracia de California; sus propietarios son en su mayor parte de origen americano o británico. En Inglaterra no nos hacemos una idea de los problemas e inconvenientes que provoca la existencia de esos grandes hacendados: ladrones de tierras, expoliadores, tiburones, como se les suele llamar sin circunloquios. Así, las tierras que pertenecían a Monterrey ahora están en manos de un solo hombre. Cómo llegaron a su poder es una cuestión turbia y enojosa, y, con razón o sin ella, es muy odiado. Su vida ha estado varias veces en peligro. No hace mucho tiempo, según me contaron, varios hombres enmascarados sedientos de su sangre detuvieron la diligencia para ver si se encontraba entre los viajeros. También se dice que, cuando va en su calesa, pasa a toda velocidad por delante de cierta casa en Salinas porque su ocupante le envió una amenaza hace mucho tiempo. Pero hace un año fue señalado públicamente como objetivo nada menos que por Dennis Kearny. Aunque Kearny es de sobra conocido en California, explicaré brevemente quién es para los lectores ingleses. Carretero de origen irlandés, gracias a su dominio del improperio adquirió en el Estado una autoridad casi dictatorial que conservó durante seis meses, con la boca llena de maldiciones, horcas y soflamas incendiarias. El invierno pasado le hicieron huir Coleman con sus Vigilantes de San Francisco y tres ametralladoras Gatling; entonces acabó de cavar su propia tumba aliándose con el grotesco Greenback Party y, al cabo, tuvo que ser rescatado por sus antiguos enemigos, la policía, de manos de sus enfurecidos seguidores. Fue mientras estaba en la cumbre de su fortuna cuando Kearny visitó Monterrey, con su grito de guerra contra los trabajadores chinos, los potentados del ferrocarril y los ladrones de tierras, y la única recomendación articulada que hizo a los habitantes de la ciudad fue: «Colgad a David Jacks». Tengo para mí que si la ciudad hubiera sido americana, esto ya habría ocurrido hace años. La tierra es un asunto sobre el que no se bromea en el Oeste, y he visto a mi amigo el abogado salir de Monterrey para dirimir una disputa sobre un título de propiedad con el semblante de un capitán que se dirige a la batalla y su Smith and Wesson a mano.

En el rancho de otro de esos hacendados puedes encontrar en pleno funcionamiento a un viejo amigo: el sistema de pago con vales que se canjean en establecimientos del propio hacendado. Aquí viven de forma permanente hombres que trabajan cortando madera por un salario nominal que no da más que para subsistir. Cuanto más tiempo permanecen en este conveniente servicio, más profundamente se endeudan: una burlesca injusticia en un país joven, donde el trabajo debería ser muy preciado, y uno de esos casos típicos que explican el descontento imperante y el éxito del demagogo Kearney.

Si se compara cómo era y cómo es California, los que elogian los viejos tiempos mencionan a los indios de Carmel. El valle por el que discurre el río de ese nombre es genuinamente californiano: desnudo, con chaparral disperso y rodeado de extrañas colinas, que parecen inacabadas. El Carmel fluye junto a muchas agradables granjas; es un río de aguas diáfanas y someras que al ganado le gusta vadear, y, a su término, cuando se precipita hacia una ciénaga de arenas movedizas y el gran Pacífico, pasa cerca de las ruinas de una misión situada sobre una colina. Desde la iglesia de la misión la vista abarca la gran extensión del océano, y al oído llega constantemente el sonido de las olas distantes en la playa. Pero la época de los jesuitas ha pasado, ha llegado la de los yanquis, y no queda nadie para ocuparse del salvaje convertido. La iglesia no tiene cubierta y se está desmoronando; la brisa y la bruma del mar, y la alternancia de lluvia y sol ensanchan constantemente las brechas y desprenden los ornamentos de los muros. Por ser una antigüedad en este joven país, un bello ejemplar de la arquitectura de los misioneros y un monumento a las buenas acciones, tenía triple derecho a ser conservada por todas las personas conscientes, pero su suerte ha sido la indiferencia y el maltrato. No hay signo alguno de interferencia americana, salvo donde han arrancado la lápida de una tumba para practicar la puntería con un revólver. Lo mismo ha ocurrido con los indios para los que se construyó. Sus tierras, según me cuentan, sufren el acoso constante del hacendado americano con el que lindan y, aparte de eso, nadie se acuerda de los indios de Carmel. Sólo un día al año, la víspera de Guy Fawkes, el padre viene desde Monterrey; la pequeña sacristía, que es la única parte de la iglesia que todavía conserva la cubierta, se llena de asientos y se decora para la misa; los indios se reúnen, sus rostros oscuros y tristes en contraste con sus llamativas vestimentas, y allí, entre un grupo de veraneantes que no muestran demasiada simpatía, se puede escuchar la palabra de Dios en unas circunstancias quizá más sobrecogedoras que en cualquier otro templo bajo el cielo. Un indio completamente ciego, de unos ochenta años, dirige el canto, y el coro está integrado por indios; sin embargo, la música gregoriana les resulta natural y pronuncian el latín tan correctamente que podía seguir el significado de lo que cantaban. La pronunciación sonaba un tanto extraña y nasal, y el canto era un apresurado staccato. Pronunciaron «in saecula saeculoho-horum», con una vigorosa aspiración antes de cada sílaba adicional. Nunca he visto unos rostros que irradiasen más alegría que los de aquellos indios cantores. Para ellos no se trataba únicamente del culto a Dios ni de un acto por el que recordaban y conmemoraban mejores tiempos, sino que, además, era un ejercicio de cultura que reunía y expresaba todo lo que sabían del arte y las letras. Y entristecía el corazón pensar en los buenos padres de antaño que les habían enseñado a sembrar y a cosechar, a leer y a cantar, que les habían dado misales europeos que aún conservan y estudian en sus cabañas, y cuya autoridad e influencia han desaparecido en ese país... para ser sustituidas por codiciosos ladrones de tierra y sacrílegos pistoleros. Algo tan ignominioso es lo que puede poner nuestro protestantismo anglosajón junto a las actividades de la Compañía de Jesús.

Pero el mundo no deja de dar vueltas. Todo lo que digo en este artículo se refiere a algún momento pretérito. El Monterrey del año pasado ya no existe. Junto al ferrocarril ahora se levanta un enorme hotel en el desierto. Hay tres turnos sucesivos para cenar. A lo largo de la playa y entre los robles vivos se han instalado inapreciables baños, y en los periódicos y en los carteles que hay colgados en las salas de espera de las estaciones del ferrocarril Monterrey se anuncia como un centro de moda y riqueza. ¡Ay de aquella pequeña ciudad! No es lo bastante fuerte como para resistir la influencia de la ostentosa gran posada, y los pobres y dignos caballeros nativos de Monterrey han de perecer como una raza inferior ante los patanes millonarios de la Gran Bonanza.