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EL OLMO DEL MILLÓN DE DÓLARES

 

 

Pese a los asesinatos, los grandes barones mundiales del petróleo seguían acudiendo. Cada tres meses, a las diez de la mañana, los petroleros —entre los que se contaban E. W. Marland, Bill Skelly, Harry Sinclair y Frank Williams y sus hermanos— llegaban a la estación de tren de Pawhuska en sus propios vagones de lujo. La prensa ponía sobre aviso a la población con boletines especiales: INMINENTE LLEGADA DEL «EXPRESO DE LOS MILLONARIOS»;[149] PAWHUSKA ENTREGA HOY LA CIUDAD A LOS PRETROLEROS;[150] HOMBRES CON MILONES ESPERAN EL MOMENTO PSICOLÓGICO.[151]

La presencia de estos barones se debía a la subasta de arriendos de los osage, evento que se celebraba unas cuatro veces al año y que era supervisado por el departamento de Interior. Un historiador lo bautizó como el «Montecarlo osage».[152] Desde el inicio de las subastas en 1912, solo se había abierto para perforar una pequeña parte de la enorme reserva subterránea del condado, mientras que la puja por arrendamiento (que normalmente comprendía una extensión de 65 hectáreas) se había disparado. En 1923, el Daily Oklahoman decía: «A Brewster, el protagonista de la novela Brewster’s Millions, casi le da un patatús en su intento de gastar un millón de dólares a lo largo de un año. Si hubiera estado en Oklahoma […] podría haber gastado un millón de una sola tacada y con un simple gesto de cabeza».[153]

Si hacía buen tiempo, las subastas se celebraban al aire libre en una colina de Pawhuska, a la sombra de un árbol enorme conocido como el Olmo del Millón de Dólares. Acudían espectadores desde muchos kilómetros a la redonda. Ernest iba algunas veces, lo mismo que Mollie y otros miembros de la tribu osage. «Hay también un toque de color en el público, puesto que los indios osage […] suelen ser unos espectadores estoicos pero muy atentos», informaba la agencia Associated Press, recurriendo a los clichés de rigor.[154] Otros miembros de la comunidad —entre ellos colonos destacados como Hale y Mathis, el propietario de la Big Bill Trading Company— se interesaban mucho por las subastas. El dinero que entraba en la comunidad gracias al boom del petróleo les había ayudado a montar sus respectivos negocios y a hacer realidad el antaño utópico sueño de convertir la desnuda pradera en un bastión del comercio.

 

Cortesía del Museo de Historia de Bartlesville Area

Frank Phillips (en el escalón inferior) y otros petroleros llegados a territorio osagen en 1919

 

Después de un rato el subastador —un blanco de alta estatura, con entradas y voz de trueno— se situaba al pie del árbol. Normalmente vestía una llamativa camisa a rayas, un cuello postizo y una corbata suelta; de un bolsillo le colgaba una cadena metálica enganchada a un reloj. Presidía todas las ventas de tierras osage, y su mote, el Coronel, hacía pensar en un veterano de la Primera Guerra Mundial. De hecho, era uno de los nombres con que lo bautizaron de niño: Colonel Ellsworth E. Walters.[*] Era un auténtico showman y sabía echar mano de dichos y refranes populares para ganarse al público: «Venga, chicos, ¿o se os ha comido la lengua el gato?».[155]

 

Cortesía del Museo de Historia de Bartlesville Area

El Coronel Walters dirigiendo una subasta bajo el olmo del Millón de Dólares

 

Como primero se subastaban los arrendamientos de menor valor petrolífero, los barones se quedaban en la parte de atrás, dejando las pujas iniciales a los advenedizos. Jean Paul Getty, que asistió a varias de estas subastas osage, recordaba que un solo arrendamiento podía cambiarle la vida a un hombre. «Se daba a menudo el caso de que un prospector con los bolsillos vacíos, en las últimas, sin efectivo ni un crédito al que recurrir […] se hiciera rico gracias a un pozo.» Paralelamente, una mala puja podía conducir a la ruina: «Se ganaban (y perdían) fortunas a diario».[156]

Los petroleros examinaban a conciencia mapas geológicos de la zona e intentaban sacar información privilegiada a través de hombres contratados en calidad de «sabuesos de las rocas» y espías. Tras la pausa para almorzar, la subasta se reanudaba, ahora con los arrendamientos de mayor valor; inevitablemente, todas las miradas iban a posarse en los magnates del petróleo, cuyo poder era parejo —por no decir superior— al de los barones del acero y el ferrocarril del siglo XIX. Algunos habían empezado a utilizar su influencia para forzar el rumbo de la historia. En 1920, Sinclair, Marland y otros petroleros ayudaron a financiar la carrera presidencial de Warren Harding. Un petrolero de Oklahoma le confió a un amigo que la nominación de Harding les había costado, a él y a sus intereses, un millón de dólares. Pero, como observaba un historiador, con Harding en la Casa Blanca «los petroleros se chuparon los dedos».[157] Utilizando una empresa ficticia como tapadera, Sinclair desvió más de doscientos mil dólares al nuevo secretario de Interior, Albert B. Fall; otro petrolero mandó a un hijo suyo con cien mil dólares metidos en una bolsa negra para entregar al secretario.

A cambio, el secretario permitió a los barones explotar las invaluables reservas estratégicas de petróleo. Sinclair recibió con carácter exclusivo el arrendamiento de una reserva petrolífera de Wyoming que se conocía como Teapot Dome por la forma de tetera de una roca de arenisca cercana a la misma. El director de Standard Oil advirtió en estos términos a un exasesor de campaña de Harding: «Tengo entendido que el departamento de Interior está a punto de cerrar un contrato de arrendamiento del Teapot Dome, y toda la industria considera que apesta […]. Opino que debería usted decirle al presidente que apesta de verdad».[158]

Estas recompensas ilícitas no habían llegado aún a conocimiento de la opinión pública, y cuando los barones se situaban frente al Olmo del Millón de Dólares, se los trataba con veneración como a príncipes del capitalismo. Durante la puja a veces había algún momento de tensión entre los magnates. Frank Phillips y Bill Skelly, por ejemplo, llegaron a las manos, y se revolcaron por el suelo como mapaches rabiosos, mientras Sinclair hacía una seña al Coronel y se llevaba triunfalmente el arrendamiento. Un periodista dijo: «Seguro que los veteranos de la bolsa de valores de Nueva York no han presenciado jamás una disputa tan emocionante como la que ofrecieron estos petroleros de fama estatal y nacional peleando cuerpo a cuerpo por conseguir los mejores terrenos».[159]

 

 

El 18 de enero de 1923, cinco meses después del asesinato de McBride, muchos de los grandes petroleros coincidieron en una nueva subasta.[160] Era invierno y el evento se celebró en el Constantine Theater de Pawhuska. Saludado como «el mejor edificio de su clase en toda Oklahoma»,[161] el local tenía columnas griegas, murales y una ristra de luces alrededor del escenario. Como de costumbre, el Coronel empezó por los arrendamientos de menor valor.

—¿Cuánto ofrecen? —dijo en voz alta—. Recuerden: ningún terreno se vende por menos de quinientos dólares.[162]

De entre la multitud, una voz dijo:

—Quinientos.

—Ofrecen quinientos —anunció el Coronel con su estentórea voz—. ¿Quién da más? ¿Alguien da seiscientos? ¿Sí? ¿No? ¿Usted? Seiscientos, gracias. ¿Setecientos? ¿No? —El Coronel hizo una pausa y luego gritó—: ¡Vendido a ese caballero de ahí por seiscientos dólares!

Las pujas fueron aumentando de valor conforme pasaba el día: diez mil… cincuenta mil… cien mil dólares…

—Parece que Wall Street se despierta —bromeó el Coronel.

El Terreno 13 fue adjudicado a Sinclair por más de seiscientos mil dólares.

Luego el Coronel anunció la subasta del Terreno 14, que estaba situado en medio del rico campo Burbank.

Se hizo el silencio. Un momento después, una voz apocada surgió de entre la muchedumbre:

—Medio millón. —Era un representante de la Gypsy Oil Company, filial de Gulf Oil, que estaba sentado con un mapa abierto sobre las rodillas y no levantó la vista al hablar.

—¿Quién ofrece seiscientos mil? —preguntó el Coronel.

Se le conocía por su especial habilidad para detectar el menor gesto de los licitadores. En las subastas, Frank Phillips y uno de sus hermanos solían emplear señales casi imperceptibles: una ceja levantada, un leve movimiento con el cigarro. Frank decía en broma que, una vez, su hermano les había costado cien mil dólares por espantar una mosca.

El Coronel conocía a su público y señaló hacia un hombre de pelo gris con un puro sin encender encajado entre los dientes. Representaba a un consorcio de intereses que incluía a Philips y Skelly (viejos adversarios y ahora aliados). El hombre de pelo gris hizo un casi invisible asentimiento de cabeza.

 

Cortesía de Guy Nixon

El centro de Pawhuska en 1906, antes del boom del petróleo

 

Cortesía del Osage County Historical Society Museum

La fiebre del petróleo transformó Pawhuks por completo

 

 

—Setecientos —anunció el Coronel, señalando rápidamente al primer postor.

Otro cabeceo.

—Ochocientos —se hizo eco el Coronel.

Volvió al primer postor, el hombre del mapa en las rodillas, y este dijo:

—Novecientos.

Otro cabeceo del hombre de pelo gris con el cigarro apagado.

—Un millón de dólares —bramó el Coronel.

Aun así, las apuestas continuaron subiendo.

—Un millón cien, un millón cien, a ver quién da un millón doscientos… —dijo el Coronel.

No hubo más pujas. El Coronel miró al hombre de pelo gris, que seguía con el puro entre los dientes. Un periodista presente en la sala comentó en voz baja:

—Podría cortarse el aire.

—Hablamos de Burbank, señores —dijo el Coronel—. No se extralimiten.

Nadie se movió ni dijo palabra.

—¡Vendido! —gritó el coronel—. Por un millón cien mil dólares.

Cada nueva subasta parecía superar a la anterior en la puja más alta y en el total de dinero recaudado. Un arrendamiento llegó a venderse por casi dos millones de dólares, mientras que el máximo total acumulado en una subasta alcanzó casi catorce millones. Un periodista de Harper’s Monthly Magazine escribió: «¿Cómo acabará esto? Cada vez que se perfora un nuevo pozo, los indios osage son todavía más ricos». —Y añadía—: Habrá que pensar en hacer algo al respecto».[163]

 

Cada vez había más norteamericanos blancos que manifestaban su alarma ante la riqueza de los osage, y la prensa se encargó de avivar el fuego del escándalo. Aparecían crónicas, muchas veces adornadas hasta la exageración, sobre osage que dejaban en el jardín el piano de cola que no les convencía o que cambiaban de coche porque habían tenido un pinchazo. La revista Travel escribió: «Actualmente, el indio osage es el rey del despilfarro. Criticado por su imprevisión, el hijo pródigo no era más que un ser frugal con una afición innata a las algarrobas».[164] Una carta al director publicada en el semanario Independent se hacía eco de ese sentimiento, hablando de que el típico osage era un cero a la izquierda que se había hecho rico «solo porque el gobierno tuvo la mala pata de ubicarlo sobre unos terrenos petrolíferos que nosotros, los blancos, hemos desarrollado para él».[165] John Joseph Mathews recordaba amargamente que algunos periodistas «disfrutaban, con la habitual petulancia y sabiduría del analfabeto, del grotesco impacto que la riqueza tenía en aquellos hombres neolíticos».[166]

Muy raras veces, por no decir nunca, se mencionaba que numerosos osage hubieran invertido bien su dinero, o que algunos de los gastos que acometían pudieran estar relacionados con costumbres ancestrales osage que asociaban grandes demostraciones de generosidad con el estatus dentro de la tribu.[167] Durante los locos años veinte, una época marcada por lo que Francis S. Fitzgerald llamó «la juerga más chabacana de la historia»,[168] los osage no fueron los únicos en derrochar. Marland, el magnate que descubrió el yacimiento de Burbank, se había hecho construir una mansión de veintidós habitaciones en Panca City para abandonarla después por otra más grande aún. Con su interior hecho a imagen y semejanza del florentino Palazzo Davanzati del siglo XIV, la casa tenía cincuenta y cinco habitaciones (incluido un salón de baile con techo de pan de oro y arañas de cristal Waterford), doce cuartos de baño, siete chimeneas, tres cocinas y un ascensor forrado en piel de bisonte. La finca contaba con una piscina, un campo de polo, otro de golf y cinco pequeños lagos con islote. Cuando le preguntaban por semejante exceso, Marland no parecía en absoluto arrepentido: «Para mí, la finalidad del dinero siempre fue comprar y construir. Y es lo que he hecho. Si se refieren a eso, entonces me considero culpable».[169] Apenas unos años más tarde, Marland estaba tan arruinado que no podía ni pagar la factura de la luz y tuvo que desalojar la mansión. Después de dedicarse a la política un tiempo, intentó descubrir otro pozo, pero no tuvo éxito. Su arquitecto recordaba que «la última vez que le vi creo que él estaba sentado en un barril al nordeste de la ciudad. Llovía y llevaba puesto su impermeable y su sombrero, pero estaba allí sentado sin más, con cara de pena. Había dos o tres hombres trabajando en el equipo portátil de perforación, siempre con la esperanza de encontrar petróleo. Yo me alejé de allí con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos».[170] Otro famoso petrolero de Oklahoma se pulió cincuenta millones de dólares en poco tiempo y acabó en la indigencia.

 

Cortesía de Raymond Red Corn

Según la prensa, prácticamente todos los osages poseían once coches por cabeza, mientras que solo uno de cada once norteamericanos tenía automóvil propio

 

Muchos osage, a diferencia de otros norteamericanos acaudalados, no podían gastar el dinero a su antojo debido al sistema de tutelaje financiero impuesto por el gobierno federal. (Un tutor aseguró que un osage adulto era «como un niño de seis u ocho años; cuando ve un juguete nuevo, se lo quiere comprar».)[171] La ley estipulaba que se asignara un tutor a todo aquel indio americano que el departamento de Interior considerara «incompetente». Luego, en la práctica, la decisión de asignar un tutor —o, en otras palabras, de convertir al indio en ciudadano a medias— se basaba casi siempre en la cantidad de sangre india del propietario, o lo que un juez de un tribunal supremo estatal calificó de «debilidad racial».[172] Al indio americano sin mezcla se le asignaba siempre un tutor; a una persona mestiza, muy pocas veces. John Palmer, aquel huérfano medio sioux adoptado por una familia osage que jugó un importante papel en la preservación de los derechos mineros de la tribu, alegaba ante miembros del Congreso: «No permitamos que la cantidad de sangre blanca o sangre india determine lo que ustedes se quedan de los miembros de esta tribu. La cantidad de sangre india no importa. Ustedes, caballeros, no están para ocuparse de esas cosas».[173]

Como era de prever, nadie hizo caso, y los congresistas se reunían en salas revestidas de madera para examinar durante horas los desembolsos de tal o cual indio osage, como si la seguridad del país dependiera de ello. En una sesión de un subcomité del Senado, los legisladores revisaron el informe que había redactado un inspector del gobierno enviado a investigar los hábitos de consumo de la tribu, incluida la familia de Mollie. El investigador citaba con desagrado la «Prueba documental Q»: una factura por valor de 319,05 dólares que Lizzie, la madre de Mollie, había acumulado en una carnicería poco antes de morir.

El investigador insistía en que el diablo se había adueñado del gobierno cuando este negoció los derechos petrolíferos con la tribu. Echando fuego por la boca, declaraba: «He viajado y trabajado en casi todo el país y estoy más o menos familiarizado con las inmundas cloacas y purulentas llagas de nuestras urbes. Sin embargo, nunca supe valorar del todo la historia de Sodoma y Gomorra, cuyos vicios y pecados las arrastraron a su ruina y perdición, hasta que tuve contacto con esta nación india».[174]

Imploraba, pues, al Congreso que tomara medidas. «Cualquier blanco que viva en el condado de Osage les confirmará que los indios han vuelto a la vida salvaje —afirmaba. Y añadía—: Ha llegado el momento de empezar a poner coto a ese dinero, o de lo contrario borrar de nuestro corazón y nuestra conciencia toda esperanza que podamos albergar de transformar al indio osage en un verdadero ciudadano.»[175]

Los osage estaban convirtiéndose en el chivo expiatorio, y varios congresistas intentaron mitigar dicha tendencia. En una sesión posterior, incluso un juez que hacía las veces de tutor reconoció que los indios ricos gastaban su fortuna de manera idéntica a como lo hacían los blancos acaudalados. «Estos osage son gente sumamente humana», dijo.[176] También Hale sostenía que el gobierno no debía dictar las decisiones financieras de los osage.

Pero en 1921, del mismo modo que el gobierno había adoptado un sistema de racionamiento para pagar a los indios osage por las tierras requisadas —del mismo modo que su evangelio progresista siempre parecía tornarse martillo de coerción—, el Congreso aprobó medidas aún más draconianas para controlar de qué manera los osage podían gastar su dinero. No era simplemente que los tutores siguieran supervisando las finanzas de muchos de ellos, sino que, además, con la nueva legislación a los osage que tenían un tutor financiero se les imponía una «restricción», lo que significaba que no podían retirar de su cuenta más que unos pocos miles de dólares al año. Daba igual que el osage en cuestión necesitara los fondos para pagar estudios o facturas de hospital por un hijo enfermo. «Tenemos muchos hijos pequeños —explicaba el último jefe hereditario de la tribu, que contaba más de ochenta años, en un comunicado de prensa—.[177] Queremos criarlos y educarlos bien. Queremos que se sientan a gusto y no queremos que nos retenga el dinero alguien a quien no le importamos nada. —Y proseguía—: Queremos nuestro dinero ya. Nos pertenece. Es nuestro; no tenemos por qué aguantar que un autócrata nos lo retenga para que no podamos utilizarlo […] Es una injusticia para todos nosotros. No queremos que nos traten como a niños. Somos hombres y perfectamente capaces de cuidar de nosotros mismos.» Mollie, osage por los cuatro costados, era una de las personas sometidas a restricción financiera, aunque al menos en su caso el tutor era su marido, Ernest.

No solo era el gobierno federal el que se entrometía en los asuntos financieros de la tribu. Los osage se vieron rodeados de depredadores, «una bandada de buitres», como lo expresó un miembro de la tribu en una reunión del consejo.[178] Algunos funcionarios locales corruptos intentaban devorar las fortunas osage; unos atracadores profesionales pretendían robar sus cuentas bancarias; ciertos comerciantes exigían que los osage pagaran precios «especiales», o sea inflados; algunos contables y abogados sin escrúpulos intentaban explotar el mal definido estatus legal de los osage puros. Hubo incluso una mujer blanca de treinta años que envió una carta a la tribu desde Oregón en busca de marido osage rico: «¿Serían tan amables de decírselo al indio más rico que conozcan? Él comprobará que soy el ser humano más bueno y más fiel que se pueda encontrar».[179]

En una audiencia del Congreso, un jefe indio llamado Bacon Rind testificó que los blancos los habían «metido a la fuerza en este lugar perdido, la zona más dura de Estados Unidos, pensando “llevaremos a esos pieles rojas a un sitio donde haya un buen montón de piedras y los dejaremos ahí tirados”». Y ahora que el montón de piedras resultaba valer millones de dólares, dijo, «todo el mundo quiere venir para ver si saca tajada».[180]