Las mujeres de Asquenaz
¡Qué nombres tan hermosos, qué finales más terribles! Doulcea, la dulce, eshet chayil, mujer preciosísima, más valiosa que los rubíes para su marido, el rabino pietista Eleazar bar Yehudá, llamado el Perfumista, descuartizada en las calles de Worms en 1196, intentando pedir ayuda mientras sus hijas Hannah y Bellette yacían moribundas dentro de casa; Licoricia, dura como una piedra, viuda por dos veces, cargada de dinero, que sobrevivió a tres condenas en la Torre de Londres, para morir asesinada en su casa de Winchester junto con su criada cristiana en 1277; Séfora de Worms, el pajarillo cazado en una trampa suicida en la primavera de 1096, mientras bandas de cruzados reclamaban la sangre de los asesinos de Cristo y ella imploraba a su marido que la matara para no ver cómo su hijo era apuñalado por su propio padre; Sarit de Colonia, la hermosa recién casada, rajada de arriba abajo, desde la ingle hasta la garganta, por su suegro, Judá el Levita, que convirtió sus esponsales en auténticas bodas de sangre; las mujeres del puente, dos de Colonia y dos de Tréveris, contemplando cómo sus hermanas eran arrastradas sin piedad a la pila bautismal, decididas a morir ahogadas desafiando el agua bendita arrojándose a las oscuras aguas del Mosa; la conversa innominada que se casó con Rabí David Todros de Narbona, perseguida por sus familiares indignados, y que encontró refugio en la oscuridad de la aldea de Monieux hasta que una banda de cruzados asesinó a Rabí David, se apoderó de sus hijos para convertirlos a la fuerza y dejó viuda a la prosélita, condenada a vivir en la miseria con un niño de pecho.1
Y luego está Poulceline, de la que todo el mundo oiría hablar, la rubia Poulceline, próxima —muy próxima, según Efraím de Bonn— a Teobaldo, conde de Blois, senescal de Francia y cuñado del rey, aunque nada de esto le fue de ninguna utilidad cuando los judíos de Blois —y entre ellos la propia Poulceline— fueron quemados vivos en la hoguera en 1171. ¿Qué habían hecho esos nombres tan bellos? Como de costumbre, nada salvo haber nacido judías. Pero lo que se decía que habían hecho era matar niños, especialmente niños cristianos. Para que la acusación resultara creíble, no tenía por qué haber ningún cadáver. En Blois nadie encontró nunca restos mortales, ni se echó en falta a ningún niño, pero en el mes de mayo un criado que estaba dando de beber a su caballo en el Loira vio por casualidad que una cosa pequeña y pálida se le caía de las manos a una judía que estaba al otro lado del río. Lo que la judía llevaba en los brazos era en realidad un hatillo de pieles sin curtir, pero cuando el bulto cayó al agua, según le contó luego el criado a su amo, el caballo se espantó y no quiso beber, señal inequívoca de que habían echado algo malo al río. Una piel es una piel. El incidente se puso en conocimiento del conde Teobaldo, que lo consideró lo bastante grave como para que el hombre fuera sometido a la ordalía del agua y se pudiera comprobar si lo que decía era verdad o mentira. El hombre sobrevivió, y los aproximadamente treinta judíos de Blois fueron detenidos y encarcelados, atados con grilletes unos a otros y al suelo, como era habitual en aquellos tiempos. Solo Poulceline se libró de ser encarcelada, para enojo de la condesa Alix, que se había convertido en su enemiga. Pero era tal la influencia que se temía que pudiera ejercer la judía sobre el conde, que se prohibió a Poulceline hablar con él. Como tantas mujeres del mundo asquenazí del norte de Europa, Poulceline era rica, prestaba dinero a pobres y ricos, a judíos y cristianos, y como tal había resultado lo bastante útil al conde como para gozar de su estima y quizá de algo más. De vez en cuando se quejaba ante él de las injusticias de que eran objeto sus correligionarios. Quizá esto contribuyera a empeorar las cosas, pues ya fuera el dinero o el cuerpo de Poulceline lo que atrajera a Teobaldo, lo cierto es que la judía se convirtió en un personaje sumamente impopular en la ciudad. No tardó mucho en reunirse con el resto de los judíos en la cárcel y el 26 de mayo murió junto a ellos en una hoguera levantada en la plaza del mercado. Quizá la patraña del niño arrojado a las aguas del Loira fuera inventada para acabar con Poulceline.
Denunciada en ciertas cartas enviadas por los judíos de Orleans y Loches, la matanza ordenada por el tribunal fue lo bastante horripilante como para animar a una delegación de los judíos de París a quejarse ante el rey, Luis VII. Se recibió una carta de respuesta regia anunciando la buena nueva de que el monarca tenía «su corazón benévolamente inclinado hacia nosotros». Lo sorprendente es que Luis advertía de que, si Teobaldo había actuado injustamente, sería castigado. «Pues bien, judíos de mis tierras, no tenéis por qué alarmaros por lo que el perseguidor ha hecho en sus dominios. Algunos vertieron esas mismas acusaciones contra los judíos de Pontoise y Joinville, y cuando presentaron ante mí los cargos se demostró que eran falsos … Judíos de mis tierras, tened la seguridad de que no abrigo tales sospechas. Aunque se descubriera un cadáver en la ciudad o en el campo, yo no achacaría nada a los judíos.»2
La preocupación y la angustia llegaron demasiado tarde. La judería de Blois había sido eliminada en un solo día como consecuencia de una acusación carente por completo de fundamento, aunque, por algún milagro (obrado probablemente por el dinero), los libros y los rollos de la comunidad se salvaron. Había bastado apenas un caballo que supuestamente se había negado a beber el agua de un río para que una comunidad entera fuera condenada por asesina de niños cristianos. La paranoia popular sobre lo que los judíos les hacían a los niños, empezando por sus propios hijos, se remontaba a la Antigüedad. Josefo y Filón de Alejandría se habían visto obligados a tomarse las acusaciones de raptos de niños lo bastante en serio como para refutarlas, y en Antioquía Juan Crisóstomo había acusado una y otra vez a los judíos de practicar el sacrificio bestial, de inspiración diabólica, de sus propios hijos. Los textos eran distorsionados todo lo que hiciera falta para acomodarlos a la paranoia. La profunda repulsión bíblica por la reinstauración pagana de los sacrificios de niños a Moloc fomentada por el rey Manasés se convirtió en una confirmación histórica de dicha práctica. La determinación que muestra Abraham cuando se dispone a sacrificar a su propio hijo, Isaac, por orden de Dios, a pesar de la intervención en el último momento del ángel para impedírselo, sería objeto de comentarios siniestros. Y los cristianos de la Edad Media conocían 2 Macabeos y las Historias y las Antigüedades de Josefo, donde se contaba que en el momento culminante de la campaña de los seléucidas contra el judaísmo, una madre hebrea había demostrado que prefería el macabro sacrificio de sus siete hijos antes que permitirles cometer los sacrilegios propios de los paganos, especialmente comer carne de cerdo. Como era bien sabido, Antíoco había ofrecido al menor de sus hijos todo lo que podía darle —fortuna y rango social— si cedía a sus pretensiones, mientras su madre lo exhortaba a unirse a sus hermanos. La mujer le dice que cuando entre en el cielo busque a Abraham y le diga que, si él había levantado un altar, ella podía jactarse de tener siete. La historia termina con la muerte de la madre, que se arroja al vacío desde lo alto de las murallas.
A finales del siglo XII, los cristianos que estaban dispuestos a creer este tipo de cosas daban por supuesto que las madres y los padres judíos eran capaces de matar a sus hijos antes que permitir que vieran la luz de la verdad evangélica. En cualquier caso, el clima de horror se centró con mayor intensidad en las madres asesinas judías, que aparecen en el folclore cristiano como antagonistas diabólicas de la pureza y el amor maternal de la Virgen. Las dos habían asistido al sacrificio de sus hijos, pero mientras que los amorosos padres de la teología cristiana, Dios Padre y María, vaso de la divina gracia de la encarnación, habían hecho de su sacrificio un acto de misericordia por la salvación del género humano, la madre judía, tal vez por influencia diabólica, había matado pecaminosamente a sus hijos en una carnicería incomprensible.
La versión judía de estos mismos acontecimientos —tanto en tiempos de los macabeos como durante la Primera Cruzada— era precisamente la contraria. En el momento en que los cruzados cometían sus matanzas, los judíos debían de tener a su alcance la versión hebrea de Josefo, el Josippon, escrito en Italia en el siglo X. En sus páginas, la madre de los siete hijos (llamada Miriam bat Tanchum en el Midrás) aparecía no como una fanática despiadada, sino como una mujer capaz de despojar a los tiranos de su victoria y de reafirmar la religiosidad frente a la profanación. Del mismo modo, la aceptación de un martirio genuinamente judío, hasta el punto de que los padres asesinaran a sus hijos para evitar su muerte a manos de los gentiles, era presentada como una victoria sobre los ideales de martirio que en todas partes dominaban la cultura cristiana de esa misma época. Nunca sabremos si las tres crónicas hebreas que narran esos martirios (a menudo dando unos detalles espeluznantes verdaderamente insoportables) reflejan o no lo que sucedió en realidad en Renania en 1096, pues aparte de las escasas alusiones a los acontecimientos que aparecen en ciertos relatos cristianos, no existe ninguna fuente independiente que confirme la noticia. Pero, asimismo, tampoco puede decirse que en su esencia o incluso en sus detalles no sean historias verdaderas.3 Lo que es indiscutible es que la autodestrucción de las familias judías para escapar a otros tipos de muerte —por el bautismo o el asesinato— es la forma que estas primeras historias judías escogieron para recordar el lugar que ocupaba su religión en el meollo de la catástrofe.
En cualquier caso, es indudable que en 1096, setenta y cinco años antes del incidente de Blois, les sucedió algo espantoso, casi inimaginable, a unas madres judías y a sus hijos, un acontecimiento que ensombrecería para siempre la memoria de los judíos. Poco después de que en noviembre de 1095 el papa Urbano II invitara en el Concilio de Clermont a una cruzada para liberar los Santos Lugares de las impuras manos de los sarracenos, a algunos predicadores populares de Francia y de Renania, como Pedro el Ermitaño, se les ocurrió que esa labor de limpieza no podía esperar a que las espadas cristianas llegaran a Palestina. ¿Acaso no había enemigos de Cristo viviendo entre ellos, en las ciudades y municipios de Renania, como Espira y Maguncia, Worms y Colonia? Si los que habían tomado la cruz estaban dispuestos a perder su sangre y su dinero en una causa santa, «¿por qué vamos a dejarlos vivir [a los judíos] y a tolerar que habiten entre nosotros? Utilicemos nuestras espadas primero contra ellos y luego sigamos nuestro camino».4 La sangre del Salvador sería vengada a modo de bautismo cruento al inicio de la guerra sagrada, y podría darse un buen uso a los bienes mal ganados de los judíos. Era lo más apropiado. Que esos miserables judíos impenitentes, que chupaban la sangre de las personas, siguieran pagando por su crimen subvencionando a los ejércitos que iban a devolver Jerusalén a Cristo.
Fue algo terrible. Los judíos de Francia y de Renania, como los de todo el resto de la Europa cristiana, habían vivido protegidos por la dispensa de san Agustín, según el cual ya habían sido castigados por matar al Salvador con la destrucción del Templo, el destierro de Jerusalén y su dispersión por todo el mundo. Se decía de esta última que era una pena tan dura que suponía «una vida peor que la muerte». Y en esa miserable dispersión debían ser mantenidos como un pueblo que, en su totalidad, llevaba la marca de Caín, convertidos todos en testigos vivos del triunfo de la salvación cristiana. De ahí la necesidad, según esta tesis, de su pervivencia. Eliminarlos habría tenido la desafortunada consecuencia de imposibilitar la gran conversión que había sido puesta como requisito para la Segunda Venida de Cristo. A finales del siglo XI, el papa Alejandro II recordaba expresamente a su grey que matar judíos equivalía a un desafío blasfemo a la propia misericordia de Dios. De modo que, aunque debía recordárseles con frecuencia el carácter lamentable de su vida fuera de Cristo, y había que impedirles difamar y deshonrar las obras y el recuerdo del Salvador, era responsabilidad de la Iglesia y de los príncipes obedientes y piadosos proteger a los judíos, no perseguirlos ni mucho menos hacerles daño, para que finalmente pudieran ser conducidos a la luz de la verdad.
Por añadidura, económicamente resultaban útiles. Como los cristianos tenían prohibido por el derecho canónico prestar dinero con interés, los judíos se habían convertido en una fuente importantísima (aunque no la única) de los enormes capitales que se necesitaban para sostener y aumentar la gloria de la cristiandad. A pesar de la prohibición, había prestamistas cristianos —cahorsinos y lombardos—, pero sus tipos de interés eran más desorbitados que los de los judíos. Además, el hecho de que los hebreos dependieran absolutamente de la protección de sus señores, reyes y prelados, suponía que pudieran ser convenientemente objeto de la imposición repentina de impuestos arbitrarios, y que se decretaran confiscaciones y derechos de sucesión exagerados, o incluso la cancelación total de las deudas si estas resultaban demasiado onerosas. A medida que los príncipes medievales se volvían más ambiciosos y sus ambiciones resultaban más costosas, estampando el sello de su poder en abadías, catedrales, palacios y ejércitos, la necesidad de dinero en metálico fue aumentando. Por mucho que los judíos se quejaran de que estaban oprimidos y agobiados, parecía siempre que tenían a mano dinero suficiente para pagar a todos esos maestros de obras, capitanes y mayordomos, cuyas reclamaciones eran tan inoportunas.
De ahí que los judíos fueran tratados con relativa hospitalidad en las condiciones dictadas por una carta de privilegio concedida originalmente por Ludovico Pío, rey de los francos, para animarlos a establecerse en sus dominios. Se les permitía viajar libremente, construir sinagogas y quedar libres de determinados impuestos y gravámenes, y se les concedía el derecho de autogobierno en sus comunidades. Estaban excluidos de las profesiones liberales (excepto la medicina, pues los cristianos, como los musulmanes, tampoco podían prescindir de los médicos judíos) y de muchos oficios que requerían la pertenencia a un gremio. Pero aquella situación parecía suficientemente buena en un momento en que la vida en el sur latino de Europa, en el Oriente griego y en el mundo islámico, cada vez menos tolerante, iba volviéndose paulatinamente más difícil. Las comunidades judías echaron raíces. Llegaron rabinos y maestros, como el prodigioso Rabí Salomón ben Isaac, llamado Rachí, que revolucionó el comentario de la Biblia en su academia de la ciudad de Troyes.
Sin embargo, no tardó en comprobarse que la invitación a la cruzada de Urbano II había desatado unas pasiones que estaban fuera del control de obispos y reyes. El cronista en latín Alberto de Aquisgrán habla de los días de comienzos de 1096 en los que «la gente ardía en el fuego y de amor por Cristo … pero entretanto dieron comienzo brutales tejemanejes que no conocían límites… hombres, presuntamente cristianos, no supieron guardar las distancias y mantenerse alejados de los deshonestos, pecadores y delincuentes, y pecaron de modo vergonzoso; hablaban de un ganso que llevaba en su interior el espíritu de Dios, y lo mismo decían de una cabra. Entonces el espíritu de la crueldad se apoderó de ellos».5 Aparecieron ejércitos de campesinos capitaneados por predicadores que no dudaban en proferir violentas amenazas y por condes hasta entonces desconocidos, como Emicho de Flonheim, muy interesados en lanzarse al saqueo y la rapiña a medida que atravesaban el país. Los judíos eran su objetivo más claro. Y ya que estaban, ¿por qué no matarlos? Que aprovecharan o no la ocasión dependía fundamentalmente de lo dispuestos que estuvieran los poderes laicos y eclesiásticos a cortar en seco las actividades de aquellas bandas de sediciosos en defensa de «sus» judíos. Los barrios judíos y las sinagogas, situadas en su centro, solían levantarse cerca de una catedral y del palacio del obispo, precisamente en previsión de espantosas eventualidades de ese estilo. Pero la voluntad de impedir los disturbios variaba de una diócesis a otra. En Tréveris, el benévolo obispo Egilberto, convencido de que no podría convencer a los judíos de que se convirtieran y de paso se salvaran, no tardó en descubrir que su propia vida corría peligro por ser un repugnante amigo de los judíos, así que se batió rápidamente en retirada y permitió que ocurriera lo peor. En Espira, en cambio, el obispo Juan y el jefe de la comunidad judía, Ben Moisés, tomaron medidas preventivas y se llevaron a todos los judíos de la ciudad a un patio bien fortificado del palacio episcopal (y luego los condujeron, bajo una estrecha vigilancia, a otra fortaleza todavía más segura fuera de la ciudad).6 Se mandó además cortar las manos a los que amenazaran a los judíos, algo que sin duda debió de servir como medida disuasoria.
En Worms las cosas no resultaron tan fáciles.7 Antes incluso de que apareciera ante sus murallas el ejército exterminador de Emicho, con su ganso sagrado y todo, Worms se había visto sacudida por una oleada de odio a raíz de los rumores que habían circulado acerca de unos judíos que habían matado a un niño cociéndolo vivo, lo habían enterrado, habían removido bien los restos y habían echado el caldo resultante en las fuentes de la ciudad para envenenar a toda la población. A pesar de las implicaciones siniestras que comportaba semejante locura, no todos los judíos tuvieron la oportunidad de trasladarse al palacio del obispo, y no resulta difícil entender su renuencia. Confiaban en la formalidad de sus protectores y se negaron a creer que sus vecinos se convirtieran en un hatajo de asesinos. A pesar de las sospechas mutuas (y de los incontables improperios que lanzaban contra sus respectivas religiones), los judíos y los cristianos que se trataban a diario en una ciudad como Worms no vivían en un estado de odio permanente. Paseaban por las mismas calles, se vestían casi de la misma forma (pues todavía no se había impuesto la obligación de llevar marcas exteriores de diferenciación en el vestido), podían entenderse todos en la misma lengua y compartían los mismos hábitos. Que los campesinos y la chusma rabiaran y se subieran por las paredes; los burgueses y las burguesas de la ciudad de Worms no iban a comportarse como ellos. Pero los infelices no tardarían en desengañarse y comprobar cuán equivocados estaban al mostrarse optimistas. Algunos habitantes de la ciudad, aunque no todos, se unieron a la pandilla de fanáticos, y los judíos que se quedaron en ella fueron los primeros en ser degollados. Incluso los que aprovecharon la oportunidad de refugiarse tras los muros del palacio episcopal fueron sitiados en él cuando los burgueses, artesanos y labradores unieron sus fuerzas a la de los hombres de Emicho. El libro que conmemora el martirio de Worms afirma que perecieron ochocientas personas en dos grandes ataques que tuvieron lugar en mayo de 1096, pero la cifra final de víctimas puede que se acercara a las mil. Prácticamente toda la comunidad.
Fue en Maguncia, uno de los centros más antiguos y prósperos del judaísmo alemán, donde se produjeron los acontecimientos más espantosos. La amenaza de exterminio resultaba tanto más creíble por cuanto, cuando llegó a las puertas de la ciudad, la horda de los cruzados se había convertido en un verdadero ejército de unos doce mil hombres. Lleno de inquietud, el obispo Rutardo hizo lo que pudo, dando asilo y refugio a los aterrados judíos en el recinto sagrado de la catedral y del palacio arzobispal. Como en otras ciudades, el barrio judío abandonado fue saqueado e incendiado. Durante dos días, logró mantenerse a raya a la muchedumbre armada, pero al final se impuso la fuerza de los números. La chusma echó abajo las puertas de la catedral y los soldados de Cristo se colaron en los terrenos del palacio episcopal pidiendo a gritos sangre judía.
No cabía duda de lo que les aguardaba a los judíos. Había que hacerlos desaparecer, o bien obligándolos a convertirse al cristianismo a punta de espada (aunque abrazar la cruz no era ninguna garantía de inmunidad frente a los daños físicos), o bien matándolos empezando por los niños, pues no podía permitírseles crecer y que engendraran nuevas generaciones de enemigos de Cristo. Tres relatos en hebreo —uno compilado a partir de informes dispares redactados muy cerca de la fecha de los acontecimientos, el llamado «Anónimo de Maguncia»; otro, el más largo, obra de Salomón bar Sansón, del siglo XII, y un tercero, el de Rabí Eleazar bar Natán— nos ofrecen los increíbles detalles de lo que sucedió a continuación.8 Enfrentados a tener que elegir entre la conversión y la muerte, muchos judíos, aunque definitivamente no todos, escogieron la segunda opción. El suicidio está expresamente prohibido por la Torá, pero las guerras macabeas, el suicidio colectivo de Masadá en el siglo I, narrado por Josefo, y los episodios de Rabí Akiva y Rabí Haniná, que han pasado a la memoria como martirios ejemplares, en tiempos de la persecución de Adriano, habían dado lugar a todo un corpus de literatura rabínica en el que se discutía si la muerte, y el suicidio en particular, era preferible a la comisión de una transgresión forzosa de la Ley. Algunas de esas opiniones insistían en que una transgresión forzosa en privado era aceptable, a menos que un judío fuera obligado a cometer incesto o perpetrar un asesinato. Pero si era obligado a cometer una iniquidad en público, la aceptación de la muerte era la opción más santa. Además, esos tipos de muerte eran calificados de victorias por el Señor, y de hecho eran triunfos ordenados por Dios sobre las fuerzas del mal y, por lo tanto, actos de glorificación: kiddush hashem, la Santificación del Nombre llevada al último extremo. El premio para los así sacrificados (el mismo que se prometía a los cruzados) era la admisión inmediata en el Paraíso. Parafraseando el discurso pronunciado ante los últimos defensores de Masadá por su líder, Eleazar bar Ya’ir, la crónica de Salomón bar Sansón cuenta que uno de los líderes de Maguncia dijo: «Seamos fuertes y soportemos el yugo de la santa religión … pues solo en este mundo pueden matarnos nuestros enemigos … pero en el Paraíso nuestras almas vivirán eternamente en el reflejo esplendoroso de la gloria divina … Bienaventurados seamos por hacer su voluntad».9
Sin embargo, los hechos no resultan menos espantosos por ser actos de desesperación llevada hasta el extremo, y los relatos —especialmente el más macabro y minucioso de ellos, el de Salomón bar Sansón— describen un terrible entusiasmo febril a la hora de llevar a cabo la acción fatal. Las distinguidas hijas de la «señora Raquel» de Maguncia afilan los cuchillos con los que van a cortarse el cuello, para asegurarse de que la hoja no tenga ninguna mella ni hendidura, como si se prepararan para matar a una víctima sacrificial, que es exactamente en lo que ellas mismas están a punto de convertirse.
Las crónicas hebreas no cuentan con indiferencia lo sucedido, ni tampoco se ve en ellas la inquebrantable resolución, propia de una demente, que caracteriza a la madre de los siete hijos sacrificados en 2 Macabeos. «Las valerosas mujeres» arrojan piedras y cantos contra los asaltantes, que a su vez se los tiran a ellas, cortándose y magullándose el rostro. La señora Raquel, que parece actuar como una posesa, como si todos sus sentimientos maternales hubieran quedado en suspenso, se convierte de pronto en una madre desesperada cuando una compañera le presenta el cuchillo afilado. Llegados a ese punto el cronista dice: «Cuando vio el cuchillo, lanzó un gran grito de dolor, arañándose el rostro y llorando. “¿Dónde está tu amorosa clemencia, Señor?”».10 En otra versión Raquel es presa hasta tal punto del dolor y el espanto que es la compañera la que tiene que matar a sus hijas. La madre entonces se endurece y asesina a Isaac, el menor de sus dos hijos varones. En ese momento sucede algo sumamente curioso en el relato, que además contrasta a ojos vistas con la literatura martirológica cristiana, en la que los bienaventurados aceptan su destino con la misma santa resignación que el sacrificio de Cristo. En una de las escenas más insoportables, el mayor de los hijos varones, Aarón, exclama aterrorizado: «¡Madre, madre, no me mates!», y se esconde debajo de un arcón. Pero la fanática determinación de la madre no va a dejarse ablandar, y así se lo dice al chico mientras lo saca de su escondite arrastrándolo de una pierna. Una vez consumado el crimen, Raquel se sienta, extiende las amplias mangas de su vestido y forma con ellas un recipiente que llena con la sangre de sus vástagos. Cuando los cruzados irrumpen en la habitación y le exigen que les enseñe qué «tesoros» lleva escondidos en las mangas, se los muestra y muere asesinada. La última escena de la catástrofe se desarrolla cuando llega el marido, presencia todo aquel horror y cae abatido por su propia espada sacándose las tripas (como los relatos insisten en contarnos), para finalmente morir sentado en medio de la calle, con las entrañas saliéndosele del cuerpo.
Al margen de que los macabros detalles de estos relatos sean ciertos o no (y a primera vista no hay motivo para desconfiar de que lo sean), el rasgo más sorprendente de los martirologios judíos es la narración creíble de un terror verdaderamente humano, la resistencia, la repulsión e incluso la atormentada indecisión que se aprecia en el fondo en muchos de ellos. Es lo que da a este terrible capítulo de la historia judía su marchamo de verdad, ya sea la verdad de la mente o la verdad del cuerpo físico. El caso de Isaac bar David, el parnás o rector de la sinagoga de Maguncia, dramatiza de un modo inolvidable esa trágica indecisión. Los cruzados ya han matado a su esposa, Skolaster (bonito nombre para una muchacha judía), hija de Rabí Samuel el Grande, y para salvar a sus hijas y a su anciana madre, que yace postrada en la cama desangrándose por las múltiples heridas sufridas, decide convertirse. Tres días después, dolorosamente arrepentido de la decisión tomada, se lleva a sus hijas a la sinagoga de la que hace las veces de guardián, las mata delante del Arca, y asperja las columnas del edificio con su sangre. Luego regresa a casa y, contra los deseos de su madre, la quema con ella dentro. Por último, vuelve a la sinagoga, le prende fuego y, mientras la chusma de los cruzados le incita a salir antes de que sea demasiado tarde, «va una y otra vez de una punta a otra del edificio elevando las manos al cielo, clamando a su padre de lo alto y rezando rodeado de llamas con voz potente y melodiosa», para morir en el incendio. Salomón bar Sansón, el narrador, no se alegra de esta victoria sobre la conversión. Antes bien, interrumpe el relato y afirma: «Por cosas como esta lloro. Tengo los ojos arrasados en lágrimas».
La misma manifestación de sentimientos encontrados, de angustias de duda y de terror, aparece en el relato de la hermosa Sarit, destinada a casarse con Abraham, hijo de Judá el Levita. Los judíos de Colonia habían sido trasladados a las aldeas vecinas, pero no lo bastante lejos para escapar de las bandas de asesinos. La futura esposa contemplaba horrorizada las matanzas por una ventana, deseando desesperadamente escapar. Pero la vio su suegro, que la arrastró a la sala. En una parodia macabra de los ritos nupciales, Judá (en vez del novio, que todavía vive) besa a Sarit en los labios y exclama: «Mirad, vosotros … He aquí la hupá [el dosel nupcial] de mi hija. Todos lloraban, sollozando, suspirando, gimiendo y lamentándose».11 Sarit es arrojada entonces al seno de Abraham, momento en el cual su suegro la corta en dos «partiéndola por la mitad», como dice eufemísticamente la crónica, de arriba abajo, y luego degüella a su propio hijo para llevar a cabo unas bodas literalmente de sangre.
Nunca sabremos cuántos otros judíos, la mayoría de ellos indudablemente devotos, que no tuvieron valor para cumplir la «Santificación del Nombre» ni en su carne ni en la de sus seres queridos, especialmente sus hijos, prefirieron la conversión forzosa. Algunos lo hicieron solo después de ser torturados y golpeados, y cuando estaban ya a las puertas de la muerte; otros volvieron a abrazar la fe de sus padres en cuanto pudieron, a veces incluso antes de que se fueran los cruzados, y pagaron por ello. Curiosamente, el emperador alemán Enrique IV publicó un edicto un año después, en 1097, en virtud del cual se permitía a los judíos que se habían convertido a la fuerza volver a abrazar su antigua religión. La medida estaba en flagrante contradicción con la prohibición de la Iglesia de permitir que los conversos bautizados abjuraran, pero entonces Enrique (que, como es bien sabido, tenía un grave conflicto con el papa Gregorio VII) se mostró tan indignado con los informes acerca de las matanzas cometidas que prometió infligir duros castigos a los perpetradores.
La enormidad del daño causado a los judíos en la primavera de 1096 obligó a calmar los ánimos en algunas cortes de la Europa cristiana. El hijo y sucesor de Enrique IV, Enrique V, mantuvo la benévola vigilancia de su padre e incluso suavizó algunas de las restricciones impuestas hasta entonces a los judíos para animarlos a establecerse de nuevo en las ciudades manchadas por los asesinatos en masa. En Francia, como hemos visto, parece que Luis VII fue un crítico mordaz de las manifestaciones más paranoides de judeofobia. Como consecuencia de todo ello, los judíos regresaron a Worms, a Colonia y a Ruán, y reanudaron sus vidas volcadas en el comercio y la oración, en el estudio de la Torá y el Talmud, y en la caridad. Durante algún tiempo, los especialistas en la historia de los judíos de la Edad Media (incluso los que han estudiado en concreto los trágicos relatos acerca de las Cruzadas) han intentado por todos los medios insistir en el carácter singular y excepcional de los horrores de 1096.12 De hecho, los cruzados recorrieron la mayor parte de Europa sin tocar a los judíos; las Cruzadas posteriores no desencadenaron matanzas de la envergadura de aquella primera aniquilación. Incluso cuando los cruzados conquistaron Jerusalén en 1099 e incendiaron su sinagoga, no está del todo claro si los judíos fueron quemados dentro o no. Muchos fueron perdonados previo pago de un rescate, y muchos más fueron sometidos a cautiverio, de modo que al menos sobrevivieron. La vida para los judíos no era solo convulsión y expulsión.
Hasta cierto punto, claro. Como es habitual, la oscilación del péndulo de los estudios especializados quizá haya sido exagerada. Por cada príncipe cristiano que calmó sus ánimos hubo algún sucesor suyo que volvió a seguir la tendencia paranoide. Ante la noticia de que un cristiano había sido ejecutado por asesinar a un judío en la ciudad de Bray (o probablemente Brie), y de las inverosímiles celebraciones que habían tenido lugar relacionando al culpable con Amán, el malo del relato de los Purim, la reacción del hijo de Luis VII, Felipe Augusto, fue ordenar que se matara a toda la comunidad. De modo que la sensación crónica de inseguridad por parte de los judíos del mundo asquenazí no era fruto de su imaginación, entre otras cosas porque era imposible saber cuán decididos iban a mostrarse la Iglesia y el estado a poner freno a los peores impulsos de las multitudes judeófobas. Incluso cuando clérigos como Bernardo de Claraval o Pedro el Venerable, abad de Cluny, abandonaron su habitual mesura para prohibir y deplorar los violentos ataques perpetrados contra los judíos, se aseguraron al mismo tiempo de referirse a ellos como la más despreciable de las razas. Y en cuanto a los hebreos, aunque supieran que no todos los días iban a ser día de matanza, lo sucedido en 1096 y lo que, como en el caso de Bray, continuaría ocurriendo a menudo en aquel tiempo de exaltación cristiana, entraría a formar parte de la conciencia histórica de sí mismos y no saldría fácilmente de ella. Nuevas oraciones y poemas litúrgicos consagrarían el recuerdo de los mártires, especialmente el Av Harachamim, «Padre de Misericordias», que sigue cantándose en las grandes solemnidades. Los memorbuchen, los «libros conmemorativos», tiñeron las expectativas futuras con un recuerdo trágico. La visión de auténtica pesadilla de los judíos matándose unos a otros, presa de una frenética desesperación, para evitar, según creían, un destino peor a manos de sus perseguidores, no desaparecería con la sucesión de fiestas incluidas en el ciclo del calendario, los regateos del mercado o las alegrías de las circuncisiones y las bodas. Así que, en adelante, los que pudieran construirían de piedra sus casas y sinagogas. Eso ya lo dice todo.
Como subrayaba el historiador Salo Baron, la historia de los judíos no es desde luego toda ella «lacrimosa». Pero son las incontables pruebas evidentes, no una predisposición emocional ni un excesivo determinismo trágico (¡oh, esos judíos suspirando y gimiendo!), las que nos dicen que tampoco fue toda ella miel sobre hojuelas. A los judíos medievales continuaron sucediéndoles cosas terribles porque el elevado grado de escepticismo y la ligera dosis de paranoia no existían en ámbitos culturales separados; y, como en el caso del vengativo rey de Francia, el hecho de tener un alto rango no excluía la paranoia rencorosa. En otros casos, en otros tiempos, sencillamente no había nada que príncipes o prelados pudieran hacer aparte de dar un pequeño paso atrás y esperar hasta que la situación se calmara. Se sabe que Ricardo Corazón de León, el rey cruzado de Inglaterra, se irritó mucho por lo que les sucedió a los judíos de su reino el mismo día de su coronación, el 3 de septiembre de 1189, y durante los meses siguientes. Pero lo que tenía que ocurrir, ocurrió de todas maneras.
Y, en efecto, sucedió por el peor motivo que quepa imaginar. El historiador Guillermo de Newburgh describe un tropel de judíos bienintencionados, líderes de sus respectivas comunidades en ciudades de provincias como York, pero también de las de Londres, desplazándose a la capital para felicitar al nuevo rey y llevarle los consabidos regalos. Los judíos habían sido introducidos en Inglaterra, procedentes de Normandía, por Guillermo el Conquistador con la idea de que prestaran los habituales servicios de pagos en efectivo, y por lo tanto estaban estrechamente ligados a la fortuna de la monarquía normando-angevina. Aparte del hebreo, su lengua era el judeo-francés, y su raison d’être era proporcionar fondos y medios para atender el pago de soldados, caballos, iglesias y palacios.
Nada de esto se tuvo mucho en cuenta en la coronación de Ricardo, día que Guillermo de Newburgh indica con disimulada alegría que en el calendario antiguo era llamado «funesto» o «egipcio», y efectivamente así resultó ser para unos judíos que eligieron un momento inoportuno y cuyo afán de agradar era excesivo. Aunque se había pregonado una proclama real prohibiéndoles expresamente presentarse en la abadía de Westminster mientras era coronado un rey cruzado, luego se concentraron, según Guillermo, ante las puertas del palacio donde estaba celebrándose el banquete, con el rey luciendo su «gloriosa diadema». Tremendamente indignado por el engreimiento de los judíos, el oficioso portero los apartó con los rudos modales que suele gastar esa gente. Se produjo el consabido efecto dominó entre la enorme multitud congregada a la entrada del palacio, lo que, unido a los gritos del portero, desencadenó una serie de violentos ataques contra los judíos. Lo que empezó siendo una pelea a puñetazos acabó en un brutal ataque en toda regla, con bastones, piedras y huesos rotos. Al menos treinta judíos perdieron la vida en el tumulto, algunos a patadas y otros apaleados de mala manera. Uno de los que lograron sobrevivir fue Benedict, residente en York, aunque era el agente del mayor prestamista de Inglaterra, Aarón de Lincoln, acreedor de algunos de los principales cabecillas de los disturbios. Y con él iba Josce, el jefe de la comunidad hebrea de York. Los dos recibieron una brutal paliza, pero Josce logró escapar, mientras que Benedict fue arrastrado envuelto en sangre a una iglesia cercana y obligado a recibir el bautismo. Luego, durante el viaje de regreso a York, murió a consecuencia de las numerosas heridas recibidas.
«Mientras tanto, con inaudita celeridad —señala alegremente Guillermo—, inundó todo Londres el agradable rumor de que el rey había ordenado exterminar a todos los judíos.» Otro monje historiador, Ricardo de Devizes, se muestra igualmente complacido de que «el mismo día de la coronación, aproximadamente a la misma hora en que el Hijo fue sacrificado al Padre, empezaron en la ciudad de Londres a sacrificar a los judíos a su padre, el diablo».13 Londres y Westminster estaban atestados de gente. En un santiamén se congregó una muchedumbre armada, «ansiosa de pillaje y sedienta de la sangre de un pueblo abominable para todos por decisión divina». Tras la violencia de la mañana, los judíos que habían sobrevivido habían logrado refugiarse en sus casas, prudentemente hechas de piedra, y se habían encerrado en ellas. Incapaz de derribarlas, la chusma prendió fuego a los tejados y luego asesinó a los que salían huyendo aterrorizados de las casas, o dejó que murieran quemados en su interior. «Las terribles llamaradas —dice Guillermo de Newburg—, devastadoras para los judíos acorralados, proporcionaron luz a los cristianos que se esforzaban furiosamente en llevar a cabo su tarea en plena noche.» Buena parte de la ciudad ardió junto con las casas de los judíos, pero la cantidad de riquezas que les fueron robadas permitió a sus asesinos sentirse «satisfechos de la matanza que habían cometido». La humareda llegó finalmente a las delicadas narices del monarca y de los nobles que lo acompañaban en el banquete. Uno de ellos, el justicia Ranulfo de Glainville, «hombre prudente y poderoso» a un tiempo, fue enviado, cuando ya era demasiado tarde, a detener a la multitud. Sus hombres y él tuvieron que hacer frente a amenazas lo bastante graves como para que cejaran en su intento, dice Ricardo de Devizes, comentando satisfecho en su prosa en latín que los exterminadores de los judíos tardaron tanto en acabar su obra que «el holocausto [la quema completa de la víctima del sacrificio] no terminó hasta casi pasados dos días».14
Sin embargo, el desastre del día de la coronación fue solo el preludio de un verdadero alud de desagracias y matanzas. Justo antes de que Ricardo se embarcara con destino a Normandía, donde debía encontrarse con el rey de Francia para sellar el pacto de la cruzada que iban a emprender, se vio en el cielo un portento en forma de aparición blanquecina semejante a la «bandera del Señor» con la imagen de Cristo crucificado. No tardó en desatarse la habitual locura de los cruzados y, como sucediera en Renania, los judíos fueron sus víctimas más inmediatas. Los pretextos fueron de lo más variado, pero el resultado sería siempre el mismo. En Lynn (actualmente King’s Lynn), en el condado de Norfolk, corrió el rumor de que un judío converso había sido perseguido airadamente por sus correligionarios hasta una iglesia, y eso bastó para que diera comienzo la matanza. La familiaridad que la población local tenía con un apreciado médico judío que atendía por igual a judíos y gentiles no impidió que se convirtiera en una de las víctimas. En Stamford, durante la feria anual en la que tomaban la cruz los que decidían unirse a la guerra santa, un joven que había depositado su dinero en casa de un judío fue asesinado por unos atracadores, pero en la mente enfebrecida de los lugareños se convirtió rápidamente en una víctima del judío. Hubo otros ataques espantosos contra judíos en Dunstable, Colchester, Thetford e incluso en la aldea de Ospringe, en Kent.15
El horror más espantoso tuvo lugar en York el 17 de marzo de 1190 (Shabbat Hagadol, el sábado antes de Pascua), cuando, no contenta con la muerte de su bestia negra, Benedict, la chusma asaltó la casa de su familia, mató a su viuda y a sus hijos, y se apoderó de todo lo que encontró a mano. Aterrorizados, varios judíos, encabezados por Josce, el superviviente de las algaradas del día de la coronación, obtuvieron permiso del alcaide del castillo para refugiarse en él. Después de concederles la autorización, el alcaide cambió de idea al regresar al castillo y comprobar que era imposible pasar entre la airada multitud que lo asediaba, azuzada por un fraile de hábito blanco de la orden de los premonstratenses. Los judíos, dijo el alcaide en tono lastimero, se habían apoderado del castillo. Así pues, en vez de calmar a los violentos, no hizo más que espolearlos. A los judíos que se habían quedado fuera del castillo se les dio a escoger, como de costumbre, entre la conversión o la muerte, y muchos aceptaron abrazar la cruz para salvar sus vidas. Entre los que habían quedado atrapados en la torre se hallaba un famoso estudioso de la Biblia y del Talmud, Yom Tov de Joigny, que casi veinte años antes había escrito una elegía dedicada a los judíos asesinados en Blois. Para Yom Tov, no quedaba más que una posibilidad, seguir el ejemplo de lo que habían hecho un siglo antes algunos hebreos de Maguncia y de Worms, de modo que pronunció un discurso ante una audiencia aterrorizada, que refleja una vez más la versión ofrecida por Josefo de la invitación al suicidio de Eleazar bar Ya’ir en Masadá. «¡Oh Dios, que nos haces esto, no se lo tengas en cuenta! —dice Guillermo de Newburgh que exclamó Josce, respaldando las lúgubres palabras de Yom Tov— por habernos mandado ofrecer en sacrificio nuestras vidas.» Se produjo un nuevo suicidio colectivo. Yom Tov mató a toda su familia e invitó a los demás hombres a imitarlo, antes de quitarse la vida, mientras el fuego ardía a su alrededor.
Como en las ciudades de Renania, no todos quisieron participar de aquel destino apocalíptico. A la mañana siguiente, los supervivientes subieron a las almenas, llorando por los muertos y expresando su deseo de «unirse al cuerpo de Cristo». El principal deudor y el responsable de organizar la algarada, Richard Malebisse, los animó a bajar y a salir del castillo como verdaderos cristianos. En cuanto abandonaron su refugio, fueron asesinados en el acto. Luego volvió a actuar el fuego, reduciendo a cenizas no los cuerpos, sino las deudas. En el suelo de la catedral de York, se incineraron ritualmente todos los pagarés, escritos en planchas de madera y en papel, rematándose así el exterminio. Se dice que cuando las noticias llegaron a oídos del rey, montó en cólera, especialmente por la ofensa infligida a su dignidad real por el tumulto, y que ordenó al obispo de Ely que marchara sobre York con una fuerza armada para detener y castigar a los malhechores. Los cabecillas de la revuelta, incluido Malebisse, ya se habían refugiado en Escocia, y ni que decir tiene que en York nadie afirmó saber quién había sido el responsable de los crímenes, de modo que la indignación del rey tuvo que ser satisfecha con la imposición de fuertes multas.
La tragedia de York fue la más dramática de las que forman el ciclo de matanzas de judíos en Inglaterra, pero el asesinato de cincuenta y siete personas el Domingo de Ramos en la localidad de Bury St. Edmunds, en el condado de Suffolk, resultó incluso más siniestro, pues fue consecuencia de una vieja obsesión que perduraría a lo largo de mucho tiempo en la Inglaterra cristiana: la convicción de que los judíos tenían por costumbre raptar a niños cristianos cuando se celebraban la Cuaresma y la Pascua, y someterlos a la tortura de una falsa crucifixión, en una burla diabólica de la Pasión de Cristo.16 En 1144 se encontró en los bosques de Mousehold Heath, a las afueras de Norwich, el cadáver de un chico de doce años, un tal William, aprendiz de pellejero (las pieles y los cueros desempeñan un papel recurrente en todas estas fantasías). Inmediatamente se sospechó que los autores del crimen habían sido los judíos, que habían llegado a la ciudad solo unos pocos años antes. Un converso llamado Theobald juró que William había sido atraído a la perdición por un judío y que su asesinato había sido planeado por un cónclave secreto de judíos de toda Inglaterra que tenían pensado reunirse para realizar a costa del infortunado chico una parodia de la crucifixión el segundo día de la Pascua hebrea. Se levantó un clamor inmenso; el cuerpo del muchacho fue llevado a la catedral de Norwich para recibir solemne sepultura junto al altar mayor. Pese al espanto causado por tanta superstición en el alguacil, que llevó a los judíos a la seguridad de su castillo y se resistió a cualquier intento de someterlos a juicio, la tumba siguió siendo objeto de veneración por los milagros que, según se decía, obraba.17
Podemos ver de dónde venía aquella fantasía de que las solemnidades de la Pascua judía eran una forma de anti-Pasión, una repetición de la crucifixión de Cristo. Los cristianos, especialmente aquellos que no estaban familiarizados con el calendario religioso judío, como era el caso de la Inglaterra recientemente colonizada, se habían equivocado de fiesta y habían confundido la Pascua con la fiesta de Purim que la precede. Efectivamente, Purim, que conmemora cómo los judíos de Persia se habían librado por poco de la aniquilación (gracias al favor del que gozaba Ester ante el rey Asuero/Artajerjes), a menudo comportaba la parodia del ahorcamiento de la efigie del villano, Amán, que había tramado el exterminio de los judíos, y el festejo carnavalesco del triunfo de Israel. Bien es verdad también que, al mismo tiempo que el fervor de la cruzada cuajaba en el norte de Europa, la retórica anticristiana de los judíos se volvía más vitriólica e imprudente. Cualquier converso maligno que quisiera convencer a sus nuevos correligionarios de que su antiguo pueblo no era más que un hatajo de malvados, no habría tenido ninguna dificultad en citar alguno de esos insultos y feroces maldiciones. Por esta misma época los cristianos llegaron a convencerse de que los judíos no se detendrían ante nada para impedir que cualquiera de ellos llegara a convertirse, o para intentar rejudaizarlo. En Lynn el rumor de que los judíos habían perseguido a un nuevo converso hasta la iglesia había desencadenado la matanza perpetrada en dicha localidad en 1190, y el conocimiento de lo que los judíos habían hecho a sus propios hijos en Renania en 1096 fue distorsionado hasta dar lugar a la fantasía de que los judíos estaban dispuestos a meter en el horno a sus propios hijos si sospechaban que habían comulgado con sus amigos cristianos.18 Guillermo de Malmesbury incluía la siguiente anécdota en su colección de relatos de intercesiones de la Virgen, escritos a mediados del siglo XII. No pudiendo impedir que su marido ase a su hijo, una madre desesperada apela a los cristianos, que acuden precipitadamente a la escena del crimen para descubrir el milagro: el chico se encuentra sano y salvo en el horno, gracias a la intervención de María, que, en otra versión, se cuenta que hizo que el calor actuara como una especie de «brisa cargada de rocío».19 En muchas versiones del cuento —que conoció una amplia circulación en Francia, España y Alemania, además de Inglaterra—, cuando el chico está en medio de las llamas recibe la visita de la Virgen y el Niño, epítome del amor familiar cristiano, a diferencia de la diabólica crueldad infanticida de los judíos. En una vidriera de la catedral de Lincoln, la Virgen se inclina tiernamente sobre el Niño del Horno. Como señala Miri Rubin, los hornos, llenos o no de bollos, son el lugar donde «se cocina» a los hijos y pueden ser la fuente que los alimenta o, como en este caso, escenario de un suplicio monstruoso. Naturalmente, tanto los judíos como los gentiles debían de conocer la historia de la milagrosa liberación de Sidraj, Misaj y Abed-Nego del horno encendido de Nabucodonosor, contada en el libro de Daniel. Una vez más, la versión judeófoba toma un relato bíblico en el que los judíos son los héroes sagrados y los transforma en asesinos casi paganos de los verdaderos creyentes. En este caso, la figura monstruosa del padre judío que inmola a su hijo cede, a través de la Virgen-Madre, ante la benevolencia del verdadero Padre del niño, el propio Dios.
Las fantasías de la anti-Pascua judía que vemos en relatos como el de Tomás de Monmouth trazan con cuidadoso detalle una imagen gráficamente precisa de esta nueva Pasión obrada en el cuerpo de unos niños: la flagelación, la coronación de espinas, las manos y los pies traspasados del niño, la herida de la lanza en el costado izquierdo y los latigazos (una copia fiel de las heridas infligidas a Jesús), y, por último, la parodia de crucifixión en un leño adaptado a las medidas de los dobles infantiles del Salvador. «Los judíos de Norwich se llevaron a un niño cristiano poco antes del día de la Pascua y lo atormentaron con todos los tormentos con los que fue atormentado nuestro Señor, y el Viernes Santo lo colgaron de un madero, por odio a nuestro Señor, y luego lo enterraron.» Como los niños no morían solo por ser clavados en la cruz, a menudo se decía que las heridas, especialmente la llaga del costado, producían copiosas efusiones de sangre que los judíos recogían en un vaso ritual. El detalle adicional de lo que luego pasaría a llamarse el «libelo de sangre —es decir, la acusación de que la sangre era recogida para amasar con ella la matzá que se come en la cena de la Pascua judía—, fue un añadido posterior, pero ya están ahí todos los elementos básicos del drama.
Tras el culto al joven William de Norwich hubo toda una proliferación de niños santos víctimas de los judíos. En 1168, una fiesta de circuncisión celebrada en una de las casas de la comunidad de Gloucester se convirtió en una historia de rapto protagonizada por un niño llamado Harold, que, según se dijo, había sido torturado y arrojado a las aguas del Severn. Ninguna abadía ni catedral que se preciara podía carecer de un niño mártir. El culto de Robert de Bury, que terminó con la matanza de 1190 y la expulsión de los judíos, había comenzado en 1181 y se debía en gran medida a la acción del abad de la ciudad, que se había dado cuenta del éxito del de William de Norwich y de su capacidad para atraer peregrinos.20 Dos años después, en Bristol, surgió Adam, que, según se dijo, fue atraído con engaños a casa del judío Samuel (que, al parecer, había asesinado también a su esposa) y fue acuchillado en el retrete, pero no sin antes recibir la visita de Jesús, que lo acogió en sus brazos. El resultado de todo ello fue que la letrina de Samuel se convirtió en un lugar rodeado de un halo sagrado de misterio y milagro, empezando por su propietario, que en adelante no fue capaz de usarla sin que se le apareciera un ángel que le reprochaba sañudamente su acción o, lo que resultaba todavía más inquietante, sin que viera a la Virgen meciendo en sus brazos el cuerpo inmaculado del niño mártir. Winchester, que en 1190 perdonó inexplicablemente la vida a los que el cronista Ricardo de Devizes llama sus «gusanos» o «alimañas», se jactaba de tener ni más ni menos que tres acusaciones de asesinato de niños, presentadas en 1192, 1225 y 1232; y todavía hubo otra en Londres en 1244, en la que se decía que el cuerpo de un niño hallado en el patio de la iglesia de St. Benet llevaba una misteriosa inscripción en hebreo grabada en la piel, lo que demostraba que había sido raptado para que los malvados judíos hicieran con él sus siniestros rituales. El cadáver fue conducido a su iglesia por los canónigos de San Pablo y enterrado con toda solemnidad junto al altar mayor, donde, como de costumbre, se dijo que inmediatamente había empezado a obrar milagros y prodigios.
El caso más grave tuvo lugar once años después en Lincoln, donde se descubrió el cadáver de un niño de nueve años llamado Hugh en un pozo negro. El niño llevaba desaparecido tres semanas, pero debido al arraigado convencimiento de que cada año se celebraban conciliábulos de judíos, la boda de Belaset, hija de uno de los hebreos más ricos de la ciudad, a la que habían asistido invitados procedentes de todos los rincones de Inglaterra, adquirió de repente un trágico significado. Dio la casualidad de que el rey Enrique III estaba por allí, y exigió que se encontrara al culpable. No tardó en salir uno. Tras ser brutalmente torturado, un judío de Lincoln llamado Copin o Jopin «confesó», fue llevado a rastras por las calles empedradas de la ciudad y atado a la cola de un caballo, y lo que quedó de su cuerpo despedazado fue colgado de la horca. Aun así, se consideró que se trataba de un crimen colectivo. Prácticamente todos los judíos de Lincoln fueron detenidos y llevados a Londres para ser sometidos a juicio. Dieciocho de ellos insistieron en que querían ser juzgados por un tribunal mixto de judíos y cristianos, demanda que fue interpretada como una confesión de culpabilidad, así que en vez de concedérseles el juicio al que tenían derecho fueron ahorcados sumariamente. Los demás permanecieron en la cárcel algún tiempo y finalmente fueron liberados gracias a la intervención de Ricardo, duque de Cornualles, que, al igual que el rey, tenía muchos negocios con los judíos, aunque, a diferencia del monarca, aún conservaba cierto sentido rudimentario de la justicia (por no mencionar su interés primordial en conservar sus propias vacas lecheras judías). En Lincoln, el «Pequeño Hugh» fue enterrado en un magnífico sepulcro en la catedral, construida gracias al dinero judío prestado principalmente por el gran magnate Aarón de Lincoln. Canonizado como mártir, Hugh fue venerado durante siglos e inmortalizado en una vidriera y en los Cuentos de Canterbury, en los que Geoffrey Chaucer reciclaría todas las infamias y calumnias más repugnantes vertidas contra los judíos, en particular en el «Cuento de la priora».21 Tuvieron que pasar setecientos años para que el mito fuera explícitamente repudiado por la Iglesia de Inglaterra y fuera colocado en el mismo emplazamiento de su tumba una declaración de condolencias, con el consabido saludo de fraternidad interconfesional, «Shalom!».
Por otra parte… esos nombres tan hermosos no fueron nunca solo víctimas, mártires enviados al sepulcro. Doulcea, la dulce y agradable, la esposa de Rabí Eleazar, el Perfumista, no estuvo indefensa cuando exhaló su último suspiro en las calles de Worms. Si debemos dar crédito al panegírico del Perfumista (en prosa y en versos acrósticos), Doulcea sucumbió luchando por salvar lo que quedaba de su familia. Sus hijas, Bellette y Hannah, ya habían muerto, pero su hijo y su marido seguían vivos, aunque malheridos. Doulcea se abrió paso a la fuerza ante la sorpresa de los asaltantes y salió corriendo a la calle a pedir ayuda, a sabiendas de que los malvados irían tras ella. Eso era lo que pretendía. Una vez fuera de la casa, cerró de un portazo (quiero pensar que volviéndose y dando una patada a la puerta) y Eleazar echó el cerrojo por dentro salvando su vida y la de su hijo. Apartados de ese modo de su botín, los asaltantes volcaron su rabia sobre Doulcea. En un momento dado, Eleazar sale de su dolor para escribir el panegírico de la difunta, su eshet chayil, «mujer preciosísima».
A Eleazar no se le ocurre elogio mayor que decir que su esposa nunca lo hizo enfadar. Pero el retrato que nos ofrece no es el de un mero felpudo de su piadosa grandeza. Todo lo contrario; Doulcea hizo todo lo que cabía esperar de una consorte religiosa y fiel cumplidora de sus obligaciones —dar de comer a los numerosos discípulos de su marido, fabricar las velas utilizadas el sabbat—, y mucho más. Probablemente fuera el tipo de mujer versátil tan admirada por Rachí de Troyes, de la que dice que es capaz al mismo tiempo de «enseñar a las esposas ideales una canción por un módico precio, vigilar cómo se cuecen las verduras, hilar el lino y calentar los capullos de los gusanos de seda en su regazo».22 Ni siquiera Doulcea habría sido capaz de tanto, al menos no de todo a la vez, pero Eleazar recuerda que no solo iba a la sinagoga todos los días, mañana y tarde (mucho más de lo que se requería y cabía esperar de una mujer), sino que además dirigía a las mujeres de la congregación en los rezos y en el canto. Como no demasiadas muchachas judías aprendían el hebreo (Doulcea, perteneciente a una famosa familia culta, era una excepción), con toda probabilidad asistía a los cultos en judeo-alemán, o bien en un edificio aparte, o bien en la zona separada por una celosía que estaba reservada para su sexo. El encomio en verso de Eleazar la describe expresamente «cantando himnos y oraciones y recitando peticiones», y además «enseñando a las mujeres de todas las demás ciudades a entonar cánticos».23 La participación activa de la mujer en los cultos religiosos en el mundo asquenazí no fue rara hasta que la oleada de objeciones que empezaron a levantarse en el siglo XIV hizo que resultara cada vez más difícil. La lápida funeraria de otra mujer de Worms activa en el siglo XIII, Urania, nos dice que, como hija de un cantor y chantre a la vez, siguió la vocación de su padre, Abraham, convirtiéndose en la directora de los rezos. Por eso Rabí Eleazar y otros rabinos no veían ningún motivo para que no pudieran rezar, leer la Torá y recitar bendiciones, como hacían los hombres. El Sefer Hasidim, el libro que recogía las doctrinas y preceptos en los que se basaba la vida de Eleazar y su familia, ordenaba expresamente a los padres enseñar los mandamientos a sus esposas e hijas.24 Aunque la Torá no les ordenaba explícitamente hacerlo, existen algunos testimonios de que las mujeres de esta época llevaban incluso el manto rematado por flecos, el tzitzit, y oraban llevando tefillin («filacterias») en la cabeza y en los brazos, motivo suficiente para que semejante costumbre escandalizara posteriormente a las autoridades. Para mayor complacencia de su padre, la menor de sus hijas, Hannah, sabía recitar algunas oraciones en hebreo, como el shemá, y las entonaba con la misma voz potente y melodiosa con la que Doulcea dirigía los cantos de las mujeres. Hasta que fueron marginadas por personajes más represivos, como Rabí Meir de Rothenburg o Sansón ben Tzadok, ya en el siglo XIII, las mujeres ocupaban a menudo un lugar central en los ritos. Por mucho que los rabinos fruncieran el ceño y a pesar de lo erróneo de la idea preconcebida que se tiene hoy día de que las mujeres, y sobre todo las madres, se hallaban invariablemente excluidas de la circuncisión de sus hijos varones, se conservan multitud de testimonios que demuestran que esto no fue así en Asquenaz hasta, como muy pronto, finales del siglo XIII.25 Las mujeres eran las protagonistas de una pequeña ceremonia doméstica celebrada el día de la circuncisión por la mañana, ocho días después del parto, en la que la madre bebía vino para indicar que estaba curada (y probablemente la incisión que estaba a punto de realizarse en conmemoración de la alianza). Al fin y al cabo, había sido la esposa de Moisés, Séfora, la primera que había practicado una circuncisión, la de su propio hijo. A finales de la época medieval, la campaña en pro de convertir la brit milá en una ceremonia solo entre hombres redujo el papel de la mujer a llevar por la calle al niño envuelto en bonitos faldones hasta la sinagoga, donde tenía lugar la circuncisión. A la puerta de la sinagoga, la criatura era entregada al sandek, que lo sostenía en su regazo mientras se llevaba a cabo la operación. Pero Sansón ben Tzadok y Rabí Jacob Moellin ponen de manifiesto que se oponían a una costumbre ampliamente aceptada que otorgaba a la madre un papel de protagonista en las ceremonias tanto dentro como fuera de la sinagoga. Como cabría esperar, la madre llevaba a su hijo por la calle (pese al consejo de Rabí Yekutiel bar Moisés, según el cual «más vale caminar detrás de un león que de una mujer») y probablemente actuara como sandek, sosteniéndolo en su regazo, sentada entre los hombres, mientras se practicaba la circuncisión. Era esta mezcla, por lo demás natural, lo que irritaba a rabinos como el Tashbetz (Rabí Simeón ben Zamaj Durán), no fuera que al ir por la calle rodeada de hombres y estar sentada entre ellos mientras el mohel se inclinaba sobre su pecho para cortar el prepucio, cruzaran por su mente pensamientos licenciosos de algún tipo. Y, peor aún, la madre sandek iría «hermosamente vestida», induciendo aún más a la tentación. Regodeándose en sus suspicacias, el Tashbetz llega a decir que, aunque el mohel lo fueran el padre y el marido, no todos tenían por qué saberlo. Si un hombre piadoso veía a una mujer con su hijo en el regazo, debía abandonar inmediatamente la sinagoga.26
Puede que Doulcea no ejerciera de sandek, pero todo lo que podía hacer, lo hacía: encuadernar libros piadosos; coser y bordar ni más ni menos que cuarenta paños para los rollos de la Ley, además de los cartapacios en los que se guardaban, y bañar los cuerpos de las difuntas y ponerles el sudario. Aunque pensemos que la España musulmana y otros lugares del mundo islámico resultaban más cómodos para los judíos, las mujeres eran más visibles en la sociedad cristiana asquenazí. No llevaban velo, viajaban con toda libertad, todavía no estaban confinadas en ningún tipo de gueto y podían poner pleitos en los tribunales de justicia (y teniendo en cuenta el número de disputas familiares, especialmente sobre si podían reclamar o no su dote a la muerte de su marido, menos mal que así era). Podían tener propiedades y bienes muebles, y aunque por lo general estaba legal y técnicamente prohibido, entre las más acomodadas muchas tenían criadas gentiles y ponían a sus hijos en manos de amas de cría cristianas, incluso durante todo el día; su versión de una guardería infantil de lo más útil. Algunas eran comadronas y curanderas, llamadas nashim jajamim o «mujeres sabias». Otras hacían de casamenteras, oficio para el que había una enorme demanda en una cultura en la que la mujer vivía a menudo más que el hombre y en la que había un número sorprendentemente alto de divorcios. Como hombres y mujeres se prometían siendo todavía niños, los rabinos, especialmente los hasidim pietistas, insistían en que, por mucho que los hijos tuvieran que respetar la decisión de sus padres en esos asuntos, tampoco podían ser obligados a contraer matrimonios incompatibles ni a continuar la unión si resultaba desagradable para cualquiera de las partes.
La generación de Doulcea y las siguientes fueron las primeras en beneficiarse de las nuevas normas establecidas por Rabí Gershom ben Judá de Maguncia en su libro La luz del destierro (en el que se vertían opiniones compartidas por muchos de sus contemporáneos), la más radical de las cuales era prohibir la poligamia, todavía vigente en el mundo sefardí-musulmán. Asimismo, los preceptos fijados en la Misná y el Talmud acerca de la unión física y espiritual del marido y la mujer eran tomados muy en serio. Se prohibía a los maridos pegar o maltratar a sus mujeres u obligarlas a cualquier tipo de sometimiento sexual que no las complaciera. Comportarse de otro modo, decían los rabinos, sería tratar a la esposa como a una prostituta. Del mismo modo que se recomendaba a las mujeres complacer a sus maridos, también lo contrario era una obligación sagrada. No se vetaba ninguna práctica o postura sexual dentro del matrimonio excepto derramar el semen fuera del cuerpo de la mujer, y a los maridos se les exigía hacer lo que fuera necesario para dar placer a sus esposas, sobre todo por cuanto su único camino hacia la shejiná, el esplendor divino, era a través del placer de ella. Por consiguiente, el marido tenía la obligación de compartir el lecho que la mujer preparara para los dos, fuera cual fuese, aunque, como decía cierto tratado, ello supusiera abandonar una cama de oro adornada con sábanas de lino bordadas por otra dispuesta entre las piedras y solo cubierta de paja. El deber y la felicidad del marido consistían en yacer al lado de la esposa. La frecuencia y el momento de la unión sexual eran igualmente especificados; lo mejor era practicarla dos veces a la semana, especialmente el viernes por la noche. (Para los judíos que vivían en el mundo musulmán, se concedía una dispensa especial a aquellos cuyo trabajo los obligara a viajar en camello, pues los habría alejado demasiado del lecho conyugal, aunque cabía esperar que los arrieros que guiaban reatas de mulas regresaran a casa más a menudo.) Y si por lo que fuera un marido y una esposa no se gustaban físicamente, ello era motivo suficiente de divorcio, suponiendo siempre que ella diera su consentimiento. A diferencia de las convenciones vigentes en el mundo musulmán, ninguna mujer podía ser repudiada contra su voluntad, pero si un marido resultaba tan repulsivo (por el motivo que fuera) que la mujer rechazaba su compañía, podía estar obligado a concederle el divorcio.27 Así pues, aunque las normas, por lo demás muy estrictas, acerca de la purificación en el baño ritual, la mikvá, durante la menstruación y después del parto, eran numerosísimas, las esposas judías tenían buenos motivos para contar con las atenciones de sus maridos.
Había otro aspecto que hacía de Doulcea un pilar de su comunidad: la administración de su dinero. Era la única a quien sus vecinos y correligionarios confiaban sus fortunas, y ella las administraba lo mejor que podía, prestando parte del capital, casi con toda seguridad únicamente dentro de la comunidad judía local. No obstante, a su manera, la mujer del Perfumista era también la amable banquera de los pietistas, los hasidim a la cabeza de los cuales estaba Eleazar. Sin duda alguna fue eso lo que la llevó al desastre, pues aunque sus atracadores llevaban cruces (estamos hablando de la Tercera Cruzada), era dinero lo que buscaban cuando irrumpieron en casa del Perfumista en noviembre de 1196.
Doulcea no era la única. Había una cantidad sorprendente de mujeres judías que se habían convertido en banqueras de los personajes más encumbrados y poderosos de la sociedad cristiana: obispos, abades, condes, reinas y reyes. (Poulceline de Blois fue una de las que lo pagó caro.) En Inglaterra conocemos toda una cohorte de matriarcas, casadas y viudas, que dirigían importantes negocios basados en el préstamo de dinero: Chera de Winchester y su nuera, Belia; la gran rival de Chera, Licoricia; Belaset de Oxford y muchas más. Sus nombres y sus transacciones se han conservado porque entre las víctimas de los disturbios del día de la coronación de 1189-1190 estuvieron las fichas de los que debían dinero a los judíos. Como la Corona consideraba a «sus» judíos un activo personal y estaba acostumbrada a pedirles dinero prestado cuando la necesidad obligaba a ello, eran los intereses de Ricardo los que habían sido menoscabados, no solo los de los judíos. Por consiguiente, había una Hacienda de los Judíos encargada de registrar todas sus transacciones, junto con el dinero adeudado, los préstamos propiamente dichos, las «tallas» o tributos y las multas pendientes de cobro. Como esas multas afectaban incluso a asuntos mundanos tales como los permisos para cambiar de estado civil, los Pipe Rolls de la Corona* nos proporcionan la historia social de las aproximadamente cinco mil personas que componían la comunidad judía de Inglaterra hasta la expulsión de 1290.
No todos los judíos eran prestamistas ni todos los prestamistas eran judíos. Aunque el derecho canónico prohibía los préstamos con interés, había cristianos, en especial los lombardos, que ofrecían servicios similares y que, evidentemente, se mostraban indiferentes a la amenaza que semejante actividad pudiera suponer para sus almas mortales, pues no solo aplicaban tipos de interés desorbitados, sino que insistían en cobrar intereses durante toda la vida del préstamo contraído originalmente, pese a que ya se hubieran efectuado las primeras devoluciones. Como población sometida, por su parte, los judíos tenían estrictamente regulados los intereses que podían cobrar y las condiciones de los préstamos. Sus vínculos internacionales a lo largo de toda Europa les daban acceso a cuantiosos capitales, y las garantías que aceptaban por sus préstamos —tierras, haciendas, fincas abaciales, inmuebles urbanos, etc.— se convertían a su vez en bienes negociables. Cuando un prestamista judío moría, un tercio (como mínimo) de sus bienes revertía a la Corona, de modo que las duras condiciones que pudieran poner los judíos en sus negocios se convertían en una fuente de beneficio inmediato para el fisco, siempre muy voraz. Los judíos no tenían más remedio que hacer el trabajo sucio y atraerse el odio de la gente, mientras que la Corona se llevaba el beneficio. Aparte de esas estipulaciones, se podían plantear sin previo aviso exigencias durísimas a aquella población indefensa, y si esta no las cumplía, podía incautársele lo que hiciera falta por decisión real. Cuando los judíos tenían que hacer frente a una exacción inesperada o a un préstamo forzoso, se veían obligados a reclamar la devolución de sus propios préstamos para evitar su encarcelamiento inmediato; la opción que se les planteaba era o provocar el odio de la gente o aguantar cualquier sufrimiento. La mayor parte de los años, el dinero en efectivo robado a los judíos por medio de este tipo de estratagemas equivalía a la séptima parte de todos los ingresos de la Corona.
El mayor filón fue hallado en 1186, a la muerte del supermagnate Aarón de Lincoln. Aarón había amasado una fortuna enorme a partir de las nuevas y costosas necesidades de la Iglesia y del estado. Había financiado a Becket y a Enrique II; había prestado dinero al obispo de Lincoln (con la garantía de las colectas de la diócesis) para que el prelado pudiera construirse un palacio magnífico, y hasta había hecho posible la edificación de la propia catedral de la ciudad, del mismo modo que, no muy lejos de allí, su dinero había permitido también construir la catedral de Peterborough. Cuando falleció, Aarón era, en valores realizables, el hombre más rico de Inglaterra, lo que hacía que su patrimonio resultara irresistible para Enrique II, siempre agobiado por las necesidades de dinero. La totalidad de sus bienes, incluido el enorme registro de deudas pendientes de cobro fueron confiscados por la Corona. El oro y la plata fueron enviados inmediatamente a Francia, donde Enrique estaba en guerra con Felipe Augusto (aunque, en un acto providencial de justicia, se perdieron cuando el barco que los transportaba a Dieppe se hundió). El resto de sus bienes eran un enorme montón de préstamos efectuados a unos 450 deudores, desde el rey de Escocia hasta el arzobispo de Canterbury. El patrimonio era de una magnitud tan asombrosa y compleja que hubo que crear un departamento de estado especial, el Saccarium Aaronis o Hacienda de Aarón. Se tardó cinco años en aclarar todos los detalles de la Hacienda de Aarón antes de que fuera posible explotar aquella auténtica mina de oro.28
Aarón no era un caso típico, ni mucho menos. Antes de que la presencia de los judíos se viera restringida a unas cuantas ciudades en concreto, estuvieron repartidos por todo el reino, y muchos fueron prestamistas de unos clientes infinitamente menos opulentos que los de Aarón: caballeros e hidalgos locales, pequeños conventos, abadías e iglesias, y burgueses de los distintos centros mercantiles. Muchos tenían negocios complementarios —orfebrería y platería, compraventa de piedras preciosas y joyería—, pero también había vendedores de vino (otro ramo que sacaba provecho de los contactos familiares con Francia), mercaderes de lana, sal y especias, e individuos que ejercían las profesiones habituales de médicos y boticarios. Se sabe asimismo que había cocineros y proveedores de comida kosher que suministraban sus productos a clientes no judíos, y había incluso ocupaciones más sorprendentes. El II Concilio de Letrán de 1139 había intentado, haciendo gala de un optimismo excesivo, prohibir el uso de la ballesta entre los cristianos. Pero ningún señor de la guerra que se preciara iba a prescindir de ella, así que se adiestró a un cuerpo especial de ballesteros judíos al servicio de la Corona, que se hicieron famosos en todo el reino por su especialización en el manejo de esta arma. Durante el reinado de Enrique III, tenemos registrado por lo menos un caso de reclamación del pago de la manutención de un ballestero en concreto, llamado Semán o Simón, que tal vez fuera converso, pero del suministro de cuya ropa y armamento se encargaba David de Oxford. Y cuesta trabajo decidir a quiénes les habría resultado más ofensivo un pintor de imágenes sagradas judío, especializado en figuras de la Virgen, si a los rabinos, que habrían considerado semejante oficio una transgresión del Segundo Mandamiento, o a los cristianos, que estaban acostumbrados a los rumores acerca de judíos que profanaban regularmente las imágenes de Nuestra Señora. ¿Lo arreglaría todo nuestro pintor diciéndose que no podía haber ningún pecado en pintar las figuras idólatras de otra religión?29
Pero eran los grandes prestamistas, especializados en proporcionar dinero a clientes poderosos y en asumir el correspondiente riesgo, los auténticos potentados de la judería de Inglaterra: Aarón de Lincoln; Benedict Crespin de Londres, cuyo hermoso cuarto para el baño ritual o mikvá, de arenisca verde, fue excavado en 2002 y puede admirarse en el Museo Judío de la capital; Moisés de Bristol y David de Oxford. Todos ellos se construyeron casas de piedra (pensando en la ostentación y en la defensa) que, como muchos barrios judíos y sus correspondientes pequeñas sinagogas, estaban situadas bastante cerca de las fortalezas y cárceles de la ciudad por si de pronto necesitaban refugiarse en ellas y escapar así de los ataques de la multitud, como a menudo sucedía. Muchos tenían diversas propiedades en varias ciudades distintas, incluido Londres, y algunos, como otro Benedict, el hijo de Licoricia, compraron fincas rústicas, en este caso quince hectáreas en Northamptonshire, que contenían terrenos explotados por arrendatarios, parques y bosques de caza, y gran cantidad de ganado, incluidos, por escandaloso que pueda parecer, piaras de «cerdos jóvenes». Y, evidentemente, algunos de esos magnates judíos eran muy aficionados a los buenos caballos.
Uno de esos amantes de los palafrenes era David de Oxford. Como el resto de los judíos de la ciudad, había logrado sobrevivir a la rapiña constante impuesta por Ricardo (para su participación en las Cruzadas y para su posterior regreso previo pago de un rescate) y por su insaciable hermano Juan Sin Tierra, que en 1217 impuso el pago de un tributo exorbitante y luego simplemente dejó que los barones de su Carta Magna arrebataran absolutamente todo lo que quisieran a los judíos a los que pudiera acusarse de atraso en los pagos. David salió de la ruina y el desastre, y volvió a amasar una fortuna prestando dinero a clientes de gustos caros, desde Northamptonshire y Warwickshire hasta Berkshire y Buckinghamshire. En concreto, suyos fueron los fondos que permitieron levantar el priorato de Oseney y el castillo de Oxford, una fortaleza que los judíos tenían mucho interés en ver acabada, aunque de vez en cuando les tocara convertirse en sus moradores involuntarios. Cierto documento alude a la amortización de una deuda y la consiguiente liberación de la «mano dura» de David, pero este tenía buenos motivos para apretar las tuercas a la hora de negociar los préstamos, pues nunca podía estar seguro de si volvería a ver su dinero. El rey Ricardo había tomado por costumbre sobornar a los nobles para que lo acompañaran a la cruzada modificando a capricho las deudas contraídas con individuos como David, unas veces reduciendo o eliminando por completo los intereses; y otras condonando simplemente las deudas. La táctica surtió demasiado efecto como para ser abandonada sin más tras el fracaso de la cruzada, pues, al igual que su hermano, Juan Sin Tierra se vio envuelto en constantes guerras y su joven heredero, Enrique III, estuvo bajo la tutela de unos nobles que obtuvieron dispensas similares por los múltiples servicios militares prestados a la Corona. David tuvo que soportar treinta anulaciones de préstamos de ese estilo en menos de quince años. La garantía frente a la eventualidad de tener que apechugar en solitario con semejantes desastres era asociare con otros hombres adinerados en los que pudiera confiar y, de ese modo, repartir un poco tanto las ganancias como las pérdidas.30
Con mano dura o sin ella, lo cierto es que David prosperó. Se construyó una hermosa casa de piedra en la judería de Oxford, al sur de Carfax, en la calle llamada para siempre por profesores y alumnos St. Aldate’s, y otra un poco más allá, a la vuelta de la esquina, en St. Edward’s Lane. Evidentemente, la fortuna de David era lo bastante grande como para que se angustiara por la falta de herederos, pues su matrimonio con Muriel no había dado fruto. Y así, más o menos en torno a 1242, salió al encuentro de su destino Licoricia de Winchester.
Licoricia era una viuda que tenía tres hijos de su primer marido, Abraham de Kent, implicado, pero no condenado por ello en uno de tantos juicios por el asesinato de un niño siete años antes. Al igual que otras muchas mujeres casadas y viudas (como, por ejemplo, Belia, la astuta nuera de la adinerada viuda Chera de Winchester, todavía más famosa y formidable), había actuado como socia en los negocios de su marido mientras este vivió, firmando por él contratos y recibos de extinción de la deuda en hebreo (de ahí que fueran mujeres de letras, no solo de números). Licoricia había crecido en la Winchester dominada por Chera y su clan, e indudablemente aprendió mucho de su ejemplo, pues en poco tiempo se convirtió en una poderosa empresaria por cuenta propia, y quizá es así como deberíamos llamarla. Cuando conoció a David ya era rica, pero no es muy probable que, dada la colosal fortuna que él poseía, incrementarla aún más con su matrimonio fuera una de las causas de lo que pasaría después. Lo más probable es que se enamorara de ella. Las viudas viajeras debían de resultar irresistibles. Emprendían viajes de negocios a lo grande; a menudo tenían vestuarios espectaculares (conocemos un vestido de Licoricia de «seda malva» y otro «rojo sangre con ribete de piel de conejo»).
Si el papa Inocencio III se hubiera salido con la suya, los judíos habrían tenido que llevar una tacha sartorial en su ropa; un distintivo con la forma de las Tablas de la Ley de «cuatro dedos por dos». En el IV Concilio de Letrán, celebrado en 1215, el Papa había exigido que llevaran esa marca, precisamente porque resultaba imposible, solo por la vestimenta y por la lengua, decir quién era cada uno, con lo cual se corría el riesgo, a juicio del pontífice, de que se formaran matrimonios mixtos. La decisión del Papa quizá estuviera motivada por casos como el del famoso lío de un diácono de Oxford, por lo demás innominado, que, según el cronista Mateo de París, se encaprichó apasionadamente de una judía y tan «ardientemente deseaba sus abrazos … que accedió a su exigencia de que se convirtiera y le mostrara la seriedad de sus intenciones practicándose la circuncisión. Una vez que hubo hecho todo lo que ella le pedía, consiguió su amor ilícito. Pero no pudo ocultarlo mucho tiempo y el caso fue puesto en conocimiento del [arzobispo] Esteban de Canterbury».31 En 1222, el arzobispo Langton convocó un concilio en Oxford que degradó al diácono impenitente, que, según dicen, repudió lo que él llamaba «la nueva ley» y, además, hizo unos cuantos comentarios muy oportunos acerca de la Virgen María. Como es natural, así era imposible que apaciguara al obispo y mucho menos al alguacil Fawkes de Bréauté, famoso por su fiereza, que enviaron al diácono directamente a la hoguera. De la judía no se supo nada más, excepto que se libró del escándalo y de las llamas, evidentemente sin lucir la tabula cosida en el vestido.
A pesar del caso del diácono apóstata de Oxford, parece que el requisito de la marca distintiva de las tablas de la ley no llegó a entrar en vigor en casi todo el reinado de Enrique III, de modo que no es probable que molestara mucho a Licoricia y a sus hermanas viajeras del negocio del préstamo. Estaban todas ellas perfectamente acostumbradas a tratar con el mundo cristiano, tenían una mentalidad independiente y sabían leer, escribir y gastar bromas, así como mantener sus buenas discusiones con los barones y los obispos más duros de pelar y de carácter más rudo, a algunos de los cuales desde luego les temblaban las piernas cuando tenían que entrevistarse con mujeres del temple de Belaset o Licoricia. Como ellas también se veían obligadas a trabajar en sociedad con otros judíos originarios de todos los rincones del país, es evidente que sus intereses iban mucho más allá de las preocupaciones domésticas y religiosas de una Doulcea de Worms, pongamos por caso, aunque eso no significa necesariamente que su mundanidad corriera a expensas de su fe. Parece que Licoricia era una seguidora a ultranza de la comida kosher, pero pocas cosas más podían parar a estas mujeres. Viajaban acompañadas de escoltas armadas, montadas a mujeriegas o en una forma elemental de carromato, apeándose en ruta para pasar la noche en alguna comunidad judía antes de proseguir la marcha, a menudo hacia destinos que habrían intimidado a otros menos decididos. Licoricia se reunía habitualmente con sus clientes de mayor rango y más poderosos en el Gran Salón del castillo de Winchester, al que iba a menudo Enrique III.
Fuera lo que fuese lo que atrajo a David —y quizá solo fuera la probada fecundidad de Licoricia—, bastó para llevarlo a actuar con una sorprendente rudeza y a anunciar su divorcio de Muriel, más o menos de forma unilateral, y quizá sin decírselo personalmente. Sin embargo, desde las reformas introducidas por Gershom ben Yehudá de Maguncia y otros rabinos de la época, no solo estaba estrictamente prohibida la poligamia, sino que además era ilegal divorciarse de una mujer sin el consentimiento explícito de esta, excepto en la escandalosa circunstancia de que hubiera cometido adulterio. No era desde luego este el caso de Muriel, que no tenía ninguna intención de hacer las cosas discretamente. En aquel mundo hasta las Muriel conocían sus derechos, y no les asustaba hacerlos valer. Otras judías de esta misma época aparecen en los litigios y las disputas familiares por el destino de su dote cuando se quedaban viudas, pues eran plenamente conscientes de lo que decía la ley. Una tal Milla, por ejemplo, rechazó las pretensiones predatorias de cierto Samuel, que quería apoderarse de su dote afirmando que estaban casados «en virtud del comercio y el trato que tienen entre ellos», en alusión al comercio carnal. Milla lo rechazó con un bufido, recurrió a los tribunales y ganó el pleito. Otra mujer de mentalidad independiente, Gentilla, no haría honor a su nombre y se mostraría dispuesta a pagar una bonita suma de dinero a los funcionarios del rey para no tener que casarse con el partido que le habían asignado. Evidentemente, Muriel estaba cortada por el mismo patrón, aunque no pudiera compararse con su rival de Winchester (pocas habrían estado a su altura). La familia de Muriel, oriunda de Lincoln, se movilizó, y su hermano Peytevin, que era también un hombre acaudalado que había construido su propia sinagoga y desde luego era ducho en el derecho tanto de los judíos como de los gentiles, tomó cartas en el asunto. Consultó primero a un grupo de rabinos franceses prudentemente fuera del alcance de cualquier cuerda que pudiera tocar David, y ante los que a menudo se inclinaban sus colegas ingleses por considerarlos discípulos del gran Rachí de Troyes. Los franceses se pronunciaron a favor de Muriel y, convencidos de que todo marchaba viento en popa, Muriel y Peytevin organizaron un beth din —esto es, un tribunal rabínico— en Oxford, que se sumó al veredicto de los franceses y anuló el divorcio.
David y Licoricia lamentaron haberse tomado a la ligera a Muriel, pero entonces pasaron a la ofensiva, aunque ello supusiera apelar no ya a una autoridad judía, sino a una cristiana, ni más ni menos que al arzobispo de York. Entre los que tenían mucho que agradecer a David estaba el propio rey, al cual en un momento de apuro el prestamista había ofrecido un incentivo de cien libras. Después de eso, por lo que a Enrique concernía, nada de lo que hiciera David podía estar mal. El arzobispo, por su parte, no estaba dispuesto a tolerar la superioridad de ningún otro tribunal religioso, y tras convocar a los partidarios de Muriel, revocó la sentencia del beth din de Oxford y decretó que el divorcio era válido. Más significativo es el testimonio que se conserva en los Close Rolls,* una carta dirigida por el monarca a los «maestros» que habían dictado sentencia prohibiéndoles «forzar» a David a «quedarse con esa esposa [Muriel] o con cualquier otra». Actuar de otro modo, advertía la carta, supondría «incurrir en graves penas».32
Así pues, ya no había ninguna instancia a la que pudieran apelar Muriel y su hermano. De momento, y en cumplimiento de la halajá de las leyes religiosas, se le asignó una compensación en forma de la casa más pequeña, la de la esquina de St. Edward’s Lane y Jury Lane. Y quizá recibiera también una triste satisfacción al ver que Licoricia y David no disfrutaban de su matrimonio más que dos años, pues David falleció en 1244; tiempo suficiente, en cualquier caso, para que Licoricia trajera al mundo al heredero que tan desesperadamente había deseado, y al que pusieron el nombre de su abuelo paterno, Aser o Asher, aunque durante toda su vida sería llamado (en consonancia con la golosina del nombre de su madre) Sweetman o Sweteman.*
Pese a todo, lejos de poder disfrutar de la fortuna de su difunto esposo, Licoricia fue encerrada con su pequeño Sweetman en la Torre de Londres, mientras que el patrimonio de David fue sometido a un minucioso escrutinio y expropiado por la Corona. Normalmente, el rey tenía derecho a un tercio de los patrimonios de este tipo, pero, cuando se trataba de una herencia tan grande, todo el mundo pensaba en el engorroso ejemplo de Aarón de Lincoln. A buen recaudo en la Torre de Londres (aunque sin duda alguna pagando lo necesario para poder moverse libremente por ella, disponer de comida kosher llevada adrede, etc.), Licoricia permaneció como rehén para satisfacción de la Corona, mientras el rey Enrique examinaba detenidamente la magnífica biblioteca de David, aparentemente para asegurarse de que no contenía ningún elemento ofensivo para el cristianismo o para el judaísmo, aunque en realidad para llevarse algunos ejemplares valiosos, como, por ejemplo, un salterio. Más satisfactoria todavía para el rey fue la expropiación de la hermosa casa de David en lo alto de St. Aldate’s y su transformación en la regia domus conversorum, una casa destinada a alojar a los conversos, que, tras recibir la gracia de Cristo, pudieron proveerse en la cocina de David y comer en su vajilla, utilizar sus enseres y ponerse su ropa y la de Licoricia. La liquidación de los bienes, para satisfacción de los agentes de la Corona, duró muchos meses, pero al final el rey tomó posesión de la inmensa suma de 5.000 marcos, equivalentes a más de 3.000 libras de la época. Como se necesitaban 100 libras para construir y equipar un barco entero, se trataba de una cantidad enorme de dinero y fue destinada al proyecto favorito de Enrique III, la reconstrucción de la abadía de Westminster, y en particular a crear la capilla de Eduardo el Confesor, que todavía se conserva. Buena parte de la abadía en la que son coronados los reyes procede de los bienes de Licoricia la Judía y su marido, David de Oxford, detalle que las guías, quién sabe por qué, misteriosamente omiten. Si quieren ustedes comprobar qué fue de la fortuna de una familia judía, echen un vistazo al espectacular pavimento de estilo cosmatesco sufragado (como tantas otras cosas en esa parte de la abadía) por David y Licoricia. La capilla no era solo una parte más de la abadía; se convirtió en su núcleo sagrado, en mausoleo de los reyes y las reinas de la dinastía Plantagenet, incluido el hijo de Enrique III, Eduardo I, que un siglo más tarde, después de muchos sufrimientos y angustias, se desharía sin contemplaciones de todos los judíos de su reino.
Una mañana de la primavera de 1277, el cuerpo de Licoricia fue hallado en el suelo de su casa de Winchester junto con el de su doncella Alice; ambas habían muerto apuñaladas. Se suponía que los judíos no tenían doncellas cristianas, pero aunque entonces había muchas cosas que se suponía que los judíos no hacían, Licoricia las hacía todas o casi todas. Tras enterrar a David en el cementerio judío de Oxford, donde hoy día los propios judíos pisotean las margaritas, pues forma parte del Jardín Botánico de la universidad, Licoricia regresó con Sweetman a su viejo coto de caza de Winchester, donde de nuevo desempeñaría su papel de reina del dinero, en ocasiones incluso sobreactuando. Cuando uno de sus numerosos deudores, Thomas Charlecote, fue encontrado flotando boca abajo en una charca de su hacienda de Warwickshire, Licoricia se apresuró a incautarse de la finca. El préstamo de Charlecote había sido concedido con la garantía de la finca, pero el protocolo exigía que la acreedora esperara a que el hijo y heredero del difunto, Thomas, recibiera la parte acordada. Licoricia no estaba acostumbrada a que la hicieran esperar, ni tampoco era especialmente dada a perdonar. Parece que había conseguido echar a Muriel de su casa de Oxford, y ahora tomó posesión de las tierras de Charlecote y se apresuró a liquidar completamente los activos. Todo fue puesto a la venta: ganado, cotos de caza, y tierras en arriendo.
De modo que, como Poulceline de Blois, Licoricia habría tenido muchos enemigos, aunque parece que desde comienzos de la década de 1270 ya se había retirado de los negocios. ¿Fueron esos enemigos los que la mataron? La investigación atribuyó el crimen a un guarnicionero llamado Ralph, en cuyo caso el asesinato habría sido fruto de atraco impremeditado, como los que sin duda sufrían los judíos. Pero puede que Ralph fuera el chivo expiatorio de alguien más importante deseoso de librarse de su deuda quitando de en medio a su acreedora. Los nuevos tiempos y el recrudecimiento del odio que llevaron consigo mataron a Licoricia y después a muchos más judíos. Y es que su suerte había estado estrechamente ligada a Enrique III, quien, pese a su oportunismo y su falta de escrúpulos a la hora de reducir de forma aleatoria los bienes de los hebreos mediante confiscaciones y la imposición sin previo aviso de impuestos y tributos, cumplió al menos en gran medida su objetivo de protegerlos. Pero, precisamente, ese favor real fue una de las primeras quejas presentadas ante el rey durante las guerras de los barones capitaneados por Simón de Montfort, que profesaba tanto odio a los judíos como dinero les debía. Aunque Simón acabó siendo derrotado, el sucesor de Enrique, su hijo Eduardo I, que subió al trono en 1272, compartía muchos de sus prejuicios, reforzados por el tiempo que había pasado en las Cruzadas.
El pacto que llevaba ya doscientos años en vigor —en virtud del cual los judíos prestaban servicio como prestamistas a cambio de protección y de la libertad de viajar por todo el reino— fue hecho pedazos. El primer indicio de lo que se avecinaba fue la repentina aplicación de la orden de llevar un distintivo visible, la tabula. Los hebreos eran ahora una población marcada. Luego se limitó el número de ciudades en las que podían residir, y comunidades enteras tuvieron que cambiar de residencia. La situación empeoró cuando Eduardo regresó de las Cruzadas. El estatuto de los judíos de 1275 prohibió el préstamo de dinero, su actividad fundamental, en la que, con independencia de los odios que suscitara y de los peligros que entrañara, basaban su existencia unas comunidades que, de no ser por ella, habrían quedado en la indigencia. Se pusieron oficialmente en circulación toda una sarta de mentiras y fantasías acerca de los judíos, según las cuales se dedicaban a estudiar y practicar nuevas artes y oficios sin que realmente cumplieran los requisitos para hacerlo, especialmente porque los gremios seguían siendo cotos vedados. Por un pequeño milagro, un hijo de Licoricia fruto de su primer matrimonio, Benedict, había estado lo bastante cerca del alcalde de Winchester, Simon Draper, como para ser admitido en el gremio de su ciudad, un progreso tan sorprendente que levantó casi de inmediato una oleada de habladurías y calumnias contra el alcalde, que se vio obligado a dar marcha atrás y a reducir su estatus al de una especie de miembro honorario.
Asimismo, un año después del asesinato de su madre, Benedict, que ya no era miembro de su gremio, murió ahorcado en Londres. En 1278-1279 se había lanzado una campaña de terror y violencia aplastante en la que los judíos de Inglaterra fueron acusados en masa de «recortar las monedas» (esto es, de raspar las piezas de oro y plata para fundir el metal obtenido en forma de lingotes, adulterando así el valor del dinero en curso). Se trataba indudablemente de un delito, y puede que junto con los muchos cristianos culpables del mismo, hubiera algunos judíos que pusieran en circulación moneda «aligerada» e hicieran recortes.33 Pero la consecuencia fue el encarcelamiento de casi todos los judíos del país. Los detenidos fueron trasladados a Londres y hacinados de tal modo en las cárceles que fue preciso crear otras nuevas, entre ellas la casa de fieras de Enrique III en la Torre, vacía desde la rápida muerte de los elefantes reales al poco tiempo de su llegada. El tamaño de los calabozos tenía fama de ser enorme, pues se conserva la solicitud de una judía, triste y anciana, en la que pide ser encarcelada en la casa de fieras.
Quizá se salvara en aquel alojamiento tan singular, pero el caso es que la ciudad se llenó de horcas, en las que fueron colgados 269 judíos. Así era Londres en los primeros años del reinado de Eduardo I, cadáveres de judíos y más cadáveres de judíos —entre ellos el de Benedict, el hijo de Licoricia— colgando en plena calle; un crimen horrendo e imperdonable del que nadie se acuerda, que nadie ha lamentado y que nadie ha reconocido en toda la historia de Inglaterra.
Los ajusticiamientos en masa acabaron con la comunidad. Sus jefes, hombres y mujeres, sus protectores, sus adalides y defensores, habían sido destruidos de un solo golpe (por una vez la expresión no es una mera frase hecha). Los que quedaron eran pobres, estaban deshechos y aterrorizados. En realidad, no había ninguna esperanza práctica de que llevaran a cabo la transformación social supuestamente deseada por el rey. Y el aparente afán de Eduardo por conseguir su reforma social había privado a los judíos de cualquier otra utilidad. Cuando expulsó a los judíos de Gascuña, Eduardo ya había descubierto que, en cuanto la ocasión lo propiciara, aparecerían los flamencos y los genoveses con todo lo necesario. Lo único que quedaba por hacer con los judíos era una simple labor de eliminación de los residuos. De modo que cuando en julio de 1290 —para mayor deleite de su madre, Leonor de Provenza, que había sido una cliente habitual de los prestamistas hebreos y por lo tanto era judeófoba, y de su mujer, Leonor de Castilla, que abrigaba una malevolencia aún más exagerada— llegó la orden de expulsión firmada por Eduardo, el verdadero tiro de gracia, no pudo suponer sorpresa alguna. Además, había una razón pragmática para capitalizar su eliminación. Cuando Eduardo regresó de sus campañas en Francia en 1289, las arcas de la Corona estaban tan vacías que solo la imposición de un tributo absolutamente punitivo sobre todos los súbditos de Inglaterra, incluidas la nobleza y la Iglesia, habría podido llenarlas. El edulcorante de una píldora tan amarga que, sin él, habría resultado inaceptable, fue la expulsión de los judíos, o más concretamente la mera cancelación de todas las deudas contraídas con ellos. Ni que decir tiene que fue una solución muy popular. El 3 de noviembre se decretó que «por sus crímenes y por el honor de Jesús Crucificado, el rey ha expulsado a los judíos por ser hombres pérfidos».34
El edicto serviría de modelo para la expulsión de los judíos de España dos siglos después, medida todavía más traumática debido al número mucho mayor de personas implicadas. A los judíos de Inglaterra les dieron dos meses para marcharse, y solo tuvieron derecho a reclamar el principal de los préstamos pendientes de cobro, pero no los intereses; además, únicamente se les permitió llevar consigo las posesiones con las que pudieran cargar. En esas condiciones tan brutales, cuando las juderías de Inglaterra fueron desocupadas, las casas fueron adquiridas a precios rebajados por compradores sin escrúpulos. Colas de carretas y de individuos con los pies doloridos se encaminaron penosamente a los puertos del país, desde Dover hasta Southampton, y algunos salieron incluso de los muelles del Támesis. Se contaba la historia de un capitán de barco que recomendó a sus pasajeros ejercitar las piernas en las marismas de Queensborough, expuestas a la pleamar, y luego, después de embolsarse el importe de los billetes, se hizo a la mar sin ellos cuando subió la marea, dejando que se ahogaran. Lo que despertó especialmente la cólera de los agentes de la Corona fue la sospecha de que el tesoro quizá no llegara a percibir ni un céntimo del botín. En 1291 estalló en Norfolk una agria disputa en torno al hermano del alguacil, que había confiscado las propiedades de los judíos y les había quitado todos los bienes que llevaban encima cuando estaban a bordo de un barco que zarpó de Burnham, con la intención de quedarse con las ganancias, y sobre si se habían pagado los impuestos correspondientes a esos bienes. Totalmente al margen de la disputa estaba el hecho de que todos los judíos que iban en el barco habían sido asesinados, además de robados, pues, al fin y al cabo, como dijo el alguacil, «eran malhechores dedicados a alterar la paz del reino».35 Una de las imágenes más imperecederas de aquel año de aflicciones es la de un grupo de cristianos ingleses con las mazas en alto sobre los judíos, echándolos alegremente del reino.
Fue más o menos en esta misma época cuando se popularizó en la mente de los cristianos la leyenda del «judío errante». No se trata de la visión generalizada de unos exiliados dispersos por el mundo, sino del relato concreto de un judío, en algunas versiones (como la recogida por Mateo de París, el cronista que se regodea contando las desgracias de los judíos) el zapatero Cartáfilo, que dio un empujón a Jesús cuando iba camino del Calvario acusándolo de que no se daba suficiente prisa. Jesús contestó que él acabaría descansando, pero que el hombre que lo hostigaba de aquel modo nunca encontraría reposo. Y de esa forma el judío fue condenado a caminar perpetuamente sobre la faz de la Tierra como Caín, dando eterno testimonio de su pecado y del pecado de su pueblo, sin alcanzar el descanso de la muerte hasta que se produjera la Segunda Venida de Cristo. Al contemplar a aquellos caminantes exhaustos subir a los barcos, la Inglaterra cristiana quizá sintiera la satisfacción de haber cumplido, a su manera, otra de las profecías del Salvador.