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Destierro del destierro

 

 

I. EL ANCHO MUNDO

 

Cuando el absceso que tenía en el brazo izquierdo dejó de supurar y empezó a formar costra, el rey Carlos el Sabio de Francia supo que su fin estaba cerca. Muchos años antes, el docto médico hecho venir desde Praga para drenar la misteriosa fístula del monarca había sentenciado que, si la herida se secaba, tendría dos semanas para arreglar sus asuntos antes de morir. Y así fue. Para su tranquilidad, la llaga purulenta, sometida periódicamente a curas, había venido segregando líquido durante muchos años bajo el guardabrazo de su armadura, mientras el monarca batallaba denodadamente para recuperar los territorios de Francia conquistados por los reyes ingleses de la dinastía Plantagenet. Pero justo cuando parecía que había cumplido la misión de su vida, las sombras fueron congregándose a su alrededor, convocadas con toda probabilidad por el periódico aderezo de arsénico con el que se condimentaba la comida real. No por serlo dejan los sabios de tener enemigos.

Antes de sucumbir el 30 de septiembre de 1380, dejando el trono a su hijo, de solo once años, Carlos el Loco, que perdería todo lo que su padre había ganado, el rey había hecho, en efecto, algo muy sabio. Hacia 1375 había ordenado a su legado ante la corte de Pedro el Ceremonioso, rey de Aragón, que comprara a los judíos de Palma de Mallorca (que se habían vuelto famosos por este tipo de obras) un mappa mundi, o «lienzo del mundo». Tenemos documentada la existencia de esta gran obra, conocida para la posteridad como Atlas catalán, junto con otros 917 volúmenes, en la biblioteca real en noviembre de 1380, de modo que es posible que el monarca, ya a las puertas de la muerte, no contemplara nunca los seis pliegos de vitela en los que aparecía cartografiado todo el mundo conocido, desde las islas del extremo occidental, las Canarias, así llamadas por los canes o perros salvajes cuyos ladridos se oían a través de sus montañas volcánicas, hasta las islas del extremo oriental, el archipiélago de siete mil islas del mar situado frente a las costas de Catay, que afirmaba haber contado Messer Polo, o las aguas de Taprobana, donde los nativos comían pescado crudo y bebían agua de mar. En cambio, los grandes pliegos de vitela pintada —atestados de textos en catalán, cubiertos con la maraña de las líneas de los vientos, resplandecientes de oro y plata, de bermellón y verde, provistos con las personificaciones del zodíaco, y llenos de cosas fabulosas y de detalles cartográficos— serían muy usados por la habitual banda de veleidosos tíos tutores que asistirían al rey niño, Carlos VI, o quizá por el propio joven monarca.1

Los atlas mallorquines estaban hechos para ser desplegados sobre la mesa del camarote de los capitanes de navío, con el fin de reseñar, a partir de informes de primera mano, detalles exactos sobre aguas seguras e inseguras, arrecifes y bancos de arena peligrosos, puertos amistosos y estrechos traicioneros.2 Aunque el gran Atlas catalán (que todavía puede admirarse en la Biblioteca Nacional de París) había sido confeccionado y pintado a la medida como regalo real, era un objeto práctico además de espectacular, y el rey niño, sus tíos tutores y el bibliotecario real habrían podido recorrer la Tierra entera paseando por él. Un año más tarde, en 1381, el infante don Juan de Aragón encargó al «jueu [“judío”], maestro de mapamundis y brújulas», otro mapa igual expresamente para Carlos VI, como regalo que sirviera para sellar la alianza que esperaba establecer entre Aragón y Francia.

El judío en cuestión era Cresques Abraham, que, junto con su hijo Jafudá, había pasado varios años elaborando un atlas más espectacular y mejor informado que cualquiera de los anteriores. Técnicamente Cresques no era tanto cartógrafo como iluminador, y era llamado «brujulero» (buxoler en catalán), es decir, fabricante de brújulas y pintor de las cajas en las que las agujas magnéticas montadas sobre corcho oscilaban y se movían para marcar las direcciones.3 La línea divisoria que separaba los oficios era más difusa de lo que algunos estudiosos modernos han querido ver, y el encargo del infante no deja lugar a dudas de que Cresques y su hijo (a los que Pedro IV había distinguido con el honor de llamarlos «familiares del rey») eran considerados los verdaderos maestros y autores de toda la obra.

Cuando marcaban un rumbo, dibujaban y pintaban, Cresques y Jafudá se elevaban a la altura de los ángeles. Sabían captar toda la extensión del orbe —los 180.000 estadios, esto es, unos 38.000 kilómetros, de la circunferencia de la Tierra, según el cómputo de Ptolomeo— en sus ojos bien abiertos y en sus dedos ágiles: el mar rizado traducido en azul, las costas recortadas, las tierras inhóspitas desnudas o erizadas de vegetación, las colinas redondeadas e incluso los pantanos de Irlanda, con sus matas de hierba sobresaliendo de la ciénaga. De ese modo reconstruían la obra del Todopoderoso sin aprovecharse —Dios no lo quiera— de su infinita inteligencia.

¿Quién mejor para rodear la Tierra que los judíos, obligados a errar eternamente por ella, y a los que era posible encontrar en todos los rincones, excepto aquellos de los que habían sido expulsados despiadadamente? Había judíos en Catay, protegidos por el kan; judíos en la tórrida Nubia; judíos en el reino indio de Deli, cuyo rey se jactaba de poseer setecientos elefantes; judíos en la costa de Malabar, y judíos en el Magreb, donde Cresques situó una estrella de David de seis puntas en las cercanías de Fez, algo que no se había visto nunca hasta entonces en un mapa del mundo. Jesucristo —que en los mapas de Ebsdorf y de Hereford, anteriores en un siglo, seguía apareciendo en Pantocrátor en lo alto de la Tierra— había desaparecido por completo del Atlas catalán. Esta omisión es tan sorprendente que la figura sentada en un trono que aparece en el Extremo Oriente imaginario, en las cercanías de Gog y Magog, se ha dicho unas veces que es Cristo en el Paraíso y otras —de modo menos verosímil— que es el Anticristo; pero la corona y la barba indican que es más probable que se trate de David, lo que haría que las ramas que sujeta en las manos correspondieran al árbol de su linaje —y el del Salvador— y constituyeran una diplomática conflación judeocristiana. En el emplazamiento del monte Sinaí se incluye una inscripción que hace piadosamente referencia a santa Catalina, pero también a su identificación con el lugar donde «Moisés recibió la Ley». Más elocuente incluso resulta el hecho de que el brazo noroccidental del mar Rojo aparezca cortado por un estrecho espacio en blanco, identificado en el texto adjunto con el camino por el que pasaron los «Hijos de Israel» (expresión no muy utilizada precisamente por los gentiles).

Cresques y Jafudá se encargaron también de satisfacer las ansias de grandeza de los personajes a los que iba dirigido el atlas. Aparte de los diminutos detalles topográficos y náuticos necesariamente comprimidos de las costas de Europa y del Mediterráneo, el mapa está lleno de imágenes de reyes y reinas colocados en sus respectivos reinos. El más sorprendente es el africano «Mussa Melli», rey de «Gynia» (Guinea), en realidad Mansa Musa, que dominó a comienzos del siglo XIV el reino de Malí, correspondiente al territorio de África occidental que se extiende desde Senegal hasta Nigeria, y que controlaba un tráfico de oro tan prodigioso que tentó a los monarcas navegantes de la península Ibérica a remontar sus costas con el fin de explorar sus riquezas. Vestido con una amplia túnica de muselina verde, con barba y descalzo, «Mussa Melli» aparece sentado en su trono con corona de oro, sujetando en la mano un disco del precioso metal como si acariciara el sol con los dedos. Un poco más al noroeste, un noble tuareg de rostro pálido azota a su camello ante un oasis de tiendas negras. La antigua, perpetua confrontación ecuatorial al sur del Sáhara entre animistas y musulmanes, entre los pálidos y los negros, entre los que capturaban esclavos y los que traficaban con ellos, era ya conocida incluso entonces, especialmente entre los judíos de lengua árabe de Mallorca, muchos de los cuales habían llegado a la isla procedentes del Magreb y del Atlas.

Y como el mapamundi pretendía ser historia reciente además de geografía, Cresques y Jafudá pintaron también el barco de Jaume Ferrer, que en 1346 había bajado por la costa de África en un uixer, un tipo de galera de un solo mástil y aparejo de cruz utilizada habitualmente para transportar caballos, rumbo a la desembocadura del fabuloso «río de Oro», cuyo descubrimiento habría llevado a los europeos hasta el corazón mismo del reino del oro.4 En el mapa de Cresques, la vela de la galera de Jaume Ferrer se hincha con un viento a favor del sudoeste que habría llevado al capitán de vuelta a su tierra cargado con las riquezas y el conocimiento de ríos verdaderos, como el Senegal o el Gambia. Se decía que el rey de Aragón, que acababa de conquistar Mallorca, tenía la intención de llevar una cruzada a las Canarias, desde donde quizá habría podido lanzar la habitual misión de predicación y obtención de ganancias en el continente, dominado por los musulmanes. Pero no volvería a oírse hablar de Jaume Ferrer. En el redondeado castillo de popa de su pequeña embarcación ondea el pendón aragonés, una bravata dirigida a los franceses, pues aquella era la época en que la Corona de Aragón se había hecho a la mar con la intención de crear un estado transmediterráneo que se extendía desde Valencia y Cataluña hasta las Baleares, Córcega, Cerdeña y Sicilia, un miniimperio tan vasto que se decía que hasta los peces lucían en la cola las cuatro barras.

Nada es inmutable en la superficie del mundo de Cresques y Jafudá. Incluso hay que volver de un lado y de otro el mapa para leer los textos adjuntos a los dibujos. La Tierra está viva y animada. Los hombres están en constante movimiento, cruzan fronteras, aunque sea al ritmo lento del caminar del camello o al de las viradas de una coca que surca el golfo Pérsico. Camino de Janbalic, la capital del Catay de Kublai Kan —de casi cuarenta kilómetros de diámetro y protegida por poderosas murallas—, la caravana de Marco Polo atraviesa la meseta del Cáucaso hacia las profundidades de «Assia», bordeada de montañas, siguiendo más o menos la Ruta de la Seda. Delante van reatas de camellos, seguidos de una guardia de soldados a pie, y detrás los viajeros propiamente dichos, con el propio Marco Polo a la cabeza, al que podemos reconocer por la barba, hablando y sonriendo sin parar a un tártaro que no parece impresionado. Uno de los integrantes de la comitiva va durmiendo medio hundido en la silla, exponiéndose así, advertía Cresques, a la visita de los malos espíritus de la noche.

Los personajes van en una dirección y en otra, por el sudeste hacia la «Burgaria» y la «Oumania» del Bajo Danubio, por el norte hacia Polonia, Rusia y la salvaje y rocosa «Arcania» (las Orcadas), lugares envueltos en tinieblas la mitad del año y con luz durante toda la noche la otra mitad. La mano del iluminador se mueve con los viajeros remontando el Nilo (que aparece naciendo en el oeste de Sudán, como se supuso durante siglos) hacia la Etiopía nubia, donde cristianos y «sarracenos» (nombre que da el mapa a los musulmanes) libran una guerra interminable; luego navega por el golfo Pérsico, donde los hombres se zambullen desnudos a buscar perlas, hacia el este, al país en el que se cosechan los diamantes esparciendo trozos de carne cruda por los montes y esperando que unas aves rapaces que llevan el pico lleno de carne y piedras preciosas escupan estas últimas al meterse el cebo en el buche.

Leyendas y realidades, informes meticulosos y fantasías compulsivas, nuevos descubrimientos y tradiciones antiguas, todo se mezcla en el denso tráfico de esos hombres en movimiento. En este sentido, el Atlas catalán es la proyección geográfica de la agadá talmúdica: un coloquio de cotilleos, conocimientos, sabiduría transmitida tradicionalmente y locuras imaginarias sin que se imponga ningún veredicto, solo que aquí las voces que constantemente se interrumpen unas a otras son sustituidas por los cambios de dirección de los vientos y las nerviosas oscilaciones de la brújula.

De esa brújula que, por primera vez en la historia, es plasmada en un mapamundi: la rosa de los vientos, pintada en los fascinantes confines del océano occidental, treinta y dos direcciones del viento que se proyectan a partir de los ocho más importantes, sin atracción magnética alguna que todo lo controle, salvo la de la curiosidad y la avidez, las dos fuerzas destinadas a modificar el mundo. Jerusalén sigue situada en el centro de la Tierra, y el santuario del Santo Sepulcro es prudentemente delineado por los dibujantes judíos para sus clientes cristianos como si en aquellos momentos no estuviera irremisiblemente bajo la custodia de los «sarracenos», aunque aquí aparece reproducido a la misma escala que cualquier otra iglesia. La reconquista de Jerusalén y de Tierra Santa, objetivo de la misión de los caballeros cruzados, no había desaparecido de la imaginación de los cristianos, especialmente en España, donde del islam ya no quedaba nada más que el enclave de Granada. Pero allí donde en otros mapas el Levante estaba marcado por una cruz, en el Atlas catalán el punto correspondiente al este desarrolla un dibujo estilizado en el que algunos han querido ver, quizá forzando un poco la imaginación, algo parecido a una menorá.

La visión es multidireccional y va girando en todos los sentidos según las ráfagas de la oportunidad. Independientemente de que la familia de Cresques hubiera viajado realmente o solo lo hubiera hecho con los ojos de la mente y la imaginación gráfica con que leían el relato ya bastante fantástico de Marco Polo, el atlas supone la libertad del confinamiento, exactamente por la misma época en que la mayoría de los judíos de Palma se veían obligados a residir encerrados en el barrio que se les había asignado, el Call, que no es una abreviación de la palabra «calle», sino una corrupción del término hebreo que designa a la comunidad, kahal. Y, lo que es más importante, el atlas constituye un documento de la curiosidad etnográfica de sus autores, no limitada a los judíos (como ponen de manifiesto la carrera y la historia de Marco Polo), sino sorprendentemente liberada de esa carga por las obsesiones de los cruzados con la unidad de la cristiandad y la misión global de conversión que había de traer la Segunda Venida de Cristo. Los judíos estaban aquí, allí y en todas partes, y aunque muchos de ellos habían llegado a Mallorca en el siglo XIII junto con los conquistadores cristianos de la isla, para sus señores su valor residía en buena medida precisamente en el papel de intermediarios que podían desempeñar con el enemigo musulmán. Sabían hablar y leer en árabe, habían introducido en el mundo cristiano unos conocimientos de astronomía, medicina y filosofía de base árabe, lo que es más importante, podían comerciar con los estados y en los puertos del Magreb y Egipto. Los judíos no estaban autorizados a poseer barcos, pero los reyes independientes de Mallorca y luego los monarcas aragoneses ordenaron a los propietarios cristianos de las naves acoger cargamentos procedentes de países musulmanes consignados por judíos. Eran el único sector de la población de Mallorca que podía viajar libremente, aunque no siempre con seguridad, cruzando las fronteras impuestas en el Mediterráneo por la lengua, la religión y las costumbres. Los litorales más densamente provistos de puertos e informaciones náuticas llevan la impronta de sus andanzas por el disputado Egeo o, de forma más audaz, por las islas del Atlántico. Al oeste de la larga curva descrita por las costas de Guinea hay archipiélagos que envían atractivas señales (aunque no estén localizados con demasiada exactitud), como Madeira y las Canarias, y otras islas a las que se dan nombres que sin duda quedarían fijados no solo en el mapa, sino también en la imaginación de la gente: Caprara, la isla de las cabras; Brasil, la isla de las brasas, o Corvo, la isla de los cuervos.

La propia Mallorca puede que no fuera la tierra de los ríos de leche y miel, pero durante buena parte del siglo XIV fue la tierra del destierro para la mayoría de las mil y pico familias que se establecieron en la isla procedentes del norte de África y de otras regiones de la península Ibérica a raíz de la reconquista cristiana del siglo XIII; y no solo en Palma, sino también en Inca y en Sineu, en el centro de la isla, en Alcudia, en el nordeste, y en Sóller, en el noroeste.5 En todos estos lugares, igual que en tantos otros de la Europa cristiana, los judíos a menudo vivían cerca de las ciudadelas y las iglesias, algunas del tamaño de catedrales, que dominaban la topografía empinada de las poblaciones mallorquinas. Y eso decía mucho de la compatibilidad que había entre esas instituciones y las posibilidades de la vida judía. Las autoridades eclesiásticas y las de la Corona (Mallorca fue durante algún tiempo una monarquía independiente, pero a partir de 1343 se convirtió en una provincia de la Corona de Aragón) prometían mantener sanos y salvos a los judíos al tiempo que intentaban convencerlos de la ceguera de su religión, y mientras se producía su conversión estaban dispuestas a sacar provecho del flujo regular de rentas que les proporcionaban. En el estado de guerra perpetua existente en el Mediterráneo, con frecuencia iban a necesitar repentinas inyecciones de numerario, y los judíos estaban allí para proporcionárselo. También con frecuencia (especialmente en el caso de los reyes de Mallorca), se producirían desafortunados episodios de disturbios y confiscaciones de bienes e incluso de sinagogas. Pero las cosas volvían enseguida a la situación de reciprocidad social convenida.

Con el gobierno de Pedro IV de Aragón, los judíos de Mallorca tendrían buenos motivos para sentirse resguardados de las tormentas de odio y fanatismo que descargaban sobre sus cabezas en otros lugares. La Corona prohibió expresamente que los frailes predicadores invadieran las sinagogas y obligaran a los judíos a escuchar los sermones de sus misioneros. Las humillantes distinciones en el atuendo que se habían instaurado fueron en buena parte pasadas por alto. Los judíos no podían ser detenidos los sábados ni los días de fiesta, y cuando prestaban testimonio en los tribunales de justicia cristianos tenían derecho a jurar por los Diez Mandamientos. En la mayoría de los casos eran gobernados por sus propias instituciones autónomas y eran juzgados por sus propios tribunales. En Mallorca nadie los acusó de provocar la peste negra. En cambio, en Estrasburgo fueron asesinados novecientos en un arrebato de paranoia, y en Toledo se produjeron sangrientos disturbios en 1349.6 En Mallorca, nadie habló de que se dedicaran a envenenar pozos o a soltar leprosos para acabar con los cristianos. Antes bien, a judíos favorecidos como Cresques Abraham, que disfrutaban del elevado rango de «familiares del rey», se les concedió el derecho a sacar agua del mejor pozo de Palma e incluso a desviar parte de ella para canalizarla hacia unos baños rituales judíos.

La cultura judía floreció con tanto vigor y perfección como lo hiciera bajo los califatos de Córdoba y de Granada. Las disputas entre defensores y detractores de Maimónides continuaron, invocando estos últimos el misticismo cabalístico como revelación alternativa frente a la maquinaria analítica de la lógica griega. Rabinos de una y otra tendencias llegaron a Mallorca no porque no tuvieran más remedio, sino porque quisieron. Y entre ellos, como había sucedido en El Cairo y en Córdoba, hubo refinados cultivadores de las ciencias —especialmente de las matemáticas y la astronomía—, a las que habían tenido acceso a través de fuentes árabes. Rabinos astrónomos como León Mosconi, Efraím Gerondí e Isaac Nifoci, relojero y fabricante de astrolabios (además de cuadrantes y sextantes) de la corte, gozaron de un estatus especial (que les permitía, entre otros privilegios, llevar espada o puñal, lo que no era poco en el siglo XIV), al igual que la habitual cohorte de doctores, pues allá a donde iban los médicos judíos seguía pensándose que iban acompañados de conocimientos y poderes curativos especiales. En efecto, la población cristiana en medio de la cual vivían, no solo en Mallorca sino en toda la cristiandad, podría dividirse entre los que acogían de buen grado el tratamiento que pudieran dispensar a su cuerpo los judíos y los que lo veían con repugnancia y horror, convencidos como estaban de que su contacto era el de los asesinos y de que sus pociones eran secreciones de Satanás.

Un indicio del florecimiento o, cuando menos, la estabilidad de una comunidad de judíos es la diversidad de las formas en que sus miembros se ganan la vida y de los lugares en los que lo hacen. Cuando la situación se estabilizó, los judíos se establecieron por decisión propia en el sudeste de Palma, en una zona que bajaba desde una pequeña plaza hacia las tres grandes puertas del Temple, Santa Fe y Calatrava. La presencia de estas tres puertas es indicativa de la facilidad con la que los judíos podían ir y venir por la ciudad. El Call todavía no era un gueto. En la calle Calatrava de Palma —y en otras ciudades en las que se establecieron, como Inca y Sóller— había plateros y orfebres, como habría cabido esperar, pero también cultivadores y vendedores de azafrán y vinateros (el vino kosher, lo mismo que la carne kosher, tenía una floreciente clientela entre los gentiles). Había tintoreros y tejedores de seda y lino, fabricantes de jabón y, debido a la estrecha relación que mantenía la ciudad con Barcelona, donde el negocio estaba en buena parte en manos de los judíos, existía también una industria especializada del papel, la encuadernación y la venta de libros (otro de los oficios de Nifoci), desde libros de cuentas hasta obras en hebreo y árabe y sus correspondientes traducciones, incluidos los manuscritos ilustrados, cada vez más apreciados. En Mallorca no se vivía una vida perfecta, pero ¿dónde podía encontrarse semejante existencia? Se vivía una vida posible, una vida en la que el ciclo de la vida judía —los Séder de Pascua, las bodas y los funerales, los días de mercado y los ayunos solemnes— podía desarrollarse casi siempre sin miedo. Aunque hubiera —como siempre había— estallidos de odio, amenazas y actos de violencia en localidades como Inca, donde se produjeron disturbios sangrientos en 1373, los judíos que vivían bajo la autoridad de Pedro IV podían contar con protección frente a la furia de sus agresores y cabía esperar que estos recibieran su merecido castigo (como casi siempre sucedió).

Sin embargo, diez años después de que el gran atlas de Cresques y Jafudá llegara a manos del rey de Francia, la sociedad judía de Mallorca, en cuyo seno viera la luz, yacía hecha pedazos. En 1435 había desaparecido por completo, sobreviviendo solo en la clandestinidad de los conversos forzosos, los chuetas, que encendían en secreto sus velas los viernes por la noche y seguían manteniendo el recuerdo de sus comidas tradicionales en la adafina, el cocido de judías aderezadas con azafrán que se cocinaba la víspera del sabbat; una sociedad cuyos descendientes solo ahora empiezan a descubrir sus orígenes judíos. ¿Qué había pasado?

 

 

El progresivo desastre que se abatió sobre los judíos de Mallorca, como de hecho sobre todas las comunidades importantes de Sefarad en el verano de 1391, empezó con una sola voz. Los historiadores a menudo son reacios a reducir la explicación de las causas de un suceso al magnetismo de un solo individuo. Y bien es verdad que lo que sucedió en España formó parte de un movimiento paneuropeo de insurrección del campo y la ciudad contra las autoridades establecidas de la Iglesia y el estado monárquico, quizá una respuesta tardía a su incapacidad de proteger a sus súbditos de la muerte, que se llevó por delante a una de cada tres personas durante las sucesivas visitas de la peste bubónica. Pero las de esos individuos fueron voces que se atrevieron a decir o a gritar cosas sorprendentes y violentas, que los poderosos desoyeron como si fueran aullidos de animales, hasta que esos mismos aullidos derrumbaron sus murallas y sus tronos, y convirtieron el resentimiento en estragos y el griterío en asesinatos en masa.

En España esa voz fue la de Ferrán Martínez, arcediano de Écija, localidad situada a unos ochenta kilómetros de Sevilla. Lo que le faltaba de refinamiento lógico y de erudición, el arcediano lo suplía de sobra con la brutal claridad de su violencia retórica. Fueron precisamente esa energía desprovista de sofisticación y su escandaloso empeño en desafiar a la autoridad real en nombre de un Poder Superior lo que le reportó a Martínez su popularidad entre la gente sencilla de las ciudades y del campo.7 Y es que en un mundo que era presa del pánico, un tercio de cuya población había desaparecido a causa de la peste, y que creía que esta era un castigo del cielo o fruto de una alianza demoníaca entre judíos, herejes y leprosos, esa gente no tenía tiempo para atender a la filosofía agustiniana tradicional que pretendía preservar a los judíos como testigos de la Pasión salvífica de Jesucristo, ni paciencia para continuar sometiéndose a los lentos efectos de la persuasión. Fracasada la de Tierra Santa, el miedo y la ira exigían una nueva cruzada, más próxima e inmediata, y si no iba dirigida contra los sarracenos (en su mayoría ya derrotados en la península Ibérica), ¿por qué no contra esos judíos del demonio?

Así pues, lo que Martínez se dedicó a predicar a partir de 1378, principalmente en las ciudades del sur de Castilla, era de una sencillez brutal: había que atacar a los judíos, donde y cuando se pudiera. Como según las propias ordenanzas de la Iglesia estaba prohibido construir sinagogas —«la casa de Satán» en la que «Cristo y los cristianos son maldecidos tres veces al día»—, la solución era muy sencilla: derribarlas y sanseacabó. En cuanto a los que frecuentaban aquellas pocilgas diabólicas, bastaba con plantearles una elección bien simple: o la conversión inmediata o la muerte.

Le salieron al paso las autoridades de la Corona, indignadas por el atrevimiento del arcediano, que negaba el derecho de autogobierno y de justicia comunitaria de los judíos bajo la protección del rey, e incluso más escandalizadas todavía por su pretensión de ponerlos bajo su jurisdicción. En varias ocasiones, a lo largo de dos reinados y una regencia, se ordenó a Martínez retractarse de sus afirmaciones y cesar en sus prédicas contra los judíos. Cualquier sinagoga que sufriera daños o fuera destruida a consecuencia de sus instigaciones sería reconstruida a sus expensas, amenaza por lo demás en buena parte vana. Muchos prelados de la Iglesia, empezando por el arzobispo de Sevilla, Pedro Gómez Barroso, que consideraba a Martínez un hereje y un rebelde, se mostraron igualmente horrorizados; pero otros sintieron también temor de la capacidad que tenían los frailes de exacerbar los ánimos del populacho. El destino de los judíos se convirtió así en una prueba de fuerza entre las formas populares de piedad cristiana y las oficiales, y entre la voluntad de la Corona de obligar a rendir cuentas a los cabecillas de las multitudes violentas y su temor a atizar la furia del populacho contra las minorías dirigentes. Como en Londres existía una comunidad de mercaderes catalanes, era bien sabido cuán cerca había estado Ricardo II de perecer a manos de Wat Tyler y del cura John Ball. En España había individuos marginales similares: soldados y marineros, a los que se les debía la paga y que buscaban pelea; aprendices cargados de testosterona con muchas cuentas que saldar y dispuestos a ondear banderas con cruces; frailes de ojos espiritados que se imaginaban que iban a acelerar la Segunda Venida de Jesucristo mediante la conversión o la aniquilación de los judíos; burgueses y campesinos que creían que los judíos eran todos unos usureros abusivos, que chupaban la sangre de la pobre gente. El problema al que se enfrentaban las autoridades urbanas era con cuánta fuerza debían resistirse a la agitación popular y con cuánta dureza debían castigar a los que infringieran la ley. Cuando se aplicaron castigos ejemplares, el resultado no fue muy alentador para las fuerzas del orden y la moderación. El alguacil mayor de Sevilla, Álvar Pérez de Guzmán, que mandó azotar públicamente a dos cabecillas de los sediciosos azuzados por Ferrán Martínez, cayó en poder de los rebeldes y a punto estuvo de perder la vida a manos de la multitud airada. Cuando en 1390 murió el rey Juan I de resultas de una caída del caballo y el trono de Castilla pasó a su hijo Enrique III —que ni siquiera había llegado todavía a la adolescencia—, se produjo un peligroso vacío de poder. Presionado por los líderes de la aljama, la comunidad judía del reino, que habían acudido incluso a la Santa Sede para obtener una condena pontificia de Ferrán Martínez, el Consejo de Regencia realizó las declaraciones de rigor y el arcediano, como de costumbre, hizo caso omiso de ellas. Martínez estaba dejando de ser una molestia para convertirse en un revolucionario, y cada vez que un desafío suyo quedaba impune, su figura se reforzaba ante el pueblo, convencido de que él —y no el rey ni los obispos— era el que representaba la verdadera voluntad de Cristo. A comienzos de 1391 el arcediano era ya imparable, y por su cuenta y riesgo ordenó a los párrocos de su diócesis destruir de inmediato todas las sinagogas.

La membrana que contenía todas estas fuerzas centrífugas de desórdenes y violencias se rompió fácilmente. En marzo de 1391, los ataques contra los judíos de Sevilla fueron reprimidos y castigados. Pero durante la primera semana de junio, la matanza perpetrada en la judería de Sevilla (en el actual barrio de Santa Cruz) comenzó cuando una multitud de jóvenes, azuzados por Martínez y sus frailes, echaron abajo las puertas de la judería y convirtieron los disturbios en una guerra santa, en la que solo un bando iba armado. En pocos días fueron asesinadas miles de personas (algunas fuentes hablan de cuatro mil, pero semejante cifra es casi con toda seguridad demasiado elevada), y sus cadáveres quedaron amontonados en las calles. La mayoría de las sinagogas sevillanas que Martínez había dicho que estaban condenadas a la destrucción eran pequeñas, y fueron arrasadas y quemadas sin que se tuviera en cuenta si en el interior había gente o no. Dos de las tres más grandes —incluida la que hoy en día es la iglesia de San Bartolomé— fueron inmediatamente consagradas a Cristo. Dando gritos y alaridos, mujeres y niños fueron arrastrados por los cabellos hasta la pila bautismal, y los que siguieron resistiéndose fueron degollados en el acto. Multitudes aterrorizadas de inocentes accedieron a la conversión, incluso la suplicaron, y sus hermosos viejos nombres fueron sustituidos por los de sus padrinos.

En otros lugares cayeron en la red de san Pedro peces verdaderamente gordos. El venerable rabino y famoso arrendatario de la recaudación de impuestos burgalés Salomón Haleví se hizo cristiano devoto, adoptando el nombre de Pablo de Santa María; más tarde afirmaría que las enseñanzas de santo Tomás de Aquino, y no los argumentos de la espada y las turbas, lo habían persuadido filosóficamente a dar el paso de la conversión, lo cual le bastó para que se le concediera la sede episcopal de su propia ciudad y también para ser ascendido a canciller mayor del reino de Castilla. El mejor discípulo de su yeshivá, Josué Halorquí, al que la apostasía de su maestro le cayó en un primer momento como un rayo, acabó superando su repugnancia y convirtiéndose en Jerónimo de Santa Fe, ferviente seguidor del Evangelio, sacerdote y médico del Papa. La apostasía no fue más que el comienzo del daño que infligieron aquellos individuos al pueblo de la que había sido su antigua fe. Se convirtieron, además, en dos de los proselitistas más despiadados. Halorquí/Santa Fe defendió las tesis cristianas frente a los rabinos, antiguos correligionarios suyos, en la Disputa de Tortosa de 1413-1414 (utilizando en algún momento sus conocimientos de la cábala para demostrar que el nombre de Jesús era inmanente a las letras del misterio judaico), y afirmó, sin aportar demasiadas pruebas, que llegó a convertir a dos. Haleví/Santa María convenció a sus dos hermanos de que se bautizaran con él, y bautizó también a su hija y a sus cuatro hijos, aunque lo cierto es que no tenían otra opción. Su esposa, Juana, de veintiséis años, no se dejó convencer y lo abandonó para permanecer fiel al judaísmo. Murió en 1410 siendo judía, lo que no impidió que su marido-obispo la enterrara en la catedral, donde siguen reposando sus restos.

Durante los meses siguientes, la carnicería se llevó por delante casi todos los grandes centros de la vida judía del vasto reino de Castilla, muchos de ellos antiguos focos de erudición y de cultura, como Córdoba, Lucena o Toledo. Las señales que indicaban el comienzo de la algarada contra los judíos eran sonoramente dramáticas, a menudo un repique de campanas o, como en Tortosa, los redobles de un tambor, peticiones de agua bendita y gritos de muerte a los judíos.8 En julio, el terror pasó de Castilla a Valencia, que formaba parte de la Corona de Aragón, donde murieron 250 personas, y luego a Cataluña, a la Gerona de Nahmánides y finalmente, a comienzos de agosto, a Barcelona, donde de un modo u otro —mediante conversiones masivas o asesinatos en masa— se eliminó a toda la antigua comunidad judía. Rabí Hasdai ben Abraham Crescas, talmudista contrario a Maimónides al que el rey Juan I había tratado como si fuera el rabino jefe de Valencia, aunque oficialmente no lo fuera, y cuya compañía había frecuentado, estuvo en Barcelona durante los peores momentos de la carnicería y dejó un vívido relato del asesinato de la población indefensa, «la mesa de nuestra calamidad, dispuesta con hierbas venenosas y ajenjo … Utilizando arcos y catapultas, las turbas atacaron a los judíos reunidos en la ciudadela, derribando sobre ellos la torre. Muchos santificaron el Nombre de Dios, entre ellos mi [único] hijo, inocente cordero nupcial; algunos se mataron ellos mismos, otros saltaron desde la torre … se les rompieron los huesos a medio camino, antes de llegar al suelo … muchos salieron y santificaron el Nombre [se suicidaron] en plena calle, y todos los demás se convirtieron, excepto unos pocos que lograron encontrar refugio … y por nuestros pecados no queda hoy día en Barcelona ni uno al que pueda llamarse israelita».9 Según Crescas, ocurrió lo mismo en todo el Reino de Valencia y en Cataluña. Lo que todavía existe es Montjuic, un hermoso parque para los turistas que otrora fuera el cementerio de los judíos (y de ahí su nombre). Las lápidas funerarias están diseminadas por toda Barcelona, pues fueron sacadas de su sitio para la construcción de distintos edificios de la elegante ciudad.

A ningún judío de Mallorca se le ocurrió pensar que el mar fuera a impedir que el horror que había asolado Castilla y Aragón llegara a la isla. Cuando se tuvieron noticias de las matanzas y las conversiones masivas de Valencia, los líderes de la aljama acudieron al gobernador real y solicitaron su protección, como habían hecho los demás judíos de España ante sus respectivas autoridades. Como ellas, el gobernador hizo lo que pudo; reunió a todos los judíos dentro del Call de Palma, cerró sus puertas y prohibió a los gentiles entrar en lo que se convirtió en el recinto judío. Por toda la isla, los judíos atemorizados de las localidades más apartadas partieron hacia las ciudades en mulas, asnos y carretas, intentando huir lo más deprisa que sus lentas monturas les permitían, y muchos llegaron hasta la propia Palma, cuya ciudadela constituía, según creían, su única esperanza de supervivencia.10 El gran centro de la intelectualidad itinerante judía, la comunidad de fabricantes de astrolabios y atlas, de medidores de estrellas y brujuleros, se convirtió en el campamento de las víctimas aterrorizadas de aquel confinamiento, mitad asilo, mitad cárcel. Cresques Abraham había muerto en 1387, el mismo año que su patrono, Pedro el Ceremonioso, pero su hijo Jafudá seguía trabajando en el oficio junto con Nifoci y el resto de los geógrafos.11 Allí estaban cuando se cerraron las puertas frente a un ejército surgido repentinamente de siete mil «provinciales» airados que blandían banderas con cruces. El gobernador de la isla intentó contemporizar y calmar a la muchedumbre, a la que se había unido la banda del malhechor Antonio Sitjar, pero su autoridad no causó demasiada impresión a aquella caterva tan numerosa, y bastante suerte tuvo, como les ocurriera a otros en otros lugares, de salvar la vida. Las tres puertas del Call se convirtieron en un estorbo que daba demasiado quehacer a sus guardianes, y tarde o temprano una de ellas acabaría por ser echada abajo y la matanza daría comienzo en serio. En tres días quedaron por lo menos trescientos cadáveres de judíos tendidos en las calles, delante de sus casas o dentro de ellas; muchos pertenecían a mujeres y niños. A continuación se produjeron las profanaciones habituales (sinagogas destruidas o consagradas como iglesias, los rollos de la Torá malévolamente ultrajados y destruidos) y, por supuesto, la muchedumbre consiguió el santo grial que perseguía con tantos esfuerzos por su parte, la eliminación de los contratos de préstamos y los pagarés.

Jafudá Cresques e Isaac Nifoci, que habían logrado refugiarse en la ciudadela, estuvieron entre el centenar de judíos aproximadamente (la comunidad estaba formada por algo más de dos mil personas) que optaron por el bautismo en vez de la muerte; el cartógrafo tomó el nombre de su padrino y pasó a llamarse Jaume Ribes. Y a Jaume, el que antes fuera Jafudá, el bautismo le hizo realidad sus promesas de recompensa en este mundo y en el otro. Junto con su antiguo aprendiz, Samuel Corcos (ahora llamado Meciá de Viladesters), pudo continuar con su oficio de fabricante y pintor de mapas, y en 1399 se le encargó un nuevo mapamundi de tamaño regio. En un momento determinado abandonó Mallorca y se trasladó a la corte real, primero a Barcelona y luego a Zaragoza. Los «cristianos nuevos» ocupaban, de hecho, una posición excelente para satisfacer la demanda de biblias hebreas ilustradas, salterios y breviarios por parte de los cristianos viejos, y efectivamente los decoraban con todo el primor con el que habían realizado los mapas ilustrados. En este negocio prosperaron también escribas, encuadernadores y libreros, y los conversos de Mallorca se sintieron tan seguros de su nueva identidad que encargaron al principal arquitecto de la isla, Guillermo Sagrera, la construcción de su propia iglesia, Nuestra Señora de Gracia. En la iglesia de Santo Domingo otro grupo afirmaría sin el menor empacho, aunque de forma harto paradójica, pertenecer a la «natione israelitica». La confianza parecía mutua. Cuando los espasmos de violencia se calmaron, las autoridades reales actuaron con mano dura contra los que habían sido los cabecillas de los alborotos, tanto en Mallorca como en otros puntos de la Corona de Aragón. Se dice que la reina Violante estaba especialmente indignada por el desafío a la autoridad real que había significado todo aquello. El bandido Sitjar y el cabecilla de los tumultos, Luis de Bellvivre, fueron apresados y ahorcados. Se presentaron solicitudes de devolución de los bienes saqueados y se promulgaron incluso algunos edictos que permitían volver a su antigua religión a los que habían tenido que convertirse a la fuerza.

No obstante, a pesar de los cartógrafos y libreros que prosperaron y se acomodaron a su nueva fe, hubo muchos que nunca se recuperaron de la destrucción de sus comunidades. Los judíos de Inca, Sóller, Sineu y Alcudia no regresaron jamás a sus ciudades, en lo alto de las colinas o a la orilla del mar. Pese a los intentos de las autoridades por impedir que abandonaran la isla, privándola del activo que suponían sus comunidades judías, la inmensa mayoría de ellos habían vuelto a cambiar su opinión acerca de cuál de los dos monoteísmos planteaba menos riesgos de persecución. Cruzaron el Mediterráneo y se establecieron en el norte de África musulmán, creando comunidades específicas en Argel y Fez, la ciudad en la que Cresques Abraham había pintado la estrella de seis puntas de David.

Aunque la Corona y los alcaldes de las distintas localidades sintieran la marcha de los judíos (y así lo manifestaran), fueron muchos los integrantes de aquella Iglesia radicalizada que pensaron que ya estaba bien que se fueran de una vez. Esa era una buena forma de librarse de aquellos judíos obstinados. Otra era matarlos. Pero la tercera vía, la conversión, precisamente el objetivo que muchos habían defendido y anhelado (empezando por el teólogo mallorquín Raimundo Lulio),12 ¿había funcionado de verdad? ¿Cuánto de cristianos tenían en realidad los cristianos nuevos? ¿No era un indicio bien elocuente el hecho de que se congregaran en sus propias iglesias, presumiendo incluso de llamarse a sí mismos «israelitas»? Estas suspicacias no tardaron en multiplicarse por toda España una vez que se secó la sangre y se asentó el polvo tras el dramático sobresalto de 1391. Quizá los conversos hubieran aceptado el bautismo únicamente para escapar a la muerte, y dentro de sus corazones, de sus mentes y de sus hogares siguieran leales a la ceguera de sus viejas creencias y a sus costumbres. Y, peor aún, ¿no podrían acaso esos criptojudíos corromper a los conversos sinceros e inducirlos a volver a su antigua religión como «perro que vuelve a su vómito» (según la inveterada expresión de la paranoia cristiana)?

Fueron esos temores y esas sospechas los que en 1414-1415 llevaron a Mallorca al más famoso de los cristianos militantes, Vicente Ferrer. Sucedió al año siguiente de otra disputa o farsa judicial contra el judaísmo, celebrada en Tortosa, ante un público de casi mil personas, entre cortesanos, obispos y cardenales, sentados, según la versión de Salomón ben Verga en su obra Shebet Yehudá, en setenta tronos, y presidida por el papa cismático Benedicto XIII.13 Para el Papa, aquella era una oportunidad de reafirmar sus credenciales como auténtica personificación de la fe militante, e inauguró las sesiones afirmando lo siguiente: «Sabed que ni yo estoy en este sitio, ni os he congregado en él, para disputar sobre si es la verdadera nuestra religión o la vuestra; porque yo estoy firmemente cierto de que mi religión es la única verdadera. Fue la vuestra en otras edades la verdadera ley; pero ahora está del todo anulada». Jerónimo de Santa Fe empezó enérgicamente citando a Isaías para advertir a los rabinos de que, si se negaban a «razonar», «seréis devorados por la espada». Pero su línea de argumentación era bien conocida para cualquiera que hubiera estudiado la disputa de Barcelona, a saber, que el Talmud, obra de los hombres, había usurpado fraudulentamente la autoridad divina de las Sagradas Escrituras para disimular el hecho de que la Biblia había profetizado con absoluta precisión la venida del Mesías Jesucristo, etcétera.

La celebración de juicios disputa con el fin de persuadir a la parte contraria era ya una táctica pasada de moda. Los métodos de Vicente Ferrer, aunque pretendían también ser una campaña de persuasión y no de fuerza, eran mucho más intimidatorios y físicamente histriónicos. Más elocuente y carismático que Ferrán Martínez, Ferrer se presentaba vestido con una tosca túnica, como fulminador divino que llevaba sobre su espalda flagelada el peso de tanta procrastinación pecaminosa. Lo acompañaban pequeños ejércitos de disciplinantes, que desfilaban en procesiones penitenciales, portando antorchas y golpeándose con azotes de cuero hasta que la sangre empapaba sus hábitos, y echando abajo las puertas de las sinagogas. Delante de ellos iba Vicente, portando una cruz en una mano y un rollo de la Torá en la otra. Los judíos eran obligados a permanecer de pie delante de su Arca mientras recibían una buena ración de invectivas y cánticos. La asistencia a estos sermones era obligatoria para todos los judíos de ambos sexos mayores de doce años. A menudo, la simple noticia de la proximidad de unos frailes flagelantes bastaba para que los judíos abandonaran las ciudades y se marcharan a las montañas y a los bosques.

Pero eso no era nada comparado con el vuelco de la vida de los judíos que pretendía Vicente Ferrer. Los estragos de 1391 habían dividido Sefarad en tres partes, cada una de ellas integrada tal vez por unos cien mil individuos: la primera correspondía a los muertos; la segunda, a los conversos y la tercera, a los que de cualquier forma habían decidido seguir siendo judíos, independientemente de la presión a la que fueran sometidos. Teniendo en cuenta estas cifras, Vicente pretendía que los judíos fueran separados del resto y no mantuvieran contacto alguno ni con los cristianos nuevos, no fuera que volvieran a incurrir en el error y «judaizaran», ni con la sociedad cristiana en su conjunto. Se decidió imponer una segregación absoluta, que en el caso de Mallorca fue hecha efectiva por medio de un decreto promulgado en 1413. Era la estrategia de la conversión por depauperación, diseñada expresamente para hacer la vida cotidiana de los judíos tan insoportable que abrazaran con alivio la cruz, y en innumerables casos la táctica funcionó. Aunque las ocupaciones con las que habían venido ganándose la vida no estaban prohibidas en su mayoría (especialmente las de quienes se dedicaban a vender mercancías a los cristianos, como carne, vino y otros productos alimentarios, así como artículos de cuero, piedras preciosas y tejidos), había que impedir que los judíos residieran en barrios cristianos. En adelante no se permitiría a los judíos prestar dinero ni poseer bienes raíces, ejercer de abogados o de cobradores de impuestos ni, por supuesto, desempeñar cargo público alguno, pues cualquiera de esas ocupaciones podía poner a un cristiano bajo la autoridad de un judío. Tampoco, para consternación de muchos de sus pacientes habituales, se permitiría a los judíos practicar ninguna forma de medicina, ni siquiera como barberos o cirujanos, ni vender o administrar ningún tipo de pócima, tónico o jarabe. La separación debía ser totalmente hermética. Ninguna mujer cristiana, desde las más puras hasta las prostitutas de la peor especie, tenía permiso para entrar en la judería, ni de día ni de noche, ni podía tampoco mantener una conversación con un judío, por ostensiblemente inocente que fuera. Por supuesto, la vieja costumbre de que los niños judíos tuvieran amas de cría cristianas se había acabado. Y, de hecho, gracias a esta larga lista de prohibiciones podemos comprobar con toda exactitud cuál era la vida cotidiana y familiar de la que habían gozado hasta entonces los judíos no solo en Mallorca, sino en toda la Corona de Aragón y en Castilla. Cristianos y judíos ya no podrían comer ni beber juntos en ninguna ocasión. Los judíos no estaban autorizados a visitar a los cristianos cuando estuvieran enfermos, ni en adelante podrían hacerles ningún tipo de regalo, ni pasteles, ni pan, ni platos salados, ni frutas ni vino.

Por descontado, luego estaban las humillaciones adicionales. Nadie podría tratar a un judío de «don» o de «doña». Los judíos no podrían lucir ropas encarnadas ni de colores brillantes, ni de tejidos finos como la seda, y mucho menos adornarse con velos ni joyas de oro y plata. Solo se les permitía vestir ropa de fustán que uno fuera arrastrando por el suelo, especialmente las mujeres. Todos los judíos debían llevar una marca de identificación en forma de rueda, y los hombres, además, tenían prohibido recortarse la barba. Era preciso reconocer con claridad quién era judío y quién no lo era. Y, por si fuera poco, se les prohibía leer cualquier libro del Talmud que contuviera textos que pudieran ser considerados ofensivos para el cristianismo.

Aunque la gran segregación propugnada por Vicente Ferrer fue convertida en ley en 1412 en Valladolid, se comprobó que era imposible hacer cumplir la mayor parte de sus restricciones más draconianas, y en todo caso muchas de ellas fueron derogadas algunos años más tarde, cuando las autoridades laicas lograron reafirmar su poder sobre el universo enloquecido por el que abogaban los frailes y los individuos de la calaña de Ferrán Martínez o Vicente Ferrer. Pero resultó que serían los gobernadores reales, los cortesanos y los propios monarcas los que se engañaran. Las grandes medidas de segregación propugnadas por Vicente Ferrer en Mallorca, en toda la Corona de Aragón y hasta en Castilla reaparecerían con más saña en la década de 1480, cuando se dio a los judíos exactamente ocho días para abandonar sus casas y fijar su residencia en las zonas designadas a tal efecto, por lo general en sectores de las ciudades moral y materialmente contaminados, donde los carniceros arrojaban sus desperdicios, las curtidurías despedían un olor nauseabundo y las prostitutas pululaban por los callejones. La historia frunce el ceño ante los anacronismos, pero, aparte de los hornos crematorios y los pelotones de fusilamiento, ¿qué elemento del repertorio nazi falta de toda esta lista?

El golpe de gracia lo asestó en 1435 un caso de libelo de sangre, que sacó de la desmoralización a la comunidad acorralada del Call para sumirla en el pánico.14 La única novedad fue que se dijo que la víctima de la parodia de crucifixión de los judíos (que, como de costumbre, no se encontró nunca) había sido un musulmán. Se constituyeron tribunales de justicia, la muchedumbre de la ciudad y del campo prorrumpió en gritos y alaridos, un rabino fue torturado y se condenó a cuatro de los individuos que confesaron el crimen a ser colgados (de los pies, para que la agonía fuera más lenta) y quemados en la hoguera. Aterrorizados ante la perspectiva de que se repitieran los sucesos de 1391, casi todos los habitantes del Call que quedaban se refugiaron en las cuevas de la sierra de Tramontana, donde fueron apresados por los bandoleros y llevados de nuevo a Palma. Unos días después, se les presentó la exigencia colectiva de aceptar el bautismo. Dadas las circunstancias, las condenas a muerte fueron suspendidas, y los judíos desfilaron en procesión a la catedral para asistir a un tedeum. Al día siguiente tuvo lugar la inmolación de los libros y objetos sagrados; los rollos de la Ley fueron devorados por el fuego. La única sinagoga que quedaba en la isla fue cerrada, no sin que antes una enorme y hermosísima lámpara de trescientas bujías —que una vieja tradición mallorquina dice que había pertenecido al mismísimo Templo— fuera descolgada y trasladada a la catedral, donde todavía puede admirarse.

Pero eso no es todo lo que quedó. En el ADN de los veinte mil chuetas se encuentran los cromosomas Y que los identifican como descendientes de los conversos del siglo XV. La historia de los judíos pervive en sus cuerpos y, cada vez más, en la cultura que reivindican.

 

 

II. TOLEDO

 

¿La «Jerusalén de España»? Bueno, eso mismo han dicho de muchos lugares a lo largo de los siglos los que creían y esperaban que pudiera existir un hogar en el destierro: Córdoba, Granada, incluso Sevilla. Pero ¿acaso no era una señal de que así era el propio nombre de Toledo, casi homónimo de «toledot», la palabra que en hebreo significa «generaciones»?15 Yehudá Haleví y Moisés ben Esdras habían vivido y escrito su poesía en esa ciudad (aunque tampoco fueran muy felices en ella). Pero, como habría insistido un toledano, no hay más que mirar la ciudad plantada sobre sus colinas, como la corona en la cabeza del rey David.

Va uno buscando ese Toledo y la oficina de turismo, situada junto a la grandiosa e impasible catedral, se empeña en dirigirlo a las dos sinagogas restauradas de la ciudad y al Museo Sefardí. Así que va uno abriéndose camino por las calles flanqueadas por las tiendas de mazapanes, ante los escaparates que invitan al turista a comprar alguna refulgente hoja de acero toledano, un puñal, un machete, cualquier cosa puntiaguda que luego confiscarán en el aeropuerto, ante el café de la Judería, que ofrece bocadillos de jamón ibérico y queso, productos doblemente no kosher, y finalmente llegará a los empinados callejones de la judería medieval. Y ahí están. Separadas por unas pocas decenas de metros, recuperadas ambas de la incuria y de las múltiples funciones que les dio la ciudad una vez que se quedó sin judíos: iglesia, hospital y asilo para los caballeros de la orden de Calatrava, cuartel del ejército y clínica para el tratamiento de la rabia.

Todavía siguen siendo conocidas, de forma totalmente incongruente pero inevitable, por sus nombres cristianos; de ahí el oxímoron que supone denominar a uno de los dos edificios sinagoga de Santa María la Blanca y al otro, todavía más grandioso, sinagoga del Tránsito, en alusión a la Dormición de la Virgen. Cada una a su manera, las dos proclaman la posibilidad —contra toda lógica de carácter teológico y político— de la armonía de los monoteísmos. Santa María la Blanca —otrora llamada Beit haKnesset Jadashá, o sinagoga Nueva— fue construida durante la primera década del siglo XIII, probablemente por Yosef ben Meir Susán, perteneciente a una de las grandes dinastías de judíos toledanos que prestaban servicio a los reyes de Castilla.16 Es la más evidentemente parecida a una mezquita de todas las sinagogas imaginables, con su interior dominado por las arcadas paralelas de arcos de herradura, sus columnas rematadas por capiteles decorados con piñas y hojas trenzadas, y la sobriedad del estilo supuestamente fomentado por los almohades (los mismos que, dicho sea de paso, mandaron destruir todas las sinagogas durante la época de su supremacía). Este bosque de arcos lo iluminan pequeñas ventanas circulares y lámparas colgantes de estilo morisco. Aunque parezca muy diferente de cualquier otra sinagoga de la época en que fue construida, casi con toda seguridad no lo era. Al menos otra sinagoga de Segovia, arrasada por un incendio en 1900, fue construida en un estilo casi idéntico, con las mismas filas de arcos de herradura, y las formas judeo-islámicas híbridas quizá fueran en realidad el modelo preferido de una cultura judía de la España cristiana que seguía empapada en la lengua, la ciencia y la cultura arábigas. A finales del siglo XIII y comienzos del XIV, copistas toledanos como Israel ben Israel, perteneciente a una dinastía de varias generaciones de escribas y copistas, creaban «páginas tapiz» adornadas con hojas de palma que van extendiéndose y entrelazándose a lo largo del pliego, para utilizarlas a modo de tapa anterior y posterior de sus biblias; estas páginas que servían como protección del libro, pero que tenían también fines meramente ornamentales, representan una transcripción literaria de la arquitectura.17

La sinagoga del Tránsito constituye un testimonio todavía más sorprendente de la pervivencia de esa armonización cultural, pues las inscripciones que aparecen en su profusa decoración de yesería incluyen no solo pasajes de los Salmos en la hermosa escritura sefardí de formas cuadrangulares, sino también citas del Corán en árabe, empezando por las invocaciones de «paz, felicidad y prosperidad». Puede que en la creación de esta magnífica sala de oración, cuyas paredes alcanzan los nueve metros y medio de altura, trabajaran artistas y artesanos mudéjares musulmanes, pero es inconcebible que pudieran incluir de matute versículos del libro sagrado del islam. Más bien sería que se lo encargó específicamente el mecenas de la obra, el tesorero del rey Pedro el Cruel de Castilla, Samuel Haleví Abulafía, entre otras cosas porque su propio nombre y sus actos son elogiados en las paredes. En Córdoba existe una versión en miniatura de la gran sinagoga de Toledo, también llena de lacerías de estuco mudéjar, con su multiplicidad de formas de estrella, hojas de acanto y ramas entrelazadas. Y también hay citas de los Salmos y de los profetas. Sin embargo, la sinagoga de Córdoba fue construida a principios de siglo, cuando era mayor la sensibilidad a las estridentes quejas que planteaban los frailes por el hecho de que los judíos siguieran levantando sinagogas en flagrante violación de la prohibición papal de que lo hicieran.

Si haces algo, asegúrate de que se entere todo el mundo. Y eso valía tanto para Samuel Haleví Abulafía como vale hoy día para los filántropos que quieren dejar constancia de sus acciones en las placas conmemorativas de agradecimiento. A Abulafía le gustaba jactarse de su gusto exquisito: la belleza del edificio, sus elaboradas lámparas y la hermosura del bima o estrado de las lecturas. Aunque estos últimos elementos han desaparecido hoy día, la majestuosidad de la sala, alta y espaciosa —la más grandiosa que cabría imaginar—, ha sido perfectamente restaurada, con su galería de las mujeres en la parte superior, adornada también con decoraciones e inscripciones mudéjares. Para ir a una sinagoga de este tipo había que arreglarse. Como ha señalado con su habitual perspicacia la historiadora de la arquitectura Jerrilynn Dodds, estaba peligrosamente cerca de constituir una capilla palaciega, un escenario espectacular en consonancia con las aspiraciones cortesanas de Abulafía.18 Así que tal vez no sea de extrañar que las obras terminaran poco antes de su caída en desgracia; quizá fuera incluso el motivo de esa caída. Pedro, enzarzado a la sazón en una guerra civil con su hermanastro Enrique (que acabaría matándolo), se sentía a disgusto con el sambenito que le habían colgado de «rey de los judíos» y se hallaba comprometido por las acusaciones que se le hacían de que algunos financieros de su corte, como Abulafía, se permitían llevar a cabo ostentaciones ofensivas de su esplendor mientras el pueblo lloraba su miseria. Como consecuencia de la construcción de su deslumbrante sinagoga, Abulafía era el sacrificio más evidente que debía hacer, y efectivamente el judío no tardó en ser detenido y ejecutado. Una de las inscripciones de la pared de la sinagoga elogiaba al rey llamándolo «gran águila de alas inmensas», y fue puesta allí por un judío que nunca se imaginó que pudiera llegar a convertirse en su presa.

Las sinagogas de Toledo siguieron en pie, pero la declaración implícita de afinidad entre el judaísmo y el islam que encarnaban fue convirtiéndose poco a poco en un estorbo, a medida que la Reconquista cristiana se esforzaba en completar sus campañas contra el último baluarte musulmán, el reino de Granada. En efecto, cualquiera que hubiera visto la Alhambra no habría tenido la menor dificultad en reconocer en las yeserías que decoran la sinagoga del Tránsito un eco de ese estilo palaciego. Los escritores y predicadores cristianos, cada vez más hostiles, empezaron a invocar la antigua tradición según la cual habían sido los judíos los que habían traicionado a la ciudad visigoda y la habían entregado a los ejércitos árabes en el siglo VIII. De hecho, dada la brutalidad de la persecución a la que los habían sometido los visigodos cristianos, los judíos habrían estado locos si no hubieran buscado activamente ponerse en manos de unos dominadores distintos.

Pero del mismo modo que los judíos eran intermediarios comerciales y cartográficos muy útiles para los soberanos de la Mallorca aragonesa, también su familiaridad con el árabe era necesaria para los castellanos como vía de acceso a las matemáticas y a la astronomía (y en menor medida a la filosofía) del mundo musulmán. El interés era tanto estratégico como intelectual. A mediados del siglo XIII, durante el reinado relativamente benévolo de Alfonso X, llamado el Sabio, la Toledo judía se convirtió en el gran centro de traducción de las obras árabes y hebreas —ciencias, filosofía y poesía— al latín, pero, más significativamente, también a la lengua que se impondría como «española», el castellano. Alfonso, que escribió también cantigas y poesía, ansiaba dominar todo tipo de saber y, como tantos otros antes y después de él, conocía la leyenda que afirmaba que los judíos tenían acceso a los conocimientos esotéricos de la astrología, la alquimia y la astronomía. Uno de los traductores judíos que contribuyó a la creación del Libro del saber de astronomía, Yehudá ben Moisés, fue invitado también a traducir libros hebreos de magia, en particular el arte de conjurar las cualidades de las piedras, destinados expresamente al rey. En el siglo XIII, la comunidad sefardí empezaba a escribir, además de hablar, menos en árabe que en el judeo-castellano llamado «ladino». Es posible que no fuera la primera vez que se echara la semilla de una cultura común a través de las canciones. Cantares en ladino en alabanza del Cid y romances caballerescos sobre reyes, princesas y caballeros franceses, provenzales, catalanes y castellanos —muchos con un ritmo que procede directamente del mundo musical arábigo—, constituyen el testimonio de una sensibilidad compartida, al igual que la arquitectura híbrida. No deja de llamar la atención, sin embargo, que algunos de los romances más antiguos de la literatura española fueron creados en el crisol de la cultura judía que los españoles no tardarían en mostrarse claramente decididos a aniquilar.

El período de armonía cultural no sobreviviría mucho tiempo a Alfonso X, que murió en 1284, y solo lo haría en las páginas tapiz que ilustraban las biblias hebreas. Por debajo del refinamiento de los gustos aristocráticos, los prejuicios más burdos (y los inicios de una campaña impulsada por los frailes en pro de la uniformidad cristiana) empezaban a dificultar la supervivencia del pluralismo y acabarían por hacerlo imposible. En 1349, el rumor de que los judíos habían traído la peste para exterminar a los cristianos desembocó en la perpetración de sangrientos ataques en Toledo. Otro estallido de violencia en 1367 supuso la quema de casi mil casas de la judería. Apoyándose en la capacidad de aguante que por entonces constituía ya una segunda naturaleza de los judíos, la comunidad aprendió a reconstruir, reparar y restaurar. Entre las sucesivas pesadillas que repentinamente los asaltaban, los judíos continuaron desarrollando sus negocios, sus estudios y su trabajo, echaron raíces e incluso prosperaron. Llegaron emigrantes procedentes de otras ciudades, que ejercieron suficiente presión sobre el espacio urbano como para crear una segunda zona de asentamiento para los recién llegados, la alcaná. Poco antes del terror de 1391, las dos comunidades de Toledo se jactaban de tener nueve pujantes sinagogas y cinco casas de estudio de la Biblia y el Talmud.

Precisamente porque todo eso sucedía justo delante de la catedral de Toledo, los judíos se convirtieron en el objetivo primordial de los frailes. El día de ayuno del 17 de tamuz, que conmemoraba, como todos sabían, la destrucción de la primera edición de los Diez Mandamientos por el propio Moisés, la Toledo judía fue escenario de los mismos alborotos multitudinarios que acabaron con la comunidad de Sevilla y que continuarían en Palma o Barcelona y en otras muchas localidades de España donde los judíos llevaban una vida perfectamente arraigada. La profanación de las sinagogas y de los libros sagrados, el saqueo de los enseres rituales de plata, como las coronas de los rollos de la Torá y los remates de las guarniciones decoradas con granadas, los rimmonim, así como el incendio de casas y los asesinatos indiscriminados, son conocidos por una desconsolada elegía escrita por Jacob ibn Albneh al estilo de las maratiyé, las lamentaciones en hebreo que constituían una especialidad toledana. La lista de los lugares destruidos y de los hombres asesinados es tan exhaustiva como deprimente: el jazán o cantor Saúl; el rabino Isaac ben Judá; Isaac ben Susán, cuyo cuerpo fue cosido a puñaladas, y, lo peor de todo, Abraham ben Ofrit, identificado como bachur, lo que significa que debía de tener una edad comprendida entre los doce y los dieciséis años, que fue lapidado despiadadamente por motivos desconocidos; su carne fue desgarrada, su cadáver, arrastrado por el empedrado de las calles y luego, medio quemado antes de ser arrojado al río, donde sus «ancianos» padres tuvieron que recuperar su cadáver. Los Sifrei Torá, los rollos de la Ley, fueron sacados de la sinagoga Nueva y su bosque de arcadas, y perversamente profanados antes de que colocaran un crucifijo en medio de sus dos arcas. (En algunas sinagogas sefardíes, cuando se construía un arca nueva, la vieja seguía en su sitio.) Una vez sofocada la anarquía y restablecido el orden por las autoridades reales, los daños fueron reparados en parte. Pero en 1411 llegó Vicente Ferrer con su ejército de violentos disciplinantes, y la sinagoga Nueva de Yosef ben Meir Susán fue convertida definitivamente en la iglesia de Santa María la Blanca. Parece que los verdaderos soldados de Cristo habían logrado el triunfo que venían persiguiendo: dos tercios de los judíos habían sido hechos desaparecer por obra del acero toledano o de las aguas del bautismo; solo el obstinado tercio restante continuaba aferrado a su perversa ceguera.

Pero no pasaría mucho tiempo antes de que la victoria suscitara sospechas. Los conversos de Toledo se arrojaban a los pies del Salvador, abrazaban todos los ritos y manifestaciones de penitencia, comulgaban y se santiguaban como el que más; de hecho, se adaptaban tan bien a su nueva religión que a algunos les parecía… bueno, pues un poco extraño, ¿no? Ayer con barba y hoy con tonsura. Cómo se pavoneaban de su conversión, pensaban los cristianos viejos, y salían de su judería para instalarse en el barrio elegante de La Magdalena, cerca del Alcázar, con sus fachadas de piedra y sus jardines cercados. Ahora estaban salvados, todo estaba al alcance de los conversos; podían casarse con miembros de la nobleza (siempre atenta a su dinero), seguir con sus antiguas ocupaciones y hacer todo lo que les resultara de provecho o favoreciera su estatus social y su fortuna poniéndose al servicio de la Corona. El hecho de que se exigiera a los cristianos viejos acogerlos sin reservas dentro de la sociedad de los redimidos no venía más que a exacerbar el agravio que suponía aquella situación imprevista.

Era demasiado buena para ser verdad, ¿no? A pesar de todo ese nuevo fervor, ¿acaso no habían abrazado la cruz precisamente para convertirse en una aristocracia advenediza, para mandar sobre la autóctona y para oprimir al pueblo con impuestos y tributos cada vez más onerosos? De modo que los cristianos viejos, que es como decir los de verdad, empezaron a vigilar y a buscar indicios de que, por detrás de sus fervientes profesiones de fe, los conversos seguían siendo en secreto judíos impenitentes. En este punto, los propios historiadores judíos se dividen por motivos que tienen menos que ver con los testimonios disponibles que con la opinión que cada uno tiene de este momento postraumático, marcado por la emotividad y la tragedia. El gran experto en la historia de Sefarad y en la expulsión de los judíos, el israelí Yitzhak Baer, deseaba tanto llegar a la conclusión de que los conversos y los judíos eran un solo pueblo en todos los aspectos más profundos, que más o menos reprodujo la creencia de los inquisidores de que su cristianismo no era más que una farsa para salir del paso. Sin embargo, por desconcertante y casi inexplicable que resulte —especialmente para los judíos piadosos— comprobar que unos rabinos sabios y hasta ese momento absolutamente devotos se convirtieron de repente en fieles seguidores del Evangelio cristiano, eso fue justamente lo que les pasó a muchos. Pablo de Santa María y Jerónimo de Santa Fe no fueron, ¡ay!, simples oportunistas. Nunca llegaremos a saber cuántos conversos creían verdaderamente en su nueva religión. Por fuerza son más ricas y numerosas las fuentes que aluden a los que efectivamente añoraban el judaísmo perdido, y ello debido a las pruebas descubiertas por los inquisidores en las décadas de 1480 y 1490, y a las explicaciones dadas a posteriori por los que abandonaron España y fueron a países en los que podían volver a abrazar el judaísmo.

Por otra parte, dejando a un lado las beaterías ilusas acerca de la solidaridad judía y los excesos inquisitoriales, no faltan ni mucho menos indicios de que muchos conversos, tanto en Toledo como en otros lugares, encontraron efectivamente maneras de permanecer como mínimo en contacto con sus correligionarios de la judería. Hasta ella no había mucha distancia desde La Magdalena, un paseíto apenas, a pie o a caballo, e indudablemente había muchas cosas que atraían a los conversos hasta su viejo barrio, los aromas de la cocina tal vez, la música, la pura fuerza de la costumbre o los chismorreos en ladino que llegaban hasta la calle por cualquier ventana abierta. Algunos de sus enemigos sabían que sus hábitos alimentarios podían revelar una recaída. La pituitaria del cronista y clérigo Andrés Bernáldez, no muy amigo de los judíos que digamos, estaba siempre alerta por si captaba algún tufillo a «cebollas e ajos refritos en aceite en lugar de tocino». Cualquier cosa frita en aceite olía mal, pensaba, lo mismo que los judíos, cuya dieta se basaba en él. Se podía identificar al converso que había comido con ellos solo por el hedor a aceite y ajos que despedía. Y luego estaba la adafina, llamada también hamim, el guiso cocinado en una cazuela con tapa a base de alubias, garbanzos, verduras y carne, que Bernáldez consideraba también repugnante y al que no podía resistirse nadie que lo hubiera comido, caliente o frío, el sábado. Los judíos lo llevaban el viernes por la tarde a la panadería, para que se cociera a fuego lento al horno durante toda la noche sin tener que violar el sabbat, y cualquier converso al que le gustara la adafina se guardaría mucho de mandar a buscarla a la panadería a un criado cristiano.19 Cuando la Inquisición emprendió de lleno sus labores de espionaje y delación, cualquier informe (suministrado habitualmente de nuevo por algún criado) que mencionara a un ama de casa conversa que quitaba la grasa y los tendones de la carne (que en realidad no es un requisito de las normas de la dieta kashrut), o, lo que era todavía más revelador, que purgaba la carne de su sangre metiéndola en agua de sal, constituía una prueba evidente de que había incurrido de nuevo en el judaísmo.

Las formas que tenemos documentadas de cómo los conversos mantenían el contacto con sus antiguos correligionarios van más allá de la cocina y afectan a acciones más importantes: dar dinero a las sinagogas de la judería para su mantenimiento y para las funciones rutinarias del kahal, para el cuidado de los cementerios e incluso para el mantenimiento de las escuelas de hebreo. Y los contactos iban en doble dirección. A cambio de sus donativos, los conversos recibían informaciones importantísimas acerca de las fechas de las festividades (como, por ejemplo, el Purim, rebautizado como «Santa Ester») y los ayunos. Antes de que en la década de 1480 la Inquisición empezara a ejercer su feroz control, con la espantosa maraña de delatores y la presión de la intimidación y la tortura sobre criados y miembros de la familia, seguía siendo posible adoptar ciertas costumbres en la intimidad del hogar sin levantar necesariamente las sospechas de la gente. El viernes por la noche podían encenderse velas. Al fin y al cabo, ¿quién no encendía velas en el siglo XV? ¿La comida no pasaba de los labios en los días de ayuno? ¿Quién iba a saber algo que no ocurría, especialmente si los criados eran también conversos? ¿Que el amo o el ama se ponían un atavío elegante, aunque sobrio, los días de fiesta? Lo mismo podía ser para ir a misa. Bastante más temerario era introducir de contrabando libros religiosos en una casa conversa, particularmente el libro de oraciones diarias, el siddur, o una Hagadá de Pascua, y antes de los años de la Inquisición existen testimonios de que se llevaron a cabo peligrosos intentos de enseñar a los niños, y de hecho a muchos adultos, a memorizar algunas oraciones fundamentales de afirmación de la fe como el shemá.

Con el paso del tiempo, esas sospechas se convertirían en confesiones extraídas mediante el terror y la tortura, con tormentos como la toca, el potro o la cuerda, y en el envío de decenas de millares de conversos a los autos de fe, que culminaban con la quema en la hoguera de los «no reconciliados» con la cruz. No obstante, durante las décadas anteriores a la introducción oficial de la Inquisición típicamente española en 1480, no fueron tanto las sospechas de reincidencia o de engaño de los conversos como sus actos de ostentación social y política los que alimentaron las llamas del odio entre cristianos nuevos y cristianos viejos. La impotencia (literal en el caso de Enrique IV) de los reyes castellanos a la hora de garantizar la sucesión al trono exacerbó las sospechas de que se habían vuelto monigotes en manos de favoritos como Álvaro de Luna, que mantuvo su cargo como condestable de Castilla únicamente gracias a la ayuda directa de judíos y conversos. La proximidad a Luna del jefe de la comunidad judía de Castilla, Abraham Benveniste, su papel como recaudador de impuestos y tesorero extraoficial, y la percepción de que los conversos se habían convertido en una nueva élite cortesana y burocrática, supusieron una afrenta para la nobleza cristiana vieja.

Cuando Álvaro de Luna visitó Toledo para imponer un tributo especial a la ciudad, repicaron las campanas de la que había sido la sinagoga Nueva y ahora era la torre de Santa María la Blanca. Era una llamada a las armas contra Luna, Benveniste y sus aliados conversos de la ciudad. La protesta comenzó de manera espontánea, y el gobernador del Alcázar, Pedro Sarmiento, se puso al frente de una sublevación que no tardó en contar con el apoyo de los ciudadanos de Toledo y de los campesinos de los alrededores.20 Se lanzó un ataque directo contra las casas de los conversos más conocidos, como los Cota, familia de mercaderes y notarios. Cientos de hogares fueron destruidos, y la judería fue asaltada. Se oyeron insultos contra el propio rey, poniendo de hecho a la ciudad en estado de rebeldía. En julio, con la ciudad todavía en poder de los rebeldes, Sarmiento se arrogó la autoridad de promulgar un «Estatuto de exclusión», que prohibía a los conversos ocupar cargos públicos con el pretexto de que tenían (y siempre tendrían) sangre impura de judíos. «Fallamos: … que todos los dichos conversos descendientes del perverso linaje de los judíos, en cualquier guisa que sea, así por virtud del derecho canónico y civil que contra ellos determina sobre las cosas de suso declaradas, … sean habidos e tenidos como el derecho los ha e tiene por infames, inhábiles, incapaces e indignos para haber todo oficio e beneficio público y privado en la dicha ciudad de Toledo».21

Como la declaración de limpieza de sangre de Sarmiento violaba la doctrina de la Iglesia, según la cual los bautizados deben ser tratados en pie de igualdad, el papa Nicolás V no tardó en vetar el Estatuto de exclusión, pero el daño ya estaba hecho y se había sentado el principio de que la distinción racial era imborrable y, como se demostraría, indeleble. En 1467 hubo otro intento de lanzar un ataque contra las personas y los bienes de las familias conversas de Toledo, pero estas habían aprendido bien la lección de la anterior sublevación y se habían provisto de un formidable arsenal de contundentes espadas toledanas, ballestas y cuerdas anudadas, y habían nombrado al capitán Fernando de Torres oficial al mando de su cuerpo de defensa.22 Este nuevo nivel de preparación y los largos años de amargo amoldamiento al insulto de «marranos» (el término despectivo fue acuñado en esta época) quizá dieran lugar a una reacción excesiva cuando una cuadrilla de hombres armados allanó la propia catedral de Toledo, desencadenando primero una pelea en el propio recinto sagrado, en el transcurso de la cual perdieron la vida cuatro clérigos, y luego una auténtica guerra civil.

El grito de los asaltantes armados —«¡Esto no es una iglesia!»— no estaba calculado para que los conversos se ganaran el apoyo de la población de Toledo, y mucho menos el de los curas. Lo que significaba, naturalmente, era que la catedral había sido colonizada, institucional y materialmente, por la política de sus adversarios. A lo que sonaba, por el contrario, era a un repudio del recinto sagrado, que con su espléndida sillería de madera tallada constituye uno de los centros de piedad más intensamente sentidos de toda la cristiandad. Por si hacían falta más pruebas de la sospechosa lealtad de los conversos a la fe cristiana, aquel grito de guerra tan mal calculado se encargó de suministrarlas.

Aquello fue bastante más que un absurdo altercado local. Tuvo lugar en la ciudad en la que estaban enterrados los reyes de Castilla, y lo que se jugaba en esa guerra civil entre los aliados de la élite de los conversos y sus enemigos era la identidad histórica de Castilla y lo que estaba a punto de considerarse España. El rey impotente, Enrique IV, fue incapaz de aportar el concepto de misión cristiana, que por lo demás, al haber subido al trono un año después de la caída de Constantinopla en manos de los turcos otomanos, no habría podido ser más oportuno. La purificación de España era la condición indispensable para que sus distintos reinos emprendieran la última cruzada y tomaran la verdadera cruz. Si se quería levantar el estandarte de Cristo del polvo de Constantinopla, debía ser para que ondeara sobre una España limpia de musulmanes, judíos y los casi judíos disfrazados de conversos. De ese modo, la cuestión de los judíos pasó a ocupar el centro de esta lucha por la autodefinición del país en el momento de su gestación como reino cristiano por excelencia, convirtiéndose así en el siguiente instrumento para el advenimiento de los Últimos Días.

La unidad en la pureza era el mensaje del más influyente de los que hicieron oír su voz en aquel momento histórico tan cargado de significado, Alonso de Espina.23 Franciscano, rector de la Universidad de Salamanca, predicador de formidable elocuencia y uno de los confesores del rey, Espina pensaba que la misera Hispania, como él la llamaba, no estaba a la altura de la misión a la que había sido llamada: librar la batalla que diera paso a los Últimos Días y a la Segunda Venida de Jesucristo. En su camino había muchos demonios, y, como era de todos bien sabido, los judíos eran los compañeros del diablo. Eran ellos los que habían corrompido a Álvaro de Luna y los que habían provocado su caída. Espina se había encargado de asistir al abatido don Álvaro en sus últimas horas, sin duda recordándole las transgresiones que lo habían conducido al desastre. De hecho, no dejaría nunca solo al ministro caído, acompañándolo en sus últimos pasos hasta el cepo del verdugo.

En su tratado Fortalitium fidei, escrito en 1461 (y posteriormente publicado muchas veces en toda Europa), Alonso de Espina compiló una antología exhaustiva de todas las demonologías de los judíos: envenenadores de pozos, profanadores de hostias y secuestradores y asesinos de niños. De hecho, había visto frustrado su intento de acabar con los judíos de Valladolid acusados, como era habitual, de matar niños. La pertenencia de Alonso de Espina a los franciscanos era significativa, pues esta orden se había vuelto, curiosamente, más combativa y agresiva que la de los dominicos, y Espina divulgó su mensaje mediante campañas de predicación por toda Castilla, sobre todo en el norte, donde sus feligreses se mostraron especialmente atentos. Su argumento no podía ser más sencillo: la nueva cruzada, lanzada por el papa Calixto III, nunca podría llevarse a cabo sin una limpieza a fondo del reino; de los musulmanes de Granada, por supuesto, pero también de los judíos, que debían ser expulsados por completo de España. Si seguían en ella, no cabía abrigar la menor esperanza de contar con auténticos conversos, pues estos serían siempre presa de los «judaizantes», que estaban en todas partes. Además, reclamaba a Enrique IV que instaurara una Inquisición expresamente destinada a eliminar de entre los conversos a los falsos cristianos para dejar solo a los verdaderos. Al principio el rey aceptó la idea y, tras alguna renuencia inicial, el papa Pío II la autorizó en 1461 (aunque con ciertas reservas respecto a la pretensión de que Roma cediera grandes prerrogativas), pero para entonces el rey había cambiado de parecer.

Parecía que ya habían empezado a doblar las campanas por los judíos de España. Sin embargo, como sucedería en Alemania quinientos años después, una población judía establecida en el país desde época remotísima, acostumbrada a ciertos rigores y a mucho griterío hostil, se tapó los oídos ante el clamor. Y a pesar de casos como el de Toledo, había muchos lugares de España —en Aragón, además de Castilla—, especialmente los alejados de las principales concentraciones de judíos, donde la gente difícilmente habría creído que la horrenda solución propuesta por Alonso de Espina, la expulsión, pudiera estar a la vuelta de la esquina. Uno de esos lugares de inocencia histórica era la ciudad gallega de La Coruña, en el extremo noroccidental de la Península.

 

 

III. QUIÉN POR EL FUEGO, QUIÉN POR EL AGUA…*

 

Resulta imposible hoy día imaginar cómo debió de sentirse en 1476 el joven Isaac de Braga cuando contempló por primera vez el resultado del encargo que había hecho. Pueden ustedes ir a la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford y detenerse ante las brillantes páginas de la que fue su Biblia —y, si tienen suerte, podrán incluso hojearla—, pero nunca llegarán ustedes ni de lejos a sentir la euforia que debió de embargar a Isaac al verla por primera vez. La Coruña era una ciudad de provincias, un puerto de mar, sí, pero no podía compararse por sus dimensiones con Cádiz o con Lisboa. Y, sin embargo, hasta aquel lugar apartado de las rutas habituales llegó en un momento del siglo XV una maravilla de época anterior, la llamada Biblia de Cervera, escrita en torno a 1300 por el copista Samuel ben Abraham ibn Natán (cuya tibia rota es recordada en las páginas del libro), espectacularmente ilustrada por el iluminador francés Yosef Hazarfati, y provista de una exquisita microcaligrafía, obra de un tal Abraham ibn Gaón. Seguramente fuera la contemplación de la Biblia de Cervera lo que provocó el encargo del «admirable joven», como lo llama el copista, o de su padre, «el difunto y amado Salomón de Braga, que su alma descanse en el Jardín del Edén».24

El libro paradisíaco que era la Biblia de Cervera había viajado mucho, y permanecido durante algún tiempo en Córdoba a finales del siglo XIV, antes de acabar en La Coruña, donde evidentemente la familia Braga, empezando por el padre, Salomón, ambicionaba a todas luces llamar suyo algo que se le pareciera. Tanto que el copista del nuevo libro, Moisés ibn Zabara, no dudó en incluir en él el tratado de gramática de hebreo bíblico titulado Sefer Mijol, del erudito David Kimchi, que también contenía la Biblia de Cervera. Esta obra era tan poco atractiva y árida que Yosef Hazarfati abandonó toda pretensión de relacionar sus ilustraciones con las normas de sintaxis y otros temas por el estilo, y decidió llenar sus páginas con la representación más imaginativa de pájaros y animales de todo tipo, diversión imitada por Yosef ibn Hayyim, el iluminador del libro adquirido por los Braga. Si el diseño de la Biblia de los Braga tiene en muchos aspectos un carácter deliciosamente arcaico, es entre otras cosas porque presumiblemente su dueño y el escriba deseaban subrayar la vitalidad de la tradición. Aunque sería maravilloso imaginar que la Biblia de los Braga fue elaborada sin el presentimiento de la calamidad que se avecinaba, no es del todo imposible que las incertidumbres de la época, a medio camino entre la esperanza y la alarma, hicieran que los Braga, su copista y su iluminador quisieran reafirmar el carácter imperecedero de la hermosura judaica.

En cualquier caso, Yosef ibn Hayyim no se sintió limitado por ninguna sospecha perceptible de mal augurio, ni de hecho por los cánones convencionales del decoro más respetuoso. Su obra destaca por la intensidad de sus colores radiantes, el oro y la plata, el lapislázuli y el carmesí, y por la exuberancia de su animación narrativa. Jonás cae en el vientre del Gran Pez (que tal es la traducción literal del término hebreo); un David barbudo aparece esplendorosamente sentado en su trono; los dragones hacen lo peor que pueden hacer, y falanges de gatos combaten con sus enemigos, los ratones.25 El nombre del iluminador, reseñado en el colofón, al final de la obra, está formado por un deslumbrante círculo de formas acrobáticas, algunas tomadas de los naipes o de la decoración escultórica más picaresca de las catedrales. Pero a diferencia de los pecadores que aparecen en esos pórticos penitenciales, los hombres y mujeres desnudos de Yosef ibn Hayyim sonríen traviesamente mientras brincan y se doblan a lo largo de la página. Todos los que intervinieron en la elaboración de esta Biblia debían de ser personas alegres y de mente abierta.

Esa mentalidad abierta se extendía a las tradiciones religiosas en las que la Biblia de los Braga basaba su brillante imaginería. Ahí tenemos la menorá en todo su áureo esplendor, como si estuviera en el pavimento de mosaico de la sinagoga de Séforis mil años antes, aunque en la Biblia aparece un león (que sirve a la vez como muestra de confianza en los reyes de Castilla y como recuerdo de Judá) acostado a sus pies, no en actitud rampante junto al Arca. Pero a veces el espacio del Templo es evocado de forma más en consonancia con la decoración del Corán, y hay pasajes en los que los dos rollos de la Torá que contienen los pasajes del texto se hallan de hecho enmarcados por los arcos de herradura propios de la arquitectura islámica, evocando una síntesis tan perfecta como cabría imaginar. Asimismo, las páginas tapiz de dibujos abstractos densamente trabados pertenecen enteramente a lo que constituía ya una tradición judeo-arábiga. La imaginería gótica también está muy presente en el bestiario, en la representación de cuadrúpedos, aves y vegetación que en los primeros días de la iluminación había constituido una especialidad de los artistas cristianos, pero que en el siglo XV era dominada ya por sus colegas judíos.

Y menos mal que así era, porque muy pronto esa colaboración entre artistas cristianos y copistas judíos sería en España cosa del pasado. En 1483 Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, unidos como reyes de España desde 1474, siguieron adelante con el gran programa de erradicación de la vida judía en España promovido por el dominico Vicente Ferrer y el franciscano Alonso de Espina como condición indispensable para el triunfo del cristianismo. Convencidos de que los cristianos nuevos tendrían siempre la tentación de revertir al judaísmo mientras tuvieran judíos cerca, y de que la Iglesia estaba amenazada de muerte debido a la presencia en ella de esos cristianos de fe fluctuante, dictaron la expulsión de todos los judíos de Andalucía, considerada la región más infectada por la peste de la judaización. De la noche a la mañana fueron echados de las ciudades en las que llevaban mil años establecidos, Córdoba y Sevilla, y se encontraron empobrecidos y sin hogar. Además, aquellos eran los lugares donde la convivencia, la coexistencia cultural entre el islam y el judaísmo, entre la filosofía, la ciencia y la literatura de árabes y judíos, había dado unos frutos más abundantes.

Pero entonces los cristianos no perseguían a los judíos por mantenerse aparte, por su supuesto distanciamiento voluntario. Los perseguían por su peligrosa tendencia a la apertura, por su nomadismo cultural, por su proximidad no deseada. Los judíos no estuvieron separados del resto de la sociedad hasta que los cristianos impusieron la separación.

Y eso era lo que tocaba hacer. Fuera de Andalucía, las draconianas normativas anticipadas por las disposiciones de Vicente Ferrer de 1412-1413 y por los Estatutos de exclusión de Toledo afectaron a todas las ciudades con juderías, incluida indudablemente La Coruña. Los judíos tuvieron que quitarse de en medio prácticamente de la noche a la mañana —se les concedió un período de gracia de ocho días— y desaparecer de los barrios en los que llevaban instalados tantos años, algunos de ellos provistos de puertas y adarves que les resultaban útiles en las épocas de disturbios. Las autoridades les asignaron nuevos lugares de residencia, situados deliberadamente a buena distancia de sus talleres y tiendas. Y como el plan consistía en arruinarlos para que no tuvieran más remedio que convertirse, fueron obligados a vender sus propiedades —entre las que, naturalmente, se incluían los edificios colectivos— por un precio miserable, generalmente el 10 por ciento de su valor real. De ese modo fueron estafados por partida doble, primero en la venta y luego en el precio inflado que se vieron obligados a pagar por sus nuevos lugares de residencia. Y así, los que habían pergeñado el plan consiguieron de un golpe dos objetivos, arruinar a la mayor cantidad posible de judíos para que no tuvieran más remedio que convertirse y, además, establecer un cordón sanitario en torno a los demás, para que quedaran herméticamente aislados tanto de los cristianos viejos como de los nuevos. Y, por descontado, todo ello suponía una degradación inhumana.

Probablemente no fuera eso lo que esperaban de los nuevos reyes Isaac de Braga y los judíos de Toledo y de Córdoba, de Zaragoza y de Gerona. Había sido durante los reinados de los monarcas débiles cuando los cristianos nuevos que había en la corte, en las finanzas y en la burocracia habían sido más vulnerables a las disensiones que habían hundido el estado. Con la unión de las coronas de Aragón y Castilla y la aparente buena acogida dispensada por Isabel y Fernando a conversos como Luis de Santángel y a los habituales médicos y financieros judíos como el «rab de la corte» (o rabino mayor de Castilla) Abraham Seneor, a los que confiaron la recaudación de impuestos, las expectativas eran más bien optimistas. La expulsión era el sueño de los fanáticos. ¿Cómo podía sobrevivir el reino sin el dinero judío cuando se disponía a lanzar su nueva cruzada contra el último baluarte del reino de Granada, obstinadamente inexpugnable? Así pues, aunque la opinión del confesor de la reina, fray Tomás de Torquemada, era bien conocida y estaba pavorosamente en consonancia con la solución a la cuestión judía propuesta por Alonso de Espina, en la década de 1470 no se produjo ninguna situación de pánico ni precipitación alguna por salir del reino.

Cuando en 1478 el Papa concedió a los reyes de España autorización para nombrar inquisidores, la medida no habría tenido por qué provocar ninguna alarma entre los judíos no convertidos, pues su jurisdicción afectaba solo a los cristianos sospechosos —sobre todo a los conversos—, no a los judíos propiamente dichos. En efecto, cuando la Inquisición empezó a desarrollar su labor en Sevilla dos años después, se produjo inmediatamente una huida en masa de conversos hacia ciudades y aldeas lejanas que se encontraran fuera de su alcance. Pero al principio puede que los propios judíos estuvieran divididos. A pesar de que muchos judíos habían seguido manteniendo estrechos lazos con los familiares, amigos y antiguos vecinos que habían abandonado su religión, había otros tantos, si no más, que no perdonaban a los apóstatas por su actitud, hasta el punto de que, en los procesos de la Inquisición, se mostraron dispuestos a hacer lo que esta les mandara y a facilitar información. No es muy probable que nadie, empezando por Fernando e Isabel, pudiera prever la monstruosa maquinaria de destrucción, capaz de autorreproducirse, en la que iba a convertirse la Inquisición cuando pidieron al papa Sixto IV autorización para instaurarla.

La Inquisición tenía su propia jurisdicción, era un estado dentro del estado, responsable únicamente ante el Papa, la Corona y su propia colección de imponentes normas burocráticas.26 Además de los inquisidores y los integrantes de los tribunales investigadores, había un ejército enorme de «familiares» responsables de llevar a cabo el trabajo burocrático que lubrificaba la maquinaria del terror. Eran tantas las normas cuidadosamente meditadas que rodeaban la aplicación de la tortura, por ejemplo, que los que la supervisaban constituyen la primera burocracia del dolor organizada sistemáticamente de la historia. La Inquisición contaba incluso con sus propios ejércitos en miniatura de protección e intimidación. El inquisidor general, fray Tomás de Torquemada, no se desplazaba nunca a ninguna parte sin su propio séquito de hombres a caballo, sobre todo a partir del asesinato de un inquisidor en la catedral de Zaragoza a manos de un grupo de conversos desesperados. Como es bien sabido, se le concedieron poderes prácticamente ilimitados para obtener confesiones «completas» de los sospechosos de reincidencia o, peor aún, de ser judaizantes activos, impenitentes. De ese modo efectuó su entrada en la historia el estado entrometido: criados, familiares y vecinos atemorizados y engatusados para convertirse en delatores y espías. Incluso en los monasterios y los conventos, los frailes y las monjas delataban a sus hermanos y hermanas sospechosos de bajar la vista cuando se elevaba la hostia en la consagración, de equivocarse al recitar el padrenuestro o el avemaría, o de decir quién sabe qué en la soledad de sus celdas. Yirimiyahu Yovel tiene razón al ver en todo esto el germen de una moderna institución malévola y no una reliquia medieval.27 Se trataba en efecto de algo totalmente nuevo en su inhumanidad.

Además, la Inquisición inventó, en un grado nunca visto desde los tiempos de los romanos, el espectáculo del castigo público como entretenimiento de masas. Los días en que se celebraban autos de fe fueron declarados festivos, para que pudiera asistir el mayor número de personas posible a la procesión de los condenados, que iban descalzos, con el gorro cónico y el escapulario sin forma llamado «sambenito», el atuendo de los impenitentes que no se reconciliaban con la Iglesia, decorado con lenguas de fuego ardiente, pues, como los inquisidores se encargaban de recordarles con aire santurrón a los desgraciados, más valía ser consumido por las llamas de este mundo que ser condenado a arder eternamente en el infierno. Los grandes personajes del país, a menudo incluso el rey y la reina, asistían a aquellas elaboradas ceremonias, mordisqueando las golosinas propias de las fiestas o llevándose a la nariz bolas de ámbar siempre que el olor resultaba demasiado desagradable. Cuando se instauró la costumbre de desenterrar los huesos de los herejes, a menudo a centenares, y de quemarlos junto con los cuerpos vivos de los condenados, las ciudades de la inmolación se cubrían de un aire espeso de olor nauseabundo.

A veces, cuando a las víctimas de la Inquisición se las califica genéricamente de «herejes», se olvida que aquellos procedimientos espantosos —desde los interrogatorios y la tortura hasta las matanzas en masa, cuando las víctimas eran, por emplear un eufemismo espeluznante, «relajadas» al brazo secular del estado para su castigo— iban dirigidos fundamentalmente contra los que en un momento dado habían sido judíos y se sospechaba que seguían siéndolo. En los autos de fe españoles no se llevó a la hoguera a lollards ni cátaros. Lo fundamental es que emotiva y catastróficamente la Inquisición formó parte integrante del drama de la historia de los judíos en España. Y aparte de la faceta espectacular de la tragedia, destinada a explotar y fomentar la crueldad y la traición, dio lugar también a actos asombrosos de valor y de autosacrificio desinteresado. Y es que, además de delatores, hubo también conversos, como fray Diego de Marchena, que, sin dejar de ser cristianos, se arriesgaron a ayudar a los que se habían «reconciliado» demasiado tarde (arruinando para siempre sus vidas y las de sus familias), impidiendo que aquellos hombres y mujeres marcados cayeran en la trampa de los inquisidores, atrevimiento por el que, irremediablemente, acabarían pagando en la hoguera.

La purga se desarrolló como una auténtica cadena de montaje, impulsada por una energía formidable, empezando naturalmente por el propio Torquemada. Habida cuenta de los medios relativamente primitivos que tenían a su alcance, el número de los que cayeron víctimas de la incesante oleada de terror, torturas, mentiras y asesinatos legales enorgullecería a cualquier autócrata de la degradación y la muerte del mismísimo siglo XX; al término del primer año de existencia, solo en Sevilla ascendía a setecientas personas, a razón de un auto de fe al mes, y esto antes de que la maquinaria de la muerte se trasladara al norte, hasta Ciudad Real y Toledo, donde se alcanzarían cifras récord de cuerpos vivos consumidos por el fuego, cuarenta en un solo día en 1488, junto con los huesos de cientos de cadáveres desenterrados (además de las efigies de los que habían logrado escapar).

Pese a todo, seguía siendo concebible que los propios judíos fueran testigos de todo aquello y que aun así algunos pensaran que no iba con ellos, que, una vez recluidos en sus zonas de segregación urbana, con una puerta por la que podían entrar y salir, aislados a todas luces de los «judaizantes» que habían formado parte de su comunidad, los dejarían en paz. Semejantes ilusiones habrían llegado a hacérselas personalidades encumbradísimas que seguían trabajando denodadamente para alcanzar la victoria sobre los musulmanes de Granada y que, como Abraham Seneor, eran recibidos con cortesía y a veces incluso con engañosa cordialidad por los reyes. Seneor incluso debió de sentirse suficientemente seguro de sí mismo como para abordar al rey y pedirle que impidiera la predicación de los sermones más violentos en contra de los judíos y que revocara la prohibición de elaborar matzot para las cenas de Pascua. Personalmente mantenía incluso buenas relaciones con Torquemada, y a petición suya concedió algunos beneficios fiscales a su pueblo natal. Como abogado, además de rabino y financiero, parecía tan indispensable para los reyes que no podía creer que se embarcaran en una empresa tan autodestructiva como la expulsión de los judíos. Tales son las ilusiones de la familiaridad.

En 1485, se unió a Seneor otra personalidad eminente, Rabí Isaac Abravanel, que había gozado de un estatus y un cargo similares ante el rey de Portugal hasta que se vio envuelto en una conjura aristocrática que pretendía reemplazarlo. Abravanel no tuvo más remedio que escapar para salvar la piel y, tras cruzar la frontera, solicitó audiencia a los reyes, que se la concedieron enseguida.28 Parece que salió de la reunión con la garantía de que la ayuda activa en la financiación de la guerra sería recompensada con la renuncia a cualquier medida drástica, como la extensión a todo el reino del decreto de expulsión de Andalucía. Y puede que por aquel entonces ni Isabel ni Fernando hubieran tomado ninguna decisión definitiva.

Pero el confesor de la reina sí. Para Torquemada, un punto de la doctrina de Alonso de Espina —la purificación total de los conversos y su unificación irreversible con el cuerpo de la Iglesia— carecía de sentido sin el segundo: la erradicación total de los judíos. De un modo muy retorcido, era una especie de cumplido al revés a la tenacidad y la capacidad de persuasión del judaísmo; a su capacidad de sobrevivir a todo lo que estados y poderes de todo tipo, multitudes y predicadores, pudieran arrojar contra él; a los desplazamientos forzosos; a la quema de libros y a la quema de cuerpos en la hoguera. Uno podía quemar todo esto y aun así no conseguir su extinción; sus palabras salían volando libremente de los cuerpos y de los pergaminos, y flotaban en el aire como partículas de un miasma fatal.29

Incluso Torquemada, impaciente como estaba por dar ese segundo paso, comprendía que tendría que esperar a la caída de Granada. Aunque la monarquía española estaba descubriendo fuentes alternativas de financiación de sus guerras —en los genoveses particularmente—, el ejército era tan grande y resultaba tan ruinosamente costoso que prescindir de la conveniencia de arrendar la recaudación de los impuestos a los judíos, que proporcionaban el dinero por adelantado, parecía una imprudencia. Sin embargo, en el invierno de 1491 el ejército sitiador (que por entonces incluía algunos soldados ingleses al mando del conde de Rivers, cuñado de Enrique VII, y tropas francesas en una especie de campamento cruzado pancristiano) había aumentado hasta los doce mil efectivos y era lo suficientemente superior como para que el rey Boabdil tuviera que reconocer, con profunda mortificación, lo inevitable de la capitulación y del fin del islam en España. Dentro de Granada, por supuesto, había miles de judíos y de conversos que habían llegado huyendo de la Inquisición y que habían vuelto a adoptar la religión de sus antepasados en la seguridad de su refugio musulmán. Boabdil negoció la salvaguardia de sus súbditos musulmanes, pero ni que decir tiene que no estipuló las mismas condiciones para los judíos, que en aquellos momentos estaban terriblemente asustados.

Hubo otros incentivos para la expulsión menos edificantes que la conclusión de la misión de cruzada que suponía crear una España uniformemente pura y cristiana. La nobleza con la que los reyes habían batallado tantos años estaría encantada con la perspectiva de la anulación de las deudas contraídas con los rapaces judíos, como había ocurrido en la Inglaterra de los Plantagenet, el modelo en el que se inspiró la expulsión de los Reyes Católicos. Y estos habían calculado —y no se equivocaban— que el valor de todos los bienes que pudieran embargar, confiscar y realizar, especialmente los inmuebles, superaría con creces lo que cabía suponer que pudieran perder al no percibir las rentas fiscales suministradas por los judíos. Con todo, tal vez hubiera almas tímidas o viles que sintieran cierta angustia por la repentina desaparición de tantos médicos y tenderos, fuente siempre segura de préstamos. ¡Menudas preocupaciones más infames! ¿Había que recordarles que la simple existencia de los judíos entre ellos constituía no solo una ignominia, sino una amenaza de muerte?

Así, de la forma más natural, se inventó un caso de hurto y asesinato de un niño, sin que la ausencia del cadáver supusiera, como de costumbre, ningún obstáculo para la confirmación del crimen.30 La Inquisición descubrió que un converso llamado Benito García, cardador ambulante, natural de la localidad de La Guardia, cerca de Toledo, que justamente regresaba de una peregrinación, llevaba en sus alforjas una hostia mordisqueada, señal inequívoca de que era cómplice de un complot para llevar a cabo una profanación. Lo único que quedaba era arrancarle una confesión completa, y no solo a él, sino también a un puñado de conversos y judíos, en total diez personas, mediante los procedimientos intensivos habitualmente infalibles. Uno de los judíos, llamado Yosef Franco, fue encarcelado en una celda justo encima de la de García, y se practicó un orificio en el techo para poder escuchar sus conversaciones. Un fraile disfrazado de rabino se presentó a visitar a Franco y le arrancó una «confesión» no ya del crimen, sino de que había sido acusado de él. Se inventó una sórdida historia según la cual el niño había sido secuestrado en una calle de Toledo, había sido torturado en una parodia de la crucifixión y después había sido llevado a una cueva en el monte, donde le habían arrancado el corazón para utilizarlo en sus ritos de magia negra. La patraña tenía todos los elementos necesarios para desatar el furor del pueblo, y también para hacer de conversos y judíos indistintamente cómplices de una misma conspiración con fines maléficos. La criatura, que seguía sin aparecer, fue canonizada inmediatamente con el nombre de Santo Niño de La Guardia (que sigue siendo venerado en la localidad). El clamor fue tan general y la indignación tan viva que los reyes se congratularon de que la orden de expulsión lograra canalizarlos de modo ordenado y fructífero, sin necesidad de dejar que estallara una algarada más destructiva.

De ese modo, el 31 de marzo de 1492, en el palacio concebido por primera vez e incluso comenzado por Yehosef ben Nagrella más de cuatrocientos años antes, y donde Isabel y Fernando establecieron su corte durante varios meses para hacer publicidad de su triunfo sobre Boabdil, se tomó la medida que había que tomar. La larga orden de expulsión explicaba que, como había sido imposible conseguir que los judíos cejaran en su afán de subvertir la fe de los cristianos nuevos, que, pese a los esfuerzos denodados de la Inquisición, continuaban recayendo en el judaísmo, ni la unidad ni la pureza de la Iglesia podían seguir tolerando su presencia. Además, persistían en difamar y ofender los dogmas de la religión cristiana y, como demostraba la recentísima atrocidad perpetrada en el cuerpo indefenso del Niño de La Guardia, eran capaces de cosas mucho peores. En el plazo de tres meses, el día 1 de julio, todos los judíos tenían que haber salido de aquellos reinos, y la Corona ordenaba cumplidamente a sus súbditos leales no molestar ni obstaculizar de ningún modo su marcha. Los desterrados no podían llevarse ni oro, ni plata, ni «moneda amonedada» (y no existía ningún otro tipo de dinero) ni ninguna otra cosa de valor, como gemas u objetos preciosos, incluidos los enseres de su religión. Así pues, los remates en forma de coronas, escudos y granadas (rimmonim) de los rollos de la Ley y los punteros yad —y, por supuesto, las sinagogas a las cuales pertenecían— serían confiscados formando un solo lote para ser fundidos. Tampoco se autorizaba a los judíos a llevarse caballos ni mulas, para no privar al país de nobles brutos ni animales de carga. Bastarían los asnos para tirar de sus carretas o cargar con los ancianos y los enfermos. Podían llevarse también los libros hebreos, buena forma por lo demás de quitar de en medio obras infames y blasfemas como el Talmud y otras muchas. Los que quedaran serían reducidos a cenizas junto con los rollos de la Ley.

Por alguna razón misteriosa la publicación del edicto se retrasó un mes, y ese respiro fue aprovechado por Seneor (cuya lealtad a Isabel durante los primeros años de su reinado le hacía siempre merecedor de una audiencia, además de proporcionarle un cúmulo de altos cargos) y por Abravanel para intentar disuadir en particular a Fernando del rumbo que había tomado. Cuando los argumentos de la compasión y el interés nacional se revelaron inútiles, Abravanel intentó jugar la carta del dinero, y puso sobre la mesa una suma enorme, 30.000 ducados. La leyenda popular cuenta que el rey vaciló, pero en ese punto terció Torquemada blandiendo un crucifijo y reprochó a Fernando que estuviera a punto de repetir la traición de Judas al vender a Cristo por treinta monedas de plata. Otra leyenda dice que Isabel, con un fanatismo implacable, provocó la cólera de su marido recordándole que sus vacilaciones se debían al hecho de que por sus venas corría sangre judía (en efecto, Fernando pertenecía por parte de madre a un linaje de conversos).

En realidad, Fernando estaba tan decidido a llevar adelante la expulsión como Isabel y el propio inquisidor general. A primeros de abril, como rezaba la orden, la población de las grandes ciudades y pueblos de España fue congregada por los pregoneros y heraldos reales al son de clarines y trompetas para escuchar el decreto. Ningún historiador, y desde luego tampoco el autor de este libro, puede reproducir, forzado por las sutilezas de la prosa, el horror, el desconcierto, el miedo y la patética angustia que sintieron los judíos al oír la implacable pena de muerte que se imponía a unas comunidades cada una de las cuales les había parecido a sus miembros una auténtica «Jerusalén en España», donde había florecido su lengua, transformada en ladino; donde habían estudiado y escrito sus obras los rabinos; donde habían sido compuestos, cantados y salmodiados cantos litúrgicos y canciones de amor; donde se había amasado el pan y se habían elaborado confites; donde se había bailado alegremente en las festividades de Purim o de Simjat Torá; donde se había brindado con vino en las circuncisiones y los novios se habían colocado bajo la hupá para firmar el contrato nupcial arameo, provisto de una rica ornamentación floral, la ketubá; donde los médicos habían proporcionado pócimas y consuelo a los enfermos de todas las religiones, y donde los copistas e iluminadores habían creado objetos que atestiguaban la infinita fuerza creativa de la humanidad. En Soria, en Segovia, en Burgos, en Toledo, en Salamanca, en Zaragoza, en la querida Gerona, en Tudela, la cuna de Haleví…, todas las juderías se habían quedado vacías y los judíos que se habían construido un hogar en el destierro eran ahora desterrados del destierro. Y en sus terribles lamentaciones señalaron que la fecha fijada inexorablemente para su marcha definitiva (pues el rey había ampliado generosamente el plazo hasta finales de julio) era el 7 de ab, dos días antes del gran ayuno que conmemora la destrucción del Primer y el Segundo Templos. Ahora el Templo de su cultura iba a ser demolido ante sus propios ojos, tan inexorablemente como si hubieran vuelto los romanos para derribar sus piedras.

Se apoderaron de la gente el pánico y una desesperación escalofriante. Empezaron los intentos frenéticos por vender todo lo que no podía ser confiscado: casas, tiendas, bodegas, huertas, viñas y olivares. El ejemplo de la expulsión de Andalucía debería haber servido de aviso a los sefardíes y haberles hecho pensar que solo podían esperar oportunismo y explotación despiadada. Podían darse con un canto en los dientes si conseguían el 10 por ciento del valor de sus bienes, y luego estaba la cuestión de encontrar algún medio de llevarse consigo lo obtenido cruzando las fronteras de Navarra y Portugal o zarpando rumbo a cualquier sitio donde quisieran acogerlos. Naturalmente, el edicto tenía validez para todas las comunidades de las posesiones españolas fuera de la Península, Sicilia y Cerdeña, que ahora quedaban excluidas como lugares de refugio. Enfrentados a la pobreza absoluta y a tener que vivir en la calle, al menos cuarenta mil personas tomaron la decisión de convertirse y unirse a los cien mil correligionarios que se habían hecho cristianos a raíz de los disturbios y las matanzas de 1391. Entre ellos, y no era la primera vez que así ocurría, por supuesto, estarían los judíos más encumbrados de la corte. En julio de 1492, el propio rabino mayor, Abraham Seneor, fue bautizado junto con su hijo Melamed (¡el Maestro!) Meir en el monasterio de Guadalupe en presencia del rey y la reina, que hicieron de padrinos del octogenario, convertido ahora en Ferrán Pérez Coronel.

Abravanel tomó un rumbo distinto y, según Elías Capsali —rabino mayor de La Canea, en Creta, que habló directamente con muchos expulsados—, escribió una carta de reproche a Isabel e incluso la reprendió, «defendiendo su postura como un león», por la engañosa presunción de que un acto de despiadada brutalidad como aquel fuera a poner fin al judaísmo. A la indignada respuesta de la reina, que dijo que no era ella sino Dios quien lo había ordenado, Abravanel contestó preguntándole si había tenido en cuenta cuántos imperios, y podía remontarse a la más remota Antigüedad, se habían imaginado que decretando el destierro y la dispersión de los judíos iban a poner fin a su historia y a quebrantar la alianza del pueblo con su Dios. ¿No sabía acaso que esos imperios habían desaparecido, mientras que el judaísmo perduraba y sobreviviría para ver la redención traída por el Mesías? ¿Y que los sufrimientos fortalecían la determinación de resistencia de los judíos? ¿Que tenían las palabras de su Ley atadas para siempre alrededor de sus cabezas y de sus corazones?

A medida que avanzaba el verano y se acercaba el plazo final concedido para su salida, los sefardíes fueron dirigiéndose como mejor pudieron a los distintos puertos del país y a los puestos fronterizos.31 El edicto especificaba que la pena por ser descubiertos sin haberse convertido en las tierras de los reyes después del 31 de julio era la muerte, así que el éxodo se produjo con cierta precipitación. Debido a los numerosos peligros que acechaban en el camino hacia Cádiz o hacia la frontera de Navarra, en el nordeste, o la de Portugal, en el oeste, muchos emprendieron el viaje en convoyes integrados por vecinos, familiares y conocidos de la sinagoga. En carretas desvencijadas cargaron unas cuantas sillas, un baúl con ropa, algunas ollas y cacharros de cocina —sobre todo si pensaban dirigirse al mar— y sacos atestados de sus preciosos libros sagrados, así como a los abuelos y a los niños pequeños. Los burros avanzaban a paso de tortuga, pero en cualquier caso la inmensa mayoría de los judíos españoles abandonaron el país a pie. Esta circunstancia hacía que fueran presa fácil de los bandoleros y de la hostilidad de cualquiera que se encontrara en una buena posición para aprovecharse de ellos y lucrarse a su costa, por ejemplo, los guardias fronterizos (de uno y otro lado), a los que había que sobornar aunque no hubiera nada con lo que pagarlos aparte de las pocas posesiones que habían podido llevarse consigo. A menudo, cuando llegaban a los puertos, había que entablar arduas negociaciones con los capitanes de los barcos, desprovistos por completo de escrúpulos, y mientras aguardaban a encontrar acomodo en los barcos, los judíos acampaban y dormían en el campo, donde al caer la noche se convertían en objetivo de las bandas de atracadores de la zona.

Hasta que se cansaban del espectáculo, las gentes salían de sus casas y de sus campos y se ponían en fila a lo largo del camino o del sendero para contemplar las largas columnas de judíos desfilando, como mejor podían, bajo el sol abrasador del verano español, camino de la costa o de la frontera con Portugal. Y a diferencia de los gritos de execración y muerte que los había hecho proferir la ira en los días de los tumultos, los judíos caminaban ahora sumisos, en un silencio asombroso. Incluso un judeófobo tan feroz como el historiador Andrés Bernáldez, un cura de Los Palacios, se sintió inesperadamente conmovido, entre otras cosas por la dignidad y la fuerza que muchos demostraron durante aquella dura prueba.

 

Iban por los caminos y campos por donde iban con muchos trabajos y fortunas, unos cayendo, otros levantando, otros moriendo, otros naciendo, otros enfermando, que no había cristiano que no hobiese dolor de ellos, y siempre por do iban los convidaban al baptismo, y algunos con la cuita se convertían y quedaban, pero muy pocos, y los Rabíes los iban esforzando, y facían cantar a las mujeres y mancebos, y tañer panderos y adufos para alegrar la gente, y así salieron fuera de Castilla y llegaron a los puertos, donde embarcaron los unos, y los otros a Portugal.32

 

Así pues, los sefardíes dejaron España con su hermosa música llenándoles los oídos. Pero, concretamente, ¿por qué los rabinos invitaban a cantar a las mujeres? Pues, por supuesto, porque aquello era un éxodo, un éxodo que debía de haber ordenado Dios como una nueva marcha, igual que había hecho cuando los había librado de la esclavitud de Egipto. Y a lo largo del camino, como sabría perfectamente cada hombre, cada mujer y cada niño que se hubiera sentado a la mesa durante un Séder o que hubiera visto alguna Hagadá profusamente ilustrada, fue Miriam, la hermana de Moisés, la que cantó y bailó cuando los israelitas cruzaron sanos y salvos el mar Rojo y las aguas se cerraron sobre las huestes del faraón. Bernáldez escuchó la música y oyó a los rabinos decir que esta vez, de nuevo, Dios obraría milagros y los sacaría de la esclavitud para llevarlos a la Tierra Prometida.

Esa música volvería a sonar en Tesalónica y en Túnez, en Esmirna y en Constantinopla, en Venecia y La Canea. Estaba perfectamente afinada.

 

 

IV. HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA

 

Muy lejos de allí, al sur de las Canarias, más allá del lugar donde Cresques Abraham había situado el barquito de Jaume Ferrer navegando lleno de optimismo hacia la desembocadura del río de Oro, pasado el cabo Bojador, el punto tras el cual unas corrientes legendariamente traicioneras arrastraban a los barcos sin esperanza alguna de poder retornar, más allá de todo eso, en medio del océano, se encuentra una gran isla volcánica, descubierta por los navegantes portugueses en 1470, que recibió el nombre de Santo Tomé. A qué latitud se encontraba solo habría podido saberse si el capitán que se dirigía a la isla —Álvaro de Caminha, caballero de la Casa Real— hubiera contado con la ayuda de las tablas astronómicas de Rabí Abraham Zacuto, que, pese a ser originario de Salamanca, había buscado refugio en Lisboa y acabaría siendo de gran utilidad para las ambiciones imperiales de la monarquía portuguesa. El volcán llevaba extinguido el tiempo suficiente para que sus rocas de lava hubieran quedado cubiertas de densa vegetación tropical, pero hasta que los portugueses la descubrieron no había habido ningún ser humano que habitara en ella. Sobre las selvas y las colinas que bajaban hasta las orillas del Atlántico volaban los ibis oliváceos, los faetones y los milanos, y allí, entre las peñas y la jungla, había en 1494 cientos (algunos dicen que miles) de niños que en otro tiempo habían sido judíos. Muchos de ellos habían nacido y crecido en la Granada musulmana, hogar de centenares de familias judías cuando cayó en manos del ejército de la Reconquista, que fueron expulsadas inmediatamente. Algunos se habían unido a los desterrados de Castilla y habían cruzado a Portugal en respuesta al ofrecimiento de refugio hecho por el rey Juan II. Pero resultó que dicha propuesta era mercenaria y tenía muchas condiciones. Aparte de las 630 familias que el monarca había seleccionado por considerarlas económicamente útiles para su reino, el resto de los judíos españoles, quizá ochenta mil, tendrían que marcharse al cabo de ocho meses y pagar una elevada suma de dinero por el privilegio del breve asilo que se les había concedido y por la obtención del permiso para abandonar el país.33

Buena parte de esos judíos, arruinados por los múltiples robos, legales e ilegales, de que habían sido objeto durante los meses de su éxodo, no estaban en condiciones de pagar lo que se les pedía, por lo que Juan II los declaró esclavos, posesión personal suya, y los repartió como cautivos entre sus nobles, cuya perenne actitud levantisca pudo ser amansada gracias al obsequio de esos judíos esclavizados que, pese a estar cubiertos de harapos, tenían la ventaja de su famoso ingenio. El rey se quedó con muchos para su reserva particular, y entre ellos estaban los niños que, una vez separados de sus padres, convertidos en siervos, pudieron ser mandados fuera del país a colonizar Santo Tomé. Obligados a una rápida conversión, cristianizarían la isla y, mezclándose con otros esclavos africanos que también fueron trasladados a ella, crearían una población mulata leal, piadosa y emprendedora, lo que garantizaría su libertad al cabo de unos veinte años.

Si es que sobrevivían. El número de los que desembarcaron en la isla y el de los que no perecieron víctimas de las enfermedades, el hambre y las duras condiciones de vida (aunque no en las fauces de los voraces «lagartos» —cocodrilos— que tanto miedo infundían) son imposibles de precisar con una mínima seguridad. Un historiador del siglo XVI decía que habían sido dos mil, de los que sobrevivieron seiscientos hasta la edad adulta, pero esta cifra parece demasiado alta para la capacidad de las modestas embarcaciones que los llevaron hasta Santo Tomé, aunque muchos fueran muy jóvenes y abultaran poco. Desde luego debieron de ser varios centenares, y en efecto se quedaron hasta crear una sociedad colonial en miniatura dedicada al cultivo de la caña de azúcar y luego del cacao con el que se produce el mejor chocolate del mundo. Y, como los chuetas de Mallorca, ellos también llevan en sus genes los cromosomas indelebles de sus orígenes.

Juan II murió en 1495 sin dejar herederos directos, pero antes de expirar decidió acabar con el judaísmo en su reino de forma tan radical como sus vecinos de España. Los judíos, por su parte, una vez debidamente abrazado el cristianismo, se volvieron célebres por su utilidad en dos campos que interesaban mucho a la ambiciosa monarquía portuguesa, la ciencia de la navegación y el comercio mundial. Lo único que hacía falta, pues, era extirparles su religión. Por consiguiente, como había ocurrido en España, se cerraron todas sus escuelas y yeshivot, y se promulgó la orden de quemar no sus cuerpos sino sus libros, a pesar de que eran ellos los que habían introducido el nuevo arte de la imprenta en Portugal, hasta entonces desconocido en el país. En 1493, los judíos que todavía quedaban en él recibieron la orden de llevar a la Sinagoga Mayor de Lisboa todas sus biblias, libros de oraciones, talmuds, comentarios y obras de filosofía, así como cualquier objeto ritual que contuviera palabras en hebreo, por ejemplo tefillin (filacterias) y mezuzot (receptáculos colocados en las puertas de las casas), de donde se los llevarían para su destrucción. Para muchísimos de ellos, los sacos y baúles atestados de libros en hebreo que les habían permitido sacar de España eran el único consuelo que tenían por todo lo que habían perdido, casa, jardín, tienda, dinero o país. Los habían tenido consigo en las duras y en las maduras, mientras cruzaban los ríos y los montes de su éxodo, y ahora iban a quitarles su universo de palabras. Rabí Abraham Saba vio como otro judío era golpeado despiadadamente con correas de cuero por «amar sus libros» y aferrarse a ellos. Temblando de miedo, el rabino sacó sus ejemplares más preciosos de la ciudad y los escondió en el hueco de un antiguo olivo. Entre esos judíos amantes de los libros que lograron salvar sus tesoros estaba Isaac de Braga, que había llegado a Lisboa procedente de La Coruña con su obra maestra encuadernada en piel de cabra. Si se hubiera quedado allí —o, peor aún, si como tantos miles de judíos hubiera vuelto a España tras aceptar el bautismo—, todos los libros que hubiera llevado consigo habrían sido confiscados y quemados en la frontera, y el mundo habría perdido el más hermoso de los libros hebreos ilustrados.

No fue eso lo peor que pudieron hacerles los reyes de Portugal a sus nuevos súbditos judíos. El sucesor de Juan II, Manuel I, como su predecesor, dudaba de si el reino podía beneficiarse más expulsando a los judíos o reteniéndolos, aunque, fuera cual fuese la resolución que tomara, había que hacer desaparecer su religión. La decisión final parece que vino determinada por la política matrimonial de la realeza, pues la condición que pusieron Isabel y Fernando a su enlace matrimonial con la infanta Isabel, su hija, que acababa de quedarse viuda, fue que Manuel extendiera la expulsión de los judíos a toda la península Ibérica. De no ser así, pensaban, la frontera entre los dos países seguiría siendo lo bastante porosa como para permitir el regreso de judaizantes clandestinos. De hecho, muchos miles de judíos, abrumados por la pobreza en Portugal, habían decidido aceptar el bautismo y volver a España aprovechando un nuevo edicto promulgado por los Reyes Católicos en noviembre de 1492 (con el que satisficieran quizá la neurosis que desde hacía tiempo existía a cuenta de la verdadera lealtad religiosa de los conversos, aunque también la intensificaran).

Si bien la fecha fijada para la expulsión de Portugal era 1497, Manuel I seguía preocupado por las pérdidas que pudiera suponerle. ¿No habría acaso alguna forma, todavía no experimentada, de inducir a la mayoría de los judíos a aceptar la cruz, evitando así la necesidad de expulsarlos? Quizá la idea se la diera la suerte que habían corrido los niños de Santo Tomé. Así pues, en plena noche, cuando las familias estaban limpiando sus casas de cualquier resto de pan con levadura y preparándose para la festividad de la Pascua, unos soldados se precipitaron sobre los judíos congregados en Évora y luego en todas las ciudades de Portugal, y arrancaron a todos los niños mayores de dos años del regazo de sus padres, que imploraban clemencia. La alegre búsqueda de restos de levadura a la luz de las velas se convirtió en una persecución de niños inocentes. Elías Capseli, que oyó contar la historia a los «marranos» que lograron llegar a Creta, dice que los soldados se pusieron a buscar a los niños pequeños y a los más creciditos «incluso en los rincones y pasillos más recónditos de las casas». Durante la primera noche del Séder volvieron incluso «para robar a los judíos sus tesoros más preciados. Se llevaron a los niños, que no volvieron a ser vistos nunca más».

Miles de padres enloquecidos fueron trasladados a Lisboa, donde les dijeron que serían expulsados en la fecha prevista. Algunos aprovecharon la ocasión para implorar a las autoridades e incluso al rey que les entregaran a sus pequeños. Salomón ben Verga, autor de una crónica de las persecuciones, Shebet Yehudá, y criptojudío bautizado que fue testigo de la desgracia, cuenta que una madre que había perdido a seis hijos se acercó desesperada a Manuel cuando salía de la misa dominical. «Le imploró clemencia y se arrojó a las patas de su caballo suplicándole que le devolviera al más pequeño de sus hijos, pero el rey no quiso escucharla … El rey ordenó a sus criados: “¡Quitádmela de la vista!”, pero la mujer siguió suplicándole y gritando más fuerte, mientras los criados la apartaban, a lo que el rey replicó: “Dejadla, porque es como una perra a la que han quitado sus cachorros”.» Conocemos los nombres de muchos otros, y podría decirse que tenemos un inventario interminable de calamidades: Isaac de Rua y su esposa, Velida, que perdieron a su hijo de ocho años, Jacob, rebautizado Jorge Lopes; Shemtob Fidalgo y su esposa, Oraboe, que perdieron a una niña de dos años y medio, Reina, rebautizada Gracia, y a un niño de ocho, Abraham, al que luego pusieron por nombre Jorge; Estrela, viuda de Jacob Manjazina, perdió a su pequeña de cuatro años, Cinfana, adoptada durante un período de tiempo desconocido por un vecino cristiano, zapatero de profesión.

Esperando a que se produjera su expulsión —que al menos sería una especie de liberación—, miles de judíos (el historiador Damião de Góis habla de veinte mil, pero la cifra no parece muy verosímil) fueron encerrados y hacinados de mala manera en un antiguo palacio mal ventilado y sin letrinas. Pero lo que tenía pensado Manuel era obligarlos a convertirse por medio del encarcelamiento más brutal posible y la desintegración de las familias, pues no quería perder a sus judíos y permitir que se fueran al extranjero. De vez en cuando ordenaba la suspensión del reparto de pan y agua, en ocasiones durante tres días. Los judíos quedaron atrapados en lo que en realidad se convirtió en una primitiva versión de campo de concentración, sin esperanza alguna de escapar ni de obtener el indulto salvo por medio de la conversión. En semejante ambiente, cuando les venía en gana, los guardianes propinaban una paliza a los judíos, medio muertos de hambre y enfermos, hasta que se cansaban de la broma. Muchos perecieron a causa de los malos tratos, y los que a duras penas lograron sobrevivir fueron arrastrados de los pelos a la pila bautismal, algunos aferrándose a los mantos de oración en los que iban envueltos, para ser convertidos al cristianismo a la fuerza.

Un judío español que se libró de ese destino fue el astrónomo, rabino y estudioso del Talmud Abraham Zacuto.34 Había pasado a Portugal junto con las decenas de millares de judíos que esperaban encontrar en el país vecino algo parecido a un respiro benevolente. Para entonces ya era famoso por haber inventado un astrolabio de cobre, que proporcionaba unas lecturas más estables que los instrumentos de madera que hasta entonces se usaban en los barcos, y sobre todo por su libro Ha hibbur ha-gadol, el Gran Tratado o Compilación Magna, un almanaque que medía las posiciones del Sol, la Luna y los planetas con una precisión desconocida hasta entonces, escrito en hebreo cuando enseñaba en la Universidad de Salamanca. Era ciencia judía, una disciplina que se remontaba a los escrutadores de los cielos de Qumrán y que quería poseer el resto del mundo, por mucho que también quisiera deshacerse de sus autores. El libro había sido traducido al castellano en 1481, y si Zacuto recibió una acogida especialmente benévola en Portugal fue porque el médico de Juan II, José Vizinho (que también era astrónomo), estaba preparando una traducción de la obra al latín. Zacuto fue conducido al enorme palacio-monasterio de los templarios en Tomar, al norte de Lisboa, con sus escaleras de caracol y sus columnas adornadas con gárgolas, donde se le asignó una celda para que llevase a cabo su trabajo. La presencia del famoso Zacuto quizá explique la supervivencia en Tomar de una solitaria sinagoga portuguesa de finales de la Edad Media, una exquisita casa de oración y culto de pequeñas dimensiones, una sola habitación sostenida por gráciles columnas. Y mientras Zacuto estaba en Portugal sucedió algo trascendental con su obra. Estaba preparándose una nueva edición española, esta vez en el nuevo sistema de imprenta de tipos móviles que haría de ella uno de los primeros manuales científicos impresos en la Península.

Pero el Almanaque perpetuo para el movimiento de los cuerpos celestes de Zacuto no tuvo que esperar a la imprenta para cambiar el mundo. Colón ya lo había llevado consigo a bordo de la Santa María, mientras aguardaba con impaciencia por las calles de Cádiz a que el puerto quedara despejado de todos los barcos que debían conducir a los judíos a sus diversos destinos y a sus previsibles encuentros con piratas, naufragios y en ocasiones lugares de asilo. Los dos acontecimientos que tuvieron lugar aquel año no se apartarían nunca de la mente de Zacuto. La obra que ya había publicado había servido para reforzar la postura de Isaac Abravanel y del converso Luis de Santángel, que defendían el viaje de Colón hacia el oeste en busca de una nueva ruta que llevara a la India. Y como de todos era sabido que la lengua franca usada en el océano Índico era el árabe, Colón se encargó de llevar consigo como traductor e intérprete experto en árabe al judío Luis Torres, debidamente convertido justo a tiempo para cubrir el expediente durante la travesía. Al final Colón dejaría a Torres en el Caribe, enzarzado en el desafío completamente distinto al imaginado de entender a los «indios» caribes y taínos y hacerse entender por ellos. El diario de Colón empieza con la misteriosa y profunda asociación que rondaba su mente: «Así que, después de haber echado fuera todos los judíos de vuestros reinos y señoríos en el mismo mes de enero mandaron Vuestras Altezas a mí que con armada suficiente me fuese a las dichas partidas de India».

Para todos, la cosa tenía que ver siempre con Jerusalén. Llegar a la India navegando por el oeste era el siguiente paso para la última e irrevocable cruzada, la verdadera reconquista y la llegada de los Últimos Días. Pero ¿por qué no intentarlo por el este? Parece bastante probable que en Tomar Rabí Zacuto se entrevistara con el navegante portugués Vasco da Gama antes de que este emprendiera el viaje que lo llevaría más allá del cabo Bojador y de la isla de los niños huérfanos, a doblar el cabo de Buena Esperanza y a poner de repente rumbo al norte remontando la costa de África. Cuando Vasco da Gama regresó triunfante de su expedición llevando especias, animales exóticos e incluso a un judío polaco que se había establecido en la India, hacía algún tiempo ya que Zacuto se había ido, pero no cabía duda de que el éxito del navegante portugués se había debido a que a bordo llevaba el Almanaque perpetuo del rabino, que le había permitido efectuar una lectura exacta de la latitud. Gracias a Zacuto, el gran navegante y fundador del imperio asiático de Portugal pudo saber más o menos dónde estaba.

Pero ¿dónde estaba Abraham Zacuto? ¿Dónde estaba su pueblo? ¿Qué había sido de ellos? ¿Adónde irían ahora que el gran experimento de vivir entre los cristianos parecía haber fracasado? Ni los astrolabios de cobre ni los almanaques celestes eran de utilidad frente a los piratas, y el barco en el que Zacuto viajó al sur, como decenas de miles de correligionarios suyos, de nuevo en busca del mundo musulmán de los estados de Berbería, fue capturado dos veces por unos corsarios, saqueado y finalmente rescatado. Por fin, en torno a 1504, llegó a Túnez, y allí emprendió un viaje totalmente distinto, esta vez no a través del espacio, sino del tiempo. El Sefer Yohassin, El libro del linaje, no puede compararse con sus obras científicas.35 Y tampoco, pese a la obsesión de Zacuto por relacionar los acontecimientos del mundo de los gentiles con los del mundo de los judíos, es historia. Los historiadores judíos alemanes del siglo XIX, de mentalidad científica, lo rechazaron por considerarlo una fantasía absurda, incapaz de diferenciar entre el mito y la verdad; pero entonces, equivocándose de lleno, lo mismo habría cabido decir de Heródoto.

Es verdad. La genealogía de Rabí Zacuto no es historia, no al menos como los lectores del presente libro la reconocerían. Pero es un encuentro con multitud de generaciones, desde los patriarcas, los primeros rabinos y sabios, hasta los hombres que el propio Zacuto habría podido conocer. No es historia porque de vez en cuando, y pese a la evidente obsesión del autor por la cronología, todos los personajes que conformaron el pasado judío y que habitaron el mundo judío parecen vivir al mismo tiempo, juntarse en una escandalosa cacofonía de interrupción mutua. Aquí viene Samay discurseando de nuevo; aquí viene Rabí Ismael diciendo: «Ve y dile a Rabí Akiba que ha cometido un error»; aquí Ben Ha-Ha, «quien, según he oído decir, es el mismo que Ben Bag-Bag, pues tienen el mismo valor numérico, o sea, bet y gimel son igual a cinco»; ahí está Samuel, antes de ser Hanagid, sentado en su tienda de especias de Málaga, sin ser consciente de que iba a convertirse en el primer ministro de un rey bereber; ahí, garabateando cosas en árabe, está Maimónides, cuyos restos fueron llevados a Palestina, donde unos bandoleros se apoderaron del sarcófago y lo habrían tirado al mar de no ser por que ni treinta hombres fueron capaces de levantarlo del suelo, permitiendo así que el gran filósofo fuera enterrado junto a sus antepasados en Tiberíades. Y al fondo están también los huérfanos que fueron llevados «a las islas de la mar Océana».

No se sabe con seguridad si también Zacuto murió y fue enterrado en la Tierra de Israel, como afirma la tradición piadosa, pero no cabe duda de que fue hasta allí en algún momento, casi al final de su vida, y que comulgó aún más estrechamente con las multitudes de judíos que resucitó en sus páginas. No había tumba, por dudosa que fuera su identificación, que Zacuto no quisiera ver y ante la cual inclinar su frente: la de Nun, el padre de Josué, en Timnath; la de Yehudá Hanasí, el príncipe y maestro de la Misná, enterrado en Séforis junto con diez gaones, cinco a su derecha y cinco a su izquierda; el profeta Habacuc en Kafr Yakuk, o Hilel y Samay en Meron, en Galilea.

Luego, ya por su cuenta, se dirigió a Damasco y desde allí viajó en dos días a pie hasta Alepo, donde le mostraron la que se decía que era la tumba de Esdras el Escriba, el autor de los libros de la Biblia, el que recuperó el mundo para los que habían regresado del destierro y habían acampado en medio de las murallas en ruinas de Jerusalén. Allí, en alguna celda mohosa, Abraham Zacuto contempló lo que pensó que era un milagro de supervivencia, una mancha de aceite en el candil que había iluminado a Esdras y que le había permitido escribir su rollo de la Torá.

Los hombres navegaban hasta el extremo mismo de la Creación con su almanaque del Sol, la Luna y los planetas como guía. Los judíos habían vuelto a ser dispersados hasta los confines de la Tierra. Pero ¿dónde estaban los confines de la Tierra? ¿Más allá había verdaderamente un vacío, como Hasdai Crescas, que en paz descanse, no se cansaba de decir, el hueco a partir del cual había sido creado el universo, o había solo un espacio infinitamente dividido y extenso, como pensaba el aristotélico Abravanel, por donde los barcos y las caravanas iban y venían de una travesía a otra?36 La mente de Zacuto, como la de tantos judíos, estaba atrapada entre lo ancestral y lo visionario, el pasado infinito y el futuro abierto bajo los cielos trasladados a mapas y el vasto océano. ¿Quizá los confines del mundo estaban en el punto más lejano al que llegaban las palabras? A pesar de todos los intentos de quemarlas, de borrarlas y tacharlas, de eliminar y criminalizar la lectura del hebreo, de arrancar a los judíos sus libros a golpes, las palabras viajaban sin parar por el espacio y el tiempo. A veces, como les sucedía a los hombres vendidos en subasta en los mercados de esclavos, eran dejados con vida por sus maléficos captores, interesados ingenuamente en ver cuánto podían sacar por ellos. Zacuto recordaba haber visto un lote de libros así en venta en Marruecos y cómo habían sido adquiridos por unos cristianos de Portugal. Mercados semejantes podían encontrarse también al otro lado del mundo. Francisco de Pinheiro, uno de los nobles portugueses que había viajado en la armada de la India del virrey almirante Francisco de Almeida, se había llevado consigo un baúl de libros hebreos que su padre (magistrado, por supuesto) había saqueado en una sinagoga de Portugal y por los que suponía que habría podido sacar un ducado o dos. En Cochín, en la costa de Malabar, donde en la Antigüedad se había establecido una comunidad de judíos, Pinheiro logró vender su biblioteca. Los libros fueron rescatados y pudieron así empezar una nueva vida, redimidos de las tinieblas.

En la mente de Zacuto quizá resonara un salmo. En las sinagogas sefardíes había la costumbre de cantar todos los sábados y en todas las grandes festividades (y a veces sigue cantándose) el salmo 19 de David entre los himnos o zemirot. El Sefer Yetzirá —que debido a su fascinación por la cábala Zacuto conocía bien— sostenía que el Todopoderoso había creado los elementos del mundo a partir de las letras hebreas. Así pues, los confines del mundo debían de estar allí donde se posaran las palabras, donde se oyera la voz celeste, a través de todas las imprecaciones y lamentaciones del mundo. Sí, seguro que era eso.

 

Los cielos dan cuenta de la gloria de Dios

Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

El día habla al día

Y la noche comunica sus pensamientos a la noche.

No hay discursos ni palabras,

No es audible su voz.

Pero su pregón sale por la Tierra toda

Y sus palabras llegan a los confines del orbe.