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LA ATRACCIÓN DE LO OSCURO

 

 

Febrero de 1923 se estrenó con un tiempo tremendamente frío. Vientos gélidos barrían la llanura, aullaban por los barrancos y sacudían las ramas de los árboles. La pradera se puso dura como piedra, el cielo se vació de pájaros, y el abuelo sol se veía pálido y lejano.

Un día, dos hombres que estaban cazando a unos seis kilómetros al noroeste de Fairfax divisaron un automóvil en el fondo de una hondonada.[181] En vez de ir a mirar, los cazadores regresaron a Fairfax para informar a las autoridades, y un ayudante del sheriff y el alguacil fueron a investigar. Atardecía cuando bajaron a pie por una empinada cuesta hasta el vehículo. Unos visillos, cosa habitual en aquel entonces, oscurecían las ventanillas, y el coche, un Buick, parecía un sarcófago negro. En el lado del conductor, el visillo estaba un poco descorrido, y el ayudante del sheriff escrutó el interior. Había un hombre desplomado detrás del volante. «Estará borracho», dijo el ayudante.[182] Pero, al abrir la puerta de ese lado, vio sangre en el asiento y en el suelo. A aquel hombre le habían metido una bala en la nuca. No podía tratarse de un suicidio, dado el ángulo del disparo y el hecho de que no se veía ningún arma. «Me di cuenta de que lo habían asesinado», recordaba más tarde el ayudante.[183]

Desde el brutal asesinato del petrolero McBride, habían transcurrido casi seis meses sin nuevas muertes sospechosas. Pero cuando los dos agentes de la ley contemplaron al hombre dentro del coche, comprendieron que los asesinatos no habían ni mucho menos acabado. El frío había momificado el cadáver, y esta vez no hubo ninguna dificultad para identificar a la víctima: se trataba de Henry Roan, un indio osage de cuarenta años, casado y con dos hijos. En el internado le habían obligado a cortarse sus dos largas trenzas, como también a renunciar a su nombre original: Roan Horse. Pero aun sin las trenzas —e incluso dentro de la tumba del coche—, su bello rostro alargado y su cuerpo alto y enjuto evocaban la imagen del guerrero osage.

De vuelta en Fairfax, los agentes notificaron lo sucedido al juez de paz. Se aseguraron asimismo de que la noticia llegara a oídos de Hale. Como recordaba el alcalde de Fairfax: «Roan tenía a W. K. Hale por su mejor amigo».[184] Roan era uno de esos indios por los cuatro costados a los que habían restringido oficialmente su asignación, y más de una vez le había pedido a Hale que le adelantara dinero. «Éramos buenos amigos, y él me pedía ayuda si tenía problemas», recordaba después Hale, añadiendo que le había hecho tantos préstamos a su amigo Roan que este lo había nombrado beneficiario de su póliza de vida de veinticinco mil dólares.[185]

 

Corbis

Henry Roan

 

Un par de semanas antes de morir, Roan había telefoneado a Hale. Estaba consternado porque acababa de enterarse de que su mujer tenía una historia con un tal Roy Bunch. Hale fue a hablar con Roan e intentó consolarlo.

Varios días después Hale se topó con Roan en la sucursal bancaria del centro de Fairfax. Roan le preguntó si podía prestarle unos dólares; aún estaba un poco taciturno por lo de su mujer y quería tomarse un trago de aguardiente ilegal. Hale le aconsejó que no comprara whisky: «Más vale que lo dejes, Henry. Te está haciendo daño». Y le previno de que los agentes de la ley seca acabarían pillándolo. «No pienso traer alcohol a la ciudad —dijo Roan—. Lo esconderé por ahí.»[186]

Hale no supo nada más de Roan hasta que apareció su cadáver.

Los macabros rituales dieron comienzo una vez más. El ayudante del sheriff y el alguacil volvieron al barranco, esta vez en compañía de Hale. Para entonces, la noche había envuelto en su mortaja la escena del crimen, de modo que alinearon sus vehículos en una loma y dirigieron los faros delanteros hacia la hondonada, a lo que un agente del orden llamó «un verdadero valle de la muerte».[187]

Hale se quedó arriba observando el arranque de la investigación forense y cómo los hombres entraban y salían del Buick que se perfilaba contra la oscuridad. Uno de los doctores Shoun estimó que la muerte se habría producido unos diez días antes. Los agentes tomaron nota de la postura del cuerpo de Roan —«las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza apoyada en el asiento»— y de la trayectoria de la bala, que había salido por el ojo derecho para astillar después el parabrisas.[188] Tomaron nota de los cristales esparcidos sobre el capó y también en el suelo. Tomaron nota de los objetos que Roan llevaba encima: «Veinte dólares en papel, dos dólares de plata y… un reloj de oro».[189] Y los agentes tomaron nota de las huellas de otro automóvil en el fango helado, cerca de allí, presumiblemente el coche del asesino.

La sensación general de terror volvió a imponerse. En primera plana, el Osage Chief —que, en el mismo número, incluía casualmente un tributo a Abraham Lincoln como inspiración para los norteamericanos—, titulaba: HENRY ROAN ASESINADO POR MANO DESCONOCIDA.[190]

La noticia afectó mucho a Mollie. En 1902, más de diez años antes de que conociera a Ernest, Roan y ella habían estado brevemente casados. Apenas han pervivido detalles de aquella relación, pero con toda probabilidad se trató de un matrimonio concertado: jóvenes —a la sazón, Mollie tenía solo quince años— forzados a preservar un estilo de vida en declive. Dado que el matrimonio se llevó a término según la costumbre osage, no hubo necesidad de divorcio legal; cada cual siguió su camino, sin más. Con todo, permanecieron unidos por el recuerdo de una fugaz intimidad que, aparentemente, llegó a su fin sin acritud y quién sabe si también con cierto afecto oculto.

Al funeral de Roan acudieron muchas personas del condado. Los ancianos de la tribu entonaron las canciones tradicionales para los muertos, solo que esta vez parecían ir destinadas a los vivos, a los que tenían que soportar aquel mundo donde imperaba el asesinato. Uno de los poemas preferidos de Hale se hacía eco de las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña:

 

El hombre yerra en sus juicios, pero hay Uno que «todo lo hace bien».

En el camino de la vida, ten siempre presente este precepto:

«No hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran a ti».[191]

 

Mollie siempre había colaborado con las autoridades, pero cuando empezaron a investigar la muerte de Roan, se fue sintiendo inquieta. A su modo, ella era un producto del espíritu americano de la construcción del yo. Ordenaba los detalles de su pasado igual que ordenaba la casa, y nunca le había contado a Ernest, su instintivamente celoso segundo marido, su boda concertada con Roan. Ernest había apoyado en todo momento a Mollie en aquellos tiempos terribles y no hacía mucho que habían tenido un tercer hijo, una niña a la que habían puesto Anna. Si Mollie decidía dar a conocer a las autoridades su vínculo con Roan, tendría que confesarle a Ernest que le había ocultado su matrimonio durante años. Así pues, optó por no decir nada, ni a su marido ni a la policía. Mollie también tenía secretos.[192]

 

 

A partir de la muerte de Roan, fueron apareciendo bombillas eléctricas en el exterior de las casas osage, ya fuera colgadas de aleros y alféizares, ya sobre las puertas traseras, horadando la oscuridad con su resplandor. Un periodista de Oklahoma comentó: «En cualquier dirección que uno tome al salir de Pawhuska, verá los hogares osage alumbrados con luz eléctrica, lo que para alguien que no conozca la región podría parecer un ostentoso alarde de riqueza petrolífera. Pero como todo indio osage sabe, las luces son un modo de protegerse contra el sigiloso avance de un lúgubre espectro —una mano invisible— que ha ensombrecido el país osage y convertido estas extensas tierras, consideradas con envidia por otras tribus una especie de paraíso, en un Gólgota y un campo de calaveras […]. La omnipresente pregunta en el país osage es: ¿quién será el próximo?».[193]

Los asesinos habían creado un clima de terror que tenía desquiciada a la comunidad. La gente sospechaba del vecino, del amigo. La viuda de Charles Whitehorn dijo que estaba segura de que los mismos que habían matado a su marido pronto la «liquidarían» a ella.[194] Una persona de paso en Fairfax recordaba después que la gente estaba «paralizada de miedo»,[195] y un periodista escribió que «un negro manto de misterio y pavor […] cubría los valles salpicados de petróleo del país osage».[196]

Pese a que los riesgos aumentaban, Mollie y su familia no cejaron en su búsqueda de los asesinos. Bill Smith reveló a varias personas que empezaba a «ver la luz» en su trabajo de detective.[197] Una noche, estando en casa con Rita, creyeron oír movimiento en el exterior, una zona aislada a las afueras de Fairfax. Luego, el ruido cesó: fuera quien fuese (hombre o animal), había desaparecido. Al cabo de unos días, Bill y Rita volvieron a oír movimiento por la noche. Afuera había intrusos —no podía ser otra cosa— hurgando, toqueteando objetos, explorando, y después se esfumaban. Bill le dijo a un amigo suyo: «Rita está asustada»;[198] Bill, por su parte, parecía haber perdido su confianza a prueba de bomba.

No había transcurrido un mes de la muerte de Roan, cuando Bill y Rita abandonaron aquella vivienda dejando atrás la mayoría de sus pertenencias. Se mudaron a una elegante casa de dos pisos con porche y garaje particular, cerca del centro de Fairfax. (Le habían comprado la casa al doctor James Shoun, que era muy amigo de Bill.) Varios de los vecinos tenían perro guardián; habida cuenta que los animales ladraban al menor ruido, seguro que darían la alarma si volvían los intrusos. «Ahora que nos hemos mudado, quizá nos dejarán en paz», le dijo Bill a un amigo.[199]

No mucho después, un hombre se presentó en casa de los Smith. Le explicó a Bill que había oído que estaba vendiendo unas tierras. Bill le dijo que no era así. El hombre tenía un aspecto fiero, pinta de forajido, pensó Bill, y lo miraba todo como si estuviera reconociendo el terreno.

A principios de marzo los perros del vecindario empezaron a morirse uno detrás del otro; sus cuerpos aparecían en la puerta de las casas o en medio de la calle. A Bill no le cupo duda de que los habían envenenado. Rita y él se sumieron en un tenso silencio. Bill le confió a un amigo que no esperaba «vivir mucho tiempo».[200

El 9 de marzo, un día de fuerte ventolera, Bill fue en coche con un amigo suyo al rancho del contrabandista Henry Grammer, que estaba en la margen occidental de la reserva. Bill le dijo a su amigo que necesitaba un trago. Pero él sabía que Grammer, a quien el Osage Chief calificó como «el personaje más destacado de nuestro condado», poseía secretos y controlaba un mundo clandestino.[201] La investigación sobre la muerte de Roan había dado al menos un fruto: antes de desaparecer, Roan había dicho que iba al rancho de Grammer a conseguir un poco de whisky; coincidencia o no, era el mismo lugar al que solía ir Anna, la hermana de Mollie, cuando quería comprar whisky.

Grammer era una estrella del rodeo. Había actuado en el Madison Square Garden y era campeón del mundo de lazo en la especialidad de tumbar novillos. Se decía también que había asaltado trenes, que era un importante contrabandista vinculado al hampa de Kansas City y que era muy bueno con el revólver. El sistema judicial parecía demasiado permeable como para cortarle las alas. En 1904, Grammer mató a tiros a un esquilador de Montana, pero solo le cayeron tres años de cárcel. En un incidente posterior ocurrido en el condado de Osage, un hombre llegó al hospital sangrando abundantemente de una herida de bala. «Me voy a morir, me voy a morir», gemía.[202] Momentos antes de perder el conocimiento, señaló a Grammer como el autor del disparo. Sin embargo, cuando se despertó al día siguiente y vio que no estaba en el cielo con el Señor —y no parecía que fuera a estarlo en breve—, insistió en que no tenía la menor idea de quién había apretado el gatillo. Grammer, a medida que su imperio contrabandista iba creciendo, se convirtió en jefe de un ejército de bandidos. Entre ellos estaban Asa Kirby, un pistolero con incisivos de oro; y John Ramsey, un cuatrero que parecía el menos malo de todos los malos de Grammer.

 

Cortesía de la Montana Historical Society

Henry Grammer fue condenado a tres de años de cárcel por matar a un hombre en Montana

 

Bill y su amigo llegaron al rancho cuando ya anochecía. Vieron una casa grande de madera con su granero al lado, y escondidos entre los árboles circundantes varios alambiques de quinientos galones. Grammer había montado su propia central eléctrica para que sus cuadrillas pudieran trabajar día y noche, de modo que ya no fuera necesario recurrir al furtivo claro de luna para fabricar alcohol ilegal.

En vista de que Grammer no estaba en el rancho, Bill pidió varias garrafas de whisky a uno de los trabajadores. Echó un trago. Los preciados caballos de Grammer solían pacer en un pasto cercano. Qué fácil le habría resultado a Bill, antiguo ladrón de caballos, montar en uno y perderse de vista. Bebió un poco más y, después, su amigo y él subieron al coche y regresaron a Fairfax, pasando frente a las ristras de bombillas —«luces del miedo», las llamaban— que el viento hacía temblar.

Bill dejó a su amigo y cuando llegó a casa metió el Studebaker en el garaje. Rita estaba en casa con Nettie Brookshire, una criada blanca de diecinueve años que muchas veces se quedaba a dormir allí.

 

Cortesía del Federal Bureau of Investigation

Rita y Smith y su criada Nettie Brookshire en una casa de veraneo

 

Fueron a acostarse temprano. Casi eran las tres de la madrugada cuando un hombre que vivía cerca oyó una fuerte explosión. La potencia del estallido alcanzó todo el vecindario, doblando árboles y postes indicadores y rompiendo ventanas. El vigilante nocturno de un hotel de la ciudad, que estaba sentado junto a una ventana, acabó en el suelo cubierto de cristales. En otra habitación, un huésped salió despedido hacia atrás. Más cerca de la explosión, puertas de varias casas quedaron destrozadas y partidas en dos; vigas de madera se quebraron como si fueran huesos. Un testigo, que en aquel entonces era un muchacho, escribió más adelante: «Parecía que la noche no quisiera dejar de temblar».[203] También Mollie y Ernest notaron la explosión. «Toda la casa tembló —diría Ernest después—. Al principio pensé que eran truenos».[204] Asustada, Mollie se levantó y al mirar por la ventana vio algo que ardía a lo lejos, en lo alto, como si el sol hubiera irrumpido violentamente en la noche. Ernest se acercó a ella y ambos contemplaron un momento por la ventana el misterioso resplandor.

Ernest se puso los pantalones y corrió afuera. La gente salía de sus casas medio dormida y aterrorizada, portando candiles y disparando al aire a fin de avisar a otros para que se unieran a la procesión. Poco rato después, un río de gente, a pie o en coche, se aproximaba al lugar de la explosión, y fue entonces cuando algunos gritaron: «¡Es la casa de Bill Smith! ¡La casa de Bill Smith!».[205] Pero en la casa ya no había nadie, solo quedaban restos de madera carbonizada y metal retorcido y mobiliario destrozado, unos muebles que Rita y Bill habían comprado apenas unos días antes en la Big Hill Trading Company, así como jirones de sábana colgando de cables de teléfono y escombros flotando como polvo en el negro aire tóxico. Incluso el Studebaker había quedado destrozado. Un testigo, tratando de describirlo, dijo: «Era como… No sé, no encuentro palabras».[206] No había duda: alguien había colocado una bomba debajo de la casa y la había hecho detonar.

Entre los escombros, las llamas consumieron lo poco que quedaba de la casa, levantando hacia el cielo un nimbo de fuego. Bomberos voluntarios traían agua de pozos intentando extinguir el incendio. Y, a todo esto, la gente buscaba a Bill, Rita y Nettie. «Vengan, señores, ahí dentro hay una mujer», gritó uno.[207]

El juez de paz se había sumado a la búsqueda, lo mismo que Mathis y los hermanos Shoun. Antes incluso de encontrar los restos humanos, el empleado de la funeraria de Big Hill Trading Company estaba ya allí con su féretro; apareció también un hombre de las pompas fúnebres de la competencia, y se los veía a ambos como carroñeros al acecho.

El equipo de rescate registró las ruinas. James Shoun, que había sido propietario de aquella casa, sabía dónde estaba situado el dormitorio principal. Peinó las inmediaciones y fue entonces cuando oyó una voz. Otros pudieron oírla también, débil pero clara: «¡Socorro! ¡Auxilio!». Uno de los hombres señaló hacia un montón de cascotes que ardían sin llama. Los bomberos refrescaron la zona con agua, y todo el mundo se puso a trabajar en medio del humo. La voz fue oyéndose más clara y fuerte poco a poco, entre los ruidos de la casa que se venía abajo. Por fin, una cara empezó a cobrar forma, negra y atormentada. Era Bill Smith. Estaba hecho un guiñapo al lado de la cama. Sus piernas eran irreconocibles, de tan chamuscadas, y otro tanto les ocurría a la espalda y las manos. Después, David Shoun recordaba que en todos sus años como médico jamás había visto un hombre en semejante estado. «Gritaba como un loco y padecía lo indecible.»[208] James Shoun intentó consolar a Bill, diciéndole: «No temas, no voy a dejar que sufras».

Mientras despejaban los escombros, los hombres pudieron ver a Rita tumbada en camisón al lado de Bill. Su rostro estaba intacto, y parecía que estuviera todavía durmiendo plácidamente. Pero cuando la levantaron vieron que tenía la parte posterior del cráneo aplastada. Cuando Bill se dio cuenta de que su mujer estaba muerta, lanzó un grito escalofriante. A un amigo que estaba allí, le dijo: «Si tienes una pistola…».[209]

Ernest, con un albornoz que alguien le había dado para que se tapara, estaba allí mirando. No era capaz de apartarse de aquel horror y murmuraba una y otra vez: «Qué espanto».[210] El empleado de la funeraria de Big Hill le pidió permiso para llevarse los restos de Rita, y Ernest accedió. Alguien tenía que embalsamarla antes de que Mollie la viera. ¿Qué diría cuando se enterara de que otra hermana suya había muerto asesinada? Ahora Mollie era la única que quedaba, y eso que debido a su diabetes todos pensaban que sería la primera en morir.

Los hombres no pudieron localizar a Nettie, y el juez de paz determinó que la joven, que estaba casada y tenía un hijo, había «volado en pedazos».[211] No había restos suficientes para iniciar una investigación forense, aunque el hombre de la funeraria de la competencia encontró material como para reclamar honorarios para un entierro. «Pensé en volver para llevarme a la sirvienta con el féretro, pero él se me adelantó», dijo después el empleado de la funeraria de Big Hill.[212]

Entre los médicos y los demás levantaron a Bill Smith, que sollozaba sin remedio, y lo llevaron hasta una ambulancia. Una vez en el hospital de Fairfax, David Shoun le inyectó morfina numerosas veces. Smith era el único superviviente, pero antes de que pudieran hacerle ninguna pregunta, perdió el conocimiento.

 

 

Corbis

La vivienda de Rita y Bill Smith antes y después de la explosión

 

Los agentes de la ley locales habían tardado lo suyo en llegar al hospital. El alguacil estaba con otros funcionarios municipales en un juicio en Oklahoma City. «La hora del atentado también fue deliberada —comentó más tarde un investigador—, porque lo hicieron cuando todos estábamos fuera.»[213] Al conocer la noticia, los agentes volvieron a Fairfax sin perder un segundo y montaron reflectores en las dos salidas del hospital, temiendo que los asesinos intentaran acabar con Bill allí mismo. Apostaron también guardias armados.

Delirando, a medio camino entre la vida y la muerte, Bill musitaba a veces: «Ya tienen a Rita, y parece que ahora me tienen a mí».[214] El amigo que le había acompañado al rancho de Grammer fue a verlo al hospital. «Farfullaba y poco más —recordaría después—. No entendí nada de lo que dijo.»[215]

Casi dos días después, Bill Smith recobró el conocimiento y preguntó por Rita. Quiso saber dónde la habían enterrado. David Shoun dijo que le pareció que Bill, temiendo morir, se disponía a hacer una declaración, a revelar lo que sabía sobre el atentado y sus autores. «Intenté sonsacarle —explicó después el doctor a las autoridades—. “Bill”, le dije. “¿Tienes alguna idea de quién fue?” Yo estaba ansioso por saberlo.»[216] Pero el médico dijo que Bill no llegó a contarle nada relevante. El 14 de marzo, cuatro días después del atentado, Bill Smith murió: otra víctima de lo que ya se conocía como el Reino Osage del Terror.

 

 

Un periódico de Fairfax publicó un editorial diciendo que el atentado escapaba a toda comprensión: «Va más allá de nuestra capacidad para entender que un ser humano pueda caer tan bajo».[217] El diario exigía que la justicia no dejara «piedra sin remover hasta descubrir a los autores del crimen y sentarlos en el banquillo». Un bombero que estuvo en la escena del atentado le dijo a Ernest que los que habían hecho aquello merecían ser «arrojados al fuego y morir en la hoguera».[218]

En abril de 1923 el gobernador de Oklahoma, Jack C. Walton, envió al condado de Osage al principal investigador del estado, Herman Fox Davis. Abogado y exdetective de la agencia Burns, Davis era de una pulcra elegancia. Fumaba puros, y siempre estaba envuelto en un velo de humo azulado. Un agente de la ley lo llamó el paradigma del «detective de novela barata».

Muchos osage habían acabado pensando que las autoridades locales estaban en connivencia con los asesinos, y que solo alguien de fuera como Davis podría abrirse camino entre tanta corrupción y resolver los muchos casos que ya se acumulaban. A poco de llegar, sin embargo, se pudo ver a Davis confraternizando con algunos de los delincuentes más famosos del condado. Otro investigador pilló después a Davis aceptando un soborno del jefe de un sindicato del juego a cambio de no entrometerse en sus negocios ilegales. Y pronto quedó en evidencia que el superinvestigador que el estado enviaba para resolver los asesinatos de los osage era también corrupto.

En junio de 1923 Davis se declaró culpable de soborno y fue condenado a dos años de prisión, pero unos meses más tarde el gobernador lo indultó. Más adelante Davis y varios cómplices robaron —y mataron— a un abogado de renombre; esta vez, Davis fue condenado a cadena perpetua. En noviembre de aquel año, el gobernador Walton fue impugnado y relevado del cargo, en parte por abusar del sistema de indultos y libertad vigilada (y por dejar «suelta entre la honrada ciudadanía a una horda de criminales»),[219] y en parte por recibir comisiones ilícitas del magnate del petróleo E. W. Marland, que él invirtió en construir una lujosa residencia particular.

En medio de toda esta corrupción, W. W. Vaughan, un abogado de cincuenta y cuatro años residente en Pawhuska, intentaba actuar con honradez.[220] Antiguo fiscal que había jurado acabar con los delincuentes, «parásitos de quienes se ganan la vida por medios honestos»,[221] Vaughan había colaborado estrechamente con los investigadores privados para resolver los casos de asesinato de los osage. Un día de junio de 1923 recibió una llamada urgente. Era de un amigo de George Bigheart, sobrino del legendario jefe James Bigheart. Temiendo que lo hubieran envenenado, Bigheart —que tenía entonces cuarenta y seis años y una vez había escrito en una solicitud de estudios que esperaba «ayudar a los necesitados, dar de comer a los hambrientos y vestir a los desnudos»—[222] había sido rápidamente trasladado a un hospital de Oklahoma City. El amigo dijo que tenía información sobre los asesinatos de los osage pero que solo hablaría con Vaughan, de quien se fiaba. Y cuando Vaughan preguntó por el estado de Bigheart, el otro le dijo que se diera prisa.

Antes de ponerse en camino, Vaughan informó a su esposa, que recientemente había dado a luz a su décimo hijo, del escondite donde guardaba pruebas que había ido recogiendo sobre los asesinatos, diciéndole que si algo le ocurría a él, lo cogiera todo y lo llevara a las autoridades. Le dijo que encontraría también dinero, para ella y los niños.

Cuando Vaughan llegó al hospital, Bigheart aún estaba consciente. Había más personas en la habitación y el paciente les dijo que salieran. Luego, aparentemente, compartió la información de que disponía, entre la cual había documentos incriminatorios. Vaughan no se movió de allí durante varias horas, hasta que el médico dictaminó la muerte de Bigheart. Entonces, el abogado telefoneó al sheriff del condado de Osage para decirle que tenía toda la información que necesitaba y que tomaría el primer tren. El sheriff le presionó para que le dijera si sabía quién había matado a Bigheart. Vaughan contestó que sabía eso y bastante más.

Después de colgar se dirigió a la estación de tren, donde se le vio subir a un expreso nocturno. Pero cuando el tren llegó a su destino la mañana siguiente, no había rastro del Vaughan. DEJA SU ROPA EN UN VAGÓN DE TREN Y DESAPARECE, titulaba el Tulsa Daily World.[223] SIN NOTICIAS DE W. W. VAUGHAN, ABOGADO DE PAWHUSKA.

Los boy scouts, cuya primera tropa norteamericana se había organizado en Pawhuska en 1909, se sumaron a la búsqueda. Los sabuesos seguían el rastro de Vaughan, y al cabo de treinta y seis horas hallaron el cuerpo del abogado junto a la vía férrea, unos cincuenta kilómetros al norte de Oklahoma City. Había sido arrojado del tren en marcha; tenía el cuello roto y lo habían dejado casi desnudo, igual que a McBride, el petrolero. Los documentos que Bigheart le había entregado no estaban por ninguna parte; y cuando siguiendo las instrucciones de Vaughan su viuda fue al escondite, lo encontró vacío.

Un fiscal le preguntó al juez de paz si creía que Vaughan podía haber sabido demasiado, y el juez respondió: «Sí, señor, y llevaba encima unos papeles muy valiosos».[224]

La cifra oficial de muertos en el Reino del Terror había ascendido al menos a veinticuatro miembros de la tribu osage. Entre las víctimas se contaban dos hombres que habían colaborado en la investigación: un destacado ranchero osage a quien habían tirado escaleras abajo después de drogarlo; y otro al que mataron a tiros en Oklahoma City cuando se dirigía a una reunión para informar del caso a funcionarios estatales. La noticia de los asesinatos empezó a correr. En un artículo titulado «La maldición de los osage», la publicación de ámbito nacional Literary Digest informaba que los miembros de la tribu habían «muerto a balazos en pastizales solitarios, los habían apuñalado en su propio automóvil, envenenado para que murieran lentamente o les habían dinamitado la casa mientras dormían».[225] Más adelante, el artículo añadía: «A todo esto, la maldición continúa. Nadie sabe cómo acabará». El pueblo más rico per cápita estaba convirtiéndose en el más asesinado del mundo. Posteriormente, la prensa calificaría aquellos crímenes de «siniestros y sórdidos como los de cualquier novela policíaca»[226] y «el capítulo más sangriento en la historia delictiva de Norteamérica».[227]

 

Cortesía de Melville Vaughan

W. W. Vaughan con su esposa y varios de sus hijos

 

Todos los esfuerzos por resolver el misterio habían fracasado. Debido a las amenazas anónimas, el juez de paz se vio obligado a anular las investigaciones previstas para los últimos asesinatos. Estaba tan aterrorizado que, solo para hablar de los casos, se metía en un cuarto discreto y echaba el pestillo. El nuevo sheriff del condado descartó planear siquiera una investigación. «No quería verme mezclado en todo aquello —reconoció después. —Y añadió un comentario críptico—: Hay una corriente subterránea como un manantial en la cabecera de la hondonada. Ahora no hay manantial, se ha secado, pero ha abierto un hueco hasta el fondo.»[228] Sobre resolver los casos de asesinato, dijo: «Es un trabajo de aúpa y el sheriff y un puñado de hombres no podrían hacerlo; esto es cosa del gobierno».

En 1923, tras el atentado contra Smith, la tribu osage decidió presionar al gobierno federal para que enviara investigadores que, a diferencia de Davis o del sheriff, no tuvieran vínculos con el condado ni con funcionarios del estado. El Consejo Tribal adoptó una resolución en la que se decía:

 

CONSIDERANDO que, en ningún caso, los criminales han sido detenidos y puestos a disposición judicial, y

CONSIDERANDO que el Consejo Tribal osage cree fundamental para la preservación de la vida y las propiedades de miembros de nuestra tribu que se tomen cuanto antes drásticas medidas para capturar y castigar a los criminales…

ACORDAMOS solicitar al honorable secretario de Interior que consiga los servicios del departamento de Justicia a fin de capturar y procesar a los asesinos de los miembros de la tribu osage.[229]

 

Más tarde John Palmer, el abogado medio sioux, envió una carta al senador por Kansas Charles Curtis; Curtis, que tenía sangre kaw y sangre osage, era el funcionario de mayor rango con reconocida ascendencia india jamás elegido para un cargo.[230] Palmer le explicó que la situación era más grave de lo que podía imaginar y que, a menos que él, Curtis, y otras personas con influencia lograran que el departamento de Justicia hiciera algo, los «demonios» responsables de «la serie de crímenes más infame que se haya cometido en este país» seguirían campando a sus anchas.[231]

 

 

Mientras la tribu esperaba alguna reacción por parte del gobierno federal, Mollie vivía en estado de pánico, sabiendo que probablemente ella sería la siguiente víctima en el complot para acabar con toda su familia. Unos meses antes de la explosión, se encontraba una noche en la cama con Ernest cuando oyó un ruido en el exterior de la casa. Alguien les estaba abriendo el coche. Ernest le dijo en voz baja: «Calma. No te muevas», y quienquiera que fuese se marchó con el coche robado.[232]

El día del atentado, Hale se encontraba en Texas. De regreso, fue a ver los restos calcinados de la casa, una imagen propia de la guerra, o, como dijo uno de los investigadores, «un monumento horrible».[233] Hale prometió a Mollie que de un modo u otro vengaría a su familia. Y cuando se enteró de que una banda de forajidos —quizá la misma banda responsable del Reino del Terror— planeaba robar a un comerciante que guardaba diamantes dentro de una caja fuerte, Hale decidió tomar cartas en el asunto y alertó al comerciante. El hombre esperó al acecho y, efectivamente, aquella misma noche vio entrar a los intrusos y le voló a uno la tapa de los sesos con su escopeta del calibre 12. Después de que los otros forajidos escaparan, las autoridades fueron a examinar al muerto y le vieron los incisivos de oro; era Asa Kirby, el socio de Henry Grammer.

 

Cortesía del Museo de la Nación Osage

Mollie con sus hermanas: Rita (izquierda), Anna (segunda por la izquierda) y Minnie (derecha)

 

Un día, alguien prendió fuego a los pastos de Hale. Las llamas se extendieron rápidamente y la tierra renegrida quedó salpicada de reses muertas. Al ver que hasta el mismísimo Rey de las Colinas Osage era vulnerable, Mollie desistió de apelar a la justicia después de tantos esfuerzos y se encerró en su casa a cal y canto. Dejó de invitar a gente; tampoco iba a la iglesia, como si los asesinatos hubieran destruido su fe en Dios. Entre la gente del condado se hablaba de que Mollie se había recluido para no volverse loca, o bien que tanta tensión le había afectado el cerebro. Por si fuera poco, su diabetes había empeorado. La oficina de Asuntos Indios recibió una nota de alguien que conocía a Mollie en la que se decía que «está cada vez peor de salud, y probablemente no durará ya mucho».[234] En vista de su estado y del miedo con el que vivía, Mollie entregó a su tercer hijo, Anna, a un pariente para que lo cuidara.

El tiempo fue pasando. Se sabe muy poco, al menos de fuentes autorizadas, sobre la vida de Mollie durante ese período. No hay datos acerca de cuál fue su reacción cuando los agentes del Bureau of Investigation [*] —una oscura rama del departamento de Justicia que, en 1935, pasaría a llamarse Federal Bureau of Investigation (FBI)— llegaron por fin a la ciudad. Tampoco se sabe qué opinaba de los médicos como los hermanos Shoun, que se presentaban a cada momento en su casa para inyectarle lo que, según se decía, era una nueva y milagrosa droga: insulina. Fue como si, después de verse obligada a jugar una mano trágica, ella misma se hubiera descartado literalmente de la historia.

Y luego, a finales de 1925, el párroco recibió un mensaje secreto de Mollie en la que le decía que su vida corría peligro. Poco tiempo después, un agente de la oficina de Asuntos Indios se hizo eco de otra información: Mollie no se moría de diabetes ni mucho menos; a ella también la estaban envenenando.